Capítulo anterior

Decidimos volver a subir corriendo a Urgull. El cielo aún conservaba ese tono gris perla típico de San Sebastián en marzo, y el aire húmedo olía a sal y a pinos mojados. Entramos en el parque por la entrada que está al lado del Museo de San Telmo. Como de costumbre cuando tomamos un camino diferente, Marta iba delante. Su coleta castaña se balanceaba con cada zancada y yo la seguía a pocos metros, sin poder evitar fijar la vista en su culo.

Lo tengo a mi disposición siempre que quiero, y aun así me sigue enamorando. Desde que pegó el estirón en la adolescencia tiene un culo redondo, firme y perfectamente proporcionado que se mueve con una elegancia natural al correr. En aquellos tiempos yo solo la veía como mi hermana pequeña. Ahora… ahora cada vez que lo miro siento una mezcla de deseo y orgullo que me calienta por dentro.
Bajamos por otro sendero más estrecho y sinuoso. Marta giró la cabeza sin dejar de trotar y me dijo con una sonrisa:
—Así es más entretenido. Me aburro si siempre hacemos la misma ruta.
Pasamos junto al puerto viejo, donde las barcas se mecían suavemente con la marea. El marinero al que Marta salvó la semana anterior nos vio y levantó la mano con entusiasmo, obligándonos a parar.
—Kaixo, muchachos —saludó con voz ronca pero alegre—. Que dice mi esposa que por salvarme de un punzón en la cabeza una merluza es poco. Pero como ya no hacéis siempre el mismo recorrido, no os tengo preparado nada. Mañana pasaros por aquí a la hora del txikiteo, por favor.
Marta sonrió con educación, todavía jadeando ligeramente por la carrera.
—La merluza estaba deliciosa, eso es más que suficiente.
El hombre negó con la cabeza, insistente.
—Mañana viene mi esposa. Por favor, no le hagáis el feo de no venir. Ella te quiere dar las gracias en persona.
Marta dudó un segundo, mordiéndose el labio. Yo intervine antes de que pudiera negarse:
—¿Y a qué hora es eso del txikiteo? Es que no somos de aquí.
Le sonreí y le guiñé un ojo con complicidad. El marinero soltó una carcajada grave.
—Solemos empezar sobre la una y media. Pero si estáis un poco antes, mejor. Así podéis hablar tranquilamente con mi esposa.
—Aquí estaremos —respondí.
Nos despedimos con un gesto y apretamos el trote de vuelta a casa, porque el reloj ya empezaba a apretar.
En el piso, el desayuno fue el habitual: café, pan tostado con tomate y un poco de fruta que aún quedaba de la última compra. Mientras Marta se duchaba, aproveché un momento en que no miraba y apunté discretamente en la lista de la compra imantada a la nevera: “paté”. Es barato y a mí me encanta. Sé que es de las pocas cosas que a Marta no le gustan, pero ya le haré rabiar con eso en otro momento. Sonreí para mis adentros y borré la expresión antes de que volviera.
El bus nos dejó cerca del trabajo. La mañana transcurrió sin grandes novedades hasta que apareció un individuo pomposo que se presentó como el coordinador de relaciones con las administraciones locales. Hablaba con un tono afectado, como un diplomático de opereta, gesticulando con las manos y usando palabras rebuscadas. Era un pedante insoportable. Pero lo dejó muy claro: hoy tocaba ir elegantes. Traje y corbata obligatorios. Nada de vaqueros. Y la orden venía “de muy arriba”. Siguió con su bla bla bla varios minutos más antes de marcharse.
En la parada del bus, Marijó ya nos esperaba. Venía claramente indignada, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes. Con su característico acento gaditano nos soltó toda la historia:
—Pues nada, que el diplomático del Aliexpress ese me ha dicho que tenía que ir elegante. Yo le he contestado que no tengo traje de etiqueta de embarazada, pero que si me lo pagaba… El tío se ha puesto impertinente y le he mandado a tomar por ahí. Entonces me ha atacado por el lado del traslado, diciendo que así nunca me lo iban a hacer. Me he echado a llorar allí mismo, delante de él.
En ese momento apunté mentalmente al diplomático en mi lista particular de personas a sodomizar de forma poco agradable.
Marijó continuó, todavía alterada:
—Luego se ha asustado, me ha consolado, me ha pedido perdón y me ha dicho que fuera como mejor pudiera. Y se ha largado casi corriendo.
Mentalmente anoté una pequeña corrección: darle por el culo, pero poniéndole un poco de lubricante. Pensando eso se me escapó una sonrisa.
Marijó me miró con curiosidad.
—¿De qué te sonríes?
—Estaba pensando en dar por culo —respondí bajito.
Marijó, sin bajar ni un poco la voz, soltó con total descaro:
—A mí esta tarde y quiero mucha leche en mis tripas.
Menos mal que no había nadie cerca, porque yo lo había dicho casi en un susurro y ella casi gritando. Marta y yo nos pusimos colorados al instante.
Nos subimos al bus y nos dirigimos a casa.
En el ático comimos algo rápido y ligero: lo que sobró de la noche anterior y una ensalada simple. Después nos preparamos con calma. Trajeados y peinados como si fuéramos a una recepción oficial. Yo me puse el traje oscuro que tenía, camisa blanca impecable y corbata azul marino. Marta un traje de chaqueta y falda ajustada que le daba un aire de ejecutiva agresiva: serio, profesional y con ese punto de autoridad que tanto le gustaba.
Mientras se miraba en el espejo del baño, ajustándose la chaqueta, comentó con un suspiro:
—Este traje vale para ir de ejecutiva agresiva, pero para otro tipo de acto social no sirve una mierda. Debería comprarme algún traje elegante por si acaso, algo más femenino.
Yo me acerqué por detrás, le rodeé la cintura con los brazos y le besé el cuello con suavidad.
—Yo te prefiero de choni mostrona, con tus tatuajes asomando y tus piercings brillando. Así estás más tú.

Marta soltó una risita baja y se giró entre mis brazos.
—Hablando de piercings… ¿De verdad quieres que me ponga uno en el clítoris? Si me lo pides, lo hago.
La miré a los ojos. Su tono era completamente serio, sin rastro de broma. Me puse cachondo solo de imaginarlo, pero también sentí una punzada de responsabilidad.
—Me pone muy cachondo que estés dispuesta a hacer algo así por mí —admití, acariciándole la mejilla—. Pero vamos a mirarlo bien: las consecuencias, el tiempo que tarda en curar, posibles complicaciones… No quiero que te arrepientas después.
Marta asintió con la cabeza, muy tranquila.
