"Te quiero coger...". El mensaje me llega en plena reunión de trabajo, en la misma sala de reuniones en la que cogimos con Marcos hace unos días.
El texto está acompañado por la foto de una pija en un estado de erección extrema. Ni tengo que leer el nombre del contacto para saber que se trata de Valentino.
Apago la pantalla y trato de concentrarme en lo que está explicando uno de los Gerentes en ese momento, pero ya me resulta imposible. Ni siquiera sé de lo que está hablando.
Se da por terminada la reunión y salgo para mi oficina. Marcos me alcanza en el pasillo. Quiere discutir conmigo algunos de los temas que se trataron.
-Vamos a tomar algo- me propone, eufemismo de "vamos a garchar".
Le hubiera dicho que sí, estaba con ganas de echar un polvo, pero hoy la prioridad la tiene Valentino, así que le invento cualquier excusa, prometiéndole que mañana o pasado hablamos (cogemos).
Ya en mi oficina, le contesto a Valentino el mensaje.
-¿Estás en la facu?- le pregunto.
Me dice que sí, que termina en un par de horas, así que arreglamos para vernos (coger).
Por mis relatos saben que siempre me gustaron los hombres mayores. La madurez y la experiencia me resultaban seductoras en una época en la que era una jovencita con ganas de devorarse (todas las pijas de...) el mundo.
Pero, ¿qué pasa?... Ya no soy tan joven. Ahora soy yo la madura, la experimentada.
No es que vaya a cambiar mi target y empezar a relacionarme con chicos que podrían ser mis hijos, pero a punto de cumplir los 44, no puedo negar que estar con uno de 20 me estimula, me recarga de energía.
Igual, lo de Valentino es especial, no me atrae solo por su juventud, también hay otras cosas. No es solo meternos en la cama, sacarnos las ganas y ya está. Nos gusta coger, obvio, pero también estar juntos, charlar, contarnos esas cosas que no le contaríamos a nadie más.
Para su edad tiene una madurez que ya le envidiarían muchos hombres, creo que por eso congeniamos desde el principio. De otra forma, jamás nos hubiéramos ido directamente a un telo después de reencontrarnos aquella tarde en Alto Palermo. Aunque es cierto, también, que a veces tiene ciertas actitudes que dejan al descubierto su juventud.
-¡Quiero acabarte adentro...!- me había pedido la última vez que estuvimos juntos, en pleno fragor sexual.
Quería hacerme el amor sin protección, llenarme de leche, verme gotear su esperma.
No pude cumplirle el capricho, porque no me estaba cuidando. Me hubiera gustado complacerlo, pero la verdad es que ya estoy grande para embarazarme de nuevo.
No me seduce para nada la idea de tener otro hijo extramatrimonial, y menos aún de alguien tan joven. Sin embargo no estaba dispuesta a dejar al pichón con las ganas...
Cómo ya es habitual, lo paso a buscar por la facultad. Primero vamos a cenar. Me gustaría decir que parecíamos una pareja, pero estaría mintiendo. Se nota la diferencia de edad. Parecíamos una madre y su hijo, compartiendo un momento. O si lo prefieren, un jovencito y una Milf.
Creo que más esto último, ya que luego de la cena, y de unas copas de vino, nos fuimos directo a un albergue transitorio.
Ya en la intimidad, lejos de miradas curiosas, inquisitivas, nos besamos, nos abrazamos, sin prejuicio alguno, dándole rienda suelta a esa pasión que se desata y estalla cuando estamos juntos.
Le chupo la pija por un buen rato, haciéndole toda una ceremonia petera, garganta profunda incluida, lo que me deja con la garganta adolorida y los ojos llorosos, enrojecidos. Pero sí que vale la pena terminar así.
Él también me chupa la concha, usando mucha lengua, saboreando con avidez la espumita que me sale de adentro.
Cuando ya está agarrando un preservativo, para ponérselo, se lo saco y tirándolo al costado de la cama, le digo:
-Hoy cogeme así... sin nada...-
Los ojos se le iluminan como si fuera Navidad y hubiera recibido ese regalo que tanto estuvo deseando, el que creía imposible.
Me abro de piernas, y agarrándolo de la mano, hago que se acomode encima mío. Con la otra mano le agarro la pija, que está caliente, durísima, mojada con mis babas, y me la pongo en la entrada, la cabeza rozando apenas mis labios. La penetración no se hace esperar.
La cara de placer, de gozo, de felicidad que pone cuando se desliza en mí, sin el látex de por medio, me hace mojar más todavía.
Envuelvo su cintura con mis piernas, y empezamos a movernos, los dos, impetuosos, desaforados.
