You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Pareja de Bogotá en Bar SW en España

Después de vivir una de las experiencias más oscuras, sucias y adictivas que hemos tenido en el mundo sw, decidimos empezar a contar nuestras aventuras. No por exhibicionismo barato, sino porque necesitamos sacarlo. Porque cada vez que lo recordamos se nos moja la cuca y se nos pone dura la verga, y ya no queremos seguir guardándolo solo entre nosotros.

La historia que nos empujó a esto ocurrió hace muy poco, en unas vacaciones. Salimos de Bogotá hacia España. Allá mi esposa tiene familia y nos quedamos con ellos. Hicimos las visitas turísticas de rigor, comimos, caminamos, hicimos de padres responsables… hasta que una noche dejamos a nuestros hijos en casa y nos escapamos.

Fuimos a conocer uno de los bares sw de Madrid. Y desde ya les digo: el ambiente allá es otra cosa. Desde que se cruza la puerta se siente. El aire huele distinto. Huele a sexo real, a sudor de gente que está follando sin complejos. Llegamos tipo 10 pm y ya había de todo por todos lados: tríos, gangbangs, intercambios, mujeres de rodillas tragando dos vergas a la vez, hombres corriéndose en tetas ajenas… Nada escondido. Nada tibio.

Esa noche la temática era de antifaces. Como no llevábamos, nos dieron unos de cortesía en la entrada. Al ver lo liberal que era todo, no lo pensamos dos veces: dejamos toda la ropa en los casilleros. Mi esposa se quedó solo en lencería negra. Se veía puta. Deliciosa. Las tetas marcadas, el culo grande y redondo casi al aire, las medias sujetándole los muslos. Yo entré en traje de Adán, completamente desnudo, con la verga ya semi dura solo de verla así.

Nos sentamos en la barra a pedir unos tragos y en segundos sentimos las miradas. El culo de mi mujer atraía a todo el mundo: hombres, mujeres, parejas. La miraban con hambre. Y eso nos excitó de una forma casi vergonzosa. Dos profesionales de cuarenta y tantos, padres de familia, y ahí estábamos, disfrutando de que la desearan como a una puta de lujo.

No pasó mucho tiempo antes de que empezaran a llegarnos propuestas. Parejas, hombres solos, miradas directas… Pero esa noche queríamos algo diferente. Estábamos de vacaciones y tocaba aprovechar el desorden. Dimos el tour por todas las instalaciones. Mi esposa iba provocando erecciones a su paso. Se le notaba en cómo caminaba, en cómo se le marcaba el coño húmedo contra la tela de la tanga.

Al final decidimos entrar a la sala del deseo sorpresa.

Es un cuarto grande, completamente acolchado, con sillas y dos camas. Luz roja tenue que todo lo vuelve más sucio. Al ingresar te preguntan si solo vas a mirar o si vas a participar. Si participas, a los hombres les dan un condón y a las mujeres una venda para los ojos. Cuando le pusieron la venda a mi esposa, ella ya estaba empapada. Se le notaba en cómo le temblaban las piernas y en cómo se le endurecieron los pezones.

Ella se vendó los ojos y entró. Yo la guié hasta el centro del cuarto y empecé a besarla, a morderle el cuello, a manosearle las tetas, el culo, a meterle la mano entre las piernas. Su coño estaba chorreando. Los jugos le bajaban por los muslos y le brillaban a la luz roja. Poco a poco se fueron acercando hombres. Primero uno, después varios. Se rodearon de nosotros y empezaron a masturbarse mirándola. Luego tanto hombres como parejas se acercaban a preguntar si podían tocarla. Ella, con esa timidez que solo la hacía más deseable, iba aceptando en voz baja.

Al inicio fue una pareja. La mujer le tocó las tetas mientras el hombre le metía los dedos. Después llegaron más manos. Muchas más de las que podía contar. Dedos ajenos le separaban los labios de su vagina, le pellizcaban los pezones, le abrían el culo. Yo metí la mano y la sentí completamente inundada. Los jugos le escurrían hasta casi las rodillas.

Fue entonces cuando ella, con la voz ya rota, me dijo al oído:

—Quiero vergas. No una ni dos. Quiero probar muchas esta noche. Quiero que me usen.

Y se la dimos.

Varios españoles se acercaron. Ella los buscaba a ciegas con las manos, les agarraba las vergas ya erstas y calientes, las masturbaba, las llevaba a su boca. Empezó a chupar. Babeaba sin control. La saliva le caía espesa por la barbilla, le resbalaba por el cuello y le manchaba las tetas mientras metía una verga hasta la garganta y masturbaba otra. El sonido de su garganta ahogándose con polla era obsceno. Mi verga estaba tan dura que dolía.

