La putita de Leticia no podía esperar más. Esa misma tarde, después de enviarte ese mensaje desesperado, te escribió de nuevo: “Rafael está en casa, pero los niños se fueron a casa de mi mamá. Ven ya. Aparca atrás y entra por la puerta del jardín. Te necesito dentro de mí otra vez”.
Llegaste discretamente. Leticia te esperaba en la cocina, con una bata ligera que apenas cubría nada. Nada más cerrar la puerta, se arrodilló y te sacó la verga ya dura, chupándola con hambre, babeando y gimiendo bajito.
—Mi marido está en la sala viendo televisión… —susurró con la boca llena—. Si hacemos ruido, nos va a oír. Pero no me importa. Quiero que me folles el culo, papi. Nadie me ha cogido por atrás como se debe… y quiero que seas tú quien me abra.
La llevaste al baño de servicio del pasillo, el más alejado de la sala. Cerraste con llave y la pusiste contra el lavabo, subiéndole la bata hasta la cintura. Le escupiste en el culo, le metiste dos dedos y los moviste fuerte mientras ella mordía una toalla para no gritar.
Estaba tan mojada que el coño le chorreaba por los muslos.
—¿Quieres que te parta el culo mientras tu marido está a unos metros? —le preguntaste metiéndole la punta.
—Sí… por favor… rómpeme el culo como la puta que soy —gimió ahogado.
Se la metiste despacio al principio, centímetro a centímetro, hasta que sus piernas temblaron y su ano apretado te tragó entero. Luego empezaste a follarla con fuerza, agarrándola del pelo, tapándole la boca con una mano. El sonido de tus huevos chocando contra su coño empapado llenaba el pequeño baño. Leticia lloriqueaba de placer, empujando hacia atrás como una perra en celo.
—Más duro… ¡joder, me estás abriendo el culo! —gemía contra tu mano—.
Tu verga es mucho más gruesa que la de Rafael… me estás destrozando y me encanta…Te corriste profundo dentro de su culo, llenándola hasta que la leche te chorreó por los huevos cuando la sacaste.
Leticia se quedó jadeando, con el ano rojo y abierto, goteando tu semen espeso. Se dio la vuelta, se arrodilló de nuevo y te limpió la verga con la boca, saboreando su propio culo y tu corrida mezclada.
—Vete ya… antes de que sospeche —susurró con los ojos vidriosos de placer—.
Esta noche voy a cenar con tu semen chorreándome del culo.
Leticia se había duchado rápido, pero deliberadamente mal: llevaba una bata ligera sin nada debajo, el pelo todavía húmedo y caminaba con cuidado, porque tanto el coño como el ano le palpitaban.
Esa misma noche, durante la cena, Leticia se sentó frente a Rafael con una sonrisa inocente. Sentía tu semen todavía escapando de su ano y deslizándose por su raja.
Cada vez que se movía en la silla, apretaba los muslos y reprimía un gemido.
—¿Todo bien, amor? Te ves… rara —preguntó Rafael.
—Perfecto —respondió ella con voz dulce, metiéndose un bocado—. Hoy tuve un día muy… intenso.
Me encontré con un papá de la escuela y resolvimos unos asuntos pendientes. Tú sabes cómo soy de servicial.
Bajó la mano disimuladamente y se tocó el coño por debajo de la mesa, recogiendo un poco de la mezcla que seguía saliendo de su culo y metiéndoselo en la boca cuando Rafael miró hacia otro lado. Sonrió con morbo puro.
—Está deliciosa la cena, ¿verdad?
Mientras cenaban, Leticia cruzaba las piernas con fuerza. Sentía cómo el semen que no había logrado sacar del todo se le escapaba poco a poco.
En un momento, se levantó a servir más agua y “accidentalmente” dejó caer la servilleta. Se agachó frente a su marido, dejando que la bata se abriera lo suficiente para que él viera su culo desnudo.
Rafael tragó saliva.
—Leticia… estás muy… provocativa hoy.
Ella se rio bajito y se acercó, sentándose en sus piernas.
—¿Te gusta? Hoy me siento muy puta, la verdad.
Rafael, excitado, intentó tocarla. Le metió la mano entre las piernas y la encontró empapada.
—Joder, estás muy mojada…
—Claro que estoy mojada —susurró ella al oído mientras le bajaba la cremallera
Rafael se quedó congelado un segundo, Leticia aprovechó, se puso de rodillas y le sacó la verga (mucho más pequeña que la tuya) y empezó a chupársela con entusiasmo.
