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Parte 2: El vicio se extiende y el tabú explota

Después de aquella tarde en el cuarto de Alex, Elena no pudo resistir más. Cerró la puerta, se acercó a la cama temblando y, sin decir una palabra, se arrodilló frente a su hijo menor. Le quitó la pipa de las manos, inhaló una bocanada profunda del cristal que aún humeaba y luego bajó la boca sobre la polla gruesa y venosa de Alex. Lo chupó con hambre maternal pervertida, lamiendo cada vena, tragando el precum salado mientras el humo del cristal le quemaba los pulmones y le encendía el coño como nunca. Alex gemía "mamá... por favor... métetela", y Elena se subió el vestido, se quitó las bragas mojadas y se sentó sobre él, empalándose de un solo golpe. Su coño maduro, caliente y jugoso tragó la verga de su hijo hasta el fondo. El placer fue brutal: la polla de Alex tocaba lugares que Carlos nunca había alcanzado, estirándola, golpeando su cervix mientras ella cabalgaba como una puta poseída. Se corrió gritando, eyaculando chorros de squirt sobre el vientre de su hijo, y el cristal multiplicó el orgasmo hasta hacerla temblar descontrolada. Desde ese día, Elena quedó enviciada no solo del hijo, sino del cristal. Empezó a fumar a escondidas mientras cocinaba, lavaba la ropa o barría el patio, con el coño siempre húmedo pensando en vergas familiares.



Los días siguientes, Elena sedujo a sus hijos uno por uno sin que los demás supieran. Primero fue Miguel, el mayor. Lo esperó en el baño después de que volviera del trabajo, solo con una bata abierta que dejaba ver sus tetas grandes y pesadas. Le pidió que la ayudara con "un dolor de espalda" y terminó de rodillas chupándole la polla gruesa mientras fumaba del pequeño pipa que escondía en el bolsillo. Miguel la folló contra la pared, metiéndosela por atrás, agarrándole las caderas anchas mientras ella gemía bajito para no alertar a nadie. El placer era adictivo: la sensación de ser tomada por su propia sangre la hacía correrse más fuerte que con cualquier hombre. Luego vino Jorge. Lo sedujo en el granero, fumando cristal juntas mientras le enseñaba a tocarle el clítoris hinchado. Jorge la penetró salvajemente sobre el heno, mordiéndole las tetas y corriéndose dentro de ella dos veces seguidas. Elena fumaba cada vez más, haciendo las actividades diarias con la pipa cerca: cocinaba el mole con el humo saliendo de su boca, lavaba los platos con una mano mientras la otra se metía bajo la falda. El vicio la tenía más cachonda que nunca.



Todo se complicó cuando Carlos, el padre, llegó temprano una noche y abrió la puerta del cuarto principal. Allí estaba Elena, completamente desnuda, cabalgando con furia la polla de Miguel, su hijo mayor. Las tetas de Elena saltaban mientras gemía "¡mi hijo, fóllame más duro!", y Miguel le apretaba el culo. Carlos se quedó paralizado en la puerta, el rostro descompuesto por el shock, la tristeza y la rabia. No gritó. Solo cerró la puerta y se fue a la sala, hundido en el sillón con la cabeza entre las manos. Esa noche le contó todo a sus hijas Sofía y Laura, con voz rota y lágrimas en los ojos: "Su madre... se está acostando con sus hermanos... con Miguel... no sé qué está pasando en esta casa". Las hijas, horrorizadas pero curiosas, empezaron a investigar. Sofía revisaba los cuartos buscando pruebas, Laura escuchaba conversaciones a escondidas, las dos sintiendo una mezcla de repulsión y un extraño calor prohibido. El ambiente en la casa se volvió tenso, cargado de silencios incómodos y miradas sospechosas.



Carlos, cada vez más deprimido, encontró la pipa de cristal escondida en el cajón de Elena. La curiosidad y la desesperación lo vencieron. Se encerró en el garaje, calentó una piedra y fumó. El cristal le entró como fuego en las venas, despertando una lujuria salvaje y oscura. Esa misma tarde, en la cocina, agarró a Laura, la hija menor de 20 años, por la cintura mientras ella lavaba trastos. "Ya todo está podrido en esta familia", gruñó, y la empujó contra la mesa. Laura forcejeaba, llorando: "¡Papá no! ¡Por favor, soy tu hija!". Pero Carlos, con los ojos rojos por el cristal, le subió la falda, le bajó las bragas y la penetró de un empujón brutal. Su polla gruesa entraba y salía con fuerza mientras él le sujetaba las muñecas. Laura gritaba y se resistía, pero Carlos exhalaba humo espeso del cristal directamente en su cara con cada embestida, llenándole los pulmones. Poco a poco el cuerpo de Laura traicionó su mente: el cristal y la polla de su padre le provocaron un calor insoportable, su coño se mojó contra su voluntad y empezó a gemir, empujando hacia atrás, disfrutando cómo su propio padre la follaba como una perra. Se corrió violentamente, apretando la verga de Carlos dentro de ella.



Justo en ese momento, Sofía entró a la cocina buscando agua y los encontró: Carlos embistiendo con furia a Laura sobre la mesa, humo de cristal flotando en el aire, y Laura gimiendo de placer con la cara enrojecida. Sofía se quedó congelada, con los ojos muy abiertos, mientras el tabú familiar alcanzaba un nuevo nivel de podredumbre. El vicio y el incesto ya no tení
an vuelta atrás.

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