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Daniela (la MILF de la familia) Cap 7

Que tal amigos al parece el ultimo post no se publico completo, pero aqui les dejo la continuacion desde donde se quedo, por favor no olviden comentar, recuerden que eso me motiva a seguir escribiendo

Pasaron los minutos y Diana cayó dormida. El reloj marcaba las 12:15 am. Severo sabía perfectamente que Diana tenía el sueño pesado, nada la despertaba. Era como un tronco.

Se levantó con sigilo, solo vestido con unos shorts cortos negros que solía usar para dormir. Su torso robusto y moreno estaba completamente expuesto, sudado, era un hombre que transpiraba mucho.

Salió de la habitación sin hacer ruido y se dirigió directamente a la recámara de Daniela.

Abrió la puerta lentamente. La madera emitió un suave rechinido que rompió el silencio de la noche.

Daniela, que estaba medio dormida, se espantó y se incorporó rápidamente en la cama, cubriéndose con la sábana.

—¿Quién es? —preguntó sobresaltada.

Severo entró y cerró la puerta detrás de él con cuidado. La luz tenue de la luna que entraba por la ventana iluminaba su figura grande y robusta.

—Hola, hermosa —dijo con voz grave y baja, con una sonrisa confiada en los labios.

Daniela lo reconoció al instante y su corazón dio un vuelco.

—Severo… ¿qué haces aquí? —susurró alarmada, mirando hacia la puerta—. ¿Estás loco? Si viene o alguien nos escucha…

Severo se acercó lentamente a la cama, sin mostrar ningún miedo.

—No te preocupes —respondió con calma—. Nadie va a venir.

Se detuvo al borde de la cama y la miró de arriba abajo. Daniela se cubría con las sábanas, no se alcanzaba a percibir que llevará puesto sostén, parecía que estaba completamente desnuda.


Daniela (la MILF de la familia) Cap 7



—Vine porque no podía dormir, no puedo dejar de pensar en ti —continuó Severo, con la voz más ronca—. Ayer nos interrumpieron… pero hoy nadie nos va a molestar.

Daniela se sentó mejor en la cama, nerviosa pero sin gritar ni pedirle que se fuera de inmediato.

—Severo… creo que fui muy clara contigo —susurró ella—. Ayer te lo dije… te dije que fue un error…

Severo sonrió y se comenzó a quitar el short.

—¿Error? —preguntó con tono burlón—. Tu cuerpo no parecía pensar lo mismo cuando te estaba comiendo la concha. Gemías como una perra en celo.

Daniela se sonrojó violentamente, pero mantuvo su postura.

—Severo, por favor… vete —insistió ella, señalando la puerta—. No quiero problemas.

Severo ignoró sus palabras. Terminó de quitarse los shorts cortos que llevaba, quedando solo con una trusa amarilla. La erección era más que evidente: la tela se tensaba de forma exagerada, marcando el grosor y la longitud de su verga.

Sin prisa, también se quitó la trusa que aún llevaba puesta. Quedó completamente desnudo frente a Daniela. Su verga estaba completamente erecta, gruesa, larga y venosa, apuntando hacia arriba con fuerza. Bajo la luz tenue de la luna que entraba por la ventana, se alcanzaba a ver claramente cómo los líquidos preseminales que ya goteaban de la cabeza hinchada, formando hilos brillantes que caían lentamente.

Daniela no pudo evitar mirarla. Conocía muy bien esa verga. Se la había estado comiendo hacía poco tiempo. Recordaba su grosor, su peso, su sabor fuerte y salado, y cómo había llenado su boca hasta casi ahogarla.

Severo notó cómo ella la miraba y sonrió con arrogancia.

—¿La extrañabas? —preguntó con tono burlón.

Daniela tragó saliva y apartó la mirada, nerviosa.

—Severo… vete —susurró ella, intentando sonar firme—. Esto no va a pasar.

Severo ignoró sus palabras y se metió lentamente a la cama, levantando las sábanas y cubriendo su cuerpo junto con. Su cuerpo grande y pesado quedo encima de Daniela.

—Severo, para… —suplicó ella, poniendo ambas manos sobre su pecho y empujando—. Si sigues con esto, tendré que gritar.

Severo se detuvo un momento sobre ella, mirándola desde arriba con una sonrisa confiada.

