En la escuela – Ese mismo día
El día pasó lento y incómodo para las tres hermanas. Especialmente para Juana y Carla, que sentían un ardor constante en el ano cada vez que se sentaban o se movían. Camilita, siendo la más pequeña, también caminaba con pasitos cortos y cuidadosos, intentando disimular.
Juana pasó la mañana en clase tratando de concentrarse, pero cada vez que cambiaba de posición en la silla sentía una punzada caliente en su culito sensible. La bombachita se le pegaba un poco por los restos que aún quedaban.
Llegó el recreo. Juana estaba con sus 4 mejores amigas en un rincón del patio, sentadas en un banco bajo un árbol. Las chicas charlaban y reían como siempre.
Una de ellas, Sofía, una morocha de cabello largo, dijo de repente:
—Chicas, hace muchísimo que no hacemos una pijamada todas juntas. ¿Se acuerdan de la última en casa de Lucía? Fue genial.
Las otras tres asintieron emocionadas.
— ¡Sí! Deberíamos hacer otra —dijo Lucía—. ¿Qué tal este viernes?
Todas miraron a Juana, que era la que siempre organizaba las cosas divertidas.
— ¡En casa de Juana! —propuso Sofía entusiasmada—. Tu casa es grande y tu mamá siempre es super buena. ¿Podemos hacerla ahí?
Juana se quedó congelada. El corazón le dio un vuelco. Su casa ya no era la de antes. Ahora vivían Dogoberto (el novio de Camilita), Beto (el de Carla) y Groncho (el de ella). La casa olía a sudor, pies sucios y sexo. Había ropa tirada, botellas vacías y sus “machos” caminando casi desnudos o en boxers sucios.
No sabía cómo reaccionar. Intentó disimular el pánico.
—Eh… no sé, chicas… mi casa está un poco… desordenada últimamente. Mi mamá está muy ocupada y…
Pero sus amigas insistieron sin parar.
— ¡Por favor, Juana! Hace meses que no hacemos pijamada. Podemos llevar golosinas y películas. Va a ser divertidísimo.
—Tu mamá siempre nos deja hacer lo que queremos.
— ¡Decile que sí! Va a ser en tu casa, porfa…
Juana se sintió acorralada. No quería decepcionar a sus mejores amigas, y al mismo tiempo sabía el riesgo enorme que significaba tener a sus amiguitas inocentes en una casa donde vivían tres indigentes sucios que follaban a ella, a su hermana y a su mamá casi todas las noches.
Después de varios minutos de insistencia y ruegos, Juana terminó aceptando, aunque con el estómago hecho un nudo.
—Está bien… voy a hablar con mi mamá —dijo con una sonrisa forzada—. Pero no les prometo nada, ¿eh?
Sus amigas gritaron de alegría y la abrazaron.
— ¡Sí! Va a ser la mejor pijamada ever.
Juana sonrió por fuera, pero por dentro estaba aterrorizada. Ya imaginaba a Dogoberto, Beto y Groncho caminando por la casa con olor a axilas y pies sucios, mientras sus amiguitas hablaban de dibujos animados y muñecas.
Sabía que tenía que contarle a su mamá esa misma tarde… y que Miranda probablemente encontraría la situación muy divertida y peligrosa al mismo tiempo.
El recreo terminó y Juana volvió a clase con el culo todavía adolorido y la mente llena de preocupación.
Juana estaba sentada en el banco del patio con sus cuatro mejores amigas, las mismas de siempre desde primer grado. Eran un grupito muy unido, todas de 11-12 años, y se notaba que todavía conservaban esa inocencia infantil que contrastaba fuertemente con la vida secreta y pervertida que Juana llevaba en casa.
1. Sofía – La más habladora y líder del grupo.
Morena de cabello largo y ondulado hasta la cintura, ojos grandes color café y una sonrisa contagiosa. Era la más “animada” del grupo, siempre proponiendo ideas locas. Tenía el cuerpo un poco más desarrollado que las demás: tetitas medianas que ya se marcaban bajo la camisa del uniforme y una cola redonda que se movía cuando caminaba. Era la que más insistía con la pijamada.
2. Lucía – La más dulce y “niña buena”.
Rubia natural con el cabello lacio hasta los hombros, cara de ángel y pecas suaves en las mejillas. Era la más bajita y delgadita del grupo, con un cuerpo casi infantil: tetitas muy pequeñas, cintura estrecha y piernas flacas. Siempre llevaba la corbatita perfectamente colocada y era la más tímida hablando de chicos.
3. Valentina – La deportista del grupo.
Cabello castaño corto en una coleta alta, piel morena clara y cuerpo atlético. Tenía las piernas largas y firmes por jugar al vóley, y un culito redondo y levantado que se marcaba un poco bajo la pollerita. Era la más extrovertida físicamente y siempre proponía juegos que involucraran correr o saltar.
4. Martina – La más “fashion” y coqueta del grupo.
Cabello negro lacio con flequillo, ojos verdes y una sonrisa pícara. Tenía el cuerpo más “curvy” de las cuatro: tetitas medianas-bastante desarrolladas para su edad y una cintura marcada. Era la que más se fijaba en la ropa y siempre quería probarse cosas nuevas en las pijamadas.
