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Jugando fuerte con mi hermana 33. Juegos rusos

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Jugando fuerte con mi hermana 33. Juegos rusos


No podía dormir. Otra vez.
Estaba tumbado boca arriba en la cama, con la luz de la mesilla apagada y solo el resplandor naranja de las farolas de la calle colándose por las rendijas de la persiana. A mi lado, Marta respiraba tranquila, dormida. Llevaba puesta únicamente una camiseta vieja mía, de esas grises y desgastadas del Athletic que le quedan enormes. La tela le cubría apenas los hombros y la parte alta de la espalda, pero el resto… el resto lo tenía todo al aire.
El culo perfecto, redondo, lleno de moretones recientes y marcas de mis manos, brillaba suave bajo esa luz tenue. Las piernas ligeramente abiertas, como siempre. Hacía muchos años su ginecóloga le había dicho que dormir sin bragas “ventilaba mejor” y ella selo tomó al pie de la letra. Yo llevaba maldiciendo a esa mujer desde entonces, pero en momentos como este… joder, prefería no pensar demasiado en la ginecóloga.


El móvil de Marta seguía iluminado sobre la mesilla. El mensajede voz de Irina aún flotaba en el aire como humo de cigarro barato.
«He dejado en casa a mi marido… Estoy con unos amigos. Tres hombres y yo. Son demasiados para mí sola. Vente, hay coca de sobra y pasta. Son tipos generosos.»
Marta había escuchado el mensaje dos veces, con esa media sonrisa suya que no sé si era de curiosidad o de vicio puro. Ahora estaba callada, mirando al techo con los ojos entrecerrados.
—¿Y tú qué piensas? —le pregunté en voz baja, girándome hacia ella. Mi mano descansaba posesiva sobre su nalga izquierda, acariciando distraídamente la piel caliente.
Marta suspiró.
—No sé… Me tienta. La tía es intensa, eso está claro. Y la coca que me pasó antes era de puta madre. Pero no me muero por ir. No es que me haga ilusión que me follen un montón de desconocidos mientras tú te quedas aquí solo.
Sonreí con amargura.
—Haz lo que te dé la gana, Marta. Siempre te voy a apoyar. Siquieres ir, ve. Si quieres que te acompañe aunque no me hayaninvitado… ya buscaremos la manera. Y si no quieres ir, tampoco pasanada. No necesito que me demuestres nada.
Ella giró la cara hacia mí. Sus ojos brillaban en la penumbra.
—¿Y tú? ¿Te jodería que fuera?
Antes de que pudiera contestar, sonó el tono especial del móvil. Ese pitido corto y grave que solo usamos para una persona.
El sargento.
Los dos nos incorporamos casi al mismo tiempo. Marta cogió su teléfono y yo el mío. El mensaje había llegado a los dos, simultáneo, como siempre que era algo serio.
“En dos minutos voy a veros. No contestéis a Irina.”
Nada más. Sin saludo. Sin explicación. Solo esa orden seca,militar, que no admitía réplica.
Marta me miró con las cejas levantadas.
—¿Qué coño ha pasado ahora?
—No lo sé —murmuré, pasándome la mano por la cara—. Pero si el sargento viene a estas horas un sábado… no es para felicitarnos el día del padre.
Me levanté de la cama completamente desnudo. La polla aún me pesaba, medio dura por el recuerdo de cómo habíamos follado hacía apenas una hora. Marta se quedó sentada desnuda, el coño aún hinchado y brillante de nuestros fluidos mezclados. No hizo ningún intento de taparse.
—¿Me pongo algo? —preguntó.
—Será mejor que si.
Escuchamos a dos personas subir por las escaleras. Pasos firmespor el pasillo. Dos golpes secos en la puerta.
Nos pusimos unas camisetas y unos pantalones cortos. Marta los suyos que tan bien le sientan y tan poco dejan a la imaginación, y yo los que suelo usar para correr.
Entró nuestro sargento con una cara de preocupación y ansiedad controlada que nunca le habíamos visto. Le acompañaba una mujer joven con un aire, un no se que, que haría pensar a cualquier español, que era una guiri.
Según entraba nos hizo el típico gesto de silencio, el dedo índice sobre los labios. La mujer no dijo nada, abrió un maletín que llevaba y sacó un interferidos de señales. Parecido al que usó el subdelegado del gobierno, pero más moderno y mejor. Cuando lo activó habló nuestro sargento.
—Solo voy a hablar yo. Mi acompañante solo se va a encargar dela parte técnica.
