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La primera vez que me rompieron el orto

Tomi nunca me lo pidió. Eso es lo primero. En cinco años de pareja, ni una vez. Y yo creo que por eso mismo me empezó a obsesionar.

Habíamos hablado del tema, claro. En la cama, después de coger, en esas conversaciones largas medio dormidas donde se dicen cosas que de día no se dicen. Yo le había preguntado si quería. Él me había dicho que sí. Yo le había preguntado por qué no me lo pedía. Él me había dicho porque no quiero que lo hagas para complacerme. Si lo querés hacer alguna vez, lo vas a hacer vos. Y mientras tanto está perfecto así.

Eso fue tres años antes. Y durante tres años quedó ahí, suspendido, como una pregunta abierta que ninguno de los dos volvía a tocar.

Lo empecé a pensar en serio en marzo. No sé por qué marzo. Una amiga me había contado de una experiencia mala, una historia fea con un ex que la había forzado, y yo me había vuelto a casa pensando justamente lo opuesto: que yo tenía a alguien con quien podía no tener miedo. Que si había una manera de hacer eso bien, era con Tomi. Que el tema no era el qué, era el con quién.

Empecé a buscar cosas en internet sola, de noche, con el celular bajo las sábanas. Foros. Videos. Artículos serios. Leí más sobre mi propio cuerpo en dos semanas que en toda mi vida. Aprendí palabras que no sabía. Aprendí qué músculos estaban involucrados, cómo se relajaban, cómo se contraían. Aprendí que tenía que respirar. Aprendí que el dolor no era el precio, que si dolía estaba mal hecho.
Una noche en la ducha me probé con un dedo. El mío. Con jabón al principio, después me di cuenta de que estaba mal, salí, busqué aceite de coco en la cocina, volví. Lo hice despacio. Tenía la cabeza apoyada contra los azulejos. Pensé que iba a ser desagradable y no fue. Fue raro. Fue una sensación nueva, sin contexto, sin un archivo previo donde ponerla. Me quedé un rato así, quieta, sintiendo, calibrando.
A la semana siguiente probé con dos.

A las dos semanas me compré algo. Online, con cuenta de mercado libre nueva, dirección de retiro en una sucursal. Un juguete chico, el más chico que había, pensado justamente para empezar. Me llegó en una caja sin marca. Lo dejé en el cajón de la mesa de luz, debajo de unas medias, durante cuatro días sin tocarlo.

El quinto día Tomi se fue a Mendoza por trabajo. Tres noches sola en el departamento. La primera no hice nada. La segunda lo saqué del cajón, lo miré, lo volví a guardar. La tercera lo usé.

Me llevó casi una hora prepararme. Música, vino, una sola luz prendida. Me toqué primero por adelante, mucho, hasta estar bien empapada y bien aflojada. Después usé el juguete con paciencia, parándome cuando me pasaba de incómodo, volviendo cuando aflojaba. Cuando lo tuve adentro me quedé quieta diez minutos, respirando, acostumbrándome. Después me toqué el clítoris con la otra mano y me vine de una forma que no había sentido antes, una cosa que me agarró desde más abajo, más adentro, como si me viniera desde un lugar nuevo del cuerpo.

Me quedé acostada después, transpirando, mirando el techo, y supe dos cosas al mismo tiempo. Una, que quería hacerlo con Tomi. Dos, que tenía que decírselo bien.

Tomi volvió un martes a la noche. Lo dejé descansar. El miércoles cocinamos juntos y vimos una serie. El jueves, después de cenar, en el sillón, le dije.

"Quiero probar."

No me preguntó qué. Sabía. Tres años después, sabía.

"¿Cuándo."

"El sábado."

"¿Estás segura."

"Estoy lista. Ya me preparé sola. Quiero hacerlo con vos."

