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Semillas de Cuckold 4

Capítulo4: La confesión y la compensación
Lossiguientes días fueron una auténtica locura de sexo constante. Desde que Marcohabía descubierto aquella foto, parecía que una compuerta se había abiertoentre ellos. Marco y Yoselin cogían todas las noches sin falta, y muchasmañanas también, antes de salir corriendo al trabajo. Sus cuerpos ya nonecesitaban preámbulos largos; bastaba una mirada cargada de deseo para queterminaran enredados entre las sábanas.
Siempreterminaban la sesión viendo porno en la televisión grande del cuarto. Alprincipio seguían el patrón de siempre: videos variados, posiciones creativas,mucho oral apasionado y finales intensos con creampies que dejaban a Yoselingimiendo y temblando. Pero poco a poco, sin que ninguno de los dos lomencionara abiertamente, Marco empezó a seleccionar exclusivamente videos dondeel actor principal tuviera la verga especialmente grande y gorda. Eran peneslargos, gruesos, venosos, que parecían imposibles de meter por completo. Lasactrices gemían con una mezcla de dolor y placer extremo mientras sus vaginasse estiraban al límite alrededor de aquellas vergas monstruosas.
Yoselinlo notaba perfectamente. Cada vez que Marco pasaba el dedo por la pantalla delcelular buscando el siguiente video, ella veía cómo elegía solo ese tipo decontenido. No le molestaba. De hecho, una parte de ella sentía curiosidad yhasta cierto cosquilleo. Pero la intriga empezó a crecer día tras día.
Era lanoche del quinto día consecutivo de coger intensamente. El cuarto olía a sexo,sudor y deseo. Habían terminado una sesión salvaje en la que Yoselin habíamontado a Marco con furia, rebotando sobre su verga mientras gritaba de placersin importarle si los vecinos escuchaban. Ahora ambos estaban tendidos en lacama, sudorosos, respirando agitados. Las sábanas estaban arrugadas y húmedasdebajo de ellos.
Yoselinse apoyó en un codo y lo miró directamente a los ojos, su cabello negrorevuelto cayéndole sobre los hombros desnudos. Sus tetas se movían todavía concada respiración.
—Marco…¿puedo preguntarte algo? —dijo con tono calmado pero firme, sin apartar lamirada.
—Claro,dime —respondió él, aún recuperando el aliento.
—Henotado que últimamente solo buscas videos donde el tipo tiene la verga biengrande y gorda. Muy gruesa, muy larga… ¿Por qué? ¿Te gusta eso? ¿Te excita vercómo se estiran las chicas?
Marco sequedó callado un segundo. Su corazón empezó a latir con fuerza. Sintió quehabía llegado el momento de la verdad. Decidió ser completamente sincero.
—Me gustaque te calientes recordando esas vergas grandes de tu pasado… —confesó en vozbaja—. Me excita imaginar que tú te mojas más al verlas, que te acuerdas decómo se sentían dentro de ti. Porque cuando tú te pones más caliente y mojada,a mí también me calienta muchísimo.
Yoselinlevantó una ceja, sorprendida por la honestidad directa de su respuesta.
—¿No temolesta? ¿De verdad no te da celos ni nada?
—No… nome molesta —respondió él con total honestidad, mirándola a los ojos—. Alcontrario. Me pone muy caliente.
Ella sequedó pensativa, mordiéndose ligeramente el labio inferior. El silencio seextendió unos segundos en la habitación. Marco respiró hondo. La culpa y laexcitación lo estaban consumiendo por dentro. Ya no podía guardárselo más.
—Hay algoque te tengo que confesar —soltó de golpe, con la voz un poco temblorosa—abrí tuInstagram por simple curiosidad. Vi los mensajes antiguos. Leí toda laconversación con Carlos… y vi la foto.
Yoselinse quedó completamente helada. Su expresión cambió en un instante: los ojos sele abrieron grandes y su rostro pasó de la relajación post-orgasmo a una mezclade shock, vergüenza y enojo.
—¿Qué?—su voz subió de tono inmediatamente—. ¿Escudriñaste mis conversacionesprivadas del pasado? ¿Viste esa foto? ¡Puta madre, Marco! Eso fue hace muchotiempo, antes de que nos conociéramos. ¿Cómo se te ocurre meterte en mis cosasasí? ¡Era mi privacidad!
Selevantó de la cama de un salto, claramente molesta. Su cuerpo desnudo brillabapor el sudor bajo la luz tenue de la lámpara. Se puso rápidamente su ropa devuelta y salió del cuarto dando pasos fuertes.
—No puedocreer que hayas hecho eso —murmuró con rabia antes de agarrar sus llaves de lamesa del comedor y salir del departamento, dando un portazo que retumbó en todoel edificio.