Mientras se la mamaba, pensaba en cómo tu verga gruesa le había destrozado el culo horas antes. Rafael gemía, agarrándola del pelo.
De repente, Leticia se levantó, se dio la vuelta, se inclinó sobre la mesa del comedor y se levantó la bata:—Fóllame el culo, Rafael.
Él se sorprendió. Nunca lo habían hecho anal.
—¿Estás segura?
—Hoy quiero que me lo folles —mintió ella—. Pero métemela ya.
Rafael intentó penetrarla. El culo de Leticia todavía estaba dilatado y lleno de tu semen. Entró con mucha facilidad.
—Dios… qué apretada estás… —gimió él, sin sospechar nada.
Leticia sonrió con malicia, mordiéndose el labio.
—Más fuerte… Imagina que eres otro. Imagina que me estás abriendo el culo como a una puta barata.
Rafael se corrió en menos de dos minutos, eyaculando dentro de su culo ya lleno de ti. Cuando salió, Leticia apretó y un poco de semen mezclado (tuyo y de él) le chorreó por el muslo.
Ella se dio la vuelta, lo besó en la boca y le dijo con voz dulce:
—Qué rico me lo follaste hoy, amor… Mañana tengo otra “reunión”. Llegaré tarde otra vez.
Rafael, todavía recuperándose, solo asintió, sin entender del todo el brillo perverso en los ojos de su esposa.
Leticia se fue al baño, se miró en el espejo y se metió dos dedos en el culo, sacándolos llenos de la mezcla de leches. Se los lamió con gusto.
—Mmm… tu semen sigue siendo mucho más espeso y rico —susurró para sí misma, pensando en ti. Rafael no tenía idea de que su esposa estaba llena de tu semen, con el culo todavía palpitando de cómo se lo habías reventado.
Esa misma noche, al llegar a casa, Alejandra estaba esperándote en la habitación, vestida solo con una camisola transparente. Apenas te vio entrar, sonrió con picardía.
—¿Y? ¿Cómo te fue con mi “amiga” Leticia? —preguntó directamente, gateando hacia el borde de la cama.
Te desnudaste frente a ella, la verga todavía oliendo a sexo.
Te subiste a la cama y la agarraste del pelo suavemente mientras se la ponías cerca de la cara.
—Primero me la follé en el coche, tal como te conté. Pero luego me escribió desesperada y fui a su casa. Rafael estaba en la sala viendo televisión y ella me llevó al baño de servicio.
Me suplicó que le diera por el culo… y se lo di duro. Le abrí ese culito apretado mientras mordía una toalla para no gritar.
Se corrió como una perra, temblando entera, diciendo que mi verga es mucho más gruesa y mejor que la de su marido.
Alejandra gemía bajito mientras te la chupaba, mirándote a los ojos con lujuria.
—Cuéntame más… ¿La dejaste bien abierta?
—Le llené el culo de leche. Cuando salí, le chorreaba por los muslos. Y en la cena, se sentó frente a Rafael con mi semen todavía escapándose de su ano.
Me escribió después diciendo que casi se ríe cuando su marido intentó cogérsela porque no sintió nada después de cómo se la metí yo.
Alejandra se puso a cuatro patas y empujó su culo hacia ti.
—Fóllame mientras me cuentas los detalles sucios… Quiero sentir cómo esa puta te dejó la verga.
Se la metiste profundo en el coño mientras le contabas todo: cómo Leticia te llamó “papi”, cómo te suplicó que la trataras como puta barata, cómo se lamió los dedos con tu corrida y cómo durante la cena apretaba los muslos para no manchar la silla.
Alejandra se corrió fuerte, arañándote la espalda, murmurando entre gemidos:
—Esa perra siempre quiso competir conmigo… ahora que sepa cuál es su lugar: debajo de tu verga y me encanta. Mejor dicho… quiero que te las folles a todas. Quiero que conviertas a esa escuela en tu harén personal.
Quiero que le llenes el coño y el culo a Leticia cada vez que te provoque, que te chupen la verga en los baños, en los estacionamientos, en las reuniones de padres… y luego quiero que vengas a casa y me folles a mí contándome todos los detalles sucios.
Alejandra te arañó la espalda y te susurró al oído mientras se corría:
—Sé un buen marido… y coge a todas las putas del colegio. Yo soy tu esposa, la que sabe todo y la que más disfruta sabiendo que ninguna de ellas te va a quitar de mí.