Se detuvo unos segundos. Ni Marta ni yo dijimos nada. Ya empezábamos a conocer a nuestro controlador y sabíamos que esas pausas eran para buscar la mejor forma de soltarnos la bomba.
Por fin continuó:
—La cuestión es que estamos colaborando con una agencia de inteligencia extranjera. Han tenido la amabilidad de avisarnos del operativo y yo he sido designado coordinador. Cuando Irina os ha mandado ese mensaje, lo hemos leído. Y nuestros “amigos” quieren que aceptéis la invitación. Y que llevéis allí un dispositivo. Cuando acabéis la función, que lo traigáis de vuelta.
Entonces la mujer sacó del maletín un tanga negro. Elegante, deencaje fino, de esos que nadie entiende cómo pueden costar tantapasta. Lo dejó sobre la mesa con cuidado, como si fuera de cristal.
El sargento siguió:
—No sé la parte técnica, pero ese dispositivo es y no es un micrófono. Nadie podría detectarlo buscando escuchas, pero la cuestión es que graba. Para oír lo grabado hay que tener el dispositivo físico. La idea es que este tanga quede cerca de los tipos que están allí reunidos y que, cuando os vayáis, lo recuperes. Por eso es tan elegante: para que sea “normal” que quieras recuperarlo.
Miré al sargento directamente.
—¿Por qué nos hablas en plural? La invitación es solo para Marta.
—Buena pregunta —contestó él—, pero no sé la respuesta. Nuestros amigos me han pedido expresamente que os envíe a los dos y que llevéis ese tanga. Que intentéis estar allí el mayor tiempo posible y lo traigáis de vuelta. Si os negáis a ir, no pasa nada. Pero si vais, estos señores que tienen mejor presupuesto que nosotros os darán 5.000 euros.
Marta y yo nos miramos.
Antes de que ella pudiera abrir la boca, pregunté:
—¿Es peligroso?
—No debería serlo. Esos rusos no quieren escándalos. En el peor de los casos os echarán de allí y nada más. Según lo que sabemos son financieros, no asesinos.
Marta ya no me dejó hacer más preguntas. Vi en sus ojos esachispa peligrosa, las ganas de liarla otra vez.
—Contad conmigo —dijo sin dudar, y cogió el tanga negro de lamesa con dos dedos, como si estuviera midiendo su peso.
Me resigné. Sabía que, dijera lo que dijera, Marta ahora iríaaunque fuera sola y pagando ella de su bolsillo. Esa mirada que teníaera innegociable.
—De acuerdo —dije, soltando el aire—. ¿Cuál es elsiguiente paso?
El sargento no dudó:
—Contestad a Irina que solo iréis si vais los dos. Dejad claroque no va uno sin el otro.
Marta agarró su móvil sin decir nada más. Sus pulgares volaronsobre la pantalla.
Marta: Me encantaría ir. Pero me da palo irsola. ¿Puede venir mi hermano?
Irina no tardó ni veinte segundos en contestar, como si hubieraestado con el móvil en la mano esperando.
Irina: ok, aquí hay un tipo que le gusta follarhombres. ¿Se dejaría dar por culo tu hermano?
Marta me miró. Yo asentí sin pensarlo dos veces. Si Marta iba ameterse en aquella mierda, no la iba a dejar sola. Dejarme dar porculo era lo de menos.
Marta: Mi hermano es versátil. Da y recibe, nohay problema con eso.
Irina: OK.
Irina: Pero igual os piden que folléis entrevosotros. ¿problema?
Marta ni siquiera dudó. Escribió directamente:
Marta: Ninguno.
Irina: ok, pero no digáis que sois hermanos.
Irina: venid elegantes, se supone que sois unasputas vips.
Irina: tu algún traje elegante y sexy, no comoesta mañana. No de pobre.
Irina: y tu hermano de traje y corbata.
Marta: Ok. ¿a qué hora y donde?
Irina: aquí en una hora como mucho. Mandoubicación gps.
El sargento miró la pantalla del móvil de Marta por encima de suhombro y asintió satisfecho.
—Bien. Ahora moved el culo. Tenéis menos de una hora para arreglaros y llegar. El dispositivo va en el tanga: Marta, te lo pones debajo de lo que vayas a llevar. Que quede visible pero elegante, como si fuera parte del juego. Cuando terminéis, recuperadlo y salid de allí lo más rápido posible sin levantar sospechas.
La mujer rubia, que seguía en silencio, le entregó a Marta una pequeña bolsita negra con el tanga ya preparado.
