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Dale duro a Mamá X

Habían pasado seis meses desde aquella cogida llena de celos en su habitación.

Al final, mi mamá decidió intentarlo en serio con mi papá. Regresaron a vivir todos juntos en la casa nueva, aunque las cosas ya nunca fueron como antes. Mi papá pasaba más tiempo en el trabajo, y Ana… Ana se había vuelto la jefa de todo.

Montaron un negocio familiar de distribución de materia prima para fábricas (alimentos para animales, fertilizantes y concentrados). Mi mamá lo administra casi todo: lleva las cuentas, cierra tratos, maneja a los choferes y proveedores. Se la pasaba vestida con jeans ajustados, blusas entalladas y tacones, moviendo ese culote espectacular de un lado a otro mientras daba órdenes. Estaba más buena y segura de sí misma que nunca.

Dale duro a Mamá X

Yo seguía estudiando Veterinaria y ayudaba en el negocio por las tardes. Sofi ya trabajaba full time como edecán y modelo de eventos, y llegaba a la casa con outfits cada vez más provocadores.
Y sí… Ana y yo seguíamos viéndonos a escondidas.
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Era un miércoles por la noche. Mi papá había salido de viaje a Guadalajara por un proveedor. Sofi había salido con unas amigas y regresaría tarde.

Ana me mandó un mensaje a las 10:30 pm:
Ana: Ven a mi cuarto. Está solo.

Fui sigilosamente. La encontré inclinada sobre la cama revisando inventario, con un pantalón negro de vestir que se le enterraba brutalmente entre las nalgas. Apenas cerré la puerta me abalancé sobre ella.

—Te extrañé, mamita… —gruñí agarrándole las caderas.
—Shhh… rápido mi rey, no sabemos a qué hora regrese tu hermana —susurró, pero ya estaba empujando el culo hacia atrás, enciende la tv y sube el volumen por si llega tu hermana ( Si supiera que Sofi sabe todo).

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Le bajé el pantalón hasta las rodillas, le separé las nalgas y se la metí de un golpe. Ana soltó un gemido ahogado y se mordió el brazo para no gritar. Empecé a cogérmela fuerte, con ganas acumuladas de varios días.

PLAF… PLAF… PLAF… PLAF…
— ¡Ayy Dany! ¡Así! ¡Dame verga duro como siempre! —gemía bajito.
Le di varias nalgadas mientras la taladraba. Sus nalgotas se ponían rojas y temblaban con cada embestida. La cogí como animal sobre las cajas, sudando, mordiéndole el cuello y tirándole del cabello. Ana se corrió dos veces antes de que yo le llenara la concha de leche caliente.
Después se arrodilló, me limpió la verga con la boca y me dio un beso profundo.
—Aunque viva con tu papá… este culote sigue siendo tuyo cuando quieras, papito —me dijo mirándome a los ojos.
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relatos
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La cercanía con Sofi
Con Sofi las cosas habían cambiado. Ya no éramos solo hermanos. Después de aquella noche en la que la cogí, empezamos a tener una tensión constante. Nos buscábamos, nos provocábamos, pero no habíamos vuelto a pasar de roces y palabras cargadas.

Ella me mandaba fotos en ropa de trabajo (faldas cortas, leggins que le marcaban el culo), me pedía opinión y se reía cuando me ponía nervioso. Yo la cargaba cuando llegaba borracha, le sobaba “accidentalmente” el culo al ayudarla a subir las escaleras, y ella me dejaba. Nos quedábamos hasta tarde viendo películas en la sala, sentados muy juntos, con su pierna sobre la mía.
Ana lo notaba.

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Un día, mientras cenábamos los cuatro, Ana nos miró a Sofi y a mí con una ceja levantada. Habíamos estado riéndonos y dándonos codazos todo el rato.

—Qué unidos se han vuelto ustedes dos últimamente… —comentó con una sonrisa, pero con algo de desconfianza en la mirada.
Sofi solo se encogió de hombros.
—Es mi hermano mayor, ma. Obvio que nos llevamos bien.

Yo me quedé callado, pero sentí la mirada de Ana clavada en mí. No sospechaba nada todavía… o al menos eso parecía. Pero conocía muy bien a mi mamá. Sabía que estaba atenta.
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Una noche, después de una escapada rápida en el coche donde Ana me mamó la verga hasta tragarse todo, ella me dijo mientras se arreglaba el labial:

—Dany… quiero que hagas tu vida. Busca una novia, diviértete… pero no te alejes de mí. ¿Entiendes?
Asentí. Pero en el fondo sabía que las cosas se estaban complicando. Tenía a mi mamá para cogérmela cuando quisiera… y a mi hermana cada vez más cerca, provocándome con ese culito joven y firme.
La bomba podía explotar en cualquier momento.

