LA ORGIA CONTINUABA
Escena 4: Miranda siendo follada analmente mientras sus hijas le chupan pies y axilas
Miranda estaba en cuatro patas en el centro de la cama, con un indigente follándola analmente con embestidas brutales y profundas. Su culo grande y maduro se sacudía con cada golpe, las tetas enormes balanceándose pesadamente debajo de ella.
— ¡Más fuerte… rómpeme el culo…! —gemía Miranda, empujando hacia atrás.
Carla y Juana se arrodillaron a cada lado. Carla levantó uno de los pies calientes y sudorosos de su mamá y empezó a chuparle los dedos con devoción, lamiendo la planta húmeda y pegajosa. Juana hizo lo mismo con el otro pie, succionando entre los dedos y pasando la lengua por la planta.
Camilita se colocó debajo del brazo de Miranda y empezó a lamerle la axila sudorosa, chupando el sudor salado con su boquita aniñada.
Miranda gemía de placer, la voz entrecortada por las embestidas:
—Chupen más rico los piecitos de mamá… lamánlos bien mientras me follan el orto… Camilita, meté la lengua más adentro en mi axila… saboreá cómo huele mamá después de tanto sexo…
El viejo que la follaba analmente se rio y le dio una palmada fuerte en el culo:
—Miren cómo la mamá puta recibe verga en el culo mientras sus propias hijas le chupan los pies y las axilas sudadas… qué familia más degenerada.
Escena 5: Las tres hermanas en cadena lésbica mientras los viejos les chupan pies y culos
Carla, Juana y Camilita formaron una cadena lésbica sobre la cama. Carla estaba en cuatro patas, recibiendo la lengua de Juana en su ano. Juana estaba detrás, lamiendo el culo de su hermana mayor. Camilita estaba detrás de Juana, chupándole el ano con su boquita delicada.
Al mismo tiempo, se chupaban los pies: Juana chupaba los pies de Carla y Camilita chupaba los pies de Juana.
Tres indigentes se unieron. Uno se arrodilló detrás de Carla y empezó a lamerle el ano alrededor de la lengua de Juana. Otro hizo lo mismo con Juana, y el tercero con Camilita. Al mismo tiempo, levantaban los pies de las chicas y los chupaban con hambre.
—Los piecitos de la colegiala son más firmes y sudados… la textura es suave pero con un poco de dureza por tanto caminar —dijo uno mientras chupaba los pies de Carla—. Los de la nenita del medio son más delicados, casi como de niña… y los de la trans son los más suaves y aniñados.
Chupaban con devoción, alternando entre lamer culos enrojecidos y chupar pies sudorosos, comparando en voz alta el sabor y la textura.
Carla gemía fuerte dentro de la cadena:
—Hermanas… me están chupando el culo y los pies al mismo tiempo… qué rico…
Escena 6: Miranda y Carla en 69 mientras los viejos les chupan axilas, pies y culos
Miranda y Carla estaban en posición 69 sobre la cama. Miranda tenía la cara enterrada entre las piernas de su hija, lamiéndole el coño y el ano con lengua profunda. Carla, debajo, chupaba el coño maduro de su mamá y le metía la lengua en el ano.
Dos indigentes se unieron. Uno se arrodilló al lado de Miranda y empezó a lamerle las axilas sudorosas, chupando el sudor salado con lengua ancha. El otro se colocó junto a Carla y empezó a chuparle los pies, lamiendo entre los dedos y la planta húmeda.
Al mismo tiempo, un tercero se puso detrás de Miranda y empezó a lamerle el ano alrededor de la lengua de Carla, mientras un cuarto hacía lo mismo con Carla.
Miranda gemía dentro del coño de su hija:
—Chupen las axilas de mamá… laman los pies de mi hija… y sigan chupando nuestros culos mientras nos comemos entre nosotras…
Los viejos comparaban en voz alta mientras lamían:
—Las axilas de la mamá son profundas y con olor fuerte a hembra adulta… las de la nenita son más suaves y con sudor más ligero.
—Los pies de la mamá son grandes y carnoso, con sabor intenso… los de la hija son más pequeños y finos, con textura sedosa.
—Los culos… el de la mamá es más grande y usado, con sabor terroso y maduro… el de la nenita es más apretado y rosado, con sabor más dulce y juvenil.
Carla gemía fuerte, empujando su coño contra la boca de su mamá y sus pies contra la boca del viejo.
—Sigan chupando… comparen el cuerpo de mamá conmigo… quiero oír cómo saben diferente…
Los indigentes seguían lamiendo con hambre, alternando entre axilas, pies y culos de madre e hija, saboreando y comentando el contraste mientras las dos seguían en 69 lésbico.
La orgía continuaba con este festín de contrastes y sabores.

Escena 7: “El trono de pies” – Miranda sentada sobre la cara de Eduardo mientras las hijas le chupan los pies y son folladas analmente
Miranda se sentó directamente sobre la cara de Eduardo en posición de facesitting completo. Su culo grande y maduro cubrió por completo la boca y la nariz de su marido, ahogándolo mientras ella movía las caderas lentamente.
—Lameme el culo, mariquita… mientras tus hijas te chupan los pies —ordenó con voz ronca.
Carla, Juana y Camilita se arrodillaron a los pies de su padre. Carla levantó uno de los pies de Eduardo y empezó a chuparle los dedos con devoción, lamiendo la planta sudorosa. Juana hizo lo mismo con el otro pie. Camilita se unió, chupando alternadamente los dedos de ambos pies de su papá.
Mientras las tres hijas le chupaban los pies a su padre, dos indigentes se colocaron detrás de Carla y Juana y les metieron las vergas en el ano al mismo tiempo, follándolas analmente con embestidas fuertes.
Carla gemía con la boca llena de los dedos del pie de su papá:
—Papá… te chupo los pies… mientras me follan el culo… qué pervertido se siente…
Juana gemía igual, lamiendo la planta del pie de Eduardo mientras recibía verga en el ano.
Miranda, sentada sobre la cara de su marido, gemía de placer al sentir la lengua de Eduardo dentro de su ano y miraba a sus hijas:
—Miren cómo mis nenitas le chupan los pies a su papi mientras reciben verga en el culo… y yo estoy sentada sobre su cara como la reina que soy. Lamé más profundo, mariquita… saborea el culo de tu esposa mientras tus hijas te limpian los pies con la boca.
Eduardo gemía ahogado debajo del culo de Miranda, pajeándose la verga pequeña mientras sus hijas le chupaban los pies y eran folladas analmente a su lado.
Escena 8: “Cadena de pies y culos” – Las cuatro mujeres en línea siendo folladas analmente mientras se chupan los pies mutuamente
Miranda organizó a las cuatro en una línea recta sobre la cama, todas en cuatro patas una detrás de la otra.
Ella estaba al frente. Detrás de Miranda estaba Carla, detrás de Carla estaba Juana, y detrás de Juana estaba Camilita.
Los cuatro indigentes se colocaron detrás de cada una y empezaron a follarlas analmente al mismo tiempo: vergas gruesas y sucias entrando y saliendo de los cuatro culos enrojecidos.
Mientras eran folladas, Miranda ordenó:
—Ahora chúpense los pies de la que tienen delante. No dejen de lamer.
