El cartel de entrada a la Universidad Femenina de San Águeda brillaba bajo el sol de septiembre, con sus letras doradas y el lema grabado: "Por la excelencia de la mujer". Pero hoy, algo había cambiado. Una nota adhesiva, discretamente colocada en la esquina inferior derecha, anunciaba: "A partir de este semestre, comenzamos nuestra transición hacia la educación mixta".
Lucas Mendoza, de veinte años, con una maleta en una mano y el corazón latiendo como un tambor de guerra en el pecho, miraba aquel edificio gótico de piedra gris que sería su hogar durante los próximos cuatro años. Había sido admitido por su excepcional expediente en ingeniería de sistemas, pero también, lo sabía, como un experimento social. El primer hombre en pisar esos pasillos no como visitante, sino como estudiante de pleno derecho.

Los primeros murmullos comenzaron cuando cruzó el arco principal. Un grupo de chicas que cargaban libros se detuvo en seco, sus conversaciones muriendo de golpe. Lucas sintió docenas de ojos sobre él: curiosos, sorprendidos, algunos francamente escépticos. Un perfume colectivo a flores, champú y algo dulce inundó sus sentidos.
—¿Es él? —oyó susurrar a una rubia de coletas altas.—Parece... normal —respondió otra, más baja, con gafas.—Normal no —corrigió una tercera, de voz más grave—. Mira sus hombros. Y esa mirada.
Lucas apretó el asa de su maleta y continuó caminando hacia la oficina de administración. Cada paso resonaba en el silencio repentino del patio central. Desde las ventanas de las aulas, rostros aparecían pegados a los cristales. Algunas sonreían. Otras fruncían el ceño. Un par le guiñaron un ojo descaradamente.
La recepcionista, una mujer madura con un traje sastre impecable, dejó caer su pluma cuando Lucas anunció su nombre.—Ah, sí. El Sr. Mendoza —dijo, recuperando la compostura con un claro rubor en sus mejillas—. Tenemos... todo preparado. Su habitación está en el ala norte, tercer piso. Normalmente es solo para alumnas de posgrado, pero... ha sido adaptada.
El "adaptada" resultó ser una suite individual que debió haber pertenecido a una becaria destacada. Era espaciosa, con una cama de dos plazas, un escritorio de roble, y —notó Lucas con un nudo en la garganta— un baño privado con una ducha de cristal transparente. No había cortinas.
—Las normas —dijo la recepcionista, siguiéndole dentro—. El horario de la cafetería es de 7 a 9 para desayuno, 12 a 2 para almuerzo, y 7 a 9 para cena. La biblioteca cierra a las 10. Y el... toque de queda para visitas en las habitaciones es a las 11.
—¿Visitas? —preguntó Lucas, dejando su maleta sobre la cama.
La mujer tosió ligeramente.—Sí, bueno. Suponemos que... eventualmente... podría tener compañía. Aunque le recomendaríamos discreción. Es un entorno nuevo para todas.
Antes de que pudiera responder, un nuevo sonido llamó su atención: pasos apresurados en el corredor. Varios pares de pasos.
La primera en aparecer en la puerta fue Valeria Ríos, capitana del equipo de debate y, según el folleto que Lucas había leído en el autobús, la estudiante con el promedio más alto de la universidad. Alta, de pelo negro lacio hasta la cintura y ojos color miel, llevaba un vestido de jersey que se adhería a cada curva de su cuerpo como una segunda piel.
—Hola —dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Somos la comisión de bienvenida. Pensamos que quizás necesitarías un tour por el campus.
Detrás de ella aparecieron otras tres. Camila, la presidenta del consejo estudiantil, con pecas y una sonrisa genuinamente cálida. Renata, la estrella del equipo de natación, cuyos hombros musculosos se tensaban bajo la camiseta ajustada. Y Sofía, la bibliotecaria asistente, que se ajustaba los lentes con dedos temblorosos mientras miraba a Lucas como si fuera un espécimen raro.
—No quiero ser una molestia —dijo Lucas, sintiendo cómo la habitación parecía encogerse.
—Para nada —respondió Valeria, entrando sin pedir permiso—. Al contrario. Queremos asegurarnos de que tu... transición sea suave. Después de todo, eres el primer hombre en la uni.
Su mirada recorrió su cuerpo de arriba abajo, deteniéndose en sus manos, en su boca, en la línea de su mandíbula. Lucas sintió un calor inesperado en el bajo vientre.
El tour fue, en una palabra, abrumador. Cada edificio, cada aula, cada rincón de la universidad estaba poblado por mujeres. Jóvenes, maduras, tímidas, seguras, curiosas, recelosas. Y todas, sin excepción, lo miraban. Algunas se acercaban con excusas triviales: preguntar la hora, ofrecer indicaciones que no necesitaba, comentar sobre el clima. Otras simplemente observaban desde la distancia, susurrando entre sí.
