Me desperté antes que Tomi, lo miré dormir, y pensé una cosa muy clara: quiero estar yo del otro lado. Quiero saber qué sintió él.
No se lo dije esa mañana. No se lo dije en una semana. Lo pensé sola, como había pensado sola la otra cosa. Pero esta vez fue distinto. Esta vez no era miedo lo que me frenaba. Era no saber cómo iba a reaccionar él.
Tomi era un tipo seguro. En el laburo, con la familia, conmigo. Pero había un Tomi de hombre, de muchachos, de fútbol los domingos con los pibes del barrio, y yo no sabía cómo ese Tomi iba a recibir lo que le quería proponer. Le quería poner una pija a mi novio. Esa era la frase, así dicha, y yo necesitaba saber cómo iba a aterrizarle.
Le pregunté un martes a la noche. Sin ceremonia. Estábamos comiendo fideos en la cocina, cada uno en su silla, hablando de cualquier cosa.
"¿Vos alguna vez pensaste en que te metan algo."
Levantó la cabeza del plato. Me miró.
"¿En qué sentido."
"En el sentido obvio."
Tomi dejó el tenedor. Tragó. Tomó agua. Yo lo miraba pasar por todas las etapas. Sorpresa. Cálculo. Decisión.
"Sí."
"¿Sí qué."
"Sí lo pensé."
"¿Mucho."
"A veces."
"¿Por qué nunca me dijiste."
Se rió. Una risa corta, casi sin ganas, la que le sale cuando lo agarro en algo.
"Por lo mismo que no te pedía lo otro."
Esa respuesta me cerró todo. Porque no me lo iba a pedir, porque no quería que yo lo hiciera por complacerlo, porque iba a esperar hasta que yo lo propusiera. Como había hecho con todo lo demás. Tomi era ese tipo de tipo.
"Bueno", le dije. "Te lo propongo yo."
Tardó dos días en contestarme en serio. No me sorprendió. Yo había tardado tres semanas en contestarle cuando me propuso lo de Iván. El jueves a la noche, en la cama, con la luz apagada, me agarró la mano abajo de las sábanas.
"Sí."
"¿Sí qué."
"A lo que me preguntaste el martes."
"Decilo."
Se quedó un segundo callado.
"Quiero que me la pongas vos."
Me reí en la oscuridad. Me reí porque la frase era ridícula y porque estaba contenta y porque me dio una felicidad rara saber que él también la había estado pensando esos dos días, que también él se había tomado el tiempo de saber lo que quería.
"Bueno", le dije. "Vamos a comprar."
Fuimos un sábado a la tarde a un sex shop de Palermo. No quería hacerlo online. Quería verlas, tocarlas, agarrar el arnés, probarme cosas. Tomi vino conmigo. Caminamos los dos como cualquier pareja un sábado a la tarde, pero los dos sabíamos a qué íbamos, y eso le daba a la caminata una cosa medio eléctrica.
El local era más limpio y más amable de lo que me esperaba. Una piba con el pelo cortito nos atendió. Le dijimos lo que buscábamos. No se inmutó, nos llevó a una pared del fondo, nos empezó a explicar.
Yo pensé que iba a ser yo la que estuviera incómoda. Fue al revés. Tomi se puso colorado cuando la chica empezó a hablar de tamaños. Yo le agarré la mano. Le apreté.
"Eligen los dos", dijo la chica. "Es para los dos."
Elegimos uno mediano. Más chico que él. Eso lo decidimos los dos sin hablarlo, mirándonos. Yo no quería empezar grande. Tomi tampoco. La chica nos explicó del arnés, de las correas, de cómo se ajustaba. Me hizo probármelo encima del jean. Sentí el peso. Sentí lo bajo que quedaba apoyado contra el pubis. Me miré en el espejo de cuerpo entero con un arnés vacío encima del jean y me reí. Me reí porque me veía ridícula y poderosa al mismo tiempo.
Salimos con la bolsa. Bolsa negra, sin marca. Caminamos hasta una vereda, nos sentamos en un bar a tomar algo. Tomi tomó cerveza. Yo tomé vermú.
"Estás callado."
"Estoy pensando."
"¿Mucho."
"Más que vos hace una semana."
"Tomate tu tiempo."
"Ya me lo tomé. Estoy bien. Estoy nervioso pero estoy bien."
Brindamos. Vasos chocando contra vaso. Lo besé arriba de la mesa.
Esa semana me preparé yo. No el cuerpo, esta vez. La cabeza. Y la cinturonga.
