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Estoy tumbado en la cama, con la luz de la mesilla aún encendida y el cuerpo de Marta pegado al mío. Respira tranquila, profunda, con ese ronroneo suave que hace cuando duerme de verdad. Hoy es viernes y, por primera vez en toda la semana, no tengo que poner el despertador a las seis y media. Mañana podemos dormir.
Cierro los ojos y dejo que los tres últimos días se me vengan encima como una película acelerada.
Miércoles 18 de octubre
La mañana fue idéntica a la del martes: carrera en La Concha con marea baja, series de potencia en la arena húmeda, el tirón leve en el gemelo que me obliga a parar y Marta que sigue sola.

Marta se desnuda sin avisar, se mete en el agua helada hasta la cintura y sale con los pezones duros como piedras y los piercings brillando con gotas de mar. La ayudo a quitarse la arena de los pies, le seco los tobillos con mi camiseta y, por un momento, solo existe el frío de sus pies contra mis manos y el calor que se nos sube a los dos.
En casa, ducha rápida, desayuno. Lista de la compra en la nevera: “cosas baratas que llenen”. Marta escribió debajo con boli rojo: “no compres comida de perro todavía, cabrón”.
Trabajo normal. A las catorce en punto salimos. En la parada del bus me encuentro otra vez con Marijó. Lleva la misma gabardina beige y el vestido verde que le marca ya la barriguita de siete meses y medio. Me da dos besos en la mejilla, muy correctos, y me susurra al oído:
—Hoy llevo sorpresa. A ver si la profesora de mierda se pone nerviosa.
Después de comer llegamos a la Diputación casi a la vez. Marijó trae una carpeta negra bajo el brazo.

Subimos juntos, nos sentamos en las mismas sillas del fondo y, en cuanto la primera profesora (la del euskera básico) empieza a repasar saludos, Marijó abre la carpeta con cuidado y nos la enseña.
Es un cartel A3 plastificado. En la parte de arriba, en letras grandes y claras:
KANPOAN ZERBITZUTIK – FUERA DE SERVICIO TEMPORALMENTE
Marta se tapa la boca para no reírse. Yo noto cómo se me calientan las orejas. Marijó lo guarda otra vez con una sonrisita de satisfacción.
La clase de euskera sigue: repasamos lo del martes y añadimos frases útiles. “Eskerrik asko” (gracias), “mesedez” (por favor), “euria ari du” (está lloviendo). Cuando la profesora dice esa última, yo pienso automáticamente: “Joder, con la que cae aquí, esta frase la voy a usar más que el ‘kaixo’”. También números del uno al diez, colores básicos y alguna expresión de cortesía. Todo muy inocente.
Marijó se porta como una alumna ejemplar.
Pero yo ya sé que la tormenta viene después.
En el descanso entre la primera y la segunda clase salimos los tres al pasillo y nos fuimos directamente a inspeccionar la zona de los baños de mujeres. Estaba en un rincón algo apartado del ala antigua del edificio, con dos puertas en un pasillo, el baño de mujeres al fondo.
Lo primero que dije fue:
—Oye, yo también había hecho un cartel, pero solo es un folio impreso con la misma frase. Lo he doblado y lo llevo en el bolsillo. El tuyo es mucho mejor, Marijó.
Queriendo quedar por encima, le pregunté:
—¿Has traído celo?
Marijó sonrió con esa cara de pícara que pone cuando sabe que va a ganar.
—Mucho mejor, chato. Le he puesto pegatinas de doble cara. Se pega en un segundo y no deja marca cuando lo quitas.
Los tres nos reímos bajito, tapándonos la boca. Marta, más seria, cruzó los brazos y preguntó:
—Vale, ¿y cómo lo vamos a hacer exactamente?
Yo ya lo tenía pensado:
—Lo mejor es que yo vaya a por Nekane. Vosotras dos os metéis en el baño de mujeres y esperáis dentro. Cuando ella entre pensando que le voy a dar lo que tanto le gusta… entonces sois vosotras las que jugáis con esa puta insoportable.
Marijó soltó una risita gaditana y añadió sin filtro:
—Pues yo le voy a mear encima a esa guarra, que se entere.
Volvimos a reírnos los tres, aunque esta vez con un poco más de nervios. El plan empezaba a tomar forma real.
Regresamos al aula justo cuando sonaba el timbre del final del descanso.
La segunda clase, dedicada al euskera administrativo, fue más aburrida todavía que la primera. Formularios, vocabulario de ventanillas, expresiones para atención al ciudadano… Todo muy correcto, muy seco y muy largo. La profesora lo intento, pero el temario era un somnífero con patas. Yo tomaba apuntes por inercia mientras mi cabeza ya estaba en el siguiente descanso y en lo que íbamos a hacer.
Al terminar la hora, Marijó se levantó la primera y dijo en voz baja:
—Voy al baño… por si acaso.
Y nos guiñó un ojo antes de salir.
Marta y yo nos miramos. El corazón me latía más fuerte de lo que quería reconocer. El plan estaba en marcha.
La clase de Nekane empezó sin preámbulos. Entró con su jersey rosa oversize y sus vaqueros ajustados, el pelo recogido en una coleta tirante y esa expresión amargada que ya empezaba a resultarme familiar.

Se puso delante de la pizarra y comenzó a hablar de las competencias de las diferentes administraciones vascas, insistiendo una y otra vez en lo “fundamental” que era el papel de la Diputación Foral. El tono era exactamente el mismo del martes: superior, resentido, como si nos estuviera haciendo un favor al explicarnos lo que “realmente” importaba.
Pero esta vez yo notaba algo distinto. De vez en cuando sus ojos se cruzaban con los míos durante una fracción de segundo. Miradas rápidas, asustadas, casi suplicantes. No era miedo real. Era provocación. Me estaba pidiendo castigo con la mirada. Quería que la humillara, que la usara. Y lo iba a tener… pero no exactamente como ella esperaba.
La hora se me hizo eterna. Cuando por fin sonó el timbre del descanso, casi todos los compañeros salieron al pasillo murmurando. Algunos militares iban cagándose en todo lo más barrido, pero en voz muy baja; ya nos habían aleccionado bien para no liarla. Yo me quedé sentado hasta que el aula se vació.
Entonces me levanté y me acerqué a ella despacio. Nekane estaba recogiendo sus papeles con manos ligeramente temblorosas.
—Vamos —le dije en voz baja—. Que voy a darte lo que tanto vas buscando.
Ella levantó la barbilla con insolencia.
—No voy a ninguna parte. Y no me toques, que grito.
Me dieron ganas de reír. La arrinconé contra la pared con el cuerpo, metí la mano dentro de su pantalón sin pedir permiso y bajé directamente hasta sus bragas. Eran de encaje caro, bordadas, y estaban empapadas. Al notar mis dedos presionando contra su coño hinchado, soltó un gemido ahogado.
Susurré contra su oreja—. Anda, neska, grita si es lo que realmente quieres.