—La piscina —anunció Renata cuando llegaron al edificio deportivo—. Tenemos sesiones libres de 6 a 8 de la mañana. Y de 8 a 10 de la noche.
El agua brillaba bajo la luz de los focos, azul y tentadora. Renata se detuvo junto al borde, mirando a Lucas con una sonrisa pícara.—¿Sabes nadar?
—Sí —respondió él, notando cómo el traje de baño de una pieza que llevaba Renata dejaba poco a la imaginación.
—Bien. Quizás podamos practicar juntos algún día. A veces necesito un compañero para entrenamientos de resistencia.
Su mano rozó la de Lucas al pasar, un contacto deliberado que dejó una estela de electricidad en su piel.
El clímax de la tarde llegó en la biblioteca. Sofía, la bibliotecaria asistente, le mostró las secciones especializadas, sus dedos temblando ligeramente cada vez que se acercaban.—Aquí está la colección de ingeniería —dijo, su voz un susurro—. Tío... quizás te interese también nuestra sección de literatura clásica. Es muy... íntima. Casi nadie va allí.
Lo guía hacia un rincón apartado, entre estanterías de roble que llegaban al techo. El aire olía a papel viejo y polvo. Cuando Sofía se inclinó para tomar un libro de un estante bajo, su falda plisada se tensó sobre las curvas de sus nalgas. Lucas desvió la mirada, pero no antes de notar cómo ella lanzaba una mirada por encima del hombro, sus mejillas encendidas.
—Este es mi favorito —murmuró, pasándole un volumen de Cumbres Borrascosas—. Hay pasajes muy... apasionados.
Sus dedos se encontraron sobre la cubierta del libro. Sofía no retiró los suyos. En cambio, los movió ligeramente, rozando sus nudillos.—Tu piel es más suave de lo que imaginaba —susurró.
El sonido de unos tacones acercándose los separó. Valeria apareció al final del pasillo, sus ojos estrechándose al ver la escena.—Sofía, la rectora quiere ver a nuestro nuevo estudiante. Ahora.
La oficina de la rectora ocupaba la torre más alta del edificio principal. Desde sus ventanas arqueadas se veía todo el campus, los jardines perfectamente cuidados, las residencias, la capilla. Pero Lucas apenas notó la vista. Su atención estaba completamente capturada por la mujer sentada tras el escritorio de ébano.
Dra. Elena Montenegro tenía la elegancia de una reina y la presencia de una leona. Aparentaba cuarenta y pocos años, pero llevaba cada uno de ellos con una autoridad que hacía parecer el tiempo irrelevante. Su pelo castaño rojizo estaba recogido en un moño perfecto, dejando al descubierto un cuello largo y grácil. El traje sastre color vino que llevaba estaba cortado para acentuar unos hombros estrechos y una cintura diminuta, mientras que la falda, que terminaba justo por encima de las rodillas, revelaba piernas cruzadas con medias de seda.
—Sr. Mendoza —dijo, y su voz era calida pero a la vez sensual ocultando algo detras de ella y con una profundidad que resonó en el pecho de Lucas—. Siéntese, por favor.
Él obedeció, sintiendo la suavidad del cuero del sillón frente a ella.—Gracias, rectora.
—Elena, por favor —corrigió ella, con una sonrisa que transformó su rostro severo en algo sorprendentemente cercano—. En esta oficina, podemos prescindir de formalidades. Después de todo, su presencia aquí representa un cambio histórico para nuestra institución.
Se levantó y caminó hacia la ventana, sus tacones haciendo un sonido firme contra el piso de madera. Lucas no pudo evitar notar el balanceo de sus caderas, el modo en que la tela de su falda se estiraba con cada movimiento.
—Mi familia fundó esta universidad hace ochenta años —continuó, mirando el campus—. Siempre fue un espacio para que las mujeres pudieran educarse sin distracciones, sin las presiones que a menudo acompañan a los entornos mixtos. Pero el mundo cambia. Y nosotros debemos cambiar con él.
Se volvió, apoyándose contra el borde de su escritorio. Desde esa posición, Lucas tenía una vista perfecta de sus piernas, de la forma en que las medias dibujaban cada músculo de sus pantorrillas.—Usted es esa prueba de cambio, Lucas. ¿Puedo llamarle Lucas?
Él asintió, su boca repentinamente seca.—Claro.
—Bien. Entonces, Lucas, déjeme ser clara: su éxito aquí es mi prioridad personal. Cualquier problema, cualquier dificultad, vendrá directamente a mí. ¿Entendido?
—Sí, rectora. Elena.
Su sonrisa se amplió.—Excelente. Ahora, hay algo más. Mis hijas estudian aquí. Claudia, en cuarto año de Derecho, y Antonia, en segundo de Medicina. Les he pedido que... Vean por usted. Y que le ayuden a integrarse.
