Doña Lupe era una abuelita mexicana de sesenta y tres años, pero nadie lo diría al verla. Con su pelo plateado recogido en una trenza apretada, su carita redonda siempre pintada con un poquito de colorete y esa sonrisa que arrugaba sus ojitos castaños, parecía la abuelita de todos los que la querían. Pero Lupe no era de quedarse en casa tejiendo. Tres veces por semana se ponía sus leggins negros ajustados, su camiseta de algodón con el escudo del Club América y sus tenis fluorescentes para ir al gimnasio del barrio. “¡Hay que moverse, mijos, que el cuerpo es templo!”, les decía a sus nietos por teléfono, y luego se reía sola porque ella misma se sentía más viva que nunca sudando entre las máquinas.
Aquella tarde de jueves, el gimnasio estaba casi vacío. Solo quedaban los muchachos del turno de la noche: cuatro chavos de entre 18 y 20 años todos músculos duros, piel bronceada y risas fuertes. Lupe terminaba su rutina de sentadillas en la esquina de las pesas cuando escuchó risas ahogadas y voces bajas que venían del vestidor de hombres. La puerta estaba entreabierta. Por pura curiosidad de abuelita chismosa, se acercó un poquito, limpiándose el sudor de la frente con la toalla.
—Órale, carnal, ¿quién la tiene más grande hoy? —decía uno de ellos, el más alto, llamado Kevin, bajándose los shorts sin vergüenza.
—Pinche concurso de siempre —se rio otro, el moreno de tatuajes en los brazos, que se llamaba Diego—. Pero hoy subimos la apuesta: el que se corra más lejos y más abundante gana la ronda extra de proteína de todos.
Lupe se quedó congelada. Sus ojos se abrieron como platos. Ahí estaban los cuatro, completamente desnudos de la cintura para abajo, midiendo con una cinta métrica sus vergas duras y gruesas, riéndose y dándose palmadas en los hombros. Uno de ellos, el más joven y guapo, el que se llamaba Alex, tenía una verga tan gruesa que la cinta apenas alcanzaba. Lupe sintió que le ardían las mejillas. “¡Ay, Virgencita de Guadalupe! ¿Qué es esto? Estos muchachitos… jugando como si nada…” pensó, pero no pudo apartar la mirada. Sus piernas, fuertes de tanto ejercicio, temblaron un poquito.
Doña Lupe se quedó parada en la puerta entreabierta del vestidor de hombres, con la toalla todavía en la mano y el corazón latiéndole tan fuerte que parecía que iba a salírsele del pecho. Los cuatro muchachos —Kevin, Diego, Alex y Marco— estaban ahí, completamente desnudos de la cintura para abajo, vergas duras y gruesas apuntando al techo, riéndose bajito mientras uno de ellos sostenía la cinta métrica. El olor a sudor joven y a loción de gym le llenó la nariz. Sus piernitas chaparritas temblaron dentro de los leggins negros.
“¡Ay, Dios mío bendito! ¿Qué estoy haciendo aquí, Virgencita de Guadalupe? Soy una señora decente, abuelita de tres nietos, chaparrita y todo… ¿Cómo se me ocurrió acercarme? Debería dar la media vuelta y salir corriendo antes de que alguien me vea. ¿Y si entra otro del gym? ¿Y si mis hijos se enteran? Me moriría de la vergüenza… Una mujer de sesenta y tres años, con mi carita pintada de colorete y labial rojo, metida en esto. Esto no está bien, Lupe, esto es pecado… ¿qué diría el padre en la misa del domingo?”
En ese momento, Alex giró la cabeza y la vio. En vez de asustarse, sonrió con esa sonrisa pícara de galán de telenovela.
—Doña Lupe… ¿usted por aquí? —dijo sin cubrirse, y los demás se voltearon también, sin prisa.
Lupe quiso correr, pero sus pies no respondieron. “¡Qué pena, Dios mío! Me van a pensar una vieja loca… pero… ay, qué grandotes están todos…”
—Abuelita, no se asuste —intervino Kevin, acercándose con la toalla en la mano pero sin taparse del todo—. Es solo un juego entre nosotros. Nada malo. Usted siempre nos dice que hay que competir sano, ¿no? Para ser mejores.
Diego se rio bajito. —Y la verdad, doña, necesitamos un juez imparcial. Una señora como usted, que no se deja impresionar fácil… ¿Nos haría el favor? Sería solo mirar y decidir quién gana. Le prometemos que nadie se va a enterar.
Lupe tragó saliva. Sus ojitos castaños se movían de una verga a otra, sin poder evitarlo. Sentía las mejillas ardiendo como si le hubieran echado chile.