Esa noche cogimos por adelante, normal, pero distinto. Él estaba más despacio que de costumbre, como si estuviera empezando algo que iba a continuar el sábado. Me besó mucho. Me dijo cosas al oído. Cuando se vino me apretó largo y me dijo te amo de una forma que tenía algo de gracias adentro.
El viernes fue el día más raro. Caminé todo el día con la cosa adentro de la cabeza. En el laburo me distraía. En el subte miraba a la gente y pensaba cuántas de estas personas habrán hecho lo que voy a hacer mañana. A la noche Tomi llegó con una bolsita de farmacia. Lubricante. Bueno, el caro, el que yo había leído que era el mejor. Lo dejó arriba de la mesa de luz sin decir nada y se fue a bañar. Cuando salió del baño le agarré la cara y lo besé largo.

"Gracias."

"De nada."

"Por todo."

"De nada."

El sábado dormí hasta tarde. Desayunamos. Salí a caminar sola por la mañana porque necesitaba mover el cuerpo. A la tarde me bañé largo. Me preparé sola otra vez, con el juguete chico, para llegar relajada. Tomi me dejó hacerlo sola, no me preguntó nada cuando salí del baño con cara de haber estado ahí mucho rato. Cenamos liviano. Tomamos una copa de vino cada uno, no más. Yo no quería estar borracha. Quería estar entera para esto.

Nos acostamos cerca de las once. Yo había puesto sábanas limpias antes. Toallas dobladas al costado de la cama, porque había leído que era buena idea. Tomi vio las toallas y entendió y no dijo nada.
Nos besamos un rato largo, vestidos. Después en ropa interior. Después desnudos. Tomi me desvistió como me desviste siempre, con paciencia, besando lo que iba apareciendo. Yo lo desvestí a él más rápido porque tenía las manos torpes. Cuando estuvimos los dos desnudos me agarró la cara con las dos manos.

"Si en algún momento querés parar, paramos. No me importa en qué punto estemos. Decime y paro."

"Ya sé."

"Decímelo."

"Te lo digo."

Me besó. Me acostó boca arriba. Y ahí Tomi hizo algo que no me esperaba. Me bajó por el cuerpo, despacio, besando, hasta que terminó entre mis piernas. Y me chupó. Con tiempo. Con paciencia. Como si esa fuera la única cosa que iba a pasar esa noche. Yo había pensado que íbamos a ir directo, que con la preparación previa alcanzaba, y él hizo lo contrario. Me llevó arriba primero. Me hizo venir con la boca, despacio, hasta que terminé temblando con las dos manos en su pelo.

Cuando subió, me besó la cara, las mejillas, los párpados. Me dijo al oído:
"Quería que la primera cosa que sintieras esta noche fuera eso."

Me dio vuelta. Boca abajo, con una almohada bajo las caderas para que el culo quedara levantado. Apoyó el pecho sobre mi espalda un segundo, todo su peso, dejándome sentir que estaba ahí. Después se acomodó atrás.

Empezó con un dedo. Mucho lubricante. Más del que yo había usado nunca. Sentí el frío y después sentí el dedo, despacio, hasta el nudillo, después entero. Tomi conocía mi cuerpo de adelante pero atrás no, y eso lo sentí, esa diferencia, esa cosa de que estaba aprendiendo en tiempo real. Se movió despacio. Me preguntó.

"¿Bien."

"Bien."

"¿Más."

"Más."

Dos dedos. Ahí sentí más. Sentí la apertura, ese estiramiento que tenía registrado de la ducha, esa cosa que el cuerpo registra como invasión y después como otra cosa. Respiré como había aprendido a respirar. Bajé los hombros. Solté la mandíbula. Me había dado cuenta esa semana de que sin querer apretaba la mandíbula, y que si soltaba la mandíbula se soltaba todo lo demás.

Tomi se tomó su tiempo con los dos dedos. Mucho más del que yo creía necesario. Después de un rato largo le dije:

"Ya."

"¿Segura."

"Sí. Vení."

Sacó los dedos. Sentí que se acomodaba atrás. Sentí más lubricante, mucho, frío en el medio de las cachas. Y después la cabeza de la pija apoyada en la entrada. No empujó. Se quedó ahí, apoyado, dejándome sentir el contacto, dejándome acostumbrarme a la idea.

"Respirá."

Respiré.

"Otra."

Respiré.

"Cuando vos digas."