Como si hubieran sido convocadas por arte de magia, la puerta de la oficina se abrió y dos jóvenes entraron. Claudia, la mayor, tenía la altura y la presencia de su madre, pero con el pelo suelto en ondas cobrizas que caían sobre sus hombros. Llevaba un vestido de chaquera azul marino que abría lo justo para mostrar un escote tentador. Antonia, más baja pero con curvas más generosas, tenía el pelo negro corto y una sonrisa traviesa. Sus jeans ajustados y su top de encaje negro dejaban poco a la imaginación.
—Mamá nos dijo que tenía una misión importante —dijo Claudia, acercándose a Lucas con una mano extendida—. Encantada.
Su apretón fue firme, pero sus dedos se deslizaron sobre su palma de un modo que no fue accidental. Antonia, por su parte, se limitó a mirarlo de arriba abajo con una expresión de franca apreciación.—Sí, definitivamente una misión importante —murmuró.
Elena observaba la escena con una expresión impenetrable, pero Lucas notó cómo sus ojos se oscurecían ligeramente, cómo sus dedos jugueteaban con el borde de su chaqueta.
—Bueno, chicas, no abrumen a nuestro invitado. Lucas tiene que prepararse para sus clases mañana.
—Oh, por eso estamos aquí —dijo Claudia, su sonrisa volviéndose peligrosa—. Pensábamos ayudarle con... la orientación. Mostrarle los lugares menos conocidos del campus.
—Los lugares íntimos —añadió Antonia, mordiendo suavemente su labio inferior.
Elena hizo un gesto de asentimiento.—Solo asegúrense de que esté en su habitación antes del toque de queda. Y, Lucas...
Él la miró.
—¿Sí?
—Recuerde mi oferta. Mi puerta está siempre abierta para usted. Para cualquier cosa que necesite.
El énfasis en las últimas palabras fue inconfundible. Y cuando sus ojos se encontraron con los de él, Lucas sintió algo que no había sentido en todo el día: no curiosidad, no deseo juvenil, sino hambre. Una hambre madura, segura de sí misma, y profundamente peligrosa.
La "orientación" con Claudia y Antonia comenzó en los jardines botánicos, pero rápidamente se trasladó a lugares más privados. La capilla vacía, donde el eco de sus pasos resonaba entre los bancos de madera. Los vestuarios de la piscina, aún húmedos y con olor a cloro. El observatorio astronómico en la azotea de la torre de ciencias, donde las estrellas comenzaban a aparecer en el cielo crepuscular.
—Aquí es donde venimos cuando queremos estar solas —dijo Claudia, apoyándose contra el telescopio—. O cuando queremos estar con alguien... especial.
Antonia se sentó en el borde de una mesa, separando las piernas lo justo para que Lucas viera el encaje negro de sus bragas bajo los jeans.—Mamá está muy interesada en ti —comentó, jugando con el borde de su top—. Más de lo usual.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Lucas, sintiendo cómo la temperatura en la pequeña habitación parecía subir diez grados.
—Que normalmente no invita a estudiantes a su oficina después de horas —respondió Claudia, acercándose—. Y definitivamente no le pide a sus hijas que los cuiden personalmente.
Estaba ahora a solo unos centímetros de él. Lucas podía sentir el calor de su cuerpo, oler su perfume, algo especiado y caro.—¿Y ustedes? —logró preguntar—. ¿Qué quieren?
Antonia se rió, un sonido bajo y sensual.—Queremos ver de qué estás hecho, Lucas. Queremos saber si eres tan especial como mamá cree.
Claudia levantó una mano y posó sus dedos sobre su pecho, justo sobre el corazón.—Tu corazón late muy rápido —murmuró—. ¿Estás nervioso?
—Un poco —admitió él.
—No deberías estarlo —dijo Antonia, deslizándose de la mesa y acercándose por el otro lado—. Aquí, entre nosotras, puedes ser tú mismo. Puedes... explorar.
Sus manos estaban ahora en ambos lados de su cuerpo, Claudia frente a él, Antonia a su espalda. Lucas sintió cómo el cuerpo de Antonia se presionaba contra su espalda, sus pechos suaves pero firmes a través de la fina tela de su top. Claudia, frente a él, deslizó sus manos por su pecho hasta sus hombros, luego hacia su cuello.
—Toda la universidad habla de ti —susurró Claudia, sus labios a solo un suspiro de los de él—. Las estudiantes, las profesoras, incluso las trabajadoras de la cafetería. Quieren saber cómo eres. Cómo hueles. Cómo sabes.
—Pero nosotras —añadió Antonia, mordiendo suavemente su lóbulo de la oreja— somos las primeras. Y las primeras siempre tienen... privilegios.
