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El loco fanatismo de mi novia 1

Capítulo 1: El regalo imposible
Daniela siempre había sido de esas personas que guardan sus deseos más profundos en el fondo de un cajón imaginario, bien cerrado con llave. A sus veintidós años medía apenas 1.48, tenía el cuerpo delgado de quien nunca ha necesitado hacer dieta, pero tampoco ha levantado pesas, pechos pequeños que apenas llenaban una copa A y un trasero redondeado pero discreto, casi infantil. Su cabello castaño caía liso hasta la mitad de la espalda y sus ojos grandes, color avellana, siempre parecían estar pidiendo permiso para mirar directamente a alguien.
Israel, en cambio, medía 1.70, flaco, pero con hombros rectos, pelo negro desordenado que nunca terminaba de decidirse entre corto o largo, y una sonrisa fácil que desarmaba cualquier tensión. Llevaban ocho meses juntos, una relación tranquila, dulce, de besos suaves en la frente y manos entrelazadas mientras veían series en el sofá. Daniela lo quería, de verdad. Pero había un rincón secreto en su cabeza que siempre había pertenecido a otro hombre: Jacob Elordi.
No era solo que le pareciera guapo. Era la forma en que llenaba la pantalla, la voz grave que parecía acariciar cada palabra, la manera en que sus manos grandes se movían con una seguridad que ella nunca había sentido en su propio cuerpo. Cada vez que veía una entrevista suya o una foto en Instagram, algo se removía dentro de ella, un calor tímido pero insistente que terminaba guardado en silencio. Nunca se lo había dicho a Israel. ¿Para qué? Era solo una fantasía. Un actor inalcanzable. Un sueño sin consecuencias.
Hasta esa tarde de viernes.
Estaban sentados en la cama de Daniela, ella con las piernas cruzadas y un cojín abrazado contra el pecho, él recostado contra el cabecero con el teléfono en la mano. Era 19 de marzo, su cumpleaños número veintidós. Israel había llegado con una bolsa de papel kraft, una sonrisa nerviosa y un “no abras los ojos todavía”.
—Listo —dijo él, y le puso algo pequeño y plano en las manos.
Daniela abrió los ojos.
Dos boletos. Primera fila. Alfombra roja. Cumbres Borrascosas, la nueva película de Jacob Elordi. En Los Ángeles. En tres semanas.
El mundo se detuvo.
—¿Qué…? —susurró ella, y su voz salió rota.
—Sé que te gusta mucho. Muchísimo. —Israel se rascó la nuca, un poco avergonzado—. Conseguí los contactos de un amigo que trabaja en la productora. No fue fácil, pero… quería darte algo que nunca olvidaras.
Daniela sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero no eran solo de emoción. Había algo más. Una mezcla extraña de gratitud inmensa y un nerviosismo que le apretaba el estómago. Iba a estar a metros de él. De Jacob. Iba a verlo caminar, respirar, sonreír en persona. Y de repente todo lo que había sido solo un pensamiento lejano se volvía peligrosamente real.
Esa noche, cuando Israel se fue a su casa, Daniela se quedó sola en su departamento pequeño. Cerró la puerta con llave, apagó las luces del pasillo y se quedó mirando los boletos sobre la mesita de noche como si fueran a desaparecer si parpadeaba.
Y entonces empezó.
Abrió el armario. Sacó todo lo que tenía que remotamente pudiera considerarse “elegante”. Nada le parecía suficiente.
Se probó un vestido negro ajustado que había comprado para una graduación y nunca usó. Demasiado serio. Un vestido rojo con escote en V que le había regalado su prima. Le quedaba bien, pero sentía que gritaba demasiado para alguien de su estatura. Un vestido azul medianoche con falda asimétrica. Bonito, pero… no lo suficiente.
Terminó sentada en el suelo del cuarto, rodeada de ropa, con el corazón latiéndole muy rápido.