Y ahí entendí algo. Que él me estaba dejando el control a mí. Que él no iba a empujar. Que el que empujaba iba a ser yo, hacia atrás, contra él. Eso me cambió todo. Eso me sacó el último resto de miedo. Empujé hacia atrás, despacio, y sentí cómo la cabeza me iba entrando. La parte más ancha. Ese momento.

Hice un ruido. Largo, bajo, contra la almohada. No era dolor exactamente. Era el cuerpo registrando algo grande. Tomi se quedó quieto.

"¿Paramos."

"No. No pares."

"No estoy haciendo nada. Estás haciendo vos."

"Ya sé. Quedate ahí."

Me quedé un minuto larguísimo con la cabeza de la pija adentro, sin que ninguno de los dos se moviera. Sentí el latido. El mío y el de él. Sentí cómo el músculo se iba aflojando alrededor, cómo se acomodaba. Sentí una ola de calor que me subió por la espalda. Sentí algo más, algo que no había sentido en la ducha sola, que era el peso de él detrás, la respiración de él detrás, la presencia de él. Eso era lo que faltaba. Eso era la diferencia.

Empujé otro poco. Otro centímetro. Sentí cómo iba entrando, despacio, ese deslizarse hacia adentro que yo no había sentido nunca por ese lado. Sentí lleno. Sentí una plenitud distinta a la de adelante, más cerrada, más concentrada, una cosa que no podía ignorar, que ocupaba toda mi atención.

"Más."

Otro centímetro. Otro. Llegó un momento en que sentí sus pelotas contra mí y supe que estaba entero adentro. Me quedé quieta. Él se quedó quieto. Apoyó el pecho en mi espalda otra vez, todo su peso, abrazándome desde atrás, la cara contra mi nuca.

"Te amo", me dijo al oído. "Te amo, te amo, te amo."

Y ahí lloré. Una cosa chica, dos lágrimas, contra la almohada. No era dolor. No era miedo. No sabía qué era. Era el cuerpo soltando algo. Era la confianza llegando a un lugar nuevo. Era él entero adentro mío de una forma que no había estado nunca.

"¿Estás bien."

"Estoy bien."

"¿Por qué llorás."

"No sé. Quedate. No te muevas todavía."

Se quedó. Un minuto. Dos. Tres. Yo lo sentía latir. Él me sentía latir a mí. Y cuando se me aflojó del todo, cuando sentí que el cuerpo había dicho que sí del todo, le dije que se moviera.

Salió un poco. Volvió a entrar. Despacio. Una vez. Otra. Despacio siempre, sin acelerar. Yo me concentré en respirar y en sentir. Sentir todo. La textura distinta. La fricción distinta. La forma en que él entraba y salía de un lugar que era mío y que hasta esa noche había sido solo mío.

A los pocos minutos algo cambió. La incomodidad se fue. Quedó otra cosa. Una cosa caliente que me subía. Una cosa que me hizo arquear la espalda contra él sin pensarlo.

"Ay."

"¿Bien."

"Sí. Más así."

Tomi entendió. Se acomodó. Me agarró las caderas con las dos manos, despacio, y se empezó a mover con un poco más de ritmo. Yo metí una mano debajo. Me empecé a tocar el clítoris al ritmo de él. Y entendí ahí, en ese momento, lo que las amigas que ya lo habían hecho me habían tratado de explicar y no me habían podido. La combinación. La cosa de tenerlo atrás mientras me tocaba adelante. Esa pinza. Ese lugar en el medio donde se juntaban las dos sensaciones.

Empecé a gemir contra la almohada. Bajo, sin control. Tomi seguía despacio, leyéndome, sin acelerar. Cuando sintió que yo me iba acercando aceleró un poco. Yo me toqué más rápido. Sentí la ola armándose. Una ola que venía de un lugar nuevo, más profundo, una ola que no era como las que yo conocía.

"Me vengo."

"Vení."

"Me vengo, me vengo."

Me vine apretándolo entero adentro. El músculo se contrajo solo, fuerte, una vez, dos veces, tres, cuatro, en oleadas, cerrándose sobre él. Tomi hizo un ruido áspero contra mi nuca y se aguantó. No se vino. Esperó. Se quedó quieto adentro mientras yo terminaba, dejándome contraerme contra él hasta el final.