—Además, ahora mismo no podríamos pagar a un profesional. Me lo tendrías que hacer tú.
Lo dijo en tono serio, afirmando con la cabeza. Estaba realmente dispuesta a que fuera yo quien la perforara. Se me hizo un nudo en el estómago.
—No me atrevería ni de coña —respondí enseguida—. Vamos a esperar a tener pasta para que te lo haga un profesional. Y como mucho, vamos mirando información.
Nos sentamos juntos en la cama con el móvil y empezamos a buscar. Lo que encontramos fue bastante claro y realista:
La mayoría de la gente que habla de “piercing en el clítoris” se refiere en realidad al piercing vertical en el capuchón del clítoris (VCH), que es el más común y seguro. Perforar directamente el glande del clítoris es muy raro porque hay mucho riesgo de daño nervioso permanente, pérdida de sensibilidad o, por el contrario, hipersensibilidad dolorosa.
El VCH suele curar relativamente rápido gracias a la buena irrigación sanguínea de la zona: entre 4 y 8 semanas en la mayoría de los casos, aunque algunos tardan hasta 12 semanas. Durante las primeras semanas hay que tener mucho cuidado con la higiene (limpieza con suero fisiológico varias veces al día), evitar relaciones sexuales fuertes, ropa muy ajustada y cualquier roce excesivo.
Beneficios que mencionaban muchas mujeres: mayor estimulación durante el sexo y la masturbación, porque la bolita o el anillo descansa justo sobre el clítoris y genera fricción extra. Algunas decían que los orgasmos se volvían más intensos y rápidos.
Riesgos importantes: infección si no se cuida bien, inflamación, posible formación de queloides (cicatriz gruesa), reacción alérgica al metal (por eso recomiendan acero quirúrgico o titanio de calidad), y en casos raros, problemas para orinar o cicatrización que obstruya algo. También hay que quitarlo antes de un parto si se está embarazada.
Marta leyó todo con atención, mordiéndose el labio inferior de vez en cuando.
—Joder… suena intenso —murmuró—. Pero también suena muy cachondo.
Yo asentí, guardando el móvil.
—Exacto. Por eso vamos a esperar. Cuando tengamos dinero y sepamos que lo hacemos bien, lo hablamos otra vez. Mientras tanto… me encanta que estés dispuesta.
Le di un beso largo, lento, de esos que prometen más para luego. Ella sonrió contra mis labios y susurró:
—Pues ya sabes… cuando quieras, solo tienes que pedirlo.
Casi llegamos tarde por estar buscando información sobre piercings. Entramos en el aula casi sin aliento, todavía recolocándonos la ropa. Marijó nos esperaba sentada al fondo y nos había guardado dos sitios, uno a cada lado de ella.
—Joer, casi llegáis tarde, madrileños teníais que ser —nos regañó con su acento gaditano cantarín, aunque enseguida nos dedicó una sonrisa pícara.
Bajito, para que solo nosotros la oyéramos, añadió:
—El culo ya no tiene ni una estría, pisha. Quiero tenerlas bien marcadas cuando me vaya a casa de mi tía.
Lo dijo en voz baja, pero juraría que uno de los militares de atrás lo pilló, porque se removió en la silla y carraspeó fuerte. En fin, es lo que hay.
La primera clase fue más amena de lo esperado. La profesora de euskera empezó repasando vocabulario, pero al ver que muchos perdíamos el hilo cambió de tema con una sonrisa cómplice.
—Hoy vamos a aprender algo más útil —dijo—. Vamos a ver cómo se insulta en euskera.
La clase se animó de golpe. Nos enseñó varias palabras y expresiones:
Putaseme o putakume: hijo de puta.
Kabroi: cabrón.
Astapotro: gilipollas o burro grande (literalmente “potro de burro”).
Hil zaitez: que te mueras.
Y alguna maldición más fuerte como Putakume zara (eres hijo de puta) o Jo ta ke (que te den, literalmente “golpea y quema”).
Los militares se lo pasaron en grande repitiéndolas con su acento marcado, y el aula se llenó de risas contenidas. Hasta nosotros tres repetimos algunas en voz baja, divertidos.
En el primer descanso salimos al pasillo y acordamos rápido el plan: otra buena tanda para Nekane. Esta vez entre Marijó y yo. Marta se quedaría vigilando fuera por si acaso.
La segunda clase, que en teoría era de euskera administrativo, tomó un rumbo inesperado. La profesora, decidió que como era viernes mejor dedicar el tiempo a algo más alegre.
—Mi padre siempre decía que en los tiempos del txikiteo las cuadrillas cantaban por las calles —nos contó con nostalgia—. Vamos a intentarlo.
Se puso delante y empezó a cantar con una voz clara y bonita. Nos enseñó la letra de un par de canciones tradicionales, entre ellas una versión sencilla de la Habanera de los Txikiteros y fragmentos de Ikusi Mendizaleak (una canción de montañeros que habla de subir a las cimas y el orgullo euskaldun).
Nos hizo repetir los estribillos a coro:
—Gora, gora Euskal Herria… —cantábamos todos, algunos militares incluso con más entusiasmo del esperado.
Fue realmente divertido. Por primera vez en todo el cursillo el ambiente se sintió ligero y casi festivo.
En el siguiente descanso, sin embargo, se nos pegó uno de los militares y no hubo forma de quitárnoslo de encima. Miraba con ojos de deseo tanto a Marta como a Marijó, sin disimulo. Nos contó que las vascas “algunas son guapas, pero muy cerradas, no hay forma de ligar, no como en Valencia, mi tierra”.
Nekane pasó delante de nosotros sin que pudiéramos interceptarla. Su clase fue, con diferencia, la peor de todas. Podría titularse “Historia de ETA escrita por un etarra”. Todo giraba en torno a que “se vieron obligados”, que la policía y la Guardia Civil eran torturadores sistemáticos y que los independentistas eran víctimas eternas. Los militares la miraban con ganas de saltar, pero el más veterano susurraba una y otra vez:
—Calma, compañeros. Unos minutos más y se acaba.
Por fin terminó la clase. Pero no nos dejaron salir todavía. Nekane repartió los diplomas del cursillo y nos hizo rellenar la típica encuesta de satisfacción. Uno de los militares preguntó si era anónima.
Nekane negó con la cabeza.
—La información será confidencial, pero debéis poner el nombre.
Cuando terminamos, nos anunció que la Diputación Foral había preparado una merienda, que el Diputado General daría unas palabras y que después se harían unas fotos protocolarias.
Los militares y guardias civiles dejaron claro que ellos no iban a salir en las fotos con la cara a la vista. Nekane respondió de malos modos que hicieran lo que quisieran, pero que “se tomaría nota de todo”.