—No creo que te atrevas —dijo con voz baja y segura—. Se que hoy te quedaste con ganas de verga. Diana me contó todo, y yo vine a dártela.

Comenzó a acariciarle el muslo con una mano caliente, subiendo lentamente bajo la sábana. Sintió la tanga que tenía puesta Daniela, era una diminuta de hilo dental. Eso lo excitó aún más.

Que rico… solo tienes puesto una tanguita… —murmuró con una sonrisa lujuriosa—. Estás prácticamente desnuda, en espera de un macho que te atienda. Qué puta tan caliente eres.

Daniela estaba aterrada. Su corazón latía a mil por hora y su cuerpo temblaba. Puso más fuerza en sus manos sobre el pecho de Severo, intentando empujarlo.

—No… por favor… —susurró, con los ojos muy abiertos—. No quiero.

Severo sonrió con arrogancia, sin moverse ni un centímetro. Su mano seguía acariciando la piel bajo la sábana, muy cerca de su tanga.

—Tranquila… —dijo él con voz baja y dominante—. Verás que la pasaremos muy rico.

Daniela seguía resistiéndose, empujando su pecho con las manos, aunque sabía que su fuerza no era nada comparada con la de él.

Severo comenzó a besar el cuello de Daniela con besos calientes y húmedos, rozando su piel con los labios y la lengua.


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—Severo… por favor… detente… —susurró ella, todavía intentando resistirse, aunque su voz ya sonaba más débil.

Empujaba su pecho con las manos, pero cada vez con menos fuerza. Sus quejas empezaban a sonar más como gemidos suaves y entrecortados.

Severo siguió besándole el cuello, bajando lentamente mientras su cuerpo pesado la mantenía atrapada contra el colchón. Daniela sentía claramente la verga enorme y dura de Severo presionando contra su muslo, como un hierro caliente que la “apuñalaba” con cada movimiento.

—Ahh… no… esto no debe ser… —gemía ella, pero sus manos ya solo se apoyaban en el pecho de Severo en lugar de empujar.

Severo continuó bajando, besando su clavícula hasta llegar a sus pechos desnudos. Comenzó a lamerlos con lentitud, pasando la lengua ancha y caliente por la curva inferior de cada seno. Cuando llegó a los pezones, ya endurecidos y sensibles, los lamió con círculos lentos y luego los mordió suavemente.

—Mira cómo tienes los pezones… —murmuró contra su piel, con una sonrisa arrogante—. Están bien duros… se nota que ya ardes de calentura.

Y era verdad, Daniela había quedado muy caliente después de la interrupción que tuvo con Alfonso, no pudiendo saciar su instinto de mujer, se había quedado con ganas de más, soltó un gemido más claro y ya no empujaba. Sus manos ya acariciaban el pecho tosco, comenzaron a bajar lentamente, acariciando su torso y su barriga, hasta llegar a su verga. La agarró con una mano y la apreto, sintiendo su grosor y calor.

Severo gruñó de placer al sentir los dedos de Daniela envolviendo su verga.

—Ah… sabía que no te ibas a poder resistir—susurró contra su pecho, mientras seguía lamiendo y chupando sus pezones—. Eres una perra y andas en brama, necesitas de un macho, un macho como yo, y aquí me tienes puta.

Daniela respiraba agitada, con los ojos entrecerrados. Su mano comenzó a masturbarlo lentamente, arriba y abajo.

Severo siguió besando y lamiendo los pechos. Después bajó un poco, metió los dedos en los bordes de la diminuta tanga y se la bajó por las piernas, quitándosela por completo. La lanzó con fuerza hacia la puerta, donde cayó cerca del umbral, quedando Daniela completamente desnuda debajo de él.

Sin perder tiempo, Severo continuó besando su cuerpo: el cuello, la clavícula, los pechos… bajando con besos húmedos y calientes.

Daniela estaba llena de asquerosas babas de Severo, presa de una excitación que ya no podía controlar, ella misma buscó la boca de Severo con desesperación. Lo besó con pasión, fundiéndose en un beso profundo y salvaje, mientras su mano seguía masturbando la gruesa verga con movimientos ansiosos.

Luego, Severo sintió que detuvo sus movimientos, dio un fuerte apretón a la verga y la guió hasta colocar la punta en la entrada de su vagina.

