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Chantajee a mi madre para que se acostara conmigo. Parte #2

Yo: Madre, lo sé todo.
Maritza se quedó quieta. La taza tembló en su mano unos segundos antes de dejarla sobre la mesada con cuidado.
Maritza: …¿De qué estás hablando, Guillermo?
Yo: Del motel. Del chofer. Te escuché. Vi el coche. Sé exactamente lo que estabas haciendo mientras yo estaba a unos metros.
Ella abrió la boca, la cerró, y negó con la cabeza varias veces.
Maritza: No… no puedes estar seguro. Estás confundido. Yo estaba en el spa.
Yo: No mientas. Te oí gemir. Te oí pedir más. El olor te delató cuando volviste.
Maritza dio un paso atrás, abrazándose a sí misma.
Maritza: Aunque… aunque fuera cierto, ¿qué vas a hacer? ¿Contárselo a tu padre? Él no te creería. Diría que estás loco.
Yo: ¿Quieres probar? Puedo ir arriba ahora mismo y despertarlo. O mejor, puedo esperar a que llegue del trabajo y contárselo todo con lujo de detalle. Incluyendo cómo olías cuando regresaste.
El color se le fue de la cara. Intentó mantener la compostura, pero la voz le salió más baja.
Maritza: Guillermo… por favor. No hagas esto. Soy tu madre. No puedes pedirme algo así.
Yo: No te estoy pidiendo. Te estoy ofreciendo un trato. Tú cumples lo que yo diga… y yo me callo. Si te niegas, papá se entera hoy.
Ella se quedó callada un largo rato, mirando el piso. Se le veía pelear internamente. Al final levantó la vista con los ojos húmedos y la mandíbula apretada.
Maritza: …Eres un monstruo.
Yo: Puede ser. ¿Aceptas o no?
Maritza respiró hondo, como si le costara el aire. Cerró los ojos un segundo y cuando los abrió, su expresión era de pura derrota y asco.
Maritza: …Está bien. Acepto. Pero que quede muy claro: lo hago porque me obligas. Porque no me dejas otra salida. No porque quiera. Nunca voy a querer esto. Y cada vez que lo haga, voy a odiarte más.
Yo: Eso me da igual. Quítate la bata y arrodíllate.
Ella dudó varios segundos más, mirándome con odio puro. Finalmente se desató la bata con manos temblorosas, la dejó caer al suelo y se arrodilló frente a mí. Quedó completamente desnuda, el cuerpo rígido, la mirada fija en el piso, la cara contraída por el disgusto.
Me bajé el pantalón del pijama. Mi verga quedó a centímetros de su cara. Ella tragó saliva con visible rechazo, apretó los labios un momento y después abrió la boca. Me la metió sin usar las manos, solo lo justo para cumplir. No había ninguna gana en el movimiento. Era torpe, tenso, como si cada segundo le resultara repugnante.
Empecé a moverme despacio, follándole la boca. Ella cerró los ojos con fuerza y se quedó quieta, soportándolo. Cada vez que empujaba un poco más profundo se le escapaba un sonido ahogado de asco, pero no se apartaba. La saliva le chorreaba por la comisura de los labios y le caía al pecho, pero no intentaba limpiarse. Solo aguantaba, respirando por la nariz, el ceño fruncido.
—Mírame —le ordené.
Abrió los ojos con evidente odio y me sostuvo la mirada mientras yo seguía usándole la boca. No había placer en su expresión. Solo resignación y rechazo puro.
Cuando sentí que estaba a punto de correrme, le agarré el pelo con ambas manos y empujé hasta el fondo. Me corrí directo en su garganta. Ella se atragantó, los ojos se le llenaron de lágrimas por el reflejo, pero no intentó apartarse. Tragó lo que pudo, tosiendo un poco cuando me saqué.
Se quedó arrodillada unos segundos, respirando agitada, con restos de semen en los labios y la barbilla. Después se limpió la boca con el dorso de la mano, con un gesto de absoluto asco, se levantó, recogió la bata del suelo y se la puso sin mirarme.
Maritza (con la voz fría y rota): ¿Ya está? ¿Puedo irme?
Yo: Por ahora sí. Pero esto se va a repetir cada vez que yo quiera.
Ella asintió una sola vez, sin levantar la vista, y salió del cuarto de lavabo lo más rápido que pudo, como si quisiera alejarse de mí cuanto antes.
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