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Estábamos los dos en la cama, el ruso y yo completamente desnudos. Marta seguía sentada en el sillón, tan formalita como una colegiala aplicada. Pero yo la conocía demasiado bien: estaba cachonda. A pesar de haberse puesto el sujetador antes de salir de casa, se le marcaban los pezones duros contra la tela del jersey azul. Aun así, no haría nada mientras el ruso no se lo pidiera. Ella respetaba las reglas que habíamos marcado.
Le pregunté directamente:—¿Cómo te sientes? ¿Te ha gustado? ¿Te gustaría probar más cosas?
El ruso se mostró más entusiasmado de lo que había estado en la cafetería. Su expresión inescrutable se suavizó un poco y habló con más calor en la voz.
—Sí. Me ha gustado mucho. Me siento muy bien. Y al ser penetrado… además del placer físico, he sentido una rara sensación de completitud. Como si en ese momento tuviera algo que siempre me había faltado.
Asentí. Sabía exactamente a qué se refería. Hay estudios que hablan de esto: la estimulación anal, especialmente cuando roza la próstata (el famoso “punto G masculino”), no solo genera placer intenso a través de miles de terminaciones nerviosas, sino que activa vías del nervio vago que conectan directamente con los centros emocionales y de recompensa del cerebro. Muchos hombres describen esa sensación de “lleno” o “completo” como algo profundamente satisfactorio, casi emocional, más allá del orgasmo genital. Es como si el cuerpo reconociera una plenitud que va más allá de lo físico.
Marta, que hasta ese momento se había mantenido callada y observadora, intervino con su voz suave:
—A mí también me pasaba al principio, cuando me la metían por el culo. Es raro, ¿verdad? Esa sensación de estar llena por dentro, como si todo encajara de repente.

Hablamos un rato sobre las sensaciones al ser penetrados analmente. Tanto hombres como mujeres coinciden en que el placer viene en gran parte de la presión y la distensión de los músculos del suelo pélvico, que se contraen con más fuerza durante el orgasmo, intensificándolo. Estudios sobre receptive anal intercourse muestran que muchas personas experimentan orgasmos más profundos y “de cuerpo entero”, especialmente cuando se estimula la próstata en los hombres o las zonas equivalentes en las mujeres. Algunos lo describen como más emocional e íntimo que el sexo vaginal o peneano convencional.
El ruso me miró con curiosidad.
—Cuéntame tu primera vez.
Le hablé por encima de Rosa y sus amigas, sin entrar en detalles sórdidos. Marta se rio bajito desde su sillón.
El ruso levantó una ceja.
—¿Qué pasa?
Marta, todavía sonriendo, le explicó:
—Me enteré porque le cogí el móvil a Carlos cuando el mío se había quedado sin batería. Vi el vídeo que habían grabado.
El ruso se puso serio otra vez y preguntó directamente:
—¿No te pareció mal que tu hermano hiciera esas cosas?
—Para nada —respondió Marta sin dudar—. Me pareció excitante. Creo que sé por dónde vas. Entre las mujeres también hay homofóbicas, pero otras somos más abiertas de miras.
La conversación se fue caldeando poco a poco. Las pollas se nos fueron poniendo morcillonas otra vez, medio duras sobre los muslos. El ambiente en la suite se cargó de esa electricidad que ya conocíamos demasiado bien.
—¿Quieres otro asalto? —le ofrecí al ruso.
—Sí —contestó—. Pero esta vez quiero que intervenga tu hermana, si no te importa. Me gustaría un trío. Me gustaría empezar con ella.

No me dio tiempo a responder. Marta se levantó del sillón con esa naturalidad suya tan peligrosa y empezó a desnudarse despacio, sin prisa, dejando caer la ropa al suelo.
Una vez desnuda, Marta le llamó con el dedo al ruso. Este se levantó de la cama con una sonrisa contenida pero visiblemente contento. Se acercaron y empezaron a besarse. Marta me confesó más tarde que le gustaba cómo besaba: tenía un estilo muy tierno y lascivo al mismo tiempo. Yo soy más brusco y a ella le encanta, pero en la variedad está el gusto.
Se besaron con ganas, metiéndose mano por todas partes. El ruso inclinó la cabeza y le chupó los pezones con piercing. Marta soltó un gemido y le dijo:
—Dale duro.
Él le mordió las tetas con fuerza pero con moderación. Se notaba que era un tipo al que le gustaba el sexo tierno, con control. A cada uno nos gustan cosas diferentes, eso está claro.
