Capítulo3: La conversación que abrió la puerta
Marco trató de mantenerse normal y tranquilo el resto de la tarde, pero era unabatalla perdida. Cada vez que cerraba los ojos, la misma imagen lo invadía conuna fuerza brutal: la cara de Yoselin, su esposa, sonriendo con esa vergagruesa y larga pegada a su mejilla como si fuera lo más natural del mundo. Lafoto que había descubierto por accidente seguía grabada en su mente. Imaginabaa Yoselin en el asiento trasero de ese auto, con las piernas abiertas, siendobrutalmente cogida por Carlos. Podía casi escuchar sus gemidos ahogadosmientras esa verga enorme entraba y salía de su vagina mojada, estirándola deuna forma que él nunca podría igualar. El solo pensamiento lo ponía duro otravez, haciendo que su propia verga palpitara incómodamente dentro de los pantalones.
Intentódistraerse con el trabajo pendiente en la computadora, pero sus dedos sequedaban quietos sobre el teclado. Se levantó, caminó por la casa, tomó agua,pero nada funcionaba. Esa imagen lo perseguía como un fantasma peligroso.
CuandoYoselin finalmente llegó a casa, lo hizo de buen humor. Traía una sonrisaamplia y contagiosa, como si el día hubiera sido especialmente bueno. Se quitólos zapatos en la entrada y subió directamente a la habitación para cambiarse.Marco la esperó en el sillón de la sala, con el corazón latiéndole más rápidode lo normal.
Minutosdespués, ella bajó vestida con una camiseta holgada de algodón gris que apenasle llegaba a la mitad de los muslos y una tanga negra diminuta que apenascubría su sexo. La tela de la tanga se hundía ligeramente entre sus labios,marcando una forma tentadora. Se sentó a su lado en el sillón, apoyó la cabezaen su hombro con familiaridad y suspiró contenta.
Depronto, bajó la mirada hacia la entrepierna de Marco y sus cejas se arquearoncon sorpresa y diversión.
—Marco…¿en qué estás pensando? ¿Se puede saber? —preguntó riéndose suavemente, perocon una clara intriga en la voz. Sus ojos brillaban divertidos al notar latremenda erección que marcaba sus pantalones de manera evidente.
Él sequedó helado por un segundo. El corazón le latió con fuerza contra lascostillas. Sintió que el calor subía por su cuello. Tenía que actuar rápido,antes de que el silencio lo delatara.
—Tengomuchas ganas de cogerte —respondió con voz ronca, casi gruñendo—. ¿Quieres queveamos porno?
Yoselinsonrió con picardía, mordiéndose el labio inferior. No lo pensó dos veces.
—Claroque sí, amor. Me encanta cuando te pones así de directo.
La ideaya se había empezado a formar en la cabeza de Marco mientras buscaba el controlde la televisión. Abrió una de las páginas de porno que solían usar juntos y,con una mezcla de nervios y excitación maliciosa, buscó algo que se parecieralo más posible a la foto que había descubierto. No tardó mucho en encontrar unvideo que encajaba casi perfectamente: una pareja joven en el asiento traserode un auto oscuro. El hombre tenía una verga enorme, gruesa y venosa, tan largaque apenas cabía en la boca de la chica y mucho menos en su vagina apretada.
Puso elvideo y subió un poco el volumen. El sonido de los gemidos y el roce de la pielllenó la sala. Ambos se desnudaron rápidamente frente al televisor, casi conurgencia. Yoselin quedó solo con su tanga negra, que pronto también desapareciócuando Marco se la quitó. Él se quitó todo y su verga saltó dura, palpitante yya mojada en la punta.
Seacomodaron uno al lado del otro en el sillón amplio. La mano de Yoselinenvolvió la verga de Marco con movimientos lentos y firmes, subiendo y bajandocon esa presión perfecta que ella sabía que le gustaba. Él, por su parte,deslizó dos dedos entre sus piernas, sintiendo lo mojada que ya estaba. Suvagina estaba caliente, resbaladiza y parecía palpitar alrededor de sus dedos.