Carla empezó a chupar los pies de su mamá, lamiendo la planta sudorosa y metiendo los dedos en la boca. Juana chupaba los pies de Carla, y Camilita chupaba los pies de Juana.
La cadena era perfecta: cuatro mujeres siendo folladas analmente mientras se chupaban los pies mutuamente en una línea.
Miranda gemía fuerte, empujando el culo contra la verga que la penetraba:
—Chupen más rico los piecitos de la que tienen delante… lamánlos mientras nos follan el culo… quiero oír cómo succionan los pies sudorosos de mamá y de sus hermanas…
Los viejos follaban con fuerza y comentaban el contraste:
—Miren esta cadena de putas… la mamá con culo grande y carnoso recibiendo verga, y las nenitas con culitos apretados y juveniles… y todas chupándose los pies al mismo tiempo. Qué familia más enferma.
Las chicas gemían con la boca llena de pies, lenguas lamiendo plantas sudorosas mientras sus anos eran abiertos por vergas grandes.
Escena 9: “Los pies como trono” – Eduardo obligado a lamer pies mientras es follado y las mujeres se besan encima de él
Los indigentes pusieron a Eduardo boca arriba en el piso. Uno de ellos lo penetró analmente, follándolo con embestidas profundas y salvajes. Los otros cuatro se arrodillaron alrededor de su cabeza.
Miranda y sus tres hijas se sentaron sobre la cara y el pecho de Eduardo, usando su cuerpo como un trono humano.
Miranda se sentó sobre su boca, cubriéndole la cara con su coño y ano. Carla se sentó sobre su pecho, poniendo sus pies sudorosos sobre la cara de su padre. Juana y Camilita hicieron lo mismo, colocando sus piecitos delicados sobre la cara y la boca de Eduardo.
—Lame los pies de tus hijas mientras te follan el culo, mariquita —ordenó Miranda, moviendo las caderas sobre su cara.
Eduardo gemía ahogado debajo de los cuatro cuerpos. Su lengua salía desesperadamente, lamiendo los pies sudorosos de Carla, Juana y Camilita mientras era follado analmente sin piedad. Al mismo tiempo, lamía el coño y el ano de su esposa.
Arriba, las cuatro mujeres se besaban entre ellas en un beso cuádruple baboso y lésbico: lenguas enredadas, saliva chorreando, gemidos suaves.
Miranda gemía dentro del beso:
—Miren cómo su papi lame los piecitos sudados de sus hijas mientras recibe verga en el culo… qué putita más obediente es.
Los viejos se reían y follaban más fuerte:
—Chupá los pies de tus propias hijas, cornudito… mientras nosotras nos besamos como putas encima de vos.
Eduardo gemía, la cara cubierta de pies sudorosos y coño de su esposa, el ano siendo destrozado, completamente humillado y excitado.
Las mujeres seguían besándose apasionadamente encima de él, mientras los pies de sus hijas le llenaban la boca y la nariz.
Después de horas de sexo intenso, penetraciones brutales, lamidas, besos babosos y humillaciones, los cinco indigentes finalmente llegaron al límite.
Uno por uno empezaron a correrse con gruñidos animales.
El primero se corrió profundamente en el ano de Miranda, llenándola de semen espeso. El segundo descargó dentro del coño de Carla. El tercero eyaculó en el culo de Juana. El cuarto llenó el ano pequeño de Camilita. El quinto, que estaba follándole la boca a Eduardo, se corrió directamente en su garganta, obligándolo a tragar todo.
Los gemidos finales fueron ensordecedores. Miranda tuvo un orgasmo violento, apretando el culo alrededor de la verga que la llenaba. Carla, Juana y Camilita se corrieron casi al mismo tiempo, temblando y gimiendo mientras recibían semen en sus cuerpos jóvenes. Eduardo, completamente agotado y humillado, se corrió sin tocarse, solo por la estimulación anal y la vergüenza, soltando un chorro débil sobre la alfombra.
Los cinco viejos se retiraron jadeando, con las vergas brillantes de semen y jugos. La habitación olía a sudor, semen, sexo y cuerpos usados.
Miranda, todavía respirando agitada y con semen chorreándole por los muslos, se levantó con dificultad. Sus tetas enormes brillaban de sudor. Miró a su familia tirada en la cama y en la alfombra: Eduardo con el ano rojo e hinchado, las tres hijas exhaustas, con semen saliendo de sus coños y culos, todos sudados y agotados.
—Se acabó por hoy, muchachos —dijo Miranda con voz ronca pero firme—. Gracias por el cumpleaños de mi marido.
Se acercó a cada uno de los cinco indigentes, completamente desnuda y con el cuerpo marcado por el sexo. A cada uno le dio un beso profundo y baboso en la boca, metiendo la lengua con pasión, como despidiéndose de sus machos.
—Gracias por follarnos tan rico —susurró al primero.
—Vuelvan cuando quieran —le dijo al segundo, besándolo con lengua.
—Mi culo todavía siente tu verga —murmuró al tercero.
Cada beso fue largo, sucio y lleno de saliva. Los viejos respondieron agarrándole el culo y las tetas, pero Miranda los empujó suavemente hacia la puerta.
Cuando los cinco se fueron, Miranda cerró la puerta con llave y volvió a la alcoba matrimonial.
La escena que encontró era de puro agotamiento sexual:
Eduardo estaba tirado boca abajo, el ano abierto y chorreando semen de cinco hombres, respirando con dificultad. Carla y Juana estaban abrazadas, con semen saliendo de sus coños y culos, las caras rojas y el cabello pegado al sudor. Camilita estaba acurrucada contra sus hermanas, con el culito pequeño palpitando y semen corriendo por sus muslos.
Miranda se acercó a la cama, se acostó en el centro y abrió los brazos.
—Vengan, mis nenitas… y tú también, mi mariquita.
Las tres hijas y Eduardo se arrastraron hacia ella, agotados. Se abrazaron todos en un nudo familiar: Miranda en el centro, sus tetas enormes sirviendo de almohada, sus hijas pegadas a su cuerpo y Eduardo acurrucado a los pies de su esposa, todavía con el ano adolorido.
Miranda acarició el cabello de todos con ternura, besando la frente de cada uno.
—Qué noche más hermosa… papá recibió su regalo de cumpleaños, y nosotras disfrutamos como familia. Mañana volvemos a la normalidad… pero hoy… hoy fuimos todos putas juntos.
Eduardo, exhausto y humillado, solo pudo murmurar contra el muslo de su esposa:
—Gracias… mi amor…
Las hijas ya estaban casi dormidas, abrazadas a su mamá, con los cuerpos pegajosos de sudor y semen.
Miranda sonrió satisfecha, mirando el techo, mientras toda su familia descansaba agotada a su alrededor.
La orgía del cumpleaños de Eduardo había terminado… por ese día.
La mañana siguiente llegó con la luz del sol filtrándose por las cortinas de la alcoba matrimonial.
Miranda fue la primera en despertar. Estaba en el centro de la cama grande, completamente desnuda, con sus tetas enormes y pesadas descansando sobre su pecho. A su alrededor, abrazadas a ella como cachorritas, dormían sus tres hijas: Carla pegada a su lado derecho, Juana acurrucada contra su pecho izquierdo, y Camilita abrazada a su cintura, con la carita apoyada en su vientre.