Cuando me aflojé, me besó la nuca.

"¿Querés que termine."

"Adentro."

"¿Segura."

"Adentro."

Se movió media docena de veces más, despacio, y se vino. Lo sentí. Caliente, profundo, distinto a sentirlo adelante. Se aguantó arriba mío todo el tiempo, abrazándome desde atrás, hasta que se le pasó.
Salió despacio. Muy despacio. Me quedé boca abajo sin moverme. Sentí el vacío atrás. Sentí lo que él me había dejado adentro. Sentí el cuerpo cambiado.

Tomi se levantó. Volvió con una toalla tibia. Me limpió con paciencia, sin hablar. Tiró la toalla al piso. Se acostó al lado mío. Me corrió el pelo de la cara.

"Hola."

"Hola."

"¿Cómo estás."

Pensé un segundo largo cómo contestar esa pregunta.

"Tengo cuerpo nuevo."

"¿Cuerpo nuevo."

"Como si hubiera un lugar que yo no usaba y ahora lo uso. Como si hubiera más de mí."

Tomi se rió bajito. Me besó la frente.

"Te amo."

"Yo también."

"¿Otra vez."

"Otra vez sí. Pero no esta noche."

"No, claro. No esta noche."

Me dormí con él abrazándome desde atrás, una pierna entre las mías, la respiración contra mi nuca. Antes de dormirme del todo pensé, muy claro, que esto lo había decidido yo. Que había leído sola, que me había preparado sola, que había elegido el día, que había elegido el cómo, que había elegido el momento de empujar. Que Tomi había estado del otro lado esperando, pero que el cuerpo nuevo era mío.

Esa frase iba a volver años después, en otra cama, con otro hombre más en la habitación, y yo la iba a reconocer cuando volviera. Pero esa noche todavía no lo sabía. Esa noche me dormí pensando solamente que mañana iba a despertarme distinta y que estaba bien.[/quote]
Tomi nunca me lo pidió. Eso es lo primero. En cinco años de pareja, ni una vez. Y yo creo que por eso mismo me empezó a obsesionar.

Habíamos hablado del tema, claro. En la cama, después de coger, en esas conversaciones largas medio dormidas donde se dicen cosas que de día no se dicen. Yo le había preguntado si quería. Él me había dicho que sí. Yo le había preguntado por qué no me lo pedía. Él me había dicho porque no quiero que lo hagas para complacerme. Si lo querés hacer alguna vez, lo vas a hacer vos. Y mientras tanto está perfecto así.

Eso fue tres años antes. Y durante tres años quedó ahí, suspendido, como una pregunta abierta que ninguno de los dos volvía a tocar.

Lo empecé a pensar en serio en marzo. No sé por qué marzo. Una amiga me había contado de una experiencia mala, una historia fea con un ex que la había forzado, y yo me había vuelto a casa pensando justamente lo opuesto: que yo tenía a alguien con quien podía no tener miedo. Que si había una manera de hacer eso bien, era con Tomi. Que el tema no era el qué, era el con quién.

Empecé a buscar cosas en internet sola, de noche, con el celular bajo las sábanas. Foros. Videos. Artículos serios. Leí más sobre mi propio cuerpo en dos semanas que en toda mi vida. Aprendí palabras que no sabía. Aprendí qué músculos estaban involucrados, cómo se relajaban, cómo se contraían. Aprendí que tenía que respirar. Aprendí que el dolor no era el precio, que si dolía estaba mal hecho.
Una noche en la ducha me probé con un dedo. El mío. Con jabón al principio, después me di cuenta de que estaba mal, salí, busqué aceite de coco en la cocina, volví. Lo hice despacio. Tenía la cabeza apoyada contra los azulejos. Pensé que iba a ser desagradable y no fue. Fue raro. Fue una sensación nueva, sin contexto, sin un archivo previo donde ponerla. Me quedé un rato así, quieta, sintiendo, calibrando.
A la semana siguiente probé con dos.