Marco seacercó a su oído, besándola justo debajo de la oreja, inhalando su olorfamiliar mezclado con un leve aroma a perfume del día.
—¿Tegusta el video? —susurró, con la voz cargada de deseo.
—Sí… estámuy rico… —respondió ella, con la voz ya entrecortada por el placer. Suscaderas se movían ligeramente contra su mano.
Él notóque Yoselin estaba especialmente húmeda, más de lo habitual. Sus jugos lecorrían por los dedos y bajaban por su muslo.
—A mítambién —dijo Marco, moviendo los dedos con más ritmo—. ¿Qué te gustaexactamente del video?
Ella dudóun segundo, mordiéndose el labio con fuerza mientras miraba la pantalla.
—Está muysexy hacerlo así… en un auto, con esa urgencia, como si no pudieran esperar… y…
Se quedósin decir más, respirando agitada.
—¿Y qué?—insistió él, metiendo los dos dedos más profundo en su vagina, curvándolospara rozar ese punto que siempre la hacía estremecer.
Yoselinse estremeció visiblemente y abrió más las piernas, ofreciéndose sin vergüenza.
—Ahoravoy a tener que decirte la verdad, ¿eh? —dijo ella con una risita nerviosa,casi infantil.
—Sí—respondió Marco sin dejar de mover los dedos, entrando y saliendo con lentituddeliberada—. Dime todo.
En lapantalla, la chica ya se estaba montando sobre la verga enorme del hombre. Lacámara mostraba en detalle cómo esa polla gruesa forzaba la entrada, estirandolos labios de su vagina de una forma casi obscena. La imagen era cruda,excitante y muy realista.
—Además…se ve muy rico en el video una verga tan grande entrando así… en esa forma tanforzada —confesó Yoselin, con la voz temblorosa—. Pero me calienta sobre todoporque se ve que la chica realmente lo está disfrutando. Me gustan esos videosdonde la mujer se ve que realmente lo está gozando, no actuando.
La vergade Marco pegó un salto fuerte en la mano de Yoselin. Ella lo notó de inmediatoy soltó una risita baja y traviesa.
—¿A titambién te gusta? —preguntó, mirándolo con curiosidad genuina, sin dejar demasturbarlo con movimientos más rápidos.
—Sí—admitió él, sintiendo que el pulso se le aceleraba—. Pero que a ti te guste lovuelve aún más rico.
Se hizoun silencio cargado de expectativa, solo interrumpido por los gemidos fuertesque salían del televisor.
—¿Quépiensas realmente? —preguntó ella, mirándolo de reojo.
Marco sequedó callado un momento, dudando si seguir por ese camino. Pero estabademasiado caliente, demasiado excitado como para detenerse ahora.
—Me gustaque te calientes viendo otras vergas… —contestó con un poco de miedo, esperandosu reacción.
Yoselindetuvo un segundo el movimiento de su mano, sorprendida.
—¿Qué?¿Por qué? ¿Desde cuándo te gusta eso? —preguntó, aunque no soltó su verga ysiguió masturbándolo más despacio.
—No…ahorita lo estoy pensando —dijo Marco con honestidad—. Y el porqué… no séexactamente. Me hace pensar que estás en un mood sexual completamente abierto yme gusta que estés caliente siempre, en general. Me excita verte así de mojaday cachonda.
Se hizootro silencio. No era incómodo, más bien lleno de tensión sexual y expectativacreciente.
Marco selanzó por segunda vez, con la voz temblorosa por la excitación y elnerviosismo.
—¿Algunavez tuviste una verga así de grande en las manos? ¿O… en alguna otra parte?