Ahora ve y rómpeles el culo a quien quieras… siempre y cuando después me traigas esa verga sucia para limpiártela yo.
Al día siguiente en la escuela, Leticia llegó con una falda aún más corta y una blusa que dejaba ver claramente el encaje del sujetador.
Se encontró con Alejandra cerca de la entrada y se acercó contoneándose.
—Hola Ale, qué radiante te ves hoy —dijo con voz melosa, pero con un tono cargado de doble sentido—.
Tienes esa cara de mujer bien follada… ¿Buena noche?
Alejandra sonrió con calma, mirándola de arriba abajo.
—Excelente noche, sí. Mi marido llegó con mucha… energía. Ya sabes, a veces llega con ganas de descargar todo lo que acumula durante el día.
Leticia se mordió el labio inferior y cruzó las piernas, apretando los muslos. Aún sentía el culo sensible.
—Qué suerte tienes… Yo anoche cené con Rafael, pero la verdad es que estaba un poco… distraída. Tuve un “asunto urgente” ayer en la tarde que me dejó adolorida todo el día. Ya sabes, cuando algo te abre de más y no paras de sentirlo.
Se inclinó un poco hacia Alejandra, bajando la voz:
—Oye, entre nosotras… hay que cuidar que nuestros maridos no se nos desesperen. Aunque algunas mamás del colegio parecen muy dispuestas a “ayudar”. Yo, por ejemplo, ayer ayudé a resolver un problema muy, muy… grande. Y el quedó muy satisfecho.
Alejandra soltó una risita baja y se acercó más, casi susurrando:
—Qué servicial eres, Leticia. Seguro que lo resolviste muy bien.
Mi marido me contó que ayer una mamita de la escuela le suplicó que la follara más duro que a mí, su propia esposa… y que le dio por el culo mientras su marido estaba en la casa. Qué puta tan atrevida, ¿no?
Leticia se sonrojó pero sonrió con morbo puro, sin negarlo. Solo apretó los muslos más fuerte.
—Qué imaginación tiene tu esposo… Pero bueno, mientras tú estés contenta en tu “perfecto matrimonio”, yo seguiré siendo una buena amiga… y una excelente compañera servicial.
Se despidió guiñándole un ojo y contoneando exageradamente las caderas al alejarse, Su coño y su culo todavía sensibles palpitaban de anticipación por la próxima vez que la llamaras para usarla.
Llegaste discretamente. Leticia te esperaba en la cocina, con una bata ligera que apenas cubría nada. Nada más cerrar la puerta, se arrodilló y te sacó la verga ya dura, chupándola con hambre, babeando y gimiendo bajito.
—Mi marido está en la sala viendo televisión… —susurró con la boca llena—. Si hacemos ruido, nos va a oír. Pero no me importa. Quiero que me folles el culo, papi. Nadie me ha cogido por atrás como se debe… y quiero que seas tú quien me abra.
La llevaste al baño de servicio del pasillo, el más alejado de la sala. Cerraste con llave y la pusiste contra el lavabo, subiéndole la bata hasta la cintura. Le escupiste en el culo, le metiste dos dedos y los moviste fuerte mientras ella mordía una toalla para no gritar.
Estaba tan mojada que el coño le chorreaba por los muslos.
—¿Quieres que te parta el culo mientras tu marido está a unos metros? —le preguntaste metiéndole la punta.
—Sí… por favor… rómpeme el culo como la puta que soy —gimió ahogado.
Se la metiste despacio al principio, centímetro a centímetro, hasta que sus piernas temblaron y su ano apretado te tragó entero. Luego empezaste a follarla con fuerza, agarrándola del pelo, tapándole la boca con una mano. El sonido de tus huevos chocando contra su coño empapado llenaba el pequeño baño. Leticia lloriqueaba de placer, empujando hacia atrás como una perra en celo.
—Más duro… ¡joder, me estás abriendo el culo! —gemía contra tu mano—.
Tu verga es mucho más gruesa que la de Rafael… me estás destrozando y me encanta…Te corriste profundo dentro de su culo, llenándola hasta que la leche te chorreó por los huevos cuando la sacaste.
Leticia se quedó jadeando, con el ano rojo y abierto, goteando tu semen espeso. Se dio la vuelta, se arrodilló de nuevo y te limpió la verga con la boca, saboreando su propio culo y tu corrida mezclada.
—Vete ya… antes de que sospeche —susurró con los ojos vidriosos de placer—.
