You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Deseo de Medianoche: Capitulo 1

Deseo de Medianoche: Capitulo 1


Capítulo 1: El Deseo de Medianoche

Diego y Elena llevaban trece años juntos. Desde que se conocieron en el último año de colegio, se volvieron inseparables. Eran esa pareja que todos envidiaban: un amor que parecía sacado de un cuento, estable, tierno y bendecido por Dios.
Diego, de treinta años, era un hombre alto y de hombros anchos, con una voz grave y una mirada protectora que transmitía seguridad. Aunque con los años había ganado algo de peso y lucía un vientre suave y redondeado, seguía siendo guapo, carismático y atento. Era jefe de bodega en una empresa de muebles de alto diseño. Católico practicante, buen esposo y proveedor ejemplar, pero en lo más profundo de su mente guardaba fantasías oscuras y morbosas que había reprimido durante años por vergüenza y fe.
Elena, de veintinueve años, era simplemente hermosa. Trabajaba en Recursos Humanos de una importante constructora, donde era considerada la empleada modelo: tranquila, sociable, siempre sonriente, organizada y extremadamente profesional. Su fe católica era profunda y sincera; iba a misa con devoción, rezaba el rosario y llevaba siempre su crucifijo de plata al cuello. Era fiel hasta la médula, cariñosa y detallista.
Su cuerpo era un pecado involuntario. Delgada pero con curvas suaves y femeninas muy bien proporcionadas. Tenía un trasero redondo, firme y perfectamente moldeado —no exageradamente grande, pero lo suficientemente jugoso y levantado como para que llamara la atención sin que ella lo buscara—. Sus pechos eran hermosos, bien formados, de un tamaño perfecto (ni pequeños ni excesivos), firmes y con una forma natural que se marcaban sutilmente bajo sus blusas recatadas. Su cabello negro largo, siempre cuidado, caía como una cascada brillante sobre su espalda, y su piel clara le daba un aspecto casi angelical.
Ella era la esposa perfecta: le preparaba el desayuno todas las mañanas, le dejaba notitas cariñosas en el almuerzo, le planchaba las camisas con esmero y nunca olvidaba un aniversario, un cumpleaños o un detalle importante. Rezaban juntos antes de comer e iban a misa todos los domingos tomados de la mano. Para familiares, amigos y compañeros de trabajo, Diego y Elena eran el ejemplo vivo de un matrimonio sano, estable y bendecido.
Pero en la intimidad… las cosas eran dolorosamente distintas.
Esa noche, como casi todas las noches durante los últimos trece años, el sexo fue correcto. Educado. Predecible. Casi mecánico.
Elena estaba acostada boca arriba, con su recatado camisón de algodón blanco subido hasta la cintura. Tenía las piernas abiertas con modestia, apenas moviéndolas, como si temiera disfrutar demasiado. Diego se movía dentro de ella con un ritmo constante y monótono, besándole el cuello, intentando tocar sus senos suaves y firmes. Cada vez que intentaba hacer algo más intenso —agarrarla con fuerza, embestirla más profundo, susurrarle algo sucio—, ella le respondía con esa voz suave y controlada que él ya conocía de memoria:
—Amor… ya estoy lista. Termina tú, ¿sí?
No gemía con ganas. No le arañaba la espalda. No levantaba las caderas para recibirlo. Solo esperaba, cariñosa pero distante, a que él acabara. Cuando Diego finalmente se corrió con un gruñido bajo y apagado, Elena le dio un tierno beso en la mejilla, tomó una toallita húmeda de la mesita de noche y lo limpió con delicadeza, como siempre lo había hecho.
—Te amo mucho —murmuró con dulzura, acurrucándose contra su pecho antes de quedarse dormida casi al instante.
Diego se quedó mirando el techo en la oscuridad, con el corazón pesado. A sus treinta años sentía un vacío que lo carcomía por dentro. Amaba a Elena con toda el alma. Amaba su ternura, su dedicación, su risa contagiosa, la forma en que lo cuidaba como nadie. Pero en la cama se sentía solo. Terriblemente solo.
Trece años follando casi siempre igual. Mamadas ocasionales y sin entusiasmo, donde ella solo lamía un poco la punta antes de pedirle que terminara dentro. Nada de oral profundo. Nada de tragarse su semen. Nada de gemidos salvajes, ni posturas prohibidas, ni esa mirada de puta desesperada que tanto deseaba ver en sus ojos.
Se levantó sin hacer ruido, se puso un bóxer y salió al balcón del departamento. La noche estaba fresca y despejada. Encendió un cigarrillo y exhaló el humo hacia el cielo estrellado.
—¿Hasta cuándo va a ser así? —susurró para sí mismo, con la voz cargada de frustración y tristeza.
En ese preciso momento, una estrella fugaz cruzó el firmamento con un brillo intenso y prolongado, dejando una estela plateada que pareció durar más de lo normal.
Diego cerró los ojos, casi avergonzado de lo que estaba a punto de pedir, pero la frustración acumulada de más de una década lo empujó a hablar:
—Ojalá Elena se volviera completamente adicta al pene… que lo deseara a todas horas, que no pudiera resistirse a chupárlo, que lo disfrutara como una puta en celo. Que me lo mamara con ganas, con hambre, casi como una experta que se lo traga todo, que gimiera como una zorra mientras lo hace. Que su vagina se vuelva mil veces más sensible y me suplique placer a todas horas.
Sonrió con ironía, sacudió la cabeza y tiró el cigarrillo por el balcón. Volvió a la cama sintiéndose un poco ridículo por haber hecho un deseo tan vulgar a una estrella fugaz.
A la mañana siguiente, Diego despertó con una sensación de placer tan intenso que soltó un gemido ronco y profundo antes incluso de abrir los ojos.
Un calor húmedo, suave, ansioso y increíblemente apretado envolvía toda su verga. Bajó la mirada, todavía medio dormido, y se quedó completamente sin aliento.
Elena estaba entre sus piernas, completamente desnuda. Su hermoso cabello negro caía desordenado sobre sus hombros y muslos pálidos. Tenía los ojos entrecerrados de puro placer mientras chupaba su verga con una devoción obscena que jamás había visto en ella.
—Elena… ¿qué haces…? —susurró él, con la voz ronca por la sorpresa y el placer.
Ella sacó lentamente el pene de su boca. Un grueso y brillante hilo de saliva espesa conectaba sus labios hinchados y enrojecidos con la cabeza brillante y palpitante de su verga. Lo miró con ojos vidriosos, cargados de una lujuria nueva, salvaje y casi animal.
—Perdón, amor… —dijo con voz ronca y entrecortada, casi avergonzada—. Me desperté tan mojada… tan vacía… Solo podía pensar en esto. En tu pene. En tenerlo en mi boca. En saborearte… en tragártelo todo.
Sin esperar respuesta, abrió más su boca caliente y lo volvió a meter. Esta vez bajó muy lento, muy profundo, dejando que la gruesa cabeza le abriera los labios y le llenara la boca por completo. Su lengua caliente y húmeda lamía la parte inferior con devoción mientras descendía, rodeando el glande, succionando con fuerza y hambre. Pequeños gemidos vibraban alrededor de su grosor.