Yoselindudó mucho esta vez. Lo miró fijamente a los ojos sin dejar de mover la manosobre su verga, que ahora estaba más dura que nunca. Luego bajó la vista y notólo hinchada y palpitante que estaba. Su propia vagina se contrajo fuertementealrededor de los dedos de Marco.
—No comola del video… —dijo riendo nerviosa, casi avergonzada—. Esa verga debe medir almenos 28 cm, es descabellada. Pero… tal vez tuve algunas grandes en el pasado.
Dijo laúltima frase con duda en el rostro, pero su vagina se mojó en extremo. Marcosintió claramente cómo se contraía y soltaba más jugos alrededor de sus dedos.Sin duda había recordado algo que la había calentado de verdad.
—¿Grandes…como de 20? ¿25? —insistió él, con la voz cada vez más ronca.
—¡25 no!—respondió ella de golpe, riendo nerviosa otra vez—. Tal vez… es que…
—Dime,amor. No pasa nada. Me encanta escucharte —la animó Marco, besándole el cuellomientras seguía follándola con los dedos.
—Una vez…no la medí obviamente, pero me atrevería a decir que tal vez unos 22centímetros —confesó rápido y sin pensar demasiado—. Pero no fue tan placenteroal principio. Tal vez si lo hubiéramos hecho más veces… me habría acostumbradomejor.
Cuandoterminó la frase, volteó con miedo a ver a Marco, queriendo retractarse, peroya era tarde. Sus ojos buscaban alguna señal de enojo o celos en su rostro.
—¿O seaque solo lo hiciste una vez con una así? —preguntó él, con la voz ronca deexcitación pura.
Ella sesorprendió de que no se lo tomara a mal y contestó ya sin tanto filtro:
—No.Fueron dos o tres veces con él. Pero cada vez me iba acostumbrando más altamaño. Al final ya no dolía tanto y empezaba a sentirlo… diferente. Másintenso.
Marcosintió un fuerte tirón en su verga con esa respuesta. Un hilo grueso ytransparente de precum salió de la punta y corrió por su longitud. Yoselin lonotó de inmediato. Lo miró a los ojos con una mezcla de sorpresa y deseo, seagachó lentamente y lamió el precum con la lengua, saboreándolo despacio,girando la punta alrededor del glande. Cuando terminó, se incorporó y se volvióa acomodar contra él.
—¿Teincomodan las preguntas? —preguntó Marco, casi sin aliento.
—No.Extrañamente no me incomodan. Y veo que a ti tampoco… de hecho, te pone másduro —respondió ella con una sonrisa pícara.
Semiraron fijo a los ojos durante varios segundos. Algo se apoderó de ellos derepente, como si pensaran exactamente lo mismo al mismo tiempo. Una conexiónnueva, peligrosa y profundamente excitante.
Yoselinno aguantó más. Se montó sobre Marco de un movimiento rápido y fluido, sealineó y se ensartó de golpe sobre su verga hasta el fondo. Echó la cabezahacia atrás y gritó de placer, un gemido largo y gutural. Estaba tan caliente,tan mojada y tan abierta como pocas veces antes. Marco también sentía queardía.
Esa nochecogieron como locos. Primero en el sillón, con Yoselin cabalgándolosalvajemente mientras el video seguía reproduciéndose de fondo. Luego contra lapared del pasillo, donde Marco la levantó en el aire y se la cogió con fuerza,sintiendo cómo su vagina lo apretaba con cada embestida. Finalmente terminaronen la cama, sudados y desesperados. Yoselin se corrió varias veces, más intensay ruidosamente de lo habitual, gritando su nombre y arañándole la espalda.Marco terminó dentro de ella con un orgasmo tan potente que lo dejó temblando ysin fuerzas.
Cuandofinalmente se quedaron abrazados y exhaustos, sudados, respirando agitados ycon los cuerpos todavía unidos, Marco supo en lo más profundo que algo habíacambiado para siempre entre ellos.
La puertase había abierto… y ninguno de los dos quería cerrarla.