Su verga se alarga en mi interior, llegándome a los lugares más íntimos y profundos, devastando todo a su paso, brutal, vigorosa, imponente.
-¡Sos hermoso...!- le digo, aferrada a su cuerpo, disfrutando cada empuje, cada pijazo.
El ruido de nuestras humedades se vuelve cada vez más intenso, mezclándose con gemidos y jadeos que expresan fielmente lo que sentimos en ese momento.
Yo también estoy embriagada de dicha, de satisfacción... Lo mío con Valentino no es una calentura pasajera. Es una cuestión de piel. Es emoción pura, genuina.
Pese a la brecha generacional, nuestros cuerpos se complementan a la perfección, como en aquella canción... coincidencia total, de cóncavo y convexo...
Clavada tras clavada, nos besamos, nos chuponeamos, sintiendo cada vez más cerca la ebullición del placer.
-¡¡¡Siiiiiiiiiii... Que rico me coges... Siiiiiiiii... Siiiiiiiii... Así... Dale... Más... Dame más... Ahhhhhhhhh...!!!-
El ritmo se intensifica...
PLAP... PLAP... PLAP... PLAP...!!!
Los gemidos también...
-¡¡¡Ahhhhhhh... Ahhhhhhhhhh... Ahhhhhhhhhhhh...!!!-
Las pulsaciones son cada vez más fuertes, lo que presagia ya la inminencia del estallido.
-¡¡¡Acabame adentro, bebé... dame toda la leche... dámela toda...!!!- le digo entonces, apretando su cuerpo contra el mío.
Entre suspiros y jadeos, se queda clavado en mí, se sacude, y explota... llenándome con su semen. Una oleada de calor se expande por todo mi cuerpo, mientras le acaricio la espalda, dejando que fluya vertiginoso en mi interior.
Cuando me saca la pija, todavía le está goteando.
Ninguno dice nada, pero los suspiros, las expresiones de placer son más que evidentes.
-¡Estuvo... increíble!- exclama Valentino tras un momento, mirando embelesado mi concha arrasada.
Me abro los labios para mostrarle todo lo que me dejó adentro, haciendo, mediante algunas contracciones vaginales, que me salga un borbotón de semen.
Me levanto y voy al baño a enjuagarme. Me siento en el bidet, abro el chorro de agua, y me meto los dedos para tratar de expulsar la mayor cantidad posible de lo que me inseminó. No todo, ya que el resto sigue su cauce natural.
Para cuidarme suelo usar un parche anticonceptivo, lo que siempre me ha brindado seguridad, las veces que quedé embarazada, fue porque no me estaba cuidando, igualmente, como doble protección, pensaba tomar también la píldora del día después.
Vuelvo a la cama con Valentino que, pese a haber acabado, sigue con la pija prendida fuego. Así que se la chupo, lubricando de nuevo con mi saliva tan potente erección, me le subo encima, a caballito, y con la concha ya descajetada, toda abierta y mojada, me la ensarto hasta los huevos.
La cara que pone Valentino al estar de nuevo dentro mío, sin forro de por medio, es de un paroxismo total y absoluto.
Cuando empiezo a moverme, arriba y abajo, los jadeos de ambos se mezclan, se fusionan, componiendo una misma y excitante melodía. Sus manos se apoderan de mis pechos, amasándolos, apretándolos, mientras yo siento que cada puntazo de pija me penetra hasta el alma.
Juventud, divino tesoro, dijo alguien, y estaba en lo cierto. Aunque hay que aclarar que su forma de coger mejoró mucho con el desinteresado asesoramiento de ésta servidora.
Cuando siento esas primeras contracciones, ese palpitar que preanuncia lo divino, me quedo bien clavada, y arqueando la espalda, los ojos cerrados, espero la tan ansiada descarga. No siento cuando me acaba, pero si una explosión de calor que me somete, que me doblega.
Caigo sobre su cuerpo, jadeando conmocionada, dejándome arrasar por las sensaciones más intensas y emotivas.
Cuando me levanto, de nuevo me sale un borbotón de semen de la concha.
Desfallecientes, sudorosos, luego del polvo, nos quedamos recostados, juntos, casi pegados, sintiéndonos. Ese es un momento que disfruto, en el que casi somos una pareja.
Sí, ya sé que le llevo más de veinte años, que tengo edad para ser su madre, pero no lo soy, soy su amante.
Lo nuestro es tan intenso, tan apasionado, que me imagino a los 60, 70 años, ya abuela, y él con 40, casado, padre de familia, encontrándonos para coger con la misma pasión que le ponemos hoy en día.
