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Lunes 23 de octubre de 2025. Noche profunda.
No conseguía dormir. Otra vez.
Estaba tumbado boca arriba en nuestra cama, con la luz de lamesilla apagada y solo el resplandor naranja de una farola colándosepor la rendija de la persiana. A mi lado, Marta dormía. O al menoseso parecía. Estaba completamente desnuda, como casi siempre, perono en su postura habitual de pierna encima de mí o con el culopegado a mi cadera buscando calor. No. Esta noche se había recogidoen posición fetal, de espaldas a mí, con las rodillas casi tocandoel pecho y los brazos cruzados sobre los senos como si quisierahacerse más pequeña.
Eso me alarmó más que cualquier otra cosa.
Marta nunca se cerraba así. Ni siquiera después de las peoresnoches. Ella era expansiva, incluso dormida: ocupaba espacio, metocaba, respiraba contra mi cuello. Verla así, tan encogida, tan…vulnerable, me produjo un nudo en la garganta que no conseguíatragar. Quise alargar la mano y acariciarle la espalda, pero algo medetuvo. Miedo a despertarla. O miedo a que, si lo hacía, me miraracon esos ojos que últimamente parecían llevar demasiado peso.
El día había sido una puta montaña rusa de sensacionescontradictorias. Cosas buenas, cosas malas y muchas regulares que, enconjunto, me dejaban con la cabeza hecha un lío. Y lo peor: habíarecordado cosas. Fragmentos que creía olvidados o que, simplemente,mi cerebro había decidido archivar en la carpeta “no tocar”.Ahora esos recuerdos volvían, nítidos, insistentes, y cuanto másintentaba apartarlos, más claro se volvía el puzle que no queríaterminar de armar.
Respiré hondo, mirando al techo. El silencio de la habitaciónsolo se rompía por la respiración suave y regular de Marta.Demasiado regular. Como si estuviera fingiendo dormir para no tenerque hablar.
Cerré los ojos y dejé que uno de los recuerdos más recientesaflorara sin resistencia.
Empezó como empezaban casi todos los días últimamente: conMarta decidida a no dejarnos hundir del todo. Eran poco más de lassiete de la mañana y ella ya estaba poniéndose las mallas y laszapatillas de running en medio del salón, con esa energía que aveces me parecía inhumana después de la noche que habíamos pasado.
—Venga, Carlos, levántate. Vamos a correr y luego a nadar unrato en la playa.
Yo seguía en la cama, con el cuerpo pesado y la cabeza embotada.Apenas había dormido tres horas después de llegar a casa el domingode madrugada, y la resaca emocional de todo lo vivido con los rusostodavía me tenía el estómago revuelto.
—No me apetece nada, Marta… Estoy hecho mierda.
Ella se acercó a la cama, se inclinó sobre mí y me dio un besorápido en los labios.
—Pues yo voy aunque sea sola. Pero te recomiendo que vengas. Nosvendrá bien sacar los últimos restos de esa mierda que nos metimosel sábado. El cuerpo lo agradecerá.
Sabía que tenía razón. Y también sabía que, si la dejaba irsola, me sentiría aún peor. Así que gruñí, me levanté y me pusela ropa de deporte.
Lo que más me sorprendió fue lo bien que respondió el cuerpouna vez empecé a moverme. Al principio me costó, claro. Las piernaspesadas, el pecho apretado. Pero antes de lo habitual ya estabasudando de verdad y el ritmo salía solo. Corría bien. Mejor de loque esperaba después de tanto estrés y tan poco sueño. Lo únicoque me jodía era la sed, que me vino rapidísimo. Marta, comosiempre, lo había previsto todo: en su pequeña mochila llevaba dosbotellines de agua. Parábamos cada cierto tiempo, bebíamos un parde tragos y seguíamos.
Algo dentro de mí cambió con el ejercicio. Las endorfinas,supongo. Poco a poco me fui sintiendo más optimista, más ligero.Como si el movimiento estuviera limpiando no solo el cuerpo, sinotambién un poco de la mierda mental que arrastraba desde el sábado.
Cuando ya llevábamos un buen rato corriendo, Marta se detuvo degolpe en la arena, jadeando con una sonrisa.
—Me voy a bañar. ¿Vienes?
De la mochila sacó una toalla pequeña, se quitó la ropa allímismo sin importarle si alguien pasaba y la dejó doblada encima.Entró en el agua y, desde dentro, me hizo un gesto con la mano paraque la siguiera.

No me lo pensé dos veces. Me desnudé, dejé la ropa al lado dela suya y entré. El agua estaba fría de cojones, pero en cuanto mecubrió el pecho me sentí vigorizado, como si me hubieran dado unadescarga de vida. Nadamos un rato: Marta con ese estilo suyo tanelegante y potente, yo haciendo lo que podía sin ahogarme. Al salirestuvimos salpicándonos agua como dos críos idiotas, riéndonos acarcajadas, persiguiéndonos por la orilla. Por unos minutos fue comosi nada de lo que había pasado existiera.
Luego nos vestimos, trotamos de vuelta a casa, nos dimos una ducharápida y preparamos un desayuno más abundante de lo habitual.Nuestros estómagos, libres ya de la coca del sábado, pedían comidade verdad. Huevos, tostadas, fruta, café cargado. Comimos con hambresana.
Y entonces, mientras recogíamos la mesa, Marta sacó todo eldinero que habíamos “ganado” la noche del domingo.
Era una pasta.
Cinco mil euros del servicio secreto de vaya usted a saber quépaís y otros dos mil de los mafiosos rusos. Siete mil euros enbilletes que olían todavía a pecado y peligro.
Me quedé mirándolos mientras ella los contaba con dedos rápidos.Y en ese momento me vino otro recuerdo, uno más antiguo, que encajóde repente como una pieza que no sabía que faltaba: en Barcelona,mis deudas no habían sido solo por drogas. Habían sido deudas dejuego. Eso explicaba mucho mejor la magnitud de la mierda en la quehabíamos metido a toda la familia. Pero yo… yo nunca me habíaconsiderado un jugador. No recordaba haberme sentado en una mesa depóker ni haber apostado en carreras. Nada. Tenía que seguirrecordando, porque algo no terminaba de encajar. Por eso no le dijenada a Marta en ese momento. Me callé.
Ella, ajena a mis pensamientos, guardó el dinero en un sobre y memiró con esa determinación suya tan característica.
—Yo me ocupo de esto. Lo ingresaré en mi cuenta, pero deinmediato voy a transferir cinco mil euros a papá y mamá. Están apunto de perder lo último que les queda por la hipoteca. No sabíaque la cosa estuviera tan mal.