Quería estar perfecta. No porque esperara que Jacob la mirara —eso era ridículo, lo sabía—, sino porque, por una vez en su vida, quería sentirse deseable. Quería mirarse al espejo y pensar: “Si él me viera ahora, no apartaría la mirada”.
Y entonces abrió el cajón de la ropa interior.
Ahí estaban las piezas que casi nunca usaba: conjuntos de encaje que había comprado en un impulso online y que siempre terminaban olvidados. Un conjunto negro de tul transparente con detalles florales bordados, la braguita de tiro alto que dejaba la mitad de las nalgas al descubierto. Otro en color vino, satinado, con ligas finas. Y uno último, blanco roto, casi virginal, pero con transparencias estratégicas en los pezones y en el pubis.
Se quedó mirando el conjunto negro durante mucho rato.
Se levantó despacio. Se quitó la pijama vieja. Se quedó en ropa interior normal, algodón gris sencillo, y se miró al espejo de cuerpo entero.
Pequeña. Delgada. Casi frágil.
Se mordió el labio inferior.
Con dedos temblorosos se quitó el sostén y las bragas de algodón. El aire fresco le erizó la piel. Se puso el conjunto negro.
El encaje se sentía fresco y áspero al mismo tiempo contra sus pezones. La braguita le subía alto, enmarcando sus caderas estrechas y dejando ver la curva suave de su trasero. Se giró. Se miró de perfil. Se puso de puntillas.
Y por primera vez en mucho tiempo no se sintió pequeña. Se sintió… peligrosa.
Se imaginó caminando por la alfombra roja. Se imaginó las luces, los flashes, el murmullo de la gente. Se imaginó a Jacob a unos metros, girando la cabeza casualmente, y por un segundo —solo un segundo— sus ojos encontrándose con los de ella.
El pensamiento le provocó un escalofrío que le bajó por la columna hasta instalarse entre las piernas.
Se llevó una mano al pecho, rozó apenas el pezón endurecido bajo el encaje. Cerró los ojos.
—No soy infiel —se dijo en voz baja, casi como una oración—. Solo quiero… sentirme bonita. Solo eso.
Pero mientras se seguía mirando al espejo, con el conjunto negro abrazándole la piel, con el calor creciendo despacio entre sus muslos, supo que estaba mintiéndose un poco.
Se sentó en la cama. Abrió las piernas ligeramente. Deslizó los dedos por encima del encaje, sin presionar, solo sintiendo. Cerró los ojos otra vez.
Se imaginó que Jacob estaba ahí, de pie frente a ella. Que la miraba como si fuera la única persona en el mundo. Que le decía con esa voz grave y lenta:
“Te ves… deliciosa”.
El dedo corazón se coló por debajo del encaje. Encontró humedad. Mucha más de la que esperaba.
Se le escapó un gemidito pequeño, casi inaudible.
Se dejó caer de espaldas en la cama, con las piernas abiertas, el teléfono al lado mostrando una foto reciente de Jacob en la premiere de otra película. Camisa blanca abierta en los primeros botones, pelo peinado hacia atrás, mirada directa a cámara.
Daniela se tocó despacio, imaginando que eran las manos grandes de él las que recorrían su cuerpo flaco. Imaginando que la levantaba sin esfuerzo, que la ponía contra una pared, que le bajaba ese conjunto negro con los dientes.
No llegó al orgasmo. No esa noche.
Pero cuando terminó, jadeante, con los dedos brillantes y el corazón latiéndole en la garganta, supo dos cosas con absoluta certeza:
Iba a comprarse un vestido que la hiciera sentir exactamente como se sentía ahora.Iba a ponerse ese conjunto negro debajo.Aunque Israel nunca lo supiera.
Aunque Jacob nunca la mirara.
Aunque todo siguiera siendo solo una fantasía.
Se levantó, se miró una última vez al espejo y sonrió tímidamente a su reflejo.
Tres semanas.