Y es que hay gustos que nunca deben perderse...
El texto está acompañado por la foto de una pija en un estado de erección extrema. Ni tengo que leer el nombre del contacto para saber que se trata de Valentino.
Apago la pantalla y trato de concentrarme en lo que está explicando uno de los Gerentes en ese momento, pero ya me resulta imposible. Ni siquiera sé de lo que está hablando.
Se da por terminada la reunión y salgo para mi oficina. Marcos me alcanza en el pasillo. Quiere discutir conmigo algunos de los temas que se trataron.
-Vamos a tomar algo- me propone, eufemismo de "vamos a garchar".
Le hubiera dicho que sí, estaba con ganas de echar un polvo, pero hoy la prioridad la tiene Valentino, así que le invento cualquier excusa, prometiéndole que mañana o pasado hablamos (cogemos).
Ya en mi oficina, le contesto a Valentino el mensaje.
-¿Estás en la facu?- le pregunto.
Me dice que sí, que termina en un par de horas, así que arreglamos para vernos (coger).
Por mis relatos saben que siempre me gustaron los hombres mayores. La madurez y la experiencia me resultaban seductoras en una época en la que era una jovencita con ganas de devorarse (todas las pijas de...) el mundo.
Pero, ¿qué pasa?... Ya no soy tan joven. Ahora soy yo la madura, la experimentada.
No es que vaya a cambiar mi target y empezar a relacionarme con chicos que podrían ser mis hijos, pero a punto de cumplir los 44, no puedo negar que estar con uno de 20 me estimula, me recarga de energía.
Igual, lo de Valentino es especial, no me atrae solo por su juventud, también hay otras cosas. No es solo meternos en la cama, sacarnos las ganas y ya está. Nos gusta coger, obvio, pero también estar juntos, charlar, contarnos esas cosas que no le contaríamos a nadie más.
Para su edad tiene una madurez que ya le envidiarían muchos hombres, creo que por eso congeniamos desde el principio. De otra forma, jamás nos hubiéramos ido directamente a un telo después de reencontrarnos aquella tarde en Alto Palermo. Aunque es cierto, también, que a veces tiene ciertas actitudes que dejan al descubierto su juventud.
-¡Quiero acabarte adentro...!- me había pedido la última vez que estuvimos juntos, en pleno fragor sexual.
Quería hacerme el amor sin protección, llenarme de leche, verme gotear su esperma.
No pude cumplirle el capricho, porque no me estaba cuidando. Me hubiera gustado complacerlo, pero la verdad es que ya estoy grande para embarazarme de nuevo.
No me seduce para nada la idea de tener otro hijo extramatrimonial, y menos aún de alguien tan joven. Sin embargo no estaba dispuesta a dejar al pichón con las ganas...
Cómo ya es habitual, lo paso a buscar por la facultad. Primero vamos a cenar. Me gustaría decir que parecíamos una pareja, pero estaría mintiendo. Se nota la diferencia de edad. Parecíamos una madre y su hijo, compartiendo un momento. O si lo prefieren, un jovencito y una Milf.
Creo que más esto último, ya que luego de la cena, y de unas copas de vino, nos fuimos directo a un albergue transitorio.
Ya en la intimidad, lejos de miradas curiosas, inquisitivas, nos besamos, nos abrazamos, sin prejuicio alguno, dándole rienda suelta a esa pasión que se desata y estalla cuando estamos juntos.
Le chupo la pija por un buen rato, haciéndole toda una ceremonia petera, garganta profunda incluida, lo que me deja con la garganta adolorida y los ojos llorosos, enrojecidos. Pero sí que vale la pena terminar así.
Él también me chupa la concha, usando mucha lengua, saboreando con avidez la espumita que me sale de adentro.
Cuando ya está agarrando un preservativo, para ponérselo, se lo saco y tirándolo al costado de la cama, le digo:
-Hoy cogeme así... sin nada...-
Los ojos se le iluminan como si fuera Navidad y hubiera recibido ese regalo que tanto estuvo deseando, el que creía imposible.
Me abro de piernas, y agarrándolo de la mano, hago que se acomode encima mío. Con la otra mano le agarro la pija, que está caliente, durísima, mojada con mis babas, y me la pongo en la entrada, la cabeza rozando apenas mis labios. La penetración no se hace esperar.
La cara de placer, de gozo, de felicidad que pone cuando se desliza en mí, sin el látex de por medio, me hace mojar más todavía.
Envuelvo su cintura con mis piernas, y empezamos a movernos, los dos, impetuosos, desaforados.