Esta noche voy a cenar con tu semen chorreándome del culo.
Leticia se había duchado rápido, pero deliberadamente mal: llevaba una bata ligera sin nada debajo, el pelo todavía húmedo y caminaba con cuidado, porque tanto el coño como el ano le palpitaban.
Esa misma noche, durante la cena, Leticia se sentó frente a Rafael con una sonrisa inocente. Sentía tu semen todavía escapando de su ano y deslizándose por su raja.
Cada vez que se movía en la silla, apretaba los muslos y reprimía un gemido.
—¿Todo bien, amor? Te ves… rara —preguntó Rafael.
—Perfecto —respondió ella con voz dulce, metiéndose un bocado—. Hoy tuve un día muy… intenso.
Me encontré con un papá de la escuela y resolvimos unos asuntos pendientes. Tú sabes cómo soy de servicial.
Bajó la mano disimuladamente y se tocó el coño por debajo de la mesa, recogiendo un poco de la mezcla que seguía saliendo de su culo y metiéndoselo en la boca cuando Rafael miró hacia otro lado. Sonrió con morbo puro.
—Está deliciosa la cena, ¿verdad?
Mientras cenaban, Leticia cruzaba las piernas con fuerza. Sentía cómo el semen que no había logrado sacar del todo se le escapaba poco a poco.
En un momento, se levantó a servir más agua y “accidentalmente” dejó caer la servilleta. Se agachó frente a su marido, dejando que la bata se abriera lo suficiente para que él viera su culo desnudo.
Rafael tragó saliva.
—Leticia… estás muy… provocativa hoy.
Ella se rio bajito y se acercó, sentándose en sus piernas.
—¿Te gusta? Hoy me siento muy puta, la verdad.
Rafael, excitado, intentó tocarla. Le metió la mano entre las piernas y la encontró empapada.
—Joder, estás muy mojada…
—Claro que estoy mojada —susurró ella al oído mientras le bajaba la cremallera
Rafael se quedó congelado un segundo, Leticia aprovechó, se puso de rodillas y le sacó la verga (mucho más pequeña que la tuya) y empezó a chupársela con entusiasmo.
Mientras se la mamaba, pensaba en cómo tu verga gruesa le había destrozado el culo horas antes. Rafael gemía, agarrándola del pelo.
De repente, Leticia se levantó, se dio la vuelta, se inclinó sobre la mesa del comedor y se levantó la bata:—Fóllame el culo, Rafael.
Él se sorprendió. Nunca lo habían hecho anal.
—¿Estás segura?
—Hoy quiero que me lo folles —mintió ella—. Pero métemela ya.
Rafael intentó penetrarla. El culo de Leticia todavía estaba dilatado y lleno de tu semen. Entró con mucha facilidad.
—Dios… qué apretada estás… —gimió él, sin sospechar nada.
Leticia sonrió con malicia, mordiéndose el labio.
—Más fuerte… Imagina que eres otro. Imagina que me estás abriendo el culo como a una puta barata.
Rafael se corrió en menos de dos minutos, eyaculando dentro de su culo ya lleno de ti. Cuando salió, Leticia apretó y un poco de semen mezclado (tuyo y de él) le chorreó por el muslo.
Ella se dio la vuelta, lo besó en la boca y le dijo con voz dulce:
—Qué rico me lo follaste hoy, amor… Mañana tengo otra “reunión”. Llegaré tarde otra vez.
Rafael, todavía recuperándose, solo asintió, sin entender del todo el brillo perverso en los ojos de su esposa.
Leticia se fue al baño, se miró en el espejo y se metió dos dedos en el culo, sacándolos llenos de la mezcla de leches. Se los lamió con gusto.
—Mmm… tu semen sigue siendo mucho más espeso y rico —susurró para sí misma, pensando en ti. Rafael no tenía idea de que su esposa estaba llena de tu semen, con el culo todavía palpitando de cómo se lo habías reventado.
Esa misma noche, al llegar a casa, Alejandra estaba esperándote en la habitación, vestida solo con una camisola transparente. Apenas te vio entrar, sonrió con picardía.
—¿Y? ¿Cómo te fue con mi “amiga” Leticia? —preguntó directamente, gateando hacia el borde de la cama.
Te desnudaste frente a ella, la verga todavía oliendo a sexo.
Te subiste a la cama y la agarraste del pelo suavemente mientras se la ponías cerca de la cara.