Nos llevó a un saloncito elegante con paneles de madera oscura, donde había una mesa repleta de canapés: pintxos de txistorra, anchoas del Cantábrico, queso Idiazabal, croquetas de jamón y algunos más elaborados. Botellas de vino tinto decente, agua y refrescos.
El Diputado General llegó poco después. Dio un breve discurso primero en euskera y luego lo repitió en castellano: nuevos tiempos, nuevas relaciones, vamos a llevarnos todos bien… Todo muy diplomático y vacío. Al final levantó la copa y pidió brindar “por Euskalerria”.
Ahí los militares no se contuvieron. En el momento del brindis respondieron a coro:
—¡Por el Rey!
Las miradas se cruzaron intensas durante un segundo, pero el Diputado General prefirió no liarla y nos animó a probar los canapés. La verdad es que estaban deliciosos. Trajeron más calientes y al final terminamos cenando allí mismo.
El Diputado se acercó a charlar con unos y con otros. Cuando llegó a nosotros preguntó con cortesía:
—¿Y ustedes, de dónde son?
—Mi hermana y yo de Madrid —respondí—. Y la embarazada que está disfrutando de ese canapé es de Cádiz.
Marijó se volvió con una sonrisa radiante y soltó con orgullo:
—Sí, de Cádiz y a mucho honra, pisha. E hija de militar.
El Diputado General se excusó con una sonrisa forzada y casi salió corriendo. Los tres nos reímos bajito.
Nekane se acercó entonces con una amabilidad exagerada y nos pidió que por favor nos hiciéramos una foto con ella: era importante para el archivo institucional, bla bla bla.
Nos miramos entre nosotros. Me acerqué un poco y le dije en voz baja, pero lo suficientemente clara para que los cuatro lo oyéramos:
—Te has librado por ahora, pero después de esa apología de ETA que nos has soltado te juro que la próxima vez te muerdo un pezón y te lo arranco.
Nekane puso una cara mezcla de miedo y excitación que creo que se mojó allí mismo. La muy guarra.
Nos sacamos la foto: los cuatro de pie, sonriendo de forma protocolaria, con el diploma en el centro y la ikurriña al fondo, como en una imagen oficial. Marta y yo con traje, Marijó con su vestido verde que marcaba la barriga de casi ocho meses, y Nekane intentando parecer profesional.

Seguimos cenando gratis. Todo estaba muy bueno.
Al rato apareció Kepa. Por una vez no iba vestido de montañero. Fue llegar, cruzar una mirada con Nekane y largarse con ella casi sin saludar. Uno de los guardias civiles se puso pálido. Sus compañeros le preguntaron qué pasaba y respondió en voz baja:
—Ese que ha entrado un momento… ha matado guardias civiles.
Pusieron todos cara de indignados y se largaron en bloque.
Al final solo quedábamos los tres y el camarero que había estado sacando los canapés calientes y sirviendo las bebidas. Parecía un chico latino, joven y simpático. Nos acercamos a que nos sirviera el último trago.
En voz baja nos rogó:
—Quedaos un ratito más, por favor. Cobro por horas y si os vais ya cobro menos.
Nos apiadamos de él y allí nos quedamos los tres charlando y picando lo que quedaba. Marijó se buscó un asiento porque ya no aguantaba más de pie. Marta y yo aprovechamos para beber de ese vino tan bueno. Como estábamos en confianza, le dijimos al camarero que se sirviera también.
Allí estuvimos los cuatro un buen rato. Al poco el camarero ya le estaba echando los perros a mi hermana sin disimulo. Por fin nos fuimos a casa los tres.
Fuimos los tres caminando hacia casa. Marijó iba delante, casi trotando a pesar de su barriga de casi ocho meses, metiéndonos prisa con su acento gaditano cada vez más marcado.
—Venga ya, coño, que vosotros folláis todos los días y yo tengo un hambre que me muero —protestaba, girándose cada pocos pasos.
Marta y yo nos mirábamos y reíamos, caminando más despacio a propósito solo para hacerla sufrir un poco. Cuanto más se impacientaba ella, más nos divertíamos nosotros.
Por fin llegamos al portal. Marijó subió las escaleras la primera, resoplando. Abrimos la puerta del ático y, según entró, empezó a desnudarse con prisa. Se apresuró tanto que no soltó suficientes botones y, cuando quiso quitarse el vestido rojo por la cabeza, se le enganchó completamente.
—Ayudadme, por favor, apiadaos de una pobre embarazada —gimió desde dentro de la tela, dando pataditas nerviosas en el suelo.
Los bebés debieron contagiarse de su impaciencia, porque de repente empezaron a dar patadas fuertes que se marcaban claramente bajo la piel tensa de su vientre.
—Calma, calma… que hay tiempo para todo —dije riéndome mientras me acercaba.
Entre Marta y yo la ayudamos a quitarse el vestido. Una vez desnuda, la abrazamos los dos al mismo tiempo, pegando nuestros cuerpos al suyo para calmarla. Los bebés también se tranquilizaron poco a poco. Empezamos a besarnos los tres: besos compartidos, de a tres, luego entre ellas, luego yo con Marta, luego yo con Marijó. Nos fuimos desnudando sin prisas, dejando que la ropa cayera al suelo. Marta y yo nos miramos un segundo y nos entendimos con los ojos: mejor ir despacio, saborearlo.
Ya los tres completamente desnudos, nos fuimos a la cama. Marijó y Marta se tumbaron una al lado de la otra. Yo me coloqué entre sus piernas y me dediqué a hacerles sexo oral y a meterles los dedos con calma. Mientras tanto, ellas se besaban y se tocaban las tetas. Marta lo hacía con cuidado, casi con cariño. Marijó, en cambio, trataba las tetas de mi hermana como a ella le gusta: apretando fuerte, dando tortas suaves y retorciendo los pezones con los dedos. De vez en cuando levantaba la mirada y veía cómo no se besaban… se mordían. A las dos se les estaban hinchando los labios.
Noté que Marijó se corrió primero en mi boca, temblando y soltando un gemido largo y gaditano. Le dejé un momento de descanso y pasé al coño de Marta. También se corrió con fuerza, apretando mis dedos dentro de ella.
Pero no paramos. Marijó, todavía jadeando, dijo con voz ronca:
—Quiero por el culo ya.
Me levanté y las dos se sentaron en el borde de la cama. Acerqué mi polla y me la chuparon con muchas ganas, turnándose, lamiendo y succionando. Estuve a punto de correrme. Pero Marta usó su truco habitual: me dio una palmada seca y precisa en los testículos. Vi las estrellas y el orgasmo se alejó por el momento.