Marco trató de mantenerse normal y tranquilo el resto de la tarde, pero era unabatalla perdida. Cada vez que cerraba los ojos, la misma imagen lo invadía conuna fuerza brutal: la cara de Yoselin, su esposa, sonriendo con esa vergagruesa y larga pegada a su mejilla como si fuera lo más natural del mundo. Lafoto que había descubierto por accidente seguía grabada en su mente. Imaginabaa Yoselin en el asiento trasero de ese auto, con las piernas abiertas, siendobrutalmente cogida por Carlos. Podía casi escuchar sus gemidos ahogadosmientras esa verga enorme entraba y salía de su vagina mojada, estirándola deuna forma que él nunca podría igualar. El solo pensamiento lo ponía duro otravez, haciendo que su propia verga palpitara incómodamente dentro de los pantalones.
Intentódistraerse con el trabajo pendiente en la computadora, pero sus dedos sequedaban quietos sobre el teclado. Se levantó, caminó por la casa, tomó agua,pero nada funcionaba. Esa imagen lo perseguía como un fantasma peligroso.
CuandoYoselin finalmente llegó a casa, lo hizo de buen humor. Traía una sonrisaamplia y contagiosa, como si el día hubiera sido especialmente bueno. Se quitólos zapatos en la entrada y subió directamente a la habitación para cambiarse.Marco la esperó en el sillón de la sala, con el corazón latiéndole más rápidode lo normal.
Minutosdespués, ella bajó vestida con una camiseta holgada de algodón gris que apenasle llegaba a la mitad de los muslos y una tanga negra diminuta que apenascubría su sexo. La tela de la tanga se hundía ligeramente entre sus labios,marcando una forma tentadora. Se sentó a su lado en el sillón, apoyó la cabezaen su hombro con familiaridad y suspiró contenta.
Depronto, bajó la mirada hacia la entrepierna de Marco y sus cejas se arquearoncon sorpresa y diversión.
—Marco…¿en qué estás pensando? ¿Se puede saber? —preguntó riéndose suavemente, perocon una clara intriga en la voz. Sus ojos brillaban divertidos al notar latremenda erección que marcaba sus pantalones de manera evidente.
Él sequedó helado por un segundo. El corazón le latió con fuerza contra lascostillas. Sintió que el calor subía por su cuello. Tenía que actuar rápido,antes de que el silencio lo delatara.
—Tengomuchas ganas de cogerte —respondió con voz ronca, casi gruñendo—. ¿Quieres queveamos porno?
Yoselinsonrió con picardía, mordiéndose el labio inferior. No lo pensó dos veces.
—Claroque sí, amor. Me encanta cuando te pones así de directo.
La ideaya se había empezado a formar en la cabeza de Marco mientras buscaba el controlde la televisión. Abrió una de las páginas de porno que solían usar juntos y,con una mezcla de nervios y excitación maliciosa, buscó algo que se parecieralo más posible a la foto que había descubierto. No tardó mucho en encontrar unvideo que encajaba casi perfectamente: una pareja joven en el asiento traserode un auto oscuro. El hombre tenía una verga enorme, gruesa y venosa, tan largaque apenas cabía en la boca de la chica y mucho menos en su vagina apretada.
Puso elvideo y subió un poco el volumen. El sonido de los gemidos y el roce de la pielllenó la sala. Ambos se desnudaron rápidamente frente al televisor, casi conurgencia. Yoselin quedó solo con su tanga negra, que pronto también desapareciócuando Marco se la quitó. Él se quitó todo y su verga saltó dura, palpitante yya mojada en la punta.
Seacomodaron uno al lado del otro en el sillón amplio. La mano de Yoselinenvolvió la verga de Marco con movimientos lentos y firmes, subiendo y bajandocon esa presión perfecta que ella sabía que le gustaba. Él, por su parte,deslizó dos dedos entre sus piernas, sintiendo lo mojada que ya estaba. Suvagina estaba caliente, resbaladiza y parecía palpitar alrededor de sus dedos.