A las dos semanas me compré algo. Online, con cuenta de mercado libre nueva, dirección de retiro en una sucursal. Un juguete chico, el más chico que había, pensado justamente para empezar. Me llegó en una caja sin marca. Lo dejé en el cajón de la mesa de luz, debajo de unas medias, durante cuatro días sin tocarlo.

El quinto día Tomi se fue a Mendoza por trabajo. Tres noches sola en el departamento. La primera no hice nada. La segunda lo saqué del cajón, lo miré, lo volví a guardar. La tercera lo usé.

Me llevó casi una hora prepararme. Música, vino, una sola luz prendida. Me toqué primero por adelante, mucho, hasta estar bien empapada y bien aflojada. Después usé el juguete con paciencia, parándome cuando me pasaba de incómodo, volviendo cuando aflojaba. Cuando lo tuve adentro me quedé quieta diez minutos, respirando, acostumbrándome. Después me toqué el clítoris con la otra mano y me vine de una forma que no había sentido antes, una cosa que me agarró desde más abajo, más adentro, como si me viniera desde un lugar nuevo del cuerpo.

Me quedé acostada después, transpirando, mirando el techo, y supe dos cosas al mismo tiempo. Una, que quería hacerlo con Tomi. Dos, que tenía que decírselo bien.

Tomi volvió un martes a la noche. Lo dejé descansar. El miércoles cocinamos juntos y vimos una serie. El jueves, después de cenar, en el sillón, le dije.

"Quiero probar."

No me preguntó qué. Sabía. Tres años después, sabía.

"¿Cuándo."

"El sábado."

"¿Estás segura."

"Estoy lista. Ya me preparé sola. Quiero hacerlo con vos."

Esa noche cogimos por adelante, normal, pero distinto. Él estaba más despacio que de costumbre, como si estuviera empezando algo que iba a continuar el sábado. Me besó mucho. Me dijo cosas al oído. Cuando se vino me apretó largo y me dijo te amo de una forma que tenía algo de gracias adentro.
El viernes fue el día más raro. Caminé todo el día con la cosa adentro de la cabeza. En el laburo me distraía. En el subte miraba a la gente y pensaba cuántas de estas personas habrán hecho lo que voy a hacer mañana. A la noche Tomi llegó con una bolsita de farmacia. Lubricante. Bueno, el caro, el que yo había leído que era el mejor. Lo dejó arriba de la mesa de luz sin decir nada y se fue a bañar. Cuando salió del baño le agarré la cara y lo besé largo.

"Gracias."

"De nada."

"Por todo."

"De nada."

El sábado dormí hasta tarde. Desayunamos. Salí a caminar sola por la mañana porque necesitaba mover el cuerpo. A la tarde me bañé largo. Me preparé sola otra vez, con el juguete chico, para llegar relajada. Tomi me dejó hacerlo sola, no me preguntó nada cuando salí del baño con cara de haber estado ahí mucho rato. Cenamos liviano. Tomamos una copa de vino cada uno, no más. Yo no quería estar borracha. Quería estar entera para esto.

Nos acostamos cerca de las once. Yo había puesto sábanas limpias antes. Toallas dobladas al costado de la cama, porque había leído que era buena idea. Tomi vio las toallas y entendió y no dijo nada.
Nos besamos un rato largo, vestidos. Después en ropa interior. Después desnudos. Tomi me desvistió como me desviste siempre, con paciencia, besando lo que iba apareciendo. Yo lo desvestí a él más rápido porque tenía las manos torpes. Cuando estuvimos los dos desnudos me agarró la cara con las dos manos.

"Si en algún momento querés parar, paramos. No me importa en qué punto estemos. Decime y paro."

"Ya sé."

"Decímelo."

"Te lo digo."

Me besó. Me acostó boca arriba. Y ahí Tomi hizo algo que no me esperaba. Me bajó por el cuerpo, despacio, besando, hasta que terminó entre mis piernas. Y me chupó. Con tiempo. Con paciencia. Como si esa fuera la única cosa que iba a pasar esa noche. Yo había pensado que íbamos a ir directo, que con la preparación previa alcanzaba, y él hizo lo contrario. Me llevó arriba primero. Me hizo venir con la boca, despacio, hasta que terminé temblando con las dos manos en su pelo.