Marta lo cogió y se levantó del sofá. Se giró hacia mí con esa sonrisa peligrosa que conozco demasiado bien.
—Vamos a vestirnos, hermanito. Parece que esta noche vamos deputas de lujo.
Yo me pasé la mano por la cara, sintiendo cómo la mezcla de excitación, miedo y resignación me apretaba el pecho.
Marta sacó el único vestido que tenía que encajaba en lo que había pedido Irina. El mismo negro, ceñido y con la espalda descubierta que usó en su despedida de las amigas en Madrid. El traje que usaba a veces en el trabajo no era nada sexy, y todo lo demás eran vaqueros, blusas, jerséis, tops y leggins deportivos. Se puso el tanga negro con el dispositivo oculto y no se puso sujetador; realmente no lo necesitaba. Sus tetas se mantenían firmes y desafiantes bajo la tela fina.
Yo saqué mi traje oscuro, la camisa blanca y la corbata negra. Nada demasiado caro, pero elegante suficiente para no parecer un pringado.
El sargento y su acompañante se giraron discretamente mientras nos vestíamos. Fue un gesto que encontré ridículo. Nos mandaban a hacer de putas VIP y ahora se giraban para no vernos desnudos. Como si no nos hubieran visto ya en situaciones mucho peores.
Cuando terminamos de vestirnos y se giraron, la mujer rubia, sin decir una palabra, le hizo un gesto a Marta indicándole que se subiera el vestido. Por lo visto no se terminaba de fiar del todo de nosotros. Marta obedeció con su habitual falta de pudor: se levantó el vestido negro hasta la cintura, dejando a la vista el tanga elegante y sus tatuajes. La mujer examinó el dispositivo un segundo y, sin abrir la boca, hizo el gesto de pulgar hacia arriba.
Marta se maquilló un poco. Algo rápido pero acorde con la ropa: labios rojos intensos, eyeliner marcado y un toque de sombra oscura que le daba ese aire de puta cara que Irina había exigido. Se miró en el espejo del salón y sonrió de medio lado.
Llegó el mensaje de Irina con la localización. Lo abrimos en el móvil y vimos que estaba muy cerca. Apenas cruzar el bulevar y seguir un poco por una calle perpendicular. Un ático en uno de esos edificios modernizados con portería y seguridad, pero no demasiado lujoso como para llamar la atención.
El sargento nos dio las últimas instrucciones, hablando en voz baja:
—Id caminando. Si veis gente sospechosa, haced como que no veis nada. Pueden ser gente de los nuestros o de los suyos. Vigilancia y contravigilancia, y esas cosas. No os hagáis los listos. Entrad, haced lo que tengáis que hacer, recuperad el tanga y salid. Cinco mil euros os esperan si lo traéis limpio. Y sobre todo… no os metáis nada que no sea necesario. Ni una raya de más.
Miré a Marta. Ella ya estaba cogiendo un pequeño bolso negro donde metió el móvil, un pintalabios y condones. Sus ojos brillaban con esa mezcla de excitación y adrenalina que tanto me preocupaba.
—Vamos —dijo ella, ajustándose el vestido sobre las caderas.
Salimos todos del apartamento pero en el portal nos separamos, ellos nos dejaron salir primero y se quedaron allí.
—Pareces una escort de lujo —murmuré.
—Y tú pareces mi chulo caro —contestó ella con una sonrisa torcida—. Qué bonito, ¿verdad?
El aire de la noche era fresco. Caminamos uno al lado del otro hacia el bulevar, el vestido negro de Marta marcando cada curva y sus tacones resonando en la acera. Marta le mandó un mensaje a Irina avisando le que en 5 minutos estábamos en el portal.
Yo sentía el nudo en el estómago apretarse más con cada paso.
Joder… otra vez estábamos metiéndonos en la boca del lobo. Yesta vez, con público ruso y un tanga espía de por medio.
Cuando llevábamos caminando un par de minutos, dimos la mano. Esta vez no nos la soltamos. Íbamos caminando por la acera como una pareja cualquiera, yo con mi traje oscuro y ella con ese vestido negro ceñido que le marcaba cada curva. 

rusos


El atardecer teñía lascalles de tonos cálidos y las luces de las farolas ya empezaban aencenderse. No paraba de pensar en qué lío nos habíamos metido. Sumano estaba caliente y firme en la mía, y por un momento casiparecía romántico… si no fuera porque íbamos de camino a unaorgía con rusos, un tanga espía y cinco mil euros de por medio.