Severo gruñó contra sus labios, sonrió con arrogancia.

—¿Ya quieres verga, putita? —preguntó con voz ronca, rozando la cabeza hinchada contra sus labios mojados.

—Sí… —suplicó Daniela, moviendo las caderas hacia arriba, buscando la penetración—. Métemela… cógeme de una buena vez… por favor…

Severo sonrió con satisfacción.

—Así me gusta… que seas así de puta.

Sin esperar más, ejerció presión y comenzó a meterle la cabeza hinchada. La vagina de Daniela estaba muy estrecha. Parecía como si nunca se la hubieran metido. El grosor de la verga de Severo era demasiado ancho; Mauricio no tenía ni la mitad del monstruo que tenía Severo.

—Joder… qué apretada estás, parece que tu marido nunca te ha metido la verga, o será que Mauricio la tiene muy chiquita jaja —se burló Severo, empujando con más fuerza.

Daniela soltó un pequeño grito cuando la cabeza hinchada logró entrar. Estaba demasiado estrecha, pero Severo no se iba a conformar, colocó sus manos en las caderas de Daniela y con más fuerza de la que había ejercido, dio otro empujón, logrando meter la mitad de su verga. No entraba ni un milímetro más, el monstruo que tenía Severo por verga era demasiado para esa vagina estrecha, casi virgen.

—Ahhh… duele… es muy grande… —gimió ella, clavando las uñas en los hombros de Severo.

Severo comenzó a cogersela con ritmo lento pero profundo, entrando y saliendo. Daniela podía sentir cada vena gruesa rozando sus paredes internas. Estaba disfrutando como nunca antes.

Sin poder evitarlo, comenzó a gemir al ritmo de las estocadas:

—Ahh… ahh… ahh…

Severo sonreía con arrogancia mientras la follaba, sabiendo que la tenía completamente entregada.

—Relájate, putita… —gruñó contra su oído—. Tu coño es estrecho, pero está empapado. Va a entrar toda… vas a ver.

—Ahhh… ¡Dios! ¡Se siente enorme!—exclamó ella, arqueando la espalda—. No creo que entre toda… es demasiado grande…

Severo no se detuvo. Sacó un poco y volvió a empujar, ganando terreno centímetro a centímetro en cada estocada.

—Claro que entrara… —dijo con voz ronca, para este entonces ya sudaba como un animal, el olor que desprendía era a macho, justo el aroma que le encantaba a Daniela—. Mira cómo tu coño la está tragando. Te voy a terminar de convertir en una puta de verdad, te voy a partir.

Daniela gimió más fuerte, con los ojos entrecerrados y la boca abierta.

—Ahh… ahh… sí… me duele, pero dame mas verga… me gusta… ¡despacio!

Severo siguió empujando con ritmo constante, respirando pesado. Poco a poco, la verga fue desapareciendo dentro de ella. Daniela no dejaba de sentir esas venas en sus paredes que tanto le gustaba, estirándola de una forma que nunca había experimentado.

—Ahhhhh… ¡ya casi está toda! —gruñó Severo, con voz firme—. Se siente… tan rico… tienes una pucha deliciosa…

Con un último empujón fuerte y profundo, Severo logró meterla completamente. Sus caderas chocaron contra las de Daniela, y la verga quedó enterrada hasta el fondo.

—Ahhhhhh… —gritó Daniela, arqueando la espalda con fuerza—. ¡Es demasiado! ¡Me estás partiendo!

Severo soltó un gruñido de satisfacción y se quedó quieto un momento, disfrutando de cómo el coño de Daniela lo apretaba como un puño caliente y húmedo.

—Así… toda adentro —dijo con voz ronca, mirándola a los ojos—. Acostumbrate a mi verga, ¿Sientes cómo te lleno? Tu marido nunca te había metido algo así, ¿verdad?

Daniela negó con la cabeza, respirando entrecortadamente, con lágrimas de placer en los ojos.

—No… nunca… es demasiado… ahhh… muévete despacio… por favor…

Severo sonrió con malicia y comenzó a moverse lentamente, saliendo casi por completo y volviendo a entrar hasta el fondo con estocadas largas y profundas.