Me la puse sola, en casa, una tarde que él no estaba. Desnuda. Frente al espejo del baño. Me llevó un rato entender cómo se ajustaban las correas, cómo quedaba firme, cómo no se movía. Me la puse, la miré apuntando para adelante, me agarré la pija con la mano. Sentí la base apretada contra mí. La piba del sex shop nos había explicado eso, que el modelo que habíamos elegido tenía una parte interna que apretaba contra el clítoris cuando una empujaba. Yo no le había creído del todo. Ahora lo entendía.
Me moví un poco. Empujé la cadera adelante. Sentí la base apretarme. Sentí algo, no mucho, pero algo. Y sentí otra cosa más interesante, que era la forma en que el cuerpo se me organizaba distinto al tener algo apuntando hacia adelante. Las caderas hacia atrás. El centro de gravedad cambiado. Los hombros distintos.
Me reí sola frente al espejo. Hice un par de poses. Después me senté en la tapa del inodoro con la pija apuntando para arriba y me toqué un poco las tetas mirándome, y me dio un calor que no esperaba.
Me sequé. Guardé todo en una caja en el placard.
Lo hicimos un viernes. Fue idea de Tomi. Me dijo el lunes que prefería un viernes y no un sábado, porque quería tener todo el sábado al lado mío sin tener que pensar en nada. Me pareció bien.
Tomi se preparó él. Esa fue la otra parte que me dio ternura, ver cómo se aplicaba con la misma seriedad con la que me había visto a mí prepararme meses antes. Leyó cosas. Me hizo preguntas a mí, porque yo había leído todo eso un año atrás y él recién ahora. Compró el lubricante caro él. Me pidió que no entrara al baño el viernes a la tarde, que necesitaba un rato. Le dije obvio. Le di un beso en la cabeza al pasar.
Cenamos liviano. Una copa de vino cada uno. Lo mismo que yo había hecho aquella vez. Me di cuenta de que estábamos repitiendo la coreografía, solo que con los roles cambiados, y eso me daba una emoción rara, como si estuviéramos haciendo un baile que ya conocíamos los dos.
Nos acostamos cerca de las once. Sábanas limpias. Toallas al costado. Lubricante en la mesa de luz. La cinturonga arriba de la cama, todavía en su caja, porque me parecía mejor sacarla en el momento que tenerla ahí esperando como un objeto.
Nos besamos un rato largo, vestidos. Lo desvestí despacio. Lo besé yendo para abajo, parando en lugares que sabía que le gustaban. Cuando llegué entre sus piernas se la chupé. Despacio. Sin apuro. Le hice exactamente lo que él me había hecho a mí esa noche, porque me acordaba muy bien de lo que él me había dicho después, eso de que quería que la primera cosa que sintiera fuera eso. Yo quería lo mismo para él. Quería que arrancara desde un lugar conocido, desde el placer fácil, desde algo que no le requiriera nada nuevo.
Lo chupé hasta que arqueó la espalda. Cuando vi que estaba cerca paré. Subí. Lo besé.
"Date vuelta."
Se dio vuelta. Le puse una almohada bajo las caderas, como él me había puesto a mí. Le apoyé el pecho contra la espalda un segundo. Le besé la nuca. Sentí la respiración de él contra la almohada, más corta que de costumbre.
"Tomi."
"Sí."
"Si querés parar, paramos. No me importa en qué punto."
"Ya sé."
"Decímelo."
"Te lo digo."
Me reí contra su nuca. Le mordí el hombro, suave.
"Boludo."
"Boluda vos."
Empecé con un dedo. Mucho lubricante. Más del que pensaba que iba a usar. Me lo puse yo en los dedos primero, lo calenté un segundo en la mano como había leído. Le toqué la entrada. Despacio. Lo sentí cerrarse, el cuerpo retrocediendo solo, ese reflejo que yo conocía bien por haberlo tenido. Le pasé la mano por la espalda.
"Respirá."
"Estoy respirando."
"Respirá más."
Se rió contra la almohada. Esa risa lo aflojó. Empujé el dedo. La punta. Después un poco más. Sentí lo distinto que era estar haciéndolo yo. Sentir el cuerpo del otro desde afuera, sentir el músculo cediendo, sentir el calor adentro. Esto era lo que él había sentido conmigo, esto era lo que él había estado calibrando esa noche.
Le puse el dedo entero. Me quedé quieta. Esperé a que se acostumbrara. Después empecé a moverlo despacio, en círculos, hacia adelante. Me había leído todo. Sabía dónde estaba. Tardé un poco en encontrarlo. Cuando le toqué la próstata Tomi soltó un ruido contra la almohada que no le había escuchado nunca. Un gemido grave, sorprendido, como si el cuerpo le hubiera hablado en un idioma que él no sabía.
