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Jugando fuerte con mi hermana. 32. Sexo en el aseo.

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Jugando fuerte con mi hermana. 32. Sexo en el aseo.


Domingo 22 octubre 2025, casi las once y media de la noche.
Estoy tumbado en la cama, con la luz apagada y solo el brillo frío de la farola de la calle colándose por la ventana sin cortinas. Marta respiraba tranquila a mi lado, boca abajo, con una de mis camisetas viejas y con el culo al aire. El monoambiente está en silencio, salvo por el zumbido lejano de la nevera y algún coche que pasaba de vez en cuando por voulevar.
No conseguía dormirme. La cabeza me iba sola al fin de semana que acababa de terminar, y cuanto más lo recordaba, más se me empezaba a poner dura otra vez. Joder, qué vicio.
El sábado por la mañana había decidido portarme bien. Noté una micro-lesión rara en la pantorrilla derecha después de las series de potencia, y pensé que lo más inteligente era descansar. Nada de correr. Me quedé en casa.
Marta, en cambio, no perdonó ni un día. Se levantó temprano, se puso las mallas negras ajustadas, las zapatillas y se fue con el viejo chándal gris metido en la mochila. Me dio un beso rápido en los labios antes de salir y me dijo sonriendo:
—Hoy corro, luego pruebo eso del taichí que vi en un cartel, y vuelvo. No te aburras mucho sin mí, hermanito.
La vi marcharse contoneando ese culo que me vuelve loco, y me quedé solo en el estudio.
Al principio intenté seguir durmiendo, pero al rato me harté de dar vueltas. Me levanté, me puse música bajita y empecé a hacer limpieza general. Barrí todo el suelo (que falta le hacía), fregué con lejía y pasé el trapo hasta que el microapartamento olió más a limpio que a sexo y sudor acumulado. Mientras limpiaba, pensaba que ya había tenido suficiente mugre en Barcelona. No quería volver a vivir como un cerdo otra vez.
Pero justo cuando estaba escurriendo el trapo, me vino el puto pensamiento:
«Un paseíto de speed… o un tirito de coca… me vendría de lujo ahora mismo para no aburrirme limpiando.»
Me quedé congelado, con el trapo en la mano. El corazón me dio un vuelco. ¿De verdad acababa de pensar eso? ¿Después de todo lo que había pasado? Me asusté de mí mismo. Tanto que solté una risa nerviosa y estúpida en medio del salón-cocina-dormitorio.
«Estás jodido, Carlos», me dije en voz baja.
Marta llegó a casa pasadas las 12, con las mejillas coloradas y el pelo un poco húmedo por el esfuerzo. Entró quitándose las zapatillas de un par de patadas y me miró con esa sonrisa pícara que siempre me desarma.
—Lo del taichí… una mierda, la verdad —dijo mientras se quitaba la sudadera—. Es para gente mayor como tú, hermanito. Movimientos lentos, respirar, equilibrio… yo necesitaba sudar de verdad.
Me reí desde la cama que nos hace también de sofá.
—Nos llevamos seis años, listilla. Tampoco soy un viejo.
—Pues a veces te comportas como si tuvieras cincuenta —me soltó, guiñándome un ojo.
Los dos nos reímos. Esa broma de la diferencia de edad siempre había sido un clásico entre nosotros.
Mientras ella se duchaba, yo terminé de recoger lo poco que quedaba. Después me duché yo. Nada de tonterías bajo el agua: en este microapartamento de mierda, si follamos en la ducha acabamos con medio baño inundado y agua hasta el techo. Mejor ahorrarnos el drama.
Nos vestimos para la cita de txikiteo con el marinero. Informal total. Yo me puse unos vaqueros oscuros y una camisa a cuadros roja y negra, bien ceñida. Marta se puso unos vaqueros ajustados y una camiseta beige sencilla que le marcaba el pecho de esa forma que tanto me gusta.