Marijó se levantó corriendo y fue a buscar su bolso. Sacó un lubricante de verdad, de farmacia, y se puso en cuatro en el borde de la cama, ofreciéndonos el culo sin vergüenza. Marta quiso verlo de cerca y se puso a mi lado. Los dos bajamos la cabeza y empezamos a chuparle el ojete. A Marijó le encantó; se corrió solo con eso, gimiendo y temblando.
Pero insistió:
—Quiero esa pija dentro de mi culo ya, coño.
Marta y yo nos reímos. Le empecé a poner lubricante generosamente y metí un dedo, luego dos, para prepararla bien. Marta se puso delante y acercó su coño a la boca de Marijó, que no dudó ni un segundo: empezó a hacerle un cunnilingus profundo, usando también los dedos.
Cuando ya llevaba tres dedos dentro de su culo, empecé a meter mi polla. Se notaba que ese culo estaba bastante usado: se dilataba bien, pero aun así apretaba con fuerza. La agarré por las caderas y le di un buen meneo, empezando suave y yendo de menos a más. Eché las manos hacia delante y le apreté las tetas mientras la enculaba con ritmo cada vez más intenso.
Marijó se corrió con fuerza y se desplomó desmadejada encima de Marta. Yo me quedé de pie un segundo, dudando. Entonces ella murmuró, casi sin aliento:
—Quiero tu leche en mis tripas, por favor…
Entre Marta y yo la colocamos en la cama de medio lado. Yo me tumbé detrás de ella en cucharita y volví a metérsela por el culo. Marta se tumbó delante, cara a cara con Marijó, y las dos se besaron profundamente mientras yo la follaba por detrás.
Ya no pude aguantar más. Me corrí dentro de Marijó con un gemido largo, llenándole el culo de leche caliente. En ese mismo instante ella volvió a correrse, apretando mi polla con fuerza.
Nos quedamos quietos los dos, recuperando el aliento. Solo Marta se levantó un poco para vernos, con una sonrisa satisfecha. Dejé que mi polla saliera sola lentamente mientras besaba la nuca sudorosa de Marijó, todavía enterrado en su calor.
Al ratito nos levantamos los tres desnudos y fuimos pasando por el baño para asearnos. Puse el calefactor eléctrico al máximo; no era cuestión de quedarnos fríos después de tanto sudor y calor. El aire empezó a caldearse rápidamente mientras el zumbido suave llenaba la habitación.
Marijó todavía tenía más ganas. Se tocó el culo con una mano y soltó un suspiro largo y satisfecho.
—Uf… cómo noto el culito, me encanta. Lo siento tan lleno y caliente…
Marta me miró preocupada. Nos acercamos a Marijó y le pedimos con suavidad que nos mostrara el ojete. Se puso en cuatro sobre la cama y separó las nalgas con las manos. Se veía perfecto: rosado, ligeramente abierto y brillante de lubricante y semen. Sin decir nada, Marta y yo bajamos la cabeza al mismo tiempo y volvimos a chupárselo con calma, lamiendo y besando esa entrada aún sensible.
Marta quiso probar una posición nueva. Se tumbó boca arriba y Marijó se colocó encima de ella en 69. Mientras las dos se comían la almeja con ganas, yo me puse detrás de Marijó y empecé a chuparle el culo de nuevo. El triple tratamiento fue demasiado para ella: al poco rato Marijó se corrió con fuerza, temblando y gimiendo contra el coño de mi hermana, y quedó completamente desmadejada encima de Marta.
Marta no se quejó, pero Marijó, todavía jadeando, se disculpó con voz débil:
—Perdón… ayudadme a cambiar de posición, que no me responden las piernas.
Volvimos a la posición de cucharita porque era la que más cómoda nos resultaba con el tripón de Marijó. Ella se acurrucó de medio lado y yo me pegué a su espalda.
—Cuando haya soltado esta carga, ya veréis lo flexible que soy —dijo Marijó con una risita exhausta pero pícara—. Os voy a hacer todas las poses del Kamasutra, os lo juro.
Le puse más lubricante, tanto en su culo como en mi polla, y poco a poco se la volví a meter. Esta vez Marta se situó detrás de mí. Sentí cómo empezaba a jugar con mi culo: primero un dedo, luego dos, y después tres, abriéndome con cuidado pero con decisión mientras yo penetraba lentamente a Marijó. Al mismo tiempo le tocaba las tetas y le besaba la nuca sudorosa.
Marijó sujetó mis manos sobre sus pechos y me susurró con voz ronca:
—Retuérceme los pezones como haces con tu hermana… quiero probar.
No pude contenerme. Empecé a hacerlo de forma progresiva, apretando y girando cada vez más fuerte. Le debió doler, porque en un momento me paró con un gemido agudo. Pero yo insistí, dándole bastante duro aunque calculando siempre la fuerza, consciente de que no podía perjudicar a los niños. Marijó se corrió con un grito ahogado y su culo se apretó violentamente alrededor de mi polla. Al mismo tiempo noté que Marta intentaba meter toda su mano en mi culo. Fue demasiado. Yo también me corrí con un orgasmo largo e intenso, soltando mucha leche caliente en lo más profundo del recto de Marijó.
Después, Marta me confesó al oído que no había llegado a meter toda la mano, pero que le había faltado muy poco.
Yo ya no daba para más en un buen rato y Marijó, por fin, parecía saciada. Nos ofrecimos a chuparle a Marta para que ella también se corriera, pero ella se rio bajito y negó con la cabeza.
—No hace falta… mejor nos recuperamos los tres.
Nos tumbamos los tres en la cama, abrazados y sudorosos, y dormitamos un rato en un enredo de piernas y brazos.
Marta fue la que nos despertó con suavidad. Le recordó a Marijó que su tía no quería que llegara tarde a casa. La ayudó a ir al baño y a asearse con cuidado. Al rato, Marijó se fue hacia la puerta, todavía con las mejillas sonrojadas y una sonrisa satisfecha.
—Esto hay que repetirlo como tarde el viernes que viene, ¿eh? —dijo antes de marcharse.
Marta y yo recogimos todo: toallas, lubricante, ropa tirada por el suelo. Después nos acostamos.
Como había dormido un rato, ahora me estaba costando conciliar el sueño. Recordando toda la semana —la carrera en La Concha, las clases tensas, la dominación de Nekane, la cena y sobre todo lo que acabábamos de hacer con Marijó— se me estaba poniendo dura otra vez. Miré a Marta, que respiraba tranquila a mi lado, y decidí despertarla para darle lo suyo.
Sabía que le iba a gustar.