"Ay", dijo. "Ay, mierda."
"¿Bien."
"Sí. Sí. Sí."
Le sonreí contra la espalda. Le di un beso entre los omóplatos. Seguí ahí. Despacio. Repetí el movimiento. Cada vez que le tocaba el lugar él soltaba el mismo ruido y yo me iba aprendiendo de memoria el sonido nuevo de mi novio.
Después de un rato largo agregué el segundo dedo. Tomi respiró fuerte. Aflojó. Aguantó. Yo paré. Esperé. Volví a moverme cuando lo sentí ceder de nuevo. Esa paciencia yo la había aprendido de él, aquella noche, y ahora se la estaba devolviendo.
Cuando los dos dedos entraban y salían sin resistencia, cuando él gemía bajo contra la almohada con cada movimiento, le pregunté.
"¿Voy."
"Andá."
"Decímelo bien."
"Quiero que me la pongas."
Me bajé de la cama. Me saqué la ropa interior, lo único que tenía puesto. Abrí la caja. Saqué la cinturonga. Me había vuelto a probar el arnés dos veces más esa semana, así que ya sabía. Lo ajusté rápido. Las correas. La hebilla del costado. Encajé la pija en la base.
Me paré al lado de la cama. Tomi giró la cabeza para mirarme. Tenía la cara contra la almohada todavía, pero giró para verme. Cuando me vio parada al lado de la cama con la cinturonga puesta hizo una cara que no le había visto nunca. Una mezcla de risa y deseo y algo más, algo nuevo, algo que yo conocía porque era la cara que yo había puesto la primera vez que entendí en serio lo que iba a pasar.
"Hola", le dije.
"Hola."
Me reí. Me subí a la cama. Me arrodillé atrás de él. Le pasé las manos por la espalda, por las cachas, por el costado. Lo toqué un rato sin apuro. Quería que sintiera mis manos antes de sentir lo otro.
Apoyé la base de la pija contra él. Mucho lubricante. La piba del sex shop nos había dicho mucho más del que parece necesario, y yo le había hecho caso. Apoyé. No empujé. Me quedé ahí, como él se había quedado conmigo esa noche, dejándole el control.
"Empujá vos."
Tomi giró la cabeza otra vez.
"¿Yo."
"Vos. Yo no voy a empujar. Si querés que entre, empujás vos."
Se quedó callado. Yo lo vi entender. Vi cómo se le acomodaba la cara cuando entendía que yo le estaba dando la misma cosa que él me había dado a mí. La cosa más importante. La que cambia todo.
Empujó hacia atrás. Despacio. Sentí cómo la cabeza de la pija lo iba abriendo. Sentí, también, el empuje contra la base, contra mí. Esa cosa que la chica había descrito y que yo había practicado en el espejo. La sentí ahora, con peso, con un cuerpo del otro lado.
Tomi hizo un ruido largo contra la almohada.
"Pará."
Paré. Me quedé quieta. Le pasé la mano por la espalda baja, le toqué el pelo de la nuca, le hablé bajo.
"Estoy acá. Tomate tu tiempo."
"Dame un segundo."
Le di un minuto. Dos. Él respirando, yo quieta, con la cabeza de la pija apenas adentro. Yo le miraba la espalda subir y bajar y pensaba en él haciéndome lo mismo a mí, en la paciencia infinita que había tenido conmigo aquella noche, y entendía mejor que antes lo que era estar del otro lado. Querer empujar y no empujar. Querer terminar lo que se empezó y aguantarse para que el otro maneje el tiempo. Eso es el amor en una cama. Eso, y poco más.
"Ya", dijo.
"¿Seguro."
"Vení."
Empujó otra vez hacia atrás. Yo aguanté firme. Sentí cómo la pija iba entrando, despacio, otro centímetro, otro, otro. Cuando la base me chocó contra él supe que estaba entera adentro. Me quedé quieta. Apoyé el pecho contra su espalda, como él había hecho conmigo. Le pasé los brazos por adelante. Lo abracé desde atrás.
"Te amo", le dije al oído. "Te amo, te amo, te amo."
Lo sentí reírse contra la almohada. Una risa con un sollozo abajo. Le mordí la oreja despacio.