El ruso la llevó a la cama y la tumbó con las piernas bien abiertas. Le hizo un cunnilingus largo y profundo que la hizo correrse con fuerza, arqueando la espalda. Pero no le dio pausa: siguió comiéndole el coño con hambre, luego le levantó las piernas y le comió el culo con la misma dedicación. Marta volvió a correrse, esta vez con un grito más ronco.
El ruso paró un momento para respirar y Marta aprovechó para moverse y quedar en posición para un 69. Él se colocó encima y ella debajo. Marta me hizo señas con la mano y me acerqué. Ella le chupó el culo un momento y luego volvió a meterse su polla en la boca. Yo aproveché y empecé a chuparle el culo al ruso con ganas. Le metimos un dedo cada uno, al mismo tiempo.
El ruso dijo algo en su idioma que no entendimos. Creo que lo tradujo él mismo casi al instante, con la voz entrecortada:
—Это чудо… Esto es una maravilla.
Pidió parar porque se corría y quería probar otra cosa. Nos separamos y tomamos un pequeño respiro. En otros tiempos hubiera sido el momento perfecto para una raya de coca o cualquier otra sustancia. Ni lo pensé. Solo me di cuenta de ese detalle más tarde, cuando ya estábamos bebiendo agua.
Había unos botellines en la nevera de la suite. Los abrimos y bebimos con ganas.
Tras esa pequeña parada volvimos al lío.
—Quiero penetrarte —dijo el ruso mirando a Marta.
Cogí un preservativo y se lo di. Se lo puso con cuidado. Volvimos a la cama. Marta se tumbó boca arriba y el ruso la penetró. Le dio duro, con ritmo profundo. Yo me acerqué por detrás, le toqué el culo, le esparcí lubricante y le metí primero un dedo y luego dos. Él volvió a repetir algo en ruso y luego, casi jadeando, en español:
—Me encanta…
Quise penetrar al ruso en ese momento, pero Marta protestó:
—Que me aplastáis…
Creo que simplemente quería cambiar de posición. Nos levantamos y Marta se colocó en cuatro al borde de la cama.
—Chupadme el culo y enculadme —pidió.
Los dos nos acercamos y le comimos el culo con ganas, además nos besábamos entre nosotros mientras lo hacíamos. Era la primera vez que yo hacía algo sexual con Marta delante del ruso. Creo que eso era exactamente lo que ella quería.
Cuando estuvo bien dilatada, el ruso y yo nos miramos. Él hizo un gesto con la cabeza cediéndome el puesto. La enculé yo primero, con fuerza pero controlada. Al rato le cedí el puesto al ruso y él la enculó con el mismo ritmo. Repetimos ese intercambio varias veces. Eso hizo que nosotros no nos corriéramos todavía, pero Marta explotó en un orgasmo brutal, temblando entera, y nos pidió un momento de respiro.
Se lo dimos durante unos segundos.
El ruso, con delicadeza, la volvió a poner en cuatro y la penetró otra vez. Entonces dijo, mirándome:
—Ahora penétrame tú a mí.
Montamos un trenecito muy satisfactorio: Marta de locomotora recibiendo al ruso, y yo de vagón de cola penetrando al ruso. Al rato él se corrió con tanta intensidad que casi se desmaya o le da un telele. Las contracciones fuertes de su ano me arrastraron a mí también y me corrí dentro de él con fuerza.
Y ese fue nuestro día. Cosas buenas, cosas malas y muchas regulares que, en conjunto, me dejaron la cabeza como un puto tiovivo.
Me preocupa eso de la hipnosis. Me mata no saber cómo coño me metí en deudas de juego cuando yo nunca he sido apostador. Ese vicio no creo haberlo tenido nunca. ¿Cómo es posible que mi memoria tenga agujeros tan grandes? ¿Qué más me borraron? ¿Qué más no quiero recordar todavía?
También me remuerde la conciencia enterarme por fin de lo mal que lo están pasando mis padres. Las chapuzas de pintura y albañilería de mi padre daban más de lo que uno podría pensar, al menos en verano. Y la peluquería de mamá en temporada alta estaba siempre llena. Además de la buena pensión de jubilación de papá. Joder… la deuda debió ser monumental para que estuvieran a punto de perder la casa. Todo lo que gane de ahora en adelante que no necesite para sobrevivir va a ir directo para ellos. Sin excusas.