Las cuatro eran el típico grupo de “nenas buenas” de la escuela: hablaban de dibujos animados, de series para adolescentes, de qué muñeca o peluche les gustaba, de tareas y de los chicos “lindos” de otros cursos (nunca habían tenido novio de verdad). Ninguna imaginaba ni remotamente lo que pasaba en la casa de Juana: que ella tenía un “novio” indigente viejo y sucio que la follaba casi todos los días, ni que su mamá y sus hermanas vivían una vida sexual completamente depravada.
Por eso, cuando Sofía propuso la pijamada en casa de Juana, las cuatro se emocionaron como niñas pequeñas.
Juana las miraba mientras reían y planeaban qué películas llevar, qué golosinas comprar y qué pijamas ponerse… y sentía un nudo enorme en el estómago. Sus amiguitas seguían siendo inocentes, hablando de cosas de nenas… mientras ella tenía el culo adolorido por haber sido follada la noche anterior por varios viejos indigentes.
Cuando terminó el día escolar, Juana llegó a casa con el culo todavía sensible y un nudo enorme en el estómago. Apenas cruzó la puerta, buscó a su mamá. Miranda estaba en la cocina preparando la merienda.
—Mami… —dijo Juana con voz nerviosa—. Hoy en el recreo mis amigas insistieron mucho… quieren hacer una pijamada. Y terminaron convenciéndome de que sea en nuestra casa. No supe cómo decirles que no…
Miranda dejó el cuchillo sobre la mesada y se giró hacia su hija. En lugar de enojarse, sonrió con esa mezcla de ternura y morbo que la caracterizaba.
—Una pijamada… —repitió, pensativa—. Con tus amiguitas inocentes… aquí, en esta casa donde ahora viven tres machos sucios que te follan casi todos los días.
Juana bajó la mirada, avergonzada.
—Lo sé, mami… fue una estupidez aceptar. Pero insistieron tanto y no quería quedar mal…
Miranda se acercó y le acarició el cabello con cariño.
—Tranquila, mi nenita. Mamá va a arreglarlo.
Esa misma tarde, Miranda habló con Beto, Groncho y Dogoberto. Les dio a cada uno un buen monto de dinero y les dijo con tono firme pero amable:
—Este fin de semana van a tener que dormir en otro lado. Las amiguitas de Juana vienen a una pijamada y no quiero que las molesten ni que las asusten. Tomen esto, diviértanse, emborráchense, hagan lo que quieran… pero no aparezcan por la casa hasta el domingo por la noche.
Los tres machos refunfuñaron molestos. Beto fue el que más protestó:
—¿Una pijamada de nenitas? ¿Y nosotros tenemos que irnos como perros?
Miranda los miró con autoridad:
—Es solo por unos días. Les estoy pagando bien. Si se portan bien, después les compenso con algo rico.
Al final, el dinero habló más fuerte. Aceptaron, aunque de mala gana, y se fueron refunfuñando pero contentos con los billetes en el bolsillo.

Al día siguiente – Salida de la escuela
Miranda llegó temprano a la escuela para buscar a las chicas. Estacionó el auto cerca de la puerta y esperó.
La última clase del día era Educación Física. Cuando sonó la campana, las alumnas empezaron a salir todavía con la ropa deportiva: polera y short cortos de gimnasia.
Juana salió junto a sus cuatro amiguitas: Sofía, Lucía, Valentina y Martina. Todas estaban emocionadas, hablando sin parar sobre la pijamada de esa noche.
Miranda bajó del auto y las saludó con una sonrisa cálida y maternal.
—Hola, chicas. ¿Listas para la pijamada?
Las cuatro amigas gritaron de alegría y abrazaron a Miranda.
— ¡Sí, señora! ¡Gracias por dejarnos ir a su casa!
Miranda miró a Juana con una mirada cómplice y le dijo en voz baja mientras las chicas subían al auto:
—No te preocupes, mi amor. Mamá ya se encargó de todo. Los machos no van a estar. La casa es solo para nosotras esta noche.
Juana respiró aliviada, aunque todavía sentía un poco de miedo.
Mientras manejaba de vuelta a casa con las cinco chicas emocionadas hablando de películas, golosinas y pijamas, Miranda sonreía para sí misma.
Miranda manejaba en silencio, con las manos en el volante y una sonrisa apenas perceptible en los labios. En el asiento trasero iban las cinco chicas: Juana y sus cuatro mejores amigas, todas todavía vestidas con la ropa de Educación Física después de la última clase del día.
El auto estaba lleno de risas y charlas inocentes. Las amiguitas hablaban emocionadas sobre la pijamada: qué películas iban a ver, qué golosinas comprarían, qué pijamas traerían. Sofía contaba chistes tontos, Lucía hablaba de su peluche favorito, Valentina proponía juegos y Martina comentaba lo lindo que era el nuevo chico de otro curso.
Miranda escuchaba todo atentamente. Después de las intensas experiencias lésbicas con sus propias hijas, su mente y su sexualidad se habían abierto mucho más. Ya no veía a las “nenitas” de la misma forma. Ahora, el sonido de esas voces juveniles, las risas frescas y el olor que desprendían después de la clase de gimnasia la estaban calentando de una manera nueva y peligrosa.
Todas las chicas transpiraban. La clase de Educación Física había sido intensa y el día estaba caluroso. El auto se llenó poco a poco de un olor suave pero claro a sudor joven: axilas húmedas, pies calientes dentro de las zapatillas deportivas, piel fresca de adolescentes después del esfuerzo. Ese olor “sucio” e inocente, mezclado con el perfume barato de sus desodorantes, era un afrodisíaco para Miranda.