Llegamos al portal y, cuando íbamos a tocar el timbre, nos abrióun tipo con pinta de escolta: alto, ancho de hombros, traje negro yauricular en la oreja. En un español con fuerte acento extranjeronos dijo:
—Si sois los amigos de Irina, decidme vuestros nombres. Si no losois, largo de aquí.
Le dijimos nuestros nombres. Nos miró de arriba abajo un segundoy señaló el ascensor con la cabeza.
Subimos. Al salir del ascensor vimos una puerta abierta. Entramosy allí había otros dos tipos con el mismo aspecto de seguridad.
—Por favor, los móviles y cualquier otro dispositivo degrabación —dijo el primero.
Sacamos nuestros móviles. El segundo añadió:
—Apáguenlos, por favor.
Lo hicimos y nos señaló una caja. Había varias de esas cajasFaraday, de las que evitan que alguien pueda activar los móviles enremoto. Metimos los nuestros y les pusieron una etiqueta con nuestrosnombres.
Luego sacaron un dispositivo de detección de micrófonos y nos lopasaron por todo el cuerpo. No pitó. Nos dejaron pasar.
Allí estaba Irina.

amor filial


Llevaba una camisa blanca de hombre abierta hasta el ombligo, sinnada debajo. Sus tetas grandes y firmes quedaban completamente a lavista, con los pezones rosados y duros destacando contra la telablanca. Una falda negra corta completaba el look. Estaba de pie juntoa una mesa, con una sonrisa confiada y peligrosa, y a su lado habíauna caja abierta con varios gramos de cocaína perfectamente cortadaen rayas.
Nos hizo una seña con la mano para que nos acercáramos yesnifáramos. Marta y yo lo hicimos. Era una coca cojonuda: limpia,potente, que te subía directamente a la cabeza y te dejaba la bocaanestesiada con ese gusto amargo tan característico.
También vi unas pastillas azules en un platito.
—Si quieres una de esas pastillas, tómatela ahora —dijo Irinamirándome.
No entendí por qué tenía que ser ahora, pero lo hice. Ya me había costado correrme la última vez y no quería tener un gatillazo delante de esta gente.
Entramos a un salón amplio y lujoso. Allí estaba un tipo que notenía precisamente pinta de financiero: grande, calvo, tatuado, conuna mirada fría y calculadora.
—Da, da, da… —gruñó el jefe ruso, señalándo a Marta.
Irina tradujo con una sonrisa:
—El jefe no habla casi español, yo haré de traductora. Perocreo que te has dado cuenta de que le has gustado. Desnúdate.

mafioso


Marta no esperó órdenes. Se quitó el vestido negro por la cabeza quedando solo con el tanga. El ruso hizo un gesto con la mano para que se lo quitara también. Marta se lo bajó por las piernas y se lo arrojó al jefe. Él lo cogió al vuelo, se lo llevó a la nariz y lo olió con placer.
Entonces entraron otros dos rusos, también a medio vestir. Uno era joven, de unos veinte años, delgado y con cara de niño malo. El otro… el otro podía ser el desastre.
Era el tipo al que le compramos la droga en Madrid, precisamente en la fiesta donde Marta había usado el mismo vestido que ahora acababa de quitarse.
El ruso que conocíamos nos miró y nos reconoció al instante. Sus ojos se entrecerraron un segundo, pero no dijo nada. El joven me miró de arriba abajo y habló en ruso, una frase larga y rápida. Irina tradujo más o menos, porque el chico había soltado bastante texto.
—Carlos, desnúdate y date la vuelta. Quiere ver tu culo.
Había un soporte para perchas en una esquina del salón y en varias de ellas colgaban las chaquetas y camisas de los rusos. También un sujetador negro que supuse era de Irina. Fui dejando mi ropa allí, pieza por pieza. Marta aprovechó y también dejó su vestidito negro. Lucía magnífica completamente desnuda, con todos sus tatuajes a la vista, los piercings en los pezones brillando bajo la luz y esos zapatos de tacón alto que le hacían las piernas aún más largas y el culo más redondo y provocador.
Yo hice lo que me habían pedido. Me giré, me inclinéligeramente hacia delante y me abrí los glúteos con las manos. Eljoven ruso dijo algo que obviamente no entendí, pero que sonóclaramente a aprobación.
Irina sonrió y tradujo:
—El primer polvo va a ser individual. Luego volveremos a estesalón y habrá que darles un buen espectáculo antes del segundopolvo.
