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Miranda una esposa puta y su cornudito beta 1

Miranda era una diosa pelirroja de 34 años, con esa melena rojiza que caía en ondas salvajes hasta la mitad de su espalda, como fuego líquido que invitaba a quemarse. No era una flaca de revista; no, Miranda tenía unos kilos de más que la convertían en una bomba voluptuosa, con curvas que gritaban pecado puro. Sus tetas eran enormes, dos melones jugosos y pesados que rebotaban con cada paso, siempre apretados en blusas escotadas que dejaban poco a la imaginación, con pezones que se marcaban como invitaciones obscenas cuando se excitaba. Y su culo... ay, ese culo redondo y carnoso, un monumento al morbo, tan grande y firme que parecía diseñado para ser azotado, agarrado y follado sin piedad. Medía como 1,65, pero su presencia era gigante, con una piel cremosa salpicada de pecas que bajaban hasta sus muslos gruesos, listos para envolver a cualquier macho que se atreviera.
Casada con un señor de 56 años, un tipo maduro y estable llamado Eduardo, que la adoraba como a una reina pero cuya pija ya no respondía como en sus mejores días. Miranda era madre de tres hijos —dos nenas y un varoncito, todos ya en edad escolar— y manejaba la casa con una sonrisa hermosa que iluminaba todo, esa sonrisa pícara y blanca que prometía secretos sucios detrás de puertas cerradas. Pero debajo de esa fachada de ama de casa perfecta, latía una puta insaciable, una hotwife de manual que se mojaba el coño solo de pensar en vergas ajenas. Era extrovertida, coqueta hasta el hueso, con una personalidad juguetona que la hacía reírse con carcajadas roncas mientras coqueteaba descaradamente en el supermercado o en las reuniones de padres. Le encantaba sentirse deseada, saber que los hombres la miraban con hambre, imaginando cómo sería enterrar la cara entre sus tetas o reventarle el culo con embestidas brutales.
Miranda no era sumisa del todo; tenía un lado dominante en la cama, donde le gustaba mandar un poco, decirle a su cornudo de marido cómo quería que la mirara mientras otro la llenaba de leche. Pero lo que realmente la ponía cachonda era el contraste: ser la mami responsable de día, cambiando pañales y preparando meriendas, y de noche transformarse en una zorra pelirroja que salía a cazar pijas gruesas y duras, con el permiso de Eduardo, que se pajeaba en casa pensando en cómo su mujer volvía con el coño hinchado y goteando semen de extraños. Sus ojos verdes brillaban con malicia cuando hablaba de sus "aventuras", y esa sonrisa... esa sonrisa era el gancho perfecto para atrapar a cualquier tipo, prometiendo mamadas profundas y folladas salvajes que dejarían a cualquiera exhausto y adicto.
Y así empezaba todo una noche cualquiera, cuando Miranda, con un vestido ajustado que marcaba cada curva de su cuerpo voluptuoso, miró a Eduardo con esa sonrisa morbosa y le dijo: "Cariño, hoy salgo a divertirme un poco... ¿me preparás el coño con tu lengua antes de que me vaya?" 
Miranda una esposa puta y su cornudito beta 1




Miranda se volvió una hotwife porque, aunque amaba con locura a su esposo Eduardo, ese hombre maduro de 56 años, gordo y con una panza que le colgaba como un trofeo de años de cervezas y sedentarismo, su pija era un desastre total: pequeña, flácida y casi siempre muerta, incapaz de pararse ni siquiera con las tetas enormes de ella rebotando en su cara. Eduardo era tímido hasta el hueso, un tipo callado y dulce que se sonrojaba solo de mirarla desnuda, pero en la cama era un fiasco; su verga chiquita y blanda apenas rozaba las paredes de su coño hambriento, dejándola siempre con las ganas de ser llenada de verdad, de sentir una polla dura y gruesa que la partiera en dos y la hiciera gritar como la puta que llevaba dentro. Ella, con su cuerpo voluptuoso y sus curvas de diosa pelirroja, necesitaba más que eso: necesitaba semen caliente de machos potentes, vergas que la hicieran venirse una y otra vez, mientras su cornudo de marido la esperaba en casa pajeándose con la idea.