Mientras manejaba, su mente daba vueltas. Imaginaba a esas cinco nenitas inocentes sudadas, sin poder bañarse… oliendo fuerte a transpiración después de todo un día de actividad. La idea la excitaba cada vez más.
De pronto, una idea morbosa y perversa se formó en su cabeza.
“Voy a cortar el agua caliente de la casa… o mejor, toda el agua por unas horas. Así, cuando lleguen, no van a poder ducharse. Van a quedarse todas cochinitas, sudadas, con olor a gimnasia y a nenitas usadas… Perfecto.”
Miranda apretó el volante con más fuerza, sintiendo cómo se mojaba solo de pensarlo. Miró por el retrovisor a las chicas, que seguían riendo inocentemente, sin tener la menor idea de lo que su mamá estaba planeando.
Cuando llegaron a casa, Miranda estacionó y les dijo con una sonrisa cálida:
—Bienvenidas, chicas. Pónganse cómodas. Juana, mostrales la habitación donde van a dormir. Yo voy a preparar algo para merendar.
Mientras las chicas subían emocionadas, Miranda se dirigió al tablero eléctrico de la casa y cortó el suministro de agua caliente. Luego, por si acaso, también cerró la llave general del agua por un rato. Sabía que así, en unas horas, cuando quisieran ducharse, no habría agua caliente… y probablemente muy poca agua fría.
Volvió a la cocina con una sonrisa perversa en los labios, ya imaginando cómo olerían todas esas nenitas inocentes después de pasar la noche sin poder bañarse: axilas húmedas, pies sudados, cuerpos jóvenes con olor natural después de tanto movimiento.
“Esta pijamada va a ser mucho más interesante de lo que ellas imaginan”, pensó Miranda mientras preparaba las meriendas.
Las chicas seguían riendo arriba, ajenas a todo.
Las chicas subieron emocionadas a la habitación de Juana para dejar sus mochilas y cambiarse. Sofía fue la primera en ir al baño para lavarse las manos después de la clase de gimnasia.
—Qué raro… no sale agua —dijo Sofía, abriendo y cerrando la canilla varias veces.
Lucía probó en el lavabo del pasillo.
—Aquí tampoco hay agua… ni fría ni caliente.
Valentina y Martina confirmaron lo mismo. Todas miraron a Juana, que se puso nerviosa.
Miranda apareció en el pasillo con una sonrisa tranquila y natural.
—No se preocupen, chicas. Debe haber un corte de agua en el barrio. Seguro vuelve en unas horas. Mientras tanto, no importa. Podemos seguir divirtiéndonos igual.
Las chicas se miraron un poco decepcionadas, pero como estaban muy entusiasmadas con la pijamada, terminaron aceptando.
—Está bien… —dijo Sofía—. Total, no nos vamos a morir por no lavarnos las manos ahora.
Miranda sonrió internamente. Su plan ya estaba en marcha.
Para distraerlas, propuso con voz alegre:
—¿Qué tal si jugamos a las cartas? Pero con un toque divertido: la que gane puede ponerle un castigo inocente a la chica que elija. ¿Les parece?
Todas aceptaron emocionadas. Era el tipo de juego tonto y divertido que les encantaba en las pijamadas.
Se sentaron en círculo sobre la alfombra de la sala con un mazo de cartas. Empezaron a jugar. Al principio los castigos eran completamente inocentes y graciosos:
Sofía ganó y le puso a Lucía el castigo de imitar a un pollo durante un minuto.
Lucía ganó y le dijo a Valentina que tenía que bailar como una princesa por 30 segundos.
Martina ganó y obligó a Juana a hablar con voz de bebé durante la siguiente ronda.
Todas se reían a carcajadas con los castigos tontos. El ambiente era alegre y lleno de risas inocentes.
Hasta que le tocó ganar a Miranda.
Las chicas aplaudieron y gritaron emocionadas.
— ¡Le tocó a la mamá de Juana! ¿Qué castigo vas a poner, tía Miranda?
El juego de cartas seguía entre risas y castigos inocentes, hasta que Miranda ganó otra vez.
Todas las chicas aplaudieron y gritaron emocionadas.
— ¡Le tocó otra vez a la mamá de Juana! ¿Qué castigo vas a poner ahora?
Miranda sonrió con dulzura, pero sus ojos tenían ese brillo perversa que solo Juana conocía. Miró directamente a Sofía y dijo con voz calmada:
—Sofía, mi amor… tu castigo es que le chupes los pies a Juana durante 30 segundos. Sin medias, con la boca.
Se hizo un silencio de dos segundos y luego todas estallaron en risas nerviosas.
Sofía abrió mucho los ojos y soltó una carcajada mezcla de sorpresa y asco.
— ¡¿Qué?! ¡Nooo! ¡Me da asco! —dijo entre risas, tapándose la boca con las manos—. Los pies de Juana deben oler horrible después de gimnasia… ¡ni loca!
Las otras chicas se reían a carcajadas, señalando a Sofía y a Juana.
Miranda se rio con ternura y miró a Sofía con cara comprensiva.
—Ay, Sofía… es normal que te dé asco al principio. Pero no es para tanto. Nosotras jugamos mucho este tipo de juegos en casa. Juana y yo nos chupamos los pies todo el tiempo cuando estamos solas. ¿Verdad, Juana?
Juana se puso roja como un tomate y bajó la mirada, avergonzadísima. No sabía dónde meterse.
—…Mami… —murmuró casi sin voz, con la cara ardiendo.