El primer beso fue de Claudia. Sus labios eran suaves pero insistentes, su lengua buscando entrada casi de inmediato. Lucas respondió instintivamente, sus manos encontrando sus caderas y atrayéndola más cerca. Mientras lo hacía, Antonia deslizó sus manos por su estómago, bajando y bajando, hasta el borde de sus jeans.
—Dios, ya estás duro —murmuró contra su cuello, desabrochando su botón—. ¿Todo esto es por nosotras?
Lucas no pudo responder porque Claudia había profundizado el beso, sus manos ahora en su pelo, tirando suavemente. Era una sensación abrumadora: dos cuerpos femeninos presionándose contra él, dos pares de manos explorando, dos bocas buscando su piel. Antonia bajó la cremallera de sus jeans y deslizó una mano dentro, encontrando su erección a través de su ropa interior.
—Tan grande —susurró, apretando suavemente—. Y apenas hemos comenzado.
Claudia rompió el beso, jadeando.—Mamá dijo que teníamos que llevarlo de vuelta antes del toque de queda —dijo, pero sus ojos brillaban con pura lujuria—. Pero no dijo nada sobre lo que podíamos hacer antes.
Antonia se arrodilló frente a él, mirándolo desde abajo con una expresión de adoración obscena.—Quiero probarte —dijo, y antes de que Lucas pudiera responder, había bajado sus boxers y tomado su longitud con ambas manos—. Quiero ser la primera en esta universidad en tenerte en mi boca.
Su lengua salió, rosada y húmeda, y lamió la punta de su pene con una lentitud agonizante. Lucas contuvo el aire, sus manos aferrándose a los hombros de Claudia para no caerse. Claudia, por su parte, observaba con ojos oscuros de deseo, una mano deslizándose bajo su propio vestido.
—Hazlo, hermana —susurró—. Haz que se sienta bienvenido.
Antonia no necesitó más invitación. Abrió la boca y lo tomó todo, bajando hasta que sus labios encontraron la base. Lucas gritó, un sonido ahogado que resonó en la cúpula del observatorio. La sensación era abrumadora: el calor húmedo de su boca, la presión de su garganta, el movimiento de su lengua. Y encima de todo, la vista de Claudia mirándolo mientras se tocaba a sí misma, sus dedos moviéndose bajo su vestido.
—Así —jadeó Claudia—. Así es como debe ser bienvenido el primer hombre en San Águeda.
Antonia comenzó a moverse, subiendo y bajando con un ritmo que pronto se volvió frenético. Una mano jugueteaba con sus testículos, la otra se deslizaba por sus muslos. Lucas sintió que el orgasmo se acumulaba, rápido e inevitable. Pero justo cuando estaba al borde, Claudia se arrodilló también, empujando a su hermana a un lado.
—Mi turno —dijo, y tomó su lugar, sus labios envolviéndolo sin la menor vacilación.
El cambio fue electrizante. Donde Antonia había sido ágil y juguetona, Claudia era metódica, profunda, cada movimiento calculado para extraer el máximo placer. Mientras lo hacía, Antonia se desabrochó los jeans y se los bajó, revelando que no llevaba nada debajo. Se montó en una mesa, frotándose el coño mientras observaba a su hermana trabajar.
—Mírala —jadeó Antonia—. Siempre ha sido la más competitiva. Quiere ser la mejor en todo. Incluso en esto.
Lucas ya no podía pensar. Solo sentir. El doble estímulo, las dos hermanas, la prohibición de todo, la novedad... fue demasiado. Con un grito ahogado, explotó en la boca de Claudia, quien lo tomó todo, tragando cada gota mientras sus ojos se cerraban en éxtasis.
Cuando terminó, los tres quedaron jadeando en el piso del observatorio. Claudia se limpió la boca con el dorso de la mano, una sonrisa triunfante en sus labios.—Bienvenido a San Águeda, Lucas —dijo, con su voz ronca.
Antonia se inclinó y lo besó, compartiendo el sabor de él entre sus bocas.—Esto es solo el comienzo —susurró—. Para cuando terminemos contigo, toda la universidad estará rogando por un turno.
De vuelta en su habitación, solo finalmente, Lucas se derrumbó en su cama. Su cuerpo aún temblaba con los ecos del placer, su mente daba vueltas con las implicaciones de lo que había sucedido. Y mientras miraba el techo, su teléfono vibró.
Un mensaje desconocido: "Mi oficina. Mañana a las 9 p.m. Tenemos mucho que discutir. -Elena"
Otro mensaje, de otro número: "La piscina a las 6 a.m. No llegues tarde. -Renata"
Y otro más: "La sección de literatura clásica. Durante la hora libre. Tengo algo que mostrarte. -Sofía"
Lucas apagó el teléfono y cerró los ojos. El primer día apenas había terminado, y ya tenía un harem en ciernes. La pregunta no era si podría manejar la atención. La pregunta era cuánto tiempo pasaría antes de que esa atención lo consumiera por completo.