Nos miramos un segundo y los dos sonreímos. Parecíamos una pareja normal… aunque no lo fuéramos.
Mientras terminábamos de prepararnos, Marta comentó quitándole importancia:
—Oye, no hace falta que se de tanta importancia a lo del marinero. Solo evité que se cayera al agua cuando se resbaló en el muelle. Tampoco fue para tanto.
—Estaba yo al lado y no reaccioné —le contesté mirándola a los ojos—. Tú sí. No te quites mérito, joder.
Me acerqué y le cogí la cara con las dos manos.
—Estoy muy orgulloso de ti. De cómo eres, de cómo te comportas, de lo que haces. Y además… te quiero.
Marta se quedó callada un segundo, con esa mirada intensa que pone cuando se emociona pero no quiere llorar.
—Yo nací adorándote, Carlos. Siempre te he querido. Nunca he sentido otra cosa por ti. Parte de mis rebeldías adolescentes fue por el desdén que sentía que me tenías… pero eso ya pasó. Ahora soy feliz así. Contigo. Y cuando cobremos el primer sueldo de funcionarios… la cosa va a ser perfecta. O casi.
Nos reímos los dos, un poco cortados, y nos dimos un beso suave antes de salir.
Caminamos hacia el puerto. Por un momento, sin pensarlo, fuimos de la mano. Apenas cincuenta metros. De repente nos dimos cuenta, nos soltamos rápido y nos miramos sonrojados como dos idiotas.

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—Joder… —murmuré—. Demasiada gente sabe que somos hermanos como para ir haciendo esto por la calle.
Marta soltó una risita nerviosa y asintió.
En el puerto nos encontramos con el marinero. Venía acompañado de una señora gordita, de unos 55 años, con pinta muy vasca: pelo negro muy bien peinado, cara redonda y ojos vivos. Los dos iban informales, vaqueros y camisa a cuadros él, y ella con una blusa y jersey similar al estilo de Marta.
El marinero fue el primero en hablar, señalándonos con una sonrisa:
—Ni que nos hubiéramos puesto de acuerdo con la ropa, coño.
Hizo las presentaciones:—Ella es mi mujer, Miren.
Miren se acercó directamente a Marta, la besó en las mejillas con cariño y la abrazó fuerte.
—Muchas gracias por salvar al torpe de mi marido —dijo con acento vasco marcado—. Que además solo tengo uno, ¿eh?
Todos nos reímos menos el marinero, que tardó un segundo en pillar el chiste y luego soltó una carcajada gruesa.
Mientras esperábamos en el puerto, me picó la curiosidad y le pregunté directamente al marinero:
—Oye, llevo oyendo hablar del txikiteo desde que llegamos a Donosti y todavía no tengo ni idea de qué va exactamente.
El hombre soltó una carcajada ronca, de las de toda la vida.
—Tampoco es para tanto, chaval. No es ninguna ciencia. Consiste en juntarse los amigos o la familia y, a modo de aperitivo, comida o cena, ir de bar en bar. En cada uno tomas algo de beber —vino o cerveza, pero en vaso pequeño— y un pincho. Cada ronda paga uno del grupo. Pero tranquilos, hoy estáis invitados.
Miren puso los ojos en blanco con cariño.
Enseguida añadió:—En un rato vendrán mis hijos con sus mujeres y los niños. Seremos diez adultos y tres chiquillos. Así que no nos vamos a tomar diez vinos, porque acabaríamos como cubas.
Miren le interrumpió sin poder evitarlo:
—Tú sí que te los tomarías, ¿a que sí?
—Déjame continuar y terminar de explicar, cariño —dijo el marinero con falsa paciencia—. Pues como decía… como no vamos a beber tanto, en cada bar paga uno. Y no es que los vascos seamos super generosos como nos pintan en las películas cómicas. La cuestión es que casi siempre somos los mismos, así que unas veces paga uno y otras otro… y a la larga todos acabamos pagando más o menos lo mismo.