Marco seacercó a su oído, besándola justo debajo de la oreja, inhalando su olorfamiliar mezclado con un leve aroma a perfume del día.
—¿Tegusta el video? —susurró, con la voz cargada de deseo.
—Sí… estámuy rico… —respondió ella, con la voz ya entrecortada por el placer. Suscaderas se movían ligeramente contra su mano.
Él notóque Yoselin estaba especialmente húmeda, más de lo habitual. Sus jugos lecorrían por los dedos y bajaban por su muslo.
—A mítambién —dijo Marco, moviendo los dedos con más ritmo—. ¿Qué te gustaexactamente del video?
Ella dudóun segundo, mordiéndose el labio con fuerza mientras miraba la pantalla.
—Está muysexy hacerlo así… en un auto, con esa urgencia, como si no pudieran esperar… y…
Se quedósin decir más, respirando agitada.
—¿Y qué?—insistió él, metiendo los dos dedos más profundo en su vagina, curvándolospara rozar ese punto que siempre la hacía estremecer.
Yoselinse estremeció visiblemente y abrió más las piernas, ofreciéndose sin vergüenza.
—Ahoravoy a tener que decirte la verdad, ¿eh? —dijo ella con una risita nerviosa,casi infantil.
—Sí—respondió Marco sin dejar de mover los dedos, entrando y saliendo con lentituddeliberada—. Dime todo.
En lapantalla, la chica ya se estaba montando sobre la verga enorme del hombre. Lacámara mostraba en detalle cómo esa polla gruesa forzaba la entrada, estirandolos labios de su vagina de una forma casi obscena. La imagen era cruda,excitante y muy realista.
—Además…se ve muy rico en el video una verga tan grande entrando así… en esa forma tanforzada —confesó Yoselin, con la voz temblorosa—. Pero me calienta sobre todoporque se ve que la chica realmente lo está disfrutando. Me gustan esos videosdonde la mujer se ve que realmente lo está gozando, no actuando.
La vergade Marco pegó un salto fuerte en la mano de Yoselin. Ella lo notó de inmediatoy soltó una risita baja y traviesa.
—¿A titambién te gusta? —preguntó, mirándolo con curiosidad genuina, sin dejar demasturbarlo con movimientos más rápidos.
—Sí—admitió él, sintiendo que el pulso se le aceleraba—. Pero que a ti te guste lovuelve aún más rico.
Se hizoun silencio cargado de expectativa, solo interrumpido por los gemidos fuertesque salían del televisor.
—¿Quépiensas realmente? —preguntó ella, mirándolo de reojo.
Marco sequedó callado un momento, dudando si seguir por ese camino. Pero estabademasiado caliente, demasiado excitado como para detenerse ahora.
—Me gustaque te calientes viendo otras vergas… —contestó con un poco de miedo, esperandosu reacción.
Yoselindetuvo un segundo el movimiento de su mano, sorprendida.
—¿Qué?¿Por qué? ¿Desde cuándo te gusta eso? —preguntó, aunque no soltó su verga ysiguió masturbándolo más despacio.
—No…ahorita lo estoy pensando —dijo Marco con honestidad—. Y el porqué… no séexactamente. Me hace pensar que estás en un mood sexual completamente abierto yme gusta que estés caliente siempre, en general. Me excita verte así de mojaday cachonda.
Se hizootro silencio. No era incómodo, más bien lleno de tensión sexual y expectativacreciente.
Marco selanzó por segunda vez, con la voz temblorosa por la excitación y elnerviosismo.
—¿Algunavez tuviste una verga así de grande en las manos? ¿O… en alguna otra parte?
Yoselindudó mucho esta vez. Lo miró fijamente a los ojos sin dejar de mover la manosobre su verga, que ahora estaba más dura que nunca. Luego bajó la vista y notólo hinchada y palpitante que estaba. Su propia vagina se contrajo fuertementealrededor de los dedos de Marco.