Su verga se alarga en mi interior, llegándome a los lugares más íntimos y profundos, devastando todo a su paso, brutal, vigorosa, imponente.
-¡Sos hermoso...!- le digo, aferrada a su cuerpo, disfrutando cada empuje, cada pijazo.
El ruido de nuestras humedades se vuelve cada vez más intenso, mezclándose con gemidos y jadeos que expresan fielmente lo que sentimos en ese momento.
Yo también estoy embriagada de dicha, de satisfacción... Lo mío con Valentino no es una calentura pasajera. Es una cuestión de piel. Es emoción pura, genuina.
Pese a la brecha generacional, nuestros cuerpos se complementan a la perfección, como en aquella canción... coincidencia total, de cóncavo y convexo...
Clavada tras clavada, nos besamos, nos chuponeamos, sintiendo cada vez más cerca la ebullición del placer.
-¡¡¡Siiiiiiiiiii... Que rico me coges... Siiiiiiiii... Siiiiiiiii... Así... Dale... Más... Dame más... Ahhhhhhhhh...!!!-
El ritmo se intensifica...
PLAP... PLAP... PLAP... PLAP...!!!
Los gemidos también...
-¡¡¡Ahhhhhhh... Ahhhhhhhhhh... Ahhhhhhhhhhhh...!!!-
Las pulsaciones son cada vez más fuertes, lo que presagia ya la inminencia del estallido.
-¡¡¡Acabame adentro, bebé... dame toda la leche... dámela toda...!!!- le digo entonces, apretando su cuerpo contra el mío.
Entre suspiros y jadeos, se queda clavado en mí, se sacude, y explota... llenándome con su semen. Una oleada de calor se expande por todo mi cuerpo, mientras le acaricio la espalda, dejando que fluya vertiginoso en mi interior.
Cuando me saca la pija, todavía le está goteando.
Ninguno dice nada, pero los suspiros, las expresiones de placer son más que evidentes.
-¡Estuvo... increíble!- exclama Valentino tras un momento, mirando embelesado mi concha arrasada.
Me abro los labios para mostrarle todo lo que me dejó adentro, haciendo, mediante algunas contracciones vaginales, que me salga un borbotón de semen.
Me levanto y voy al baño a enjuagarme. Me siento en el bidet, abro el chorro de agua, y me meto los dedos para tratar de expulsar la mayor cantidad posible de lo que me inseminó. No todo, ya que el resto sigue su cauce natural.
Para cuidarme suelo usar un parche anticonceptivo, lo que siempre me ha brindado seguridad, las veces que quedé embarazada, fue porque no me estaba cuidando, igualmente, como doble protección, pensaba tomar también la píldora del día después.
Vuelvo a la cama con Valentino que, pese a haber acabado, sigue con la pija prendida fuego. Así que se la chupo, lubricando de nuevo con mi saliva tan potente erección, me le subo encima, a caballito, y con la concha ya descajetada, toda abierta y mojada, me la ensarto hasta los huevos.
La cara que pone Valentino al estar de nuevo dentro mío, sin forro de por medio, es de un paroxismo total y absoluto.
Cuando empiezo a moverme, arriba y abajo, los jadeos de ambos se mezclan, se fusionan, componiendo una misma y excitante melodía. Sus manos se apoderan de mis pechos, amasándolos, apretándolos, mientras yo siento que cada puntazo de pija me penetra hasta el alma.
Juventud, divino tesoro, dijo alguien, y estaba en lo cierto. Aunque hay que aclarar que su forma de coger mejoró mucho con el desinteresado asesoramiento de ésta servidora.
Cuando siento esas primeras contracciones, ese palpitar que preanuncia lo divino, me quedo bien clavada, y arqueando la espalda, los ojos cerrados, espero la tan ansiada descarga. No siento cuando me acaba, pero si una explosión de calor que me somete, que me doblega.
Caigo sobre su cuerpo, jadeando conmocionada, dejándome arrasar por las sensaciones más intensas y emotivas.
Cuando me levanto, de nuevo me sale un borbotón de semen de la concha.
Desfallecientes, sudorosos, luego del polvo, nos quedamos recostados, juntos, casi pegados, sintiéndonos. Ese es un momento que disfruto, en el que casi somos una pareja.
Sí, ya sé que le llevo más de veinte años, que tengo edad para ser su madre, pero no lo soy, soy su amante.
Lo nuestro es tan intenso, tan apasionado, que me imagino a los 60, 70 años, ya abuela, y él con 40, casado, padre de familia, encontrándonos para coger con la misma pasión que le ponemos hoy en día.
Y es que hay gustos que nunca deben perderse...
2 comentarios - Juventud, divino tesoro...