Tampoco yo lo sabía. Nadie me había contado nada. O quizá sí yyo no había querido escucharlo.
Teníamos prisa para irnos a trabajar, así que la conversaciónquedó a medias. Le dije que sí a todo: que se ocupara ella, quetransfiriera el dinero, que ya hablaríamos con calma por la noche.Nos vestimos rápido y salimos de casa.
Mientras caminábamos hacia el autobús, todavía con el pelohúmedo de la ducha, sentí por primera vez en mucho tiempo algoparecido al alivio. Cinco mil euros podían salvar la casa denuestros padres. Al menos eso. Al menos una cosa buena había salidode toda aquella locura del sábado.
Pero el recuerdo no se detuvo ahí. Sabía que después de esemomento vino la parte complicada del día. Y mi cerebro, traicionero,ya estaba empezando a traerla también.
El recuerdo avanzó sin que pudiera detenerlo.
Al llegar al Gobierno Civil lo primero que hicimos fue ir a ver anuestro sargento controlador. En realidad nos estaba esperando ya enel control de seguridad. Nada más vernos hizo uno de esos gestos tansuyos, cortante, con la mano: silencio absoluto. Ni una palabra hastaque entramos en su despacho y cerró la puerta con llave.
Solo entonces habló, con la voz más baja de lo habitual.
—Perdón por el lío en el que os metí. Si llego a saber queeran mafiosos de verdad y no unos financieros de mierda, no oshubiera dejado ir. Nosotros no metemos a nuestra gente en la boca dellobo sin avisarles de lo que hay. Que quede claro. Habrá veces queno os dé toda la información, pero jamás os mentiré. Nunca. Yahora, por favor, contadme cómo fue todo.
Marta había preparado una serie de dibujos hechos a mano durantela tarde del domingo, mientras yo intentaba recuperarme. Caras de lostres mafiosos, caras de los tres escoltas, distribución del ático,dónde estaban las cámaras que habíamos visto, los puntos ciegos…Había sido su forma de lidiar con la resaca emocional y laadrenalina que todavía le corría por las venas.
Le contamos todo lo que pudimos recordar. La entrega de losmóviles, el detector de micrófonos, la coca, la jerarquía en elsalón, los bailes, los polvos… Cuando empezamos a entrar endetalles demasiado gráficos con la parte sexual, el sargento levantóla mano y nos cortó en seco.
—Por favor, esas cosas no las quiero saber en detalle. No hacenfalta. Ahorradme los pormenores.
Nosotros asentimos y seguimos con lo importante: descripcionesfísicas, actitudes, frases que recordábamos, la forma en que Irinase comportaba con ellos, el momento en que nos entregaron eltanga-espía y cómo nos fuimos.
Cuando terminamos de informar, solo se me ocurrió preguntar:
—¿Ha valido la pena? ¿Ha servido para algo?
El sargento se recostó en su silla y soltó un suspiro largo.
—Nos han tratado como a champiñones. A oscuras y comiendomierda. Solo os puedo decir que ha llegado una “felicitación”por la gran colaboración. Nada más.
Ni a Marta ni a mí se nos ocurrió nada que decir. Nos quedamoscallados unos segundos. El silencio era incómodo, pesado.
El sargento volvió a disculparse, esta vez con tono más bajo:
—Siento de verdad el embrollo en el que os he metido…
Marta le interrumpió sin dejarle terminar.
—Si lo que hicimos puede servir para algo, yo estoy dispuesta avolverlo a hacer. Con mafiosos o con lo que sea. Aunque ir mejorinformada siempre es de agradecer.
El sargento no respondió con palabras. Solo asintió con lacabeza, despacio, mirándola a los ojos con una mezcla de respeto yalgo que parecía preocupación. Después nos dijo que podíamosirnos a trabajar y que ya nos avisaría si había novedades.
Salimos del despacho sin decir nada más.
El recuerdo siguió avanzando, nítido y sin pausas.
El día de trabajo pasó más rápido de lo habitual. Y lo másraro es que esto me está empezando a gustar de verdad.Principalmente son papeles que van de un lado a otro, informes,certificaciones, sellos y más sellos. Pero si miras un poco másallá del aburrimiento burocrático, ves que todo ese papeleo sirvepara algo concreto: mejorar las comunicaciones, para que la gente ylas empresas se muevan mejor por la provincia. Yo aporto mi granitode arena en esa cadena. Y creo que lo hago bien.
Precisamente hoy se han autorizado unas obras bastante necesariasen la Nacional I. Un tramo que llevaba años dando problemas. Y hesido yo el que ha encontrado la solución óptima, la que permitíaagilizar los trámites sin saltarse ningún procedimiento clave. Serápoca cosa, un detalle en el gran esquema, pero ha sido mi firma, mianálisis y mi propuesta la que ha desatascado el tema. Salí deltrabajo incluso contento. Con esa sensación extraña y agradable dehaber hecho algo útil por una vez.
En la parada del bus me esperaba Marta. Nada más acercarme vi ensus ojos que había dudas. Muchas. Así que, cuando estuve a unadistancia prudente para que nadie nos oyera, le solté directamente:
—Suéltalo.
Marta respiró hondo antes de hablar.
—Me ha llamado Irina. El ruso que conocíamos de Madrid quierehablar en persona contigo. Le he mandado a la mierda a esa rusadrogota. La muy bruta estaba con un colocón fenomenal. Me mandabaunos mensajes que casi ni se entendían. Al final he tenido quellamarla. Ha insistido mucho y he tenido que prometerle que te daríael número del ruso.
Me quedé sin saber qué responder. El estómago se me encogió degolpe. Vino el bus y nos subimos en silencio. Una vez sentados, Martame miraba con preocupación evidente. Yo le había contado con tododetalle lo que hice con ese ruso en la habitación del ático: elbeso negro, los dedos, la penetración, el 69… y la meada final.Teníamos miedo de que ahora, sobrio, quisiera vengarse. Por sentirsehumillado, violado o simplemente porque sí. Con esa gente nunca sesabe.
Hablando bajito, casi pegado a su oído para que el ruido delmotor tapara nuestras palabras, le dije:
—Después de comer le llamamos a ver qué quiere. Y a pocopeligroso que suene, le mandamos a la mierda.
Marta asintió despacio y pareció aliviada. Apoyó su cabeza unsegundo en mi hombro y susurró:
—Vale. Juntos.