Miren soltó una risita maliciosa:—Eso es la teoría. Porque siempre hay algún tacaño que intenta escaquearse.
Los dos vascos se rieron con complicidad. Yo pensé que seguro estaban pensando en la misma persona, pero no fui tan valiente como para preguntar.
Poco después llegaron los tres hijos del marinero. Los hombres nos dieron la mano a los dos, firmes y directos. Las mujeres nos plantaron dos besos a Marta y a mí. Los niños, pequeños pero ya caminando bien, miraban todo con curiosidad.
Cada uno de los hijos le agradeció a Marta haber salvado a su padre. Uno de ellos, el que parecía el mediano, comentó mirando hacia el muelle:
—Ese suelo se ve muy chulo, pero siendo zona de trabajo debería ser antideslizante. Es un peligro.
El marinero puso cara de resignación y señaló a su hijo con el pulgar:
—Este es mi hijo el sindicalista.
Todos nos reímos.
Cuando estuvimos completos, decidimos ir a la mejillonera. Por suerte era grande y pudimos ocupar una mesa larga. Pedimos vinos y zuritos según gustos, y mosto para los niños.
El marinero se colocó a mi lado y empezó a explicarme cosas de los pinchos y de cómo funcionaba aquello. Me di cuenta de que Miren había hecho exactamente lo mismo con Marta, poniéndose a su lado y charlando animadamente.
Los mejillones estaban de muerte, frescos y con un punto justo de salsa. Mientras comíamos y bebía mi vino, vi cómo el marinero pagaba la primera ronda y casi se me atraganta el vino. Joder, qué caro estaba todo.
Él se dio cuenta de mi cara y me dio una palmada en el hombro, riendo:
—Se está volviendo prohibitivo, sí. Pero cada dos meses más o menos nos sigue gustando hacerlo. Es tradición.
El marinero se quedó pegado a mí, como un guía personal. No paraba de explicarme las reglas no escritas del txikiteo mientras caminábamos de bar en bar.
—También se puede ir solo bebiendo, claro —me decía—, pero eso se hace con los amigos de toda la vida. Con la familia es distinto: se come algo. No es cuestión de acabar borrachos como cubas.
En el siguiente bar pedimos croquetas caseras. Estaban de muerte, crujientes por fuera y cremosas por dentro. A mí me supieron a gloria. Esta vez no había sitio para sentarse, así que comimos y bebimos de pie, apoyados en la barra o en unos barriles altos que hacían de mesa improvisada.
Mientras mordía la croqueta, el marinero siguió hablando:
—Antiguamente, cuando las cuadrillas ya llevaban unos cuantos vinos encima, se ponían a cantar a coro. Canciones de toda la vida, eh. Pero esa tradición está casi muerta. Ahora la gente ya no canta como antes.
Salimos del bar y caminamos un rato por las calles del casco viejo. Pasamos por una calle donde absolutamente todos los bares tenían ikurriñas colgadas en la entrada. El marinero bajó un poco la voz y me dijo:
—Estas son las herriko tabernas. Te recomiendo que no entréis por aquí. No es que os vaya a pasar nada malo, pero cocinan fatal y la higiene… mejor ni hablar. Ahora, si lo que alguien busca es droga, este es el sitio ideal.
Lo dijo con total naturalidad, como quien habla del tiempo. Yo miré disimuladamente y sí, vi a un par de tipos con pinta de camellos rondando cerca de las esquinas. Noté un pequeño nudo en el estómago, pero no dije nada.
En el siguiente bar pedimos tortillas de patatas. Esta vez pagaba uno de los hijos del marinero, el sindicalista. Mientras esperábamos, me explicó:
—Si pedimos tortillas enteras sale más barato que ir pidiendo pinchos sueltos.
