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Relato cornudo : la casada ninfómana

Relato cornudo : la casada ninfómana
Mi nombre es Mariela. Tengo treinta y siete años, un hijo de siete que duerme plácidamente en su cuarto al fondo del pasillo y un marido llamado Alberto, de treinta y ocho, que en este preciso instante está conduciendo hacia las afueras de la ciudad para una estúpida reunión familiar que yo fingí no poder atender. “Me duele la cabeza, amor… creo que me estoy enfermando”, le dije con voz débil mientras le daba un beso en la mejilla y cerraba la puerta detrás de él. Mentira. Mi cabeza no dolía. Lo que me dolía era el coño, hinchado de tanto desear algo que Alberto nunca ha podido darme.
Desde que tengo memoria, mi libido ha sido un incendio que él apenas logra apagar con sus polvos rápidos y predecibles. Yo, en cambio, me corro pensando en vergas gruesas, en pollas que me abran, que me llenen hasta el fondo, que me hagan sentir puta de verdad. Tengo un cajón lleno de juguetes: dildos de quince centímetros, vibradores, plugs anales… pero nada se compara con lo que he visto en la pantalla de mi teléfono durante los últimos tres meses.
Se llama Javier. Cincuenta y cuatro años. Un señor mayor, casado también, con voz grave y sucia que me hace mojar las bragas solo con leer sus mensajes. Empezamos hablando de tonterías y terminamos enviándonos fotos y audios que harían sonrojar a una prostituta profesional. Yo le mandé todo: fotos de mis tetas enormes desbordando el sostén, de mi culo redondo y firme enfundado en jeans ajustados, de mi coño depilado y brillante de excitación. Él me devolvió lo que yo más anhelaba: imágenes de su verga. Negra, gruesa como el brazo de un niño, con una cabeza hinchada como un champiñón morado y brillante, venas marcadas que parecían cables. Cada foto me dejaba sin aliento. Me masturbaba mirándola, imaginando cómo me partiría en dos.
Y hoy, por fin, iba a suceder.
Eran las once de la mañana cuando sonó el timbre. El corazón me latió tan fuerte que creí que se me saldría del pecho. Me miré una última vez en el espejo del pasillo: el body de encaje marrón transparente que apenas contenía mis tetas pesadas, los jeans azules que se me clavaban en las caderas anchas y en el culo que tanto trabajo me ha costado mantener firme. El pelo corto con mechas rubias cayéndome sobre la cara, las gafas de montura fina que me dan ese toque de “mamá sexy e inocente”. Respiré hondo y abrí la puerta.
Javier no era guapo. Para nada. Piel morena oscura, casi negra, calvo en la coronilla, una barriga suave que se le marcaba bajo la camisa polo y manos grandes, ásperas, de trabajador. Pero cuando cerró la puerta detrás de él y me miró de arriba abajo con esos ojos oscuros y hambrientos, sentí que las piernas me temblaban.
—Joder, Mariela… eres más puta en persona —gruñó con esa voz ronca que ya conocía tan bien.
No dije nada. Solo sonreí, nerviosa y cachonda. Él dio un paso adelante, me agarró de la cintura con esas manos enormes y me besó. Su lengua era gruesa y sabía a cigarro y a café. Me apretó contra la pared del pasillo y yo gemí dentro de su boca, sintiendo ya cómo mi coño se empapaba.
—Quiero verla —susurré, desesperada.
Javier sonrió con malicia. Se bajó el cierre del pantalón allí mismo, en la sala, sin preámbulos. Y entonces la sacó.
Dios mío.
Era aún más grande de lo que parecía en las fotos. Gruesa, pesada, curvada ligeramente hacia arriba, con esa cabeza monstruosa que brillaba ya con una gota de precum. La piel oscura contrastaba con la mía más clara. La agarré con las dos manos porque una sola no alcanzaba a rodearla del todo. Pesaba. Ardía. Latía.
Me arrodillé sobre una silla sin pensarlo. Abrí la boca lo más que pude y la metí. Apenas entró la cabeza y ya sentí que me ahogaba. Era enorme. Saliva me chorreaba por la barbilla mientras intentaba tragarla más profundo. Javier me agarró del pelo corto y empujó con suavidad.
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—Así, mamita… chúpala como la zorra casada que eres.
