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El papá de mi amiga se vuelve mi hombre 2

Se metió al baño. Estuve veinte minutos escuchando el agua caer, nerviosa, alisándome la playera una y otra vez. Cuando salió, ya traía puesta una playera limpia de algodón gris y unos pants. Olía a jabón, a desodorante y a esa olor frescura que me ponía la piel chinita.

Fue a la cocina, sacó las cervezas y regresó a la sala.

—Ten —me ofreció una lata fría—. ¿Quieres? ¿O prefieres agua?

—Una está bien —dije, aceptando la lata. Necesitaba el valor líquido.

Él abrió la suya con un encendedor, con un movimiento rápido de muñeca, y le dio un trago largo. —Ay, qué rica está. Estoy muerto.

Se sentó en el sofá. No en el sillón individual como siempre. Se sentó en el sofá grande, junto a mí. Dejó un espacio decente, como medio metro, pero su presencia era tan fuerte, ahora limpia y cálida, que sentí que me tocaba sin hacerlo.

Vimos un rato las noticias en silencio, tomando cerveza y comiendo los cuernitos. Yo sentía su mirada periférica revisándome cada tanto. El calor de su cuerpo y el alcohol me empezaron a soltar los nervios.
—Te queda bien el negro —dijo de repente, sin dejar de mirar la tele.
El papá de mi amiga se vuelve mi hombre 2

Me giré a verlo. Él giró también, recargando el brazo en el respaldo del sofá, acortando la distancia. —Gracias —murmuré. Instintivamente me llevé una mano al pecho, un gesto de inseguridad para cubrirme el escote porque sentí su mirada pesada ahí.

Manuel estiró la mano y, con suavidad, me quitó la mano del pecho. Sus dedos eran ásperos, calientes. Me sostuvo la muñeca, dejándola sobre mi pierna, impidiendo que me tapara.

—No te tapes —dijo, mirándome directo a los ojos—. Ya te dije que no tienes nada que esconder.

—Es que... me da vergüenza —dije, bajando la vista, refiriéndome a mi cuerpo, a mis pechos, a todo yo.

Manuel negó con la cabeza y se deslizó por el sofá hasta quedar pegado a mí. Su muslo, duro y sólido bajo la tela del pants, presionó contra mi pierna suave. —No hay de qué avergonzarse, Fernanda. Estás bien guapa. Eres muy hermosa.

Levantó la mano y, con el dorso de sus dedos curtidos, me acarició la mejilla. Yo cerré los ojos, temblando. Nunca nadie me había tocado con esa seguridad. Los pocos chicos que se me habían acercado en la prepa eran torpes, rápidos, y siempre me hacían sentir que mi cuerpo era un problema. Manuel me hacía sentir valiosa.

—Mírame —ordenó suavemente.

Abrí los ojos. Él estaba muy cerca. Olía a cerveza y a limpio. Bajó la vista descaradamente a mis senos, que subían y bajaban rápido por mi respiración. Se quedó mirando un momento en silencio, disfrutando la vista, y esa pausa fue mucho más intensa que cualquier pregunta.

Su mano, que aún estaba en mi mejilla, bajó despacio, arrastrando sus dedos rasposos por la piel sensible de mi cuello. Me estremecí.

—Tienes la piel muy suave —dijo, acercando su rostro al mío, pero sin besarme todavía. Rozó su nariz contra mi mandíbula, aspirando mi aroma—. Y hueles a niña buena.

—... —quise responder algo, pero me quedé callada, sintiendo que me faltaba el aire.

Su mano en mi cuello se cerró un poco, no para lastimar, sino para sostenerme, para tomar el control—. Funciona. Me traes loco desde que te vi en el pasillo, y tú lo sabes.

Se quedó a milímetros de mi boca, mezclando su aliento con el mío. Esperó un segundo, dos, dándome la oportunidad de alejarme. Pero yo no me moví. Al contrario, incliné la cabeza ligeramente, ofreciéndome, rindiéndome a la gravedad de su presencia.

Entonces, y solo entonces, Manuel rompió la distancia.