La acosté en una de las camas, le abrí bien las piernas y le di permiso al primero. El español se puso el condón, se arrodilló entre sus muslos y se la metió de un solo empujón profundo debido a su humedad le entro muy fácilmente. Ella solo gemia mientras yo le decía lo muy puta que se veía. Se corrió en menos de un minuto. La vagina le temblaba, le apretaba la verga del tipo, y los jugos le salían a chorros, salpicando, mojándole el culo y la cama. La excitación del lugar, de estar vendada, de sentir tantas pollas alrededor paradas, sentirse deseada como la puta principal… la hizo venirse con una facilidad increíble.

El tipo se corrió gruñendo y se apartó. Inmediatamente entró el siguiente. Se la folló más duro, agarrándola de las caderas, dándole embestidas profundas que le hacían rebotar las tetas. Ella gemía con la boca llena de otra polla, babeando, pidiendo más entre gemidos. Cuando ese se vino, otro tomó su lugar. Y otro. Y otro.

Pasaron como cuatro o cinco. La verdad ya no recuerdo bien. Estaba demasiado excitado viendo la escena. Mi esposa de espaldas, vendada, las piernas abiertas de par en par, el coño hinchado y rojo, recibiendo polla tras polla. En un momento tenía una verga embutiéndole la garganta, otra enterrada hasta el fondo y dos tipos más encima de ella masturbándose. El coño hacía ruidos húmedos, obscenos, cada vez que entraban y salían. Los jugos le salían a borbotones, le corrían por el culo, le manchaban los muslos. Ella se estaba temblando, apretando, pidiendo que no pararan.

Yo le sujetaba las muñecas contra la cama y le hablaba al oído, sucio, sin filtro:

—Así se siente una puta de verdad… déjate follar… traga toda esa verga… mira cómo te están usando, mi amor…

Cuando por fin salimos de esa sala ella apenas podía caminar. El coño le brillaba, abierto, hinchado, todavía goteando una mezcla espesa de sus propios jugos. Tenía saliva seca en la cara, marcas de manos en las tetas y en el culo, y una expresión de satisfacción absoluta. Estaba completamente usada… y completamente feliz.

Fuimos al sauna después, todavía temblando, todavía mojados. Y allí pasaron otras cosas. Cosas más difíciles de olvidar.


Una vez ingresamos al sauna el calor nos golpeó de inmediato. El vapor espeso, el olor a madera húmeda y a sexo que todavía nos impregnaba la piel.

Mi verga ya estaba al borde de explotar. Llevaba horas dura, viendo cómo se la follaban, cómo chorreaba, cómo gemía vendada… y todavía no había sentido su boca ni su vagina.

Fue entonces cuando ella se arrodilló frente a mí, me miró con esa sonrisa de puta satisfecha y me metió la verga en la boca de un solo movimiento. Empezó a chupármela lento, profundo, mientras me contaba en voz baja, todavía con la saliva del oral anterior en los labios:

—No tienes idea de lo que se siente… estar vendada, sentir tantas vergas paradas solo para ti… el morbo de saber que te están penetrando desconocidos, uno detrás de otro, sin poder verles la cara… se me mojaba más y más con cada embestida…

Mientras me lo decía, un joven de unos veinticinco años nos observaba desde el otro lado del sauna. No disimulaba. Se le notaba la erección bajo la toalla y su mirada iba directo al culo de mi esposa.

Yo, sin que ella se diera cuenta, le hice una señal discreta con la cabeza. Que se acercara. Que la tocara.
El chico no dudó. Se levantó, se acercó por detrás y le puso las manos en las nalgas. Las masajeó con fuerza, separándolas, apretándolas.
Mi esposa reaccionó de inmediato. Soltó un gemido con la boca llena de mi verga y volteó la cabeza. Cuando vio que era un muchacho joven, se le inflamó otra vez esa putería que tanto me encanta. Su gran debilidad. Los jóvenes.

Sin soltarme del todo, le agarró la polla al chico con una mano y empezó a masturbarlo mientras con la otra me seguía acariciando a mí. El joven aprovechó y le metió la mano entre las piernas. Le encontró todavía hinchado, caliente, empapado. Le metió dos dedos de golpe y ella solo pudo gemir más fuerte, moviendo las caderas contra su mano.