Me atraganté. Lágrimas me corrieron por las mejillas, pero no me detuve. La saqué un momento para respirar, escupí sobre ella, la masturbé con las dos manos mientras lamía esa cabeza hinchada como si fuera un helado. El sabor era salado, masculino, prohibido. Mi coño palpitaba dentro de los jeans, empapando la tela del body.
—Quítate todo —ordené con voz ronca, poniéndome de pie.
Nos desnudamos allí mismo, en la sala donde mi hijo juega con sus carritos y donde Alberto ve el fútbol los domingos. Mi body cayó al suelo. Mis tetas grandes, pesadas, con los pezones duros como piedras, quedaron al aire. Javier se quitó la camisa y vi su barriga, su pecho velludo. No me importó. Solo quería esa verga dentro de mí.
Lo tomé de la mano —sus dedos callosos se cerraron alrededor de los míos— y lo arrastré por el pasillo hasta la habitación matrimonial. La nuestra. La cama donde Alberto me ha follado mil veces sin lograr nunca que me corra de verdad. Las sábanas blancas que yo misma lavé ayer. El crucifijo que cuelga sobre la cabecera.
Cerré la puerta detrás de nosotros.
Javier me empujó sobre la cama. Caí de espaldas, con las piernas abiertas. Mi coño estaba empapado, brillando, los labios hinchados y rojos. Él se arrodilló entre mis muslos y, sin decir nada, me abrió más con esos dedos gruesos. Dos entraron de golpe. Gemí fuerte, arqueándome.
—Estás chorreando, puta —gruñó—. ¿Tanto tiempo tenías ganas de una verga de verdad?
—Sí… por favor… métemela… —supliqué, con la voz quebrada.
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Él se colocó encima. Sentí la cabeza enorme presionando contra mi entrada. Empujó. Lentamente. Centímetro a centímetro. Me sentí morir. Era demasiado gruesa. Dolía. Y a la vez era el placer más sucio y delicioso que había sentido en mi vida. Grité. Le clavé las uñas en la espalda mientras él seguía entrando, abriéndome, llenándome hasta el fondo.
Cuando por fin la tuvo toda dentro, se detuvo un segundo, mirándome a los ojos.
—Ahora sí, Mariela… vas a saber lo que es que te cojan como se debe.
Y empezó a moverse.
Lento al principio. Profundo. Cada embestida me hacía rebotar las tetas. El sonido de su pelvis chocando contra mi culo llenaba la habitación. Mis jugos chorreaban por mis muslos. Le rodeé la cintura con las piernas y me dejé follar como la infiel que soy.
—Más fuerte… Javier… rómpeme… —gemí, mordiéndole el hombro.
Él aceleró. El cabecero de la cama golpeaba la pared. Mis gemidos se volvieron gritos. Me corrí la primera vez sin aviso, apretando su verga dentro de mí, temblando entera, sintiendo cómo mi coño lo ordeñaba.
Pero él no paró.
Me dio la vuelta, me puso en cuatro sobre la cama de mi marido y me la metió otra vez, más profundo aún. Me agarró del pelo, me arqueó la espalda y me folló como un animal. Sus huevos pesados golpeaban mi clítoris. Otra vez me corrí, gritando su nombre, llorando de placer.
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Y todavía no había terminado.
Se acostó de espaldas y me hizo subir encima. Me senté sobre esa verga monstruosa y empecé a cabalgarlo. Mis tetas saltaban, mis nalgas chocaban contra sus muslos. Él me pellizcaba los pezones, me daba nalgadas fuertes que me dejaban la piel roja.
—Dime que eres mi puta —gruñó.
—Soy tu puta… soy la puta de tu verga… Alberto nunca me ha follado así… nunca…
Me corrí por tercera vez, derrumbándome sobre su pecho, temblando, empapada en sudor y en mis propios jugos.
Javier me levantó se quito el condon , me puso de rodillas otra vez y me metió la verga en la boca. Estaba cubierta de mis fluidos. La chupé con desesperación, saboreándolo , hasta que él gruñó fuerte, me agarró la cabeza con las dos manos y me llenó la garganta con chorros calientes y espesos de semen. Tragué lo que pude. El resto me chorreó por la barbilla y cayó sobre mis tetas.
Me quedé allí, arrodillada en el piso de mi habitación matrimonial, con el coño palpitando, las piernas temblando y la boca llena del sabor de otro hombre.
Javier me miró desde la cama, sonriendo satisfecho.
—Esto apenas empieza, Mariela… —dijo con esa voz grave que me volvía loca—

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