El resto del trayecto en bus lo hicimos en silencio, cada unoperdido en sus pensamientos. Yo mirando por la ventanilla sin verrealmente el paisaje.
El recuerdo siguió llegando, esta vez más denso, más incómodo.
Comimos rápido pero abundante. Con la pasta que habíamos logradoel domingo ya no estábamos tan apurados económicamente y algúnlujo nos podíamos permitir. Comimos en casa, aún no nos habíadado tiempo de hacer la compra, pero no medimos cantidades como otros días. Eldomingo casi no comimos y hoy día de reresaca teníamos hambre.Mientras comíamos, el silencio entre nosotros se fue cargando decosas que no se decían. No pude aguantarme más.
—He recordado que el problema de las deudas en Barcelona no fuesolo por drogas —solté de golpe—. Fueron deudas de juego. Locual explica las actuales dificultades económicas de nuestrospadres. Ningún camello te da fiado más allá de un par de gramos.Si te comprometes a venderle merca y luego te la metes, puedes llegara deber un par de miles… y no recuerdo haber vendido otra cosa quemi cuerpo. ¿Sabes de lo que estoy hablando?
Por una vez en su vida vi cómo Marta se asustaba de verdad. Ensus ojos apareció un miedo auténtico, crudo, casi infantil. Perocasi al instante se recompuso, tomó aire y tomó una decisión. Sele notaba en la mandíbula apretada.
—Que no recuerdes ciertas cosas es fruto del tratamiento paradejar las drogas —dijo con voz baja pero firme—. Te hicieron untratamiento de hipnosis para que olvidaras ciertas cosas.
—¿Qué cosas?
—No te las voy a decir. Eso podría dañarte psicológicamente.El gurú que te trató dijo que las irías recordando cuando tuconciencia interior decidiera que era el momento de recordarlas y novoy a decir nada más de este tema.
—No me jodas.
Lo dije más fuerte de lo que pretendía, pero a Marta no lealarmó. Ella ya había tomado una decisión y la cumpliría hasta elfinal.
—Es por tu bien —respondió con calma—. Sabes que te quierocon toda mi alma y nunca te haría algo malo.
Eso me derrotó. Sobre todo por el tono cariñoso, casi maternal,con el que lo dijo. Además, yo sabía que era verdad. Me quedécallado unos segundos, removiendo la comida con el tenedor.
—Solo dime si puedes… No recuerdo haber sido jugador nunca entoda mi vida, y no creo que eso me lo pudieran hacer olvidar.
—Cierto, nunca has sido apostador —admitió—. En Barcelonapasaron muchas cosas. Aquellas que el gurú borró de tu memoria…las debes recordar tú solo.
El cariño con el que me hablaba me derritió por dentro. Eraimposible enfadarme con ella cuando usaba esa voz.
—¿Qué es eso del gurú? —pregunté, más suave.
—Pues un tipo que buscó mamá entre sus amistades hippies. Peroque por una vez funcionó.
—Vale, vale… no insistiré en que me ayudes a recordar —cedí—.¿Qué les has dicho sobre el dinero que les enviabas? ¿Has podidohacerlo?
—Sí, una transferencia con el móvil sin problemas. Ya les hallegado el dinero. En la sucursal tampoco me han puesto ninguna pega.A mamá le he dicho que hemos trabajado de putas vips.
Cuando dijo esto último me atraganté con el agua que estababebiendo. Tosí con fuerza, limpiándome la boca con la servilleta.
—¿No se te ocurrió otra cosa? ¿Qué dijo mamá?
—Mamá siempre me descubre cuando le miento, así que hepreferido decirle la “verdad”. Y solo ha dicho que espera queesta vez no transciendan videos.
—Mamá siempre práctica —murmuré, sacudiendo la cabeza.
Marta sonrió un poco, esa sonrisa pequeña y cansada queúltimamente le salía cuando la situación era demasiado surrealistaincluso para nosotros.
Una vez recogida la mesa, fregados los platos, barrido el suelo yestirada la cama, ya no pudimos posponer más la llamada al ruso.Antes de marcar decidimos que, si quería un encuentro en persona,iríamos los dos juntos y eso no iba a ser negociable. Marta se sentóa mi lado en el sofá, con el altavoz activado.
Marqué el número que Irina le había dado a Marta.
—Diga —contestó una voz grave, con acento marcado pero claro.
—Hola, amigo. ¿Reconoces mi voz?
—Da. Digo… sí.
Se produjo un pequeño silencio incómodo.
—¿En qué puedo ayudarte? Le has insistido mucho a nuestracomún amiga Irina.
—Sí. Quiero hablar contigo de lo que pasó el sábado cuandoestuvimos solos. Tengo muchas dudas. Pero quiero que lo hagamos enpersona.
—La conversación será en un lugar público, una cafetería porejemplo, y me acompañará mi hermana. Tú irás solo. Si te vemosacompañado, salimos corriendo.
—Por mí no hay problema. Decidme hora y lugar.
Le indicamos una cafetería céntrica que tenía grandescristaleras, luminosa y con mucha gente pasando. Quedamos a las 17:00h.
Llegamos puntuales. Él ya estaba allí.
El ruso de Madrid estaba sentado en una mesa junto a la ventana,con un traje oscuro bien cortado, camisa blanca y una corbata rojoburdeos. Tenía el pelo corto, con algunas canas en las sienes, y unaexpresión seria pero no hostil. En cuanto nos vio entrar se puso depie.

Era un hombre de complexión atlética, mandíbula marcada yojos claros que transmitían más inteligencia que violencia. Nos diola mano con firmeza, primero a mí y luego a Marta, un apretón secoy correcto.
Nos sentamos. Pedimos un café con leche cada uno.
Cuando el camarero se alejó, fui directo al grano:
—¿En qué podemos ayudarte?
—Tengo muchas dudas —dijo con voz baja y calmada—. Jamás mehe sentido atraído ni por hombres ni por transexuales, pero ahorasí. En realidad deseaba probar desde hace un par de años. ¿Mepodéis explicar qué me está pasando? ¿Me dejarán de gustar lasmujeres?
Había hablado con calma, casi en un susurro, se notaba que eraalgo que le preocupaba pero que tampoco le mataba. No parecía untipo atormentado, sino más bien reflexivo. Un jugador de ajedrez, noun matón de esquina.
—No te pasa nada —respondí—, o al menos no te pasa nadamalo. Apostaría que te van a seguir gustando las mujeres. No sé eltérmino científico exacto, pero está demostrado que los gustossexuales a lo largo de la vida pueden cambiar, que se puedeevolucionar. Eso puede incluir pasar de ser estrictamente hetero aser solo gay. O viceversa. Pero lo normal es quedarse en el ampliomundo de la bisexualidad.