Y en lo más profundo de su ser, una parte de él ansiaba descubrirlo.
Lucas Mendoza, de veinte años, con una maleta en una mano y el corazón latiendo como un tambor de guerra en el pecho, miraba aquel edificio gótico de piedra gris que sería su hogar durante los próximos cuatro años. Había sido admitido por su excepcional expediente en ingeniería de sistemas, pero también, lo sabía, como un experimento social. El primer hombre en pisar esos pasillos no como visitante, sino como estudiante de pleno derecho.

Los primeros murmullos comenzaron cuando cruzó el arco principal. Un grupo de chicas que cargaban libros se detuvo en seco, sus conversaciones muriendo de golpe. Lucas sintió docenas de ojos sobre él: curiosos, sorprendidos, algunos francamente escépticos. Un perfume colectivo a flores, champú y algo dulce inundó sus sentidos.
—¿Es él? —oyó susurrar a una rubia de coletas altas.—Parece... normal —respondió otra, más baja, con gafas.—Normal no —corrigió una tercera, de voz más grave—. Mira sus hombros. Y esa mirada.
Lucas apretó el asa de su maleta y continuó caminando hacia la oficina de administración. Cada paso resonaba en el silencio repentino del patio central. Desde las ventanas de las aulas, rostros aparecían pegados a los cristales. Algunas sonreían. Otras fruncían el ceño. Un par le guiñaron un ojo descaradamente.
La recepcionista, una mujer madura con un traje sastre impecable, dejó caer su pluma cuando Lucas anunció su nombre.—Ah, sí. El Sr. Mendoza —dijo, recuperando la compostura con un claro rubor en sus mejillas—. Tenemos... todo preparado. Su habitación está en el ala norte, tercer piso. Normalmente es solo para alumnas de posgrado, pero... ha sido adaptada.
El "adaptada" resultó ser una suite individual que debió haber pertenecido a una becaria destacada. Era espaciosa, con una cama de dos plazas, un escritorio de roble, y —notó Lucas con un nudo en la garganta— un baño privado con una ducha de cristal transparente. No había cortinas.
—Las normas —dijo la recepcionista, siguiéndole dentro—. El horario de la cafetería es de 7 a 9 para desayuno, 12 a 2 para almuerzo, y 7 a 9 para cena. La biblioteca cierra a las 10. Y el... toque de queda para visitas en las habitaciones es a las 11.
—¿Visitas? —preguntó Lucas, dejando su maleta sobre la cama.
La mujer tosió ligeramente.—Sí, bueno. Suponemos que... eventualmente... podría tener compañía. Aunque le recomendaríamos discreción. Es un entorno nuevo para todas.
Antes de que pudiera responder, un nuevo sonido llamó su atención: pasos apresurados en el corredor. Varios pares de pasos.
La primera en aparecer en la puerta fue Valeria Ríos, capitana del equipo de debate y, según el folleto que Lucas había leído en el autobús, la estudiante con el promedio más alto de la universidad. Alta, de pelo negro lacio hasta la cintura y ojos color miel, llevaba un vestido de jersey que se adhería a cada curva de su cuerpo como una segunda piel.
—Hola —dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Somos la comisión de bienvenida. Pensamos que quizás necesitarías un tour por el campus.
Detrás de ella aparecieron otras tres. Camila, la presidenta del consejo estudiantil, con pecas y una sonrisa genuinamente cálida. Renata, la estrella del equipo de natación, cuyos hombros musculosos se tensaban bajo la camiseta ajustada. Y Sofía, la bibliotecaria asistente, que se ajustaba los lentes con dedos temblorosos mientras miraba a Lucas como si fuera un espécimen raro.
—No quiero ser una molestia —dijo Lucas, sintiendo cómo la habitación parecía encogerse.
—Para nada —respondió Valeria, entrando sin pedir permiso—. Al contrario. Queremos asegurarnos de que tu... transición sea suave. Después de todo, eres el primer hombre en la uni.
Su mirada recorrió su cuerpo de arriba abajo, deteniéndose en sus manos, en su boca, en la línea de su mandíbula. Lucas sintió un calor inesperado en el bajo vientre.
El tour fue, en una palabra, abrumador. Cada edificio, cada aula, cada rincón de la universidad estaba poblado por mujeres. Jóvenes, maduras, tímidas, seguras, curiosas, recelosas. Y todas, sin excepción, lo miraban. Algunas se acercaban con excusas triviales: preguntar la hora, ofrecer indicaciones que no necesitaba, comentar sobre el clima. Otras simplemente observaban desde la distancia, susurrando entre sí.
—La piscina —anunció Renata cuando llegaron al edificio deportivo—. Tenemos sesiones libres de 6 a 8 de la mañana. Y de 8 a 10 de la noche.