Empecé a moverme cuando él me lo pidió. Despacio. Salía un poco, volvía a entrar. Cada vez que empujaba sentía la base apretarme contra el clítoris, y sentía a Tomi gemir abajo mío, y los dos gemidos se me iban mezclando en la cabeza. El de él y el mío. Yo no tenía conexión nerviosa con la pija que estaba moviendo. Pero tenía conexión con el cuerpo de Tomi a través de ella, sentía el peso, sentía la resistencia, sentía cuando él aflojaba y cuando se tensaba. Era un órgano nuevo. Un órgano que sentía a través del otro.
Tomi metió una mano abajo. Empezó a tocarse. Yo lo dejé. Me pareció exactamente correcto. Yo había hecho lo mismo aquella noche. Esa pinza, ese sentir adelante y atrás al mismo tiempo, esa cosa que él me había enseñado, ahora él la estaba haciendo solo, sintiendo lo mismo, encontrando el lugar en el medio donde se juntan.
"Más rápido."
Le di más rápido. Lo agarré de las caderas con las dos manos. Empujé. Me acordé de él haciendo eso conmigo, le copié el movimiento exacto, esa cosa de empujar y quedarse adentro un segundo antes de salir. Tomi gemía contra la almohada. Yo gemía atrás. Sentía la base apretándome cada vez con más insistencia, y sentía las caderas de él moverse para encontrarme, y sentía algo que se me iba armando muy adentro, una ola distinta a las que conocía.
"Me voy a venir", dijo Tomi contra la almohada.
"Vení."
"Vos."
"Yo también."
Empujé fuerte. Una vez. Dos. Tres. Tomi se vino contra la sábana, con un quejido largo que le salió del estómago, y yo sentí el cuerpo de él temblar entero contra mí, y eso, esa cosa de sentirlo venirse desde adentro y desde afuera al mismo tiempo, me partió. Me vine yo, apretada contra él, con la base de la cinturonga clavada contra el clítoris y con su cuerpo temblando bajo mío. Me caí encima de su espalda. Le mordí el hombro sin querer. Lo sentí respirar entrecortado abajo.
Me quedé encima de él un rato largo. Sin salir. Sin moverme. Los dos respirando. Yo con la cara contra su nuca. Él con la cara contra la almohada. Sentía el latido. El mío y el de él, otra vez como aquella noche pero invertidos. Esta vez el latido externo era el mío. Esta vez el cuerpo cambiado era el de él.
Salí despacio. Muy despacio. Me bajé de la cama. Me desabroché el arnés, lo dejé caer en el piso. Volví a la cama. Me acosté boca arriba al lado de él. Tomi giró. Quedamos cara a cara.
"Hola", me dijo.
"Hola."
"¿Cómo estás."
Me reí. Esa pregunta otra vez. Esa pregunta que él siempre me hacía después y que esta vez le tocaba a él.
"Estoy bien. ¿Y vos."
Tomi se quedó un segundo callado. Buscando las palabras.
"Tengo cuerpo nuevo."
Me reí. Lo besé. Lo besé largo, con la boca abierta, porque me había usado mi frase y eso me dio una felicidad enorme.
"Bienvenido."
"Gracias."
"De nada."
Me abracé a él. Le pasé la pierna por encima. Le pasé el brazo por el pecho. Quedé yo del lado de afuera, abrazándolo, él más chiquito contra mí. Y ahí, en esa posición, con él hecho un ovillo contra mi cuerpo y yo abrazándolo desde atrás, entendí algo que no se me había ocurrido durante toda la semana de preparación.
No era que yo le quisiera poner una pija. Era que le quería dar lo que él me había dado. La paciencia. El cuidado. La cosa de quedarse quieto esperando que el otro empuje. La cosa de decir te amo cuando el otro está en su momento más abierto.
Me lo había hecho él a mí. Yo se lo había hecho a él. Y ahora los dos teníamos eso, los dos sabíamos lo que era estar del otro lado, los dos habíamos pasado por la misma puerta, una vez de cada lado.
Antes de dormirme pensé en la noche con Iván. En lo que había pensado esa noche, esa cosa de "esto lo decidí yo, esto fue mío". Y pensé que ahora la frase era otra. Esta noche no había sido solo mía. Yo había decidido la propuesta, sí. Pero Tomi había decidido aceptar. Tomi había decidido empujar. Tomi había decidido venirse.
Esto lo decidimos los dos. Esto fue nuestro.
Le besé la nuca a Tomi. Lo apreté contra mí. Lo sentí dormirse antes que yo. Y antes de quedarme dormida del todo pensé una última cosa, casi en voz alta, contra su pelo:
Quién hubiera dicho.