Daniela gemía con cada embestida, sin poder contenerse:

—Ahh… ahh… sí… así… que rico… no pares…

Severo aceleró poco a poco el ritmo, follándola con más fuerza mientras la sujetaba por las caderas.

—Esa es mi puta… —gruñó—. Gime más fuerte… quiero oír que me digas que te gusta mi verga.

Daniela ya no se contenía. Sus gemidos llenaban la habitación:

—Ahh… ahh…¡me encanta tu verga! ¡Es tan grande! ¡Me llega tan profundo! ¡Nadie me había follado así!

Severo estaba sudando como un animal. Gotas de sudor caían de su frente, de su pecho y de su barriga sobre el cuerpo de Daniela. El cuarto entero ya olía a sexo: sudor, coño mojado y el aroma fuerte y asqueroso de macho maduro. Daniela respiraba ese olor con gusto, excitada por lo primitivo y bruto que era.

—Dime cuánto te gusta mi verga, putita —exigió Severo, embistiendo más fuerte.

—Me encanta… —gimió Daniela, casi llorando de placer—. Tu verga es enorme… me llena toda… me estás partiendo… ¡no pares!

Severo aumentó la velocidad, follándola con estocadas profundas y potentes. Daniela sentía cómo la verga llegaba al fondo de su vagina con cada embestida, golpeando un punto que la hacía ver estrellas. El placer era tan intenso que sus piernas empezaron a temblar.

—Ahhh… ¡me voy a correr! —gritó Daniela de repente, con la voz rota—. ¡No pares! ¡Me voy a correr!

Su coño se contrajo violentamente alrededor de la verga de Severo. Un orgasmo intenso y largo la atravesó como una ola. Todo su cuerpo se sacudió, sus piernas se tensaron y un chorro de humedad caliente salió de ella, mojando la verga y las sábanas.

— ¡Ahhhhhhhh! ¡Me corroooo! ¡Síííí!

Severo siguió follándola sin detenerse, prolongando el orgasmo de Daniela mientras ella gemía y temblaba debajo de él.

—Así… córrete en mi verga, putita… —gruñó él, orgulloso.

Daniela seguía gimiendo, con el cuerpo convulsionando de placer, completamente perdida en su primer orgasmo de la noche. Cada embestida de Severo provocaba un gemido más alto y desesperado de ella.

Sandra, que dormía en su habitación contigua junto a Alfonso, se despertó sobresaltada. Los sonidos eran claros y continuos: gemidos de placer profundo, el crujido de la cama y el sonido húmedo de cuerpos chocando.

Se quedó quieta un momento, escuchando.

—Esa puta… —murmuró entre dientes, con la voz llena de rabia—. Otra vez se la están cogiendo.

Sabía perfectamente que no podía ser su marido, porque Alfonso estaba durmiendo a su lado, respirando profundamente. Mauricio y Fernando tampoco estaban en la casa. Solo podía ser una persona.

—Severo… —susurró Sandra con asco.

Al principio intentó ignorarlo. Se tapó la cabeza con la almohada y trató de volver a dormir. No era su problema si esos dos querían hacer sus cochinadas. Pero los gemidos no paraban. Cada vez más altos, más intensos, más obscenos.

Después de varios minutos dando vueltas en la cama, ya no aguantó más. La frustración y la rabia la superaron.

Se levantó de la cama, se puso una bata y salió de su habitación sin hacer ruido. Caminó directamente hacia la habitación de Daniela.

Sin pedir permiso, giró la manija y abrió la puerta de golpe.

Lo que vio no la sorprendió, pero sí la enfureció.

Daniela estaba completamente desnuda, bien abierta de patas sobre la cama. Severo estaba encima de ella, penetrándola fuertemente, con embestidas profundas y rítmicas. El cuerpo de Daniela se sacudía con cada estocada y sus gemidos llenaban la habitación.

Sandra se quedó parada en la puerta, con los ojos muy abiertos.



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—Oigan ustedes… —dijo con tono cortante pero no totalmente alterado, intentando mantener la compostura—. ¿Pueden hacer sus cochinadas sin tanto ruido? Hay gente en esta casa que necesita levantarse temprano mañana.

Daniela se asustó al oír la voz y reaccionó instintivamente, tapándose los pechos con ambos brazos y soltando un pequeño grito.