Por otra parte, estoy orgulloso de dos cosas concretas. La primera: haber rechazado la invitación a la cocaína sin siquiera pensármelo. Ni tentación, ni debate interno. Simplemente “no gracias”. La segunda: haber ayudado, aunque sea un poco, a un hombre a entenderse a sí mismo. No sé si le servirá de mucho a largo plazo, pero hoy, por unas horas, no se sintió solo ni monstruo.
La conversación después del polvo fue intensa, sincera y hasta graciosa.
Lo primero que dijo el ruso, todavía tumbado entre nosotros y con la respiración agitada, fue:
—Pues… me siguen gustando las mujeres.
Marta y yo no pudimos evitar soltar una carcajada. Al principio nos miró con esa cara inescrutable que ponen los rusos cuando no saben si les están tomando el pelo, pero luego se rio con más ganas que nosotros, sacudiendo la cabeza.
—Qué cabrones sois —dijo entre risas—. Pero es verdad. Me siguen gustando. Solo que… ahora también me gustáis vosotros. O al menos esto.
Marta, todavía desnuda y con el pelo revuelto, se incorporó un poco sobre un codo.
—La bisexualidad no es un interruptor que se enciende o se apaga. Es más bien… un espectro. A muchas mujeres nos pasa lo mismo y nadie nos mira raro. De hecho, a las tías nos perdonan rápido que nos gusten otras tías. “Es solo una fase”, “es para llamar la atención”, “qué sexy”. Pero si un tío dice que le gustan los hombres y las mujeres, de repente es “confuso”, “no se decide”, “medio maricón”. Es una mierda de doble rasero.
El ruso asintió despacio, pensativo.
—En Rusia es peor. Mucha gente todavía piensa que si te folla un hombre ya eres gay del todo. No hay término medio. O eres macho o eres marica. Nada de grises. En ciertas circunstancias se perdona que te folles a un hombre.
-¿Qué circunstancias?- preguntó Marta.
-En la cárcel, en el ejército, en sitios donde no hay alternativas. Entonces se perdona que te folles a un hombre, eso se ve como algo inevitable. No se ve bien, pero se acepta. Pero ser pasivo es de maricas. De hombres débiles y despreciables.
-¿Te sientes débil?- le pregunté
-Para nada, ahora mismo podría ir al gym y levantar más peso que nadie o ir al tatami y patear a cualquiera.
Nos quedamos un momento callados pero yo volvía a hablar.
—Pues los grises son los que más follan —intervine yo—. Y los que mejor se lo pasan, por lo que estoy viendo.
Marta sonrió con picardía y miró al ruso directamente a los ojos.
—A mí también me gustan las mujeres, ¿sabes? Y eso no me hace menos femenina. Me sigue encantando que me follen duro, que me coman el coño, que me den por el culo… y también me pone muchísimo comerme un coño bonito y ver cómo se corre una tía entre mis piernas. Todo cabe. No quita ni resta. Solo suma.
El ruso la miró de arriba abajo, con una mezcla de admiración y deseo todavía fresco.
—Pues tú eres guapísima —dijo con sinceridad—. Muy femenina. Aunque… un poco machorra sí eres, ¿no? —añadió con una sonrisa traviesa—. Estás muy de gym, se te nota en los hombros y en el culo. Duro como una piedra. Si alguien te busca pelea lo puede pasar muy mal ¿cierto?
Marta soltó una carcajada y le dio un manotazo juguetón en el pecho.
—Serás cabrón… ¡Es broma, ¿no?!
—Claro que es broma —rio él—. Eres guapísima. De las que hacen que un hombre se empalme solo con verte.
Nos reímos los tres. El ambiente era extrañamente cómodo, casi amistoso.
—Algún día lo repetiremos —dijo el ruso, más serio pero sin perder la sonrisa—. Si queréis. Sin prisas. Sin Irina. Sin mafias. Solo… esto.
Marta y yo nos miramos un segundo. Ninguno dijo que sí ni que no. Solo asentimos levemente.
Poco a poco el sueño empezó a llegar de verdad. Por fin.
Me acomodé mejor en la cama, con el cuerpo pesado y la mente más tranquila de lo que esperaba. Marta se pegó a mí como siempre, aunque todavía conservaba algo de esa postura fetal de antes.
Del ruso nos separamos en el hotel, después de una ducha rápida y una despedida extraña pero cordial.
Cerré los ojos.—Aún hay esperanza —murmuré para mí mismo, casi sin voz.
No sabía si era verdad. Pero por primera vez en mucho tiempo, esa noche me lo creí un poco.