Todas estaban agotadas, con el cuerpo marcado por la orgía de la noche anterior. El aire todavía olía a sexo, sudor y semen seco.
Miranda miró con ternura y morbo a sus hijas. Sus cuerpos jóvenes contrastaban con el suyo maduro. Vio los culitos enrojecidos e hinchados de las tres: el ano de Carla seguía ligeramente abierto y con restos secos de semen y caca; el de Juana estaba rosado y sensible; el de Camilita, más pequeño, se veía claramente usado y un poco sucio. Las tetitas de Carla y Juana tenían marcas leves de succiones, y los pechitos incipientes de Camilita estaban rosados por los besos y lamidas.
Miranda sonrió con orgullo maternal. Acarició suavemente el cabello de Carla y susurró:
—Despierten, mis nenitas… ya es de mañana. Es hora de ir a la escuela.
Carla fue la primera en abrir los ojos. Se estiró con un gemido suave y sintió inmediatamente el ardor en su ano.
—Mami… me duele el culo… —murmuró con voz somnolienta.
Juana despertó después, frotándose los ojos y haciendo una mueca al sentir su propio ano sensible.
—Ay… yo también… anoche nos follaron mucho…
Camilita despertó la última, acurrucándose más contra su mamá antes de abrir los ojos.
—Quiero dormir más… —protestó con voz aniñada.
Miranda las besó en la frente una por una, con cariño.
—Lo sé, mis amores. Anoche fue una noche muy intensa. Sus culitos están rojos y un poco sucios… pero tienen que levantarse. La escuela no espera. Vayan a ducharse rápido y vístanse con el uniforme.
Las tres chicas se levantaron con dificultad. Caminaban con las piernas un poco abiertas, sintiendo el ardor y la humedad residual en sus anos y coños. Miranda las observó con una mezcla de ternura y excitación al ver los cuerpos marcados de sus hijas: culitos enrojecidos, marcas leves en la piel, el cabello revuelto y la expresión de cansancio sexual.
Mientras las chicas se dirigían al baño, Miranda miró hacia el piso.
Allí estaba Eduardo, dormido profundamente sobre la alfombra, todavía desnudo. Su ano estaba visiblemente hinchado y rojo, con restos secos de semen de los cinco indigentes. Tenía la cara marcada por la humillación y el agotamiento, y su verga pequeña descansaba flácida contra su muslo.
Miranda sonrió con cariño perverso y se acercó. Le dio un suave beso en la frente.
—Descansa, mi mariquita… anoche fuiste una buena putita. Hoy te dejo dormir un poco más.
Luego se levantó, todavía desnuda, y fue a supervisar que sus hijas se ducharan y se prepararan para la escuela.
Carla, Juana y Camilita entraron al baño. Se miraron en el espejo y vieron sus cuerpos marcados: culitos rojos, marcas de manos en las caderas, labios hinchados de tanto besar.
—Anoche fue… demasiado —susurró Carla, tocándose el ano con cuidado.
Juana asintió, sonrojada.
—Pero… me gustó… aunque ahora me duele todo.
Camilita, la más pequeña, solo se abrazó a sus hermanas.
—Mami dice que esto es amor de familia…
Miranda entró al baño grande donde sus tres hijas ya estaban bajo la ducha. El vapor del agua caliente llenaba el ambiente. Las tres chicas estaban desnudas, con el cuerpo todavía marcado por la larga orgía de la noche anterior.
Se acercó con una sonrisa tierna y maternal, pero con un toque de morbo inevitable. Se metió bajo el agua con ellas y empezó a inspeccionar sus cuerpos con las manos y la mirada.
Primero miró a Carla. La mayor tenía las nalgas rojas e hinchadas, el ano claramente abierto y enrojecido, con algunos restos secos de semen y caca alrededor del agujero. Las tetitas pequeñas tenían marcas leves de succiones.
—Ay, mi Carla… mirá cómo te dejaron el culito —dijo Miranda con voz suave, pasando los dedos con cuidado por las nalgas enrojecidas—. Está bien abierto y rojo… se nota que te follaron duro anoche. ¿Te duele mucho?
Carla hizo una mueca y asintió, apoyándose contra la pared.
—Mucho, mami… me arde por dentro. Fue una follada brutal… me metieron verga tras verga… pero… sí me gustó. Aunque ahora casi no puedo sentarme.
Miranda se rio con cariño y le dio un beso suave en la mejilla.
—Mi nenita valiente… se te ve el culito bien usado, abierto y un poco sucio todavía. Pero eso es normal después de una noche así. Mamá está orgullosa de que hayas aguantado tanto.
Luego se giró hacia Juana. El culito de la del medio estaba menos hinchado que el de Carla, pero igual de rojo y sensible. Tenía un hilo seco de semen que todavía le bajaba por el muslo.
—Juana, mi amor… tu culito está más rosadito, pero igual de marcado —dijo Miranda, separándole suavemente las nalgas para mirar mejor—. Se ve bien abierto y un poquito sucio por dentro. ¿Te duele?
Juana se sonrojó y asintió, mordiéndose el labio.
—Sí, mami… me duele bastante cuando me muevo. Me follaron muy fuerte… pero cuando estaba pasando… me gustó. Sentí que me llenaban mucho.
Miranda sonrió con amor y le acarició el cabello mojado.
—Se te ve el culito bien follado, hinchadito y con ese colorcito rojo tan lindo. Es normal que te duela, mi nenita. Anoche recibiste verga como una buena chica.
Finalmente, Miranda se acercó a Camilita, la más pequeña y delicada. El culito de la nenita trans era el que más se veía afectado: pequeño, rosado, hinchado y con restos visibles de semen y caca alrededor del ano.
—Camilita, mi muñequita… vení, dejá que mamá te vea —dijo con ternura, separándole con cuidado las nalguitas—. Ay, mi amor… tu culito está bien abierto y rojo… se nota que te usaron mucho. Está un poquito sucio todavía por dentro. ¿Te duele mucho?
Camilita se abrazó a su mamá, con la voz aniñada y quejosa:
—Mucho, mami… me arde todo el culito… me follaron muy fuerte y muchas veces… pero… me gustó cuando estaba pasando. Ahora casi no puedo caminar derecho.
Miranda se rio con cariño puro y la abrazó fuerte bajo el agua, besándole la frente.
—Mi nenita más chiquita… se te ve el culito más hinchadito y abierto de todas. Está rosadito, sensible y con restos de lo que te metieron anoche. Es normal que te duela tanto, mi amor. Anoche fuiste una nenita muy valiente.
Las tres hijas se quejaban bajito mientras Miranda las inspeccionaba y las lavaba con cuidado, pasando la esponja suave por sus culitos sensibles, limpiando los restos de semen y caca seca.
—Mis nenitas hermosas… —dijo Miranda con amor, mientras las enjabonaba—. Anoche fueron folladas como putitas, pero hoy son mis hijas buenas que van a la escuela. Les duele el culito porque recibieron mucha verga… pero eso es parte de ser de esta familia. Mamá está muy orgullosa de ustedes.
Carla sonrió con cansancio:
—Duele… pero me gustó, mami.
Juana y Camilita asintieron, todavía abrazadas a su mamá.
Miranda las besó una por una en los labios con ternura.