No se lo dije esa mañana. No se lo dije en una semana. Lo pensé sola, como había pensado sola la otra cosa. Pero esta vez fue distinto. Esta vez no era miedo lo que me frenaba. Era no saber cómo iba a reaccionar él.
Tomi era un tipo seguro. En el laburo, con la familia, conmigo. Pero había un Tomi de hombre, de muchachos, de fútbol los domingos con los pibes del barrio, y yo no sabía cómo ese Tomi iba a recibir lo que le quería proponer. Le quería poner una pija a mi novio. Esa era la frase, así dicha, y yo necesitaba saber cómo iba a aterrizarle.
Le pregunté un martes a la noche. Sin ceremonia. Estábamos comiendo fideos en la cocina, cada uno en su silla, hablando de cualquier cosa.
"¿Vos alguna vez pensaste en que te metan algo."
Levantó la cabeza del plato. Me miró.
"¿En qué sentido."
"En el sentido obvio."
Tomi dejó el tenedor. Tragó. Tomó agua. Yo lo miraba pasar por todas las etapas. Sorpresa. Cálculo. Decisión.
"Sí."
"¿Sí qué."
"Sí lo pensé."
"¿Mucho."
"A veces."
"¿Por qué nunca me dijiste."
Se rió. Una risa corta, casi sin ganas, la que le sale cuando lo agarro en algo.
"Por lo mismo que no te pedía lo otro."
Esa respuesta me cerró todo. Porque no me lo iba a pedir, porque no quería que yo lo hiciera por complacerlo, porque iba a esperar hasta que yo lo propusiera. Como había hecho con todo lo demás. Tomi era ese tipo de tipo.
"Bueno", le dije. "Te lo propongo yo."
Tardó dos días en contestarme en serio. No me sorprendió. Yo había tardado tres semanas en contestarle cuando me propuso lo de Iván. El jueves a la noche, en la cama, con la luz apagada, me agarró la mano abajo de las sábanas.
"Sí."
"¿Sí qué."
"A lo que me preguntaste el martes."
"Decilo."
Se quedó un segundo callado.
"Quiero que me la pongas vos."
Me reí en la oscuridad. Me reí porque la frase era ridícula y porque estaba contenta y porque me dio una felicidad rara saber que él también la había estado pensando esos dos días, que también él se había tomado el tiempo de saber lo que quería.
"Bueno", le dije. "Vamos a comprar."
Fuimos un sábado a la tarde a un sex shop de Palermo. No quería hacerlo online. Quería verlas, tocarlas, agarrar el arnés, probarme cosas. Tomi vino conmigo. Caminamos los dos como cualquier pareja un sábado a la tarde, pero los dos sabíamos a qué íbamos, y eso le daba a la caminata una cosa medio eléctrica.
El local era más limpio y más amable de lo que me esperaba. Una piba con el pelo cortito nos atendió. Le dijimos lo que buscábamos. No se inmutó, nos llevó a una pared del fondo, nos empezó a explicar.
Yo pensé que iba a ser yo la que estuviera incómoda. Fue al revés. Tomi se puso colorado cuando la chica empezó a hablar de tamaños. Yo le agarré la mano. Le apreté.
"Eligen los dos", dijo la chica. "Es para los dos."
Elegimos uno mediano. Más chico que él. Eso lo decidimos los dos sin hablarlo, mirándonos. Yo no quería empezar grande. Tomi tampoco. La chica nos explicó del arnés, de las correas, de cómo se ajustaba. Me hizo probármelo encima del jean. Sentí el peso. Sentí lo bajo que quedaba apoyado contra el pubis. Me miré en el espejo de cuerpo entero con un arnés vacío encima del jean y me reí. Me reí porque me veía ridícula y poderosa al mismo tiempo.
Salimos con la bolsa. Bolsa negra, sin marca. Caminamos hasta una vereda, nos sentamos en un bar a tomar algo. Tomi tomó cerveza. Yo tomé vermú.
"Estás callado."
"Estoy pensando."
"¿Mucho."
"Más que vos hace una semana."
"Tomate tu tiempo."
"Ya me lo tomé. Estoy bien. Estoy nervioso pero estoy bien."
Brindamos. Vasos chocando contra vaso. Lo besé arriba de la mesa.
Esa semana me preparé yo. No el cuerpo, esta vez. La cabeza. Y la cinturonga.