“¡Madre santa! Estos chamacos… tan jóvenes, tan confiados, pidiéndome a mí, a la abuelita tierna del barrio, que sea su juez. ¿Yo? ¿La que siempre les da consejos de ‘hay que portarse bien, mijos’? Esto está mal, muy mal. Soy demasiado vieja para estas cosas, demasiado chaparrita, demasiado… decente. ¿Y si me arrepiento después? ¿Y si esto me cambia? Mi difunto Pancho nunca me vio así… ¿qué pensaría de mí ahora? Debería decirles que no, que soy una señora respetable, que vayan a buscar a otra…”
Pero sus pies no se movieron. Se quedó ahí, mordiéndose el labio inferior, con las manos apretando la toalla como si fuera un rosario.
tan jóvenes, tan fuertes… y yo aquí, vieja y curiosa. Pero… se ven tan confiados. Y la verdad, nunca había visto nada igual. Me siento… rara. Como si me estuvieran pidiendo que cuide de ellos, pero de otra forma…”
—Ay, muchachos… yo soy una señora decente —murmuró, pero su voz salió más suave de lo que quería—. ¿Cómo se les ocurre involucrar a una abuelita?
Alex se acercó más, todavía con la verga tiesa balanceándose. —Porque usted es la más tierna del gimnasio, doña Lupe. La que siempre nos anima, la que nos da consejos. Sería… como una madrina del concurso. Solo mire, decida quién la tiene más grande y quién se corre más abundante. Nada más. Y si quiere, hasta puede… tocar la cinta métrica para que sea más justo.
Los cuatro la rodearon con esa mezcla de respeto y picardía juvenil. Lupe sintió el calor de sus cuerpos sudados. Olían a esfuerzo y a hombre joven. “Ay, Dios… mi cara debe estar roja como tomate. Pero… ¿qué daño hace? Solo soy la juez. Nadie se va a enterar. Y la Abuelita, usted siempre nos anima en el gym. Sería… como una madrina. Solo un rato. Por favor.
“¡Ay, no! Me están rogando… con esas caritas de niños grandes. Me siento halagada, eso sí, pero… ¿y mi reputación? Si alguien me ve aquí, toda sudada del ejercicio, rodeada de vergas jóvenes… Diosito, perdóname, pero me late la pancita de una forma que no debería. ¿Será que en el fondo quiero? No, Lupe, no. Tú eres la abuelita consentidora, no una cualquiera. Pero… mira cómo me miran, como si yo fuera especial, como si me necesitaran. Nadie me ha necesitado así en años…”
Lupe bajó la mirada al piso de baldosas, respirando agitada. El silencio se hizo eterno en su cabeza.
“Esto es una locura. Soy chaparrita, vieja, con arruguitas en la cara… ¿qué hago yo metida en un concurso de vergas y lechadas? Debería rezar un avemaría y salir. Pero… ay, Virgencita… se ven tan necesitados, tan jóvenes, tan… impresionantes. Y yo aquí, sintiéndome útil de una forma que nunca imaginé. ¿Y si solo miro? Solo soy la juez. Nada más. Nadie se entera. Solo un ratito… para hacerlos felices. ¿Qué daño hace?”
Al fin levantó la vista. Su voz salió bajita, temblorosa, pero decidida:
—Está bien, mijos —aceptó al fin, con la voz temblorosa pero decidida—. Pero solo como juez y jurado, ¿eh? Nada de travesuras con la abuelita.
Los muchachos aplaudieron y la llevaron al centro del vestidor. Pusieron una banca para que se sentara como reina. Uno por uno se pararon frente a ella, vergas duras y venosas apuntando al techo. Lupe, con las manos temblando, tomó la cinta métrica que le ofrecieron.
—Ay, Kevin… la tuya está bien gruesa, pero la de Alex… ¡madre santa! —susurró mientras medía, sintiendo el calor que emanaba de la piel tersa—. Diecinueve centímetros… Dios mío, qué cosa tan grande…
Sus pensamientos volaban: “Nunca imaginé que los muchachos de hoy en día tuvieran esto así… tan duro, tan caliente. Me siento como una niña traviesa, pero soy su abuelita. Tengo que ser justa…”
Después vino la segunda ronda. Los cuatro se pusieron en fila, cada uno masturbándose fuerte y rápido mientras Lupe los observaba con los ojos muy abiertos. “Míralos… tan concentrados, tan jóvenes… sus manos moviéndose tan rápido. Ay, qué barbaridad… yo aquí sentada como si nada, pero mi pancita está toda revuelta.”
