Jhoana había cambiado, o al menos eso creía. Después de todas esas locuras con viejos, pendejos, compañeros de Seba y hasta su suegro, decidió parar. Llevaba meses siendo una santita: nada de tríos, orgías ni cogidas salvajes. Quería encaminarse, ser la esposa perfecta para Seba, cocinar, ver series juntos y olvidar esa trola que llevaba adentro. Seba, el cornudo consciente pero callado, notaba que ella estaba más tranquila, pero en el fondo sabía que el fuego no se apagaba del todo.
Una noche, salieron a un pub piola en el centro, uno de esos con música alta, luces bajas y olor a birra derramada. Seba estaba con un par de amigos en la barra principal, charlando boludeces sobre fútbol y laburo, tomando unas pintas. Jhoana, vestida discreta con un jean ajustado que marcaba su cola redonda y una blusa que tapaba sus tetas enormes pero dejaba ver un poco de escote, se alejó un rato para pedir un trago en otra barra más atrás, una de esas secundarias cerca de los baños y el depósito.

Ahí lo vio: Diego, su ex novio de hace años, un cerdo total. Alto, morocho, con esa sonrisa de hijo de puta y una mirada que siempre la hacía sentir como una puta barata. En el pasado, cuando salían, Diego la cogía como un animal: la trataba de trola, la fotografiaba desnuda mientras la penetraba, y hasta pasaba fotos de sus tetas a sus amigos, riendo “Mirá qué tetonas tiene mi puta”. Jhoana lo odiaba por eso, por humillarla, pero al mismo tiempo la excitaba muchísimo; era como un vicio sucio que la hacía mojar al recordarlo. “Qué hacés acá, tetona”, le dijo Diego acercándose con una birra en la mano, oliendo a colonia barata y sudor. Jhoana se puso nerviosa: “Diego, boludo, no me jodas, estoy con mi marido”. Pero él la miró de arriba abajo, deteniéndose en sus tetas: “Seguís siendo la misma hembra puta, Jhoa, se te nota en la carita linda esa”.
Ella quiso irse, pero Diego la agarró del brazo suave pero firme, y la llevó hacia una zona atrás de las barras de bebidas, un pasillo oscuro cerca del depósito donde los empleados guardaban cajones de birra. Era un rincón escondido, con ruido de música amortiguado y olor a humedad. Seba seguía en la barra principal con sus amigos, riendo y sin imaginar nada, pidiendo otra ronda. “Vení, trola, por los viejos tiempos”, susurró Diego, empujándola contra la pared fría. Jhoana protestó: “No, Diego, parate, soy una mujer casada ahora, me porté bien todo este tiempo”. Pero su cuerpo la traicionaba: los pezones se le endurecieron bajo la blusa, y entre las piernas sentía ese cosquilleo caliente.
Diego no esperó: le besó el cuello con furia, mordisqueando la piel mientras le manoseaba las tetas enormes por encima de la tela. “Mirá cómo se te paran los pezones, puta, siempre fuiste mía para cogerte como una hembra en celo”. Jhoana gemía bajito, odiándose: “Ay, no, Diego, no quiero… pero no pares”. Él le bajó la blusa de un tirón, exponiendo sus tetas al aire fresco del pasillo, y se las chupó como un cerdo hambriento, mordiendo los pezones rosados, dejando saliva por todos lados. “Qué tetas ricas, boluda, las extrañaba; acordate cuando te fotografiaba con mi pija adentro y las mandaba a mis amigos, todos se pajeaban con vos”. Eso la excitó más: odiaba el recuerdo, pero la hacía mojar como una loca.
La dio vuelta contra la pared, le bajó el jean y el tanga de un manotazo, dejando su cola redonda al aire. “Mirá qué orto, Jhoa, siempre listo para romperlo”. Le escupió en la concha y metió dos dedos gruesos, moviéndolos rápido, haciendo que chorreara jugos por las piernas. “Estás empapada, trola, sabías que ibas a terminar así”. Jhoana chillaba bajito para no llamar atención: “¡Ayyy, cerdo, me estás matando, pero metemela ya!”. Diego se sacó la pija, gruesa y venosa como la recordaba, y la penetró de una por la concha, embistiendo fuerte desde atrás, agarrándola del pelo. “Tomá, puta casada, sentila toda adentro, como en los viejos tiempos”. La cogía como un animal, golpes secos que resonaban en el pasillo, haciendo que sus tetas rebotaran contra la pared fría.