Todo empezó hace unos diez años, cuando Miranda, entonces una pelirroja de 24 años fresca y cachonda, con tetas que ya eran legendarias y un culo que hacía girar cabezas en la calle, lo conoció en una fiesta de trabajo aburrida. Ella era secretaria en una oficina de contadores, con su falda ajustada marcando ese culo carnoso y sus blusas que dejaban ver el encaje de su sostén, siempre coqueteando con los colegas para sentir esa electricidad en el coño. Eduardo era el jefe de finanzas, un viudo gordo y tímido de 46 años, con gafas gruesas y una camisa que apenas contenía su barriga, pero con una personalidad que la derritió: era amable, inteligente, con un humor seco que la hacía reír hasta que le dolía la panza, y la trataba como a una reina, escuchándola horas sobre sus sueños, sus frustraciones, sin intentar meterle mano como los babosos de siempre.
Se enamoró de él en una de esas noches de charla eterna, sentada en un bar después del trabajo, mientras él le contaba anécdotas de su vida con una voz suave y cálida que le hacía mojar las bragas sin tocarla. No fue por su cuerpo —esa panza blanda, esas manos torpes, esa pija que ya entonces intuía que sería un problema— sino por su alma: Eduardo la hacía sentir segura, valorada, como si fuera la única mujer en el mundo. La besó por primera vez esa noche, un beso tierno y torpe que no la encendió como los de los machos alfa, pero que la hizo derretirse por dentro. Se casaron un año después, y pronto vinieron los hijos: tres angelitos que llenaron la casa de caos y amor, mientras Miranda se convertía en la mami tetona y culona que todos los papis del colegio miraban con lujuria.
Pero en la cama... ay, en la cama era otra historia. La primera noche de bodas, cuando Eduardo intentó penetrarla, su pija flácida apenas entró, resbalando como un gusano triste en su coño empapado de expectativas. Ella fingió gemir, pero por dentro ardía de frustración, tocándose el clítoris a escondidas para venirse mientras él jadeaba encima de su cuerpo voluptuoso. Con los años, el problema empeoró: la edad y el sobrepeso hicieron que su verga se volviera aún más inútil, una cosita pequeña y blanda que ni con viagra se ponía tiesa. Miranda lo amaba —lo amaba de verdad, por su lealtad, por cómo la mimaba, por cómo la dejaba ser la reina de la casa— pero su coño pedía a gritos algo más: pollas duras, embestidas salvajes, semen ajeno que la llenara hasta rebalsar.
Fue Eduardo quien lo propuso una noche, rojo como un tomate, mientras le lamía el coño con su lengua torpe pero entusiasta: "Miranda, amor, sé que no te lleno como merecés... ¿y si salís a buscar lo que te falta? Yo te espero aquí, imaginando cómo te follan." Ella se vino en su boca solo de oírlo, sus tetas rebotando mientras gritaba de placer, y así nació la hotwife: una esposa sucia y cachonda que salía a cazar vergas gruesas, con el permiso de su cornudo gordo y tímido, que se excitaba solo de pensarlo. Desde entonces, Miranda se transformó en una zorra liberada, con su sonrisa hermosa prometiendo mamadas profundas y folladas brutales, mientras volvía a casa con el coño hinchado y goteando, lista para que Eduardo lo limpiara con la lengua.
Y esa noche, como tantas otras, Miranda se paró frente al espejo ajustando su vestido ceñido, que marcaba sus tetas jugosas y su culo monumental, mientras Eduardo, arrodillado, le lamía el coño con devoción, preparándola para la cacería. "Así, mi amor... hacé que me moje bien para el macho que me va a romper esta noche", le susurró ella con voz ronca, agarrándole la cabeza calva y empujándola contra su concha pelirroja y empapada. 




hotwife









Miranda salió esa noche con el coño ya empapado, el vestido negro ceñido que apenas contenía sus tetas enormes y dejaba su culo redondo y carnoso casi al aire, moviéndose con cada paso como una invitación descarada. Eduardo la había despedido en la puerta con la pija flácida metida en los pantalones, arrodillado después de lamerle el clítoris hasta dejarla al borde, susurrándole con voz temblorosa: “Disfrutá, amor… volvé llena para mí”. Ella le dio un beso en la frente, le guiñó un ojo con esa sonrisa hermosa y pícara, y se fue taconeando hacia la calle, sintiendo cómo el aire fresco le rozaba los muslos gruesos y le hacía mojar más las bragas.
