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Deseos de sierra V

Era un martes por la tarde. Javier estaba en la maquila, soldando piezas, cuando su teléfono vibró en el bolsillo. Era José. Contestó rápido, esperando noticias buenas o dinero enviado.

—Carnal… pasó algo feo. Papá tuvo un accidente en la obra. Se le cayó una viga encima de la pierna. Fractura abierta en la tibia, dicen que va a necesitar cirugía y reposo largo. Lo van a operar mañana en Monterrey, pero después… el doctor dice que no puede quedarse acá solo. Necesita cuidados en casa, al menos tres meses. Mamá y tú… van a tener que recibirlo.

Javier sintió que el mundo se detenía. El soldador se le cayó de la mano, chispeando en el piso.

—¿Está grave? —preguntó, la voz ronca.

—No tanto como para morir, pero sí grave. Pierna rota en dos partes, infección posible si no lo cuidan bien. José tragó saliva al teléfono—. Yo no puedo dejar el trabajo aquí, carnal. Tengo un contrato grande. Tú y mamá… van a tener que encargarse. Lo mando en autobús en cuanto lo den de alta, en una semana más o menos, mientras estaría bueno que mama venga a cuidarlo y estar con él.
Javier colgó y se quedó mirando la pared de la fábrica, el ruido de las máquinas como un zumbido lejano. El pánico le subió por la garganta. Ramiro regresando. A la casa. A la cama. A la vida que habían construido sin él.

Cuando llegó a casa esa tarde, Karina ya lo sabía. José le había llamado también. Estaba sentada en la mesa de la cocina, con las manos apretadas alrededor de una taza fría, los ojos rojos pero secos.
—Va a volver —dijo ella sin preámbulos—. Tu papá va a volver.

Javier se sentó frente a ella. Ninguno se tocó. El aire entre ellos se sentía espeso, cargado de lo que no se decía.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó él, casi en un susurro.

Karina tardó en responder. Miró la taza como si ahí estuviera la respuesta.

—No hay “qué vamos a hacer”. Va a dormir en la cama con nos… conmigo. Tú vas a dormir en el sofá. O en el cuarto pequeño si lo arreglamos. Durante el día, yo lo cuido: le cambio las vendas, le doy de comer, lo ayudo a moverse con las muletas. Tú vas a trabajar como siempre. Por las noches… nada. Nada, Javier. Ni un roce. Ni una mirada larga. Nada.

Él asintió despacio, pero ambos sabían que era más fácil decirlo que hacerlo.
Karina se había ido ese mismo día en la noche a monterrey, a semana pasó en una agonía silenciosa, Javier prepararo la casa: acomodaron el cuarto principal para que Ramiro tuviera espacio para la pierna elevada, compraro muletas y un orinal portátil. Cada tarea era un recordatorio: esto se acaba. O al menos, se esconde más profundo.

Ramiro llegó un viernes por la tarde en un autobús de primera clase junto con Karina. Bajó con ayuda del ambos, la pierna derecha enyesada desde la ingle hasta el tobillo, la cara pálida y demacrada por el dolor y los analgésicos. Karina corrió a buscar un taxi para llevarlo a casa.

—Mi viejo… gracias a Dios que ya estás aquí —dijo ella, besándole la frente.

Ramiro sonrió débil, cansado.

—Gracias a ustedes que me reciben, Karina. Y a ti, mijo —dijo, palmeando el hombro de Javier—. Sin ustedes no sé qué haría.

Javier ayudó a cargarlo hasta la cama. Lo acomodaron con almohadas bajo la pierna fracturada. Ramiro suspiro de alivio al recostarse.

—Qué bueno estar en casa —murmuró—. Aunque sea así, chueco y inútil.

Karina se sentó al borde de la cama, tomándole la mano.

—No eres inútil. Vamos a cuidarte hasta que estés bien.

Esa primera noche fue un suplicio. Javier se acostó en el sofá, a metros de la cama donde dormían sus padres. Escuchaba todo: el ronquido suave de Ramiro, el crujir del colchón cuando Karina se movía, los suspiros de dolor de su padre al cambiar de posición. No podía dormir. Su cuerpo recordaba cada noche anterior: el calor de Karina, su olor, el modo en que se arqueaba bajo él. Ahora estaba ahí, a unos pasos, pero inalcanzable.