Miranda, todavía bajo el agua caliente de la ducha con sus tres hijas, sonrió con ternura y un toque de morbo maternal. Se giró lentamente, dándoles la espalda, y se inclinó un poco hacia adelante, apoyando las manos en la pared de azulejos.
—Miren, mis nenitas… —dijo con voz suave pero clara—. Mamá también recibió mucho anoche. Les voy a mostrar cómo me quedó el culo después de la orgía.
Separó las nalgas con ambas manos, mostrando su culo grande, maduro y voluptuoso. El ano de Miranda estaba visiblemente enrojecido e hinchado, abierto más de lo normal después de haber sido follada tantas veces por vergas grandes y gruesas. Tenía restos secos de semen y algunas manchas oscuras de caca alrededor del agujero, producto de tantas horas de penetración anal intensa.
Las tres chicas se quedaron mirando con los ojos muy abiertos.
Carla fue la primera en hablar, con voz baja y sorprendida:
—Mami… tu culo está… muy abierto y rojo… se ve más grande que el nuestro.
Juana se acercó un poco más, mordiéndose el labio:
—Está hinchado… y se ve que te metieron mucho… hay restos adentro todavía.
Camilita, la más aniñada, miró con curiosidad y un poco de vergüenza:
—El culito de mami es más grande y carnoso… pero ahora está todo rojo y abierto como el nuestro…
Miranda se rio con cariño, todavía sosteniendo sus nalgas abiertas para que sus hijas pudieran ver bien.
—Sí, mis amores… mamá también fue follada muy duro anoche. Me metieron verga en el coño y en el culo al mismo tiempo varias veces. Por eso está tan abierto y sensible. Miren cómo queda el culo de una mamá después de recibir tanto… es más grande y carnoso que los de ustedes, pero después de una noche así se hincha y queda marcado igual.
Pasó un dedo suavemente alrededor de su propio ano enrojecido y les mostró un poco de semen seco y restos.
—Duele un poco cuando me muevo… pero me gustó mucho. Mamá también es una puta cuando quiere.
Las tres hijas se acercaron más, tocando con cuidado las nalgas de su mamá.
Carla acarició suavemente:
—Se siente caliente y suave… pero está bien abierto, mami.
Juana preguntó con timidez:
—¿Te dolió mucho cuando te metieron dos vergas al mismo tiempo?
Camilita solo miraba fascinada, con la carita roja.
Miranda se giró de nuevo hacia ellas, las abrazó bajo el agua y les besó la frente una por una.
—Sí, me dolió… pero también me gustó. Es normal que nos duela el culito después de una noche así. El de mamá es más grande y aguantó más, pero el de ustedes es más chiquito y sensible, por eso les duele tanto ahora.
Les pasó la esponja con jabón suavemente por los culitos enrojecidos, limpiándolas con cariño.
—Ahora dúchense bien, mis nenitas. Lávense el culito con cuidado. Hoy van a la escuela como si nada hubiera pasado… aunque caminen un poquito raro.
Las tres chicas sonrieron con cansancio y se abrazaron a su mamá.
—Te queremos, mami —dijo Carla.
Miranda las apretó contra su cuerpo, sintiendo sus cuerpitos jóvenes contra sus curvas maduras.
—Y yo a ustedes, mis putitas hermosas. Ahora a lavarse… que la escuela espera.
Salieron todas de la ducha envueltas en vapor y con la piel todavía rosada por el agua caliente. Miranda tomó las toallas y empezó a secar a sus hijas con ternura, pasando la tela suave por sus cuerpos marcados.
Luego las ayudó a vestirse para la escuela. Les puso las bombachitas blancas limpias con cuidado, evitando presionar los culitos sensibles. Les colocó las polleritas tableadas grises, las camisas blancas con corbatita roja, las medias hasta la rodilla y los zapatitos negros. Mientras las vestía, les daba besitos en los hombros y en la frente.
Las tres chicas estaban todavía adoloridas. Caminaban con las piernas un poco abiertas y hacían pequeñas muecas cada vez que se movían.
Carla fue la primera en preguntar, mientras Miranda le abotonaba la camisa:
—Mami… ¿cómo podés aguantar dos vergas en el culo al mismo tiempo? A nosotras nos duele muchísimo solo con una… y a vos te metieron dos anoche y casi no te quejabas.
Juana y Camilita asintieron, mirando a su mamá con curiosidad y un poco de admiración.
Miranda sonrió con amor maternal y se sentó en el borde de la cama, atrayendo a sus tres hijas para que se sentaran a su alrededor (aunque ellas lo hicieron con mucho cuidado).
—Mis nenitas… —dijo con voz suave y cariñosa, acariciando el cabello de Carla—. Mamá tiene el cuerpo más grande y más acostumbrado. He parido tres veces, he follado mucho durante años y mi culo ya está entrenado. Cuando una mujer madura recibe verga durante mucho tiempo, el ano se acostumbra y se abre más fácil. Duele, sí… pero el dolor se mezcla con placer más rápido que en ustedes.
Les tomó las manos con ternura y continuó:
—Anoche me metieron dos vergas juntas y sí me dolió al principio. Sentí que me abrían mucho, que me estiraban… pero mi culo ya sabe cómo relajarse. El de ustedes es más chiquito, más apretado y más nuevo. Por eso les duele más y les cuesta más aguantar. Es normal, mis amores. Con el tiempo, si siguen practicando, sus culitos también se van a acostumbrar y van a poder disfrutar más sin tanto dolor.
Camilita, con voz aniñada, preguntó:
—¿Y por qué a vos no te duele tanto ahora?
Miranda besó la frente de su hija más pequeña y respondió con paciencia:
—Porque mamá ya pasó por muchos partos y muchas folladas. Mi cuerpo está más elástico. Además… a mamá le gusta el dolorcito. Me excita sentir que me abren mucho. Pero no se preocupen, mis nenitas. Mamá nunca va a obligarlas a hacer algo que les duela demasiado. Si les duele mucho el culito, me lo dicen y mamá les pone pomada o las deja descansar.
Carla se abrazó a su mamá y murmuró:
—Duele… pero también me gustó cuando estaba pasando. Solo que ahora casi no puedo sentarme.
Miranda las abrazó a las tres con cariño, apretándolas contra su cuerpo maduro y suave.
—Mis hijitas valientes… anoche fueron muy buenas. Mamá está muy orgullosa de ustedes. Hoy en la escuela caminen con cuidado y si les duele mucho, siéntense en un almohadón o vayan al baño a mojarse un poco. Esta noche, cuando vuelvan, mamá les revisa los culitos y les pone crema para que se sientan mejor.
Las tres chicas sonrieron, todavía adoloridas pero reconfortadas por el amor de su mamá.
Miranda les dio un último beso en los labios a cada una y les dijo con ternura:
—Ahora terminen de vestirse. Sean buenas en la escuela… y recuerden que aunque les duela el culito, son mis nenitas hermosas y mamá las ama mucho.
Las chicas terminaron de ponerse el uniforme y bajaron a desayunar, caminando con pasitos cortos y cuidadosos, sintiendo todavía el ardor en sus anos.
Miranda las miró con una mezcla de amor y morbo maternal, sabiendo que esa noche, cuando volvieran, probablemente querrían seguir explorando.