Hizo más preguntas y entre Marta y yo intentamos responderle conhonestidad. Era un tipo muy inteligente, no muy educado formalmente,pero curioso y leído. La conversación derivó hacia temas másamplios: hablamos de literatura, de cine y de historia, todorelacionado de una forma u otra con la bisexualidad. Que si AlejandroMagno era bisexual, que si la moral judeocristiana había reprimidomucho, que si las drogas incitan a probar y rompen inhibiciones.
Ahí Marta captó una mirada que nos echó y decidió ser directa:
—Sí, nosotros empezamos a tener sexo inducidos por la droga ysí, somos hermanos.
El ruso no se inmutó. Solo asintió despacio, como si encajaraotra pieza más en su puzle mental.
La charla continuó amena. Cuando se acabaron los cafés nosinvitó a otro. Estuvimos un buen rato allí, hablando de todo y denada. Al final, con la taza ya vacía por segunda vez, nos miró alos ojos y dijo:
—Quiero volver a probar, pero esta vez estando completamentesobrio. Quiero sentirlo todo de forma auténtica. ¿Cuánto mecobras?
No me sorprendió la propuesta. De hecho, Marta y yo ya lohabíamos comentado como hipótesis probable.
—No somos putas de forma habitual —respondí—. Lo de ir aecharle una mano a Irina lo provocó que antes nos había regaladomedio gramo de coca. Si no hubiera sido por eso, no nos hubieraconvencido de ir.
Dejé que siguiera Marta. Ella siempre era mejor en estos momentosde negociación.
—Ya nos habíamos imaginado esta propuesta —dijo con calma—.No lo vamos a hacer gratis, pero tampoco vamos a cobrarte a tidirectamente. Delante nuestro harás una donación de 100 € aalguna ONG de atención a refugiados de guerra. Buscaremos un hotel eiremos los tres.
El ruso asintió sin dudar. Sacó el móvil allí mismo y, en unmomento, hizo la transferencia. ACNUR recibió un pequeño donativo.
Tras la donación buscamos un hotel cerca. Eso estuvo un poco máscomplicado porque San Sebastián suele rozar el 100 % de ocupaciónhotelera. Al final encontramos una suite en un hotel céntrico perodiscreto. El ruso no nos dejó ver cuánto pagó. Para nuestraseguridad, fuimos nosotros quienes elegimos el establecimiento; élsolo pagó cuando le indicamos el que nos pareció adecuado. Al seruna suite no había problema para alojarnos los tres. Le habíamosdejado claro que Marta venía conmigo. Si quería, participaría; siprefería que fuera una experiencia exclusivamente homosexual, Martano participaría. Se quedaría sentada pero dentro de la habitación.El ruso, en su estilo, lo aceptó sin más comentarios. Ni su tono devoz ni sus ademanes me dejaron entrever si eso le gustaba, lemolestaba o si estaba nervioso. Inescrutable.
En la recepción del hotel pusieron cara rara: ni llevábamosmaletas ni éramos un grupo normal. Dos españoles y un ruso. Nospidieron la documentación y la pasaron por un escáner dereconocimiento. Salió luz verde.
Entramos en la suite y Marta se sentó formalita en un sillón,sin decir nada.

Empezamos a desnudarnos los dos hombres.

Entonces, como si recordara algo, el ruso habló:
—¿Queréis coca? He traído un gramo. Yo no quiero, pero siqueréis está a vuestra disposición.
—No gracias —me salió así, sin pensarlo. Ni ganas, nitentación, ni nada.
Marta se sorprendió y dijo rápidamente:
—Yo tampoco quiero, gracias.
Me miró con una mirada que lo decía todo: estaba orgullosa demí.
Cuando estuvimos los dos completamente desnudos, el ruso se quedóparado, como si no supiera por dónde empezar. Decidí tomar lainiciativa. Me acerqué, le besé, le abracé y le acaricié laespalda. Respondió a mi beso con ganas, con intensidad. Fue unalucha de lenguas húmeda y profunda. Se le puso dura solo con eso, ya mí también. Es que yo me empalmo enseguida cuando estoy limpio desustancias.
—Quiero chupártela —dijo con voz ronca.
Se puso de rodillas y se la metió en la boca. Al principio fue unpoco torpe y tuve que guiarle con la mano en su nuca. Pero luegomejoró y noté que le estaba gustando de verdad. Tener una polla enla boca es muy placentero. Los gays y las mujeres me entenderán.
Tuve que decirle que parara o me correría demasiado pronto. Lelevanté, le llevé a la cama y le tumbé con las piernas abiertas.Me coloqué entre ellas y se la chupé yo a él. Pronto noté queestaba a punto de correrse, así que pasé a chuparle los testículosy luego le levanté las piernas y le comí el culo con calma. Leencantó. Gemía bajito, casi sorprendido por su propio placer.
—Métemela —pidió.
Marta se acercó sin decir palabra y me trajo un preservativo y unsobrecito de lubricante. Habíamos dejado claro que todo se haríacon condón y él había accedido. Me lo puse y también puse uncojín bajo su espalda para que el culo quedara a mejor altura. Concuidado le penetré. El lubricante y los dedos habían hecho sutrabajo, pero se notaba que era un culo neófito, casi virgen, porquecostó entrar. Aun así no perdió la erección en ningún momento.
Empecé a darle poco a poco y luego con más intensidad. En unmomento me atrajo hacia sí y nos besamos con mucha lascivia, perotambién con una ternura extraña. De repente dijo:
—Quiero probar otra postura.
—La que tú quieras. ¿Qué te apetece?
—Quiero cabalgar.
Me tumbé en la cama y él se puso en cuclillas sobre mí. Seempaló despacio al principio y luego empezó a cabalgar. Es unhombre en muy buena forma física: lo hizo rápido y profundo. Fui amasturbarle pero me apartó la mano. No hacía falta. Al rato decabalgar se corrió con fuerza. Soltó leche como un surtidor,salpicándome el pecho y la cara. Yo me corrí dentro del condóncasi al mismo tiempo. Una gota gruesa me cayó directamente en elojo. Rápidamente fui al baño a limpiarme. Es el peor lugar posiblepara que te caiga semen.
El ruso y Marta se rieron con ganas.
Nos aseamos pero no nos vestimos. Nos tumbamos los dos en la camay conversamos un rato. Yo quería saber qué tal se sentía.

