Llegué al apartamento al final de la tarde con una cajita negra escondida en el bolsillo del pantalón y el corazón latiéndome en la garganta. Llevaba días dándole vueltas a la idea: estaba completamente enculado, enfermo de amor y adicto a la degradación. Quería que Valeria fuera mía oficialmente, sin importar el precio.
Al subir las escaleras, el choque violento de la carne y los gemidos ahogados me frenaron en seco.
¡PAC! ¡PAC! ¡PAC!
¡SLAAP! ¡SLAAP! ¡SLAAP!
No era un solo cliente. Eran dos. Entreabrí la puerta del cuarto con el aliento contenido y la saliva seca. La escena era salvaje: un tipo corpulento la tenía agarrada de las caderas dándole seco y profundo por detrás, mientras el otro, de rodillas sobre la cama, le llenaba la boca. Era un "servicio especial" por el que le habían pagado una millonada.
¡SLURP! ¡SLURP! ¡SLURP!
—¡Aghhh... mmmgh... síii... duro, mi amor... así! —gemía Valeria atragantada.

Valeria, despeinada, sudando a mares y con los ojos entrecerrados de placer, me vio por la rendija. No se asustó. Al contrario, me regaló una mirada tibia en medio del frote, apretando los muslos mientras los dos tipos se la repartían en nuestra propia habitación. Me quedé helado en la esquina, en silencio, pajeándome en secreto por encima del pantalón mientras presenciaba cómo la doblaban entre dos desconocidos.



A los veinte minutos, los tipos terminaron. Se vistieron despacio, me miraron de reojo con una sonrisa burlona y salieron tirando un fajo de billetes sobre la peinadora.
Valeria quedó tirada en el colchón, totalmente despatarrada, respirando a bocanadas. Tenía las piernas abiertas de par en par, la bata rota y la piel brillante de sudor. Por la entrepierna y por el culo le chorreaba abundante el semen espeso y caliente de esos dos hombres, goteando directamente sobre las sábanas.
Dominado por una locura enfermiza, me acerqué a la cama. Me arrodillé en el piso, justo al lado de sus piernas abiertas y de los fluidos ajenos que goteaban. Saqué la cajita negra, la abrí y se la mostré.
Esteban:
—Valeria... cásate conmigo. Quiero que seas mi esposa.
Valeria soltó una sonrisa dulce y relajada, mirándome con esa mezcla de amor sincero y cinismo absoluto que me derretía el cerebro. Se acomodó un mechón de pelo pegoteado de sudor detrás de la oreja, miró el diamante y luego miró su propia entrepierna chorreante de leche ajena.
Valeria:
—Ay, mi rey hermoso... usted sí es muy bello y muy especial, ¿sabía? Míreme cómo me dejaron estos dos muchachos, limpiecita de leche... ¿y usted pidiéndome matrimonio así tan bonito?
Se estiró, tomó el anillo, se lo puso en el dedo y me tomó la mano con ternura, marcándome la cancha con esa voz suave de siempre:
Valeria:
—Acepto, mi amor... Pero usted ya sabe cómo son las cosas conmigo. Usted va a ser el dueño de mi corazón, mi esposo y el hombre de la casa, pero una argolla no va a cambiar lo que yo hago. Si se casa conmigo, se casa sabiendo que yo siempre voy a estar para atender a mis clientes. ¿Sí me lo entiende, mi vida?
Esteban:
—Sí, mi amor... lo que tú digas, como tú quieras.
A las tres semanas nos casamos por lo civil. Fue una ceremonia sencilla. Verla vestida de blanco, tan hermosa, radiante y sonriente frente al juez, me daba un orgullo mezclado con un morbo destructivo: solo yo sabía cuánta leche ajena había pasado por ese cuerpo antes de ponerse ese vestido. Firmé los papeles con la mano temblorosa, sellando legalmente mi condena como el esposo cornudo y complaciente.
La verdadera bomba cayó un mes después. Salí del baño y encontré a Valeria sentada en la orilla de la cama con una prueba de plástico en la mano. Dos rayas rojas bien marcadas.
Valeria:
—Mi rey... le tengo una noticia hermosa. Vamos a ser papás.
Se me congeló la sangre. El cerebro me entró en un cortocircuito brutal. La lista de posibles padres era infinita: el amigo Carlos tras sus tres noches reventándole el cuerpo en nuestra cama, los dos tipos del servicio especial, la desfilada diaria de clientes desconocidos... o yo. Las probabilidades de que esa criatura llevara mi sangre eran mínimas.
Me quedé mudo, mirando la prueba con la cara pálida. Valeria se levantó, me tomó el rostro con las dos manos y me acarició las mejillas con una mirada profunda, dulce y llena de paz.
Valeria:
—Mi amor, no se vaya a poner a pensar pendejadas ni de quién es la semilla. En esta pancita cayó de todo, pero esta criaturita es de los dos. El único papá de verdad, al que le va a decir papá y el que me va a ayudar a criarlo, va a ser usted... porque usted es el único hombre bueno de mi vida.
Esas palabras dicho con tanto cariño me terminaron de lavar el cerebro. Acepté esa paternidad dudosa no con vergüenza, sino con un orgullo demente y sumiso.
A los cinco meses, la panza de Valeria ya estaba abultada y redonda. Sin embargo, ella no dejó de trabajar; al contrario, varios clientes VIP pagaban tarifas altas por el morbo de estar con una embarazada.
Una noche, mientras un tipo adinerado la tenía en cuatro sobre nuestra cama matrimonial, entré descalzo a la habitación.
¡SLAAP! ¡SLAAP! ¡SLAAP!
¡PAC! ¡PAC!
Valeria estaba en cuatro, recibiendo los embates lentos, pesados y profundos del cliente, que le sujetaba la cadera con fuerza mientras la cama sonaba duro.
—¡Aghhh... síii... ahí, mi amor... así duro! —gemía Valeria suave, con la cara hundida en la almohada.
Al verme parado al lado de la cama pajeándome, Valeria estiró la mano, me tomó de la muñeca y me acomodó la palma abierta directamente sobre su panza desnuda e hinchada.
Sentí el calor de su piel, los golpes secos y rítmicos de la verga del desconocido entrando al fondo de su cuerpo y, justo debajo de mi palma, una patadita suave y firme del bebé moviéndose en su vientre.
Valeria me miró de lado con los ojos entrecerrados, sonriéndome con infinita dulzura mientras el cliente la rellenaba por detrás:
Valeria:
—Sienta, mi rey... sienta cómo patea su hijo mientras a su esposa la atienden...