Escena 4: Miranda siendo follada analmente mientras sus hijas le chupan pies y axilas
Miranda estaba en cuatro patas en el centro de la cama, con un indigente follándola analmente con embestidas brutales y profundas. Su culo grande y maduro se sacudía con cada golpe, las tetas enormes balanceándose pesadamente debajo de ella.
— ¡Más fuerte… rómpeme el culo…! —gemía Miranda, empujando hacia atrás.
Carla y Juana se arrodillaron a cada lado. Carla levantó uno de los pies calientes y sudorosos de su mamá y empezó a chuparle los dedos con devoción, lamiendo la planta húmeda y pegajosa. Juana hizo lo mismo con el otro pie, succionando entre los dedos y pasando la lengua por la planta.
Camilita se colocó debajo del brazo de Miranda y empezó a lamerle la axila sudorosa, chupando el sudor salado con su boquita aniñada.
Miranda gemía de placer, la voz entrecortada por las embestidas:
—Chupen más rico los piecitos de mamá… lamánlos bien mientras me follan el orto… Camilita, meté la lengua más adentro en mi axila… saboreá cómo huele mamá después de tanto sexo…
El viejo que la follaba analmente se rio y le dio una palmada fuerte en el culo:
—Miren cómo la mamá puta recibe verga en el culo mientras sus propias hijas le chupan los pies y las axilas sudadas… qué familia más degenerada.
Escena 5: Las tres hermanas en cadena lésbica mientras los viejos les chupan pies y culos
Carla, Juana y Camilita formaron una cadena lésbica sobre la cama. Carla estaba en cuatro patas, recibiendo la lengua de Juana en su ano. Juana estaba detrás, lamiendo el culo de su hermana mayor. Camilita estaba detrás de Juana, chupándole el ano con su boquita delicada.
Al mismo tiempo, se chupaban los pies: Juana chupaba los pies de Carla y Camilita chupaba los pies de Juana.
Tres indigentes se unieron. Uno se arrodilló detrás de Carla y empezó a lamerle el ano alrededor de la lengua de Juana. Otro hizo lo mismo con Juana, y el tercero con Camilita. Al mismo tiempo, levantaban los pies de las chicas y los chupaban con hambre.
—Los piecitos de la colegiala son más firmes y sudados… la textura es suave pero con un poco de dureza por tanto caminar —dijo uno mientras chupaba los pies de Carla—. Los de la nenita del medio son más delicados, casi como de niña… y los de la trans son los más suaves y aniñados.
Chupaban con devoción, alternando entre lamer culos enrojecidos y chupar pies sudorosos, comparando en voz alta el sabor y la textura.
Carla gemía fuerte dentro de la cadena:
—Hermanas… me están chupando el culo y los pies al mismo tiempo… qué rico…
Escena 6: Miranda y Carla en 69 mientras los viejos les chupan axilas, pies y culos
Miranda y Carla estaban en posición 69 sobre la cama. Miranda tenía la cara enterrada entre las piernas de su hija, lamiéndole el coño y el ano con lengua profunda. Carla, debajo, chupaba el coño maduro de su mamá y le metía la lengua en el ano.
Dos indigentes se unieron. Uno se arrodilló al lado de Miranda y empezó a lamerle las axilas sudorosas, chupando el sudor salado con lengua ancha. El otro se colocó junto a Carla y empezó a chuparle los pies, lamiendo entre los dedos y la planta húmeda.
Al mismo tiempo, un tercero se puso detrás de Miranda y empezó a lamerle el ano alrededor de la lengua de Carla, mientras un cuarto hacía lo mismo con Carla.
Miranda gemía dentro del coño de su hija:
—Chupen las axilas de mamá… laman los pies de mi hija… y sigan chupando nuestros culos mientras nos comemos entre nosotras…
Los viejos comparaban en voz alta mientras lamían:
—Las axilas de la mamá son profundas y con olor fuerte a hembra adulta… las de la nenita son más suaves y con sudor más ligero.
—Los pies de la mamá son grandes y carnoso, con sabor intenso… los de la hija son más pequeños y finos, con textura sedosa.
—Los culos… el de la mamá es más grande y usado, con sabor terroso y maduro… el de la nenita es más apretado y rosado, con sabor más dulce y juvenil.
Carla gemía fuerte, empujando su coño contra la boca de su mamá y sus pies contra la boca del viejo.
—Sigan chupando… comparen el cuerpo de mamá conmigo… quiero oír cómo saben diferente…
Los indigentes seguían lamiendo con hambre, alternando entre axilas, pies y culos de madre e hija, saboreando y comentando el contraste mientras las dos seguían en 69 lésbico.
La orgía continuaba con este festín de contrastes y sabores.

Escena 7: “El trono de pies” – Miranda sentada sobre la cara de Eduardo mientras las hijas le chupan los pies y son folladas analmente
Miranda se sentó directamente sobre la cara de Eduardo en posición de facesitting completo. Su culo grande y maduro cubrió por completo la boca y la nariz de su marido, ahogándolo mientras ella movía las caderas lentamente.
—Lameme el culo, mariquita… mientras tus hijas te chupan los pies —ordenó con voz ronca.
Carla, Juana y Camilita se arrodillaron a los pies de su padre. Carla levantó uno de los pies de Eduardo y empezó a chuparle los dedos con devoción, lamiendo la planta sudorosa. Juana hizo lo mismo con el otro pie. Camilita se unió, chupando alternadamente los dedos de ambos pies de su papá.
Mientras las tres hijas le chupaban los pies a su padre, dos indigentes se colocaron detrás de Carla y Juana y les metieron las vergas en el ano al mismo tiempo, follándolas analmente con embestidas fuertes.
Carla gemía con la boca llena de los dedos del pie de su papá:
—Papá… te chupo los pies… mientras me follan el culo… qué pervertido se siente…
Juana gemía igual, lamiendo la planta del pie de Eduardo mientras recibía verga en el ano.
Miranda, sentada sobre la cara de su marido, gemía de placer al sentir la lengua de Eduardo dentro de su ano y miraba a sus hijas:
—Miren cómo mis nenitas le chupan los pies a su papi mientras reciben verga en el culo… y yo estoy sentada sobre su cara como la reina que soy. Lamé más profundo, mariquita… saborea el culo de tu esposa mientras tus hijas te limpian los pies con la boca.
Eduardo gemía ahogado debajo del culo de Miranda, pajeándose la verga pequeña mientras sus hijas le chupaban los pies y eran folladas analmente a su lado.
Escena 8: “Cadena de pies y culos” – Las cuatro mujeres en línea siendo folladas analmente mientras se chupan los pies mutuamente
Miranda organizó a las cuatro en una línea recta sobre la cama, todas en cuatro patas una detrás de la otra.
Ella estaba al frente. Detrás de Miranda estaba Carla, detrás de Carla estaba Juana, y detrás de Juana estaba Camilita.
Los cuatro indigentes se colocaron detrás de cada una y empezaron a follarlas analmente al mismo tiempo: vergas gruesas y sucias entrando y saliendo de los cuatro culos enrojecidos.
Mientras eran folladas, Miranda ordenó:
—Ahora chúpense los pies de la que tienen delante. No dejen de lamer.