Karina tampoco dormía. Sentía el peso del cuerpo de Ramiro a su lado, el olor familiar a sudor y medicamento. Y al mismo tiempo, sentía la presencia de Javier en el sofá, su respiración agitada. Quería levantarse, ir con él, pero no podía. Se quedó quieta, con los ojos abiertos en la oscuridad, luchando contra el deseo que no se había ido, solo se había enterrado más hondo.

Los días siguientes fueron una danza peligrosa. Durante el día, todo parecía normal: Karina atendiendo a Ramiro, Javier llegando del trabajo y ayudando con lo que podía. Pero los roces inevitables —una mano que pasa un plato y se demora un segundo, una mirada que se cruza demasiado tiempo— eran como chispas en pólvora seca.

Una tarde, mientras Ramiro dormía la siesta con los analgésicos, Karina estaba lavando ropa en el patio. Javier salió a “ayudar”. Se pararon uno al lado del otro, colgando camisas. Sus manos se rozaron al tomar una pinza. Ninguno se apartó. Se miraron. El deseo estaba ahí, crudo, doloroso.

—No podemos —susurró ella.

—Lo sé —respondió él.

Pero ninguno se movió. El silencio se estiró. Javier dio un paso más cerca. Karina cerró los ojos, temblando.

—Solo un beso —pidió él, voz ronca—. Solo uno.

Ella negó con la cabeza, pero no retrocedió. Javier se inclinó despacio y rozó sus labios. Fue breve, casi casto. Pero suficiente para que el fuego volviera a encenderse.

Karina se apartó primero, con lágrimas en los ojos.

—Vete adentro. Por favor.

Javier obedeció, pero ambos sabían que era solo cuestión de tiempo. Ramiro estaba en casa, pero el secreto no había muerto. Solo esperaba, agazapado, en las sombras de la casita rentada.
El regreso de Ramiro convirtió la casita en un campo minado emocional. Cada día era una prueba de resistencia, cada mirada un riesgo, cada silencio un grito contenido.

Por las mañanas, Karina se levantaba primero para preparar el desayuno. Ramiro, aún atontado por los analgésicos, se quejaba de dolor al intentar moverse. Ella lo ayudaba a sentarse en la cama, le acomodaba las almohadas bajo la pierna fracturada, le daba el medicamento con una ternura que Javier observaba desde la puerta del cuarto como si fuera un extraño. Ver a su madre tocar a su padre —ajustarle la sábana sobre el pecho, pasarle la mano por la frente para quitarle el sudor— le producía una punzada que no era solo celos: era rabia contra sí mismo. “Ese es su lugar”, pensaba. “Yo soy el intruso”. Pero al mismo tiempo, cuando Karina se inclinaba y la blusa se abría un poco, revelando el borde del sostén y la curva de su pecho, Javier sentía el pulso acelerarse en la entrepierna. Tenía que girarse rápido, fingir que iba por agua, para ocultar la erección que surgía sin permiso.

Karina vivía en un constante estado de alerta. Cada vez que Javier entraba al cuarto, sentía su presencia como un calor en la nuca. Sabía que él la miraba: la forma en que sus ojos se detenían en sus caderas al caminar, en sus manos cuando le pasaba la bandeja a Ramiro. Y ella, a su vez, lo traicionaba con pequeños gestos: se recogía el cabello más lento de lo necesario cuando sabía que él estaba cerca, dejaba que el rebozo se cayera un poco más de los hombros, se inclinaba para recoger algo del suelo sabiendo que él vería la curva de su trasero bajo la falda. Luego se odiaba por eso. “¿Qué clase de madre soy?”, se preguntaba mientras le cambiaba las vendas a Ramiro, sintiendo sus manos ásperas y familiares contra las suyas. “La que cuida a su esposo y desea a su hijo al mismo tiempo”.