Llegó al bar de siempre, un lugar oscuro y lleno de humo en el centro de la ciudad, donde la música retumbaba y los hombres la miraban como lobos hambrientos. Se sentó en la barra, cruzando las piernas para que el vestido subiera un poco más, dejando ver el encaje rojo de sus medias. Pidió un trago fuerte y empezó a escanear la sala con ojos verdes brillantes de lujuria. No buscaba un príncipe; buscaba una bestia que la tratara como la puta que era.
Y entonces lo vio: un tipo de unos 45 años, feo de cara, con rasgos toscos, nariz grande, barba de varios días mal recortada y una panza cervecera que tensaba la camisa barata. Era robusto, de esos que parecen hechos de concreto y músculo viejo, con manos grandes y callosas que prometían agarrar sin delicadeza. Se llamaba Raúl, aunque ella no lo supo hasta después. Estaba solo, bebiendo cerveza de botella, mirando el culo de las minas con descaro y soltando comentarios groseros a quien se le cruzara. Lo opuesto total a Eduardo: rudo, maleducado, sin filtro. Cuando sus ojos se cruzaron con los de Miranda, no sonrió con ternura; la miró de arriba abajo como si ya la estuviera desnudando, y soltó un “¡Qué pedazo de hembra, carajo!” lo suficientemente alto para que ella lo oyera.
Miranda sintió un escalofrío caliente subirle por la espalda. Le encantó esa grosería cruda, esa falta de modales que su marido jamás tendría. Se acercó ella misma, contoneando las caderas, y se paró al lado de él sin pedir permiso. “¿Te gusta lo que ves, grandote?”, le dijo con voz ronca, inclinándose para que sus tetas casi le rozaran el brazo. Raúl la miró fijo, sin vergüenza, y le contestó: “Me gusta tanto que ya se me paró la pija solo de verte el culo. ¿Querés comprobarlo o seguís jugando a la difícil?”.
Ella se rió, esa carcajada sensual que hacía temblar sus pechos, y le puso una mano en el muslo grueso. “No juego a la difícil. Juego a la puta”. Media hora después, ya estaban en el auto de él, un cacharro viejo que olía a cigarrillo y macho sudado. Raúl manejaba con una mano en el volante y la otra metida entre las piernas de Miranda, metiéndole dos dedos gordos en el coño mientras le decía: “Mirá cómo estás de mojada, zorra… tu marido debe tener una pichita de mierda para que vengas a buscar verga de verdad”. Ella gemía contra su cuello, mordiéndole la oreja, respondiendo: “Sí… tiene una cosita flácida que ni me toca las paredes. Necesito que me rompas, feo… haceme gritar”.
Llegaron al departamento de Raúl, un lugar desordenado, con ropa tirada y olor a testosterona. Apenas cerró la puerta, él la empujó contra la pared sin delicadeza, le arrancó el vestido de un tirón y le metió la boca en las tetas, chupando los pezones duros como si quisiera comérselos. “Qué tetas de puta tenés… grandes y pesadas, para manosearlas todo el día”. Miranda se arqueó, agarrándole la cabeza peluda y empujándola más fuerte. “Chupálas fuerte, animal… mordé”.
Raúl no se hizo rogar: la levantó como si no pesara nada —a pesar de sus curvas voluptuosas— y la tiró en la cama deshecha. Le arrancó las bragas de un manotazo, le abrió las piernas gruesas y se bajó los pantalones. Su pija salió libre: gruesa, venosa, dura como piedra, mucho más grande que la de Eduardo. “Mirá esta verga, colorada… esta sí te va a partir el orto”. Miranda se lamió los labios, tocándose el clítoris mientras lo miraba. “Dámela toda, bruto… haceme tuya”.
La penetró de un solo empujón brutal, llenándole el coño hasta el fondo con esa polla gorda que la estiraba deliciosamente. Miranda gritó de placer, clavándole las uñas en la espalda ancha mientras él la embestía sin piedad, gruñendo insultos: “Tomá, puta pelirroja… tomá verga de verdad… tu cornudo gordo debe estar pajeándose pensando en esto”. Ella se vino en la tercera embestida, temblando toda, sus tetas rebotando salvajemente, el coño apretando esa pija ajena como si no quisiera soltarla nunca.