Me la puse sola, en casa, una tarde que él no estaba. Desnuda. Frente al espejo del baño. Me llevó un rato entender cómo se ajustaban las correas, cómo quedaba firme, cómo no se movía. Me la puse, la miré apuntando para adelante, me agarré la pija con la mano. Sentí la base apretada contra mí. La piba del sex shop nos había explicado eso, que el modelo que habíamos elegido tenía una parte interna que apretaba contra el clítoris cuando una empujaba. Yo no le había creído del todo. Ahora lo entendía.
Me moví un poco. Empujé la cadera adelante. Sentí la base apretarme. Sentí algo, no mucho, pero algo. Y sentí otra cosa más interesante, que era la forma en que el cuerpo se me organizaba distinto al tener algo apuntando hacia adelante. Las caderas hacia atrás. El centro de gravedad cambiado. Los hombros distintos.
Me reí sola frente al espejo. Hice un par de poses. Después me senté en la tapa del inodoro con la pija apuntando para arriba y me toqué un poco las tetas mirándome, y me dio un calor que no esperaba.
Me sequé. Guardé todo en una caja en el placard.
Lo hicimos un viernes. Fue idea de Tomi. Me dijo el lunes que prefería un viernes y no un sábado, porque quería tener todo el sábado al lado mío sin tener que pensar en nada. Me pareció bien.
Tomi se preparó él. Esa fue la otra parte que me dio ternura, ver cómo se aplicaba con la misma seriedad con la que me había visto a mí prepararme meses antes. Leyó cosas. Me hizo preguntas a mí, porque yo había leído todo eso un año atrás y él recién ahora. Compró el lubricante caro él. Me pidió que no entrara al baño el viernes a la tarde, que necesitaba un rato. Le dije obvio. Le di un beso en la cabeza al pasar.
Cenamos liviano. Una copa de vino cada uno. Lo mismo que yo había hecho aquella vez. Me di cuenta de que estábamos repitiendo la coreografía, solo que con los roles cambiados, y eso me daba una emoción rara, como si estuviéramos haciendo un baile que ya conocíamos los dos.
Nos acostamos cerca de las once. Sábanas limpias. Toallas al costado. Lubricante en la mesa de luz. La cinturonga arriba de la cama, todavía en su caja, porque me parecía mejor sacarla en el momento que tenerla ahí esperando como un objeto.
Nos besamos un rato largo, vestidos. Lo desvestí despacio. Lo besé yendo para abajo, parando en lugares que sabía que le gustaban. Cuando llegué entre sus piernas se la chupé. Despacio. Sin apuro. Le hice exactamente lo que él me había hecho a mí esa noche, porque me acordaba muy bien de lo que él me había dicho después, eso de que quería que la primera cosa que sintiera fuera eso. Yo quería lo mismo para él. Quería que arrancara desde un lugar conocido, desde el placer fácil, desde algo que no le requiriera nada nuevo.
Lo chupé hasta que arqueó la espalda. Cuando vi que estaba cerca paré. Subí. Lo besé.
"Date vuelta."
Se dio vuelta. Le puse una almohada bajo las caderas, como él me había puesto a mí. Le apoyé el pecho contra la espalda un segundo. Le besé la nuca. Sentí la respiración de él contra la almohada, más corta que de costumbre.
"Tomi."
"Sí."
"Si querés parar, paramos. No me importa en qué punto."
"Ya sé."
"Decímelo."
"Te lo digo."
Me reí contra su nuca. Le mordí el hombro, suave.
"Boludo."
"Boluda vos."
Empecé con un dedo. Mucho lubricante. Más del que pensaba que iba a usar. Me lo puse yo en los dedos primero, lo calenté un segundo en la mano como había leído. Le toqué la entrada. Despacio. Lo sentí cerrarse, el cuerpo retrocediendo solo, ese reflejo que yo conocía bien por haberlo tenido. Le pasé la mano por la espalda.
"Respirá."
"Estoy respirando."
"Respirá más."
Se rió contra la almohada. Esa risa lo aflojó. Empujé el dedo. La punta. Después un poco más. Sentí lo distinto que era estar haciéndolo yo. Sentir el cuerpo del otro desde afuera, sentir el músculo cediendo, sentir el calor adentro. Esto era lo que él había sentido conmigo, esto era lo que él había estado calibrando esa noche.
Le puse el dedo entero. Me quedé quieta. Esperé a que se acostumbrara. Después empecé a moverlo despacio, en círculos, hacia adelante. Me había leído todo. Sabía dónde estaba. Tardé un poco en encontrarlo. Cuando le toqué la próstata Tomi soltó un ruido contra la almohada que no le había escuchado nunca. Un gemido grave, sorprendido, como si el cuerpo le hubiera hablado en un idioma que él no sabía.
