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A la salud de esas maestras putonas

La sala de aquella casa estaba llena de risas infantiles, globos de colores y el olor dulce del pastel recién cortado. Entre los padres que observaban el festejo, Jorge y Carlos coincidieron como otros desconocidos, sólo por ser padres de familia. Pero; sin siquiera conocerse; ambos tenían algo en común, aunque sin saberlo aún.

Sus hijos jugaban juntos y, cuando la profesora de pre-escolar del pequeño cumpleañero se ofreció a coordinar una coreografía sencilla para los niños, ambos hombres se quedaron clavados en el mismo punto: el movimiento hipnótico de aquellas amplias caderas y el modo en que la tela roja se ceñía a su trasero redondo y firme con cada paso.


A la salud de esas maestras putonas

Sus miradas se cruzaron. Un segundo de vergüenza mutua, y luego una sonrisa cómplice; ambos estaban conscientes de que estaban malviendo a la mencionada instructora con lascivia, ya que sólo ellos parecían percatarse de la calidad sensual de los movimientos de la educadora.

Jorge se acercó con dos vasos de refresco y extendió uno a Carlos.

—Hola, soy Jorge, el papá de Mateo —dijo, estrechando la mano del otro.

—Carlos, padre de Diego. Un placer.

—Oye... ¿viste eso? —Jorge bajó un poco la voz, señalando discretamente con la cabeza hacia la instructora que ahora repartía premios—. Esa mujer tiene un culo que no merece estar guiando baile infantil. Es pecado.

Carlos soltó una risa baja, aliviado.

—Te juro que pensé que era el único que se había dado cuenta. Se mueve como si supiera exactamente lo que provoca y aún así lo hace a consciencia. Mira cómo se le marca todo...

—No me jodas. Algunas profesoras deberían venir con advertencia: Cuidado que soy putona.

—Exacto.

—Yo ya perdí la cuenta de cuántas veces he tenido que disimular una erección en eventos escolares. ¿Tú también?

—Más de las que admitiría delante de mi mujer —contestó Carlos y soltó una carcajada—. De hecho, me pasó algo el año pasado que todavía me calienta cuando lo recuerdo. ¿Quieres oírlo?

Jorge miró hacia donde los niños devoraban el pastel y, con la seguridad de que su hijo estaba a distancia, asintió, acercándose más.

—Claro que sí. Cuéntame.

Carlos bajó la voz, pero su tono se volvió más íntimo, casi confidencial.

—Una ocasión, la maestra de catecismo de otro de mis hijos, Laura, de unos treinta y cuatro años, casada, aunque sin hijos... muy devota, eso sí, organizó una presentación para el Día de Pascua en la congregación. Se disfrazó de conejita. Traje blanco de licra que se le pegaba como pintura. Se le marcaban los pezones, el culo... todo; las orejas largas, pero lo que me volvió loco fue la colita de pompón... cómo brincaba. Pinche puta. Ese culo se movía con tanta hambre que parecía que estaba pidiendo de comer. Ella quería que se la cogieran ahí mismo.
Maestra


Jorge sonrió, ya claramente excitado con el relato.

—¿Y tu mujer?

—Estaba sentada justo al lado, comentándome lo “lindo” que era los disfraces de los niños —Carlos rió burlonamente—. Yo tenía la verga como piedra debajo del pantalón. En uno de los giros Laura me miró directo a los ojos y exageró un movimiento de caderas, lento, circular, como si se me estuviera ofreciendo la muy puta. Tragué saliva y ella sonrió con picardía.

El hombre hizo una pausa, saboreando el recuerdo.