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Estábamos los dos en la cama, el ruso y yo completamente desnudos. Marta seguía sentada en el sillón, tan formalita como una colegiala aplicada. Pero yo la conocía demasiado bien: estaba cachonda. A pesar de haberse puesto el sujetador antes de salir de casa, se le marcaban los pezones duros contra la tela del jersey azul. Aun así, no haría nada mientras el ruso no se lo pidiera. Ella respetaba las reglas que habíamos marcado.
Le pregunté directamente:—¿Cómo te sientes? ¿Te ha gustado? ¿Te gustaría probar más cosas?
El ruso se mostró más entusiasmado de lo que había estado en la cafetería. Su expresión inescrutable se suavizó un poco y habló con más calor en la voz.
—Sí. Me ha gustado mucho. Me siento muy bien. Y al ser penetrado… además del placer físico, he sentido una rara sensación de completitud. Como si en ese momento tuviera algo que siempre me había faltado.
Asentí. Sabía exactamente a qué se refería. Hay estudios que hablan de esto: la estimulación anal, especialmente cuando roza la próstata (el famoso “punto G masculino”), no solo genera placer intenso a través de miles de terminaciones nerviosas, sino que activa vías del nervio vago que conectan directamente con los centros emocionales y de recompensa del cerebro. Muchos hombres describen esa sensación de “lleno” o “completo” como algo profundamente satisfactorio, casi emocional, más allá del orgasmo genital. Es como si el cuerpo reconociera una plenitud que va más allá de lo físico.
Marta, que hasta ese momento se había mantenido callada y observadora, intervino con su voz suave:
—A mí también me pasaba al principio, cuando me la metían por el culo. Es raro, ¿verdad? Esa sensación de estar llena por dentro, como si todo encajara de repente.

Hablamos un rato sobre las sensaciones al ser penetrados analmente. Tanto hombres como mujeres coinciden en que el placer viene en gran parte de la presión y la distensión de los músculos del suelo pélvico, que se contraen con más fuerza durante el orgasmo, intensificándolo. Estudios sobre receptive anal intercourse muestran que muchas personas experimentan orgasmos más profundos y “de cuerpo entero”, especialmente cuando se estimula la próstata en los hombres o las zonas equivalentes en las mujeres. Algunos lo describen como más emocional e íntimo que el sexo vaginal o peneano convencional.
El ruso me miró con curiosidad.
—Cuéntame tu primera vez.
Le hablé por encima de Rosa y sus amigas, sin entrar en detalles sórdidos. Marta se rio bajito desde su sillón.
El ruso levantó una ceja.
—¿Qué pasa?
Marta, todavía sonriendo, le explicó:
—Me enteré porque le cogí el móvil a Carlos cuando el mío se había quedado sin batería. Vi el vídeo que habían grabado.
El ruso se puso serio otra vez y preguntó directamente:
—¿No te pareció mal que tu hermano hiciera esas cosas?
—Para nada —respondió Marta sin dudar—. Me pareció excitante. Creo que sé por dónde vas. Entre las mujeres también hay homofóbicas, pero otras somos más abiertas de miras.
La conversación se fue caldeando poco a poco. Las pollas se nos fueron poniendo morcillonas otra vez, medio duras sobre los muslos. El ambiente en la suite se cargó de esa electricidad que ya conocíamos demasiado bien.
—¿Quieres otro asalto? —le ofrecí al ruso.
—Sí —contestó—. Pero esta vez quiero que intervenga tu hermana, si no te importa. Me gustaría un trío. Me gustaría empezar con ella.

No me dio tiempo a responder. Marta se levantó del sillón con esa naturalidad suya tan peligrosa y empezó a desnudarse despacio, sin prisa, dejando caer la ropa al suelo.
Una vez desnuda, Marta le llamó con el dedo al ruso. Este se levantó de la cama con una sonrisa contenida pero visiblemente contento. Se acercaron y empezaron a besarse. Marta me confesó más tarde que le gustaba cómo besaba: tenía un estilo muy tierno y lascivo al mismo tiempo. Yo soy más brusco y a ella le encanta, pero en la variedad está el gusto.
Se besaron con ganas, metiéndose mano por todas partes. El ruso inclinó la cabeza y le chupó los pezones con piercing. Marta soltó un gemido y le dijo:
—Dale duro.
Él le mordió las tetas con fuerza pero con moderación. Se notaba que era un tipo al que le gustaba el sexo tierno, con control. A cada uno nos gustan cosas diferentes, eso está claro.