—Primero me la follé en el coche, tal como te conté. Pero luego me escribió desesperada y fui a su casa. Rafael estaba en la sala viendo televisión y ella me llevó al baño de servicio.
Me suplicó que le diera por el culo… y se lo di duro. Le abrí ese culito apretado mientras mordía una toalla para no gritar.
Se corrió como una perra, temblando entera, diciendo que mi verga es mucho más gruesa y mejor que la de su marido.
Alejandra gemía bajito mientras te la chupaba, mirándote a los ojos con lujuria.
—Cuéntame más… ¿La dejaste bien abierta?
—Le llené el culo de leche. Cuando salí, le chorreaba por los muslos. Y en la cena, se sentó frente a Rafael con mi semen todavía escapándose de su ano.
Me escribió después diciendo que casi se ríe cuando su marido intentó cogérsela porque no sintió nada después de cómo se la metí yo.
Alejandra se puso a cuatro patas y empujó su culo hacia ti.
—Fóllame mientras me cuentas los detalles sucios… Quiero sentir cómo esa puta te dejó la verga.
Se la metiste profundo en el coño mientras le contabas todo: cómo Leticia te llamó “papi”, cómo te suplicó que la trataras como puta barata, cómo se lamió los dedos con tu corrida y cómo durante la cena apretaba los muslos para no manchar la silla.
Alejandra se corrió fuerte, arañándote la espalda, murmurando entre gemidos:
—Esa perra siempre quiso competir conmigo… ahora que sepa cuál es su lugar: debajo de tu verga y me encanta. Mejor dicho… quiero que te las folles a todas. Quiero que conviertas a esa escuela en tu harén personal.
Quiero que le llenes el coño y el culo a Leticia cada vez que te provoque, que te chupen la verga en los baños, en los estacionamientos, en las reuniones de padres… y luego quiero que vengas a casa y me folles a mí contándome todos los detalles sucios.
Alejandra te arañó la espalda y te susurró al oído mientras se corría:
—Sé un buen marido… y coge a todas las putas del colegio. Yo soy tu esposa, la que sabe todo y la que más disfruta sabiendo que ninguna de ellas te va a quitar de mí.
Ahora ve y rómpeles el culo a quien quieras… siempre y cuando después me traigas esa verga sucia para limpiártela yo.
Al día siguiente en la escuela, Leticia llegó con una falda aún más corta y una blusa que dejaba ver claramente el encaje del sujetador.
Se encontró con Alejandra cerca de la entrada y se acercó contoneándose.
—Hola Ale, qué radiante te ves hoy —dijo con voz melosa, pero con un tono cargado de doble sentido—.
Tienes esa cara de mujer bien follada… ¿Buena noche?
Alejandra sonrió con calma, mirándola de arriba abajo.
—Excelente noche, sí. Mi marido llegó con mucha… energía. Ya sabes, a veces llega con ganas de descargar todo lo que acumula durante el día.
Leticia se mordió el labio inferior y cruzó las piernas, apretando los muslos. Aún sentía el culo sensible.
—Qué suerte tienes… Yo anoche cené con Rafael, pero la verdad es que estaba un poco… distraída. Tuve un “asunto urgente” ayer en la tarde que me dejó adolorida todo el día. Ya sabes, cuando algo te abre de más y no paras de sentirlo.
Se inclinó un poco hacia Alejandra, bajando la voz:
—Oye, entre nosotras… hay que cuidar que nuestros maridos no se nos desesperen. Aunque algunas mamás del colegio parecen muy dispuestas a “ayudar”. Yo, por ejemplo, ayer ayudé a resolver un problema muy, muy… grande. Y el quedó muy satisfecho.
Alejandra soltó una risita baja y se acercó más, casi susurrando:
—Qué servicial eres, Leticia. Seguro que lo resolviste muy bien.
Mi marido me contó que ayer una mamita de la escuela le suplicó que la follara más duro que a mí, su propia esposa… y que le dio por el culo mientras su marido estaba en la casa. Qué puta tan atrevida, ¿no?
Leticia se sonrojó pero sonrió con morbo puro, sin negarlo. Solo apretó los muslos más fuerte.
—Qué imaginación tiene tu esposo… Pero bueno, mientras tú estés contenta en tu “perfecto matrimonio”, yo seguiré siendo una buena amiga… y una excelente compañera servicial.
Se despidió guiñándole un ojo y contoneando exageradamente las caderas al alejarse, Su coño y su culo todavía sensibles palpitaban de anticipación por la próxima vez que la llamaras para usarla.
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