La tortilla estaba espectacular: jugosa, con cebolla en su punto y bien cuajada. El hijo del marinero siguió contándome mientras comíamos:
—Normalmente el que paga esa ronda elige el bar. Y hay algunos tacaños que, cuando les toca, siempre eligen el sitio más cutre y barato. Nosotros intentamos elegir sitios buenos pero que no te arruinen. O al menos lo más equilibrado posible.
En el siguiente bar pedimos chistorra. Era un local modernizado, atendido por chinos que habían copiado hasta el último detalle de los bares tradicionales vascos. El que pagaba esa ronda me explicó que los chinos se metían en todos los negocios, pero que había que reconocer que este funcionaba bien: la chistorra estaba rica y era barata. Yo pensé inmediatamente que acababa de conocer al famoso “tacaño” del grupo, pero por supuesto no abrí la boca.
Estábamos a medio comer el pincho cuando levanté la vista y lo vi. El encargado de protocolo del Gobierno Civil, el mismo cabrón que había humillado a Marijó hasta hacerla llorar, el que iba a pagar muy caro lo que había hecho. Iba impecable, más elegante que nadie en el bar, acompañado de una milf espectacular de aspecto ruso: alta, rubia, curvas pronunciadas, cara de modelo madura y mirada altiva. El tipo, muy diplomático, se acercó con una sonrisa falsa y nos presentó:
—Ella es mi esposa, Irina.

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- Muchas gracias por colaborar como os pedí, ya me ha llegado la foto y es perfecta. Es justo lo que querían las altas esferas, una prueba de la colaboración entre administraciones.
Estuvimos charlando un rato los cuatro. La mujer era educada pero fría. Marta y yo disimulamos bien lo que sentíamos por este politiquillo de cuarta categoría.
Al cabo de un rato, con cuatro vinos ya encima, empecé a notar la presión en la vejiga. Me disculpé y fui al baño. Mientras meaba en uno de los dos urinarios, entró él. Se puso en el otro y, disimuladamente, giró la cabeza para mirarme la polla.
Usando los viejos trucos de Barcelona, me entretuve sacudiendo las últimas gotas más tiempo del necesario, dejándole ver bien mi verga semi-dura.
De repente le solté sin mirarle:—¿Te gusta lo que ves?
El tipo dio un respingo.—Uy, perdón… no estaba mirando.
—Sí que estabas mirando —contesté girándome hacia él.
Sin pensármelo dos veces, alargué la mano y le agarré la polla que no le había dado tiempo de guardar en el pantalón. Se le puso dura casi al instante. La tenía pequeña, unos 10 cm como mucho, pero se endureció como una piedra.
El tipo puso cara de placer mezclado con pánico. Le señalé el retrete con la cabeza. Entramos los dos en el cubículo y cerré el pestillo.
—Tendrá que ser rapidito… —susurró él, nervioso.
—Aquí mando yo —le contesté mientras sacaba mi polla ya completamente erecta, los 18 cm bien visibles—. Porque la tengo más grande.
Le hice sentarse en la tapa del inodoro y se la metí directamente en la boca. El cabrón la chupó con ganas, como un profesional. Se notaba que no era la primera vez.
Saqué un preservativo y un sobre de gel lubricante del bolsillo y se lo enseñé. El asintió yo le levanté, le di la vuelta contra la pared, le bajé los pantalones y el calzoncillo de seda y me lo puse el forro, también le eché un poco de lubricante… pero poco. Quería que le doliera, se la metí. No de golpe, pero sí rápido y sin piedad.
El tipo soltó un quejido ahogado, pero no se apartó. Empecé a follármelo con ritmo duro. Le metí la mano por delante para pajearlo, pero la tenía blanda. Entonces le subí la camisa y le pellizqué fuerte los pezones. Eso le encantó. Empezó a gemir como una puta. A los pocos minutos se corrió contra la pared sin llegar a ponerse del todo duro otra vez.
—Sácala… por favor… —suplicó casi sin voz.