Cuanto más apretaba su clítoris hinchado y resbaladizo entre mis dedos, más se mojaba. Sus pezones se marcaban duros y puntiagudos contra la tela del jersey. Tenía la respiración entrecortada. Al final, cuando oímos pasos que volvían al aula, cedió.
—Ya voy… —murmuró derrotada.
Saqué la mano de su pantalón, todavía brillante de sus fluidos, y la agarré del brazo.
—Al baño de mujeres. Ahora.
Al entrar vimos el cartel de Marijó perfectamente pegado con las pegatinas de doble cara: KANPOAN ZERBITZUTIK – FUERA DE SERVICIO TEMPORALMENTE. Dentro estaban Marta y Marijó, esperando.
Nekane intentó volverse al verlas, pero Marta fue rapidísima. Le hizo una llave impecable y la puso de rodillas con la cara casi pegada al suelo frío.
—Aquí mando yo —le dijo Marta con voz fría y autoritaria—. Y tú, txakurra, vas a hacer exactamente lo que yo diga. ¿Está claro?
Nekane jadeó.
—Sí… pero no me dejéis marcas visibles, por favor. Esa llave… me va a dejar marcas en el cuello.
Vi que ya estaba completamente dominada, así que salí al pasillo y me quedé vigilando la puerta por si alguien intentaba entrar a pesar del cartel. Marta me contó luego, con todo lujo de detalles, lo que ocurrió dentro.
Lo primero que le ordenó fue desnudarse. Nekane obedeció en silencio. Se quitó el jersey rosa, los vaqueros, y luego la lencería cara que llevaba debajo. Por fuera parecía una profesora anodina, pero debajo era puro lujo: sujetador de encaje negro con transparencias que apenas contenía unos pechos de pezones oscuros y ya completamente endurecidos, tanga a juego con una pequeña joya en la parte trasera. Dejó toda la ropa perfectamente doblada sobre el lavabo, como si estuviera en un ritual.
Marta le explicaba cada paso a Marijó en voz baja, casi didáctica:
—Lo primero es dejar claro quién manda. Normalmente no hace falta violencia, pero Nekane la necesita, así que hay que dársela.
Marijó asintió, fascinada: —Ah, claro… lógico.
—Después hay que ponerla en la posición que queramos usarla. Hoy la queremos desnuda, pero en otras ocasiones podríamos vestirla de forma ridícula o muy morbosa.
Marijó sonrió con malicia: —Podríamos vestirla de perra…
—Exacto.
Y sin más preámbulos, Marta le cruzó la cara con una bofetada sonora. Nekane gimió y suplicó:
—En la cara no… por favor, no quiero marcas visibles.
Marta no le hizo el menor caso. Empezó a darle puñetazos controlados pero dolorosos en las tetas, haciendo que aquellos pezones duros y erectos se balancearan con cada impacto. Nekane jadeaba y gemía, con los ojos húmedos.
Marta siguió explicando con calma mientras le retorcía los pezones entre los dedos, tirando de ellos hasta hacerla gritar bajito:
—Hay que calcular muy bien la fuerza. Tiene que doler, pero no hay que matarla.
Luego bajó la mano y empezó a retorcerle los labios vaginales hinchados y el clítoris empapado. Nekane temblaba. Sus fluidos vaginales brillaban y le bajaban por el interior de los muslos en hilos espesos.
—Mira cómo está de mojada con lo que le estamos haciendo —dijo Marta.
Marijó se agachó y vio el charco que se formaba entre las piernas de Nekane.
—Joder… está chorreando.
Marta ordenó entonces:
—Túmbate en el suelo. Boca arriba. Abre la boca y cierra los ojos. No los abras hasta que te lo diga.
Nekane obedeció. Marijó se puso en cuclillas sobre su cara y, sin más, empezó a orinar. El chorro caliente cayó directamente sobre la boca abierta de Nekane. Parte se derramó por sus mejillas, pero otra buena cantidad entró.
—Traga, puta. Traga —ordenó Marta.
Nekane tragó, tosiendo y gimiendo.
—Ahora limpia la última gota de la meada de mi amiga.
—Yo… yo no soy lesbiana —protestó débilmente.
—Me da igual.
Marijó apoyó su coño todavía mojado sobre la boca de Nekane.
—Haz que mi amiga se corra con tu lengua. Y puedes abrir los ojos.
Nekane obedeció. Su lengua empezó a lamer con desesperación. Marijó gemía cada vez más alto:
—Pues para no ser lesbiana… come el coño muy bien, la cabrona.
Marijó se corrió con fuerza, sujetando la cabeza de Nekane contra su sexo mientras temblaba.
Marta la ayudó a levantarse y continuó:
—A veces al sumiso se le castiga no dejándole correrse, pero hoy quiero que veas cómo se va a correr esta perra.
Se quitó un zapato y, con la planta del pie, empezó a frotar el coño empapado y abierto de Nekane. Presionó el clítoris hinchado con los dedos del pie, lo frotó en círculos rápidos. Nekane se arqueó, gimiendo como una perra en celo, y se corrió violentamente en menos de un minuto, con todo el cuerpo convulsionando y más fluidos saliendo a chorros.
En ese preciso momento sonó el timbre que anunciaba el inicio de la siguiente clase.
Marta y Marijó salieron del baño tranquilamente, como si nada hubiera pasado, y se dirigieron al aula.
Yo me quedé un segundo más en la puerta, vigilando, con la polla dura como una piedra dentro del pantalón.
La segunda clase era, como el martes, de historia, pero esta vez centrada en Gipuzkoa y en los “agravios sufridos por los vascos a lo largo de los siglos”. El tono de Nekane había cambiado por completo. Ya no había aquel fuego resentido ni aquella superioridad moral. Hablaba casi sin ganas, con voz monótona, como si estuviera recitando un texto que ya no le interesaba. Sus ojos evitaban los míos la mayor parte del tiempo. Solo de vez en cuando me lanzaba una mirada rápida, entre avergonzada y ansiosa, como si todavía estuviera sintiendo en su cuerpo lo que le habíamos hecho en el baño.
Faltaban veinte minutos para las ocho cuando Nekane se detuvo, miró el reloj y preguntó con desgana:
—¿Hay alguna pregunta?
Nadie abrió la boca. El silencio fue absoluto.
—Pues entonces damos por terminada la clase por hoy —dijo, recogiendo sus papeles con prisa.
Salimos los tres juntos. Quisimos acompañar a Marijó hasta la parada del bus, pero ella negó con la cabeza y se acarició la barriguita con una sonrisa.
—Prefiero volver andando. Es bueno para los bebés.
La vimos alejarse por la plaza de Gipuzkoa con su gabardina beige y el paso tranquilo. Marta y yo nos fuimos caminando hacia casa bajo la lluvia fina que no había parado en todo el día.
En cuanto cerramos la puerta del piso, me desnudé sin decir nada. Busqué la chancleta de Marta debajo de la cama y se la tendí.