Tres semanas para encontrar el vestido perfecto.
Tres semanas para decidir hasta dónde estaba dispuesta a llevar esa fantasía que, por primera vez, empezaba a sentirse peligrosamente cercana.
Capítulo 2: Las noches que no duerme
Las tres semanas que siguieron al regalo de Israel se convirtieron en un limbo extraño para Daniela. Por fuera, todo seguía igual: clases en la universidad, mensajes de buenos días con Israel, cenas rápidas en el departamento de él, besos suaves antes de dormir. Pero por dentro, algo había cambiado. Un interruptor invisible se había encendido y ya no sabía cómo apagarlo.
Cada noche, cuando se quedaba sola en su cama, el ritual era el mismo.
Se ponía uno de los conjuntos que había comprado en esos días frenéticos de preparación: el negro de tul, el vino con ligas, el blanco roto que parecía inocente hasta que la luz lo atravesaba. Se metía bajo las sábanas, apagaba la luz principal y dejaba solo la tenue lámpara de la mesita de noche. Abría el teléfono y buscaba fotos nuevas de Jacob. Entrevistas recientes. Fotos de paparazzi. Capturas de Cumbres Borrascosas que ya empezaban a filtrarse en redes.
Y entonces cerraba los ojos.
En su cabeza, Jacob no era el actor inalcanzable de las pantallas. Era un hombre real, cálido, que la miraba con esos ojos oscuros y profundos como si ella fuera lo único que importaba en el mundo. No era agresivo ni dominante como en algunas de sus películas. No. En las fantasías de Daniela, Jacob era infinitamente tierno.
La imaginaba llegando a la alfombra roja con su vestido nuevo —aún no lo había encontrado, pero ya lo visualizaba: negro, largo hasta los tobillos, con una abertura sutil en la pierna y escote corazón que dejaba ver justo lo suficiente—. Los flashes la cegaban, pero de pronto él estaba ahí, a unos pasos, girando la cabeza hacia ella. Sus miradas se cruzaban. Él sonreía, esa sonrisa lenta y ladeada que había visto mil veces en fotos, y caminaba directo hacia ella.
No decía nada al principio. Solo le tendía la mano. Ella la tomaba, temblando. La llevaba a un rincón más tranquilo de la fiesta, detrás de unas cortinas pesadas, donde la música llegaba amortiguada. Allí, lejos de las cámaras, Jacob la miraba de cerca. Le acariciaba la mejilla con el dorso de los dedos. Le decía en voz baja, casi susurrando:
“Eres mucho más bonita de lo que imaginaba”.
Y entonces la besaba.
No era un beso hambriento. Era lento, profundo, como si tuviera todo el tiempo del mundo para saborearla. Sus manos grandes le rodeaban la cintura, la atraían contra su pecho. Ella sentía el calor de su cuerpo a través de la camisa, el latido fuerte y constante de su corazón. Jacob bajaba los besos por su cuello, despacio, dejando que cada roce de labios le erizara la piel. Le susurraba contra la clavícula:
“No tienes idea de cuánto tiempo he querido hacer esto”.
En la fantasía, él la levantaba sin esfuerzo —porque en su mente Jacob siempre era capaz de cargarla como si no pesara nada— y la llevaba a una habitación privada. La recostaba en una cama enorme, con sábanas blancas. No había prisa. Le quitaba el vestido con reverencia, besando cada centímetro de piel que iba quedando al descubierto. Cuando llegaba al conjunto negro de encaje, se detenía. La miraba con algo parecido a la adoración.
“Te ves… como un sueño”, murmuraba.
Y entonces la tocaba. No con urgencia, sino con una delicadeza que la volvía loca. Los dedos largos recorrían sus costados, subían por sus costillas, rodeaban sus pechos pequeños como si fueran tesoros. Bajaban despacio por su vientre plano, se colaban bajo el encaje. Cuando encontraba su humedad, no se sorprendía; solo sonreía contra su boca y seguía besándola mientras la acariciaba con movimientos lentos, circulares, perfectos.