El ruso más adulto se levantó, cogió a Marta de la mano y se la llevó hacia una de las habitaciones. El joven se acercó a mí, me cogió de la mano y me llevó hacia otra puerta. Pero antes de entrar, el ruso que conocíamos de Madrid se acercó por detrás y me habló al oído, en voz baja y rápida:
—No sé qué coño pasa aquí. Irina ha dicho que eres el novio de la chica, pero en el spa dijo que erais hermanos. No sé la verdad ni me importa, pero por el bien de todos no le digáis ni al viejo ni al joven que sois hermanos.
El joven puso cara rara, pero el otro le dijo algo en ruso que debió convencerle, porque no insistió más.
Me llevó a un dormitorio amplio. En cuanto cerró la puerta se me echó encima y me besó con voracidad, casi con hambre. Al mismo tiempo se iba desnudando con movimientos rápidos. Me hizo poner de rodillas delante de él. Su polla ya estaba empezando a ponerse dura. Me dediqué a chupársela usando todo lo que había aprendido en Barcelona. Y dio resultado. Se le puso bien dura, gruesa y venosa.
Por gestos me indicó que me pusiera a cuatro patas al borde de la cama. Dije “condón”. Él contestó seco:
—Niet. Condón no.
Y me la metió de una. No fue nada delicado. El único lubricanteera mi saliva. Pero tampoco me dolió demasiado. Entró hasta elfondo de un empujón y empezó a follarme con fuerza. Se corrióenseguida, gruñendo algo en ruso mientras me llenaba el culo.
Se salió, se fue al baño de la habitación y al poco salió señalándome que fuera yo. Entré y usé el bidé. Me palpé el culo con cuidado. Todo estaba bien: ni sangre, ni fisuras, solo un poco de leche escurriendo. Salí y él estaba tumbado en la cama, desnudo y relajado. Se había puesto una raya de cocaína perfecta sobre su polla aún medio dura.
No hizo falta que me dijera nada. Me acerqué, esnifé la raya directamente de su polla y luego empecé a chupársela otra vez. Esta vez tardó más en ponerse dura. Quise tocarle el culo, pero me apartó la mano con fuerza.
—Niet, niet —dijo.
Cuando la tuvo completamente dura me miró y dijo en un ingléscon mucho acento:
—Vaquero.
Fui a meterme su polla mirándolo de frente, pero me hizo girarme. Quería que yo estuviera de espaldas, mirando hacia sus pies. Me la metí despacio y empecé a cabalgarlo. De vez en cuando me daba azotes fuertes en el culo. Después de un rato cabalgando, me abrazó por la espalda, me tiró hacia atrás contra su pecho y me penetró como una máquina mientras me besaba la nuca y me tocaba y pellizcaba los pezones con fuerza. Yo estaba completamente erecto, rozándome contra la cama. Lo estaba disfrutando más de lo que quería admitir, pero justo cuando empezaba a notar que podía llegar al orgasmo, él se corrió otra vez con un gruñido gutural y me llenó el culo de leche caliente.
Se salió, se levantó y se fue al baño sin decir nada.



Me quedé tumbado en la cama un par de minutos mientras el ruso se limpiaba en el baño. Todavía sentía el calor de su leche escurriéndome por dentro. De repente entró Irina, completamente desnuda. Su cuerpo era una puta escultura: tetas grandes y firmes ,cintura estrecha y un coño perfectamente depilado. Habló en ruso con el joven, riéndose, y luego se dirigió a mí:
—Dice que la chupas muy bien, pero que tienes el culo tan roto que siente poco. Que la próxima vez busque un puto no tan puto.
Se rio con ganas y continuó:
—Límpiate el culo y ven al salón.
El joven ruso salió desnudo del baño y se puso unas zapatillas de casa como si estuviera en su propia cocina. Yo entré al baño y volví a limpiarme el trasero con cuidado. Joder, el tío no aguantaba mucho follando, pero era lechero de cojones.
Cuando salí al salón, los tres hombres estaban sentados en elsofá grande, hablando en ruso entre ellos. No entendí ni unapalabra, pero por las risas y los gestos parecía que estabandescribiendo con todo detalle lo que nos habían hecho. Marta e Irinaestaban sentadas en el suelo, sobre la alfombra. Irina me señaló elsitio entre ellas dos.
Me senté. Marta quedó a mi izquierda e Irina a mi derecha. Estaúltima se acercó a mi oído y susurró:
—Para ellos es una especie de forma de marcar la jerarquía. Lasputas no se sientan con ellos en el sofá… se sientan a sus pies.
Irina nos pasó la caja con cocaína. Los tres esnifamos una rayagenerosa. Ellos tenían otra caja en la mesa y también esnifaban devez en cuando. Irina nos pasó unos botellines de agua fría. Losrusos bebían de vasos con vodka que tenían sobre la mesa.