—Abuelita, díganos quién va ganando —jadeó Diego, con la verga palpitando.
—Todavía no, mijo… sigan, sigan parejo —respondió ella, mordiéndose el labio inferior sin darse cuenta.
Uno por uno empezaron a correrse. Primero Kevin, con un chorro largo y espeso que salpicó el piso de baldosas. Luego Diego, más abundante, casi llegando a los pies de Lupe. Alex fue el siguiente: su verga se hinchó y soltó tres, cuatro, cinco chorros potentes, blancos y calientes, que cayeron justo sobre la banca y salpicaron un poco las zapatillas de la abuelita.
El último, el más callado, se llamaba Marco. Y cuando llegó su turno, explotó como una fuente. Chorros y chorros gruesos, abundantes, que volaron más lejos que los demás y, sin que nadie lo planeara, uno de ellos aterrizó directo en la frente y bajo por su nariz yotro en la mejilla de Lupe.
—Ay… —suspiró ella, sintiendo el calor pegajoso en su cara. No se limpió. Solo se quedó quieta, con los ojos brillantes.
Los muchachos se quedaron mudos un segundo, pero luego rieron con orgullo.
—Ganó Marco, abuelita —dijo Alex, jadeando—. Pero… mire cómo le quedó la cara… parece que le pintamos un cuadro.
Lupe se pasó la lengua por el labio inferior, probando el sabor salado y tibio. “Ay, Virgencita… estoy con toda la cara llena de leche de estos jovencitos. Debería estar avergonzada… pero me siento… querida. Como si me hubieran dado un regalo de su juventud. Mi carita de abuelita , toda blanca y brillante… y ellos mirándome como si fuera la reina del gimnasio.”
Se levantó despacio, con dignidad, pero con una sonrisa pícara que nunca le habían visto.
—Ganó Marco, mijos. La más grande era de Alex, pero el que se corrió más abundante y más lejos… fue este chamaco. —Señaló al ganador, que se hinchó de orgullo—. Y ahora… la abuelita se va a bañar. Pero la próxima semana… si quieren, la juez puede volver a ser imparcial.
Los cuatro la rodearon, dándole besos en la frente y en las manos, todavía con las vergas semi-duras.
—Usted es la mejor, doña Lupe —murmuró Kevin.
Y mientras caminaba hacia las regaderas, con la cara todavía pintada de blanco espeso y brillante, Lupe pensó para sus adentros: “Ay, Dios… qué loca me estoy volviendo en mi vejez. Pero qué rico se siente ser la abuelita que estos muchachitos necesitan. Mañana mismo me compro un labial más rojo… por si acaso.”
Y sonrió, sintiéndose más joven y más traviesa que nunca
Aquella tarde de jueves, el gimnasio estaba casi vacío. Solo quedaban los muchachos del turno de la noche: cuatro chavos de entre 18 y 20 años todos músculos duros, piel bronceada y risas fuertes. Lupe terminaba su rutina de sentadillas en la esquina de las pesas cuando escuchó risas ahogadas y voces bajas que venían del vestidor de hombres. La puerta estaba entreabierta. Por pura curiosidad de abuelita chismosa, se acercó un poquito, limpiándose el sudor de la frente con la toalla.
—Órale, carnal, ¿quién la tiene más grande hoy? —decía uno de ellos, el más alto, llamado Kevin, bajándose los shorts sin vergüenza.
—Pinche concurso de siempre —se rio otro, el moreno de tatuajes en los brazos, que se llamaba Diego—. Pero hoy subimos la apuesta: el que se corra más lejos y más abundante gana la ronda extra de proteína de todos.
Lupe se quedó congelada. Sus ojos se abrieron como platos. Ahí estaban los cuatro, completamente desnudos de la cintura para abajo, midiendo con una cinta métrica sus vergas duras y gruesas, riéndose y dándose palmadas en los hombros. Uno de ellos, el más joven y guapo, el que se llamaba Alex, tenía una verga tan gruesa que la cinta apenas alcanzaba. Lupe sintió que le ardían las mejillas. “¡Ay, Virgencita de Guadalupe! ¿Qué es esto? Estos muchachitos… jugando como si nada…” pensó, pero no pudo apartar la mirada. Sus piernas, fuertes de tanto ejercicio, temblaron un poquito.
Doña Lupe se quedó parada en la puerta entreabierta del vestidor de hombres, con la toalla todavía en la mano y el corazón latiéndole tan fuerte que parecía que iba a salírsele del pecho. Los cuatro muchachos —Kevin, Diego, Alex y Marco— estaban ahí, completamente desnudos de la cintura para abajo, vergas duras y gruesas apuntando al techo, riéndose bajito mientras uno de ellos sostenía la cinta métrica. El olor a sudor joven y a loción de gym le llenó la nariz. Sus piernitas chaparritas temblaron dentro de los leggins negros.