Las noches eran lo peor. Javier en el sofá, a metros de la cama matrimonial. Escuchaba todo: el ronquido irregular de Ramiro, el suspiro de dolor cuando cambiaba de posición, el crujir del colchón cuando Karina se giraba inquieta. Ella tampoco dormía. Se quedaba mirando la silueta de Javier en la oscuridad, la forma en que su pecho subía y bajaba con respiración agitada. Quería levantarse, cruzar la habitación en silencio, arrodillarse junto al sofá y tocarlo solo para sentir que seguía vivo, que seguía siendo suyo. Pero no podía. En cambio, apretaba los muslos bajo la sábana, sintiendo la humedad traicionera entre las piernas, y se mordía el labio hasta hacerse sangre para no gemir.

Una madrugada, alrededor de las tres, Ramiro se despertó con un grito ahogado de dolor. La pierna le ardía. Karina se levantó de inmediato, encendió la luz tenue de la mesita y fue por el medicamento

Javier se incorporó en el sofá, alerta.

—¿Necesitas ayuda, mamá? —preguntó en voz baja.

Karina negó con la cabeza, pero sus ojos se encontraron con los de él por un segundo demasiado largo. Ramiro, medio dormido, murmuró:

—Gracias, mijo… ven, ayúdame a acomodarme.

Javier se levantó y se acercó a la cama. Entre los dos levantaron un poco a Ramiro para ajustar las almohadas. En ese momento, al inclinarse, el brazo de Javier rozó el pecho de Karina. Fue apenas un segundo, pero suficiente. Ella se tensó entera, conteniendo la respiración. Javier sintió el pezón endurecido contra su antebrazo a través de la camisola fina. Ninguno se apartó de inmediato. Ramiro, con los ojos cerrados por el dolor, no vio nada.

Cuando Ramiro volvió a dormirse, Karina y Javier se quedaron de pie junto a la cama, respirando agitados. Ella lo miró con ojos brillantes, llenos de lágrimas contenidas.

—Vete al sofá —susurró, pero su voz temblaba.

Javier no se movió. Dio un paso más cerca, hasta que sus cuerpos casi se tocaban.

—No puedo seguir así —dijo él, con la voz rota—. Te veo con él y me muero. Te veo cuidándolo y quiero ser yo el que te cuide. Quiero tocarte sin esconderme. Quiero que seas mía… aunque sepa que no puedo tenerte.

Karina cerró los ojos, una lágrima rodó por su mejilla.

—Y yo quiero que me toques. Quiero sentirte dentro de mí otra vez. Pero cada vez que pienso en Ramiro sufriendo, en José confiando en nosotros, en lo que somos… me siento como si me estuviera ahogando. No sé cuánto más voy a aguantar sin romperme.

Se quedaron así, a centímetros, sin tocarse, pero el deseo vibraba entre ellos como electricidad. Finalmente, Karina dio un paso atrás, se limpió la lágrima con el dorso de la mano y volvió a la cama. Se acostó junto a Ramiro, dándole la espalda a Javier.

—Duérmete, mijo —dijo, con la voz quebrada—. Mañana será otro día.
Javier regresó al sofá, pero no durmió. Se quedó mirando la espalda de su madre, la curva de su cadera bajo la sábana, y sintió que el corazón se le partía. El amor que sentía por ella —filial y carnal al mismo tiempo— era una herida abierta que no cerraba. Y la culpa, en lugar de disminuir con el tiempo, crecía como una sombra que lo cubría todo.

Karina, por su parte, apretó la sábana contra su pecho y lloró en silencio, sin hacer ruido. Sabía que la tensión no iba a desaparecer. Solo iba a acumularse, día tras día, hasta que algo —o alguien— explotara.

La convivencia con Ramiro fracturado convirtió cada hora en una tortura lenta y exquisita. El deseo entre Javier y Karina no solo sobrevivía; se alimentaba del riesgo, de la proximidad obligada, del roce constante que fingían accidental. Poco a poco, los límites se deshacían como cera bajo el sol. Cada cedida era más profunda, más peligrosa, más adictiva.

Era una mañana cualquiera. Ramiro dormía profundamente bajo el efecto de los analgésicos. Karina estaba de pie frente al metate, moliendo nixtamal con movimientos rítmicos que hacían temblar sus caderas anchas bajo la falda ligera. El sudor le perlaba el escote, la blusa se pegaba a la piel morena y delineaba los pechos pesados que subían y bajaban con cada presión del metate.