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Lunes 23 de octubre de 2025. Noche profunda.
No conseguía dormir. Otra vez.
Estaba tumbado boca arriba en nuestra cama, con la luz de lamesilla apagada y solo el resplandor naranja de una farola colándosepor la rendija de la persiana. A mi lado, Marta dormía. O al menoseso parecía. Estaba completamente desnuda, como casi siempre, perono en su postura habitual de pierna encima de mí o con el culopegado a mi cadera buscando calor. No. Esta noche se había recogidoen posición fetal, de espaldas a mí, con las rodillas casi tocandoel pecho y los brazos cruzados sobre los senos como si quisierahacerse más pequeña.
Eso me alarmó más que cualquier otra cosa.
Marta nunca se cerraba así. Ni siquiera después de las peoresnoches. Ella era expansiva, incluso dormida: ocupaba espacio, metocaba, respiraba contra mi cuello. Verla así, tan encogida, tan…vulnerable, me produjo un nudo en la garganta que no conseguíatragar. Quise alargar la mano y acariciarle la espalda, pero algo medetuvo. Miedo a despertarla. O miedo a que, si lo hacía, me miraracon esos ojos que últimamente parecían llevar demasiado peso.
El día había sido una puta montaña rusa de sensacionescontradictorias. Cosas buenas, cosas malas y muchas regulares que, enconjunto, me dejaban con la cabeza hecha un lío. Y lo peor: habíarecordado cosas. Fragmentos que creía olvidados o que, simplemente,mi cerebro había decidido archivar en la carpeta “no tocar”.Ahora esos recuerdos volvían, nítidos, insistentes, y cuanto másintentaba apartarlos, más claro se volvía el puzle que no queríaterminar de armar.
Respiré hondo, mirando al techo. El silencio de la habitaciónsolo se rompía por la respiración suave y regular de Marta.Demasiado regular. Como si estuviera fingiendo dormir para no tenerque hablar.
Cerré los ojos y dejé que uno de los recuerdos más recientesaflorara sin resistencia.
Empezó como empezaban casi todos los días últimamente: conMarta decidida a no dejarnos hundir del todo. Eran poco más de lassiete de la mañana y ella ya estaba poniéndose las mallas y laszapatillas de running en medio del salón, con esa energía que aveces me parecía inhumana después de la noche que habíamos pasado.
—Venga, Carlos, levántate. Vamos a correr y luego a nadar unrato en la playa.
Yo seguía en la cama, con el cuerpo pesado y la cabeza embotada.Apenas había dormido tres horas después de llegar a casa el domingode madrugada, y la resaca emocional de todo lo vivido con los rusostodavía me tenía el estómago revuelto.
—No me apetece nada, Marta… Estoy hecho mierda.
Ella se acercó a la cama, se inclinó sobre mí y me dio un besorápido en los labios.
—Pues yo voy aunque sea sola. Pero te recomiendo que vengas. Nosvendrá bien sacar los últimos restos de esa mierda que nos metimosel sábado. El cuerpo lo agradecerá.
Sabía que tenía razón. Y también sabía que, si la dejaba irsola, me sentiría aún peor. Así que gruñí, me levanté y me pusela ropa de deporte.
Lo que más me sorprendió fue lo bien que respondió el cuerpouna vez empecé a moverme. Al principio me costó, claro. Las piernaspesadas, el pecho apretado. Pero antes de lo habitual ya estabasudando de verdad y el ritmo salía solo. Corría bien. Mejor de loque esperaba después de tanto estrés y tan poco sueño. Lo únicoque me jodía era la sed, que me vino rapidísimo. Marta, comosiempre, lo había previsto todo: en su pequeña mochila llevaba dosbotellines de agua. Parábamos cada cierto tiempo, bebíamos un parde tragos y seguíamos.
Algo dentro de mí cambió con el ejercicio. Las endorfinas,supongo. Poco a poco me fui sintiendo más optimista, más ligero.Como si el movimiento estuviera limpiando no solo el cuerpo, sinotambién un poco de la mierda mental que arrastraba desde el sábado.
Cuando ya llevábamos un buen rato corriendo, Marta se detuvo degolpe en la arena, jadeando con una sonrisa.
—Me voy a bañar. ¿Vienes?
De la mochila sacó una toalla pequeña, se quitó la ropa allímismo sin importarle si alguien pasaba y la dejó doblada encima.Entró en el agua y, desde dentro, me hizo un gesto con la mano paraque la siguiera.

No me lo pensé dos veces. Me desnudé, dejé la ropa al lado dela suya y entré. El agua estaba fría de cojones, pero en cuanto mecubrió el pecho me sentí vigorizado, como si me hubieran dado unadescarga de vida. Nadamos un rato: Marta con ese estilo suyo tanelegante y potente, yo haciendo lo que podía sin ahogarme. Al salirestuvimos salpicándonos agua como dos críos idiotas, riéndonos acarcajadas, persiguiéndonos por la orilla. Por unos minutos fue comosi nada de lo que había pasado existiera.
Luego nos vestimos, trotamos de vuelta a casa, nos dimos una ducharápida y preparamos un desayuno más abundante de lo habitual.Nuestros estómagos, libres ya de la coca del sábado, pedían comidade verdad. Huevos, tostadas, fruta, café cargado. Comimos con hambresana.
Y entonces, mientras recogíamos la mesa, Marta sacó todo eldinero que habíamos “ganado” la noche del domingo.
Era una pasta.
Cinco mil euros del servicio secreto de vaya usted a saber quépaís y otros dos mil de los mafiosos rusos. Siete mil euros enbilletes que olían todavía a pecado y peligro.
Me quedé mirándolos mientras ella los contaba con dedos rápidos.Y en ese momento me vino otro recuerdo, uno más antiguo, que encajóde repente como una pieza que no sabía que faltaba: en Barcelona,mis deudas no habían sido solo por drogas. Habían sido deudas dejuego. Eso explicaba mucho mejor la magnitud de la mierda en la quehabíamos metido a toda la familia. Pero yo… yo nunca me habíaconsiderado un jugador. No recordaba haberme sentado en una mesa depóker ni haber apostado en carreras. Nada. Tenía que seguirrecordando, porque algo no terminaba de encajar. Por eso no le dijenada a Marta en ese momento. Me callé.
Ella, ajena a mis pensamientos, guardó el dinero en un sobre y memiró con esa determinación suya tan característica.
—Yo me ocupo de esto. Lo ingresaré en mi cuenta, pero deinmediato voy a transferir cinco mil euros a papá y mamá. Están apunto de perder lo último que les queda por la hipoteca. No sabíaque la cosa estuviera tan mal.