—Hoy te toca a ti.
Marta puso cara de fastidio.
—Joder, Carlos… ya he dominado a Nekane esta tarde. Me apetecía otra cosa.
Insistí, mirándola fijamente. Al final suspiró, cogió la chancleta y asintió.
—Está bien… tú ganas.

Me puse a cuatro patas sobre la cama, con el culo en pompa. Marta se colocó a mi lado y empezó exactamente como mamá hacía: un chancletazo seco, fuerte, que me hizo soltar el aire de golpe, seguido inmediatamente de una caricia lenta y caliente con la palma de la mano por toda la nalga dolorida. Pero a diferencia de mamá, Marta no se limitaba a “quitar el dolor”. Sus manos me acariciaban por todas partes: la espalda, los costados, la parte interior de los muslos, rozando apenas mis huevos hinchados. Cada golpe iba seguido de esas caricias largas y posesivas que me ponían la piel de gallina.
Estaba a punto de correrme solo con la combinación de dolor y placer cuando, de repente, me dio una palmada seca y precisa directamente en los testículos. El dolor fue agudo, eléctrico. Me cortó el orgasmo en seco y solté un gruñido ronco.
Marta me empujó con fuerza y quedé boca arriba. Se subió encima de mí sin esperar. Su coño estaba absolutamente empapado; entró de una sola vez, tragándose mi polla hasta el fondo con un gemido largo. Estaba ardiendo por dentro.
Sé que a Marta le excita que la castiguen, que le duela el culo sobre todo. Pero también sé que le pone muchísimo dominar y causar dolor. Empezó a cabalgarme con fuerza, moviendo las caderas en círculos profundos mientras sus tetas perfectas rebotaban delante de mi cara.
—Muerde mis tetas —ordenó con voz ronca.
No me lo pensé. Me lancé a por uno de sus pezones endurecidos, lo metí entero en la boca y lo succioné con fuerza. Luego presioné los dientes alrededor de la areola y mordí. Marta soltó un grito ahogado de placer y me clavó las uñas en el pecho, acelerando el ritmo.
Intenté girarla para ponerme encima, pero ella me lo impidió, empujándome contra el colchón.
—No. Hoy mando yo.
Siguió cabalgándome sin piedad, apretando su coño alrededor de mi polla con esas contracciones que había aprendido en Barcelona. No aguanté mucho más. Me corrí dentro de ella con un gemido largo, llenándola de leche caliente.
Marta no se detuvo. En cuanto notó que yo terminaba, se levantó, sacó mi polla todavía palpitante de su interior y se sentó directamente sobre mi cara.
—Limpia todo —ordenó—. Trágate mis jugos y los tuyos.
Obedecí sin rechistar. Mi propia corrida mezclada con sus fluidos espesos me caía en la boca. Lamí con devoción, metiendo la lengua lo más profundo que podía. Cuando mordí suavemente su clítoris hinchado, Marta se tensó, soltó un grito ahogado y se corrió violentamente sobre mi cara, temblando y apretando los muslos contra mis orejas.
Nos quedamos un rato quietos, recuperando el aliento. Luego nos aseamos en el baño, todavía con las piernas temblorosas.
Cenamos en paz: tortilla y ensalada, como la noche anterior. Hablamos de cosas normales, del trabajo, de la lluvia que no paraba, de lo caro que estaba todo. Hasta que, casi al final, le pregunté:
—¿Has pensado en ponerte un piercing en el clítoris?
Marta levantó una ceja y sonrió con esa mezcla de sorpresa y picardía que tanto me gusta.
—¿Quieres que me lo ponga?
—Quizás —respondí, devolviéndole la sonrisa.
Jueves 19 de octubre 2025
El jueves por la mañana decidimos cambiar un poco la ruta y correr hasta la playa de la Zurriola. El día estaba gris, pero no llovía todavía. Marta iba unos metros por delante de mí, con esa zancada ligera y segura que tiene cuando está en forma. Al llegar a la arena miró el mar y se le iluminaron los ojos.
—Hoy me baño —dijo, empezando a quitarse la camiseta.
Le señalé la bandera roja que ondeaba fuerte y el oleaje que rompía con fuerza contra las rocas.
—Ni de coña. Hoy no.
Marta hizo un mohín, pero aceptó. Volvimos a casa trotando despacio. Desayunamos bien (gracias a la compra abundante del martes todavía quedaban cosas decentes: yogur, fruta, pan con tomate y café). Luego, trabajo sin ninguna novedad. A las catorce en punto salí y volvimos a casa a comer rápido.
A las cuatro ya estábamos otra vez en la Diputación, en la plaza de Gipuzkoa. Marijó llegó puntual como un reloj (es hija de militar, eso se nota). Nos sentamos juntos en las mismas sillas del fondo.
La primera clase fue de euskera básico: repasamos lo del martes y miércoles añadimos palabras de uso habitual, los días de la semana, expresiones como “astelehena” (lunes), “igandea” (domingo), “egun on” (buenos días) y alguna cosa más. Todo muy mecánico.
En el primer descanso salimos al pasillo. Marijó miró a ambos lados antes de hablar, esta vez fue discreta:
—Hoy quiero dominarla yo… pero no puedo hacerle una llave ni nada de eso como tú, Marta.
Marta sonrió tranquila.
—No te preocupes. Yo la domino, le ordeno que te obedezca y que se deje hacer todo lo que tú quieras hacerle. Me quedo contigo por si se resiste. Aunque no creo que lo haga. Es muy tocapelotas, pero en cuanto se rinde no da guerra.
Marijó se mordió el labio inferior y confesó con voz baja y ronca:
—Solo de pensar en retorcerle los pezones me mojo toda.
Marta y yo nos reímos bajito.
La siguiente clase, la de euskera administrativo, fue soporífera. Casi me duermo. Uno de los militares de atrás llegó a roncar durante un par de minutos. Yo tomaba apuntes por inercia mientras mi mente ya estaba en el siguiente descanso.
Al salir al segundo descanso, Marijó soltó con una sonrisa traviesa:
—Si pillamos a esa perra antes de la primera clase y la dominamos, igual no se hace tan aburrida la clase después.
Marta y yo estuvimos completamente de acuerdo.
Pero Nekane nos evitó. En algún momento, cuando fuimos al aseo, desapareció. Cuando sonó el timbre del inicio de la siguiente clase, ella ya estaba sentada en su sitio, como si nada.
La clase de instituciones vascas fue delirante. Nekane se dedicó a hablar de las oficinas del Gobierno Vasco en el extranjero como si fueran embajadas de una potencia mundial de primer orden. Hablaba de las “relaciones exteriores” del País Vasco como si influyeran directamente en las decisiones de Estados Unidos. Era tan exagerado que resultaba casi cómico.
Lo que más me llamó la atención, sin embargo, fue cómo me miraba Nekane. Sus ojos se cruzaban con los míos de una forma extraña, intensa, que no conseguía descifrar del todo. Había miedo, sí, pero también deseo, desafío y algo más profundo.