Severo, en cambio, no se inmutó. Se recostó un poco y abrazando el cuerpo de Daniela con posesión. Miró a Sandra con una sonrisa burlona y tranquila.

—Qué manera de interrumpir es esta —dijo con voz ronca y satisfecha, —. ¿No te das cuenta de que estamos muy ocupados? Me estoy comiendo a este rico bombón.

Daniela, aún tapándose los pechos, miró a Sandra con una mezcla de sorpresa y vergüenza.

Sandra se quedó muda un segundo, procesando la calma descarada de Severo.

—Sandra… ¿que haces aqui?… —balbuceó, con la cara roja de vergüenza.

Sandra la miró con desprecio y asco.

—¡Otra vez andas de puta! ¡Y ahora con el esposo de tu cuñada! ¿No te da vergüenza? ¿No te bastó con su hijo ahora te metiste con su marido? ¿No tienes dignidad?... ¡Me das asco!.

Severo soltó una risa baja y oscura, apretando un poco mas el cuerpo de Daniela que tenia entre sus brazos.

—Tranquila, Sandra. Es solo un polvo, un poco de diversión entre adultos. ¿O te molesta que Daniela esté disfrutando de una verga de verdad?

—No digas estupideces.

Daniela, todavía tapándose los pechos, intentó responder con voz temblorosa pero firme:

—Sandra, por favor… no le digas nada de esto a Mauricio. Solo… fue un momento de…

Severo la interrumpió con una risa.

—Un momento de nada —dijo Severo con sorna—. Esta puta estaba rogando por verga. ¿Verdad, Daniela? Dile a Sandra lo rico que se siente mi verga dentro de ti.

Sandra apretó los puños cerrados.

—No me interesa saber eso, ¡Solo calma a tu puta!, !Estás gimiendo como una perra en celo¡, no me deja dormir

—Esta bien lo intentaré, pero no prometo nada, esta perra es muy escandalosa cuando tiene mi verga adentro jaja

—Y ahora… ¿vas a seguir gritando o nos vas a dejar terminar? —preguntó con tono burlón—. Porque si quieres mirar, puedes quedarte. A nosotros no nos molesta que nos vean jaja.

Sandra estaba a punto de explotar.

—¡Par de cochinos, pervertidos! —les dijo antes de salir de la habitación.

El silencio que quedó fue pesado.

Severo miró a Daniela, aun con la verga erecta apuntando hacia arriba, y sonrió.

—Qué interrupción tan inoportuna… ¿en que estábamos, hermosa?

Severo seguía abrazando a Daniela con fuerza contra su cuerpo sudado. Su verga seguía completamente erecta, dura y palpitante, apuntando hacia el techo.

Daniela, aún agitada, intentó recuperar el aliento y susurró:

—Severo… lo mejor será que te vayas también. Esto ya se salió de control.

Severo la miró a los ojos con una sonrisa arrogante y negó lentamente con la cabeza.

—Aún no he terminado de disfrutarte, putita —murmuró con voz ronca.

Antes de que Daniela pudiera responder, Severo estampó su boca contra la de ella en un beso fuerte y dominante, callándola por completo. Sus labios gruesos la devoraron con hambre, mientras sus cuerpos seguían completamente desnudos y pegados.

Cuando separó sus labios, Severo la miró con deseo puro.

—Quiero que me montes —le ordenó con voz grave—. Quiero verte cabalgando mi verga.

Daniela no puso resistencia. Se incorporó lentamente, quedando. Miró hacia abajo y contempló la verga de Severo: era enorme, gruesa, venosa y completamente dura. La cabeza hinchada brillaba con líquido preseminal. Era perfecta.

Sin perder más tiempo, Daniela pasó una pierna al otro lado del cuerpo de Severo, quedando sentada justo por debajo de su barriga. La verga aún no la penetraba; estaba detrás de ella, pegada contra sus pompas, caliente y palpitante.

Daniela sintió lo dura y grande que era. Por un instante pensó que era demasiado para su cuerpo.

Severo, impaciente, le dio una palmada en el culo y la apuró:

—Anda, putita… siéntate en ella de una vez. No me hagas esperar.

Daniela se levantó un poco, apoyando las manos en el pecho sudado de Severo. Miró hacia abajo y vio la verga enorme, gruesa y venosa completamente parada palpitando de excitación, metió la mano entre sus cuerpos, agarró la verga con firmeza y la colocó justo en la entrada de su vagina. Respiró hondo y, lentamente, se fue bajando.