Tampoco yo lo sabía. Nadie me había contado nada. O quizá sí yyo no había querido escucharlo.
Teníamos prisa para irnos a trabajar, así que la conversaciónquedó a medias. Le dije que sí a todo: que se ocupara ella, quetransfiriera el dinero, que ya hablaríamos con calma por la noche.Nos vestimos rápido y salimos de casa.
Mientras caminábamos hacia el autobús, todavía con el pelohúmedo de la ducha, sentí por primera vez en mucho tiempo algoparecido al alivio. Cinco mil euros podían salvar la casa denuestros padres. Al menos eso. Al menos una cosa buena había salidode toda aquella locura del sábado.
Pero el recuerdo no se detuvo ahí. Sabía que después de esemomento vino la parte complicada del día. Y mi cerebro, traicionero,ya estaba empezando a traerla también.
El recuerdo avanzó sin que pudiera detenerlo.
Al llegar al Gobierno Civil lo primero que hicimos fue ir a ver anuestro sargento controlador. En realidad nos estaba esperando ya enel control de seguridad. Nada más vernos hizo uno de esos gestos tansuyos, cortante, con la mano: silencio absoluto. Ni una palabra hastaque entramos en su despacho y cerró la puerta con llave.
Solo entonces habló, con la voz más baja de lo habitual.
—Perdón por el lío en el que os metí. Si llego a saber queeran mafiosos de verdad y no unos financieros de mierda, no oshubiera dejado ir. Nosotros no metemos a nuestra gente en la boca dellobo sin avisarles de lo que hay. Que quede claro. Habrá veces queno os dé toda la información, pero jamás os mentiré. Nunca. Yahora, por favor, contadme cómo fue todo.
Marta había preparado una serie de dibujos hechos a mano durantela tarde del domingo, mientras yo intentaba recuperarme. Caras de lostres mafiosos, caras de los tres escoltas, distribución del ático,dónde estaban las cámaras que habíamos visto, los puntos ciegos…Había sido su forma de lidiar con la resaca emocional y laadrenalina que todavía le corría por las venas.
Le contamos todo lo que pudimos recordar. La entrega de losmóviles, el detector de micrófonos, la coca, la jerarquía en elsalón, los bailes, los polvos… Cuando empezamos a entrar endetalles demasiado gráficos con la parte sexual, el sargento levantóla mano y nos cortó en seco.
—Por favor, esas cosas no las quiero saber en detalle. No hacenfalta. Ahorradme los pormenores.
Nosotros asentimos y seguimos con lo importante: descripcionesfísicas, actitudes, frases que recordábamos, la forma en que Irinase comportaba con ellos, el momento en que nos entregaron eltanga-espía y cómo nos fuimos.
Cuando terminamos de informar, solo se me ocurrió preguntar:
—¿Ha valido la pena? ¿Ha servido para algo?
El sargento se recostó en su silla y soltó un suspiro largo.
—Nos han tratado como a champiñones. A oscuras y comiendomierda. Solo os puedo decir que ha llegado una “felicitación”por la gran colaboración. Nada más.
Ni a Marta ni a mí se nos ocurrió nada que decir. Nos quedamoscallados unos segundos. El silencio era incómodo, pesado.
El sargento volvió a disculparse, esta vez con tono más bajo:
—Siento de verdad el embrollo en el que os he metido…
Marta le interrumpió sin dejarle terminar.
—Si lo que hicimos puede servir para algo, yo estoy dispuesta avolverlo a hacer. Con mafiosos o con lo que sea. Aunque ir mejorinformada siempre es de agradecer.
El sargento no respondió con palabras. Solo asintió con lacabeza, despacio, mirándola a los ojos con una mezcla de respeto yalgo que parecía preocupación. Después nos dijo que podíamosirnos a trabajar y que ya nos avisaría si había novedades.
Salimos del despacho sin decir nada más.
El recuerdo siguió avanzando, nítido y sin pausas.
El día de trabajo pasó más rápido de lo habitual. Y lo másraro es que esto me está empezando a gustar de verdad.Principalmente son papeles que van de un lado a otro, informes,certificaciones, sellos y más sellos. Pero si miras un poco másallá del aburrimiento burocrático, ves que todo ese papeleo sirvepara algo concreto: mejorar las comunicaciones, para que la gente ylas empresas se muevan mejor por la provincia. Yo aporto mi granitode arena en esa cadena. Y creo que lo hago bien.
Precisamente hoy se han autorizado unas obras bastante necesariasen la Nacional I. Un tramo que llevaba años dando problemas. Y hesido yo el que ha encontrado la solución óptima, la que permitíaagilizar los trámites sin saltarse ningún procedimiento clave. Serápoca cosa, un detalle en el gran esquema, pero ha sido mi firma, mianálisis y mi propuesta la que ha desatascado el tema. Salí deltrabajo incluso contento. Con esa sensación extraña y agradable dehaber hecho algo útil por una vez.
En la parada del bus me esperaba Marta. Nada más acercarme vi ensus ojos que había dudas. Muchas. Así que, cuando estuve a unadistancia prudente para que nadie nos oyera, le solté directamente:
—Suéltalo.
Marta respiró hondo antes de hablar.
—Me ha llamado Irina. El ruso que conocíamos de Madrid quierehablar en persona contigo. Le he mandado a la mierda a esa rusadrogota. La muy bruta estaba con un colocón fenomenal. Me mandabaunos mensajes que casi ni se entendían. Al final he tenido quellamarla. Ha insistido mucho y he tenido que prometerle que te daríael número del ruso.
Me quedé sin saber qué responder. El estómago se me encogió degolpe. Vino el bus y nos subimos en silencio. Una vez sentados, Martame miraba con preocupación evidente. Yo le había contado con tododetalle lo que hice con ese ruso en la habitación del ático: elbeso negro, los dedos, la penetración, el 69… y la meada final.Teníamos miedo de que ahora, sobrio, quisiera vengarse. Por sentirsehumillado, violado o simplemente porque sí. Con esa gente nunca sesabe.
Hablando bajito, casi pegado a su oído para que el ruido delmotor tapara nuestras palabras, le dije:
—Después de comer le llamamos a ver qué quiere. Y a pocopeligroso que suene, le mandamos a la mierda.
Marta asintió despacio y pareció aliviada. Apoyó su cabeza unsegundo en mi hombro y susurró:
—Vale. Juntos.