Se la saqué, se subió los pantalones a toda prisa y salió del baño casi huyendo, sin ni siquiera lavarse las manos. Yo me quité el condón, lo tiré al cubo y salí como si nada.
Cuando volví con el grupo, el marinero y su familia ya estaban listos para salir del bar. Marta me miró con una ceja levantada, pero no preguntó. Me coloqué a su lado y seguimos con ellos. A lo tonto ya eran más de las 15:00.
Los niños empezaron a tirar de la manga del abuelo y a pedirle algo en euskera, los tres a la vez, como si se hubieran puesto de acuerdo. Hablaban rápido y con esa tontería infantil que tienen los críos cuando quieren salirse con la suya. El marinero se hizo el duro al principio, gruñendo y diciendo que no. Pero se le notaba en la cara que estaba deseando que le insistieran. Al final suspiró teatralmente, como si le hubieran vencido, y empezó a cantar en plena calle. Cantó una canción marinera tradicional vasca con ritmo alegre y marcado, casi de taberna, de esas que suenan a viento y olas. Tenía muy buena voz, potente y afinada. La gente que pasaba se paraba a escuchar, algunos sonreían y hasta un par de abuelos se quedaron quietos disfrutando.
Cuando terminó, uno de los hijos se me acercó y me dijo bajito:
—Esto era la despedida. Nosotros ya nos vamos para casa, con cuatro pinchos ya hemos comido de sobra. Quedaos con mi padre y mi madre, que ahora querrán ir a alguna cafetería a tomar el postre o el café. Aceptad, por favor, y dejadles pagar. Están realmente agradecidos por lo de mi padre.
Efectivamente, nada más acabar la canción los tres matrimonios con los niños se despidieron y cada uno tiró por su lado.
El marinero se frotó las manos y dijo con una sonrisa:
—Falta lo dulce.
Miren le riñó enseguida, medio riendo:—Tú lo que quieres es un pacharán, sinvergüenza.
Marta soltó una carcajada y comentó:—A nosotros nos invitó el vecino una vez y es rico… pero muy cabezón al día siguiente.
Todos nos reímos.
Fuimos a una cafetería cercana. Miren nos ofreció pedir algún postre, pero tanto Marta como yo dijimos que ya estábamos llenos. Marta pidió un café normal. Cuando Miren pidió un café irlandés, Marta cambió de idea al instante y quiso lo mismo. El marinero, cómo no, pidió un pacharán casero. Yo no quise ser menos y pedí otro. El camarero nos sirvió rápido. El pacharán era casi en media botella y el café irlandés era un vaso gigante, con mucha crema y whisky.
Nos lo tomamos con calma, charlando de todo un poco. El ambiente era muy agradable.
Cuando terminamos y nos levantamos para pagar, me di cuenta de que estaba bastante más borracho de lo que pensaba. La cabeza me daba vueltas suaves y tenía esa sensación caliente en la cara. Al salir a la calle, de repente me apeteció un pase de coca para compensar, para espabilarme y equilibrar.
Nos despedimos de Miren y del marinero en la puerta de la cafetería, con abrazos y promesas de volver a vernos.
Nada más separarnos del marinero y Miren, Marta se acercó disimuladamente y me metió un sobrecito pequeño en el bolsillo de los vaqueros. Lo hizo con tanta naturalidad que cualquiera que nos viera pensaría que solo me estaba tocando el culo.
Lo guardé al instante y le pregunté bajito:
—¿Qué es esto y de dónde lo has sacado?
Marta no contestó enseguida. Siguió caminando a mi lado como si nada, mirando a ambos lados de la calle. Solo cuando estuvimos solos en una calle más tranquila, cerca del apartamento, habló:
—Es cocaína. Me la pasó Irina.
Me quedé callado, esperando. Ella siguió contándome con una sonrisita:
—Cuando vosotros fuisteis al baño, me puse a hablar con Irina. Empezó ella. Me dijo que solo aguantaba estos txikiteos a base de cocaína. Yo le contesté que no era mala estrategia.