Sus amiguitas explotaron en risas aún más fuertes.
— ¡¿En serio, Juana?! —gritó Lucía muerta de risa.
— ¡Qué asco, pero qué gracioso! —dijo Valentina.
Martina se tapaba la boca riendo:
—Juana… ¿tú le chupas los pies a tu mamá? ¡No te creo!
Miranda sonrió con calma y se acercó a su hija. Se arrodilló frente a Juana, le desató con cuidado las zapatillas deportivas y se las quitó lentamente. Luego le bajó las medias blancas hasta los tobillos.
Los piecitos de Juana quedaron al descubierto: todavía calientes y sudorosos después de la clase de gimnasia. El olor suave pero claro a transpiración juvenil se sintió en el aire.
Miranda levantó uno de los pies de su hija y lo olió sin vergüenza delante de todas.
—Miren… huelen un poquito a transpiración, como los pies de todas ustedes después de Educación Física. No es nada asqueroso. Es olor a nenita que ha estado jugando y sudando. Totalmente normal.
Todas las chicas se rieron, incluso Juana, que estaba muerta de vergüenza pero no podía evitar reírse por lo absurdo de la situación. El ambiente era de risas nerviosas y complicidad.
Miranda miró a Sofía con una sonrisa amable:
—Ves, Sofía? No es nada del otro mundo. Solo son piecitos sudados de una nenita. Si quieres, puedes olerlos primero para ver que no es tan terrible.
Sofía seguía riéndose, roja de vergüenza, pero la insistencia del grupo y la naturalidad de Miranda la estaban presionando.
—Ay, no sé… me da asco… —decía entre risas, tapándose la nariz de forma exagerada.
Las otras chicas la empujaban suavemente:
— ¡Dale, Sofía! ¡No seas gallina!
— ¡Es solo un castigo tonto!
Miranda seguía sosteniendo el pie de Juana con cariño, esperando.
El ambiente estaba cargado de risas, vergüenza y una extraña tensión que solo Miranda parecía disfrutar en secreto.
Juana solo podía mirar al piso, muerta de vergüenza, mientras su mamá sostenía su pie sudoroso delante de todas sus amigas.
Sofía seguía riéndose nerviosamente, tapándose la nariz de forma exagerada y moviendo la cabeza.
—Ay, no… de verdad me da asco… los pies de Juana deben oler fatal después de gimnasia…
Miranda soltó una risa suave y divertida, todavía sosteniendo con cariño el pie descalzo de su hija.
—No huele tan mal, Sofía… solo un poquito a queso, como les pasa a todas después de Educación Física. Es olor normal de nenitas que han estado corriendo y sudando. Mirá…
Miranda se acercó el pie de Juana un poco más a su propia nariz, lo olió sin vergüenza y sonrió.
—Ves? No es nada fuerte. Solo un olor suave a transpiración juvenil. Nada asqueroso.
Todas las chicas estallaron en risas inocentes y divertidas. Incluso Juana se tapó la cara con las manos, muerta de vergüenza, pero no pudo evitar reírse también.
— ¡Mami… no digas eso! —protestó Juana entre risas, con la cara roja como un tomate.
Sus amiguitas se reían a carcajadas:
— ¡A queso! ¡Dijo a queso! —gritaba Lucía muerta de risa.
— ¡Pobre Juana, sus pies huelen a queso! —se burlaba Valentina inocentemente.
Martina se tapaba la boca riendo:
— ¡Yo también debo oler a queso entonces!
Miranda, viendo que el ambiente seguía siendo de risas y juego, le dio un suave empujoncito a Sofía.
—Andá, Sofía… solo unos chuponcitos suaves. No te vas a morir. Es solo un castigo tonto de pijamada. Juana no se va a enojar, ¿verdad, hija?
Juana, todavía tapándose la cara de vergüenza, solo negó con la cabeza sin poder dejar de reír.
Sofía, presionada por las risas y la insistencia de todas, se acercó finalmente, todavía riéndose.
—Ay, bueno… pero solo un poquito, ¿eh? ¡Me da asco!
Se inclinó y, con mucha timidez y cara de asco exagerada, le dio dos chuponcitos suaves y rápidos en los dedos del pie de Juana.
Todas las chicas explotaron en risas inocentes y divertidas. Juana se moría de vergüenza pero también se reía, moviendo el pie.
— ¡Sofía, qué asco! —dijo entre risas.
Sofía se apartó rápidamente, haciendo gestos exagerados de asco mientras se limpiaba la boca con el dorso de la mano, pero también se reía.
— ¡Ugh! ¡Sabía a salado y un poco raro! ¡Nunca más!
Miranda se reía con ternura, disfrutando del momento.
—Ves? No fue para tanto. Todas sudamos después de gimnasia. Es normal. Ahora sigamos jugando, que la noche es larga.
Las chicas siguieron riendo y comentando el castigo, todavía en un ambiente de diversión inocente y risas tontas. Nadie sospechaba que Miranda estaba disfrutando secretamente del olor natural que empezaba a acumularse en la casa… ni que su plan iba mucho más allá.
Juana, aunque avergonzada, terminó riéndose con sus amigas, sintiendo una mezcla extraña de vergüenza y alivio al ver que todo seguía siendo “solo un juego tonto”.
Miranda las miraba con una sonrisa cálida por fuera… pero por dentro ya estaba imaginando cómo iba a subir la intensidad.