Cuando subió, me besó la cara, las mejillas, los párpados. Me dijo al oído:
"Quería que la primera cosa que sintieras esta noche fuera eso."

Me dio vuelta. Boca abajo, con una almohada bajo las caderas para que el culo quedara levantado. Apoyó el pecho sobre mi espalda un segundo, todo su peso, dejándome sentir que estaba ahí. Después se acomodó atrás.

Empezó con un dedo. Mucho lubricante. Más del que yo había usado nunca. Sentí el frío y después sentí el dedo, despacio, hasta el nudillo, después entero. Tomi conocía mi cuerpo de adelante pero atrás no, y eso lo sentí, esa diferencia, esa cosa de que estaba aprendiendo en tiempo real. Se movió despacio. Me preguntó.

"¿Bien."

"Bien."

"¿Más."

"Más."

Dos dedos. Ahí sentí más. Sentí la apertura, ese estiramiento que tenía registrado de la ducha, esa cosa que el cuerpo registra como invasión y después como otra cosa. Respiré como había aprendido a respirar. Bajé los hombros. Solté la mandíbula. Me había dado cuenta esa semana de que sin querer apretaba la mandíbula, y que si soltaba la mandíbula se soltaba todo lo demás.

Tomi se tomó su tiempo con los dos dedos. Mucho más del que yo creía necesario. Después de un rato largo le dije:

"Ya."

"¿Segura."

"Sí. Vení."

Sacó los dedos. Sentí que se acomodaba atrás. Sentí más lubricante, mucho, frío en el medio de las cachas. Y después la cabeza de la pija apoyada en la entrada. No empujó. Se quedó ahí, apoyado, dejándome sentir el contacto, dejándome acostumbrarme a la idea.

"Respirá."

Respiré.

"Otra."

Respiré.

"Cuando vos digas."

Y ahí entendí algo. Que él me estaba dejando el control a mí. Que él no iba a empujar. Que el que empujaba iba a ser yo, hacia atrás, contra él. Eso me cambió todo. Eso me sacó el último resto de miedo. Empujé hacia atrás, despacio, y sentí cómo la cabeza me iba entrando. La parte más ancha. Ese momento.

Hice un ruido. Largo, bajo, contra la almohada. No era dolor exactamente. Era el cuerpo registrando algo grande. Tomi se quedó quieto.

"¿Paramos."

"No. No pares."

"No estoy haciendo nada. Estás haciendo vos."

"Ya sé. Quedate ahí."

Me quedé un minuto larguísimo con la cabeza de la pija adentro, sin que ninguno de los dos se moviera. Sentí el latido. El mío y el de él. Sentí cómo el músculo se iba aflojando alrededor, cómo se acomodaba. Sentí una ola de calor que me subió por la espalda. Sentí algo más, algo que no había sentido en la ducha sola, que era el peso de él detrás, la respiración de él detrás, la presencia de él. Eso era lo que faltaba. Eso era la diferencia.

Empujé otro poco. Otro centímetro. Sentí cómo iba entrando, despacio, ese deslizarse hacia adentro que yo no había sentido nunca por ese lado. Sentí lleno. Sentí una plenitud distinta a la de adelante, más cerrada, más concentrada, una cosa que no podía ignorar, que ocupaba toda mi atención.

"Más."

Otro centímetro. Otro. Llegó un momento en que sentí sus pelotas contra mí y supe que estaba entero adentro. Me quedé quieta. Él se quedó quieto. Apoyó el pecho en mi espalda otra vez, todo su peso, abrazándome desde atrás, la cara contra mi nuca.

"Te amo", me dijo al oído. "Te amo, te amo, te amo."

Y ahí lloré. Una cosa chica, dos lágrimas, contra la almohada. No era dolor. No era miedo. No sabía qué era. Era el cuerpo soltando algo. Era la confianza llegando a un lugar nuevo. Era él entero adentro mío de una forma que no había estado nunca.