Elena subió lentamente, casi sacando la verga de su boca con un sonido húmedo y obsceno, besando la punta hinchada con devoción enfermiza, como si estuviera adorando una reliquia. Un grueso hilo de saliva brillante conectaba sus labios hinchados con el glande. Luego volvió a bajar, más profundo esta vez, tragando más centímetros de la polla de su marido.
Diego agarró su cabello negro con fuerza, casi sin poder creer lo que estaba viendo. Elena babeaba sin control. Gruesos hilos de saliva espesa y caliente le caían por la barbilla, goteaban sobre sus tetas medianas y firmes, y corrían hasta el crucifijo de plata que descansaba entre ellas, ensuciándolo.
—Joder, Elena… —gruñó él.
Ella gemía bajito alrededor de su grosor, vibraciones placenteras que recorrían toda la verga de 14 centímetros. Empezó a mover la cabeza con más ritmo, chupando con un hambre voraz y desesperado. Usaba una mano para masturbar la base que no le cabía en la boca, mientras la otra acariciaba y apretaba sus huevos con ternura obscena.
—Mmm… me encanta tu sabor, amor —susurró con voz ronca y quebrada, sacando la verga solo un segundo. Sacó la lengua plana y lamió desde los huevos calientes y pesados hasta la punta, saboreando cada centímetro con devoción—. Está tan duro… tan caliente… tan palpitante. Quiero que me llenes la boca, Diego. Por favor… quiero tu leche. Quiero tragármela toda como una puta.
Aceleró. Su cabeza subía y bajaba con un ritmo cada vez más obsceno, ruidoso y mojado. Los sonidos húmedos de succión llenaban toda la habitación: gluck, gluck, slurp, gllgh. Saliva espesa volaba con cada movimiento, empapando sus tetas, su cuello y las sábanas. Sus ojos vidriosos no se apartaban de los de Diego, suplicantes, llenos de lujuria y vergüenza al mismo tiempo.
Cada vez que bajaba intentaba llegar más profundo, forzando su propia garganta aunque le diera arcadas. Pequeñas convulsiones le sacudían el cuerpo cuando la cabeza de la verga le rozaba el fondo de la boca.
Pensamientos de Elena (en medio del caos):
“Dios mío… ¿qué estoy haciendo? Soy una mujer casada, decente… voy a misa con él todos los domingos… y aquí estoy, chupando la verga de mi marido como una zorra barata a las siete de la mañana. Pero no puedo parar… sabe tan rico… está tan caliente… quiero más. Quiero que me use la boca. Quiero que me llene de leche…”
Diego sentía que no iba a aguantar mucho más. El contraste entre la Elena recatada de siempre y esta versión babeante, gimiendo y succionando con desesperación era demasiado.
—Elena… me voy a correr… —advirtió con voz ronca.
Ella gimió más fuerte alrededor de su verga, succionándolo con renovada fuerza, como si su semen fuera lo único que necesitaba en la vida. Sus ojos se humedecieron de placer y esfuerzo cuando Diego explotó.
Chorros gruesos, calientes y abundantes de semen salieron disparados directamente contra su lengua y el fondo de su garganta. Elena mantuvo la boca bien abierta alrededor de la verga, tragando con avidez cada pulsación fuerte. Gulp… gulp… gulp. Sentía cómo la leche espesa y caliente bajaba por su esófago, llenándole el estómago. Sus ojos se pusieron en blanco de placer mientras su propio coño se contraía violentamente, soltando un chorro de jugos que empapó las sábanas debajo de ella.
Cuando Diego terminó de vaciarse, Elena no soltó la verga de inmediato. Siguió lamiendo lentamente cada gota que había escapado, limpiando con devoción absoluta el glande sensible, besándolo, chupando los restos con ternura obscena.
Finalmente levantó la mirada. Sus labios estaban hinchados, rojos y brillantes, con una gota espesa de semen aún en la comisura. El crucifijo entre sus tetas estaba completamente mojado de saliva y restos de semen.
—Diego… ¿qué me está pasando? —preguntó con voz temblorosa, confundida y asustada—. Yo no soy así… yo nunca… Dios mío, perdóname… pero quiero más. Todavía quiero más…

0 comentarios - Deseo de Medianoche: Capitulo 1