Así estuvimos un rato, en silencio relativo, solo roto por lasconversaciones en ruso y alguna risa.
Hasta que el jefe apagó las luces principales y un foco blancoiluminó directamente a Marta. Había otras luces de colores, comolas de una discoteca barata. Irina sonrió y le dijo:
—Baila. No importa que no lo hagas bien, pero menea el trasero ylas tetas.
Le fueron poniendo diferentes canciones que iban cambiando cada poco. Marta hizo un buen espectáculo: perreando, moviendo las caderas, agachándose y levantándose, sacudiendo el culo y lastetas. Empezó a sudar y eso la hizo verse aún más atractiva, con la piel brillando bajo el foco.
El joven se acercó y le tiró medio botellín de agua por la cabeza. Marta siguió bailando como si nada, ahora empapada. Luego cogió un hielo de uno de los vasos y lo acercó a un pezón de Marta. Obviamente se le puso duro al instante. El joven se lo chupó con ganas. Después hizo ponerse de pie a Irina y repitió la jugada: hielo en el pezón y luego chuparlo. Y por último lo hizo conmigo. Se rio con fuerza. A los otros dos rusos les debió parecer muy gracioso, porque también lo repitieron, aunque solo con Irina y Marta.
Luego el juego degeneró rápido.
Empezaron a pasar hielo por todas las partes del cuerpo de Marta y de Irina, chupando allí donde lo ponían. Les metieron hielos en la vagina y en el culo. El joven se centró en mí: me metió un hieloen el culo, lo sacó y me lo hizo chupar. El sabor era raro, mezcla de mi propio culo y agua fría.
Después nos pusieron a los tres de rodillas y nos fueron haciendo chupar sus pollas. Al principio yo solo se la chupaba al joven, pero este les dijo algo en ruso y los otros dos también quisieron que se la chupara. Les costaba empalmarse del todo, pero al final lo lograron, aunque no estaban tan duros como antes.
El jefe hizo levantarse a Irina y se la llevó a una habitación. El joven se llevó a Marta a otra. El ruso que conocíamos de Madrid se quedó mirándome con cara de “¿qué hago yo contigo?”. Al final me hizo señas con la cabeza para que lo siguiera.
Noté que el ruso estaba en ese punto del colocón mezcla de cocaína y alcohol en el que se quieren probar cosas nuevas, en el que se pierden los prejuicios. En cuanto cerró la puerta se volvió y me besó. Con ternura, casi con timidez al principio, pero fue ganando confianza y el beso se volvió lascivo, profundo, con lengua.
Paró un momento, respirando agitado, y me dijo en voz baja:
—Abrázame… tócame.
Eso hice. Fui bajando mis manos por su espalda hasta sus durosglúteos. Le gustó. Acerqué mis dedos a su asterisco y le gustóaún más. Soltó un gemido ronco.
—Chúpamela.
Me puse de rodillas y se la chupé con ganas. Seguí estimulándoleel ano con los dedos. Apretó el culo.
—Si me dejas meterte un dedo te va a gustar —le dije.
—Vale… pero no se lo digas a nadie.
Pero no se relajaba, así no había manera. Además estabaperdiendo la erección.
—Vamos a cambiar de posición —le dije.
Le hice tumbarse en la cama con las piernas abiertas. Volví achuparle la polla y los testículos. Luego le hice levantar laspiernas. Parecía que no quería, pero insistí:
—Confía en mí, te va a gustar.
Se puso en posición de pollo asado. Le hice un beso negroprofundo que le encantó, porque se le puso durísima al instante.Volví a chuparle la polla al mismo tiempo que le metía un dedo porel culo.
—Más… quiero más —gruñó.
Le metí otro dedo y seguí chupando. Empecé a follarle con losdedos.
—Más… quiero más.
Le metí tres dedos y al poco me llenó la boca de leche espesa.En ese momento me agarró la cabeza con fuerza y dijo:
—Traga, puta, traga.
Y lo hice. Tragué todo.
Estaba agitado, respirando fuerte. Me dijo:
—Ven, túmbate a mi lado.
Y de repente me besó. Tierno y lascivo al mismo tiempo.
—¿Te has corrido? —preguntó.
—No.
—¿Qué puedo hacer?
Ahí me di cuenta de que este ruso quería probar más cosas. Perono sabía hasta dónde podía llegar. Empecé de a poco.
—¿Me masturbas?