"Ay", dijo. "Ay, mierda."
"¿Bien."
"Sí. Sí. Sí."
Le sonreí contra la espalda. Le di un beso entre los omóplatos. Seguí ahí. Despacio. Repetí el movimiento. Cada vez que le tocaba el lugar él soltaba el mismo ruido y yo me iba aprendiendo de memoria el sonido nuevo de mi novio.
Después de un rato largo agregué el segundo dedo. Tomi respiró fuerte. Aflojó. Aguantó. Yo paré. Esperé. Volví a moverme cuando lo sentí ceder de nuevo. Esa paciencia yo la había aprendido de él, aquella noche, y ahora se la estaba devolviendo.
Cuando los dos dedos entraban y salían sin resistencia, cuando él gemía bajo contra la almohada con cada movimiento, le pregunté.
"¿Voy."
"Andá."
"Decímelo bien."
"Quiero que me la pongas."
Me bajé de la cama. Me saqué la ropa interior, lo único que tenía puesto. Abrí la caja. Saqué la cinturonga. Me había vuelto a probar el arnés dos veces más esa semana, así que ya sabía. Lo ajusté rápido. Las correas. La hebilla del costado. Encajé la pija en la base.
Me paré al lado de la cama. Tomi giró la cabeza para mirarme. Tenía la cara contra la almohada todavía, pero giró para verme. Cuando me vio parada al lado de la cama con la cinturonga puesta hizo una cara que no le había visto nunca. Una mezcla de risa y deseo y algo más, algo nuevo, algo que yo conocía porque era la cara que yo había puesto la primera vez que entendí en serio lo que iba a pasar.
"Hola", le dije.
"Hola."
Me reí. Me subí a la cama. Me arrodillé atrás de él. Le pasé las manos por la espalda, por las cachas, por el costado. Lo toqué un rato sin apuro. Quería que sintiera mis manos antes de sentir lo otro.
Apoyé la base de la pija contra él. Mucho lubricante. La piba del sex shop nos había dicho mucho más del que parece necesario, y yo le había hecho caso. Apoyé. No empujé. Me quedé ahí, como él se había quedado conmigo esa noche, dejándole el control.
"Empujá vos."
Tomi giró la cabeza otra vez.
"¿Yo."
"Vos. Yo no voy a empujar. Si querés que entre, empujás vos."
Se quedó callado. Yo lo vi entender. Vi cómo se le acomodaba la cara cuando entendía que yo le estaba dando la misma cosa que él me había dado a mí. La cosa más importante. La que cambia todo.
Empujó hacia atrás. Despacio. Sentí cómo la cabeza de la pija lo iba abriendo. Sentí, también, el empuje contra la base, contra mí. Esa cosa que la chica había descrito y que yo había practicado en el espejo. La sentí ahora, con peso, con un cuerpo del otro lado.
Tomi hizo un ruido largo contra la almohada.
"Pará."
Paré. Me quedé quieta. Le pasé la mano por la espalda baja, le toqué el pelo de la nuca, le hablé bajo.
"Estoy acá. Tomate tu tiempo."
"Dame un segundo."
Le di un minuto. Dos. Él respirando, yo quieta, con la cabeza de la pija apenas adentro. Yo le miraba la espalda subir y bajar y pensaba en él haciéndome lo mismo a mí, en la paciencia infinita que había tenido conmigo aquella noche, y entendía mejor que antes lo que era estar del otro lado. Querer empujar y no empujar. Querer terminar lo que se empezó y aguantarse para que el otro maneje el tiempo. Eso es el amor en una cama. Eso, y poco más.
"Ya", dijo.
"¿Seguro."
"Vení."
Empujó otra vez hacia atrás. Yo aguanté firme. Sentí cómo la pija iba entrando, despacio, otro centímetro, otro, otro. Cuando la base me chocó contra él supe que estaba entera adentro. Me quedé quieta. Apoyé el pecho contra su espalda, como él había hecho conmigo. Le pasé los brazos por adelante. Lo abracé desde atrás.
"Te amo", le dije al oído. "Te amo, te amo, te amo."
Lo sentí reírse contra la almohada. Una risa con un sollozo abajo. Le mordí la oreja despacio.
Empecé a moverme cuando él me lo pidió. Despacio. Salía un poco, volvía a entrar. Cada vez que empujaba sentía la base apretarme contra el clítoris, y sentía a Tomi gemir abajo mío, y los dos gemidos se me iban mezclando en la cabeza. El de él y el mío. Yo no tenía conexión nerviosa con la pija que estaba moviendo. Pero tenía conexión con el cuerpo de Tomi a través de ella, sentía el peso, sentía la resistencia, sentía cuando él aflojaba y cuando se tensaba. Era un órgano nuevo. Un órgano que sentía a través del otro.