El agua brillaba bajo la luz de los focos, azul y tentadora. Renata se detuvo junto al borde, mirando a Lucas con una sonrisa pícara.—¿Sabes nadar?
—Sí —respondió él, notando cómo el traje de baño de una pieza que llevaba Renata dejaba poco a la imaginación.
—Bien. Quizás podamos practicar juntos algún día. A veces necesito un compañero para entrenamientos de resistencia.
Su mano rozó la de Lucas al pasar, un contacto deliberado que dejó una estela de electricidad en su piel.
El clímax de la tarde llegó en la biblioteca. Sofía, la bibliotecaria asistente, le mostró las secciones especializadas, sus dedos temblando ligeramente cada vez que se acercaban.—Aquí está la colección de ingeniería —dijo, su voz un susurro—. Tío... quizás te interese también nuestra sección de literatura clásica. Es muy... íntima. Casi nadie va allí.
Lo guía hacia un rincón apartado, entre estanterías de roble que llegaban al techo. El aire olía a papel viejo y polvo. Cuando Sofía se inclinó para tomar un libro de un estante bajo, su falda plisada se tensó sobre las curvas de sus nalgas. Lucas desvió la mirada, pero no antes de notar cómo ella lanzaba una mirada por encima del hombro, sus mejillas encendidas.
—Este es mi favorito —murmuró, pasándole un volumen de Cumbres Borrascosas—. Hay pasajes muy... apasionados.
Sus dedos se encontraron sobre la cubierta del libro. Sofía no retiró los suyos. En cambio, los movió ligeramente, rozando sus nudillos.—Tu piel es más suave de lo que imaginaba —susurró.
El sonido de unos tacones acercándose los separó. Valeria apareció al final del pasillo, sus ojos estrechándose al ver la escena.—Sofía, la rectora quiere ver a nuestro nuevo estudiante. Ahora.
La oficina de la rectora ocupaba la torre más alta del edificio principal. Desde sus ventanas arqueadas se veía todo el campus, los jardines perfectamente cuidados, las residencias, la capilla. Pero Lucas apenas notó la vista. Su atención estaba completamente capturada por la mujer sentada tras el escritorio de ébano.
Dra. Elena Montenegro tenía la elegancia de una reina y la presencia de una leona. Aparentaba cuarenta y pocos años, pero llevaba cada uno de ellos con una autoridad que hacía parecer el tiempo irrelevante. Su pelo castaño rojizo estaba recogido en un moño perfecto, dejando al descubierto un cuello largo y grácil. El traje sastre color vino que llevaba estaba cortado para acentuar unos hombros estrechos y una cintura diminuta, mientras que la falda, que terminaba justo por encima de las rodillas, revelaba piernas cruzadas con medias de seda.
—Sr. Mendoza —dijo, y su voz era calida pero a la vez sensual ocultando algo detras de ella y con una profundidad que resonó en el pecho de Lucas—. Siéntese, por favor.
Él obedeció, sintiendo la suavidad del cuero del sillón frente a ella.—Gracias, rectora.
—Elena, por favor —corrigió ella, con una sonrisa que transformó su rostro severo en algo sorprendentemente cercano—. En esta oficina, podemos prescindir de formalidades. Después de todo, su presencia aquí representa un cambio histórico para nuestra institución.
Se levantó y caminó hacia la ventana, sus tacones haciendo un sonido firme contra el piso de madera. Lucas no pudo evitar notar el balanceo de sus caderas, el modo en que la tela de su falda se estiraba con cada movimiento.
—Mi familia fundó esta universidad hace ochenta años —continuó, mirando el campus—. Siempre fue un espacio para que las mujeres pudieran educarse sin distracciones, sin las presiones que a menudo acompañan a los entornos mixtos. Pero el mundo cambia. Y nosotros debemos cambiar con él.
Se volvió, apoyándose contra el borde de su escritorio. Desde esa posición, Lucas tenía una vista perfecta de sus piernas, de la forma en que las medias dibujaban cada músculo de sus pantorrillas.—Usted es esa prueba de cambio, Lucas. ¿Puedo llamarle Lucas?
Él asintió, su boca repentinamente seca.—Claro.
—Bien. Entonces, Lucas, déjeme ser clara: su éxito aquí es mi prioridad personal. Cualquier problema, cualquier dificultad, vendrá directamente a mí. ¿Entendido?
—Sí, rectora. Elena.
Su sonrisa se amplió.—Excelente. Ahora, hay algo más. Mis hijas estudian aquí. Claudia, en cuarto año de Derecho, y Antonia, en segundo de Medicina. Les he pedido que... Vean por usted. Y que le ayuden a integrarse.