De pronto se levantó, soltó mi verga y se lanzó sobre el chico. Lo besó con hambre, metiéndole la lengua, mientras le seguía masturbando la polla ya completamente dura.
Después lo empujó suavemente para que se sentara en el banco de madera y, sin más preámbulos, se arrodilló entre sus piernas y se la metió en la boca. Empezó a chupársela con ganas, babosa, profunda, como si llevara días sin probar una verga joven.
Yo me quedé de pie mirándola, dándome cuenta una vez más de lo puta que se pone mi esposa cuando tiene un muchacho delante.

Después se le subió encima. Se sentó sobre sus muslos y empezó a restregarle esa vagina mojada contra la verga dura, dejándole un rastro brillante de jugos en el tronco. El chico gemía, agarrándola de la cintura. Ella, casi sin aliento, le pidió el condón. Él no tenía. Yo, como buen esposo, saqué el que me habían dado en la entrada y se lo pasé.
Mi esposa se lo colocó con dedos rápidos, temblando de ganas, y se lo montó de un solo movimiento. Se la embutió hasta el fondo y empezó a cabalgarlo como si llevara meses sin culear.

El sonido era obsceno: esa humedad espesa, el chapoteo de su coño tragándose la polla del muchacho una y otra vez. No duraron ni un minuto. Él se corrió primero, gruñendo, agarrándole el culo con fuerza. Ella no se detuvo. Siguió rebotando sobre él, frotándose el clítoris contra su pelvis, hasta que se vino también, temblando, echando más jugos que le bajaban por los muslos del chico y le manchaban el banco.

Después era mi turno. Ella se puso en cuatro sobre la toalla, el culo en alto, sus nalgas abiertas y su vagina goteando, y me miró por encima del hombro. Y se la metí de una. Estaba caliente, resbaladiza, todavía contrayéndose de su orgasmo anterior. Empecé a follármela duro mientras ella, sin perder el ritmo, se agachaba y le chupaba la polla al joven para intentársela parar de nuevo. Estaba concentrada en lo suyo… pero yo desde hacía rato me había dado cuenta de que ya no éramos solo tres.
Tres hombres más nos rodeaban. Tres pollas erectas, masturbándose sin disimulo, mirando cómo mi esposa de cuarenta y tantos se dejaba usar como una puta de lujo. La excitación me ganó. No pude aguantar. Me vine dentro de ella, llenándole el coño de leche caliente, empujando profundo mientras gemía contra la toalla.

El joven aprovechó ese momento para salir corriendo a la recepción por otro condón. Volvió en segundos, se lo puso y se la volvió a meter de una, todavía con mi semen adentro. Mi esposa ya se había percatado de que todos la estaban viendo. Y como es bien puta, empezó a darles show. Arquear el espalda, abrir más las piernas, gemir más alto, hablar sucio sin filtro:
—Así… clávamela más duro… me encanta tu verga joven… quiero que saques toda la leche… úsame…

De repente hizo un gesto con la mano y otro muchacho se acercó. Ella misma lo había llamado. Ahora eran dos jóvenes y ella. Uno se la follaba por detrás mientras el otro le metía la polla en la boca. La movían de posición: de cuatro, de lado, ella encima de uno mientras el otro le empujaba la cabeza contra su verga.
Posiciones incómodas, sudorosas, resbaladizas por el vapor del sauna y por todos los fluidos que ya le corrían por el cuerpo: saliva, jugos, semen mío y fluidos de ella.

Yo me masturbaba viéndola, recuperándome, hasta que ya no aguanté otra vez. Me acerqué, le aparté un poco la cara al que la estaba follando por la boca y me corrí por segunda vez, esta vez llenándole la vagina de nuevo mientras los dos chicos terminaban sobre ella: uno en las tetas, el otro en el abdomen.
Cuando por fin paramos, el sauna olía a sexo puro. Ella estaba tendida, jadeando, el cuerpo brillante de sudor y de leche ajena, el coño abierto y rezumando una mezcla espesa. Nos quedamos un rato más mirando otros shows en vivo, hablando con un par de parejas, intercambiando números con sonrisas cómplices.
Pero la verdad es que ya estábamos agotados. El cuerpo, la cabeza, todo. Así que nos vestimos, salimos del club y volvimos a casa. A la rutina. A ser otra vez los esposos amorosos, los padres responsables que nadie sospecharía capaces de todo lo que acabábamos de hacer.
Aunque los dos sabemos que esa noche quedó grabada.

0 comentarios - Pareja de Bogotá en Bar SW en España