No fue un beso suave. Fue un beso de posesión. Su boca capturó la mía con firmeza, sus labios eran rasposos y sabían a cerveza. Yo me quedé rígida un segundo, por la sorpresa y la inexperiencia, pero él no se detuvo. Movió su boca sobre la mía, abriéndome, invitándome. Puse mis manos en su pecho, sintiendo el corazón latir fuerte bajo su playera, y me dejé ir.

Me besó lento, profundo, con una lengua experta que exploraba mi boca sin prisa. Solté un gemido ahogado y él aprovechó para acercarme más. Su mano grande bajó desde mi cuello hasta mi hombro, y luego, con una determinación que me hizo vibrar, bajó hasta mi pecho.

Cuando su mano cubrió mi seno izquierdo sobre el top, dejé de respirar.

Era enorme. Su mano abarcaba todo, apretando la suavidad de mi carne con una fuerza controlada. Apretó, moldeándome, y yo sentí una descarga eléctrica directo en el vientre. Nunca nadie me había tocado ahí.

—Manuel... —susurré contra su boca, asustada y excitada.

—Que tetas—murmuró él, separándose apenas para mirarme. Vio el miedo en mis ojos—. ¿Estás bien?

—No... —la confesión se me atoró en la garganta, pero tenía que decirla—. Tiene mucho que no lo hago y me da miedo contigo.

Manuel se detuvo. Su mano seguía en mi pecho, caliente y pesada. Me miró con una intensidad nueva, una mezcla de sorpresa y algo mucho más oscuro y protector.

—¿Ya no lo has hecho? —preguntó bajo.

Negué con la cabeza, sintiendo que me iba a poner a llorar de vergüenza.

Manuel no se rio. No se alejó. Al contrario, su expresión se volvió seria, solemne. Apretó mi seno una vez más, con un poco más de fuerza, haciéndome saber que él no tenía miedo de mi cuerpo.

—Pues qué pendejos los muchachos de hoy —dijo con voz ronca—. Pero mejor para mí.

Volvió a besarme, pero esta vez con más hambre. Me recostó contra el brazo del sofá y se vino encima de mí, cubriéndome con su peso, con esa "pared" de músculo y trabajo que me hacía sentir pequeña y protegida. Empezó a fajarme. Sus manos recorrían mi cintura, mis costillas, subían a mis pechos, amasándolos con gusto, disfrutando de esa suavidad que yo tanto odiaba y que él parecía venerar.

Yo, Fernanda, la chica insegura que se escondía en sudaderas, me encontré arqueando la espalda en el sofá de la sala, dejando que las manos rasposas del padre de mi amiga me enseñaran que mi cuerpo no era un error, sino un espacio que estaba dispuesto a conquistar.

Su besos se volvieron más húmedos,Sentí sus dientes rozando mi labio inferior y un gemido se me escapó directo a su boca. Ya no podía pensar. El olor a su piel limpia mezclado con la cerveza me estaba emborrachando más que el alcohol.

Entonces, sus manos dejaron de jugar sobre la tela y buscaron mi piel.

Manuel deslizó sus palmas grandes por debajo de mi top. El contacto directo de sus callos contra la piel suave de mi cintura fue un choque térmico brutal. Me estremecí entera, sumiendo el estómago por reflejo, por esa maldita costumbre de querer esconderme, pero él no me dejó. Sus dedos se clavaron en mis costados, agarrando esa "suavidad" que yo odiaba, y la apretó con gusto, como si quisiera asegurarse de que yo era real.

—Relájate... —gruñó contra mi cuello, bajando sus besos a mi mandíbula—. Déjame sentirte toda.

Sus manos subieron, raspando deliciosamente mi piel, hasta encontrar mis senos. Sin la barrera de la tela, el tacto fue explosivo. Ahuecó mis pechos con una posesividad que me hizo arquear la espalda, empujándome contra sus palmas. Sentí cómo sus dedos ásperos rozaban mis pezones, que estaban duros como piedras y dolorosamente sensibles.

—Dios... Manuel... —jadeé, echando la cabeza hacia atrás, clavando mis uñas en sus hombros cubiertos por la playera gris.