Raúl la dio vuelta, la puso en cuatro y le metió la verga por atrás, agarrándole el culo carnoso con ambas manos, azotándolo fuerte hasta dejarlo rojo. “Este culo es mío esta noche… voy a llenártelo de leche”. Miranda gemía como loca: “Sí… llename, feo… dejame goteando para que mi marido lo lama después”. Él aceleró, sudando, gruñendo, hasta que se corrió dentro de ella con un rugido animal, chorros calientes y espesos que le llenaron el coño y empezaron a gotear por sus muslos gruesos.
Después, exhausta y satisfecha, Miranda se quedó un rato tirada en la cama, con el coño hinchado y rojo, mientras Raúl le pasaba una cerveza y le decía: “Volvé cuando quieras, zorra… siempre vas a tener verga aquí”. Ella sonrió con esa sonrisa hermosa y morbosa, se vistió como pudo y se fue, sintiendo cómo la leche ajena le resbalaba por las piernas mientras manejaba de vuelta a casa.
Cuando llegó, Eduardo la esperaba despierto, con los ojos brillantes de excitación. Miranda se paró frente a él, se levantó el vestido y le mostró el coño empapado y lleno. “Vení, cornudito… limpiame con la lengua lo que me dejó el macho de esta noche”. Y Eduardo, arrodillado como siempre, metió la cara entre sus muslos, lamiendo con devoción esa mezcla de semen desconocido y jugos de su esposa, mientras ella le acariciaba la cabeza calva y gemía bajito: “Así, mi amor… saboreá cómo me follan de verdad”.






Al día siguiente, el sol entraba tímido por la ventana de la cocina mientras Miranda preparaba el desayuno para los chicos. Vestida con un shortcito ajustado que se le metía entre las nalgas y una remera vieja que apenas contenía sus tetas pesadas, movía las caderas al ritmo de una canción que sonaba bajito en la radio. Afuera, el mundo seguía igual: los vecinos saludando, los autos pasando, la rutina de Quilmes despertando. Pero dentro de ella, todo era un torbellino caliente y pegajoso de recuerdos que le humedecían el coño sin que nadie lo notara.
Mientras untaba manteca en el pan de las nenas, cerró los ojos un segundo y volvió a sentirlo: el olor a sudor macho y cigarrillo rancio del departamento de Raúl, el peso de ese cuerpo robusto y feo aplastándola contra el colchón deshecho, la forma en que su verga gruesa y venosa la había abierto de un empujón brutal, sin pedir permiso, sin caricias suaves. Recordó cómo había gritado de placer cuando él le había agarrado el culo con esas manos callosas, azotándolo hasta dejarlo rojo y ardiente, mientras le gruñía al oído: “Tomá, zorra pelirroja, esta verga sí te llena”. Y ella… ella se había venido tan fuerte que le temblaron las piernas, el coño apretando esa polla ajena como si quisiera tragársela entera.
Comparado con Eduardo… ay, qué vacío se sentía ahora todo lo de siempre. Con su marido, el sexo era un ritual triste y predecible: besos tiernos en la frente, manos torpes que apenas rozaban sus tetas, esa pichita flácida que entraba a medias y se salía sola, dejándola con un hueco en el alma y en el cuerpo. Eduardo la amaba, sí, la adoraba con devoción, pero su verga nunca la había hecho sentir viva, nunca la había hecho gemir como animal, nunca la había dejado temblando y goteando leche hasta las rodillas. Con él era cariño, era ternura… era aburrimiento puro. Un coño que se mojaba por costumbre, no por hambre real.
Y anoche, con Raúl, había sido todo lo contrario: sexo sucio, rudo, sin filtros. Le había encantado esa grosería, esa falta total de delicadeza. Le había gustado que la tratara como una puta barata, que le dijera “mirá cómo te abro, colorada” mientras la embestía sin parar, que le escupiera en la boca antes de meterle la lengua hasta la garganta. Le había gustado el dolor placentero del culo azotado, el ardor en las tetas mordidas, el semen caliente y espeso que le había llenado el coño hasta rebalsar y gotear por sus muslos gruesos mientras volvía a casa. Se sentía usada, degradada, satisfecha hasta los huesos. Y eso la ponía cachonda de nuevo solo de pensarlo.