Mi cumpleaños – El regalo que tanto pedí

Habían pasado exactamente un año y medio desde la primera vez que cogí a mi mamá. Un año de escapadas, de cogidas rápidas y desesperadas, de mamadas en el coche, de folladas salvajes en la bodega del negocio y de noches robadas cuando mi papá no estaba. Pero había algo que nunca había conseguido: su culo virgen.

Durante meses insistí. A veces con cariño, a veces cachondo, a veces casi rogando. Ana siempre se negaba:

—“Todavía no, mi rey… me da miedo. Tienes verga muy gruesa y yo nunca lo he hecho.”
Pero esa noche, el día de mi cumpleaños número 23, todo cambió.
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La familia había organizado una pequeña fiesta en casa. Mi papá, Sofi, tíos y primos. Ana se veía espectacular con un vestido negro ajustado que le marcaba brutalmente ese culote de infarto. Cada vez que caminaba, todos los hombres la comían con la mirada. Yo solo podía pensar en lo que me había prometido por mensaje esa misma mañana:

madre

Ana: Hoy es tu día, papito. Después de la fiesta… te voy a dar lo que tanto has querido. Mi culito virgen es tuyo esta noche.

Cuando todos se fueron y mi papá se fue (había tenido una pelea con mi madre, creo que esta vez intencionalmente por ella), Ana entró a mi habitación. Cerró la puerta con llave y se quedó parada frente a mí, nerviosa pero decidida.

—Feliz cumpleaños, mi rey… —susurró—. Hoy sí. Pero con una condición: ve despacio. Mucha delicadeza al principio, ¿sí?

madre e hijo

Me levanté y la besé con ternura. Le quité el vestido lentamente, dejando solo unas braguitas negras y tacones. La recosté boca abajo en mi cama y empecé a besarle toda la espalda, bajando hasta ese enorme y perfecto culote que me volvía loco.

Le bajé las braguitas con cuidado. Sus nalgas se abrieron ligeramente, dejando ver su pequeño agujerito fruncido, rosado y virgen. Mi verga dio un brinco.

—Tranquila, mamita… voy a prepararte muy bien —le dije con voz suave.
Empecé con besos y lengüetazos suaves alrededor de su ano. Ana se tensaba y gemía bajito. Usé mucho lubricante (había comprado uno especial para eso). Primero un dedo, muy despacio, girándolo con paciencia. Luego dos. Ana respiraba agitada, agarrando las sábanas.

madura

— ¿Estás bien, mi amor? —le preguntaba constantemente.
—S-sí… sigue… está raro pero… no duele tanto…

Después de casi veinte minutos de preparación, la puse en cuatro, con una almohada debajo de la cadera para que su culote quedara bien empinado. Unté mi verga con bastante lubricante y puse la cabeza justo en su entrada.

—Respira profundo, mamita… si te duele mucho me avisas y paro.
Empujé muy despacio. Solo la cabeza. Ana soltó un gemido largo y ahogado, enterrando la cara en la almohada.
— ¡Ayyy… qué grande se siente… despacio, Dany… por favor!

Dale duro a Mamá X

Me quedé quieto, solo con la cabeza adentro, acariciándole la espalda y las nalgas con ternura. Poco a poco fui metiendo más, centímetro a centímetro, siempre preguntándole cómo se sentía. Tardé casi diez minutos en tenerla toda adentro. Era una sensación increíblemente apretada y caliente.

— ¿Todo adentro? —preguntó con voz temblorosa.
—Todo, mamita… estás tomando toda mi verga en el culo —le susurré acariciándole la cintura.

Empecé a moverme muy lento, salidas cortas y entradas suaves. Ana gemía de forma distinta, mezcla de dolor y algo nuevo. Después de varios minutos, su cuerpo empezó a relajarse. Sus gemidos cambiaron.

—Ay… Dany… ya no duele tanto… se siente… raro… pero rico…

Eso me dio confianza. Aumenté un poco el ritmo, todavía con cuidado, pero más profundo. Sus nalgotas carnosas rebotaban suavemente contra mí. Le metí la mano por debajo y le empecé a frotar la concha, que estaba empapada.

— ¡Aaaahhh! ¡Sí! ¡Así! —gimió más fuerte.
— ¿Te gusta, mamita? ¿Te gusta que te coja el culito?
— ¡Sí…! ¡Me está gustando…! ¡Sigue papito… más!

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Ya no había dolor. Ana empezó a empujar el culo hacia atrás, pidiéndome más. La agarré de las caderas con más fuerza y empecé a cogérmela más firme, aunque todavía controlado. Sus gemidos se volvieron más altos y putos.

— ¡Ayyy Dios! ¡Qué rico se siente ahora! ¡Más duro, mi rey! ¡No tan fuerte pero más rápido!