La clase terminó. Nekane recogió sus cosas a toda prisa y salió casi corriendo hacia la puerta.
Marta fue más rápida. Se interpuso en su camino con naturalidad y empezó a preguntarle algo sobre lo que se había dicho en clase (Marta es así: multitarea total; dentro de unos años aún se acordaría de cada palabra y su significado).
Los demás alumnos fueron saliendo poco a poco. Cuando nos quedamos los cuatro solos en el aula, Marta cambió el tono de voz de golpe.
—¿Dónde coño vas, perrita?
Nekane se tensó.
—Hoy no me apetece. No me voy a dejar dominar. Si me pones un dedo encima, grito.
Marta no se lo pensó ni un segundo. Hizo exactamente lo mismo que yo el miércoles: metió la mano dentro del pantalón de Nekane sin avisar. Cuando la sacó, brillaba de humedad. Se volvió hacia nosotros con una sonrisa satisfecha.
—Está más que húmeda. Lleva una compresa para que no traspase.
Nekane protestó débilmente:
—Es que estoy con la regla…
Marta se rio con desprecio.
—Se diferencia perfectamente la sangre de los fluidos vaginales. No me tomes por tonta.
Y volvió a meter la mano, esta vez apretando con fuerza. Nekane puso cara de dolor mezclado con placer puro: boca entreabierta, ojos entrecerrados, un gemido ahogado escapando de su garganta.
—Si prefieres que la sesión sea aquí —dijo Marta con calma—, a mí me da igual.
Nekane miró a los lados, asustada.
—En los baños… mejor.
Y, como dijo Marta, una vez dominada se volvía totalmente sumisa. No opuso más resistencia.
Fuimos los cuatro al baño de mujeres. El cartel de Marijó ya estaba perfectamente colocado con sus pegatinas de doble cara. Entraron las tres mujeres y yo me quedé fuera, vigilando el pasillo, con el corazón latiéndome fuerte y la polla empezando a endurecerse dentro del pantalón.
Marta me lo contó todo más tarde, con esa mezcla de excitación y orgullo que le sale cuando ha dominado a alguien. Una vez dentro del baño, Marta le soltó a Nekane sin levantar mucho la voz:
—Hoy vas a hacer exactamente lo que diga mi amiga. Y lo vas a hacer rápido y sin tocar las pelotas. ¿Entendido?
Y le cruzó la cara con una bofetada sonora que resonó en las baldosas.
Nekane se llevó la mano a la mejilla, con los ojos húmedos.
—En la cara no… por favor.
Marijó dio un paso adelante, con esa sonrisa gaditana que se le pone cuando sabe que manda.
—Desnúdate. Y pon tu ropa doblada en el suelo, ordenadita, como una buena perra.

Nekane obedeció sin rechistar. Se quitó el jersey, los vaqueros y la lencería cara que llevaba. Dejó todo perfectamente doblado sobre las baldosas frías, como si estuviera en un ritual. Quedó completamente desnuda, con los pezones ya duros y el coño brillando de humedad.
Marijó se acercó más.
—Abre la boca.
Cuando Nekane separó los labios, Marijó le metió dos dedos hasta el fondo.
—Chúpalos como si fuera una polla. Con ganas.
Nekane lo hizo. Los chupó con la lengua y los labios, mojándolos bien. Cuando Marijó los sacó, brillantes de saliva, los bajó de golpe y se los metió enteros en la vagina de Nekane, empezando a masturbarla con fuerza.
—Joder… para no ser lesbiana te está gustando mucho cómo te toco, ¿eh?
Con la otra mano empezó a darle tortas en las tetas, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, haciendo que aquellas tetas se balancearan con cada impacto.
—Joer, ¡cómo se te ponen las tetas! Cuanto más te pego, más duras se te ponen. Y esos pezones… si parecen clavos.
Sacó los dedos del coño empapado de Nekane y le retorció el clítoris con fuerza, tirando de él.
—Que no quiero que te corras todavía, so perra.
Nekane gimió alto, temblando.
Marijó se bajó un poco las bragas y ordenó:
—Ponte de rodillas. Bájame las bragas del todo. Ahora chúpame el coño hasta que me corra.
Nekane se arrodilló y obedeció. Su lengua empezó a trabajar con desesperación sobre el sexo de Marijó.
—Joer, qué bien come almejas esta puta… —gruñó Marijó con acento gaditano cada vez más marcado.
Le cogió la cabeza por la nuca con las dos manos y se frotó con fuerza contra su cara, follándole la boca sin piedad. Los gemidos de Marijó subieron de tono hasta que se corrió violentamente, apretando los muslos contra las orejas de Nekane y soltando una retahíla de improperios que harían sonrojar a un marinero.
Cuando terminó, todavía jadeando, le ordenó:
—Vístete. Y ponte las bragas del revés.
Nekane, con la cara brillante de fluidos y los ojos vidriosos, protestó débilmente:
—Pero… yo no me he corrido.
Marijó dudó un segundo, miró a Marta y luego sonrió con malicia.
—Está bien. Ponte contra el lavabo. Saca el culo en pompa.
Nekane obedeció. Marijó se colocó detrás, le metió dos dedos en el culo sin previo aviso y tres en la vagina, y empezó a follarla con la mano con rapidez y fuerza. En menos de un minuto Nekane se corrió como una perra, con todo el cuerpo convulsionando, soltando un chorro de fluidos que salpicó el suelo y gimiendo sin control.
Marijó sacó los dedos, se limpió en el muslo de Nekane y le dio una palmada en el culo.
—Listo. Ahora vete a clase.
Las dos salieron del baño como si nada. Yo seguía vigilando en el pasillo. Nekane llegó al aula con un par de minutos de retraso, todavía con las mejillas coloradas y la mirada baja.
La clase de historia vasca fue sorprendentemente interesante. Versó sobre los marinos vascos y las diferentes expediciones históricas de los navegantes vascos. Se notó que era un tema que le interesaba de verdad a Nekane y nos transmitió su pasión. Nos lo contó como si fuera una película de aventuras: balleneros, corsarios, exploradores… Por primera vez en todo el cursillo, la escuchamos todos con atención real.
Cuando acabó la clase, salimos los tres juntos. Hablamos un rato con Marijó en la plaza. Quedamos en que el viernes cenaríamos juntos en nuestro ático y luego…
Marijó se acercó más a mí, bajó un poco la voz pero no lo suficiente, y me soltó con total descaro:
—Y luego me rompes el culo bien roto. Quiero tu leche bien dentro de mis tripas. Quiero sentir la piel de tu gran pija dentro de mi culo. La quiero en lo más profundo.
Lo dijo ya en voz francamente alta. Marta y yo nos pusimos colorados como tomates. Menos mal que no había nadie cerca.
Nos despedimos con prisa. Marijó se fue andando tranquilamente, acariciándose el barrigón, mientras Marta y yo nos mirábamos sin saber si reír o escondernos.