Mientras lavaba los platos, con el agua caliente corriendo sobre sus manos, Miranda apretó los muslos sin darse cuenta. Sentía todavía el coño hinchado, sensible, con un leve ardor delicioso que le recordaba cada embestida. Se imaginó a Eduardo arrodillado anoche, lamiendo esa crema ajena con devoción, sus ojos cerrados de placer mientras saboreaba el sabor de otro macho en su esposa. Y ella… ella había gemido bajito, acariciándole la cabeza calva, sintiendo una mezcla de ternura y poder absoluto. Porque aunque amaba a su cornudo gordo y tímido, ahora sabía que su coño pertenecía a las vergas duras, a los machos rudos que la rompían sin piedad.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Se mordió el labio inferior, esa sonrisa hermosa y pícara asomando mientras secaba un plato. “Mañana voy a salir de nuevo”, pensó, sintiendo cómo el clítoris le latía solo de la idea. Porque el sexo con Eduardo era amor… pero el sexo sucio, el sexo rudo, el sexo de verdad… eso era vida. Y Miranda, la hotwife pelirroja de tetas enormes y culo monumental, ya no podía —ni quería— volver atrás.
Mientras los chicos corrían por la casa gritando, ella se apoyó en la mesada un segundo, cerró los ojos y dejó que un dedo se deslizara disimuladamente por el borde del short, rozando apenas su concha todavía húmeda. Un gemidito suave se le escapó. “Raúl… puto feo… volvé a romperme pronto”, murmuró para sí misma, con el corazón acelerado y el coño pidiendo más.


esposa


El agua caliente caía en cascada sobre el cuerpo voluptuoso de Miranda, empañando el espejo del baño y llenando el aire con vapor denso y olor a jabón de vainilla. Estaba sola en la casa —los chicos en la escuela, Eduardo en el trabajo—, y por fin podía entregarse sin disimulos a ese calor que le subía desde el coño hasta la garganta. Se apoyó contra las azulejos fríos, dejó que el chorro le golpeara las tetas pesadas y bajó una mano despacio hasta su concha todavía sensible de la noche anterior. El coño hinchado respondía al roce con un latido ansioso, y ella cerró los ojos, dejando que la mente se le fuera a lo sucio, a lo prohibido, a lo que realmente la ponía a mil.
Mientras el agua le resbalaba por las curvas, por las pecas que salpicaban sus pechos y bajaban hasta los muslos gruesos, tres fantasías se le clavaron en la cabeza como vergas duras, cada una más ruda y morbosa que la anterior. Hombres feos, robustos, maleducados, de esos que no piden permiso y te tratan como la puta que sos. Justo lo que su cornudo gordo y tímido nunca podría darle.
Primera fantasía:
Se imaginó en un baño público mugriento de estación de servicio en la ruta, de noche, con el piso pegajoso y olor a orín. Entra un camionero feo de unos 50 años, panza cervecera, dientes amarillos, barba sucia y manos negras de grasa. La ve lavándose las manos y sin decir una palabra la empuja contra el lavabo sucio, le sube el vestido y le mete la verga gorda y sin lavar directo por el culo. “Tomá por el orto, colorada de mierda… vas a caminar rengueando hasta tu casa”, le gruñe al oído mientras le agarra las tetas con fuerza bruta, pellizcándole los pezones hasta hacerla gritar. Ella se viene apretando esa polla sucia en el culo, sintiendo cómo le chorrea la leche caliente por dentro, mezclada con el jabón que aún le queda en la piel. Después él se va sin despedirse, dejándola con el culo abierto y goteando, obligándola a limpiarse con papel higiénico barato antes de volver a su auto con las piernas temblando.