Cambió: la levantó contra la pared, piernas alrededor de su cintura, y la penetró de frente, mirándola a los ojos mientras le decía guarradas: “Sos una hembra puta, Jhoa, tu marido ni se imagina que te estoy rompiendo la concha acá atrás”. Ella gemía alto, tapándose la boca: “¡Sí, Diego, cójame como una trola, odiote pero me encanta!”. Le manoseaba las tetas, pellizcando pezones, mordiendo el cuello, dejando moretones. Luego la bajó y la culeó: metió la pija en su culo sin lubricante extra, solo con saliva y jugos, abriéndola despacio pero después taladrándola salvaje. “Gritá bajito, puta, sentila en el orto, te lo rompo como siempre”. Jhoana lloraba de placer y odio: “¡Ayyy, me duele, cerdo, pero no saques, culeame más duro!”.
Era una cogida enorme: sudor chorreando, gemidos ahogados, la pija de Diego entrando y saliendo de su concha y culo, frotando contra sus paredes, haciendo que ella se convulsionara en orgasmos múltiples. “Sos mi puta eterna, tetona, aunque te portes bien, siempre vas a querer esto”. Al final, se sacó y se corrió en sus tetas, chorros calientes y espesos cubriéndole los pezones y el escote: “Tomá mi leche, boluda, untate como la trola que sos”.

Luego le metió la pija en la boca para que limpiara, descargando los restos en su lengua: “Tragá, hembra, tragá todo lo que te da tu ex cerdo”.
Jhoana se odiaba por ceder, por romper su racha de santita, pero no aguantó: quería ser cogida como esa puta hembra que llevaba adentro. Se arregló la ropa rápido, con semen secándose en sus tetas bajo la blusa, y volvió a la barra principal como si nada. Seba la besó: “Dónde estabas, amor?”. Ella sonrió: “Pidiendo un trago, boludo”. Él no se imaginó nada, pero esa noche, cuando la cogió en casa, notó que estaba más caliente que nunca… y en el fondo, como cornudo, empezó a sospechar.
Una noche, salieron a un pub piola en el centro, uno de esos con música alta, luces bajas y olor a birra derramada. Seba estaba con un par de amigos en la barra principal, charlando boludeces sobre fútbol y laburo, tomando unas pintas. Jhoana, vestida discreta con un jean ajustado que marcaba su cola redonda y una blusa que tapaba sus tetas enormes pero dejaba ver un poco de escote, se alejó un rato para pedir un trago en otra barra más atrás, una de esas secundarias cerca de los baños y el depósito.

Ahí lo vio: Diego, su ex novio de hace años, un cerdo total. Alto, morocho, con esa sonrisa de hijo de puta y una mirada que siempre la hacía sentir como una puta barata. En el pasado, cuando salían, Diego la cogía como un animal: la trataba de trola, la fotografiaba desnuda mientras la penetraba, y hasta pasaba fotos de sus tetas a sus amigos, riendo “Mirá qué tetonas tiene mi puta”. Jhoana lo odiaba por eso, por humillarla, pero al mismo tiempo la excitaba muchísimo; era como un vicio sucio que la hacía mojar al recordarlo. “Qué hacés acá, tetona”, le dijo Diego acercándose con una birra en la mano, oliendo a colonia barata y sudor. Jhoana se puso nerviosa: “Diego, boludo, no me jodas, estoy con mi marido”. Pero él la miró de arriba abajo, deteniéndose en sus tetas: “Seguís siendo la misma hembra puta, Jhoa, se te nota en la carita linda esa”.