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Estoy tumbado en la cama, con la luz de la mesilla aún encendida y el cuerpo de Marta pegado al mío. Respira tranquila, profunda, con ese ronroneo suave que hace cuando duerme de verdad. Hoy es viernes y, por primera vez en toda la semana, no tengo que poner el despertador a las seis y media. Mañana podemos dormir.
Cierro los ojos y dejo que los tres últimos días se me vengan encima como una película acelerada.
Miércoles 18 de octubre
La mañana fue idéntica a la del martes: carrera en La Concha con marea baja, series de potencia en la arena húmeda, el tirón leve en el gemelo que me obliga a parar y Marta que sigue sola.

Marta se desnuda sin avisar, se mete en el agua helada hasta la cintura y sale con los pezones duros como piedras y los piercings brillando con gotas de mar. La ayudo a quitarse la arena de los pies, le seco los tobillos con mi camiseta y, por un momento, solo existe el frío de sus pies contra mis manos y el calor que se nos sube a los dos.
En casa, ducha rápida, desayuno. Lista de la compra en la nevera: “cosas baratas que llenen”. Marta escribió debajo con boli rojo: “no compres comida de perro todavía, cabrón”.
Trabajo normal. A las catorce en punto salimos. En la parada del bus me encuentro otra vez con Marijó. Lleva la misma gabardina beige y el vestido verde que le marca ya la barriguita de siete meses y medio. Me da dos besos en la mejilla, muy correctos, y me susurra al oído:
—Hoy llevo sorpresa. A ver si la profesora de mierda se pone nerviosa.
Después de comer llegamos a la Diputación casi a la vez. Marijó trae una carpeta negra bajo el brazo.

Subimos juntos, nos sentamos en las mismas sillas del fondo y, en cuanto la primera profesora (la del euskera básico) empieza a repasar saludos, Marijó abre la carpeta con cuidado y nos la enseña.
Es un cartel A3 plastificado. En la parte de arriba, en letras grandes y claras:
KANPOAN ZERBITZUTIK – FUERA DE SERVICIO TEMPORALMENTE
Marta se tapa la boca para no reírse. Yo noto cómo se me calientan las orejas. Marijó lo guarda otra vez con una sonrisita de satisfacción.
La clase de euskera sigue: repasamos lo del martes y añadimos frases útiles. “Eskerrik asko” (gracias), “mesedez” (por favor), “euria ari du” (está lloviendo). Cuando la profesora dice esa última, yo pienso automáticamente: “Joder, con la que cae aquí, esta frase la voy a usar más que el ‘kaixo’”. También números del uno al diez, colores básicos y alguna expresión de cortesía. Todo muy inocente.
Marijó se porta como una alumna ejemplar.
Pero yo ya sé que la tormenta viene después.
En el descanso entre la primera y la segunda clase salimos los tres al pasillo y nos fuimos directamente a inspeccionar la zona de los baños de mujeres. Estaba en un rincón algo apartado del ala antigua del edificio, con dos puertas en un pasillo, el baño de mujeres al fondo.
Lo primero que dije fue:
—Oye, yo también había hecho un cartel, pero solo es un folio impreso con la misma frase. Lo he doblado y lo llevo en el bolsillo. El tuyo es mucho mejor, Marijó.
Queriendo quedar por encima, le pregunté:
—¿Has traído celo?
Marijó sonrió con esa cara de pícara que pone cuando sabe que va a ganar.
—Mucho mejor, chato. Le he puesto pegatinas de doble cara. Se pega en un segundo y no deja marca cuando lo quitas.
Los tres nos reímos bajito, tapándonos la boca. Marta, más seria, cruzó los brazos y preguntó:
—Vale, ¿y cómo lo vamos a hacer exactamente?
Yo ya lo tenía pensado:
—Lo mejor es que yo vaya a por Nekane. Vosotras dos os metéis en el baño de mujeres y esperáis dentro. Cuando ella entre pensando que le voy a dar lo que tanto le gusta… entonces sois vosotras las que jugáis con esa puta insoportable.
Marijó soltó una risita gaditana y añadió sin filtro:
—Pues yo le voy a mear encima a esa guarra, que se entere.
Volvimos a reírnos los tres, aunque esta vez con un poco más de nervios. El plan empezaba a tomar forma real.
Regresamos al aula justo cuando sonaba el timbre del final del descanso.
La segunda clase, dedicada al euskera administrativo, fue más aburrida todavía que la primera. Formularios, vocabulario de ventanillas, expresiones para atención al ciudadano… Todo muy correcto, muy seco y muy largo. La profesora lo intento, pero el temario era un somnífero con patas. Yo tomaba apuntes por inercia mientras mi cabeza ya estaba en el siguiente descanso y en lo que íbamos a hacer.
Al terminar la hora, Marijó se levantó la primera y dijo en voz baja:
—Voy al baño… por si acaso.
Y nos guiñó un ojo antes de salir.
Marta y yo nos miramos. El corazón me latía más fuerte de lo que quería reconocer. El plan estaba en marcha.
La clase de Nekane empezó sin preámbulos. Entró con su jersey rosa oversize y sus vaqueros ajustados, el pelo recogido en una coleta tirante y esa expresión amargada que ya empezaba a resultarme familiar.

Se puso delante de la pizarra y comenzó a hablar de las competencias de las diferentes administraciones vascas, insistiendo una y otra vez en lo “fundamental” que era el papel de la Diputación Foral. El tono era exactamente el mismo del martes: superior, resentido, como si nos estuviera haciendo un favor al explicarnos lo que “realmente” importaba.
Pero esta vez yo notaba algo distinto. De vez en cuando sus ojos se cruzaban con los míos durante una fracción de segundo. Miradas rápidas, asustadas, casi suplicantes. No era miedo real. Era provocación. Me estaba pidiendo castigo con la mirada. Quería que la humillara, que la usara. Y lo iba a tener… pero no exactamente como ella esperaba.
La hora se me hizo eterna. Cuando por fin sonó el timbre del descanso, casi todos los compañeros salieron al pasillo murmurando. Algunos militares iban cagándose en todo lo más barrido, pero en voz muy baja; ya nos habían aleccionado bien para no liarla. Yo me quedé sentado hasta que el aula se vació.
Entonces me levanté y me acerqué a ella despacio. Nekane estaba recogiendo sus papeles con manos ligeramente temblorosas.
—Vamos —le dije en voz baja—. Que voy a darte lo que tanto vas buscando.
Ella levantó la barbilla con insolencia.
—No voy a ninguna parte. Y no me toques, que grito.
Me dieron ganas de reír. La arrinconé contra la pared con el cuerpo, metí la mano dentro de su pantalón sin pedir permiso y bajé directamente hasta sus bragas. Eran de encaje caro, bordadas, y estaban empapadas. Al notar mis dedos presionando contra su coño hinchado, soltó un gemido ahogado.
Susurré contra su oreja—. Anda, neska, grita si es lo que realmente quieres.