El día pasó lento y incómodo para las tres hermanas. Especialmente para Juana y Carla, que sentían un ardor constante en el ano cada vez que se sentaban o se movían. Camilita, siendo la más pequeña, también caminaba con pasitos cortos y cuidadosos, intentando disimular.
Juana pasó la mañana en clase tratando de concentrarse, pero cada vez que cambiaba de posición en la silla sentía una punzada caliente en su culito sensible. La bombachita se le pegaba un poco por los restos que aún quedaban.
Llegó el recreo. Juana estaba con sus 4 mejores amigas en un rincón del patio, sentadas en un banco bajo un árbol. Las chicas charlaban y reían como siempre.
Una de ellas, Sofía, una morocha de cabello largo, dijo de repente:
—Chicas, hace muchísimo que no hacemos una pijamada todas juntas. ¿Se acuerdan de la última en casa de Lucía? Fue genial.
Las otras tres asintieron emocionadas.
— ¡Sí! Deberíamos hacer otra —dijo Lucía—. ¿Qué tal este viernes?
Todas miraron a Juana, que era la que siempre organizaba las cosas divertidas.
— ¡En casa de Juana! —propuso Sofía entusiasmada—. Tu casa es grande y tu mamá siempre es super buena. ¿Podemos hacerla ahí?
Juana se quedó congelada. El corazón le dio un vuelco. Su casa ya no era la de antes. Ahora vivían Dogoberto (el novio de Camilita), Beto (el de Carla) y Groncho (el de ella). La casa olía a sudor, pies sucios y sexo. Había ropa tirada, botellas vacías y sus “machos” caminando casi desnudos o en boxers sucios.
No sabía cómo reaccionar. Intentó disimular el pánico.
—Eh… no sé, chicas… mi casa está un poco… desordenada últimamente. Mi mamá está muy ocupada y…
Pero sus amigas insistieron sin parar.
— ¡Por favor, Juana! Hace meses que no hacemos pijamada. Podemos llevar golosinas y películas. Va a ser divertidísimo.
—Tu mamá siempre nos deja hacer lo que queremos.
— ¡Decile que sí! Va a ser en tu casa, porfa…
Juana se sintió acorralada. No quería decepcionar a sus mejores amigas, y al mismo tiempo sabía el riesgo enorme que significaba tener a sus amiguitas inocentes en una casa donde vivían tres indigentes sucios que follaban a ella, a su hermana y a su mamá casi todas las noches.
Después de varios minutos de insistencia y ruegos, Juana terminó aceptando, aunque con el estómago hecho un nudo.
—Está bien… voy a hablar con mi mamá —dijo con una sonrisa forzada—. Pero no les prometo nada, ¿eh?
Sus amigas gritaron de alegría y la abrazaron.
— ¡Sí! Va a ser la mejor pijamada ever.
Juana sonrió por fuera, pero por dentro estaba aterrorizada. Ya imaginaba a Dogoberto, Beto y Groncho caminando por la casa con olor a axilas y pies sucios, mientras sus amiguitas hablaban de dibujos animados y muñecas.
Sabía que tenía que contarle a su mamá esa misma tarde… y que Miranda probablemente encontraría la situación muy divertida y peligrosa al mismo tiempo.
El recreo terminó y Juana volvió a clase con el culo todavía adolorido y la mente llena de preocupación.
Juana estaba sentada en el banco del patio con sus cuatro mejores amigas, las mismas de siempre desde primer grado. Eran un grupito muy unido, todas de 11-12 años, y se notaba que todavía conservaban esa inocencia infantil que contrastaba fuertemente con la vida secreta y pervertida que Juana llevaba en casa.
1. Sofía – La más habladora y líder del grupo.
Morena de cabello largo y ondulado hasta la cintura, ojos grandes color café y una sonrisa contagiosa. Era la más “animada” del grupo, siempre proponiendo ideas locas. Tenía el cuerpo un poco más desarrollado que las demás: tetitas medianas que ya se marcaban bajo la camisa del uniforme y una cola redonda que se movía cuando caminaba. Era la que más insistía con la pijamada.
2. Lucía – La más dulce y “niña buena”.
Rubia natural con el cabello lacio hasta los hombros, cara de ángel y pecas suaves en las mejillas. Era la más bajita y delgadita del grupo, con un cuerpo casi infantil: tetitas muy pequeñas, cintura estrecha y piernas flacas. Siempre llevaba la corbatita perfectamente colocada y era la más tímida hablando de chicos.
3. Valentina – La deportista del grupo.
Cabello castaño corto en una coleta alta, piel morena clara y cuerpo atlético. Tenía las piernas largas y firmes por jugar al vóley, y un culito redondo y levantado que se marcaba un poco bajo la pollerita. Era la más extrovertida físicamente y siempre proponía juegos que involucraran correr o saltar.
4. Martina – La más “fashion” y coqueta del grupo.
Cabello negro lacio con flequillo, ojos verdes y una sonrisa pícara. Tenía el cuerpo más “curvy” de las cuatro: tetitas medianas-bastante desarrolladas para su edad y una cintura marcada. Era la que más se fijaba en la ropa y siempre quería probarse cosas nuevas en las pijamadas.
Las cuatro eran el típico grupo de “nenas buenas” de la escuela: hablaban de dibujos animados, de series para adolescentes, de qué muñeca o peluche les gustaba, de tareas y de los chicos “lindos” de otros cursos (nunca habían tenido novio de verdad). Ninguna imaginaba ni remotamente lo que pasaba en la casa de Juana: que ella tenía un “novio” indigente viejo y sucio que la follaba casi todos los días, ni que su mamá y sus hermanas vivían una vida sexual completamente depravada.