Siguiente capítulo

Decidimos volver a subir corriendo a Urgull. El cielo aún conservaba ese tono gris perla típico de San Sebastián en marzo, y el aire húmedo olía a sal y a pinos mojados. Entramos en el parque por la entrada que está al lado del Museo de San Telmo. Como de costumbre cuando tomamos un camino diferente, Marta iba delante. Su coleta castaña se balanceaba con cada zancada y yo la seguía a pocos metros, sin poder evitar fijar la vista en su culo.

Lo tengo a mi disposición siempre que quiero, y aun así me sigue enamorando. Desde que pegó el estirón en la adolescencia tiene un culo redondo, firme y perfectamente proporcionado que se mueve con una elegancia natural al correr. En aquellos tiempos yo solo la veía como mi hermana pequeña. Ahora… ahora cada vez que lo miro siento una mezcla de deseo y orgullo que me calienta por dentro.
Bajamos por otro sendero más estrecho y sinuoso. Marta giró la cabeza sin dejar de trotar y me dijo con una sonrisa:
—Así es más entretenido. Me aburro si siempre hacemos la misma ruta.
Pasamos junto al puerto viejo, donde las barcas se mecían suavemente con la marea. El marinero al que Marta salvó la semana anterior nos vio y levantó la mano con entusiasmo, obligándonos a parar.
—Kaixo, muchachos —saludó con voz ronca pero alegre—. Que dice mi esposa que por salvarme de un punzón en la cabeza una merluza es poco. Pero como ya no hacéis siempre el mismo recorrido, no os tengo preparado nada. Mañana pasaros por aquí a la hora del txikiteo, por favor.
Marta sonrió con educación, todavía jadeando ligeramente por la carrera.
—La merluza estaba deliciosa, eso es más que suficiente.
El hombre negó con la cabeza, insistente.
—Mañana viene mi esposa. Por favor, no le hagáis el feo de no venir. Ella te quiere dar las gracias en persona.
Marta dudó un segundo, mordiéndose el labio. Yo intervine antes de que pudiera negarse:
—¿Y a qué hora es eso del txikiteo? Es que no somos de aquí.
Le sonreí y le guiñé un ojo con complicidad. El marinero soltó una carcajada grave.
—Solemos empezar sobre la una y media. Pero si estáis un poco antes, mejor. Así podéis hablar tranquilamente con mi esposa.
—Aquí estaremos —respondí.
Nos despedimos con un gesto y apretamos el trote de vuelta a casa, porque el reloj ya empezaba a apretar.
En el piso, el desayuno fue el habitual: café, pan tostado con tomate y un poco de fruta que aún quedaba de la última compra. Mientras Marta se duchaba, aproveché un momento en que no miraba y apunté discretamente en la lista de la compra imantada a la nevera: “paté”. Es barato y a mí me encanta. Sé que es de las pocas cosas que a Marta no le gustan, pero ya le haré rabiar con eso en otro momento. Sonreí para mis adentros y borré la expresión antes de que volviera.
El bus nos dejó cerca del trabajo. La mañana transcurrió sin grandes novedades hasta que apareció un individuo pomposo que se presentó como el coordinador de relaciones con las administraciones locales. Hablaba con un tono afectado, como un diplomático de opereta, gesticulando con las manos y usando palabras rebuscadas. Era un pedante insoportable. Pero lo dejó muy claro: hoy tocaba ir elegantes. Traje y corbata obligatorios. Nada de vaqueros. Y la orden venía “de muy arriba”. Siguió con su bla bla bla varios minutos más antes de marcharse.
En la parada del bus, Marijó ya nos esperaba. Venía claramente indignada, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes. Con su característico acento gaditano nos soltó toda la historia:
—Pues nada, que el diplomático del Aliexpress ese me ha dicho que tenía que ir elegante. Yo le he contestado que no tengo traje de etiqueta de embarazada, pero que si me lo pagaba… El tío se ha puesto impertinente y le he mandado a tomar por ahí. Entonces me ha atacado por el lado del traslado, diciendo que así nunca me lo iban a hacer. Me he echado a llorar allí mismo, delante de él.
En ese momento apunté mentalmente al diplomático en mi lista particular de personas a sodomizar de forma poco agradable.
Marijó continuó, todavía alterada:
—Luego se ha asustado, me ha consolado, me ha pedido perdón y me ha dicho que fuera como mejor pudiera. Y se ha largado casi corriendo.
Mentalmente anoté una pequeña corrección: darle por el culo, pero poniéndole un poco de lubricante. Pensando eso se me escapó una sonrisa.
Marijó me miró con curiosidad.
—¿De qué te sonríes?
—Estaba pensando en dar por culo —respondí bajito.
Marijó, sin bajar ni un poco la voz, soltó con total descaro:
—A mí esta tarde y quiero mucha leche en mis tripas.
Menos mal que no había nadie cerca, porque yo lo había dicho casi en un susurro y ella casi gritando. Marta y yo nos pusimos colorados al instante.
Nos subimos al bus y nos dirigimos a casa.
En el ático comimos algo rápido y ligero: lo que sobró de la noche anterior y una ensalada simple. Después nos preparamos con calma. Trajeados y peinados como si fuéramos a una recepción oficial. Yo me puse el traje oscuro que tenía, camisa blanca impecable y corbata azul marino. Marta un traje de chaqueta y falda ajustada que le daba un aire de ejecutiva agresiva: serio, profesional y con ese punto de autoridad que tanto le gustaba.
Mientras se miraba en el espejo del baño, ajustándose la chaqueta, comentó con un suspiro:
—Este traje vale para ir de ejecutiva agresiva, pero para otro tipo de acto social no sirve una mierda. Debería comprarme algún traje elegante por si acaso, algo más femenino.
Yo me acerqué por detrás, le rodeé la cintura con los brazos y le besé el cuello con suavidad.
—Yo te prefiero de choni mostrona, con tus tatuajes asomando y tus piercings brillando. Así estás más tú.

Marta soltó una risita baja y se giró entre mis brazos.
—Hablando de piercings… ¿De verdad quieres que me ponga uno en el clítoris? Si me lo pides, lo hago.
La miré a los ojos. Su tono era completamente serio, sin rastro de broma. Me puse cachondo solo de imaginarlo, pero también sentí una punzada de responsabilidad.
—Me pone muy cachondo que estés dispuesta a hacer algo así por mí —admití, acariciándole la mejilla—. Pero vamos a mirarlo bien: las consecuencias, el tiempo que tarda en curar, posibles complicaciones… No quiero que te arrepientas después.
Marta asintió con la cabeza, muy tranquila.
—Además, ahora mismo no podríamos pagar a un profesional. Me lo tendrías que hacer tú.