Daniela se imaginaba abriendo las piernas para él, invitándolo sin palabras. Jacob se colocaba entre sus muslos, todavía vestido, solo con la camisa desabrochada. Se inclinaba sobre ella, la besaba en la frente, en los párpados, en la punta de la nariz. Le decía:
“Déjame cuidarte. Déjame hacerte sentir todo”.
Y entonces entraba en ella despacio, centímetro a centímetro, dándole tiempo para acostumbrarse. No había dolor en la fantasía, solo una plenitud dulce, abrumadora. Él se movía con un ritmo pausado, profundo, como si quisiera grabar cada sensación en su memoria. Sus manos nunca dejaban de tocarla: una en su cadera, la otra entrelazada con la de ella. La besaba todo el tiempo. En la boca, en el cuello, en el pecho. Le decía cosas suaves al oído:
“Eres perfecta… tan perfecta… no sabes cuánto te deseaba”.
Daniela se tocaba mientras imaginaba todo eso. Los dedos imitaban el ritmo que él tendría en su cabeza: lento, constante, sin prisa por llegar al final. Se pellizcaba los pezones con suavidad, se arqueaba contra su propia mano. Cuando el orgasmo llegaba, era silencioso pero intenso; un temblor que le recorría todo el cuerpo, un gemido que ahogaba contra la almohada.
Y después, siempre después, venía la culpa.
Se quedaba mirando el techo, con la respiración entrecortada y los dedos todavía húmedos. Se repetía las mismas palabras como un mantra:
“No tiene nada de malo. Es solo una fantasía. Nunca va a pasar. Jacob ni siquiera sabe que existo. Y yo amo a Israel. Lo amo de verdad”.
Porque lo amaba. Amaba cómo Israel se acordaba de que le gustaba el café con dos cucharadas de azúcar y medio chorrito de leche. Amaba cómo la abrazaba por detrás cuando cocinaban juntos. Amaba que hubiera gastado quién sabe cuánto dinero y contactos solo para hacerla feliz en su cumpleaños. Ese regalo no era solo boletos; era una prueba de cuánto la conocía, de cuánto la quería ver sonreír.
Pero también sabía que, si Israel supiera lo que pasaba en su cabeza cada noche, se rompería algo entre ellos.
Así que guardaba silencio.
Seguía buscando el vestido perfecto. Terminó comprando uno en una boutique pequeña del centro: negro terciopelo, corte sirena que se ajustaba a sus caderas estrechas y se abría en una cola sutil. Escote profundo en la espalda, casi hasta la cintura. Cuando se lo probó en el probador y se miró al espejo, sintió un nudo en el estómago. Era el vestido que había imaginado. El que haría que se sintiera peligrosa. El que haría que, aunque fuera solo por un segundo, pudiera creer que Jacob podría mirarla y pensar: “¿Quién es esa?”.
Se compró zapatos de tacón fino, negros también, que la hacían llegar casi al 1.60. Se compró un labial rojo oscuro que nunca se había atrevido a usar. Se depiló todo el cuerpo con una obsesión casi religiosa.
Y cada noche, antes de dormir, se repetía lo mismo:
“No va a pasar nada. Es solo un sueño. Amo a Israel. Amo a Israel. Amo a Israel”.
Pero en el fondo, muy en el fondo, una vocecita traicionera le susurraba:
“Y si pasa… aunque sea solo una mirada… aunque sea solo un roce accidental… ¿qué harías?”.
Y Daniela no tenía respuesta.
Solo se giraba de lado, abrazaba la almohada y esperaba que el sueño llegara antes que otra fantasía.
Quedaban diez días para el viaje.
Diez días para seguir convenciéndose de que todo estaba bajo control.
Continua....


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1 comentarios - El loco fanatismo de mi novia 1

Quitatangas +1
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