“¡Ay, Dios mío bendito! ¿Qué estoy haciendo aquí, Virgencita de Guadalupe? Soy una señora decente, abuelita de tres nietos, chaparrita y todo… ¿Cómo se me ocurrió acercarme? Debería dar la media vuelta y salir corriendo antes de que alguien me vea. ¿Y si entra otro del gym? ¿Y si mis hijos se enteran? Me moriría de la vergüenza… Una mujer de sesenta y tres años, con mi carita pintada de colorete y labial rojo, metida en esto. Esto no está bien, Lupe, esto es pecado… ¿qué diría el padre en la misa del domingo?”
En ese momento, Alex giró la cabeza y la vio. En vez de asustarse, sonrió con esa sonrisa pícara de galán de telenovela.
—Doña Lupe… ¿usted por aquí? —dijo sin cubrirse, y los demás se voltearon también, sin prisa.
Lupe quiso correr, pero sus pies no respondieron. “¡Qué pena, Dios mío! Me van a pensar una vieja loca… pero… ay, qué grandotes están todos…”
—Abuelita, no se asuste —intervino Kevin, acercándose con la toalla en la mano pero sin taparse del todo—. Es solo un juego entre nosotros. Nada malo. Usted siempre nos dice que hay que competir sano, ¿no? Para ser mejores.
Diego se rio bajito. —Y la verdad, doña, necesitamos un juez imparcial. Una señora como usted, que no se deja impresionar fácil… ¿Nos haría el favor? Sería solo mirar y decidir quién gana. Le prometemos que nadie se va a enterar.
Lupe tragó saliva. Sus ojitos castaños se movían de una verga a otra, sin poder evitarlo. Sentía las mejillas ardiendo como si le hubieran echado chile.
“¡Madre santa! Estos chamacos… tan jóvenes, tan confiados, pidiéndome a mí, a la abuelita tierna del barrio, que sea su juez. ¿Yo? ¿La que siempre les da consejos de ‘hay que portarse bien, mijos’? Esto está mal, muy mal. Soy demasiado vieja para estas cosas, demasiado chaparrita, demasiado… decente. ¿Y si me arrepiento después? ¿Y si esto me cambia? Mi difunto Pancho nunca me vio así… ¿qué pensaría de mí ahora? Debería decirles que no, que soy una señora respetable, que vayan a buscar a otra…”
Pero sus pies no se movieron. Se quedó ahí, mordiéndose el labio inferior, con las manos apretando la toalla como si fuera un rosario.
tan jóvenes, tan fuertes… y yo aquí, vieja y curiosa. Pero… se ven tan confiados. Y la verdad, nunca había visto nada igual. Me siento… rara. Como si me estuvieran pidiendo que cuide de ellos, pero de otra forma…”
—Ay, muchachos… yo soy una señora decente —murmuró, pero su voz salió más suave de lo que quería—. ¿Cómo se les ocurre involucrar a una abuelita?
Alex se acercó más, todavía con la verga tiesa balanceándose. —Porque usted es la más tierna del gimnasio, doña Lupe. La que siempre nos anima, la que nos da consejos. Sería… como una madrina del concurso. Solo mire, decida quién la tiene más grande y quién se corre más abundante. Nada más. Y si quiere, hasta puede… tocar la cinta métrica para que sea más justo.
Los cuatro la rodearon con esa mezcla de respeto y picardía juvenil. Lupe sintió el calor de sus cuerpos sudados. Olían a esfuerzo y a hombre joven. “Ay, Dios… mi cara debe estar roja como tomate. Pero… ¿qué daño hace? Solo soy la juez. Nadie se va a enterar. Y la Abuelita, usted siempre nos anima en el gym. Sería… como una madrina. Solo un rato. Por favor.
“¡Ay, no! Me están rogando… con esas caritas de niños grandes. Me siento halagada, eso sí, pero… ¿y mi reputación? Si alguien me ve aquí, toda sudada del ejercicio, rodeada de vergas jóvenes… Diosito, perdóname, pero me late la pancita de una forma que no debería. ¿Será que en el fondo quiero? No, Lupe, no. Tú eres la abuelita consentidora, no una cualquiera. Pero… mira cómo me miran, como si yo fuera especial, como si me necesitaran. Nadie me ha necesitado así en años…”
Lupe bajó la mirada al piso de baldosas, respirando agitada. El silencio se hizo eterno en su cabeza.