Como si hubieran sido convocadas por arte de magia, la puerta de la oficina se abrió y dos jóvenes entraron. Claudia, la mayor, tenía la altura y la presencia de su madre, pero con el pelo suelto en ondas cobrizas que caían sobre sus hombros. Llevaba un vestido de chaquera azul marino que abría lo justo para mostrar un escote tentador. Antonia, más baja pero con curvas más generosas, tenía el pelo negro corto y una sonrisa traviesa. Sus jeans ajustados y su top de encaje negro dejaban poco a la imaginación.
—Mamá nos dijo que tenía una misión importante —dijo Claudia, acercándose a Lucas con una mano extendida—. Encantada.
Su apretón fue firme, pero sus dedos se deslizaron sobre su palma de un modo que no fue accidental. Antonia, por su parte, se limitó a mirarlo de arriba abajo con una expresión de franca apreciación.—Sí, definitivamente una misión importante —murmuró.
Elena observaba la escena con una expresión impenetrable, pero Lucas notó cómo sus ojos se oscurecían ligeramente, cómo sus dedos jugueteaban con el borde de su chaqueta.
—Bueno, chicas, no abrumen a nuestro invitado. Lucas tiene que prepararse para sus clases mañana.
—Oh, por eso estamos aquí —dijo Claudia, su sonrisa volviéndose peligrosa—. Pensábamos ayudarle con... la orientación. Mostrarle los lugares menos conocidos del campus.
—Los lugares íntimos —añadió Antonia, mordiendo suavemente su labio inferior.
Elena hizo un gesto de asentimiento.—Solo asegúrense de que esté en su habitación antes del toque de queda. Y, Lucas...
Él la miró.
—¿Sí?
—Recuerde mi oferta. Mi puerta está siempre abierta para usted. Para cualquier cosa que necesite.
El énfasis en las últimas palabras fue inconfundible. Y cuando sus ojos se encontraron con los de él, Lucas sintió algo que no había sentido en todo el día: no curiosidad, no deseo juvenil, sino hambre. Una hambre madura, segura de sí misma, y profundamente peligrosa.
La "orientación" con Claudia y Antonia comenzó en los jardines botánicos, pero rápidamente se trasladó a lugares más privados. La capilla vacía, donde el eco de sus pasos resonaba entre los bancos de madera. Los vestuarios de la piscina, aún húmedos y con olor a cloro. El observatorio astronómico en la azotea de la torre de ciencias, donde las estrellas comenzaban a aparecer en el cielo crepuscular.
—Aquí es donde venimos cuando queremos estar solas —dijo Claudia, apoyándose contra el telescopio—. O cuando queremos estar con alguien... especial.
Antonia se sentó en el borde de una mesa, separando las piernas lo justo para que Lucas viera el encaje negro de sus bragas bajo los jeans.—Mamá está muy interesada en ti —comentó, jugando con el borde de su top—. Más de lo usual.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Lucas, sintiendo cómo la temperatura en la pequeña habitación parecía subir diez grados.
—Que normalmente no invita a estudiantes a su oficina después de horas —respondió Claudia, acercándose—. Y definitivamente no le pide a sus hijas que los cuiden personalmente.
Estaba ahora a solo unos centímetros de él. Lucas podía sentir el calor de su cuerpo, oler su perfume, algo especiado y caro.—¿Y ustedes? —logró preguntar—. ¿Qué quieren?
Antonia se rió, un sonido bajo y sensual.—Queremos ver de qué estás hecho, Lucas. Queremos saber si eres tan especial como mamá cree.
Claudia levantó una mano y posó sus dedos sobre su pecho, justo sobre el corazón.—Tu corazón late muy rápido —murmuró—. ¿Estás nervioso?
—Un poco —admitió él.
—No deberías estarlo —dijo Antonia, deslizándose de la mesa y acercándose por el otro lado—. Aquí, entre nosotras, puedes ser tú mismo. Puedes... explorar.
Sus manos estaban ahora en ambos lados de su cuerpo, Claudia frente a él, Antonia a su espalda. Lucas sintió cómo el cuerpo de Antonia se presionaba contra su espalda, sus pechos suaves pero firmes a través de la fina tela de su top. Claudia, frente a él, deslizó sus manos por su pecho hasta sus hombros, luego hacia su cuello.
—Toda la universidad habla de ti —susurró Claudia, sus labios a solo un suspiro de los de él—. Las estudiantes, las profesoras, incluso las trabajadoras de la cafetería. Quieren saber cómo eres. Cómo hueles. Cómo sabes.
—Pero nosotras —añadió Antonia, mordiendo suavemente su lóbulo de la oreja— somos las primeras. Y las primeras siempre tienen... privilegios.
El primer beso fue de Claudia. Sus labios eran suaves pero insistentes, su lengua buscando entrada casi de inmediato. Lucas respondió instintivamente, sus manos encontrando sus caderas y atrayéndola más cerca. Mientras lo hacía, Antonia deslizó sus manos por su estómago, bajando y bajando, hasta el borde de sus jeans.