Cuanto más apretaba su clítoris hinchado y resbaladizo entre mis dedos, más se mojaba. Sus pezones se marcaban duros y puntiagudos contra la tela del jersey. Tenía la respiración entrecortada. Al final, cuando oímos pasos que volvían al aula, cedió.
—Ya voy… —murmuró derrotada.
Saqué la mano de su pantalón, todavía brillante de sus fluidos, y la agarré del brazo.
—Al baño de mujeres. Ahora.
Al entrar vimos el cartel de Marijó perfectamente pegado con las pegatinas de doble cara: KANPOAN ZERBITZUTIK – FUERA DE SERVICIO TEMPORALMENTE. Dentro estaban Marta y Marijó, esperando.
Nekane intentó volverse al verlas, pero Marta fue rapidísima. Le hizo una llave impecable y la puso de rodillas con la cara casi pegada al suelo frío.
—Aquí mando yo —le dijo Marta con voz fría y autoritaria—. Y tú, txakurra, vas a hacer exactamente lo que yo diga. ¿Está claro?
Nekane jadeó.
—Sí… pero no me dejéis marcas visibles, por favor. Esa llave… me va a dejar marcas en el cuello.
Vi que ya estaba completamente dominada, así que salí al pasillo y me quedé vigilando la puerta por si alguien intentaba entrar a pesar del cartel. Marta me contó luego, con todo lujo de detalles, lo que ocurrió dentro.
Lo primero que le ordenó fue desnudarse. Nekane obedeció en silencio. Se quitó el jersey rosa, los vaqueros, y luego la lencería cara que llevaba debajo. Por fuera parecía una profesora anodina, pero debajo era puro lujo: sujetador de encaje negro con transparencias que apenas contenía unos pechos de pezones oscuros y ya completamente endurecidos, tanga a juego con una pequeña joya en la parte trasera. Dejó toda la ropa perfectamente doblada sobre el lavabo, como si estuviera en un ritual.
Marta le explicaba cada paso a Marijó en voz baja, casi didáctica:
—Lo primero es dejar claro quién manda. Normalmente no hace falta violencia, pero Nekane la necesita, así que hay que dársela.
Marijó asintió, fascinada: —Ah, claro… lógico.
—Después hay que ponerla en la posición que queramos usarla. Hoy la queremos desnuda, pero en otras ocasiones podríamos vestirla de forma ridícula o muy morbosa.
Marijó sonrió con malicia: —Podríamos vestirla de perra…
—Exacto.
Y sin más preámbulos, Marta le cruzó la cara con una bofetada sonora. Nekane gimió y suplicó:
—En la cara no… por favor, no quiero marcas visibles.
Marta no le hizo el menor caso. Empezó a darle puñetazos controlados pero dolorosos en las tetas, haciendo que aquellos pezones duros y erectos se balancearan con cada impacto. Nekane jadeaba y gemía, con los ojos húmedos.
Marta siguió explicando con calma mientras le retorcía los pezones entre los dedos, tirando de ellos hasta hacerla gritar bajito:
—Hay que calcular muy bien la fuerza. Tiene que doler, pero no hay que matarla.
Luego bajó la mano y empezó a retorcerle los labios vaginales hinchados y el clítoris empapado. Nekane temblaba. Sus fluidos vaginales brillaban y le bajaban por el interior de los muslos en hilos espesos.
—Mira cómo está de mojada con lo que le estamos haciendo —dijo Marta.
Marijó se agachó y vio el charco que se formaba entre las piernas de Nekane.
—Joder… está chorreando.
Marta ordenó entonces:
—Túmbate en el suelo. Boca arriba. Abre la boca y cierra los ojos. No los abras hasta que te lo diga.
Nekane obedeció. Marijó se puso en cuclillas sobre su cara y, sin más, empezó a orinar. El chorro caliente cayó directamente sobre la boca abierta de Nekane. Parte se derramó por sus mejillas, pero otra buena cantidad entró.
—Traga, puta. Traga —ordenó Marta.
Nekane tragó, tosiendo y gimiendo.
—Ahora limpia la última gota de la meada de mi amiga.
—Yo… yo no soy lesbiana —protestó débilmente.
—Me da igual.
Marijó apoyó su coño todavía mojado sobre la boca de Nekane.
—Haz que mi amiga se corra con tu lengua. Y puedes abrir los ojos.
Nekane obedeció. Su lengua empezó a lamer con desesperación. Marijó gemía cada vez más alto:
—Pues para no ser lesbiana… come el coño muy bien, la cabrona.
Marijó se corrió con fuerza, sujetando la cabeza de Nekane contra su sexo mientras temblaba.
Marta la ayudó a levantarse y continuó:
—A veces al sumiso se le castiga no dejándole correrse, pero hoy quiero que veas cómo se va a correr esta perra.
Se quitó un zapato y, con la planta del pie, empezó a frotar el coño empapado y abierto de Nekane. Presionó el clítoris hinchado con los dedos del pie, lo frotó en círculos rápidos. Nekane se arqueó, gimiendo como una perra en celo, y se corrió violentamente en menos de un minuto, con todo el cuerpo convulsionando y más fluidos saliendo a chorros.
En ese preciso momento sonó el timbre que anunciaba el inicio de la siguiente clase.
Marta y Marijó salieron del baño tranquilamente, como si nada hubiera pasado, y se dirigieron al aula.
Yo me quedé un segundo más en la puerta, vigilando, con la polla dura como una piedra dentro del pantalón.
La segunda clase era, como el martes, de historia, pero esta vez centrada en Gipuzkoa y en los “agravios sufridos por los vascos a lo largo de los siglos”. El tono de Nekane había cambiado por completo. Ya no había aquel fuego resentido ni aquella superioridad moral. Hablaba casi sin ganas, con voz monótona, como si estuviera recitando un texto que ya no le interesaba. Sus ojos evitaban los míos la mayor parte del tiempo. Solo de vez en cuando me lanzaba una mirada rápida, entre avergonzada y ansiosa, como si todavía estuviera sintiendo en su cuerpo lo que le habíamos hecho en el baño.
Faltaban veinte minutos para las ocho cuando Nekane se detuvo, miró el reloj y preguntó con desgana:
—¿Hay alguna pregunta?
Nadie abrió la boca. El silencio fue absoluto.
—Pues entonces damos por terminada la clase por hoy —dijo, recogiendo sus papeles con prisa.
Salimos los tres juntos. Quisimos acompañar a Marijó hasta la parada del bus, pero ella negó con la cabeza y se acarició la barriguita con una sonrisa.
—Prefiero volver andando. Es bueno para los bebés.
La vimos alejarse por la plaza de Gipuzkoa con su gabardina beige y el paso tranquilo. Marta y yo nos fuimos caminando hacia casa bajo la lluvia fina que no había parado en todo el día.
En cuanto cerramos la puerta del piso, me desnudé sin decir nada. Busqué la chancleta de Marta debajo de la cama y se la tendí.