Él no tuvo piedad. Pellizcó suavemente mis pezones y empezó a masajearlos con un ritmo lento y pesado. Yo sentía una línea de fuego que iba directo de mis tetas a mi entrepierna, que ya estaba palpitando, húmeda y desesperada contra la mezclilla de mis jeans. Era una sensación tan intensa, tan nueva, que me mareaba. Me sentía llena, desbordada por sus manos que parecían estar en todas partes al mismo tiempo.

De repente, Manuel detuvo sus caricias en mi pecho, aunque no sacó las manos de debajo de mi blusa. Se separó un poco, con la respiración agitada y los ojos oscuros, dilatados, clavados en los míos.

—¿Sientes eso? —preguntó con voz ronca, refiriéndose a cómo mi cuerpo reaccionaba, temblando bajo su tacto.

Asentí, incapaz de hablar.

—Pues no eres la única —dijo.

Sacó una de sus manos de mi blusa, me agarró la muñeca derecha y, sin dejar de mirarme a los ojos, guio mi mano hacia abajo.

Hacia su entrepierna.

Mi respiración se cortó en seco cuando mi palma chocó contra el bulto en sus pantalones.

No era como imaginarlo. Era... real. Duro. Caliente.

Manuel presionó mi mano contra él, obligándome a sentir la dimensión de lo que le estaba provocando. A través de la tela gruesa de sus pants, pude sentir la dureza de su erección. Era una barra de acero, gruesa y pesada, que palpitaba bajo mi tacto. Me quedé paralizada por un segundo, asustada por el tamaño, por la realidad de tener a un hombre adulto así de excitado literalmente en mi mano.

—Tócame —ordenó en un susurro sucio, moviendo sus caderas levemente hacia arriba, buscando fricción contra mi palma—. Siente cómo me pones, Fernanda.

Mis dedos temblaron, pero la curiosidad y la excitación pudieron más. Cerré un poco la mano, rodeando el bulto tanto como la tela me permitía. Estaba hirviendo. Lo apreté tímidamente y escuché a Manuel soltar un gruñido profundo, de esos que vibran en el pecho, y echar la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.

Ese sonido me dio poder. Yo, la chica insegura, lo tenía así.

Me animé a mover la mano. Arriba y abajo, frotándolo sobre la tela. Sentí la forma de la cabeza de su pene, la vena que latía con fuerza. Era algo animal. Esto era potencia contenida.

Manuel apretó los dientes y su mano volvió a mi pecho, pellizcando mi pezón con más fuerza, al ritmo de mi mano en su bragueta.

—Eso es... —jadeó, buscándome la boca de nuevo, besándome con desesperación mientras nuestras manos se exploraban con una urgencia que ya no podíamos frenar—. Así, mi niña... así.

Manuel se separó apenas unos centímetros de mi boca. Su respiración golpeaba mi cara, caliente y agitada, mezclada con la mía. Tenía los ojos oscuros, desenfocados por el deseo, pero se obligó a detenerse un segundo. Su mano, que seguía dentro de mi playera apretando mi pecho, se quedó quieta.

—Fernanda... —dijo, y su voz sonó tan ronca que me hizo vibrar el estómago—. Si te quito el pantalón, no voy a parar. ¿Estás segura? ¿Quiero hacerte mía? Y estar dentro de ti.
Mi cerebro estaba nublado. Sentía un latido sordo y constante entre las piernas que me impedía pensar con claridad. Solo sabía que su mano en mi teta se sentía gloriosa y que mi palma sobre su erección quería más. Mucho más.

—Sí —respondí en un susurro, sin dudar ni un segundo—. Por favor, Manuel.

Él no necesitó escucharlo dos veces.

Se apartó un poco y bajó las manos a la cintura de mis jeans. Sus dedos fueron rápidos, expertos. Desabrochó el botón y bajó el cierre con un sonido metálico que resonó en el silencio de la sala como un disparo.

—Levanta la cadera —ordenó.

Obedecí al instante, apoyando los talones en el sofá y alzando mis pompis. Manuel jaló la mezclilla hacia abajo, arrastrándola por mis piernas. Sentí el aire frío de la noche chocar contra mi piel desnuda cuando la tela desapareció, dejándome expuesta de la cintura para abajo.

Y entonces, el pánico me golpeó.

Mis calzones.

No traía lencería sexy. Traía unos cacheteros de algodón negros.