Carla empezó a chupar los pies de su mamá, lamiendo la planta sudorosa y metiendo los dedos en la boca. Juana chupaba los pies de Carla, y Camilita chupaba los pies de Juana.
La cadena era perfecta: cuatro mujeres siendo folladas analmente mientras se chupaban los pies mutuamente en una línea.
Miranda gemía fuerte, empujando el culo contra la verga que la penetraba:
—Chupen más rico los piecitos de la que tienen delante… lamánlos mientras nos follan el culo… quiero oír cómo succionan los pies sudorosos de mamá y de sus hermanas…
Los viejos follaban con fuerza y comentaban el contraste:
—Miren esta cadena de putas… la mamá con culo grande y carnoso recibiendo verga, y las nenitas con culitos apretados y juveniles… y todas chupándose los pies al mismo tiempo. Qué familia más enferma.
Las chicas gemían con la boca llena de pies, lenguas lamiendo plantas sudorosas mientras sus anos eran abiertos por vergas grandes.
Escena 9: “Los pies como trono” – Eduardo obligado a lamer pies mientras es follado y las mujeres se besan encima de él
Los indigentes pusieron a Eduardo boca arriba en el piso. Uno de ellos lo penetró analmente, follándolo con embestidas profundas y salvajes. Los otros cuatro se arrodillaron alrededor de su cabeza.
Miranda y sus tres hijas se sentaron sobre la cara y el pecho de Eduardo, usando su cuerpo como un trono humano.
Miranda se sentó sobre su boca, cubriéndole la cara con su coño y ano. Carla se sentó sobre su pecho, poniendo sus pies sudorosos sobre la cara de su padre. Juana y Camilita hicieron lo mismo, colocando sus piecitos delicados sobre la cara y la boca de Eduardo.
—Lame los pies de tus hijas mientras te follan el culo, mariquita —ordenó Miranda, moviendo las caderas sobre su cara.
Eduardo gemía ahogado debajo de los cuatro cuerpos. Su lengua salía desesperadamente, lamiendo los pies sudorosos de Carla, Juana y Camilita mientras era follado analmente sin piedad. Al mismo tiempo, lamía el coño y el ano de su esposa.
Arriba, las cuatro mujeres se besaban entre ellas en un beso cuádruple baboso y lésbico: lenguas enredadas, saliva chorreando, gemidos suaves.
Miranda gemía dentro del beso:
—Miren cómo su papi lame los piecitos sudados de sus hijas mientras recibe verga en el culo… qué putita más obediente es.
Los viejos se reían y follaban más fuerte:
—Chupá los pies de tus propias hijas, cornudito… mientras nosotras nos besamos como putas encima de vos.
Eduardo gemía, la cara cubierta de pies sudorosos y coño de su esposa, el ano siendo destrozado, completamente humillado y excitado.
Las mujeres seguían besándose apasionadamente encima de él, mientras los pies de sus hijas le llenaban la boca y la nariz.
Después de horas de sexo intenso, penetraciones brutales, lamidas, besos babosos y humillaciones, los cinco indigentes finalmente llegaron al límite.
Uno por uno empezaron a correrse con gruñidos animales.
El primero se corrió profundamente en el ano de Miranda, llenándola de semen espeso. El segundo descargó dentro del coño de Carla. El tercero eyaculó en el culo de Juana. El cuarto llenó el ano pequeño de Camilita. El quinto, que estaba follándole la boca a Eduardo, se corrió directamente en su garganta, obligándolo a tragar todo.
Los gemidos finales fueron ensordecedores. Miranda tuvo un orgasmo violento, apretando el culo alrededor de la verga que la llenaba. Carla, Juana y Camilita se corrieron casi al mismo tiempo, temblando y gimiendo mientras recibían semen en sus cuerpos jóvenes. Eduardo, completamente agotado y humillado, se corrió sin tocarse, solo por la estimulación anal y la vergüenza, soltando un chorro débil sobre la alfombra.
Los cinco viejos se retiraron jadeando, con las vergas brillantes de semen y jugos. La habitación olía a sudor, semen, sexo y cuerpos usados.
Miranda, todavía respirando agitada y con semen chorreándole por los muslos, se levantó con dificultad. Sus tetas enormes brillaban de sudor. Miró a su familia tirada en la cama y en la alfombra: Eduardo con el ano rojo e hinchado, las tres hijas exhaustas, con semen saliendo de sus coños y culos, todos sudados y agotados.
—Se acabó por hoy, muchachos —dijo Miranda con voz ronca pero firme—. Gracias por el cumpleaños de mi marido.
Se acercó a cada uno de los cinco indigentes, completamente desnuda y con el cuerpo marcado por el sexo. A cada uno le dio un beso profundo y baboso en la boca, metiendo la lengua con pasión, como despidiéndose de sus machos.
—Gracias por follarnos tan rico —susurró al primero.
—Vuelvan cuando quieran —le dijo al segundo, besándolo con lengua.
—Mi culo todavía siente tu verga —murmuró al tercero.
Cada beso fue largo, sucio y lleno de saliva. Los viejos respondieron agarrándole el culo y las tetas, pero Miranda los empujó suavemente hacia la puerta.
Cuando los cinco se fueron, Miranda cerró la puerta con llave y volvió a la alcoba matrimonial.
La escena que encontró era de puro agotamiento sexual:
Eduardo estaba tirado boca abajo, el ano abierto y chorreando semen de cinco hombres, respirando con dificultad. Carla y Juana estaban abrazadas, con semen saliendo de sus coños y culos, las caras rojas y el cabello pegado al sudor. Camilita estaba acurrucada contra sus hermanas, con el culito pequeño palpitando y semen corriendo por sus muslos.
Miranda se acercó a la cama, se acostó en el centro y abrió los brazos.
—Vengan, mis nenitas… y tú también, mi mariquita.
Las tres hijas y Eduardo se arrastraron hacia ella, agotados. Se abrazaron todos en un nudo familiar: Miranda en el centro, sus tetas enormes sirviendo de almohada, sus hijas pegadas a su cuerpo y Eduardo acurrucado a los pies de su esposa, todavía con el ano adolorido.
Miranda acarició el cabello de todos con ternura, besando la frente de cada uno.
—Qué noche más hermosa… papá recibió su regalo de cumpleaños, y nosotras disfrutamos como familia. Mañana volvemos a la normalidad… pero hoy… hoy fuimos todos putas juntos.
Eduardo, exhausto y humillado, solo pudo murmurar contra el muslo de su esposa:
—Gracias… mi amor…
Las hijas ya estaban casi dormidas, abrazadas a su mamá, con los cuerpos pegajosos de sudor y semen.
Miranda sonrió satisfecha, mirando el techo, mientras toda su familia descansaba agotada a su alrededor.
La orgía del cumpleaños de Eduardo había terminado… por ese día.
La mañana siguiente llegó con la luz del sol filtrándose por las cortinas de la alcoba matrimonial.
Miranda fue la primera en despertar. Estaba en el centro de la cama grande, completamente desnuda, con sus tetas enormes y pesadas descansando sobre su pecho. A su alrededor, abrazadas a ella como cachorritas, dormían sus tres hijas: Carla pegada a su lado derecho, Juana acurrucada contra su pecho izquierdo, y Camilita abrazada a su cintura, con la carita apoyada en su vientre.