Cerré los ojos, viniéndome en la mano en medio de la penumbra, sintiendo la vida de un desconocido crecer dentro de mi mujer mientras otro le llenaba el cuerpo frente a mí. Ya no había vuelta atrás. Era el esposo, el futuro padre del hijo de todos, y el cornudo más realizado sobre la faz de la tierra.
Al subir las escaleras, el choque violento de la carne y los gemidos ahogados me frenaron en seco.
¡PAC! ¡PAC! ¡PAC!
¡SLAAP! ¡SLAAP! ¡SLAAP!
No era un solo cliente. Eran dos. Entreabrí la puerta del cuarto con el aliento contenido y la saliva seca. La escena era salvaje: un tipo corpulento la tenía agarrada de las caderas dándole seco y profundo por detrás, mientras el otro, de rodillas sobre la cama, le llenaba la boca. Era un "servicio especial" por el que le habían pagado una millonada.
¡SLURP! ¡SLURP! ¡SLURP!
—¡Aghhh... mmmgh... síii... duro, mi amor... así! —gemía Valeria atragantada.

Valeria, despeinada, sudando a mares y con los ojos entrecerrados de placer, me vio por la rendija. No se asustó. Al contrario, me regaló una mirada tibia en medio del frote, apretando los muslos mientras los dos tipos se la repartían en nuestra propia habitación. Me quedé helado en la esquina, en silencio, pajeándome en secreto por encima del pantalón mientras presenciaba cómo la doblaban entre dos desconocidos.