Trágame tierra, pensé, cerrando los ojos con fuerza, esperando que se riera, que se decepcionara, que se le bajara la erección al ver algo tan antierótico. Cómo mi cachetero

Pero no escuché risas.

Sentí sus manos.

Manuel agarró mis caderas con una fuerza bruta, sus pulgares hundiéndose en mi piel suave justo donde terminaba el elástico de mis calzones. Abrí los ojos de golpe. Él no estaba decepcionado. Estaba hipnotizado.

—Mira nada más... —gruñó, con la voz llena de hambre.

Sus manos bajaron y agarraron mis nalgas cubiertas por el algodón. Las apretó con ganas, amasándolas, hundiendo los dedos en mi carne como si quisiera dejarme marcada. El hecho de que hubiera tanta tela parecía excitarlo más; era como si tuviera más de dónde agarrar.

—Manuel, mis calzones son horribles... —gimoteé, avergonzada pero arqueándome contra sus manos porque se sentía delicioso.

—Son perfectos —me cortó, dándome una nalgada muy fuerte y sonora que me hizo gritar de sorpresa y placer—. Me encanta que tapen... porque así es más rico descubrir lo que hay abajo.

Me jaló hacia él, arrastrándome por el sofá hasta que quedé al borde, con las piernas abiertas entre las suyas. Él se arrodilló en el suelo, quedando a la altura de mi entrepierna. Sus manos seguían en mis pompis, apretando, separando mis pompis, y yo sentía cómo mi humedad empapaba la tela de algodón, caliente y pegajosa.

Estaba tan mojada que me daba miedo que lo notara a través de la tela, pero al mismo tiempo, me moría por que lo hiciera. Mi cuerpo era un cable de alta tensión a punto de romperse y él tenía el control total.

Manuel no apartó la vista de mis ojos mientras su mano derecha dejaba mi nalga y se deslizaba hacia el frente, justo a la entrepierna. Ahuecó su mano sobre la tela de mis calzones, presionando con firmeza.

Solté un jadeo roto. Él lo sintió de inmediato. El algodón estaba empapado, caliente, pegajoso contra mi piel. No había forma de esconder cuánto lo deseaba.

—Estás bien mojada, Fernanda... —murmuró, frotando su pulgar sobre la tela mojada, haciéndome ver estrellas—. Estás hecha un río que rico, te mojas muy rico, se ve que me vas a lubricsr muy bien y muy calientita.

Sin previo aviso, enganchó sus dedos en el elástico de la cintura y jaló hacia abajo. Mis calzones bajaron hasta mis tobillos y yo pateé para deshacerme de ellos, quedando completamente desnuda de la cintura para abajo.

Instintivamente traté de juntar las piernas. Sabía lo que iba a ver: una mata de vello negro, recortada pero a final de cuentas no me había, que no me había depilado, sólo rebajado. Me daba pavor que le diera asco. Pero Manuel metió sus rodillas entre mis muslos, obligándome a abrirme.

Su mirada cayó sobre mi vagina. Se quedó viéndome el vello, el contraste de mi piel pálida con lo negro y salvaje de mi entrepierna.

—Hermosa... —susurró, y sonó devoto—. Así me gustan. Al natural. Nada de niñas pelonas, me gusta que tengan vello.

Se inclinó hacia adelante y me agarró de la cintura para levantarme un poco. De un tirón, me sacó el top por la cabeza. Quedé desnuda. Totalmente expuesta en el sofá de la sala, con mis pechos cayendo suavemente, mi panza doblándose un poco al estar sentada y mi vagina abierta para él.

Manuel no me dio tiempo de cubrirme. Empezó a besarme.

Bajó por mi cuello, recorrió mis pechos, lamiendo y mordiendo la piel suave, haciéndome retorcer. Siguió bajando por mi estómago, besando justo esa curva de mi abdomen que yo tanto odiaba, venerándola con su lengua rasposa, hasta llegar al borde de mi vello. Me dio un beso sonoro en la parte interna del muslo que me hizo temblar, y luego se separó de golpe.

—Espera —dijo, con la voz estrangulada.