Todas estaban agotadas, con el cuerpo marcado por la orgía de la noche anterior. El aire todavía olía a sexo, sudor y semen seco.
Miranda miró con ternura y morbo a sus hijas. Sus cuerpos jóvenes contrastaban con el suyo maduro. Vio los culitos enrojecidos e hinchados de las tres: el ano de Carla seguía ligeramente abierto y con restos secos de semen y caca; el de Juana estaba rosado y sensible; el de Camilita, más pequeño, se veía claramente usado y un poco sucio. Las tetitas de Carla y Juana tenían marcas leves de succiones, y los pechitos incipientes de Camilita estaban rosados por los besos y lamidas.
Miranda sonrió con orgullo maternal. Acarició suavemente el cabello de Carla y susurró:
—Despierten, mis nenitas… ya es de mañana. Es hora de ir a la escuela.
Carla fue la primera en abrir los ojos. Se estiró con un gemido suave y sintió inmediatamente el ardor en su ano.
—Mami… me duele el culo… —murmuró con voz somnolienta.
Juana despertó después, frotándose los ojos y haciendo una mueca al sentir su propio ano sensible.
—Ay… yo también… anoche nos follaron mucho…
Camilita despertó la última, acurrucándose más contra su mamá antes de abrir los ojos.
—Quiero dormir más… —protestó con voz aniñada.
Miranda las besó en la frente una por una, con cariño.
—Lo sé, mis amores. Anoche fue una noche muy intensa. Sus culitos están rojos y un poco sucios… pero tienen que levantarse. La escuela no espera. Vayan a ducharse rápido y vístanse con el uniforme.
Las tres chicas se levantaron con dificultad. Caminaban con las piernas un poco abiertas, sintiendo el ardor y la humedad residual en sus anos y coños. Miranda las observó con una mezcla de ternura y excitación al ver los cuerpos marcados de sus hijas: culitos enrojecidos, marcas leves en la piel, el cabello revuelto y la expresión de cansancio sexual.
Mientras las chicas se dirigían al baño, Miranda miró hacia el piso.
Allí estaba Eduardo, dormido profundamente sobre la alfombra, todavía desnudo. Su ano estaba visiblemente hinchado y rojo, con restos secos de semen de los cinco indigentes. Tenía la cara marcada por la humillación y el agotamiento, y su verga pequeña descansaba flácida contra su muslo.
Miranda sonrió con cariño perverso y se acercó. Le dio un suave beso en la frente.
—Descansa, mi mariquita… anoche fuiste una buena putita. Hoy te dejo dormir un poco más.
Luego se levantó, todavía desnuda, y fue a supervisar que sus hijas se ducharan y se prepararan para la escuela.
Carla, Juana y Camilita entraron al baño. Se miraron en el espejo y vieron sus cuerpos marcados: culitos rojos, marcas de manos en las caderas, labios hinchados de tanto besar.
—Anoche fue… demasiado —susurró Carla, tocándose el ano con cuidado.
Juana asintió, sonrojada.
—Pero… me gustó… aunque ahora me duele todo.
Camilita, la más pequeña, solo se abrazó a sus hermanas.
—Mami dice que esto es amor de familia…
Miranda entró al baño grande donde sus tres hijas ya estaban bajo la ducha. El vapor del agua caliente llenaba el ambiente. Las tres chicas estaban desnudas, con el cuerpo todavía marcado por la larga orgía de la noche anterior.
Se acercó con una sonrisa tierna y maternal, pero con un toque de morbo inevitable. Se metió bajo el agua con ellas y empezó a inspeccionar sus cuerpos con las manos y la mirada.
Primero miró a Carla. La mayor tenía las nalgas rojas e hinchadas, el ano claramente abierto y enrojecido, con algunos restos secos de semen y caca alrededor del agujero. Las tetitas pequeñas tenían marcas leves de succiones.
—Ay, mi Carla… mirá cómo te dejaron el culito —dijo Miranda con voz suave, pasando los dedos con cuidado por las nalgas enrojecidas—. Está bien abierto y rojo… se nota que te follaron duro anoche. ¿Te duele mucho?
Carla hizo una mueca y asintió, apoyándose contra la pared.
—Mucho, mami… me arde por dentro. Fue una follada brutal… me metieron verga tras verga… pero… sí me gustó. Aunque ahora casi no puedo sentarme.
Miranda se rio con cariño y le dio un beso suave en la mejilla.
—Mi nenita valiente… se te ve el culito bien usado, abierto y un poco sucio todavía. Pero eso es normal después de una noche así. Mamá está orgullosa de que hayas aguantado tanto.
Luego se giró hacia Juana. El culito de la del medio estaba menos hinchado que el de Carla, pero igual de rojo y sensible. Tenía un hilo seco de semen que todavía le bajaba por el muslo.
—Juana, mi amor… tu culito está más rosadito, pero igual de marcado —dijo Miranda, separándole suavemente las nalgas para mirar mejor—. Se ve bien abierto y un poquito sucio por dentro. ¿Te duele?
Juana se sonrojó y asintió, mordiéndose el labio.
—Sí, mami… me duele bastante cuando me muevo. Me follaron muy fuerte… pero cuando estaba pasando… me gustó. Sentí que me llenaban mucho.
Miranda sonrió con amor y le acarició el cabello mojado.
—Se te ve el culito bien follado, hinchadito y con ese colorcito rojo tan lindo. Es normal que te duela, mi nenita. Anoche recibiste verga como una buena chica.
Finalmente, Miranda se acercó a Camilita, la más pequeña y delicada. El culito de la nenita trans era el que más se veía afectado: pequeño, rosado, hinchado y con restos visibles de semen y caca alrededor del ano.
—Camilita, mi muñequita… vení, dejá que mamá te vea —dijo con ternura, separándole con cuidado las nalguitas—. Ay, mi amor… tu culito está bien abierto y rojo… se nota que te usaron mucho. Está un poquito sucio todavía por dentro. ¿Te duele mucho?
Camilita se abrazó a su mamá, con la voz aniñada y quejosa:
—Mucho, mami… me arde todo el culito… me follaron muy fuerte y muchas veces… pero… me gustó cuando estaba pasando. Ahora casi no puedo caminar derecho.
Miranda se rio con cariño puro y la abrazó fuerte bajo el agua, besándole la frente.
—Mi nenita más chiquita… se te ve el culito más hinchadito y abierto de todas. Está rosadito, sensible y con restos de lo que te metieron anoche. Es normal que te duela tanto, mi amor. Anoche fuiste una nenita muy valiente.
Las tres hijas se quejaban bajito mientras Miranda las inspeccionaba y las lavaba con cuidado, pasando la esponja suave por sus culitos sensibles, limpiando los restos de semen y caca seca.
—Mis nenitas hermosas… —dijo Miranda con amor, mientras las enjabonaba—. Anoche fueron folladas como putitas, pero hoy son mis hijas buenas que van a la escuela. Les duele el culito porque recibieron mucha verga… pero eso es parte de ser de esta familia. Mamá está muy orgullosa de ustedes.
Carla sonrió con cansancio:
—Duele… pero me gustó, mami.
Juana y Camilita asintieron, todavía abrazadas a su mamá.
Miranda las besó una por una en los labios con ternura.