Por eso, cuando Sofía propuso la pijamada en casa de Juana, las cuatro se emocionaron como niñas pequeñas.
Juana las miraba mientras reían y planeaban qué películas llevar, qué golosinas comprar y qué pijamas ponerse… y sentía un nudo enorme en el estómago. Sus amiguitas seguían siendo inocentes, hablando de cosas de nenas… mientras ella tenía el culo adolorido por haber sido follada la noche anterior por varios viejos indigentes.
Cuando terminó el día escolar, Juana llegó a casa con el culo todavía sensible y un nudo enorme en el estómago. Apenas cruzó la puerta, buscó a su mamá. Miranda estaba en la cocina preparando la merienda.
—Mami… —dijo Juana con voz nerviosa—. Hoy en el recreo mis amigas insistieron mucho… quieren hacer una pijamada. Y terminaron convenciéndome de que sea en nuestra casa. No supe cómo decirles que no…
Miranda dejó el cuchillo sobre la mesada y se giró hacia su hija. En lugar de enojarse, sonrió con esa mezcla de ternura y morbo que la caracterizaba.
—Una pijamada… —repitió, pensativa—. Con tus amiguitas inocentes… aquí, en esta casa donde ahora viven tres machos sucios que te follan casi todos los días.
Juana bajó la mirada, avergonzada.
—Lo sé, mami… fue una estupidez aceptar. Pero insistieron tanto y no quería quedar mal…
Miranda se acercó y le acarició el cabello con cariño.
—Tranquila, mi nenita. Mamá va a arreglarlo.
Esa misma tarde, Miranda habló con Beto, Groncho y Dogoberto. Les dio a cada uno un buen monto de dinero y les dijo con tono firme pero amable:
—Este fin de semana van a tener que dormir en otro lado. Las amiguitas de Juana vienen a una pijamada y no quiero que las molesten ni que las asusten. Tomen esto, diviértanse, emborráchense, hagan lo que quieran… pero no aparezcan por la casa hasta el domingo por la noche.
Los tres machos refunfuñaron molestos. Beto fue el que más protestó:
—¿Una pijamada de nenitas? ¿Y nosotros tenemos que irnos como perros?
Miranda los miró con autoridad:
—Es solo por unos días. Les estoy pagando bien. Si se portan bien, después les compenso con algo rico.
Al final, el dinero habló más fuerte. Aceptaron, aunque de mala gana, y se fueron refunfuñando pero contentos con los billetes en el bolsillo.

Al día siguiente – Salida de la escuela
Miranda llegó temprano a la escuela para buscar a las chicas. Estacionó el auto cerca de la puerta y esperó.
La última clase del día era Educación Física. Cuando sonó la campana, las alumnas empezaron a salir todavía con la ropa deportiva: polera y short cortos de gimnasia.
Juana salió junto a sus cuatro amiguitas: Sofía, Lucía, Valentina y Martina. Todas estaban emocionadas, hablando sin parar sobre la pijamada de esa noche.
Miranda bajó del auto y las saludó con una sonrisa cálida y maternal.
—Hola, chicas. ¿Listas para la pijamada?
Las cuatro amigas gritaron de alegría y abrazaron a Miranda.
— ¡Sí, señora! ¡Gracias por dejarnos ir a su casa!
Miranda miró a Juana con una mirada cómplice y le dijo en voz baja mientras las chicas subían al auto:
—No te preocupes, mi amor. Mamá ya se encargó de todo. Los machos no van a estar. La casa es solo para nosotras esta noche.
Juana respiró aliviada, aunque todavía sentía un poco de miedo.
Mientras manejaba de vuelta a casa con las cinco chicas emocionadas hablando de películas, golosinas y pijamas, Miranda sonreía para sí misma.
Miranda manejaba en silencio, con las manos en el volante y una sonrisa apenas perceptible en los labios. En el asiento trasero iban las cinco chicas: Juana y sus cuatro mejores amigas, todas todavía vestidas con la ropa de Educación Física después de la última clase del día.
El auto estaba lleno de risas y charlas inocentes. Las amiguitas hablaban emocionadas sobre la pijamada: qué películas iban a ver, qué golosinas comprarían, qué pijamas traerían. Sofía contaba chistes tontos, Lucía hablaba de su peluche favorito, Valentina proponía juegos y Martina comentaba lo lindo que era el nuevo chico de otro curso.
Miranda escuchaba todo atentamente. Después de las intensas experiencias lésbicas con sus propias hijas, su mente y su sexualidad se habían abierto mucho más. Ya no veía a las “nenitas” de la misma forma. Ahora, el sonido de esas voces juveniles, las risas frescas y el olor que desprendían después de la clase de gimnasia la estaban calentando de una manera nueva y peligrosa.
Todas las chicas transpiraban. La clase de Educación Física había sido intensa y el día estaba caluroso. El auto se llenó poco a poco de un olor suave pero claro a sudor joven: axilas húmedas, pies calientes dentro de las zapatillas deportivas, piel fresca de adolescentes después del esfuerzo. Ese olor “sucio” e inocente, mezclado con el perfume barato de sus desodorantes, era un afrodisíaco para Miranda.