Ella quiso irse, pero Diego la agarró del brazo suave pero firme, y la llevó hacia una zona atrás de las barras de bebidas, un pasillo oscuro cerca del depósito donde los empleados guardaban cajones de birra. Era un rincón escondido, con ruido de música amortiguado y olor a humedad. Seba seguía en la barra principal con sus amigos, riendo y sin imaginar nada, pidiendo otra ronda. “Vení, trola, por los viejos tiempos”, susurró Diego, empujándola contra la pared fría. Jhoana protestó: “No, Diego, parate, soy una mujer casada ahora, me porté bien todo este tiempo”. Pero su cuerpo la traicionaba: los pezones se le endurecieron bajo la blusa, y entre las piernas sentía ese cosquilleo caliente.
Diego no esperó: le besó el cuello con furia, mordisqueando la piel mientras le manoseaba las tetas enormes por encima de la tela. “Mirá cómo se te paran los pezones, puta, siempre fuiste mía para cogerte como una hembra en celo”. Jhoana gemía bajito, odiándose: “Ay, no, Diego, no quiero… pero no pares”. Él le bajó la blusa de un tirón, exponiendo sus tetas al aire fresco del pasillo, y se las chupó como un cerdo hambriento, mordiendo los pezones rosados, dejando saliva por todos lados. “Qué tetas ricas, boluda, las extrañaba; acordate cuando te fotografiaba con mi pija adentro y las mandaba a mis amigos, todos se pajeaban con vos”. Eso la excitó más: odiaba el recuerdo, pero la hacía mojar como una loca.
La dio vuelta contra la pared, le bajó el jean y el tanga de un manotazo, dejando su cola redonda al aire. “Mirá qué orto, Jhoa, siempre listo para romperlo”. Le escupió en la concha y metió dos dedos gruesos, moviéndolos rápido, haciendo que chorreara jugos por las piernas. “Estás empapada, trola, sabías que ibas a terminar así”. Jhoana chillaba bajito para no llamar atención: “¡Ayyy, cerdo, me estás matando, pero metemela ya!”. Diego se sacó la pija, gruesa y venosa como la recordaba, y la penetró de una por la concha, embistiendo fuerte desde atrás, agarrándola del pelo. “Tomá, puta casada, sentila toda adentro, como en los viejos tiempos”. La cogía como un animal, golpes secos que resonaban en el pasillo, haciendo que sus tetas rebotaran contra la pared fría.
Cambió: la levantó contra la pared, piernas alrededor de su cintura, y la penetró de frente, mirándola a los ojos mientras le decía guarradas: “Sos una hembra puta, Jhoa, tu marido ni se imagina que te estoy rompiendo la concha acá atrás”. Ella gemía alto, tapándose la boca: “¡Sí, Diego, cójame como una trola, odiote pero me encanta!”. Le manoseaba las tetas, pellizcando pezones, mordiendo el cuello, dejando moretones. Luego la bajó y la culeó: metió la pija en su culo sin lubricante extra, solo con saliva y jugos, abriéndola despacio pero después taladrándola salvaje. “Gritá bajito, puta, sentila en el orto, te lo rompo como siempre”. Jhoana lloraba de placer y odio: “¡Ayyy, me duele, cerdo, pero no saques, culeame más duro!”.
Era una cogida enorme: sudor chorreando, gemidos ahogados, la pija de Diego entrando y saliendo de su concha y culo, frotando contra sus paredes, haciendo que ella se convulsionara en orgasmos múltiples. “Sos mi puta eterna, tetona, aunque te portes bien, siempre vas a querer esto”. Al final, se sacó y se corrió en sus tetas, chorros calientes y espesos cubriéndole los pezones y el escote: “Tomá mi leche, boluda, untate como la trola que sos”.

Luego le metió la pija en la boca para que limpiara, descargando los restos en su lengua: “Tragá, hembra, tragá todo lo que te da tu ex cerdo”.
Jhoana se odiaba por ceder, por romper su racha de santita, pero no aguantó: quería ser cogida como esa puta hembra que llevaba adentro. Se arregló la ropa rápido, con semen secándose en sus tetas bajo la blusa, y volvió a la barra principal como si nada. Seba la besó: “Dónde estabas, amor?”. Ella sonrió: “Pidiendo un trago, boludo”. Él no se imaginó nada, pero esa noche, cuando la cogió en casa, notó que estaba más caliente que nunca… y en el fondo, como cornudo, empezó a sospechar.
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