Entonces Marta imitó la voz de Irina, con ese acento ruso mezclado con español:
—«Sabía que eras de las mías. Esas tetas operadas y esos piercings que se te marcan de vez en cuando te delatan. Eres una cachonda… ¿se dice así?»
Marta se rio y continuó:
—Yo le dije: «Más o menos».
Y luego le solté: «Dime una cosa. ¿A tu marido le gusta que le den por culo?»
Irina se rio y contestó: «Sí, jajaja… ¿Cómo lo has adivinado?»
«Yo tengo un sexto sentido para esas cosas», le dije. «Y ahora, en el baño, mi hermano le va a dar por culo bien duro.»
Irina se sorprendió: «¿A tu hermano le gustan esas cosas? Me había parecido muy macho.»
«A mi hermano le gusta todo», le contesté.
Irina puso cara de duda: «No creo que mi marido se decida a hacer eso, le tiene terror a que le pillen en una situación comprometida.»
Yo le dije: «Carlos sabe cómo convencer a un indeciso.»
Irina, con voz de mala leche: «No creo.»
Entonces le solté: «¿Qué te apuestas?»
Irina sonrió con malicia: «Me queda medio gramo de coca. Si sale con señas de haber hecho algo en el baño, te lo doy. Pero si sale normal, me tienes que dejar que te retuerza los pezones. Me encanta dominar a perritas como tú.»
Acepté: «Ok, apuesta aceptada.»
Y las dos nos quedamos calladas mirando la puerta del baño de hombres. Cuando el marido de Irina salió subiéndose los pantalones y caminando raro, casi cojeando, Irina me pasó el sobrecito sin decir nada más. Luego me pidió el número de teléfono y me dijo bajito:
—«Tú y yo nos lo podemos pasar muy bien.»
Marta sonrió con picardía y añadió:—En el baño de la cafetería he ido al aseo y me he metido un buen pase. Es coca de la buena.
Enseguida llegamos al portal. Yo tenía prisa. Mucha. La cabeza me iba a mil y solo podía pensar en meterme la coca que me había dado Marta y follarme a mi hermana como un animal. Pero claro, nada más empezar a subir las escaleras nos cruzamos con la pareja de ancianos del segundo: los mismos a los que ayudamos con el problema eléctrico y que luego nos invitaron a cenar.
—¡Hombre, los chicos! —exclamó el viejo con una sonrisa—. ¿De dónde venís tan guapos?
Marta, que iba bastante eufórica entre el alcohol y la coca que ya se había metido, empezó a contárselo todo con entusiasmo:
—Hemos ido de txikiteo por primera vez con un marinero al que salvé el otro día en el puerto. Hemos estado en la mejillonera, en el de las croquetas, en el de la tortilla… ¡y hemos comido chistorra también!
Yo la miraba de reojo pensando: “Joder, Marta, lo estás haciendo a propósito para tocarme los huevos y retrasarme”.
La pareja se emocionó y, cómo no, nos invitaron a subir a tomar “otro cafecito”. Marta aceptó sin pensarlo dos veces. Yo solo pude sonreír como un idiota.
Entramos en su salón y nos sirvieron café… y más pacharán. Otro vaso generoso. Mientras charlábamos, yo ya no aguantaba más. Me levanté y pedí ir al baño. Marta se rio por lo bajo porque sabía perfectamente lo que iba a hacer.
En cuanto cerré la puerta, saqué el sobrecito, metí la llave y me pegué un pase bien gordo. Joder… era coca de la buena. Subió fuerte y limpia. Me miré en el espejo, me limpié bien la nariz y salí.