Lo dijo en tono serio, afirmando con la cabeza. Estaba realmente dispuesta a que fuera yo quien la perforara. Se me hizo un nudo en el estómago.
—No me atrevería ni de coña —respondí enseguida—. Vamos a esperar a tener pasta para que te lo haga un profesional. Y como mucho, vamos mirando información.
Nos sentamos juntos en la cama con el móvil y empezamos a buscar. Lo que encontramos fue bastante claro y realista:
La mayoría de la gente que habla de “piercing en el clítoris” se refiere en realidad al piercing vertical en el capuchón del clítoris (VCH), que es el más común y seguro. Perforar directamente el glande del clítoris es muy raro porque hay mucho riesgo de daño nervioso permanente, pérdida de sensibilidad o, por el contrario, hipersensibilidad dolorosa.
El VCH suele curar relativamente rápido gracias a la buena irrigación sanguínea de la zona: entre 4 y 8 semanas en la mayoría de los casos, aunque algunos tardan hasta 12 semanas. Durante las primeras semanas hay que tener mucho cuidado con la higiene (limpieza con suero fisiológico varias veces al día), evitar relaciones sexuales fuertes, ropa muy ajustada y cualquier roce excesivo.
Beneficios que mencionaban muchas mujeres: mayor estimulación durante el sexo y la masturbación, porque la bolita o el anillo descansa justo sobre el clítoris y genera fricción extra. Algunas decían que los orgasmos se volvían más intensos y rápidos.
Riesgos importantes: infección si no se cuida bien, inflamación, posible formación de queloides (cicatriz gruesa), reacción alérgica al metal (por eso recomiendan acero quirúrgico o titanio de calidad), y en casos raros, problemas para orinar o cicatrización que obstruya algo. También hay que quitarlo antes de un parto si se está embarazada.
Marta leyó todo con atención, mordiéndose el labio inferior de vez en cuando.
—Joder… suena intenso —murmuró—. Pero también suena muy cachondo.
Yo asentí, guardando el móvil.
—Exacto. Por eso vamos a esperar. Cuando tengamos dinero y sepamos que lo hacemos bien, lo hablamos otra vez. Mientras tanto… me encanta que estés dispuesta.
Le di un beso largo, lento, de esos que prometen más para luego. Ella sonrió contra mis labios y susurró:
—Pues ya sabes… cuando quieras, solo tienes que pedirlo.
Casi llegamos tarde por estar buscando información sobre piercings. Entramos en el aula casi sin aliento, todavía recolocándonos la ropa. Marijó nos esperaba sentada al fondo y nos había guardado dos sitios, uno a cada lado de ella.
—Joer, casi llegáis tarde, madrileños teníais que ser —nos regañó con su acento gaditano cantarín, aunque enseguida nos dedicó una sonrisa pícara.
Bajito, para que solo nosotros la oyéramos, añadió:
—El culo ya no tiene ni una estría, pisha. Quiero tenerlas bien marcadas cuando me vaya a casa de mi tía.
Lo dijo en voz baja, pero juraría que uno de los militares de atrás lo pilló, porque se removió en la silla y carraspeó fuerte. En fin, es lo que hay.
La primera clase fue más amena de lo esperado. La profesora de euskera empezó repasando vocabulario, pero al ver que muchos perdíamos el hilo cambió de tema con una sonrisa cómplice.
—Hoy vamos a aprender algo más útil —dijo—. Vamos a ver cómo se insulta en euskera.
La clase se animó de golpe. Nos enseñó varias palabras y expresiones:
Putaseme o putakume: hijo de puta.
Kabroi: cabrón.
Astapotro: gilipollas o burro grande (literalmente “potro de burro”).
Hil zaitez: que te mueras.
Y alguna maldición más fuerte como Putakume zara (eres hijo de puta) o Jo ta ke (que te den, literalmente “golpea y quema”).
Los militares se lo pasaron en grande repitiéndolas con su acento marcado, y el aula se llenó de risas contenidas. Hasta nosotros tres repetimos algunas en voz baja, divertidos.
En el primer descanso salimos al pasillo y acordamos rápido el plan: otra buena tanda para Nekane. Esta vez entre Marijó y yo. Marta se quedaría vigilando fuera por si acaso.
La segunda clase, que en teoría era de euskera administrativo, tomó un rumbo inesperado. La profesora, decidió que como era viernes mejor dedicar el tiempo a algo más alegre.
—Mi padre siempre decía que en los tiempos del txikiteo las cuadrillas cantaban por las calles —nos contó con nostalgia—. Vamos a intentarlo.
Se puso delante y empezó a cantar con una voz clara y bonita. Nos enseñó la letra de un par de canciones tradicionales, entre ellas una versión sencilla de la Habanera de los Txikiteros y fragmentos de Ikusi Mendizaleak (una canción de montañeros que habla de subir a las cimas y el orgullo euskaldun).
Nos hizo repetir los estribillos a coro:
—Gora, gora Euskal Herria… —cantábamos todos, algunos militares incluso con más entusiasmo del esperado.
Fue realmente divertido. Por primera vez en todo el cursillo el ambiente se sintió ligero y casi festivo.
En el siguiente descanso, sin embargo, se nos pegó uno de los militares y no hubo forma de quitárnoslo de encima. Miraba con ojos de deseo tanto a Marta como a Marijó, sin disimulo. Nos contó que las vascas “algunas son guapas, pero muy cerradas, no hay forma de ligar, no como en Valencia, mi tierra”.
Nekane pasó delante de nosotros sin que pudiéramos interceptarla. Su clase fue, con diferencia, la peor de todas. Podría titularse “Historia de ETA escrita por un etarra”. Todo giraba en torno a que “se vieron obligados”, que la policía y la Guardia Civil eran torturadores sistemáticos y que los independentistas eran víctimas eternas. Los militares la miraban con ganas de saltar, pero el más veterano susurraba una y otra vez:
—Calma, compañeros. Unos minutos más y se acaba.
Por fin terminó la clase. Pero no nos dejaron salir todavía. Nekane repartió los diplomas del cursillo y nos hizo rellenar la típica encuesta de satisfacción. Uno de los militares preguntó si era anónima.
Nekane negó con la cabeza.
—La información será confidencial, pero debéis poner el nombre.
Cuando terminamos, nos anunció que la Diputación Foral había preparado una merienda, que el Diputado General daría unas palabras y que después se harían unas fotos protocolarias.
Los militares y guardias civiles dejaron claro que ellos no iban a salir en las fotos con la cara a la vista. Nekane respondió de malos modos que hicieran lo que quisieran, pero que “se tomaría nota de todo”.