Marco sequedó solo en la cama, con el corazón acelerado. Se sentía profundamentearrepentido por haber violado su confianza, pero al mismo tiempo una extrañaexcitación lo invadía por haberlo soltado al fin. Pasaron varias horas. Lanoche ya había caído por completo cuando escuchó la llave girar en lacerradura.
Yoselinentró más tranquila, aunque todavía se notaba cierta tensión en su rostro.Cerró la puerta con suavidad y se sentó en el sillón frente a él, cruzando laspiernas. Llevaba la misma camiseta y nada más debajo.
—Estábien… estoy un poco mas calmada —dijo suspirando profundamente—. No vuelvas ahacer algo así nunca más, Marco. Fue una intromisión muy cabrona a miprivacidad. Me da mucha pena que hayas visto esa foto… pero lo que más memolesta es que te metieras sin permiso. Eso no se hace.
Marcoasintió, bajando la mirada con genuina vergüenza.
—Te pidodisculpas. De verdad. Fui un fisgón y no debí hacerlo. Eso pertenece a tupasado y yo no tenía ningún derecho. No puedo enojarme contigo por algo quepasó mucho antes de que estuviéramos juntos.
Se quedócallado unos segundos, reuniendo todo el valor que le quedaba.
—Es más…debo admitir que hasta me gustó verte así.
Yoselinlo miró con incredulidad, casi sin poder procesar sus palabras.
—¿A quéte refieres exactamente?
—No sé…no me preguntes detalles porque ni yo mismo los entiendo del todo, solo estoysiendo honesto. Tampoco es para que me juzgues, pero… cuando vi esa foto porprimera vez… me masturbé viéndola.
Ellaabrió los ojos como platos. Su boca se entreabrió en shock.
—¿Laprimera vez? ¿O sea que la has visto más veces? ¿Seguiste metiéndote a milaptop cuando yo no estaba?
Marcotragó saliva. Ya estaba demasiado comprometido como para retroceder.
—Tengo lafoto guardada en mi celular —confesó con la voz cargada de vergüenza.
—¿Porqué? ¿Con qué intención la guardaste? —preguntó ella, entre sorprendida,molesta y visiblemente perturbada.
Él dudóun momento, pero siguió siendo brutalmente honesto:
—Porqueme he masturbado incontables veces viéndola… cuando estás trabajando o cuandono estás en casa.
Yoselinse quedó helada. Por un instante pareció que iba a explotar de nuevo, pero algoen su interior empezó a brotar. Una mezcla extraña de vergüenza profunda,sorpresa y… una inesperada excitación. Intentó mantener la cara de enojo, perosus mejillas se sonrojaron.
Marco, enun impulso arriesgado, sacó su celular, buscó la foto y se la mostródirectamente.
—Mira… esque no puedo creerlo todavía. ¿Cómo podías con algo así? ¿Y aún así sientesrico cuando yo te cojo?
Yoselinmiró la foto durante varios segundos en silencio. Su rostro se puso aún másrojo. Finalmente reaccionó:
—Marco,me encanta tu verga. En serio. Es verdad que he tenido vergas más grandes en elpasado, pero tú coges muy rico, me calientas muchísimo. Sabes cómo tocarme,cómo besarme, cómo hacerme llegar. No cambiaría tu verga ni tu forma de cogermepor ninguna de esas del pasado. Agradezco que seas sincero conmigo, pero… borraesa foto ahora mismo.
Marcodudó visiblemente, sosteniendo el celular con fuerza.
—¿Por quéno la has borrado tú en todo este tiempo? —preguntó con voz suave pero directa.
Ella nocontestó directamente. Solo lo miró con intensidad.
—O laborras o esto se va a poner mal —dijo con tono serio y firme.
Marco,completamente en desacuerdo pero sintiéndose acorralado, borró la foto enfrentede ella. Yoselin soltó un suspiro largo de alivio.
—Gracias—dijo, suavizando la voz—. Te voy a compensar por haberla borrado.
Selevantó del sillón y se acercó a él con pasos lentos y seductores. Le abrió elpantalón sin prisa, sacó su verga ya semierecta y la agarró con la manocaliente.
—Nuncadudes que me encanta tu verga rica —susurró mirándolo a los ojos con deseo.
Se agachóy empezó a mamársela con verdadera hambre. Su boca caliente y húmeda lo envolvióprofundamente, chupando con ganas, lamiendo la cabeza hinchada y bajando hastadonde su garganta se lo permitía. Marco gimió fuerte y le agarró el cabello conambas manos, guiándola suavemente.