La cabeza hinchada presionó contra su entrada y comenzó a abrirla. Daniela soltó un gemido largo y entrecortado cuando la verga empezó a entrar.

—Ahhh… es tan grande… —jadeó ella, bajando centímetro a centímetro.

Severo gruñó de placer al sentir cómo su coño lo apretaba. Sus manos grandes se aferraron a las compas de Daniela, ayudándola a bajar.

—Así… siéntate despacio, putita… déjame sentir cómo me tragas todo.

Daniela continuó bajando, mordiéndose el labio inferior. La verga la estiraba de una forma que nunca había sentido. Cada vena gruesa rozaba sus paredes internas mientras ella se empalaba lentamente.

—Ahhhhh… ya casi está toda… —gimió, con la voz quebrada—. Me estás llenando por completo…

Con un último movimiento de caderas, Daniela se sentó hasta el fondo. La verga de Severo quedó enterrada completamente dentro de ella. Sus caderas chocaron contra las de él y un gemido profundo salió de la garganta de Daniela.

— ¡Ahhhhhh! ¡Ya la tengo toda adentro! —exclamó ella, arqueando la espalda.

Se quedó quieta un momento, acostumbrándose a la sensación de estar completamente llena. Luego comenzó a moverse.

Al principio fueron movimientos lentos y circulares, sintiendo cómo la verga rozaba cada rincón de su interior. Después empezó a subir y bajar con más ritmo, cabalgándolo con ganas. Sus pechos rebotaban con cada movimiento y sus gemidos se volvían más altos y desesperados.

—Ahh… ahh… ¡sí! ¡Así! —gemía Daniela, apoyando las manos en el pecho de Severo para impulsarse.

Severo la miraba desde abajo con una sonrisa arrogante, disfrutando del espectáculo. Sus manos subieron hasta sus pechos y los apretó con fuerza mientras ella lo montaba.

—Así me gusta, putita… móntame rico —gruñó él, pellizcando sus pezones—. Mira cómo te mueves… pareces una puta en celo.

Daniela le encantaba que la llamara así, aceleró el ritmo, subiendo casi hasta la punta y dejándose caer con fuerza, empalándose por completo una y otra vez. El sonido húmedo de su coño tragando la verga llenaba la habitación junto con sus gemidos.

—Ahhh… ¡me encanta tu verga! —gimió ella, sin poder contenerse—. Es tan larga… me llega tan profundo… ¡que rico!

Daniela ya estaba perdida en el placer. Sus movimientos se volvieron más rápidos y desesperados, cabalgándolo con todo su cuerpo mientras gemía sin control. Sus caderas subían y bajaban con fuerza, empalándose por completo en la gruesa verga que la llenaba hasta el fondo. Cada vez que se dejaba caer, un gemido ronco escapaba de su garganta.

—Ahhh… ¡sí! ¡Así! ¡Más profundo! —gemía ella, con los ojos entrecerrados y la boca abierta.

Sus pechos rebotaban con cada movimiento. Severo los agarraba con fuerza, apretándolos y pellizcando sus pezones endurecidos mientras empujaba desde abajo, encontrándose con cada bajada de Daniela.

—Así, putita… móntame más fuerte —gruñó Severo, sudando profusamente—. Quiero sentir cómo te corres en mi verga.

Daniela aceleró el ritmo, cabalgándolo con desesperación. La verga de Severo llegaba tan profundo que tocaba puntos que nadie había alcanzado antes. El placer se acumulaba en su vientre como una ola imparable.

—Te voy a preñar, puta. Quiero que me des un hijo. Voy a llenarte toda de semen hasta que quedes embarazada.

El cuerpo de Daniela comenzó a temblar de la excitación al escuchar eso, lo miró con los ojos vidriosos de placer y, sin pensarlo dos veces, respondió entre gemidos:

—Sí… ¡sí! ¡Lléname! ¡Quiero que me preñes! ¡Dame tu semen… hazme un hijo!

No soporto más. —Ahhh… ¡me voy a correr! —gritó ella de repente, con la voz rota—. ¡No pares! ¡Me voy a correr!