A los veinte minutos, los tipos terminaron. Se vistieron despacio, me miraron de reojo con una sonrisa burlona y salieron tirando un fajo de billetes sobre la peinadora.
Valeria quedó tirada en el colchón, totalmente despatarrada, respirando a bocanadas. Tenía las piernas abiertas de par en par, la bata rota y la piel brillante de sudor. Por la entrepierna y por el culo le chorreaba abundante el semen espeso y caliente de esos dos hombres, goteando directamente sobre las sábanas.
Dominado por una locura enfermiza, me acerqué a la cama. Me arrodillé en el piso, justo al lado de sus piernas abiertas y de los fluidos ajenos que goteaban. Saqué la cajita negra, la abrí y se la mostré.
Esteban:
—Valeria... cásate conmigo. Quiero que seas mi esposa.
Valeria soltó una sonrisa dulce y relajada, mirándome con esa mezcla de amor sincero y cinismo absoluto que me derretía el cerebro. Se acomodó un mechón de pelo pegoteado de sudor detrás de la oreja, miró el diamante y luego miró su propia entrepierna chorreante de leche ajena.
Valeria:
—Ay, mi rey hermoso... usted sí es muy bello y muy especial, ¿sabía? Míreme cómo me dejaron estos dos muchachos, limpiecita de leche... ¿y usted pidiéndome matrimonio así tan bonito?
Se estiró, tomó el anillo, se lo puso en el dedo y me tomó la mano con ternura, marcándome la cancha con esa voz suave de siempre:
Valeria:
—Acepto, mi amor... Pero usted ya sabe cómo son las cosas conmigo. Usted va a ser el dueño de mi corazón, mi esposo y el hombre de la casa, pero una argolla no va a cambiar lo que yo hago. Si se casa conmigo, se casa sabiendo que yo siempre voy a estar para atender a mis clientes. ¿Sí me lo entiende, mi vida?
Esteban:
—Sí, mi amor... lo que tú digas, como tú quieras.
A las tres semanas nos casamos por lo civil. Fue una ceremonia sencilla. Verla vestida de blanco, tan hermosa, radiante y sonriente frente al juez, me daba un orgullo mezclado con un morbo destructivo: solo yo sabía cuánta leche ajena había pasado por ese cuerpo antes de ponerse ese vestido. Firmé los papeles con la mano temblorosa, sellando legalmente mi condena como el esposo cornudo y complaciente.
La verdadera bomba cayó un mes después. Salí del baño y encontré a Valeria sentada en la orilla de la cama con una prueba de plástico en la mano. Dos rayas rojas bien marcadas.
Valeria:
—Mi rey... le tengo una noticia hermosa. Vamos a ser papás.
Se me congeló la sangre. El cerebro me entró en un cortocircuito brutal. La lista de posibles padres era infinita: el amigo Carlos tras sus tres noches reventándole el cuerpo en nuestra cama, los dos tipos del servicio especial, la desfilada diaria de clientes desconocidos... o yo. Las probabilidades de que esa criatura llevara mi sangre eran mínimas.
Me quedé mudo, mirando la prueba con la cara pálida. Valeria se levantó, me tomó el rostro con las dos manos y me acarició las mejillas con una mirada profunda, dulce y llena de paz.
Valeria:
—Mi amor, no se vaya a poner a pensar pendejadas ni de quién es la semilla. En esta pancita cayó de todo, pero esta criaturita es de los dos. El único papá de verdad, al que le va a decir papá y el que me va a ayudar a criarlo, va a ser usted... porque usted es el único hombre bueno de mi vida.
Esas palabras dicho con tanto cariño me terminaron de lavar el cerebro. Acepté esa paternidad dudosa no con vergüenza, sino con un orgullo demente y sumiso.
A los cinco meses, la panza de Valeria ya estaba abultada y redonda. Sin embargo, ella no dejó de trabajar; al contrario, varios clientes VIP pagaban tarifas altas por el morbo de estar con una embarazada.
Una noche, mientras un tipo adinerado la tenía en cuatro sobre nuestra cama matrimonial, entré descalzo a la habitación.
¡SLAAP! ¡SLAAP! ¡SLAAP!
¡PAC! ¡PAC!
Valeria estaba en cuatro, recibiendo los embates lentos, pesados y profundos del cliente, que le sujetaba la cadera con fuerza mientras la cama sonaba duro.
—¡Aghhh... síii... ahí, mi amor... así duro! —gemía Valeria suave, con la cara hundida en la almohada.
Al verme parado al lado de la cama pajeándome, Valeria estiró la mano, me tomó de la muñeca y me acomodó la palma abierta directamente sobre su panza desnuda e hinchada.
Sentí el calor de su piel, los golpes secos y rítmicos de la verga del desconocido entrando al fondo de su cuerpo y, justo debajo de mi palma, una patadita suave y firme del bebé moviéndose en su vientre.
Valeria me miró de lado con los ojos entrecerrados, sonriéndome con infinita dulzura mientras el cliente la rellenaba por detrás:
Valeria:
—Sienta, mi rey... sienta cómo patea su hijo mientras a su esposa la atienden...

Cerré los ojos, viniéndome en la mano en medio de la penumbra, sintiendo la vida de un desconocido crecer dentro de mi mujer mientras otro le llenaba el cuerpo frente a mí. Ya no había vuelta atrás. Era el esposo, el futuro padre del hijo de todos, y el cornudo más realizado sobre la faz de la tierra.
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