Tomi metió una mano abajo. Empezó a tocarse. Yo lo dejé. Me pareció exactamente correcto. Yo había hecho lo mismo aquella noche. Esa pinza, ese sentir adelante y atrás al mismo tiempo, esa cosa que él me había enseñado, ahora él la estaba haciendo solo, sintiendo lo mismo, encontrando el lugar en el medio donde se juntan.
"Más rápido."
Le di más rápido. Lo agarré de las caderas con las dos manos. Empujé. Me acordé de él haciendo eso conmigo, le copié el movimiento exacto, esa cosa de empujar y quedarse adentro un segundo antes de salir. Tomi gemía contra la almohada. Yo gemía atrás. Sentía la base apretándome cada vez con más insistencia, y sentía las caderas de él moverse para encontrarme, y sentía algo que se me iba armando muy adentro, una ola distinta a las que conocía.
"Me voy a venir", dijo Tomi contra la almohada.
"Vení."
"Vos."
"Yo también."
Empujé fuerte. Una vez. Dos. Tres. Tomi se vino contra la sábana, con un quejido largo que le salió del estómago, y yo sentí el cuerpo de él temblar entero contra mí, y eso, esa cosa de sentirlo venirse desde adentro y desde afuera al mismo tiempo, me partió. Me vine yo, apretada contra él, con la base de la cinturonga clavada contra el clítoris y con su cuerpo temblando bajo mío. Me caí encima de su espalda. Le mordí el hombro sin querer. Lo sentí respirar entrecortado abajo.
Me quedé encima de él un rato largo. Sin salir. Sin moverme. Los dos respirando. Yo con la cara contra su nuca. Él con la cara contra la almohada. Sentía el latido. El mío y el de él, otra vez como aquella noche pero invertidos. Esta vez el latido externo era el mío. Esta vez el cuerpo cambiado era el de él.
Salí despacio. Muy despacio. Me bajé de la cama. Me desabroché el arnés, lo dejé caer en el piso. Volví a la cama. Me acosté boca arriba al lado de él. Tomi giró. Quedamos cara a cara.
"Hola", me dijo.
"Hola."
"¿Cómo estás."
Me reí. Esa pregunta otra vez. Esa pregunta que él siempre me hacía después y que esta vez le tocaba a él.
"Estoy bien. ¿Y vos."
Tomi se quedó un segundo callado. Buscando las palabras.
"Tengo cuerpo nuevo."
Me reí. Lo besé. Lo besé largo, con la boca abierta, porque me había usado mi frase y eso me dio una felicidad enorme.
"Bienvenido."
"Gracias."
"De nada."
Me abracé a él. Le pasé la pierna por encima. Le pasé el brazo por el pecho. Quedé yo del lado de afuera, abrazándolo, él más chiquito contra mí. Y ahí, en esa posición, con él hecho un ovillo contra mi cuerpo y yo abrazándolo desde atrás, entendí algo que no se me había ocurrido durante toda la semana de preparación.
No era que yo le quisiera poner una pija. Era que le quería dar lo que él me había dado. La paciencia. El cuidado. La cosa de quedarse quieto esperando que el otro empuje. La cosa de decir te amo cuando el otro está en su momento más abierto.
Me lo había hecho él a mí. Yo se lo había hecho a él. Y ahora los dos teníamos eso, los dos sabíamos lo que era estar del otro lado, los dos habíamos pasado por la misma puerta, una vez de cada lado.
Antes de dormirme pensé en la noche con Iván. En lo que había pensado esa noche, esa cosa de "esto lo decidí yo, esto fue mío". Y pensé que ahora la frase era otra. Esta noche no había sido solo mía. Yo había decidido la propuesta, sí. Pero Tomi había decidido aceptar. Tomi había decidido empujar. Tomi había decidido venirse.
Esto lo decidimos los dos. Esto fue nuestro.
Le besé la nuca a Tomi. Lo apreté contra mí. Lo sentí dormirse antes que yo. Y antes de quedarme dormida del todo pensé una última cosa, casi en voz alta, contra su pelo:
Quién hubiera dicho.
2 comentarios - El día que yo se la puse a él
Dios que sos tremenda agos
Que bueno que sigas en la página tus relatos, el punto de vista, la reflexión que das al final
Que es toda una historia la que nos das