Javier entró por detrás, supuestamente a buscar un vaso. Pero se detuvo a centímetros de ella. Su aliento caliente rozó la nuca de Karina cuando se inclinó para alcanzar el estante alto. Su entrepierna endurecida presionó deliberadamente contra las nalgas redondas y firmes de ella, sintiendo la carne suave ceder bajo la tela fina. No fue un roce accidental; fue una presión lenta, intencional, que duró varios segundos.

Karina se congeló. El metate quedó quieto. Sintió la erección gruesa de su hijo palpitar contra el surco de su trasero, separada solo por dos telas delgadas. Un calor líquido se acumuló entre sus muslos casi de inmediato; sus pezones se endurecieron dolorosamente contra el sostén. Cerró los ojos, mordiéndose el labio inferior hasta que sintió el sabor metálico de la sangre.

—Javier… —susurró, pero no era una orden de parar. Era un gemido disfrazado.

Él no retrocedió. En cambio, puso ambas manos en sus caderas, apretando con fuerza suficiente para marcar la carne. Bajó la boca hasta su oreja y murmuró:

—Solo un segundo, mamá… solo siento cómo tiemblas.

Karina empujó hacia atrás instintivamente, frotándose contra él en un movimiento lento y circular. Javier gruñó bajito, deslizando una mano por debajo de la blusa, subiendo hasta cubrir un pecho entero. Apretó con firmeza, pellizcando el pezón entre pulgar e índice hasta hacerla jadear. El otro brazo bajó por delante, metiéndose bajo la falda, rozando la tela empapada de sus calzones.

—Estás chorreando… —susurró él, frotando dos dedos sobre el clítoris hinchado a través de la tela.

Karina se arqueó, apoyando las palmas en la mesa para no caer. Un gemido ahogado escapó de su garganta. Pero entonces, un ronquido fuerte de Ramiro desde el cuarto los separó como un latigazo. Javier retiró las manos de golpe, ajustándose los pantalones con dificultad. Karina se enderezó temblando, con las mejillas ardiendo y las piernas débiles. Ninguno dijo nada más, pero el aire quedó impregnado de su aroma mezclado: sudor, deseo y culpa.

Ramiro necesitaba bañarse. La pierna enyesada le impedía hacerlo solo. Karina lo ayudaba, pero esa tarde le pidió a Javier que entrara “para sostenerlo bien”. El baño era pequeño, el vapor del agua caliente llenaba todo. Ramiro estaba sentado en una silla de plástico dentro de la tina, con los ojos semi cerrados por los medicamentos.

Javier se colocó detrás de su padre, sosteniéndolo por los hombros. Karina se arrodilló frente a ellos, pasando el jabón por el pecho de Ramiro. Sus manos temblaban. Javier, desde su posición, podía ver el escote abierto de su madre: los pechos plenos casi escapando del sostén, los pezones oscuros marcados contra la tela mojada.

Mientras Karina enjuagaba el jabón de las piernas de Ramiro, Javier extendió una mano bajo el agua y rozó el interior del muslo de ella. Subió despacio, sin prisa, hasta llegar al borde de los calzones empapados. Metió dos dedos bajo la tela y encontró su sexo caliente, resbaladizo, los labios hinchados y abiertos. Presionó el clítoris con el pulgar en círculos lentos mientras los dedos medio e índice se deslizaban dentro de ella, curvándose para tocar ese punto sensible que la hacía temblar.

Karina soltó un jadeo que disfrazó como tos. Sus caderas se movieron imperceptiblemente hacia adelante, buscando más profundidad. Javier aceleró el ritmo, follándola con los dedos bajo el agua mientras su otra mano sostenía a Ramiro para que no se diera cuenta. Karina mordió su labio hasta sangrar, conteniendo los gemidos. Sus paredes internas se contrajeron alrededor de los dedos de su hijo, y un orgasmo silencioso la atravesó: sus muslos temblaron, un chorro caliente mojó la mano de Javier, pero ella mantuvo la compostura, fingiendo seguir lavando a Ramiro.