“Esto es una locura. Soy chaparrita, vieja, con arruguitas en la cara… ¿qué hago yo metida en un concurso de vergas y lechadas? Debería rezar un avemaría y salir. Pero… ay, Virgencita… se ven tan necesitados, tan jóvenes, tan… impresionantes. Y yo aquí, sintiéndome útil de una forma que nunca imaginé. ¿Y si solo miro? Solo soy la juez. Nada más. Nadie se entera. Solo un ratito… para hacerlos felices. ¿Qué daño hace?”
Al fin levantó la vista. Su voz salió bajita, temblorosa, pero decidida:
—Está bien, mijos —aceptó al fin, con la voz temblorosa pero decidida—. Pero solo como juez y jurado, ¿eh? Nada de travesuras con la abuelita.
Los muchachos aplaudieron y la llevaron al centro del vestidor. Pusieron una banca para que se sentara como reina. Uno por uno se pararon frente a ella, vergas duras y venosas apuntando al techo. Lupe, con las manos temblando, tomó la cinta métrica que le ofrecieron.
—Ay, Kevin… la tuya está bien gruesa, pero la de Alex… ¡madre santa! —susurró mientras medía, sintiendo el calor que emanaba de la piel tersa—. Diecinueve centímetros… Dios mío, qué cosa tan grande…
Sus pensamientos volaban: “Nunca imaginé que los muchachos de hoy en día tuvieran esto así… tan duro, tan caliente. Me siento como una niña traviesa, pero soy su abuelita. Tengo que ser justa…”
Después vino la segunda ronda. Los cuatro se pusieron en fila, cada uno masturbándose fuerte y rápido mientras Lupe los observaba con los ojos muy abiertos. “Míralos… tan concentrados, tan jóvenes… sus manos moviéndose tan rápido. Ay, qué barbaridad… yo aquí sentada como si nada, pero mi pancita está toda revuelta.”
—Abuelita, díganos quién va ganando —jadeó Diego, con la verga palpitando.
—Todavía no, mijo… sigan, sigan parejo —respondió ella, mordiéndose el labio inferior sin darse cuenta.
Uno por uno empezaron a correrse. Primero Kevin, con un chorro largo y espeso que salpicó el piso de baldosas. Luego Diego, más abundante, casi llegando a los pies de Lupe. Alex fue el siguiente: su verga se hinchó y soltó tres, cuatro, cinco chorros potentes, blancos y calientes, que cayeron justo sobre la banca y salpicaron un poco las zapatillas de la abuelita.
El último, el más callado, se llamaba Marco. Y cuando llegó su turno, explotó como una fuente. Chorros y chorros gruesos, abundantes, que volaron más lejos que los demás y, sin que nadie lo planeara, uno de ellos aterrizó directo en la frente y bajo por su nariz yotro en la mejilla de Lupe.
—Ay… —suspiró ella, sintiendo el calor pegajoso en su cara. No se limpió. Solo se quedó quieta, con los ojos brillantes.
Los muchachos se quedaron mudos un segundo, pero luego rieron con orgullo.
—Ganó Marco, abuelita —dijo Alex, jadeando—. Pero… mire cómo le quedó la cara… parece que le pintamos un cuadro.
Lupe se pasó la lengua por el labio inferior, probando el sabor salado y tibio. “Ay, Virgencita… estoy con toda la cara llena de leche de estos jovencitos. Debería estar avergonzada… pero me siento… querida. Como si me hubieran dado un regalo de su juventud. Mi carita de abuelita , toda blanca y brillante… y ellos mirándome como si fuera la reina del gimnasio.”
Se levantó despacio, con dignidad, pero con una sonrisa pícara que nunca le habían visto.
—Ganó Marco, mijos. La más grande era de Alex, pero el que se corrió más abundante y más lejos… fue este chamaco. —Señaló al ganador, que se hinchó de orgullo—. Y ahora… la abuelita se va a bañar. Pero la próxima semana… si quieren, la juez puede volver a ser imparcial.
Los cuatro la rodearon, dándole besos en la frente y en las manos, todavía con las vergas semi-duras.
—Usted es la mejor, doña Lupe —murmuró Kevin.
Y mientras caminaba hacia las regaderas, con la cara todavía pintada de blanco espeso y brillante, Lupe pensó para sus adentros: “Ay, Dios… qué loca me estoy volviendo en mi vejez. Pero qué rico se siente ser la abuelita que estos muchachitos necesitan. Mañana mismo me compro un labial más rojo… por si acaso.”
Y sonrió, sintiéndose más joven y más traviesa que nunca
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