—Hoy te toca a ti.
Marta puso cara de fastidio.
—Joder, Carlos… ya he dominado a Nekane esta tarde. Me apetecía otra cosa.
Insistí, mirándola fijamente. Al final suspiró, cogió la chancleta y asintió.
—Está bien… tú ganas.

Me puse a cuatro patas sobre la cama, con el culo en pompa. Marta se colocó a mi lado y empezó exactamente como mamá hacía: un chancletazo seco, fuerte, que me hizo soltar el aire de golpe, seguido inmediatamente de una caricia lenta y caliente con la palma de la mano por toda la nalga dolorida. Pero a diferencia de mamá, Marta no se limitaba a “quitar el dolor”. Sus manos me acariciaban por todas partes: la espalda, los costados, la parte interior de los muslos, rozando apenas mis huevos hinchados. Cada golpe iba seguido de esas caricias largas y posesivas que me ponían la piel de gallina.
Estaba a punto de correrme solo con la combinación de dolor y placer cuando, de repente, me dio una palmada seca y precisa directamente en los testículos. El dolor fue agudo, eléctrico. Me cortó el orgasmo en seco y solté un gruñido ronco.
Marta me empujó con fuerza y quedé boca arriba. Se subió encima de mí sin esperar. Su coño estaba absolutamente empapado; entró de una sola vez, tragándose mi polla hasta el fondo con un gemido largo. Estaba ardiendo por dentro.
Sé que a Marta le excita que la castiguen, que le duela el culo sobre todo. Pero también sé que le pone muchísimo dominar y causar dolor. Empezó a cabalgarme con fuerza, moviendo las caderas en círculos profundos mientras sus tetas perfectas rebotaban delante de mi cara.
—Muerde mis tetas —ordenó con voz ronca.
No me lo pensé. Me lancé a por uno de sus pezones endurecidos, lo metí entero en la boca y lo succioné con fuerza. Luego presioné los dientes alrededor de la areola y mordí. Marta soltó un grito ahogado de placer y me clavó las uñas en el pecho, acelerando el ritmo.
Intenté girarla para ponerme encima, pero ella me lo impidió, empujándome contra el colchón.
—No. Hoy mando yo.
Siguió cabalgándome sin piedad, apretando su coño alrededor de mi polla con esas contracciones que había aprendido en Barcelona. No aguanté mucho más. Me corrí dentro de ella con un gemido largo, llenándola de leche caliente.
Marta no se detuvo. En cuanto notó que yo terminaba, se levantó, sacó mi polla todavía palpitante de su interior y se sentó directamente sobre mi cara.
—Limpia todo —ordenó—. Trágate mis jugos y los tuyos.
Obedecí sin rechistar. Mi propia corrida mezclada con sus fluidos espesos me caía en la boca. Lamí con devoción, metiendo la lengua lo más profundo que podía. Cuando mordí suavemente su clítoris hinchado, Marta se tensó, soltó un grito ahogado y se corrió violentamente sobre mi cara, temblando y apretando los muslos contra mis orejas.
Nos quedamos un rato quietos, recuperando el aliento. Luego nos aseamos en el baño, todavía con las piernas temblorosas.
Cenamos en paz: tortilla y ensalada, como la noche anterior. Hablamos de cosas normales, del trabajo, de la lluvia que no paraba, de lo caro que estaba todo. Hasta que, casi al final, le pregunté:
—¿Has pensado en ponerte un piercing en el clítoris?
Marta levantó una ceja y sonrió con esa mezcla de sorpresa y picardía que tanto me gusta.
—¿Quieres que me lo ponga?
—Quizás —respondí, devolviéndole la sonrisa.
Jueves 19 de octubre 2025
El jueves por la mañana decidimos cambiar un poco la ruta y correr hasta la playa de la Zurriola. El día estaba gris, pero no llovía todavía. Marta iba unos metros por delante de mí, con esa zancada ligera y segura que tiene cuando está en forma. Al llegar a la arena miró el mar y se le iluminaron los ojos.
—Hoy me baño —dijo, empezando a quitarse la camiseta.
Le señalé la bandera roja que ondeaba fuerte y el oleaje que rompía con fuerza contra las rocas.
—Ni de coña. Hoy no.
Marta hizo un mohín, pero aceptó. Volvimos a casa trotando despacio. Desayunamos bien (gracias a la compra abundante del martes todavía quedaban cosas decentes: yogur, fruta, pan con tomate y café). Luego, trabajo sin ninguna novedad. A las catorce en punto salí y volvimos a casa a comer rápido.
A las cuatro ya estábamos otra vez en la Diputación, en la plaza de Gipuzkoa. Marijó llegó puntual como un reloj (es hija de militar, eso se nota). Nos sentamos juntos en las mismas sillas del fondo.
La primera clase fue de euskera básico: repasamos lo del martes y miércoles añadimos palabras de uso habitual, los días de la semana, expresiones como “astelehena” (lunes), “igandea” (domingo), “egun on” (buenos días) y alguna cosa más. Todo muy mecánico.
En el primer descanso salimos al pasillo. Marijó miró a ambos lados antes de hablar, esta vez fue discreta:
—Hoy quiero dominarla yo… pero no puedo hacerle una llave ni nada de eso como tú, Marta.
Marta sonrió tranquila.
—No te preocupes. Yo la domino, le ordeno que te obedezca y que se deje hacer todo lo que tú quieras hacerle. Me quedo contigo por si se resiste. Aunque no creo que lo haga. Es muy tocapelotas, pero en cuanto se rinde no da guerra.
Marijó se mordió el labio inferior y confesó con voz baja y ronca:
—Solo de pensar en retorcerle los pezones me mojo toda.
Marta y yo nos reímos bajito.
La siguiente clase, la de euskera administrativo, fue soporífera. Casi me duermo. Uno de los militares de atrás llegó a roncar durante un par de minutos. Yo tomaba apuntes por inercia mientras mi mente ya estaba en el siguiente descanso.
Al salir al segundo descanso, Marijó soltó con una sonrisa traviesa:
—Si pillamos a esa perra antes de la primera clase y la dominamos, igual no se hace tan aburrida la clase después.
Marta y yo estuvimos completamente de acuerdo.
Pero Nekane nos evitó. En algún momento, cuando fuimos al aseo, desapareció. Cuando sonó el timbre del inicio de la siguiente clase, ella ya estaba sentada en su sitio, como si nada.
La clase de instituciones vascas fue delirante. Nekane se dedicó a hablar de las oficinas del Gobierno Vasco en el extranjero como si fueran embajadas de una potencia mundial de primer orden. Hablaba de las “relaciones exteriores” del País Vasco como si influyeran directamente en las decisiones de Estados Unidos. Era tan exagerado que resultaba casi cómico.
Lo que más me llamó la atención, sin embargo, fue cómo me miraba Nekane. Sus ojos se cruzaban con los míos de una forma extraña, intensa, que no conseguía descifrar del todo. Había miedo, sí, pero también deseo, desafío y algo más profundo.