El ruso la llevó a la cama y la tumbó con las piernas bien abiertas. Le hizo un cunnilingus largo y profundo que la hizo correrse con fuerza, arqueando la espalda. Pero no le dio pausa: siguió comiéndole el coño con hambre, luego le levantó las piernas y le comió el culo con la misma dedicación. Marta volvió a correrse, esta vez con un grito más ronco.
El ruso paró un momento para respirar y Marta aprovechó para moverse y quedar en posición para un 69. Él se colocó encima y ella debajo. Marta me hizo señas con la mano y me acerqué. Ella le chupó el culo un momento y luego volvió a meterse su polla en la boca. Yo aproveché y empecé a chuparle el culo al ruso con ganas. Le metimos un dedo cada uno, al mismo tiempo.
El ruso dijo algo en su idioma que no entendimos. Creo que lo tradujo él mismo casi al instante, con la voz entrecortada:
—Это чудо… Esto es una maravilla.
Pidió parar porque se corría y quería probar otra cosa. Nos separamos y tomamos un pequeño respiro. En otros tiempos hubiera sido el momento perfecto para una raya de coca o cualquier otra sustancia. Ni lo pensé. Solo me di cuenta de ese detalle más tarde, cuando ya estábamos bebiendo agua.
Había unos botellines en la nevera de la suite. Los abrimos y bebimos con ganas.
Tras esa pequeña parada volvimos al lío.
—Quiero penetrarte —dijo el ruso mirando a Marta.
Cogí un preservativo y se lo di. Se lo puso con cuidado. Volvimos a la cama. Marta se tumbó boca arriba y el ruso la penetró. Le dio duro, con ritmo profundo. Yo me acerqué por detrás, le toqué el culo, le esparcí lubricante y le metí primero un dedo y luego dos. Él volvió a repetir algo en ruso y luego, casi jadeando, en español:
—Me encanta…
Quise penetrar al ruso en ese momento, pero Marta protestó:
—Que me aplastáis…
Creo que simplemente quería cambiar de posición. Nos levantamos y Marta se colocó en cuatro al borde de la cama.
—Chupadme el culo y enculadme —pidió.
Los dos nos acercamos y le comimos el culo con ganas, además nos besábamos entre nosotros mientras lo hacíamos. Era la primera vez que yo hacía algo sexual con Marta delante del ruso. Creo que eso era exactamente lo que ella quería.
Cuando estuvo bien dilatada, el ruso y yo nos miramos. Él hizo un gesto con la cabeza cediéndome el puesto. La enculé yo primero, con fuerza pero controlada. Al rato le cedí el puesto al ruso y él la enculó con el mismo ritmo. Repetimos ese intercambio varias veces. Eso hizo que nosotros no nos corriéramos todavía, pero Marta explotó en un orgasmo brutal, temblando entera, y nos pidió un momento de respiro.
Se lo dimos durante unos segundos.
El ruso, con delicadeza, la volvió a poner en cuatro y la penetró otra vez. Entonces dijo, mirándome:
—Ahora penétrame tú a mí.
Montamos un trenecito muy satisfactorio: Marta de locomotora recibiendo al ruso, y yo de vagón de cola penetrando al ruso. Al rato él se corrió con tanta intensidad que casi se desmaya o le da un telele. Las contracciones fuertes de su ano me arrastraron a mí también y me corrí dentro de él con fuerza.
Y ese fue nuestro día. Cosas buenas, cosas malas y muchas regulares que, en conjunto, me dejaron la cabeza como un puto tiovivo.
Me preocupa eso de la hipnosis. Me mata no saber cómo coño me metí en deudas de juego cuando yo nunca he sido apostador. Ese vicio no creo haberlo tenido nunca. ¿Cómo es posible que mi memoria tenga agujeros tan grandes? ¿Qué más me borraron? ¿Qué más no quiero recordar todavía?
También me remuerde la conciencia enterarme por fin de lo mal que lo están pasando mis padres. Las chapuzas de pintura y albañilería de mi padre daban más de lo que uno podría pensar, al menos en verano. Y la peluquería de mamá en temporada alta estaba siempre llena. Además de la buena pensión de jubilación de papá. Joder… la deuda debió ser monumental para que estuvieran a punto de perder la casa. Todo lo que gane de ahora en adelante que no necesite para sobrevivir va a ir directo para ellos. Sin excusas.