Al volver por el pasillo me fijé en una habitación que tenía la puerta entreabierta: feas humedades en el techo y en la pared. Cuando llegué al salón les pregunté qué les había pasado. El marido suspiró y nos contó que el vecino de arriba había tenido una fuga de agua, que la arreglaron, pero que quedó esa humedad. Dijo que había pensado pintar y poner pintura antihumedad, pero que no encontraba a nadie que se lo hiciera bien.
Yo, en plena euforia de la coca, me ofrecí sin pensarlo:—Pues yo puedo venir alguna tarde la semana que viene y se lo arreglo. No es complicado. Y como tuvimos que hacer eso en nuestro ático, tengo hasta el material necesario.
Los ancianos se alegraron muchísimo y me dieron las gracias varias veces.
Por fin, después de más pacharán y otra media hora de charla, conseguimos despedirnos y subir a nuestro monoambiente.
Nada más cerrar la puerta, Marta fue directa a la cocina, cogió un plato plano y lo puso encima de la mesa. Yo volqué todo lo que quedaba del sobrecito. No era mucho, pero daba para dos o tres rallas decentes. Marta las preparó con habilidad. 

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Nos miramos un segundo, con esa sonrisa viciosa que los dos conocemos muy bien… y nos lanzamos el uno contra el otro.
Empezamos a besarnos con hambre, mordiéndonos los labios mientras nos quitábamos la ropa como locos. Mis manos ya bajaban por su culo y las suyas me abrían la camisa con prisa. No hubo preliminares suaves. Era una puta pelea con polla y coño. Me bajó los vaqueros de un tirón y se arrodilló delante de mí. Se la metió entera en la boca sin avisar, hasta la garganta. Empecé a follarle la cara con fuerza, agarrándola del pelo con las dos manos. Cada embestida le hacía llorar un poco, pero ella gemía como una perra y me apretaba los huevos con una mano mientras con la otra se tocaba el coño ya empapado.
—Joder, hermanita… trágatela toda —gruñí.
Ella me miró con los ojos llorosos y siguió chupando más fuerte, babeando, gimiendo. Le di un par de tortas suaves en la cara mientras se la metía hasta los huevos.
Al rato se apartó jadeando, con hilos de saliva colgando de la barbilla.—Ahora tú. Cómeme el coño, cabrón.

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Se tumbó en la cama abierta de piernas. Yo cogí un poco de la coca que quedaba en el plato, la espolvoreé sobre su coño hinchado y le metí un poco dentro con el dedo, bien profundo. Marta arqueó la espalda y soltó un gemido largo.
—Joder, Carlos… eso me encanta. Me alarga el orgasmo como a una puta…
Me agaché y esnifé lo que quedaba directamente de su clítoris. El subidón me explotó en la cabeza al mismo tiempo que le metía la lengua hasta el fondo. Le comí el coño como un salvaje: chupando, mordiendo el clítoris, metiendo dos dedos y follándola con ellos mientras ella me tiraba del pelo y me retorcía los pezones con saña.
Pasamos a un 69 brutal. Yo debajo, ella encima, aplastándome la cara con el coño. Me la chupaba como si quisiera arrancármela mientras yo le devoraba el culo y el coño a la vez. Nos corrimos casi a la vez: yo le llené la boca de leche espesa y ella me inundó la cara con un chorro caliente. Nos besamos como locos, intercambiando el semen de boca en boca, tragando y escupiendo, mordiéndonos los labios hasta que sangraron un poco.
Yo ya me había corrido, pero la polla seguía como una piedra gracias a la coca.
—Esnifamos otra —dijo Marta con los ojos brillantes.
Preparamos la penúltima raya y nos la metimos los dos. Enseguida Marta se mojó un dedo en saliva, lo pasó por lo que quedaba de coca en el plato y me ordenó:
—Date la vuelta.
Me puse a cuatro patas. Me metió el dedo con coca directamente en el culo. El ardor y el subidón me llegaron a la vez. Gemí como un cerdo.