—Cuando terminó el show, Marta llevó a los niños al baño. Y yo no perdí el tiempo. Me acerqué a Laura mientras se secaba el cuello. El licra estaba húmedo, se le transparentaba el escote. Le di agua, la felicité. Ella me dijo, aún agitada: ‘Gracias. La verdad es que... bueno, me animé por los niños. Verlos sonriendo... tan alegres... me llena el alma’. Nos quedamos mirándonos un instante en silencio. Ella sonreía, aunque nerviosamente. Yo la veía con deleite. No disimulé al recorrerle el cuerpo con la mirada. Ella no protestó. Había cierta conexión. Noté que ella tenía los ojos ligeramente más brillantes que de costumbre, y sus pupilas estaban dilatadas. Con cualquier pretexto le pedí su número de celular. No me despedí sin volver a destacar su desempeño y su buen aspecto físico. Días después la invité a comer.

—¿Y aceptó? —preguntó Jorge, intrigado.

—Sí, sin hacerse del rogar. Ya en el restaurante me contó la verdad: Tenía problemas con el marido. Llevaba casi dos años intentando tener un hijo, pero él casi ni la tocaba. Ella estaba desesperada por ser madre... y, según me di cuenta, por sentirse deseada de verdad. Me miró con esos ojos brillantes y supe lo que necesitaba. Quería que alguien la cogiera como se lo merecía, sin culpa, sin rezos de por medio.

Jorge soltó una risotada demasiado sonora para el lugar en el que estaban.

—Yo encantado, ya te imaginarás. Salimos del restaurante directo a un motel. Apenas cerré la puerta de la habitación, la besé con todo. Le agarré ese culo grande y suave que tanto había admirado en el disfraz y lo apreté fuerte; mis manos no lo abarcaban del todo... ¡pinche culote! Ella gemía en mi boca, temblando. “Quiero que me lo hagas”, me suplicó. Para ella significaba “házme un hijo”, pero yo sabía que también quería que la cogiera muy, muy rico.

Carlos siguió, la voz más ronca:

—La desnudé. Tenía unas tetas perfectas, firmes, bien cargadas; pezones rosados y duros. Se las chupé como loco mientras ella me sacaba la verga. “¡Ay... está muy dura!”, exclamó, casi sorprendida. Se giró sola, apoyó las manos en la pared, arqueó la espalda y me ofreció ese panochón empapado. Brillaba de lo mojada que estaba. Entré de un empujón hasta el fondo. Estaba caliente, apretada... jodidamente rica.

Su oyente no disimulaba la excitación que aquella anécdota le estaba provocando.

—Gemía como loca. “¡Más fuerte…! Quiero sentir que me estás embarazando”, así me decía. La agarré del pelo y de la cadera y empecé a darle duro. Le frotaba el clítoris mientras la embestía. Se corrió temblando entera, apretándome la verga con sus contracciones vaginales que casi me sacan el alma. Me suplicaba: “No pares… préñame, vente dentro, lléname”. Eso me volvió loco. Me la chingué más rápido, más profundo, hasta que no aguanté más y le descargué todo adentro, chorros calientes y espesos, carnal. Se quedó con mi semen bien adentro, y luego le corrió por los muslos, me besó suave y me dijo “gracias” con una sonrisa satisfecha —Carlos se encogió de hombros, sonriendo—. Ni siquiera se bañó. Se arregló y, llevando mi leche todavía dentro, me pidió que la llevara a casa.

—No chingues, prácticamente la llevaste a los brazos de su marido ya inseminada —comentó Jorge.

Carlos soltó una carcajada y asintió.

—Así que esa mujer solo te usó de semental.

—Totalmente... ¡pinche vieja puta! —admitió Carlos, orgulloso—. Pero valió cada gota. Esa pucha caliente, apretada, la forma en que me ordeñaba mientras me rogaba que la llenara... no, no, no. Todavía me caliento cuando lo recuerdo.

Ambos miraron de nuevo hacia la instructora de baile, que ahora repartía rebanadas de pastel a los invitados. Los hombres compartieron una sonrisa cómplice.

—Salud por esas maestras putonas —dijo Jorge, levantando su vaso de refresco.

—Salud —respondió Carlos—. Que nunca dejen de mover el culo así.

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