Miranda, todavía bajo el agua caliente de la ducha con sus tres hijas, sonrió con ternura y un toque de morbo maternal. Se giró lentamente, dándoles la espalda, y se inclinó un poco hacia adelante, apoyando las manos en la pared de azulejos.
—Miren, mis nenitas… —dijo con voz suave pero clara—. Mamá también recibió mucho anoche. Les voy a mostrar cómo me quedó el culo después de la orgía.
Separó las nalgas con ambas manos, mostrando su culo grande, maduro y voluptuoso. El ano de Miranda estaba visiblemente enrojecido e hinchado, abierto más de lo normal después de haber sido follada tantas veces por vergas grandes y gruesas. Tenía restos secos de semen y algunas manchas oscuras de caca alrededor del agujero, producto de tantas horas de penetración anal intensa.
Las tres chicas se quedaron mirando con los ojos muy abiertos.
Carla fue la primera en hablar, con voz baja y sorprendida:
—Mami… tu culo está… muy abierto y rojo… se ve más grande que el nuestro.
Juana se acercó un poco más, mordiéndose el labio:
—Está hinchado… y se ve que te metieron mucho… hay restos adentro todavía.
Camilita, la más aniñada, miró con curiosidad y un poco de vergüenza:
—El culito de mami es más grande y carnoso… pero ahora está todo rojo y abierto como el nuestro…
Miranda se rio con cariño, todavía sosteniendo sus nalgas abiertas para que sus hijas pudieran ver bien.
—Sí, mis amores… mamá también fue follada muy duro anoche. Me metieron verga en el coño y en el culo al mismo tiempo varias veces. Por eso está tan abierto y sensible. Miren cómo queda el culo de una mamá después de recibir tanto… es más grande y carnoso que los de ustedes, pero después de una noche así se hincha y queda marcado igual.
Pasó un dedo suavemente alrededor de su propio ano enrojecido y les mostró un poco de semen seco y restos.
—Duele un poco cuando me muevo… pero me gustó mucho. Mamá también es una puta cuando quiere.
Las tres hijas se acercaron más, tocando con cuidado las nalgas de su mamá.
Carla acarició suavemente:
—Se siente caliente y suave… pero está bien abierto, mami.
Juana preguntó con timidez:
—¿Te dolió mucho cuando te metieron dos vergas al mismo tiempo?
Camilita solo miraba fascinada, con la carita roja.
Miranda se giró de nuevo hacia ellas, las abrazó bajo el agua y les besó la frente una por una.
—Sí, me dolió… pero también me gustó. Es normal que nos duela el culito después de una noche así. El de mamá es más grande y aguantó más, pero el de ustedes es más chiquito y sensible, por eso les duele tanto ahora.
Les pasó la esponja con jabón suavemente por los culitos enrojecidos, limpiándolas con cariño.
—Ahora dúchense bien, mis nenitas. Lávense el culito con cuidado. Hoy van a la escuela como si nada hubiera pasado… aunque caminen un poquito raro.
Las tres chicas sonrieron con cansancio y se abrazaron a su mamá.
—Te queremos, mami —dijo Carla.
Miranda las apretó contra su cuerpo, sintiendo sus cuerpitos jóvenes contra sus curvas maduras.
—Y yo a ustedes, mis putitas hermosas. Ahora a lavarse… que la escuela espera.
Salieron todas de la ducha envueltas en vapor y con la piel todavía rosada por el agua caliente. Miranda tomó las toallas y empezó a secar a sus hijas con ternura, pasando la tela suave por sus cuerpos marcados.
Luego las ayudó a vestirse para la escuela. Les puso las bombachitas blancas limpias con cuidado, evitando presionar los culitos sensibles. Les colocó las polleritas tableadas grises, las camisas blancas con corbatita roja, las medias hasta la rodilla y los zapatitos negros. Mientras las vestía, les daba besitos en los hombros y en la frente.
Las tres chicas estaban todavía adoloridas. Caminaban con las piernas un poco abiertas y hacían pequeñas muecas cada vez que se movían.
Carla fue la primera en preguntar, mientras Miranda le abotonaba la camisa:
—Mami… ¿cómo podés aguantar dos vergas en el culo al mismo tiempo? A nosotras nos duele muchísimo solo con una… y a vos te metieron dos anoche y casi no te quejabas.
Juana y Camilita asintieron, mirando a su mamá con curiosidad y un poco de admiración.
Miranda sonrió con amor maternal y se sentó en el borde de la cama, atrayendo a sus tres hijas para que se sentaran a su alrededor (aunque ellas lo hicieron con mucho cuidado).
—Mis nenitas… —dijo con voz suave y cariñosa, acariciando el cabello de Carla—. Mamá tiene el cuerpo más grande y más acostumbrado. He parido tres veces, he follado mucho durante años y mi culo ya está entrenado. Cuando una mujer madura recibe verga durante mucho tiempo, el ano se acostumbra y se abre más fácil. Duele, sí… pero el dolor se mezcla con placer más rápido que en ustedes.
Les tomó las manos con ternura y continuó:
—Anoche me metieron dos vergas juntas y sí me dolió al principio. Sentí que me abrían mucho, que me estiraban… pero mi culo ya sabe cómo relajarse. El de ustedes es más chiquito, más apretado y más nuevo. Por eso les duele más y les cuesta más aguantar. Es normal, mis amores. Con el tiempo, si siguen practicando, sus culitos también se van a acostumbrar y van a poder disfrutar más sin tanto dolor.
Camilita, con voz aniñada, preguntó:
—¿Y por qué a vos no te duele tanto ahora?
Miranda besó la frente de su hija más pequeña y respondió con paciencia:
—Porque mamá ya pasó por muchos partos y muchas folladas. Mi cuerpo está más elástico. Además… a mamá le gusta el dolorcito. Me excita sentir que me abren mucho. Pero no se preocupen, mis nenitas. Mamá nunca va a obligarlas a hacer algo que les duela demasiado. Si les duele mucho el culito, me lo dicen y mamá les pone pomada o las deja descansar.
Carla se abrazó a su mamá y murmuró:
—Duele… pero también me gustó cuando estaba pasando. Solo que ahora casi no puedo sentarme.
Miranda las abrazó a las tres con cariño, apretándolas contra su cuerpo maduro y suave.
—Mis hijitas valientes… anoche fueron muy buenas. Mamá está muy orgullosa de ustedes. Hoy en la escuela caminen con cuidado y si les duele mucho, siéntense en un almohadón o vayan al baño a mojarse un poco. Esta noche, cuando vuelvan, mamá les revisa los culitos y les pone crema para que se sientan mejor.
Las tres chicas sonrieron, todavía adoloridas pero reconfortadas por el amor de su mamá.
Miranda les dio un último beso en los labios a cada una y les dijo con ternura:
—Ahora terminen de vestirse. Sean buenas en la escuela… y recuerden que aunque les duela el culito, son mis nenitas hermosas y mamá las ama mucho.
Las chicas terminaron de ponerse el uniforme y bajaron a desayunar, caminando con pasitos cortos y cuidadosos, sintiendo todavía el ardor en sus anos.
Miranda las miró con una mezcla de amor y morbo maternal, sabiendo que esa noche, cuando volvieran, probablemente querrían seguir explorando.
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