Le di lo que pedía. El sonido de mis caderas chocando contra sus nalgotas llenaba la habitación. Le di algunas nalgadas suaves y ella gemía más fuerte. Su culo virgen me apretaba deliciosamente.
Cuando sentí que ya no aguantaba más, le avisé:

—Ma… me voy a correr…
— ¡Adentro! ¡Quiero sentirte acabar en mi culo!

Me corrí con fuerza, soltando chorros calientes bien adentro de su culito virgen. Ana tuvo un orgasmo casi al mismo tiempo, temblando y apretándome la verga con su ano.

Nos quedamos unidos varios minutos, jadeando. Cuando salí lentamente, un hilo de mi leche le escurrió del culo. Ana se dio la vuelta, me miró con ojos brillantes y una sonrisa satisfecha.

—Feliz cumpleaños, mi amor… —susurró—. No pensé que me fuera a gustar tanto… Ahora este culito también es tuyo cuando quieras.

La besé con ternura y la abracé fuerte.

—Gracias, mamita… este fue el mejor regalo de mi vida.

Habían pasado casi cuatro meses desde mi cumpleaños y aquella primera vez que le metí la verga en el culo a mi mamá. Desde entonces, Ana se había vuelto adicta. Le encantaba que se lo cogiera por atrás, especialmente cuando le pedía que fuera duro. Decía que se sentía más puta y más mía cuando la penetraba por el culo.

Pero la calma no duró.

Todo explotó un viernes por la noche. Mi papá llegó más temprano de lo normal y se encontró con varias señales que no le gustaron: mensajes extraños en el celular de Ana (mensajes míos, aunque nunca firmados con mi nombre), ropa interior sexy que él nunca le había visto, y la actitud más alegre y cachonda de mi mamá en los últimos meses.

Hubo una pelea fuerte. Escuché todo desde mi cuarto.

— ¡Sé que tienes un amante, Ana! ¡No me creas pendejo! —gritaba mi papá—. ¿Quién es? ¿Desde cuándo me estás poniendo los cuernos?
— ¡Estás loco, Héctor! ¡No tengo ningún amante! ¡Bien sabes que has sido el único hombre con el que he estado! —respondía ella, aunque su voz temblaba un poco. En parte era cierto, según mi madre antes de mí, el único hombre con el que había estado era mi padre, aunque pretendientes nunca le faltaron.

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La discusión terminó con mi papá saliendo hecho una furia de la casa. Se separaron de nuevo. Esta vez parecía más definitivo. Mi papá se fue a vivir a un departamento en el centro de Toluca y solo pasaba de vez en cuando a recoger cosas.

Ana quedó destrozada emocionalmente… pero también liberada.
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Yo estaba a punto de terminar la carrera de Veterinaria. Solo me faltaban dos materias y la tesis.

Decidí tomármelo con calma y dedicar más tiempo al negocio y, sobre todo, a ella.
Ahora que mi papá ya no vivía en la casa, las oportunidades se multiplicaron.
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Una tarde, llegué del último examen y encontré a Ana en la sala. Estaba sentada revisando facturas con un pantalón de lycra negro que le marcaba cada curva de ese culote espectacular. Se veía cansada, pero sexy.

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— ¿Cómo te fue, mi rey? —me preguntó sonriendo.
—Bien. Ya casi termino —respondí, cerrando la puerta con llave.
Me acerqué por detrás, le rodeé la cintura y le apreté las nalgas con fuerza.
—Dany… aquí no, pueden llegar los empleados —susurró, pero ya estaba empujando el culo contra mi verga.
—Que se esperen —le dije al oído mientras le bajaba el pantalón hasta las rodillas.
La empiné sobre el escritorio, le escupí en el culo y se la metí despacio en su concha. Ana soltó un gemido largo y ronco.
— ¡Ayyy papito… cómo extrañaba esto!

Empecé a cogérmela con ritmo constante, agarrado de sus anchas caderas. Sus nalgotas rebotaban deliciosamente contra mí.

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— ¿Ya ves? Ahora sí puedo cogerte cuando quiera, sin tener que estar escondiéndonos tanto —le gruñí mientras le daba nalgadas.
— ¡Sí! ¡Así! ¡Dame duro, mi vida! ¡Este culo es tuyo… todo tuyo!

La saqué, le unté lubricante y se la metí en el culo de un solo empujón, más fácil que la primera vez. Ana ya gemía como puta, empujando hacia atrás.

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— ¡Más! ¡Métemela toda en el culo! ¡Así me gusta ahora!

La cogí fuerte por el culo durante varios minutos hasta que me corrí profundamente dentro de ella.

Cuando salí, mi leche le escurría por el ano y muslos. Ana se dio la vuelta, se arrodilló y me limpió la verga con la boca, mirándome con devoción.

—Eres mi hombre, Dany… —susurró—. Aunque esté separada de tu papá, yo sigo siendo tuya.

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