Bajó la mano y empezó a masturbarme. No lo hacía mal. Pero,como me imaginaba, se escurrió por la cama hasta quedar más cercade mi polla. Siguió masturbándome mientras la miraba fijamente.
—¿Quieres darle un beso? —le pregunté.
No lo dudó. Le dio un beso, luego otro, y luego se la metióentera y empezó a chupar. Brusco, me hizo daño con los dientes. Lefui indicando cómo hacerlo, más suave, con los labios, usando lalengua. Le debió resultar todo muy morboso porque se le volvió aponer dura.
Se la agarré y le masturbé mientras me la chupaba cada vezmejor.
—¿Hacemos un 69? —propuse.
No dijo nada, pero se puso encima. Se la chupé y también lechupé el culo, volviendo a meterle dedos. Cuando ya llevaba tres ledije:
—Que te metan la polla es mejor que los dedos.
Se detuvo un segundo.
—¿Quieres probar?
—¿Cómo me pongo?
—De cucharita es lo mejor.
Y así nos pusimos. En las mesillas había condones que nadieusaba y sobres de lubricante. Cogí dos, le di uno y me puse yo. Lopensé y le pregunté:
—¿Me pongo un condón?
—No… en mi primera vez quiero sentirlo todo.
Poco a poco se la metí mientras le besaba la nuca y le acariciabatodo el cuerpo. Le pellizcaba los pezones suave. Nunca perdió laerección. Cuando ya le estaba dando a buen ritmo fui a masturbarle,pero me apartó la mano.
—Sigue… sigue.
—Más rápido… quiero más.
Y así le di. Estaba a punto de correrme cuando él se corrióprimero, apretando el culo con fuerza. Yo me corrí dentro de él.
—Córrete dentro… préñame —gruñó.
Y eso hice.
Se volvió y me besó otra vez. Me llevó de la mano al baño, nosmetimos en la ducha y nos enjabonamos mutuamente, con calma, casi concariño. De repente me vinieron muchas ganas de mear.
—Voy a mear —dije.
—Méame —contestó.
Se puso de rodillas. Apunté con mi polla a su cara y él asintió,abriendo la boca. Le pegué una buena meada. Creo que incluso tragóun poco de orina.
Volvimos a enjabonarnos y lavarnos bien. Nos secamos y nos pusimosunos albornoces blancos que había en el baño.
Fuimos al salón. Por el camino me dijo en voz baja:
—Voy a decir a mis amigos que me la has chupado y luego te hefollado el culo. Por favor, no digas otra cosa. No sería bueno paranadie.
En el salón volvimos a adoptar las mismas posiciones que en el descanso anterior. Pero esta vez se notaba que todos estábamos más colocados y borrachos. La coca y el vodka habían hecho su trabajo. Volvimos a esnifar: ellos de su caja, nosotros de la nuestra. Marta estaba como yo, con un albornoz blanco puesto, pero Irina seguía completamente desnuda. Estaba muy sudada y olía a sudor químico, a sexo y a algo más que me resultaba familiar pero no terminaba de identificar.
Con el valor que te da el colocón me atreví a preguntarle en voz baja:
—¿Por qué no te has duchado?
Irina sonrió con amargura.
—Porque al jefe le gusta humillar así. No me ha dejado. Metienen preparado algo. Será desagradable. No os hagáis los héroesy participad de lo que me hagan. Seguro que me han hecho cosaspeores.
El jefe dijo algo en ruso y los tres se levantaron. Irina tradujo:
—Vamos todos.
Fuimos al baño principal. Irina se metió en la bañera y setumbó. El jefe se acercó primero y le orinó encima sinmiramientos. Apuntó especialmente a la cara, a las tetas y al coño.Luego lo hizo el joven y, por último, el que conocíamos de Madrid.Se reían como locos, como colocados que estaban.
El de Madrid nos miró y dijo:
—Mearle vosotros también.
Marta no se lo pensó. Levantó una pierna que apoyó en el bordede la bañera y le pegó una buena meada. Yo casi no tenía ganas,pero algo salió. Todos nos reímos de las caras que puso Irina. Enrealidad estaba haciendo teatro; se notaba que ya había pasado poresto antes.
No le dejaron lavarse. El joven sacó un secador de pelo y lo pasópor todo su cuerpo. La orina se secó sobre su piel, dejando una capabrillante y pegajosa.
Le hicieron salir de la bañera. Volvimos al salón y allí pusieron las luces de discoteca y obligaron a bailar a Irina. Lo hacía muy bien, moviéndose con ritmo a pesar de todo. Organizaron una especie de concurso de baile entre Marta e Irina. Al poco las dos sudaban. Irina apestaba a distancia. Ellos ponían caras de asco y se reían.