El resto del trayecto en bus lo hicimos en silencio, cada unoperdido en sus pensamientos. Yo mirando por la ventanilla sin verrealmente el paisaje.
El recuerdo siguió llegando, esta vez más denso, más incómodo.
Comimos rápido pero abundante. Con la pasta que habíamos logradoel domingo ya no estábamos tan apurados económicamente y algúnlujo nos podíamos permitir. Comimos en casa, aún no nos habíadado tiempo de hacer la compra, pero no medimos cantidades como otros días. Eldomingo casi no comimos y hoy día de reresaca teníamos hambre.Mientras comíamos, el silencio entre nosotros se fue cargando decosas que no se decían. No pude aguantarme más.
—He recordado que el problema de las deudas en Barcelona no fuesolo por drogas —solté de golpe—. Fueron deudas de juego. Locual explica las actuales dificultades económicas de nuestrospadres. Ningún camello te da fiado más allá de un par de gramos.Si te comprometes a venderle merca y luego te la metes, puedes llegara deber un par de miles… y no recuerdo haber vendido otra cosa quemi cuerpo. ¿Sabes de lo que estoy hablando?
Por una vez en su vida vi cómo Marta se asustaba de verdad. Ensus ojos apareció un miedo auténtico, crudo, casi infantil. Perocasi al instante se recompuso, tomó aire y tomó una decisión. Sele notaba en la mandíbula apretada.
—Que no recuerdes ciertas cosas es fruto del tratamiento paradejar las drogas —dijo con voz baja pero firme—. Te hicieron untratamiento de hipnosis para que olvidaras ciertas cosas.
—¿Qué cosas?
—No te las voy a decir. Eso podría dañarte psicológicamente.El gurú que te trató dijo que las irías recordando cuando tuconciencia interior decidiera que era el momento de recordarlas y novoy a decir nada más de este tema.
—No me jodas.
Lo dije más fuerte de lo que pretendía, pero a Marta no lealarmó. Ella ya había tomado una decisión y la cumpliría hasta elfinal.
—Es por tu bien —respondió con calma—. Sabes que te quierocon toda mi alma y nunca te haría algo malo.
Eso me derrotó. Sobre todo por el tono cariñoso, casi maternal,con el que lo dijo. Además, yo sabía que era verdad. Me quedécallado unos segundos, removiendo la comida con el tenedor.
—Solo dime si puedes… No recuerdo haber sido jugador nunca entoda mi vida, y no creo que eso me lo pudieran hacer olvidar.
—Cierto, nunca has sido apostador —admitió—. En Barcelonapasaron muchas cosas. Aquellas que el gurú borró de tu memoria…las debes recordar tú solo.
El cariño con el que me hablaba me derritió por dentro. Eraimposible enfadarme con ella cuando usaba esa voz.
—¿Qué es eso del gurú? —pregunté, más suave.
—Pues un tipo que buscó mamá entre sus amistades hippies. Peroque por una vez funcionó.
—Vale, vale… no insistiré en que me ayudes a recordar —cedí—.¿Qué les has dicho sobre el dinero que les enviabas? ¿Has podidohacerlo?
—Sí, una transferencia con el móvil sin problemas. Ya les hallegado el dinero. En la sucursal tampoco me han puesto ninguna pega.A mamá le he dicho que hemos trabajado de putas vips.
Cuando dijo esto último me atraganté con el agua que estababebiendo. Tosí con fuerza, limpiándome la boca con la servilleta.
—¿No se te ocurrió otra cosa? ¿Qué dijo mamá?
—Mamá siempre me descubre cuando le miento, así que hepreferido decirle la “verdad”. Y solo ha dicho que espera queesta vez no transciendan videos.
—Mamá siempre práctica —murmuré, sacudiendo la cabeza.
Marta sonrió un poco, esa sonrisa pequeña y cansada queúltimamente le salía cuando la situación era demasiado surrealistaincluso para nosotros.
Una vez recogida la mesa, fregados los platos, barrido el suelo yestirada la cama, ya no pudimos posponer más la llamada al ruso.Antes de marcar decidimos que, si quería un encuentro en persona,iríamos los dos juntos y eso no iba a ser negociable. Marta se sentóa mi lado en el sofá, con el altavoz activado.
Marqué el número que Irina le había dado a Marta.
—Diga —contestó una voz grave, con acento marcado pero claro.
—Hola, amigo. ¿Reconoces mi voz?
—Da. Digo… sí.
Se produjo un pequeño silencio incómodo.
—¿En qué puedo ayudarte? Le has insistido mucho a nuestracomún amiga Irina.
—Sí. Quiero hablar contigo de lo que pasó el sábado cuandoestuvimos solos. Tengo muchas dudas. Pero quiero que lo hagamos enpersona.
—La conversación será en un lugar público, una cafetería porejemplo, y me acompañará mi hermana. Tú irás solo. Si te vemosacompañado, salimos corriendo.
—Por mí no hay problema. Decidme hora y lugar.
Le indicamos una cafetería céntrica que tenía grandescristaleras, luminosa y con mucha gente pasando. Quedamos a las 17:00h.
Llegamos puntuales. Él ya estaba allí.
El ruso de Madrid estaba sentado en una mesa junto a la ventana,con un traje oscuro bien cortado, camisa blanca y una corbata rojoburdeos. Tenía el pelo corto, con algunas canas en las sienes, y unaexpresión seria pero no hostil. En cuanto nos vio entrar se puso depie.

Era un hombre de complexión atlética, mandíbula marcada yojos claros que transmitían más inteligencia que violencia. Nos diola mano con firmeza, primero a mí y luego a Marta, un apretón secoy correcto.
Nos sentamos. Pedimos un café con leche cada uno.
Cuando el camarero se alejó, fui directo al grano:
—¿En qué podemos ayudarte?
—Tengo muchas dudas —dijo con voz baja y calmada—. Jamás mehe sentido atraído ni por hombres ni por transexuales, pero ahorasí. En realidad deseaba probar desde hace un par de años. ¿Mepodéis explicar qué me está pasando? ¿Me dejarán de gustar lasmujeres?
Había hablado con calma, casi en un susurro, se notaba que eraalgo que le preocupaba pero que tampoco le mataba. No parecía untipo atormentado, sino más bien reflexivo. Un jugador de ajedrez, noun matón de esquina.
—No te pasa nada —respondí—, o al menos no te pasa nadamalo. Apostaría que te van a seguir gustando las mujeres. No sé eltérmino científico exacto, pero está demostrado que los gustossexuales a lo largo de la vida pueden cambiar, que se puedeevolucionar. Eso puede incluir pasar de ser estrictamente hetero aser solo gay. O viceversa. Pero lo normal es quedarse en el ampliomundo de la bisexualidad.