"¿Estás bien."

"Estoy bien."

"¿Por qué llorás."

"No sé. Quedate. No te muevas todavía."

Se quedó. Un minuto. Dos. Tres. Yo lo sentía latir. Él me sentía latir a mí. Y cuando se me aflojó del todo, cuando sentí que el cuerpo había dicho que sí del todo, le dije que se moviera.

Salió un poco. Volvió a entrar. Despacio. Una vez. Otra. Despacio siempre, sin acelerar. Yo me concentré en respirar y en sentir. Sentir todo. La textura distinta. La fricción distinta. La forma en que él entraba y salía de un lugar que era mío y que hasta esa noche había sido solo mío.

A los pocos minutos algo cambió. La incomodidad se fue. Quedó otra cosa. Una cosa caliente que me subía. Una cosa que me hizo arquear la espalda contra él sin pensarlo.

"Ay."

"¿Bien."

"Sí. Más así."

Tomi entendió. Se acomodó. Me agarró las caderas con las dos manos, despacio, y se empezó a mover con un poco más de ritmo. Yo metí una mano debajo. Me empecé a tocar el clítoris al ritmo de él. Y entendí ahí, en ese momento, lo que las amigas que ya lo habían hecho me habían tratado de explicar y no me habían podido. La combinación. La cosa de tenerlo atrás mientras me tocaba adelante. Esa pinza. Ese lugar en el medio donde se juntaban las dos sensaciones.

Empecé a gemir contra la almohada. Bajo, sin control. Tomi seguía despacio, leyéndome, sin acelerar. Cuando sintió que yo me iba acercando aceleró un poco. Yo me toqué más rápido. Sentí la ola armándose. Una ola que venía de un lugar nuevo, más profundo, una ola que no era como las que yo conocía.

"Me vengo."

"Vení."

"Me vengo, me vengo."

Me vine apretándolo entero adentro. El músculo se contrajo solo, fuerte, una vez, dos veces, tres, cuatro, en oleadas, cerrándose sobre él. Tomi hizo un ruido áspero contra mi nuca y se aguantó. No se vino. Esperó. Se quedó quieto adentro mientras yo terminaba, dejándome contraerme contra él hasta el final.

Cuando me aflojé, me besó la nuca.

"¿Querés que termine."

"Adentro."

"¿Segura."

"Adentro."

Se movió media docena de veces más, despacio, y se vino. Lo sentí. Caliente, profundo, distinto a sentirlo adelante. Se aguantó arriba mío todo el tiempo, abrazándome desde atrás, hasta que se le pasó.
Salió despacio. Muy despacio. Me quedé boca abajo sin moverme. Sentí el vacío atrás. Sentí lo que él me había dejado adentro. Sentí el cuerpo cambiado.

Tomi se levantó. Volvió con una toalla tibia. Me limpió con paciencia, sin hablar. Tiró la toalla al piso. Se acostó al lado mío. Me corrió el pelo de la cara.

"Hola."

"Hola."

"¿Cómo estás."

Pensé un segundo largo cómo contestar esa pregunta.

"Tengo cuerpo nuevo."

"¿Cuerpo nuevo."

"Como si hubiera un lugar que yo no usaba y ahora lo uso. Como si hubiera más de mí."

Tomi se rió bajito. Me besó la frente.

"Te amo."

"Yo también."

"¿Otra vez."

"Otra vez sí. Pero no esta noche."

"No, claro. No esta noche."

Me dormí con él abrazándome desde atrás, una pierna entre las mías, la respiración contra mi nuca. Antes de dormirme del todo pensé, muy claro, que esto lo había decidido yo. Que había leído sola, que me había preparado sola, que había elegido el día, que había elegido el cómo, que había elegido el momento de empujar. Que Tomi había estado del otro lado esperando, pero que el cuerpo nuevo era mío.

Esa frase iba a volver años después, en otra cama, con otro hombre más en la habitación, y yo la iba a reconocer cuando volviera. Pero esa noche todavía no lo sabía. Esa noche me dormí pensando solamente que mañana iba a despertarme distinta y que estaba bien.

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