Pararon la música pero dejaron las luces de colores girando. Estuvieron discutiendo en ruso un buen rato. Por fin Irina nos habló. Su tono había cambiado por completo, aunque se contuvo porque uno delos rusos sí sabía español:
—Ahora quieren que me chupéis todo el cuerpo, que me hagáis correr entre los dos. He negociado y esta guarrada os la van a pagar muy bien, pero no os neguéis. Se pueden poner violentos.
Marta y yo nos miramos y asentimos. En Barcelona habíamos hechocosas peores, pero no mucho peores.
Nos acercamos a Irina y la besamos los dos. Hicimos un beso de tres, húmedo y sucio. Luego le chupamos las tetas: Marta por la derecha, yo por la izquierda. Fuimos bajando por todo su escultural cuerpo. Sabía salado, pero aguantable. Llegamos a su coño y se lo chupamos entre los dos, besándonos mientras lo hacíamos. Irina estaba muy cachonda; era una fuente.
—Quieren que me chupéis el culo y los pies —dijo Irina con voz ronca.
Marta fue a su culo y yo seguí con su coño. Luego bajamos a chuparle los pies. La verdad es que le olían fuerte.
—Ahora quieren que me tumbe y tú me penetres mientras Marta sepone de tal manera que yo le chupe el coño. También quieren quehagáis lo que podáis entre vosotros.
Así nos pusimos. Marta tenía cara de loca colocada; supongo queyo tendría una parecida. Yo le daba fuerte a Irina y besaba a Marta.Les tocaba las tetas a las dos. Era una gozada poder compararlas: lasde Marta más firmes y con piercings, las de Irina más grandes ypesadas. Con las corridas previas y la coca me estaba costandocorrerme, pero era tan morboso que cuando vi cómo Marta hacía unsquirt en la cara de Irina y cómo esta se corría también, me corríyo dentro de ella.
En ese momento nos ducharon con champán y se reían como locos.
Aún estábamos recuperando el aliento cuando el ruso dijo algo ehizo señas de que nos fuéramos.
Irina, con voz cansada:
—Y ahora la humillación final. Quieren que tal y como estamosnos vistamos y nos vayamos a la carrera. No discutáis, ahora es elpeor momento. La fiesta ha acabado y eso les cabrea.
Marta fue casi corriendo a por su tanga, se lo puso y volvió al perchero. Nos vestimos a toda prisa. Nos metían prisa: “Davai, davai”, repetían.
Salimos del salón y los de seguridad nos dieron los móviles y un buen fajo de billetes. Irina les dio un billete de 100 a cada segurata y nos fuimos.
En el ascensor todos olíamos mal, pero Irina apestaba. Inclusoempezó a llorar en silencio.
—Me habían dicho que eran unos financieros… una mierda. Son putos mafiosos, joder.
No supe qué decir. Le hice señas a Marta de que no dijera nada. Con el colocón que llevaba le podía dar por buscar pelea.
Al salir del portal nos separamos. Irina se fue en un coche negroque la esperaba.
En el portal de casa nos esperaba el sargento y su acompañante.Allí mismo, en la entrada, Marta se quitó el tanga y se lo dio. Nodijimos nada y ellos tampoco. Subimos por las escaleras procurando nohacer ruido. Era de madrugada.
El resto del domingo fue un día de resaca asquerosa: dolor de cabeza, boca pastosa, culpa y un cansancio que no se iba ni conducha. Y aquí estoy, en la cama, con Marta durmiendo a mi lado, intentando dormir porque mañana hay que trabajar.
No puedo dejar de pensar en todo lo que ha pasado. En el ruso queme folló y al que follé. En Irina llorando en el ascensor. En elfajo de billetes que ahora está escondido en el cajón. Y sobretodo, en que otra vez nos hemos metido hasta el cuello en algo quehuele muy mal.
Joder… ¿hasta cuándo vamos a poder seguir así?

Incesto hermano y hermana
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1 comentarios - Jugando fuerte con mi hermana 33. Juegos rusos

metalchono +1
Pues sí, empatizo con Caco: es un tira y afloja constante. Están al borde de la ley y los tienen de conejillos de indias. Y lo que es peor, es que no pueden confiar en nadie y tampoco han podido planear un escape.
locodantra
El escape era hacerse funcionarios, tener un trabajo fácil y un sueldo fijo. Pero ni así. El pasado les persigue.