Se puso de pie frente a mí. Yo me quedé ahí, acostada en el sofá, jadeando, viéndolo desde abajo, con las piernas abiertas, desnuda, mojada.
Manuel tenía prisa. Se quitó la playera gris de un jalón y la aventó al suelo. Su torso apareció bajo la luz de la lámpara: ancho, velludo, con esa cicatriz en las costillas y los músculos tensos por la excitación. Luego fueron sus manos al cinturón. Clac, clac. Se desanudo el pantalón y se lo bajó junto con los calcetines, pateándolo lejos.

Se quedó solo en boxers. Eran de tela negra, pegados.

Mi vista se fue directo ahí.

El bulto era impresionante, pero lo que me hizo abrir los ojos de par en par fue que la tela no era suficiente para contenerlo. Por la abertura superior del elástico, la cabeza de su pene se asomaba, gruesa, oscura y brillante de preseminal. Se veía violáceo, enorme, palpitando con fuerza contra su propio abdomen.

Tragué saliva. Una cosa era sentirlo con la mano a través del pantalón y otra muy distinta verlo así, libre, furioso. Se veía... demasiado grande para mí, se veía que me iba a llegar muy al fondo y que me iba a hacer gemir y gritar.

—Manuel... —se me escapó el aire.

Él notó mi mirada fija en su entrepierna y soltó una risa nerviosa, de orgullo macho. —Ya no aguanta encerrada —dijo, dando un paso hacia mí, quedando justo entre mis piernas abiertas.

Estaba a la altura de mi cara. El olor a su sexo, almizclado y potente, me llenó la nariz. Sin pensarlo, movida por una curiosidad que me quemaba las yemas de los dedos, levanté la mano.

Mis dedos temblaban cuando me acerqué. Toqué la punta, el glande que sobresalía del boxer. Estaba hirviendo. La piel era suave, como terciopelo, pero abajo se sentía dura como una piedra. Lo acaricié con timidez, apenas rozándolo, y vi cómo el cuerpo entero de Manuel se tensaba, sus músculos abdominales contrayéndose.

—Eso es, hija... —gruñó, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás—. Tócala. Salúdala, que está loca por ti.

Mi caricia tímida fue el detonante. Manuel soltó un gruñido que pareció venir del fondo de su pecho, se bajó los boxers de un tirón, liberándose por completo, y se abalanzó sobre mí.

Su boca atacó la mía con una urgencia salvaje. Me besó como si quisiera devorarme, metiendo su lengua hasta el fondo de mi garganta, mientras sus manos apretaban mis muslos, mis caderas, mi cintura, dejando claro que cada centímetro de mi carne blanda le pertenecía. Yo estaba mareada, borracha de él, de su sabor a cerveza y de su fuerza.

Bajó la cabeza a mi pecho y casi grité.

No fue delicado. Su boca caliente atrapó mi pezón derecho y succionó con fuerza, con un hambre que me hizo arquear la espalda hasta despegarla del sofá. Sentí su barba rasposa lijando la piel sensible de mi seno, y el contraste entre el dolorcito y el placer fue una bomba.

—Estás deliciosa... —masculló contra mi piel, pasándose al otro pecho, mordisqueando la areola mientras amasaba mi carne con sus manos grandes—. Tan suavecita...

Yo jadeaba, enredando mis dedos en su pelo, jalándolo hacia mí, queriendo que no parara nunca. Sentía una corriente eléctrica bajándome directo a la entrepierna, que ya palpitaba dolorosamente, pidiendo algo que yo no sabía ni cómo nombrar.

Pero Manuel sí sabía.

Siguió bajando. Sus besos húmedos trazaron un camino de fuego por mi estómago, pasando por mi ombligo, y se detuvo justo en el borde de mi vello negro.

Me tensé. El instinto de cerrar las piernas me ganó por un segundo. Me va a ver ahí, tan cerca, tan peluda...

Manuel no me dejó. Agarró mis muslos con sus manos de hierro y los abrió más, separándolos hasta el límite.

—Abre, Fer... déjame probarte.

Y se hundió en mí.

Grité. Fue un grito ahogado, ronco. Sentí su cara entera metiéndose entre mis piernas, su nariz rozando mis labios, su barba picando en mis muslos internos. Y luego, su lengua.