Mientras manejaba, su mente daba vueltas. Imaginaba a esas cinco nenitas inocentes sudadas, sin poder bañarse… oliendo fuerte a transpiración después de todo un día de actividad. La idea la excitaba cada vez más.
De pronto, una idea morbosa y perversa se formó en su cabeza.
“Voy a cortar el agua caliente de la casa… o mejor, toda el agua por unas horas. Así, cuando lleguen, no van a poder ducharse. Van a quedarse todas cochinitas, sudadas, con olor a gimnasia y a nenitas usadas… Perfecto.”
Miranda apretó el volante con más fuerza, sintiendo cómo se mojaba solo de pensarlo. Miró por el retrovisor a las chicas, que seguían riendo inocentemente, sin tener la menor idea de lo que su mamá estaba planeando.
Cuando llegaron a casa, Miranda estacionó y les dijo con una sonrisa cálida:
—Bienvenidas, chicas. Pónganse cómodas. Juana, mostrales la habitación donde van a dormir. Yo voy a preparar algo para merendar.
Mientras las chicas subían emocionadas, Miranda se dirigió al tablero eléctrico de la casa y cortó el suministro de agua caliente. Luego, por si acaso, también cerró la llave general del agua por un rato. Sabía que así, en unas horas, cuando quisieran ducharse, no habría agua caliente… y probablemente muy poca agua fría.
Volvió a la cocina con una sonrisa perversa en los labios, ya imaginando cómo olerían todas esas nenitas inocentes después de pasar la noche sin poder bañarse: axilas húmedas, pies sudados, cuerpos jóvenes con olor natural después de tanto movimiento.
“Esta pijamada va a ser mucho más interesante de lo que ellas imaginan”, pensó Miranda mientras preparaba las meriendas.
Las chicas seguían riendo arriba, ajenas a todo.
Las chicas subieron emocionadas a la habitación de Juana para dejar sus mochilas y cambiarse. Sofía fue la primera en ir al baño para lavarse las manos después de la clase de gimnasia.
—Qué raro… no sale agua —dijo Sofía, abriendo y cerrando la canilla varias veces.
Lucía probó en el lavabo del pasillo.
—Aquí tampoco hay agua… ni fría ni caliente.
Valentina y Martina confirmaron lo mismo. Todas miraron a Juana, que se puso nerviosa.
Miranda apareció en el pasillo con una sonrisa tranquila y natural.
—No se preocupen, chicas. Debe haber un corte de agua en el barrio. Seguro vuelve en unas horas. Mientras tanto, no importa. Podemos seguir divirtiéndonos igual.
Las chicas se miraron un poco decepcionadas, pero como estaban muy entusiasmadas con la pijamada, terminaron aceptando.
—Está bien… —dijo Sofía—. Total, no nos vamos a morir por no lavarnos las manos ahora.
Miranda sonrió internamente. Su plan ya estaba en marcha.
Para distraerlas, propuso con voz alegre:
—¿Qué tal si jugamos a las cartas? Pero con un toque divertido: la que gane puede ponerle un castigo inocente a la chica que elija. ¿Les parece?
Todas aceptaron emocionadas. Era el tipo de juego tonto y divertido que les encantaba en las pijamadas.
Se sentaron en círculo sobre la alfombra de la sala con un mazo de cartas. Empezaron a jugar. Al principio los castigos eran completamente inocentes y graciosos:
Sofía ganó y le puso a Lucía el castigo de imitar a un pollo durante un minuto.
Lucía ganó y le dijo a Valentina que tenía que bailar como una princesa por 30 segundos.
Martina ganó y obligó a Juana a hablar con voz de bebé durante la siguiente ronda.
Todas se reían a carcajadas con los castigos tontos. El ambiente era alegre y lleno de risas inocentes.
Hasta que le tocó ganar a Miranda.
Las chicas aplaudieron y gritaron emocionadas.
— ¡Le tocó a la mamá de Juana! ¿Qué castigo vas a poner, tía Miranda?
El juego de cartas seguía entre risas y castigos inocentes, hasta que Miranda ganó otra vez.
Todas las chicas aplaudieron y gritaron emocionadas.
— ¡Le tocó otra vez a la mamá de Juana! ¿Qué castigo vas a poner ahora?
Miranda sonrió con dulzura, pero sus ojos tenían ese brillo perversa que solo Juana conocía. Miró directamente a Sofía y dijo con voz calmada:
—Sofía, mi amor… tu castigo es que le chupes los pies a Juana durante 30 segundos. Sin medias, con la boca.
Se hizo un silencio de dos segundos y luego todas estallaron en risas nerviosas.
Sofía abrió mucho los ojos y soltó una carcajada mezcla de sorpresa y asco.
— ¡¿Qué?! ¡Nooo! ¡Me da asco! —dijo entre risas, tapándose la boca con las manos—. Los pies de Juana deben oler horrible después de gimnasia… ¡ni loca!
Las otras chicas se reían a carcajadas, señalando a Sofía y a Juana.
Miranda se rio con ternura y miró a Sofía con cara comprensiva.
—Ay, Sofía… es normal que te dé asco al principio. Pero no es para tanto. Nosotras jugamos mucho este tipo de juegos en casa. Juana y yo nos chupamos los pies todo el tiempo cuando estamos solas. ¿Verdad, Juana?
Juana se puso roja como un tomate y bajó la mirada, avergonzadísima. No sabía dónde meterse.
—…Mami… —murmuró casi sin voz, con la cara ardiendo.