Segunda fantasía:
En un garaje oscuro y grasiento de barrio, trabajando de mecánico un tipo robusto y malcarado de 42 años, con overol sucio, tatuajes baratos y cara de pocos amigos. La cita ahí porque “necesita arreglar el auto”, pero apenas llega la agarra del pelo pelirrojo y la tira sobre el capó todavía caliente del motor. “Arrodillate, zorra tetona… vas a chuparme esta pija hasta que me corra en tu garganta de puta”. Le mete la verga oliendo a aceite y sudor hasta el fondo de la boca, follándole la cara sin piedad mientras le dice: “Tu marido cornudo debe tener una pichita de nene… por eso venís a mamar verga de verdad, ¿no?”. Ella se ahoga, babea, se toca el clítoris furiosamente y se viene mientras él le descarga chorros espesos y salados en la boca, obligándola a tragárselo todo y después lamerle los huevos peludos como perra agradecida. Sale de ahí con la cara manchada de semen y grasa, el coño empapado y las rodillas raspadas.
Tercera fantasía:
En un bar de mala muerte al final de la noche, rodeada de borrachos. Un grupo de tres obreros feos y rudos —todos pasados de los 45, con barrigas, cicatrices y modales de mierda— la ven bailando sola y la rodean. Uno la agarra por la cintura, otro le mete mano por debajo del vestido y el tercero le dice al oído: “Vamos al baño de atrás, pelirroja… te vamos a romper entre los tres”. La llevan a un cubículo estrecho y sucio, la ponen de rodillas y le meten vergas una tras otra: primero en la boca, después en el coño, después en el culo. Se turnan insultándola: “Mirá qué puta sos… te encanta que te llenen de leche de obreros, ¿no? Tu viejo gordo debe estar llorando en casa”. Ella grita de placer con cada embestida doble, sintiendo cómo le llenan los agujeros de semen caliente y espeso, cómo le chorrea por las piernas mientras ellos se ríen y le azotan el culo rojo. Termina tirada en el piso sucio, exhausta, con el cuerpo marcado y el coño y el culo rebalsando, sonriendo con esa sonrisa hermosa mientras piensa en volver a casa para que Eduardo lama cada gota ajena.
El agua seguía cayendo, pero Miranda ya no lavaba nada. Tenía dos dedos metidos profundo en el coño, bombeando rápido mientras se mordía el labio y gemía bajito. “Sí… así… rompanme, feos de mierda… usenme como la zorra que soy”. Se vino fuerte, temblando contra los azulejos, las tetas rebotando con cada espasmo, el agua lavando sus jugos que se mezclaban con el vapor.
Salió del baño envuelta en una toalla, con las mejillas sonrojadas y una sonrisa pícara que no se le borraba. Sabía que no eran solo fantasías. Pronto, muy pronto, alguna de esas se haría realidad. Y Eduardo… su cornudito adorado… estaría esperando con la lengua lista para limpiar el desastre.






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Después de secarse con la toalla, Miranda se metió al dormitorio principal, cerró la puerta con llave —por si acaso— y abrió el cajón secreto del ropero, ese donde guardaba lo que Eduardo nunca tocaba: lencería puta, de la que compraba online en secreto y se probaba sola cuando los chicos dormían. Sacó un conjunto rojo fuego: un corpiño de encaje negro con transparencias que apenas contenía sus tetas monumentales, un tanguita mínima que se le metía entre las nalgas carnudas y unas medias de red con ligas que le apretaban los muslos gruesos. Se lo puso despacio, mirándose al espejo de cuerpo entero, ajustando las tiras para que las tetas quedaran bien altas, casi desbordando, los pezones duros marcándose como balas rosadas bajo el encaje.
Se paró de perfil, giró para verse el culo redondo y pesado que hacía que el tanga desapareciera entre las nalgas, y se mordió el labio inferior con esa sonrisa hermosa y perversa. El contraste la ponía a mil: por fuera era la mami responsable de Quilmes, la que preparaba viandas, llevaba a los chicos al fútbol y charlaba de recetas con las vecinas. Por dentro… por dentro era una zorra insaciable, una hotwife que se mojaba el coño pensando en vergas sucias de machos feos y rudos que la trataran como carne fresca. Ese doble vida la encendía como nada: ser la esposa dulce y madre amorosa de día, y de noche —o en momentos robados como este— transformarse en una puta que rogaba por ser usada, humillada y llenada sin piedad. El morbo del secreto, de la doble cara, le hacía palpitar el clítoris sin tocarlo.
Mientras se pasaba las manos por las curvas, apretándose las tetas hasta que dolía rico, tres nuevas fantasías le invadieron la cabeza, cada una más sucia y contrastante con su vida cotidiana.