Nos llevó a un saloncito elegante con paneles de madera oscura, donde había una mesa repleta de canapés: pintxos de txistorra, anchoas del Cantábrico, queso Idiazabal, croquetas de jamón y algunos más elaborados. Botellas de vino tinto decente, agua y refrescos.
El Diputado General llegó poco después. Dio un breve discurso primero en euskera y luego lo repitió en castellano: nuevos tiempos, nuevas relaciones, vamos a llevarnos todos bien… Todo muy diplomático y vacío. Al final levantó la copa y pidió brindar “por Euskalerria”.
Ahí los militares no se contuvieron. En el momento del brindis respondieron a coro:
—¡Por el Rey!
Las miradas se cruzaron intensas durante un segundo, pero el Diputado General prefirió no liarla y nos animó a probar los canapés. La verdad es que estaban deliciosos. Trajeron más calientes y al final terminamos cenando allí mismo.
El Diputado se acercó a charlar con unos y con otros. Cuando llegó a nosotros preguntó con cortesía:
—¿Y ustedes, de dónde son?
—Mi hermana y yo de Madrid —respondí—. Y la embarazada que está disfrutando de ese canapé es de Cádiz.
Marijó se volvió con una sonrisa radiante y soltó con orgullo:
—Sí, de Cádiz y a mucho honra, pisha. E hija de militar.
El Diputado General se excusó con una sonrisa forzada y casi salió corriendo. Los tres nos reímos bajito.
Nekane se acercó entonces con una amabilidad exagerada y nos pidió que por favor nos hiciéramos una foto con ella: era importante para el archivo institucional, bla bla bla.
Nos miramos entre nosotros. Me acerqué un poco y le dije en voz baja, pero lo suficientemente clara para que los cuatro lo oyéramos:
—Te has librado por ahora, pero después de esa apología de ETA que nos has soltado te juro que la próxima vez te muerdo un pezón y te lo arranco.
Nekane puso una cara mezcla de miedo y excitación que creo que se mojó allí mismo. La muy guarra.
Nos sacamos la foto: los cuatro de pie, sonriendo de forma protocolaria, con el diploma en el centro y la ikurriña al fondo, como en una imagen oficial. Marta y yo con traje, Marijó con su vestido verde que marcaba la barriga de casi ocho meses, y Nekane intentando parecer profesional.

Seguimos cenando gratis. Todo estaba muy bueno.
Al rato apareció Kepa. Por una vez no iba vestido de montañero. Fue llegar, cruzar una mirada con Nekane y largarse con ella casi sin saludar. Uno de los guardias civiles se puso pálido. Sus compañeros le preguntaron qué pasaba y respondió en voz baja:
—Ese que ha entrado un momento… ha matado guardias civiles.
Pusieron todos cara de indignados y se largaron en bloque.
Al final solo quedábamos los tres y el camarero que había estado sacando los canapés calientes y sirviendo las bebidas. Parecía un chico latino, joven y simpático. Nos acercamos a que nos sirviera el último trago.
En voz baja nos rogó:
—Quedaos un ratito más, por favor. Cobro por horas y si os vais ya cobro menos.
Nos apiadamos de él y allí nos quedamos los tres charlando y picando lo que quedaba. Marijó se buscó un asiento porque ya no aguantaba más de pie. Marta y yo aprovechamos para beber de ese vino tan bueno. Como estábamos en confianza, le dijimos al camarero que se sirviera también.
Allí estuvimos los cuatro un buen rato. Al poco el camarero ya le estaba echando los perros a mi hermana sin disimulo. Por fin nos fuimos a casa los tres.
Fuimos los tres caminando hacia casa. Marijó iba delante, casi trotando a pesar de su barriga de casi ocho meses, metiéndonos prisa con su acento gaditano cada vez más marcado.
—Venga ya, coño, que vosotros folláis todos los días y yo tengo un hambre que me muero —protestaba, girándose cada pocos pasos.
Marta y yo nos mirábamos y reíamos, caminando más despacio a propósito solo para hacerla sufrir un poco. Cuanto más se impacientaba ella, más nos divertíamos nosotros.
Por fin llegamos al portal. Marijó subió las escaleras la primera, resoplando. Abrimos la puerta del ático y, según entró, empezó a desnudarse con prisa. Se apresuró tanto que no soltó suficientes botones y, cuando quiso quitarse el vestido rojo por la cabeza, se le enganchó completamente.
—Ayudadme, por favor, apiadaos de una pobre embarazada —gimió desde dentro de la tela, dando pataditas nerviosas en el suelo.
Los bebés debieron contagiarse de su impaciencia, porque de repente empezaron a dar patadas fuertes que se marcaban claramente bajo la piel tensa de su vientre.
—Calma, calma… que hay tiempo para todo —dije riéndome mientras me acercaba.
Entre Marta y yo la ayudamos a quitarse el vestido. Una vez desnuda, la abrazamos los dos al mismo tiempo, pegando nuestros cuerpos al suyo para calmarla. Los bebés también se tranquilizaron poco a poco. Empezamos a besarnos los tres: besos compartidos, de a tres, luego entre ellas, luego yo con Marta, luego yo con Marijó. Nos fuimos desnudando sin prisas, dejando que la ropa cayera al suelo. Marta y yo nos miramos un segundo y nos entendimos con los ojos: mejor ir despacio, saborearlo.
Ya los tres completamente desnudos, nos fuimos a la cama. Marijó y Marta se tumbaron una al lado de la otra. Yo me coloqué entre sus piernas y me dediqué a hacerles sexo oral y a meterles los dedos con calma. Mientras tanto, ellas se besaban y se tocaban las tetas. Marta lo hacía con cuidado, casi con cariño. Marijó, en cambio, trataba las tetas de mi hermana como a ella le gusta: apretando fuerte, dando tortas suaves y retorciendo los pezones con los dedos. De vez en cuando levantaba la mirada y veía cómo no se besaban… se mordían. A las dos se les estaban hinchando los labios.
Noté que Marijó se corrió primero en mi boca, temblando y soltando un gemido largo y gaditano. Le dejé un momento de descanso y pasé al coño de Marta. También se corrió con fuerza, apretando mis dedos dentro de ella.
Pero no paramos. Marijó, todavía jadeando, dijo con voz ronca:
—Quiero por el culo ya.
Me levanté y las dos se sentaron en el borde de la cama. Acerqué mi polla y me la chuparon con muchas ganas, turnándose, lamiendo y succionando. Estuve a punto de correrme. Pero Marta usó su truco habitual: me dio una palmada seca y precisa en los testículos. Vi las estrellas y el orgasmo se alejó por el momento.