Dios mío, su lengua.

Era ancha, rasposa y experta. Me lamió de abajo hacia arriba, separando los pliegues de mi vagina con una determinación que me dejó ciega. No le importó mi vello, no le importó nada. Se dedicó a comerme con un gusto ruidoso, sorbiendo mis fluidos como si fuera la fruta más dulce de su puesto.
mejor amiga


—Manuel... ¡Manuel! —gemí, sacudiendo la cabeza de lado a lado en el cojín, sintiendo que el mundo se me iba.

Él encontró mi clítoris y se ensañó. Lo chupó con fuerza, moviendo la lengua rápido, y yo sentí que iba a estallar ahí mismo. Mis caderas se movían solas, buscando más presión, buscando frotarme contra su boca. Era demasiado. Era excitante, húmedo y perfecto.

Cuando sintió que yo estaba al borde, temblando sin control, se detuvo.

Me dejó ahí, jadeando, con el corazón a mil por hora y la entrepierna palpitando. Se levantó sobre sus rodillas y trepó sobre mí.

Su cuerpo cubrió el mío. Sentí su peso, sólido y masivo. Su pecho velludo aplastó mis senos, y sus rodillas se acomodaron a los costados de mis caderas, abriéndome aún más, dejándome totalmente vulnerable.

Estaba atrapada bajo él, y me encantaba.

Manuel apoyó un antebrazo a un lado de mi cabeza para no aplastarme del todo, pero dejó caer su pelvis contra la mía. Entonces, bajó su otra mano entre nuestros cuerpos sudados.
Sentí sus dedos callosos envolviendo el tronco de su pene, sujetándolo con firmeza. Lo movió despacio, frotando la cabeza de su verga, dura y enorme, contra mi entrada mojada, esparciendo mi propio fluido por toda la zona. Estaba hirviendo. Sentir cómo él mismo la dirigía, cómo la acomodaba manualmente justo ahí, fue demasiado; era una presencia inmensa que amenazaba con partirme en dos.
de hombre a mujer

Me miró a los ojos. Tenía la cara roja, brillante de sudor, con una expresión de deseo tan crudo que me dio miedo y excitación a partes iguales.

—Fernanda... —dijo, y su voz era un hilo ronco.

Con su mano, presionó la punta del glande justo contra mi apertura, abriendo un poco los labios, buscando el ángulo perfecto, pero sin empujar todavía. Se detuvo ahí, en el umbral, sosteniéndola con su puño contra mí para que yo sintiera el grosor real de lo que venía, me dijo espérame aquí voy rapidito a la farmacia a comprar condones y regreso.
No, así, así quiero sentirte. Quiero que me lo hagas sin condón y sentir tu piel dentro de mí.

¿Segura? Puedo ir rápido.

No así estoy bien, quiero que te corras dentro de mi y me dejes llena. Mañana mejor me compras la del día siguiente.

¿Y si te preñó?

Pues ya seré tu mujer y me harás lo que quieras por toda la vida.

—Siguio frotando su pene y me dijo Dime si puedo —me pidió, mirándome con esos ojos oscuros que me prometían el cielo y el infierno—. ¿Quieres que te la meta?

—Sí... —susurré, y mi voz salió rota, casi un gemido—. Por favor, Manuel.

Él no dudó.

Apretó los dientes, tensando todos los músculos del cuello, y empujó.

Sentí cómo la cabeza de su pene forzaba mi entrada. Fue una sensación brutal. Un estiramiento que quemaba, una presión inmensa que parecía imposible que cupiera dentro de mí. Mis ojos se llenaron de lágrimas de golpe por el impacto, y clavé las uñas en sus hombros, arqueando la espalda.

—Ahhh... ¡Espera! —gimoteé, sintiendo que me partía.

Pero Manuel no se detuvo. Sabía que si paraba, yo me iba a echar para atrás.

—Aguanta, Fer... aguanta —gruñó, y con un empuje de caderas firme y decidido, rompió la resistencia y se hundió en mí.

Entró todo. Hasta el fondo. De un solo golpe, yo empecé a gemir y a soltar un grito de dolor.

Mientras clavaba mis uñas en su espalda.

Continúa.

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