Hizo más preguntas y entre Marta y yo intentamos responderle conhonestidad. Era un tipo muy inteligente, no muy educado formalmente,pero curioso y leído. La conversación derivó hacia temas másamplios: hablamos de literatura, de cine y de historia, todorelacionado de una forma u otra con la bisexualidad. Que si AlejandroMagno era bisexual, que si la moral judeocristiana había reprimidomucho, que si las drogas incitan a probar y rompen inhibiciones.
Ahí Marta captó una mirada que nos echó y decidió ser directa:
—Sí, nosotros empezamos a tener sexo inducidos por la droga ysí, somos hermanos.
El ruso no se inmutó. Solo asintió despacio, como si encajaraotra pieza más en su puzle mental.
La charla continuó amena. Cuando se acabaron los cafés nosinvitó a otro. Estuvimos un buen rato allí, hablando de todo y denada. Al final, con la taza ya vacía por segunda vez, nos miró alos ojos y dijo:
—Quiero volver a probar, pero esta vez estando completamentesobrio. Quiero sentirlo todo de forma auténtica. ¿Cuánto mecobras?
No me sorprendió la propuesta. De hecho, Marta y yo ya lohabíamos comentado como hipótesis probable.
—No somos putas de forma habitual —respondí—. Lo de ir aecharle una mano a Irina lo provocó que antes nos había regaladomedio gramo de coca. Si no hubiera sido por eso, no nos hubieraconvencido de ir.
Dejé que siguiera Marta. Ella siempre era mejor en estos momentosde negociación.
—Ya nos habíamos imaginado esta propuesta —dijo con calma—.No lo vamos a hacer gratis, pero tampoco vamos a cobrarte a tidirectamente. Delante nuestro harás una donación de 100 € aalguna ONG de atención a refugiados de guerra. Buscaremos un hotel eiremos los tres.
El ruso asintió sin dudar. Sacó el móvil allí mismo y, en unmomento, hizo la transferencia. ACNUR recibió un pequeño donativo.
Tras la donación buscamos un hotel cerca. Eso estuvo un poco máscomplicado porque San Sebastián suele rozar el 100 % de ocupaciónhotelera. Al final encontramos una suite en un hotel céntrico perodiscreto. El ruso no nos dejó ver cuánto pagó. Para nuestraseguridad, fuimos nosotros quienes elegimos el establecimiento; élsolo pagó cuando le indicamos el que nos pareció adecuado. Al seruna suite no había problema para alojarnos los tres. Le habíamosdejado claro que Marta venía conmigo. Si quería, participaría; siprefería que fuera una experiencia exclusivamente homosexual, Martano participaría. Se quedaría sentada pero dentro de la habitación.El ruso, en su estilo, lo aceptó sin más comentarios. Ni su tono devoz ni sus ademanes me dejaron entrever si eso le gustaba, lemolestaba o si estaba nervioso. Inescrutable.
En la recepción del hotel pusieron cara rara: ni llevábamosmaletas ni éramos un grupo normal. Dos españoles y un ruso. Nospidieron la documentación y la pasaron por un escáner dereconocimiento. Salió luz verde.
Entramos en la suite y Marta se sentó formalita en un sillón,sin decir nada.

Empezamos a desnudarnos los dos hombres.

Entonces, como si recordara algo, el ruso habló:
—¿Queréis coca? He traído un gramo. Yo no quiero, pero siqueréis está a vuestra disposición.
—No gracias —me salió así, sin pensarlo. Ni ganas, nitentación, ni nada.
Marta se sorprendió y dijo rápidamente:
—Yo tampoco quiero, gracias.
Me miró con una mirada que lo decía todo: estaba orgullosa demí.
Cuando estuvimos los dos completamente desnudos, el ruso se quedóparado, como si no supiera por dónde empezar. Decidí tomar lainiciativa. Me acerqué, le besé, le abracé y le acaricié laespalda. Respondió a mi beso con ganas, con intensidad. Fue unalucha de lenguas húmeda y profunda. Se le puso dura solo con eso, ya mí también. Es que yo me empalmo enseguida cuando estoy limpio desustancias.
—Quiero chupártela —dijo con voz ronca.
Se puso de rodillas y se la metió en la boca. Al principio fue unpoco torpe y tuve que guiarle con la mano en su nuca. Pero luegomejoró y noté que le estaba gustando de verdad. Tener una polla enla boca es muy placentero. Los gays y las mujeres me entenderán.
Tuve que decirle que parara o me correría demasiado pronto. Lelevanté, le llevé a la cama y le tumbé con las piernas abiertas.Me coloqué entre ellas y se la chupé yo a él. Pronto noté queestaba a punto de correrse, así que pasé a chuparle los testículosy luego le levanté las piernas y le comí el culo con calma. Leencantó. Gemía bajito, casi sorprendido por su propio placer.
—Métemela —pidió.
Marta se acercó sin decir palabra y me trajo un preservativo y unsobrecito de lubricante. Habíamos dejado claro que todo se haríacon condón y él había accedido. Me lo puse y también puse uncojín bajo su espalda para que el culo quedara a mejor altura. Concuidado le penetré. El lubricante y los dedos habían hecho sutrabajo, pero se notaba que era un culo neófito, casi virgen, porquecostó entrar. Aun así no perdió la erección en ningún momento.
Empecé a darle poco a poco y luego con más intensidad. En unmomento me atrajo hacia sí y nos besamos con mucha lascivia, perotambién con una ternura extraña. De repente dijo:
—Quiero probar otra postura.
—La que tú quieras. ¿Qué te apetece?
—Quiero cabalgar.
Me tumbé en la cama y él se puso en cuclillas sobre mí. Seempaló despacio al principio y luego empezó a cabalgar. Es unhombre en muy buena forma física: lo hizo rápido y profundo. Fui amasturbarle pero me apartó la mano. No hacía falta. Al rato decabalgar se corrió con fuerza. Soltó leche como un surtidor,salpicándome el pecho y la cara. Yo me corrí dentro del condóncasi al mismo tiempo. Una gota gruesa me cayó directamente en elojo. Rápidamente fui al baño a limpiarme. Es el peor lugar posiblepara que te caiga semen.
El ruso y Marta se rieron con ganas.
Nos aseamos pero no nos vestimos. Nos tumbamos los dos en la camay conversamos un rato. Yo quería saber qué tal se sentía.

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