La clase terminó. Nekane recogió sus cosas a toda prisa y salió casi corriendo hacia la puerta.
Marta fue más rápida. Se interpuso en su camino con naturalidad y empezó a preguntarle algo sobre lo que se había dicho en clase (Marta es así: multitarea total; dentro de unos años aún se acordaría de cada palabra y su significado).
Los demás alumnos fueron saliendo poco a poco. Cuando nos quedamos los cuatro solos en el aula, Marta cambió el tono de voz de golpe.
—¿Dónde coño vas, perrita?
Nekane se tensó.
—Hoy no me apetece. No me voy a dejar dominar. Si me pones un dedo encima, grito.
Marta no se lo pensó ni un segundo. Hizo exactamente lo mismo que yo el miércoles: metió la mano dentro del pantalón de Nekane sin avisar. Cuando la sacó, brillaba de humedad. Se volvió hacia nosotros con una sonrisa satisfecha.
—Está más que húmeda. Lleva una compresa para que no traspase.
Nekane protestó débilmente:
—Es que estoy con la regla…
Marta se rio con desprecio.
—Se diferencia perfectamente la sangre de los fluidos vaginales. No me tomes por tonta.
Y volvió a meter la mano, esta vez apretando con fuerza. Nekane puso cara de dolor mezclado con placer puro: boca entreabierta, ojos entrecerrados, un gemido ahogado escapando de su garganta.
—Si prefieres que la sesión sea aquí —dijo Marta con calma—, a mí me da igual.
Nekane miró a los lados, asustada.
—En los baños… mejor.
Y, como dijo Marta, una vez dominada se volvía totalmente sumisa. No opuso más resistencia.
Fuimos los cuatro al baño de mujeres. El cartel de Marijó ya estaba perfectamente colocado con sus pegatinas de doble cara. Entraron las tres mujeres y yo me quedé fuera, vigilando el pasillo, con el corazón latiéndome fuerte y la polla empezando a endurecerse dentro del pantalón.
Marta me lo contó todo más tarde, con esa mezcla de excitación y orgullo que le sale cuando ha dominado a alguien. Una vez dentro del baño, Marta le soltó a Nekane sin levantar mucho la voz:
—Hoy vas a hacer exactamente lo que diga mi amiga. Y lo vas a hacer rápido y sin tocar las pelotas. ¿Entendido?
Y le cruzó la cara con una bofetada sonora que resonó en las baldosas.
Nekane se llevó la mano a la mejilla, con los ojos húmedos.
—En la cara no… por favor.
Marijó dio un paso adelante, con esa sonrisa gaditana que se le pone cuando sabe que manda.
—Desnúdate. Y pon tu ropa doblada en el suelo, ordenadita, como una buena perra.

Nekane obedeció sin rechistar. Se quitó el jersey, los vaqueros y la lencería cara que llevaba. Dejó todo perfectamente doblado sobre las baldosas frías, como si estuviera en un ritual. Quedó completamente desnuda, con los pezones ya duros y el coño brillando de humedad.
Marijó se acercó más.
—Abre la boca.
Cuando Nekane separó los labios, Marijó le metió dos dedos hasta el fondo.
—Chúpalos como si fuera una polla. Con ganas.
Nekane lo hizo. Los chupó con la lengua y los labios, mojándolos bien. Cuando Marijó los sacó, brillantes de saliva, los bajó de golpe y se los metió enteros en la vagina de Nekane, empezando a masturbarla con fuerza.
—Joder… para no ser lesbiana te está gustando mucho cómo te toco, ¿eh?
Con la otra mano empezó a darle tortas en las tetas, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, haciendo que aquellas tetas se balancearan con cada impacto.
—Joer, ¡cómo se te ponen las tetas! Cuanto más te pego, más duras se te ponen. Y esos pezones… si parecen clavos.
Sacó los dedos del coño empapado de Nekane y le retorció el clítoris con fuerza, tirando de él.
—Que no quiero que te corras todavía, so perra.
Nekane gimió alto, temblando.
Marijó se bajó un poco las bragas y ordenó:
—Ponte de rodillas. Bájame las bragas del todo. Ahora chúpame el coño hasta que me corra.
Nekane se arrodilló y obedeció. Su lengua empezó a trabajar con desesperación sobre el sexo de Marijó.
—Joer, qué bien come almejas esta puta… —gruñó Marijó con acento gaditano cada vez más marcado.
Le cogió la cabeza por la nuca con las dos manos y se frotó con fuerza contra su cara, follándole la boca sin piedad. Los gemidos de Marijó subieron de tono hasta que se corrió violentamente, apretando los muslos contra las orejas de Nekane y soltando una retahíla de improperios que harían sonrojar a un marinero.
Cuando terminó, todavía jadeando, le ordenó:
—Vístete. Y ponte las bragas del revés.
Nekane, con la cara brillante de fluidos y los ojos vidriosos, protestó débilmente:
—Pero… yo no me he corrido.
Marijó dudó un segundo, miró a Marta y luego sonrió con malicia.
—Está bien. Ponte contra el lavabo. Saca el culo en pompa.
Nekane obedeció. Marijó se colocó detrás, le metió dos dedos en el culo sin previo aviso y tres en la vagina, y empezó a follarla con la mano con rapidez y fuerza. En menos de un minuto Nekane se corrió como una perra, con todo el cuerpo convulsionando, soltando un chorro de fluidos que salpicó el suelo y gimiendo sin control.
Marijó sacó los dedos, se limpió en el muslo de Nekane y le dio una palmada en el culo.
—Listo. Ahora vete a clase.
Las dos salieron del baño como si nada. Yo seguía vigilando en el pasillo. Nekane llegó al aula con un par de minutos de retraso, todavía con las mejillas coloradas y la mirada baja.
La clase de historia vasca fue sorprendentemente interesante. Versó sobre los marinos vascos y las diferentes expediciones históricas de los navegantes vascos. Se notó que era un tema que le interesaba de verdad a Nekane y nos transmitió su pasión. Nos lo contó como si fuera una película de aventuras: balleneros, corsarios, exploradores… Por primera vez en todo el cursillo, la escuchamos todos con atención real.
Cuando acabó la clase, salimos los tres juntos. Hablamos un rato con Marijó en la plaza. Quedamos en que el viernes cenaríamos juntos en nuestro ático y luego…
Marijó se acercó más a mí, bajó un poco la voz pero no lo suficiente, y me soltó con total descaro:
—Y luego me rompes el culo bien roto. Quiero tu leche bien dentro de mis tripas. Quiero sentir la piel de tu gran pija dentro de mi culo. La quiero en lo más profundo.
Lo dijo ya en voz francamente alta. Marta y yo nos pusimos colorados como tomates. Menos mal que no había nadie cerca.
Nos despedimos con prisa. Marijó se fue andando tranquilamente, acariciándose el barrigón, mientras Marta y yo nos mirábamos sin saber si reír o escondernos.

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