Cuando terminó, retiró los dedos despacio, llevándoselos a la boca por un segundo para saborear su propia esencia. Karina lo miró con ojos vidriosos, llenos de vergüenza y hambre. Ramiro murmuró algo incoherente y se durmió en la silla. Javier salió del baño primero, con la erección dolorosa y el sabor de ella en los dedos.

La tormenta llegó con truenos que hacían vibrar las ventanas. Ramiro se durmió temprano, exhausto. Karina se levantó para cerrar una ventana que goteaba. Javier la interceptó en el pasillo oscuro. La tomó por la cintura y la empujó suavemente contra la pared.

—No aguanto más —gruñó él.

La besó con violencia contenida: lengua invadiendo su boca, dientes mordiendo su labio inferior. Karina respondió con la misma hambre, sus manos bajando a desabrochar los pantalones de él. Sacó su miembro duro, caliente, palpitante, y lo acarició con firmeza, arriba y abajo, sintiendo las venas hinchadas bajo sus dedos.

Javier la levantó un poco, sentándola en el borde de la mesa del comedor. Le subió la camisola hasta la cintura, le bajó los calzones y se arrodilló entre sus muslos abiertos. Besó el interior de sus piernas, subiendo despacio hasta llegar a su sexo. Separó los labios con los pulgares y lamió desde abajo hacia arriba, deteniéndose en el clítoris para succionarlo con fuerza. Karina se tapó la boca con una mano para no gritar. Sus caderas se movían contra la boca de él, montando su lengua mientras Javier introducía dos dedos y los curvaba dentro de ella.

—Te sabe tan rico, mamá… —murmuró contra su carne húmeda.

Karina llegó al orgasmo en oleadas: su cuerpo se tensó, un chorro caliente mojó la barbilla de Javier, sus muslos temblaron alrededor de su cabeza. Él no paró; siguió lamiendo hasta que ella lo empujó suavemente, demasiado sensible.

Luego fue su turno. Karina se arrodilló en el piso frío y tomó su erección en la boca. Lo chupó profundo, con la garganta relajada, sintiendo la punta golpear el fondo. Javier agarró su cabello, follándole la boca con movimientos controlados pero urgentes. Se corrió con un gruñido ahogado, derramándose en su garganta mientras ella tragaba todo, mirándolo con ojos llorosos de deseo y culpa.

Se separaron jadeantes. Karina se limpió la boca con el dorso de la mano y volvió a la cama junto a Ramiro sin decir nada. Javier se quedó en el pasillo, con el corazón latiendo como un tambor.
Ramiro dormía la siesta después de comer. Karina salió al patio a tender ropa. Javier la siguió. Detrás de las sábanas colgando que les daban algo de privacidad, la acorraló contra la pared de block. La besó con desesperación, mordiendo su cuello, dejando marcas rojas que después tendrían que explicar.

Le levantó la falda, le bajó los calzones hasta los tobillos y la penetró de un empujón brutal. Karina soltó un grito que ahogó en el hombro de él. Javier la folló con fuerza: embestidas profundas, rápidas, el sonido de piel contra piel mezclado con el viento. Sus pechos rebotaban libres bajo la blusa abierta; él los tomó con ambas manos, pellizcando los pezones hasta hacerla llorar de placer.
—Más fuerte… —suplicó ella, clavando las uñas en su espalda.

Javier obedeció, levantándola del suelo para que envolviera las piernas alrededor de su cintura. La penetró hasta el fondo una y otra vez, sintiendo cómo sus paredes internas lo apretaban, cómo su clítoris rozaba contra su pubis con cada embestida. Karina llegó primero: un orgasmo violento que la hizo convulsionar, mojarle los muslos, gemir su nombre en un susurro roto.

Javier la siguió segundos después, derramándose dentro de ella con un gruñido animal, llenándola hasta que sintió que goteaba por sus piernas. Se quedaron así un momento, temblando, abrazados contra la pared.

Luego se separaron rápido, ajustándose la ropa. Karina entró primero, con las mejillas encendidas y el semen de su hijo resbalando por sus muslos. Javier se quedó afuera un rato, respirando agitado, sabiendo que ya no había marcha atrás.

La entrega era total. El riesgo, adictivo. Y el secreto, cada vez más frágil.

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