La misma historia anteriormente publicada pero desde el punto de vista de la esposa:
Me llamo Sofía y soy bien consciente de lo que provoco en los hombres.
Salí del dormitorio todavía con la ropa de gym puesta: una remera deportiva negra ajustadísima que me marcaba las tetas grandes y firmes, y unos leggings delgados que se me clavaban entre las nalgas. Sabía perfectamente que el camel toe se me notaba y que el hilo del culo se me marcaba como si estuviera en bolas.
Cuando entré al living y vi a los tres amigotes de Juan —Pablo, Nico y Matías— sentados en el sofá, les sonreí con esa sonrisita que sé que los calienta.
—Hola chicos… —dije despacio, contoneando las caderas mientras me acercaba a la mesa ratona para agarrar una botellita de agua. Me incliné más de lo necesario, dejando que mis tetas se balancearan y que el culo se les ofreciera bien redondo y duro—. No hagan tanto escándalo que después se quejan los vecinos.
Sentí sus miradas clavadas en mi culo. Me encanta eso. Me enderecé lentamente, pasándome la mano por la cintura y les guiñé un ojo.
—Voy a entrenar un rato. Después vengo a saludarlos mejor…
Me fui al gimnasio de la casa moviendo el culo a propósito, sabiendo que los cuatro se habían quedado con la pija dura. Mientras levantaba pesas y hacía sentadillas, no paraba de imaginarme cómo me estarían mirando. Me mojé un poco pensando en eso. Me encanta sentirme deseada, sobre todo por los amigos de mi marido.
Después de casi cuarenta minutos de entrenamiento intenso, estaba empapada en sudor. La remera se me pegaba a las tetas, los pezones se me marcaban como piedras y el culo me brillaba. Tenía una sed de mierda.
Volví al living secándome el cuello con la toalla y vi mi shaker de proteína ya preparado sobre la mesa. Los cuatro me miraban raro, con una cara de pervertidos que no podían disimular.
—Uff, chicos… estoy destruida —dije agarrando el shaker—. Necesito esto ya.
Lo agité un poco. Olía… diferente. Más fuerte. Pero tenía mucha sed y no me importó. Desenrosqué la tapa y me lo llevé a los labios.
El primer trago fue espeso, cremoso, con un gusto salado y ligeramente amargo que se me pegó a la lengua. Tragué fuerte, sintiendo cómo esa leche espesa me bajaba por la garganta.
—Mmm… hoy está más espesa que de costumbre —murmuré, limpiándome con el dorso de la mano un hilo blanco que se me escapó por la comisura de los labios. Me chupé el dedo sin pensar—. Pero está rica… tiene un gusto más fuerte, como más… varonil.
Tomé otro sorbo largo, tragando ruidosamente. Sentía los grumos espesos bajando por mi garganta. Cuanto más tomaba, más se me llenaba la boca de ese sabor a semen fresco mezclado con el chocolate de la proteína. Me estaba gustando. Me puse cachonda sin entender bien por qué.
Los cuatro me miraban fijo, especialmente Juan, que tenía los ojos brillantes y la cara roja.
Terminé el shaker entero. Lamí el borde de la tapa y me pasé la lengua por los labios, recogiendo los últimos restos blancos.
—Qué rica estaba… me dejó la boca toda salada y con un gusto raro pero me encantó —dije sonriendo, sintiendo todavía el sabor espeso en la lengua—. ¿Por qué me miran así, eh? Parecen cuatro pervertidos que acaban de hacer una travesura.
Me quedé ahí parada, con las tetas agitadas por la respiración y el culo todavía sudado, mirándolos uno por uno. Sentía la panza llena de algo caliente y espeso.
Y por la cara que tenían… empecé a sospechar que esa proteína no era solamente proteína.
Me llamo Sofía y soy bien consciente de lo que provoco en los hombres.
Salí del dormitorio todavía con la ropa de gym puesta: una remera deportiva negra ajustadísima que me marcaba las tetas grandes y firmes, y unos leggings delgados que se me clavaban entre las nalgas. Sabía perfectamente que el camel toe se me notaba y que el hilo del culo se me marcaba como si estuviera en bolas.
Cuando entré al living y vi a los tres amigotes de Juan —Pablo, Nico y Matías— sentados en el sofá, les sonreí con esa sonrisita que sé que los calienta.
—Hola chicos… —dije despacio, contoneando las caderas mientras me acercaba a la mesa ratona para agarrar una botellita de agua. Me incliné más de lo necesario, dejando que mis tetas se balancearan y que el culo se les ofreciera bien redondo y duro—. No hagan tanto escándalo que después se quejan los vecinos.
Sentí sus miradas clavadas en mi culo. Me encanta eso. Me enderecé lentamente, pasándome la mano por la cintura y les guiñé un ojo.
—Voy a entrenar un rato. Después vengo a saludarlos mejor…
Me fui al gimnasio de la casa moviendo el culo a propósito, sabiendo que los cuatro se habían quedado con la pija dura. Mientras levantaba pesas y hacía sentadillas, no paraba de imaginarme cómo me estarían mirando. Me mojé un poco pensando en eso. Me encanta sentirme deseada, sobre todo por los amigos de mi marido.
Después de casi cuarenta minutos de entrenamiento intenso, estaba empapada en sudor. La remera se me pegaba a las tetas, los pezones se me marcaban como piedras y el culo me brillaba. Tenía una sed de mierda.
Volví al living secándome el cuello con la toalla y vi mi shaker de proteína ya preparado sobre la mesa. Los cuatro me miraban raro, con una cara de pervertidos que no podían disimular.
—Uff, chicos… estoy destruida —dije agarrando el shaker—. Necesito esto ya.
Lo agité un poco. Olía… diferente. Más fuerte. Pero tenía mucha sed y no me importó. Desenrosqué la tapa y me lo llevé a los labios.
El primer trago fue espeso, cremoso, con un gusto salado y ligeramente amargo que se me pegó a la lengua. Tragué fuerte, sintiendo cómo esa leche espesa me bajaba por la garganta.
—Mmm… hoy está más espesa que de costumbre —murmuré, limpiándome con el dorso de la mano un hilo blanco que se me escapó por la comisura de los labios. Me chupé el dedo sin pensar—. Pero está rica… tiene un gusto más fuerte, como más… varonil.
Tomé otro sorbo largo, tragando ruidosamente. Sentía los grumos espesos bajando por mi garganta. Cuanto más tomaba, más se me llenaba la boca de ese sabor a semen fresco mezclado con el chocolate de la proteína. Me estaba gustando. Me puse cachonda sin entender bien por qué.
Los cuatro me miraban fijo, especialmente Juan, que tenía los ojos brillantes y la cara roja.
Terminé el shaker entero. Lamí el borde de la tapa y me pasé la lengua por los labios, recogiendo los últimos restos blancos.
—Qué rica estaba… me dejó la boca toda salada y con un gusto raro pero me encantó —dije sonriendo, sintiendo todavía el sabor espeso en la lengua—. ¿Por qué me miran así, eh? Parecen cuatro pervertidos que acaban de hacer una travesura.
Me quedé ahí parada, con las tetas agitadas por la respiración y el culo todavía sudado, mirándolos uno por uno. Sentía la panza llena de algo caliente y espeso.
Y por la cara que tenían… empecé a sospechar que esa proteína no era solamente proteína.
2 comentarios - Esposa traga leche de amigotes -POV esposa (cuck)
buenisimo
van 10