Por otra parte, estoy orgulloso de dos cosas concretas. La primera: haber rechazado la invitación a la cocaína sin siquiera pensármelo. Ni tentación, ni debate interno. Simplemente “no gracias”. La segunda: haber ayudado, aunque sea un poco, a un hombre a entenderse a sí mismo. No sé si le servirá de mucho a largo plazo, pero hoy, por unas horas, no se sintió solo ni monstruo.
La conversación después del polvo fue intensa, sincera y hasta graciosa.
Lo primero que dijo el ruso, todavía tumbado entre nosotros y con la respiración agitada, fue:
—Pues… me siguen gustando las mujeres.
Marta y yo no pudimos evitar soltar una carcajada. Al principio nos miró con esa cara inescrutable que ponen los rusos cuando no saben si les están tomando el pelo, pero luego se rio con más ganas que nosotros, sacudiendo la cabeza.
—Qué cabrones sois —dijo entre risas—. Pero es verdad. Me siguen gustando. Solo que… ahora también me gustáis vosotros. O al menos esto.
Marta, todavía desnuda y con el pelo revuelto, se incorporó un poco sobre un codo.
—La bisexualidad no es un interruptor que se enciende o se apaga. Es más bien… un espectro. A muchas mujeres nos pasa lo mismo y nadie nos mira raro. De hecho, a las tías nos perdonan rápido que nos gusten otras tías. “Es solo una fase”, “es para llamar la atención”, “qué sexy”. Pero si un tío dice que le gustan los hombres y las mujeres, de repente es “confuso”, “no se decide”, “medio maricón”. Es una mierda de doble rasero.
El ruso asintió despacio, pensativo.
—En Rusia es peor. Mucha gente todavía piensa que si te folla un hombre ya eres gay del todo. No hay término medio. O eres macho o eres marica. Nada de grises. En ciertas circunstancias se perdona que te folles a un hombre.
-¿Qué circunstancias?- preguntó Marta.
-En la cárcel, en el ejército, en sitios donde no hay alternativas. Entonces se perdona que te folles a un hombre, eso se ve como algo inevitable. No se ve bien, pero se acepta. Pero ser pasivo es de maricas. De hombres débiles y despreciables.
-¿Te sientes débil?- le pregunté
-Para nada, ahora mismo podría ir al gym y levantar más peso que nadie o ir al tatami y patear a cualquiera.
Nos quedamos un momento callados pero yo volvía a hablar.
—Pues los grises son los que más follan —intervine yo—. Y los que mejor se lo pasan, por lo que estoy viendo.
Marta sonrió con picardía y miró al ruso directamente a los ojos.
—A mí también me gustan las mujeres, ¿sabes? Y eso no me hace menos femenina. Me sigue encantando que me follen duro, que me coman el coño, que me den por el culo… y también me pone muchísimo comerme un coño bonito y ver cómo se corre una tía entre mis piernas. Todo cabe. No quita ni resta. Solo suma.
El ruso la miró de arriba abajo, con una mezcla de admiración y deseo todavía fresco.
—Pues tú eres guapísima —dijo con sinceridad—. Muy femenina. Aunque… un poco machorra sí eres, ¿no? —añadió con una sonrisa traviesa—. Estás muy de gym, se te nota en los hombros y en el culo. Duro como una piedra. Si alguien te busca pelea lo puede pasar muy mal ¿cierto?
Marta soltó una carcajada y le dio un manotazo juguetón en el pecho.
—Serás cabrón… ¡Es broma, ¿no?!
—Claro que es broma —rio él—. Eres guapísima. De las que hacen que un hombre se empalme solo con verte.
Nos reímos los tres. El ambiente era extrañamente cómodo, casi amistoso.
—Algún día lo repetiremos —dijo el ruso, más serio pero sin perder la sonrisa—. Si queréis. Sin prisas. Sin Irina. Sin mafias. Solo… esto.
Marta y yo nos miramos un segundo. Ninguno dijo que sí ni que no. Solo asentimos levemente.
Poco a poco el sueño empezó a llegar de verdad. Por fin.
Me acomodé mejor en la cama, con el cuerpo pesado y la mente más tranquila de lo que esperaba. Marta se pegó a mí como siempre, aunque todavía conservaba algo de esa postura fetal de antes.
Del ruso nos separamos en el hotel, después de una ducha rápida y una despedida extraña pero cordial.
Cerré los ojos.—Aún hay esperanza —murmuré para mí mismo, casi sin voz.
No sabía si era verdad. Pero por primera vez en mucho tiempo, esa noche me lo creí un poco.

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