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Soy la esposa puta del pastor 2

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Soy Raissa. Tengo 27 años y soy la esposa del pastor Adrián. Para todos en la iglesia soy la mujer intachable: siempre sonriente, con vestidos modestos, participando en el coro y ayudando en las actividades. Pero por dentro llevo una tormenta que ya no puedo controlar.

Desde aquella primera vez en el salón parroquial, cuando les hice una rusa con mis tetas y les di garganta profunda hasta que me llenaron la boca y el pecho, algo dentro de mí se rompió. La culpa me pesa mucho cada vez que Adrián me abraza y me dice que soy su bendición. Sin embargo, el deseo es más fuerte. No puedo dejar de pensar en lo que pasó.

Pasaron dos semanas. El sábado por la noche recibí un mensaje de un número desconocido: “Domingo durante el culto. Baño de damas del fondo. Cuando empiece la alabanza. Sin bragas. Prepárate. Eugenio y Salvador”.

El corazón me latió con fuerza. Sabía que no debía ir, pero igual lo hice.

Ese domingo me puse un vestido largo de tela ligera. Debajo no llevaba nada. Durante la alabanza, mientras todos cantaban y Adrián estaba en el púlpito, sentí que algunos jóvenes del grupo juvenil me miraban. Diego, Santiago y Emiliano estaban en las filas de atrás. Noté cómo sus ojos se detenían en mí. El vestido era fino y, sin ropa interior, la tela se marcaba un poco con la luz. Se me veía la forma de las caderas y el movimiento de mis nalgas. Me puse roja de vergüenza, pero esa misma vergüenza me encendió. Sentí cómo me mojaba. Cuanto más me avergonzaba, más húmeda estaba. Llegué al baño ya muy excitada.

Cerré la puerta, pero enseguida escuché que entraban. Eugenio y Salvador cerraron con seguro y me miraron con intensidad.

Eugenio habló en voz baja:

—Buena chica. Viniste. Quítate el vestido, despacio. Queremos verte.

Me temblaban las manos, pero obedecí. El vestido cayó al suelo. Me quedé completamente desnuda frente a ellos.

Salvador se acercó por detrás y me tocó las caderas.

—Sin bragas… qué bien. ¿Te vieron los muchachos? Se te notaba todo. ¿Te excitó saber que te miraban?

Bajé la mirada, avergonzada, pero respondí con honestidad:

—Sí… Diego, Santiago y Emiliano me miraron mucho… Me dio mucha vergüenza… pero me puso muy húmeda.

Eugenio sonrió.

—Perfecto. Eso te preparó para nosotros. Arrodíllate.

Me puse de rodillas. Tomé la verga de Eugenio en la boca y empecé a chuparla profundamente, hasta la garganta. Mientras tanto, Salvador se colocó atrás, me separó las nalgas y comenzó a prepararme con los dedos.

—Está muy apretado… —murmuró—. Adrián nunca te ha tocado aquí, ¿verdad?

—No… nunca… —respondí con la boca llena.

Poco después, Salvador presionó su verga contra mi ano y empujó despacio. El dolor fue intenso al principio, pero no se detuvo. Entró hasta el fondo. Gemí alrededor de la verga de Eugenio.

Luego me levantaron. Eugenio se sentó en el borde del lavabo y me bajó sobre su verga, penetrándome por la vagina. Salvador, desde atrás, volvió a entrar en mi ano.

Por primera vez sentí las dos vergas dentro de mí al mismo tiempo. Me llenaron completamente. Empezaron a moverse, primero con cuidado y luego con más fuerza, aunque intentando no hacer ruido. Afuera se escuchaba el sermón de Adrián hablando sobre la tentación.

—Dime que te gusta —susurró Eugenio, apretándome las tetas.

—Me gusta… mucho… —gemí bajito—. Es la primera vez que me hacen esto…

Salvador, desde atrás, me agarró con más fuerza:

—Dime que eres nuestra… que cada domingo vas a venir aquí aunque sea durante el culto.

—Soy suya… cada domingo… vengo para que me usen… —respondí casi sin voz, perdida en la sensación.

Llegaron al clímax casi al mismo tiempo. Uno se vació en mi ano y el otro en mi vagina. Sentí el calor de su semen llenándome por dentro.

Me dejaron en el suelo del baño, temblando, con el líquido escurriendo por mis muslos. Me limpié como pude, me puse el vestido y regresé al culto. Me senté en mi lugar con las piernas débiles, sonriendo con dulzura mientras Adrián terminaba su mensaje. Diego me miró de reojo otra vez. Creo que sospechaba algo.

Mis dos hoyos me ardían nunca me habían penetrado vergas tan grandes, me revise el ano, lo tenía totalmente abierto, mi ano rosa estaba totalmente dilatado al igual que mi vagina. Fue mi primer anal.

Desde ese día, no solo pienso en Eugenio y Salvador. También miro a Diego, Santiago y Emiliano con un deseo que me avergüenza. Imagino sus cuerpos jóvenes, sus vergas firmes… y me toco pensando en ellos.

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