Pronto lacalentura los dominó otra vez. El libido de los últimos días no había bajado niun poco. Yoselin se subió encima de él en el sillón, se ensartó de golpe hastael fondo y empezó a cabalgar con fuerza, moviendo las caderas en círculos yarriba y abajo con ritmo intenso. Marco le besaba el cuello con pasión, lechupaba las tetas, las apretaba y mordía suavemente los pezones mientras ellagemía cada vez más alto.
Estabasúper caliente. En medio del placer abrumador, sin poder contenerse más, Marcole soltó cerca del oído con voz ronca:
—¿Tú porqué no has borrado la conversación con Carlos en tanto tiempo…? Eh, putita?
Yoselinabrió grandes los ojos, sorprendida tanto por el insulto como por la preguntaen pleno sexo. Pero la calentura del momento pudo mucho más que la vergüenza.Siguió moviéndose sobre su verga con más fuerza y contestó entre gemidosentrecortados:
—Porque aveces… vuelvo a ver la foto… para calentarme… y recordar cómo se sentía… tangrande… tan llena…
La verga de Marco dio un salto dentro de Yoselin…

Yoselin siguió cabalgando con más intensidad, sus caderas moviéndose con fuerzamientras su vagina empapado tragaba la verga de Marco una y otra vez. Laspalabras que acababa de confesar flotaban en el aire, cargadas de electricidad.Marco sintió cómo su miembro se hinchaba aún más dentro de ella al escuchar esaadmisión tan cruda.
—¿Teacuerdas de lo llena que te sentías? —preguntó él, apretando sus nalgas conambas manos para ayudarla a bajar más profundo—. Dime la verdad, putita…¿extrañas esa sensación a veces?
Yoselingimió fuerte. Sus tetas rebotaban con cada embestida. El sudor le corría por elcuello y entre los senos. Por un momento pareció que iba a negarlo, pero laexcitación le ganó.
—A veces…sí —admitió entre jadeos entrecortados—. Me acuerdo de lo profunda que llegaba…de cómo me estiraba tanto que dolía rico. Pero no es solo eso, Marco. Contigome corro más fuerte porque sé que eres tú… porque me miras como si quisierascomerme viva.
Suspalabras encendieron algo primitivo en él. Marco la tomó por la cintura confuerza y empezó a embestirla desde abajo, follándola con golpes secos yprofundos. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la habitación juntocon los gemidos de ambos.
—Entoncesdime… —gruñó él, sin dejar de penetrarla—, te masturbas viendo esa foto… ¿te imaginas que es esa verga gruesa laque te está abriendo el coño ahora mismo?
Yoselinsoltó un gemido largo y tembloroso. Sus uñas se clavaron en el pecho de Marco.Su vagina se contrajo alrededor de él, cada vez más apretada.
—Sí… aveces sí —confesó casi sin aliento—. Me imagino que es más grande… que me estárompiendo… pero termino corriéndome pensando en ti. En cómo me miras mientrasme coges.
Esarespuesta fue demasiado para Marco. Sintió que el orgasmo se acercaba como unaola imparable. La tomó por el cabello con una mano y la obligó a mirarlo a losojos mientras la cogia con furia.
—Quieroque te corras pensando en eso ahora —le ordenó con voz grave—. Quiero que tecorras recordando lo grande que era… mientras mi verga te llena.
Yoselinempezó a temblar. Sus movimientos se volvieron más erráticos, desesperados. Derepente su cuerpo se tensó por completo y un orgasmo violento la atravesó.Gritó sin control, su vagina apretando y soltando la verga de Marco en espasmosfuertes mientras chorros de su humedad le bajaban por los muslos.
Verla asífue el detonante final. Marco la embistió unas cuantas veces más y explotódentro de ella con un gruñido profundo, llenándola con chorros calientes yabundantes. Se quedaron unidos, temblando, respirando con dificultad.
Cuandolos latidos de sus corazones empezaron a calmarse, Yoselin se dejó caer sobresu pecho, todavía con él dentro. Le dio un beso suave en los labios y susurró:
—Esto no significaque quiera volver al pasado… pero me gusta que te excite tanto mi historia.Solo prométeme que no volverás a escudriñar mis cosas sin permiso.
Marco leacarició la espalda sudorosa y sonrió con picardía.
—Te loprometo… siempre y cuando sigas contándome tus secretos cuando te pongascaliente.
Yoselinsoltó una risa baja y cansada, mordiéndole suavemente el labio inferior.
—Eres unpervertido… pero eres mi pervertido.
Sequedaron abrazados en el sillón, todavía conectados, mientras la noche los envolvía.Por primera vez, la confesión no había abierto una grieta entre ellos. Alcontrario: había cerrado un círculo de deseo y confianza retorcida que los uníaaún más fuerte.

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