—Dios, ya estás duro —murmuró contra su cuello, desabrochando su botón—. ¿Todo esto es por nosotras?
Lucas no pudo responder porque Claudia había profundizado el beso, sus manos ahora en su pelo, tirando suavemente. Era una sensación abrumadora: dos cuerpos femeninos presionándose contra él, dos pares de manos explorando, dos bocas buscando su piel. Antonia bajó la cremallera de sus jeans y deslizó una mano dentro, encontrando su erección a través de su ropa interior.
—Tan grande —susurró, apretando suavemente—. Y apenas hemos comenzado.
Claudia rompió el beso, jadeando.—Mamá dijo que teníamos que llevarlo de vuelta antes del toque de queda —dijo, pero sus ojos brillaban con pura lujuria—. Pero no dijo nada sobre lo que podíamos hacer antes.
Antonia se arrodilló frente a él, mirándolo desde abajo con una expresión de adoración obscena.—Quiero probarte —dijo, y antes de que Lucas pudiera responder, había bajado sus boxers y tomado su longitud con ambas manos—. Quiero ser la primera en esta universidad en tenerte en mi boca.
Su lengua salió, rosada y húmeda, y lamió la punta de su pene con una lentitud agonizante. Lucas contuvo el aire, sus manos aferrándose a los hombros de Claudia para no caerse. Claudia, por su parte, observaba con ojos oscuros de deseo, una mano deslizándose bajo su propio vestido.
—Hazlo, hermana —susurró—. Haz que se sienta bienvenido.
Antonia no necesitó más invitación. Abrió la boca y lo tomó todo, bajando hasta que sus labios encontraron la base. Lucas gritó, un sonido ahogado que resonó en la cúpula del observatorio. La sensación era abrumadora: el calor húmedo de su boca, la presión de su garganta, el movimiento de su lengua. Y encima de todo, la vista de Claudia mirándolo mientras se tocaba a sí misma, sus dedos moviéndose bajo su vestido.
—Así —jadeó Claudia—. Así es como debe ser bienvenido el primer hombre en San Águeda.
Antonia comenzó a moverse, subiendo y bajando con un ritmo que pronto se volvió frenético. Una mano jugueteaba con sus testículos, la otra se deslizaba por sus muslos. Lucas sintió que el orgasmo se acumulaba, rápido e inevitable. Pero justo cuando estaba al borde, Claudia se arrodilló también, empujando a su hermana a un lado.
—Mi turno —dijo, y tomó su lugar, sus labios envolviéndolo sin la menor vacilación.
El cambio fue electrizante. Donde Antonia había sido ágil y juguetona, Claudia era metódica, profunda, cada movimiento calculado para extraer el máximo placer. Mientras lo hacía, Antonia se desabrochó los jeans y se los bajó, revelando que no llevaba nada debajo. Se montó en una mesa, frotándose el coño mientras observaba a su hermana trabajar.
—Mírala —jadeó Antonia—. Siempre ha sido la más competitiva. Quiere ser la mejor en todo. Incluso en esto.
Lucas ya no podía pensar. Solo sentir. El doble estímulo, las dos hermanas, la prohibición de todo, la novedad... fue demasiado. Con un grito ahogado, explotó en la boca de Claudia, quien lo tomó todo, tragando cada gota mientras sus ojos se cerraban en éxtasis.
Cuando terminó, los tres quedaron jadeando en el piso del observatorio. Claudia se limpió la boca con el dorso de la mano, una sonrisa triunfante en sus labios.—Bienvenido a San Águeda, Lucas —dijo, con su voz ronca.
Antonia se inclinó y lo besó, compartiendo el sabor de él entre sus bocas.—Esto es solo el comienzo —susurró—. Para cuando terminemos contigo, toda la universidad estará rogando por un turno.
De vuelta en su habitación, solo finalmente, Lucas se derrumbó en su cama. Su cuerpo aún temblaba con los ecos del placer, su mente daba vueltas con las implicaciones de lo que había sucedido. Y mientras miraba el techo, su teléfono vibró.
Un mensaje desconocido: "Mi oficina. Mañana a las 9 p.m. Tenemos mucho que discutir. -Elena"
Otro mensaje, de otro número: "La piscina a las 6 a.m. No llegues tarde. -Renata"
Y otro más: "La sección de literatura clásica. Durante la hora libre. Tengo algo que mostrarte. -Sofía"
Lucas apagó el teléfono y cerró los ojos. El primer día apenas había terminado, y ya tenía un harem en ciernes. La pregunta no era si podría manejar la atención. La pregunta era cuánto tiempo pasaría antes de que esa atención lo consumiera por completo.
Y en lo más profundo de su ser, una parte de él ansiaba descubrirlo.
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