—Joder… qué gusto…
Entonces se agachó y me dio un beso negro salvaje. Me lamió el agujero con la lengua entera, metiéndomela dentro, chupando fuerte. Yo pensé que no nos habíamos duchado después de todo el día sudando y que mi culo debía de estar cualquier cosa menos limpio… y esa idea me puso todavía más cachondo. Me sentía sucio, depravado, y me encantaba.
Me tumbé boca arriba. Marta se subió encima y me empaló de golpe, cabalgándome como una loca. Nos besábamos con violencia, nos mordíamos el cuello, los hombros. Yo le daba tortas fuertes en las tetas, le pellizcaba los pezones hasta que gritaba y luego se los retorcía como si quisiera arrancárselos. Ella me arañaba el pecho y me apretaba los huevos con fuerza.
Se corrió con un squirt brutal que me empapó la polla y la barriga, gritando mi nombre.
Paramos un segundo, jadeando. Nos metimos lo último de coca que quedaba.
—Ahora te voy a romper el culo —le dije.
La puse a cuatro patas en la cama y se la metí en el culo de una sola embestida, sin piedad. Marta soltó un grito ahogado. Empecé a follármela duro, salvaje, sabiendo que le estaba haciendo daño… y sabiendo que a ella le encantaba. Le daba azotes en el culo que le dejaban la marca de mi mano. Le tiraba del pelo. Le pellizcaba los pezones desde atrás. La coca me estaba haciendo tardar en correrme y eso me ponía aún más agresivo. Marta se corrió otra vez, temblando entera, apretándome la polla con el culo.
Me salí de golpe. Ella, sin decir nada, se levantó, fue al baño y volvió con el gel de baño. Me miró con esa sonrisa viciosa:
—Ahora te toca a ti. A cuatro patas.
Me puse. Me echó un chorro generoso de gel en el culo y empezó a meterme dedos. Dos, tres… hasta que metió toda la mano. Me estaba fistando con fuerza, girando la muñeca dentro de mí. El gel ardía, me escocía como el demonio, pero el placer era brutal. La coca y el dolor me llevaron al límite. Me corrí como un animal, gruñendo, eyaculando sobre las sábanas sin que nadie me tocara la polla, mientras mi hermana me tenía el puño entero metido en el culo.
Estábamos los dos tirados en la cama, sudados, jadeando y con el cuerpo lleno de marcas rojas: tortas, mordiscos, arañazos y el culo todavía escociéndome por el gel y el fisting. El minipartamento olía a sexo, coca y sudor. Tenía la polla semi-dura todavía y Marta tenía el coño y el culo brillantes de fluidos.
De repente sonó su móvil encima de la mesa. Marta se estiró perezosamente, cogió el teléfono y miró la pantalla.
—Es Irina —dijo con sorpresa.
Pulsó para escuchar el mensaje de voz. La voz de Irina sonó clara, con ese acento ruso sexy y un poco borracho:
«He dejado en casa a mi marido… Estoy con unos amigos. Tres hombres y yo. Son demasiados para mí sola. Vente, hay coca de sobra y pasta. Son tipos generosos.»
Se hizo un silencio pesado en el estudio. Marta y yo nos miramos fijamente. Los dos desnudos, todavía con la respiración agitada y las pupilas dilatadas por la coca y el sexo salvaje que acabábamos de tener. Ninguno dijo nada durante unos segundos. Solo nos mirábamos, con esa mezcla de duda, excitación y prudencia. Yo sentía el corazón latiéndome fuerte, todavía acelerado por todo lo anterior.

pala
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1 comentarios - Jugando fuerte con mi hermana. 32. Sexo en el aseo.

metalchono +1
La imágen de Irina se ve bastante bien y las complementarias que siguen dan una buena idea de lo que pasó entre caco y Marta. Felicitaciones!
locodantra
Lo curioso es que no le dije a la IA que fueran de la mano, solo que caminaran juntos. Y va y me los pone de la mano jajajaj