Primera fantasía:
Se imaginó en el baño de su propia casa, de madrugada, mientras Eduardo y los chicos duermen. Llega un plomero feo y robusto de unos 48 años —de esos que vienen a arreglar una cañería rota—, con overol manchado de grasa, olor a sudor del día y manos ásperas. Ella lo recibe en bata, pero apenas entra al baño se la abre y le muestra el conjunto rojo que lleva puesto debajo. “Arreglame esto primero, grandote”, le dice, abriéndose de piernas sobre el bidet. Él la mira con desprecio cachondo, le agarra el pelo pelirrojo y la pone de rodillas sobre las baldosas frías. “Chupámela, ama de casa de mierda… mientras tus pendejos duermen, vos mamás verga de verdad”. Le mete la pija sucia y gruesa hasta la garganta, follándole la cara mientras le dice groserías: “Mirá qué puta sos… con hijos y todo, y acá estás tragando leche de un desconocido”. Ella se toca el coño empapado, se viene ahogándose en esa polla, y después él la pone contra la pileta, le baja el tanga y la penetra por atrás, embistiéndola fuerte mientras el agua corre para tapar los gemidos. Termina llenándole el coño de semen caliente, y se va sin despedirse, dejándola temblando, con la leche goteando por las medias, obligada a limpiarse rápido antes de volver a la cama con su cornudo dormido.
Segunda fantasía:
En el supermercado del barrio, a la tarde, cuando va a hacer las compras sola. Un tipo rudo y malhablado de unos 50, feo, con cicatrices en la cara y tatuajes viejos, la ve eligiendo frutas y se le acerca sin vergüenza. “Qué culo tenés, colorada… parece que pedís verga a gritos”. Ella se moja al instante, le sonríe pícara y le dice: “Seguime al estacionamiento”. En el auto de él, con el carrito de compras todavía afuera, él la hace subir atrás, le arranca el corpiño y le chupa las tetas brutales mientras le mete dedos gordos en el coño. “Sos una mamá puta, ¿no? Dejás a los pibes con la abuela para venir a que te rompan”. La pone en cuatro sobre el asiento, le baja las medias y le mete la verga sin condón, follándola como animal mientras le azota el culo y le escupe en la espalda. “Tomá leche de obrero, zorra… para que cuando cocines para tu familia lleves mi semen adentro”. Ella se viene gritando bajito, sintiendo el contraste enfermizo: minutos antes estaba eligiendo yogures para los chicos, y ahora estaba siendo usada como una puta barata en un auto sucio.
Tercera fantasía:
En la plaza del barrio, de noche, cuando sale a caminar “para despejarse”. Dos tipos feos y sucios —obreros de construcción, con ropa de trabajo manchada de cemento y olor a birra— la ven sentada en un banco y la rodean. Uno le dice: “¿Qué hace una tetona como vos sola a esta hora? Buscando verga, obvio”. La llevan detrás de unos árboles, la tiran sobre el pasto húmedo y la desnudan a manotazos. Uno le mete la pija en la boca mientras el otro le abre las piernas y la penetra sin aviso. “Mirá qué conchita apretada tiene la mamá… debe estar aburrida del cornudo gordo”. Se turnan, le llenan la boca y el coño de semen espeso, le dejan el cuerpo marcado de dedos sucios y mordidas, y se van riendo. Ella queda tirada ahí, con el conjunto rojo hecho jirones, el coño rebalsando y una sonrisa de satisfacción absoluta, pensando en cómo volver a casa oliendo a sexo ajeno y contarle todo a Eduardo mientras él la limpia con devoción.
Miranda se miró al espejo una vez más, con el corpiño rojo apretándole las tetas hasta casi reventar, el tanga empapado pegado al coño hinchado. Se pasó un dedo por el borde del encaje, lo metió adentro y lo sacó brillante de jugos. “Pronto… muy pronto”, murmuró con voz ronca, sintiendo cómo ese contraste —ama de casa impecable vs. puta insaciable— la hacía sentir más viva que nunca. Guardó la lencería, se puso la ropa de todos los días y salió del dormitorio con las mejillas ardiendo y el coño latiendo, lista para seguir fingiendo normalidad… Miranda queria mas y lo hiba a conseguir.
cornudito

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