Marijó se levantó corriendo y fue a buscar su bolso. Sacó un lubricante de verdad, de farmacia, y se puso en cuatro en el borde de la cama, ofreciéndonos el culo sin vergüenza. Marta quiso verlo de cerca y se puso a mi lado. Los dos bajamos la cabeza y empezamos a chuparle el ojete. A Marijó le encantó; se corrió solo con eso, gimiendo y temblando.
Pero insistió:
—Quiero esa pija dentro de mi culo ya, coño.
Marta y yo nos reímos. Le empecé a poner lubricante generosamente y metí un dedo, luego dos, para prepararla bien. Marta se puso delante y acercó su coño a la boca de Marijó, que no dudó ni un segundo: empezó a hacerle un cunnilingus profundo, usando también los dedos.
Cuando ya llevaba tres dedos dentro de su culo, empecé a meter mi polla. Se notaba que ese culo estaba bastante usado: se dilataba bien, pero aun así apretaba con fuerza. La agarré por las caderas y le di un buen meneo, empezando suave y yendo de menos a más. Eché las manos hacia delante y le apreté las tetas mientras la enculaba con ritmo cada vez más intenso.
Marijó se corrió con fuerza y se desplomó desmadejada encima de Marta. Yo me quedé de pie un segundo, dudando. Entonces ella murmuró, casi sin aliento:
—Quiero tu leche en mis tripas, por favor…
Entre Marta y yo la colocamos en la cama de medio lado. Yo me tumbé detrás de ella en cucharita y volví a metérsela por el culo. Marta se tumbó delante, cara a cara con Marijó, y las dos se besaron profundamente mientras yo la follaba por detrás.
Ya no pude aguantar más. Me corrí dentro de Marijó con un gemido largo, llenándole el culo de leche caliente. En ese mismo instante ella volvió a correrse, apretando mi polla con fuerza.
Nos quedamos quietos los dos, recuperando el aliento. Solo Marta se levantó un poco para vernos, con una sonrisa satisfecha. Dejé que mi polla saliera sola lentamente mientras besaba la nuca sudorosa de Marijó, todavía enterrado en su calor.
Al ratito nos levantamos los tres desnudos y fuimos pasando por el baño para asearnos. Puse el calefactor eléctrico al máximo; no era cuestión de quedarnos fríos después de tanto sudor y calor. El aire empezó a caldearse rápidamente mientras el zumbido suave llenaba la habitación.
Marijó todavía tenía más ganas. Se tocó el culo con una mano y soltó un suspiro largo y satisfecho.
—Uf… cómo noto el culito, me encanta. Lo siento tan lleno y caliente…
Marta me miró preocupada. Nos acercamos a Marijó y le pedimos con suavidad que nos mostrara el ojete. Se puso en cuatro sobre la cama y separó las nalgas con las manos. Se veía perfecto: rosado, ligeramente abierto y brillante de lubricante y semen. Sin decir nada, Marta y yo bajamos la cabeza al mismo tiempo y volvimos a chupárselo con calma, lamiendo y besando esa entrada aún sensible.
Marta quiso probar una posición nueva. Se tumbó boca arriba y Marijó se colocó encima de ella en 69. Mientras las dos se comían la almeja con ganas, yo me puse detrás de Marijó y empecé a chuparle el culo de nuevo. El triple tratamiento fue demasiado para ella: al poco rato Marijó se corrió con fuerza, temblando y gimiendo contra el coño de mi hermana, y quedó completamente desmadejada encima de Marta.
Marta no se quejó, pero Marijó, todavía jadeando, se disculpó con voz débil:
—Perdón… ayudadme a cambiar de posición, que no me responden las piernas.
Volvimos a la posición de cucharita porque era la que más cómoda nos resultaba con el tripón de Marijó. Ella se acurrucó de medio lado y yo me pegué a su espalda.
—Cuando haya soltado esta carga, ya veréis lo flexible que soy —dijo Marijó con una risita exhausta pero pícara—. Os voy a hacer todas las poses del Kamasutra, os lo juro.
Le puse más lubricante, tanto en su culo como en mi polla, y poco a poco se la volví a meter. Esta vez Marta se situó detrás de mí. Sentí cómo empezaba a jugar con mi culo: primero un dedo, luego dos, y después tres, abriéndome con cuidado pero con decisión mientras yo penetraba lentamente a Marijó. Al mismo tiempo le tocaba las tetas y le besaba la nuca sudorosa.
Marijó sujetó mis manos sobre sus pechos y me susurró con voz ronca:
—Retuérceme los pezones como haces con tu hermana… quiero probar.
No pude contenerme. Empecé a hacerlo de forma progresiva, apretando y girando cada vez más fuerte. Le debió doler, porque en un momento me paró con un gemido agudo. Pero yo insistí, dándole bastante duro aunque calculando siempre la fuerza, consciente de que no podía perjudicar a los niños. Marijó se corrió con un grito ahogado y su culo se apretó violentamente alrededor de mi polla. Al mismo tiempo noté que Marta intentaba meter toda su mano en mi culo. Fue demasiado. Yo también me corrí con un orgasmo largo e intenso, soltando mucha leche caliente en lo más profundo del recto de Marijó.
Después, Marta me confesó al oído que no había llegado a meter toda la mano, pero que le había faltado muy poco.
Yo ya no daba para más en un buen rato y Marijó, por fin, parecía saciada. Nos ofrecimos a chuparle a Marta para que ella también se corriera, pero ella se rio bajito y negó con la cabeza.
—No hace falta… mejor nos recuperamos los tres.
Nos tumbamos los tres en la cama, abrazados y sudorosos, y dormitamos un rato en un enredo de piernas y brazos.
Marta fue la que nos despertó con suavidad. Le recordó a Marijó que su tía no quería que llegara tarde a casa. La ayudó a ir al baño y a asearse con cuidado. Al rato, Marijó se fue hacia la puerta, todavía con las mejillas sonrojadas y una sonrisa satisfecha.
—Esto hay que repetirlo como tarde el viernes que viene, ¿eh? —dijo antes de marcharse.
Marta y yo recogimos todo: toallas, lubricante, ropa tirada por el suelo. Después nos acostamos.
Como había dormido un rato, ahora me estaba costando conciliar el sueño. Recordando toda la semana —la carrera en La Concha, las clases tensas, la dominación de Nekane, la cena y sobre todo lo que acabábamos de hacer con Marijó— se me estaba poniendo dura otra vez. Miré a Marta, que respiraba tranquila a mi lado, y decidí despertarla para darle lo suyo.
Sabía que le iba a gustar.

Siguiente capítulo
1 comentarios - Jugando fuerte con mi hermana. 31 trío con la embarazada.