Sus amiguitas explotaron en risas aún más fuertes.
— ¡¿En serio, Juana?! —gritó Lucía muerta de risa.
— ¡Qué asco, pero qué gracioso! —dijo Valentina.
Martina se tapaba la boca riendo:
—Juana… ¿tú le chupas los pies a tu mamá? ¡No te creo!
Miranda sonrió con calma y se acercó a su hija. Se arrodilló frente a Juana, le desató con cuidado las zapatillas deportivas y se las quitó lentamente. Luego le bajó las medias blancas hasta los tobillos.
Los piecitos de Juana quedaron al descubierto: todavía calientes y sudorosos después de la clase de gimnasia. El olor suave pero claro a transpiración juvenil se sintió en el aire.
Miranda levantó uno de los pies de su hija y lo olió sin vergüenza delante de todas.
—Miren… huelen un poquito a transpiración, como los pies de todas ustedes después de Educación Física. No es nada asqueroso. Es olor a nenita que ha estado jugando y sudando. Totalmente normal.
Todas las chicas se rieron, incluso Juana, que estaba muerta de vergüenza pero no podía evitar reírse por lo absurdo de la situación. El ambiente era de risas nerviosas y complicidad.
Miranda miró a Sofía con una sonrisa amable:
—Ves, Sofía? No es nada del otro mundo. Solo son piecitos sudados de una nenita. Si quieres, puedes olerlos primero para ver que no es tan terrible.
Sofía seguía riéndose, roja de vergüenza, pero la insistencia del grupo y la naturalidad de Miranda la estaban presionando.
—Ay, no sé… me da asco… —decía entre risas, tapándose la nariz de forma exagerada.
Las otras chicas la empujaban suavemente:
— ¡Dale, Sofía! ¡No seas gallina!
— ¡Es solo un castigo tonto!
Miranda seguía sosteniendo el pie de Juana con cariño, esperando.
El ambiente estaba cargado de risas, vergüenza y una extraña tensión que solo Miranda parecía disfrutar en secreto.
Juana solo podía mirar al piso, muerta de vergüenza, mientras su mamá sostenía su pie sudoroso delante de todas sus amigas.
Sofía seguía riéndose nerviosamente, tapándose la nariz de forma exagerada y moviendo la cabeza.
—Ay, no… de verdad me da asco… los pies de Juana deben oler fatal después de gimnasia…
Miranda soltó una risa suave y divertida, todavía sosteniendo con cariño el pie descalzo de su hija.
—No huele tan mal, Sofía… solo un poquito a queso, como les pasa a todas después de Educación Física. Es olor normal de nenitas que han estado corriendo y sudando. Mirá…
Miranda se acercó el pie de Juana un poco más a su propia nariz, lo olió sin vergüenza y sonrió.
—Ves? No es nada fuerte. Solo un olor suave a transpiración juvenil. Nada asqueroso.
Todas las chicas estallaron en risas inocentes y divertidas. Incluso Juana se tapó la cara con las manos, muerta de vergüenza, pero no pudo evitar reírse también.
— ¡Mami… no digas eso! —protestó Juana entre risas, con la cara roja como un tomate.
Sus amiguitas se reían a carcajadas:
— ¡A queso! ¡Dijo a queso! —gritaba Lucía muerta de risa.
— ¡Pobre Juana, sus pies huelen a queso! —se burlaba Valentina inocentemente.
Martina se tapaba la boca riendo:
— ¡Yo también debo oler a queso entonces!
Miranda, viendo que el ambiente seguía siendo de risas y juego, le dio un suave empujoncito a Sofía.
—Andá, Sofía… solo unos chuponcitos suaves. No te vas a morir. Es solo un castigo tonto de pijamada. Juana no se va a enojar, ¿verdad, hija?
Juana, todavía tapándose la cara de vergüenza, solo negó con la cabeza sin poder dejar de reír.
Sofía, presionada por las risas y la insistencia de todas, se acercó finalmente, todavía riéndose.
—Ay, bueno… pero solo un poquito, ¿eh? ¡Me da asco!
Se inclinó y, con mucha timidez y cara de asco exagerada, le dio dos chuponcitos suaves y rápidos en los dedos del pie de Juana.
Todas las chicas explotaron en risas inocentes y divertidas. Juana se moría de vergüenza pero también se reía, moviendo el pie.
— ¡Sofía, qué asco! —dijo entre risas.
Sofía se apartó rápidamente, haciendo gestos exagerados de asco mientras se limpiaba la boca con el dorso de la mano, pero también se reía.
— ¡Ugh! ¡Sabía a salado y un poco raro! ¡Nunca más!
Miranda se reía con ternura, disfrutando del momento.
—Ves? No fue para tanto. Todas sudamos después de gimnasia. Es normal. Ahora sigamos jugando, que la noche es larga.
Las chicas siguieron riendo y comentando el castigo, todavía en un ambiente de diversión inocente y risas tontas. Nadie sospechaba que Miranda estaba disfrutando secretamente del olor natural que empezaba a acumularse en la casa… ni que su plan iba mucho más allá.
Juana, aunque avergonzada, terminó riéndose con sus amigas, sintiendo una mezcla extraña de vergüenza y alivio al ver que todo seguía siendo “solo un juego tonto”.
Miranda las miraba con una sonrisa cálida por fuera… pero por dentro ya estaba imaginando cómo iba a subir la intensidad.
0 comentarios - Miranda y su cornudito 40-dia de escuela despues dela orgia