Su coño se contrajo violentamente alrededor de la verga de Severo. Un orgasmo intenso y largo la atravesó. Todo su cuerpo se sacudió con fuerza, sus piernas temblaron y un chorro caliente de humedad salió de ella, empapando la verga y las sábanas.

— ¡Ahhhhhhhh! ¡Me corroooo! ¡Síííí! ¡Me estás haciendo correr tan rico!

Severo siguió embistiéndola desde abajo, prolongando su orgasmo mientras ella gemía y se convulsionaba encima de él.

Severo no tardó más, soltó un gruñido animal y la sujetó con fuerza de las caderas. Empujó hacia arriba con fuerza y se corrió profundamente dentro de ella. Chorros calientes y abundantes de semen inundaron el coño de Daniela, llenándola hasta el fondo.

— ¡Ahhhh… sí! ¡Toma todo mi semen, puta! —gruñó Severo mientras se vaciaba completamente dentro de ella.

Daniela gimió con placer al sentir cómo la llenaba, sintiendo cada pulsación y cada chorro caliente.

Severo y Daniela yacían agotados sobre la cama deshecha. Completamente desnudos sus cuerpos brillaban cubiertos de sudor, respirando con dificultad después del intenso encuentro. Daniela sentía como le escurría por las partes partes del semen que Severo había dejado en su interior, descansaba su cabeza sobre el pecho ancho y sudoroso de su macho en turno, con una pierna enredada entre las de él. Severo la tenía bien abrazada contra su cuerpo, una de sus manos grandes y posesivas descansando sobre su nalga desnuda, acariciándola lentamente.

El silencio era cómodo, solo roto por sus respiraciones pesadas y el latido de sus corazones.

Severo rompió el silencio con voz ronca y satisfecha, mientras pasaba los dedos por la espalda de Daniela.

—Estuviste deliciosa, hasta te termine preñando, jeje—murmuró con una sonrisa arrogante—. Te llené toda de semen. En unos meses vas a tener a mi hijo creciendo en esa barriga tan bonita que tienes.

Daniela levantó ligeramente la cabeza y lo miró, todavía con la respiración entrecortada. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Eres un descarado… —susurró ella, con la voz ronca por los gemidos anteriores—. Pero sí… no te voy a negar que la pasé muy rico. Nunca me había follado así. Me hiciste sentir cosas que Mauricio nunca pudo darme.

Severo soltó una risa baja y satisfecha, apretándola más contra su pecho.

—Claro que la pasaste rico. Se notaba en cómo gemías y cómo apretabas mi verga con tu coño. Estabas empapada, putita. ¿Sentiste cómo te llené hasta el fondo?

Daniela se mordió el labio inferior y asintió, pasando los dedos por el pecho sudoroso de Severo.

—Sí… lo sentí todo. Tu verga es tan larga… me llegaste a lugares que nadie había tocado antes. Cuando te corriste dentro… uff… fue tan caliente, tan abundante… todavía lo siento dentro de mí.

Severo sonrió con orgullo y bajó la mano hasta apretarle una nalga.

—Me alegra que te haya gustado tanto. Porque esto no va a ser la última vez. Quiero seguir cogiéndote, y que me des un hijo, Daniela. Quiero que lleves mi semilla en tu vientre. ¿Te gustaría eso? ¿Te gustaría que te preñara y que todo el mundo supiera que te follé como se debe?

Daniela soltó una risita suave y nerviosa, pero no negó nada. Acarició su barriga grande y sudorosa.

—Eres un loco… —susurró ella—. Pero sí… me gustaría repetir.

Severo la abrazó con más fuerza y la besó en los labios.

—Entonces la próxima vez te voy a llenar de leche otra vez. Y la siguiente… y la siguiente. Hasta que tu barriga empiece a crecer con mi hijo.

Daniela se quedó en silencio unos segundos, disfrutando del calor de su cuerpo, aunque en el fondo sabía que todo eso no debería suceder.

—Eres un peligro, Severo… —murmuró finalmente, con una sonrisa cansada.

Severo rio bajito y la apretó contra él.

—Y tú eres una puta deliciosa. Por eso me gustas tanto.

Se quedaron abrazados en silencio, con los cuerpos sudorosos y exhaustos, hasta quedarse dormidos.



Continuara...

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