—No comola del video… —dijo riendo nerviosa, casi avergonzada—. Esa verga debe medir almenos 28 cm, es descabellada. Pero… tal vez tuve algunas grandes en el pasado.
Dijo laúltima frase con duda en el rostro, pero su vagina se mojó en extremo. Marcosintió claramente cómo se contraía y soltaba más jugos alrededor de sus dedos.Sin duda había recordado algo que la había calentado de verdad.
—¿Grandes…como de 20? ¿25? —insistió él, con la voz cada vez más ronca.
—¡25 no!—respondió ella de golpe, riendo nerviosa otra vez—. Tal vez… es que…
—Dime,amor. No pasa nada. Me encanta escucharte —la animó Marco, besándole el cuellomientras seguía follándola con los dedos.
—Una vez…no la medí obviamente, pero me atrevería a decir que tal vez unos 22centímetros —confesó rápido y sin pensar demasiado—. Pero no fue tan placenteroal principio. Tal vez si lo hubiéramos hecho más veces… me habría acostumbradomejor.
Cuandoterminó la frase, volteó con miedo a ver a Marco, queriendo retractarse, peroya era tarde. Sus ojos buscaban alguna señal de enojo o celos en su rostro.
—¿O seaque solo lo hiciste una vez con una así? —preguntó él, con la voz ronca deexcitación pura.
Ella sesorprendió de que no se lo tomara a mal y contestó ya sin tanto filtro:
—No.Fueron dos o tres veces con él. Pero cada vez me iba acostumbrando más altamaño. Al final ya no dolía tanto y empezaba a sentirlo… diferente. Másintenso.
Marcosintió un fuerte tirón en su verga con esa respuesta. Un hilo grueso ytransparente de precum salió de la punta y corrió por su longitud. Yoselin lonotó de inmediato. Lo miró a los ojos con una mezcla de sorpresa y deseo, seagachó lentamente y lamió el precum con la lengua, saboreándolo despacio,girando la punta alrededor del glande. Cuando terminó, se incorporó y se volvióa acomodar contra él.
—¿Teincomodan las preguntas? —preguntó Marco, casi sin aliento.
—No.Extrañamente no me incomodan. Y veo que a ti tampoco… de hecho, te pone másduro —respondió ella con una sonrisa pícara.
Semiraron fijo a los ojos durante varios segundos. Algo se apoderó de ellos derepente, como si pensaran exactamente lo mismo al mismo tiempo. Una conexiónnueva, peligrosa y profundamente excitante.
Yoselinno aguantó más. Se montó sobre Marco de un movimiento rápido y fluido, sealineó y se ensartó de golpe sobre su verga hasta el fondo. Echó la cabezahacia atrás y gritó de placer, un gemido largo y gutural. Estaba tan caliente,tan mojada y tan abierta como pocas veces antes. Marco también sentía queardía.
Esa nochecogieron como locos. Primero en el sillón, con Yoselin cabalgándolosalvajemente mientras el video seguía reproduciéndose de fondo. Luego contra lapared del pasillo, donde Marco la levantó en el aire y se la cogió con fuerza,sintiendo cómo su vagina lo apretaba con cada embestida. Finalmente terminaronen la cama, sudados y desesperados. Yoselin se corrió varias veces, más intensay ruidosamente de lo habitual, gritando su nombre y arañándole la espalda.Marco terminó dentro de ella con un orgasmo tan potente que lo dejó temblando ysin fuerzas.
Cuandofinalmente se quedaron abrazados y exhaustos, sudados, respirando agitados ycon los cuerpos todavía unidos, Marco supo en lo más profundo que algo habíacambiado para siempre entre ellos.
La puertase había abierto… y ninguno de los dos quería cerrarla.
0 comentarios - Semillas de Cuckold 3