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El loco fanatismo de mi novia 6 (Final)

Capítulo 11: La mañana que duele
La luz del amanecer se filtraba por las cortinas entreabiertas, un rayo pálido que cortaba la habitación en dos. Daniela despertó con el cuerpo pesado, dolorido en lugares que no sabía que podían doler así. El ano seguía abierto, un recordatorio constante y humillante: cada vez que apretaba los músculos, sentía el vacío, la dilatación que no cedía. Un hilo tibio de semen todavía goteaba despacio por el interior de su muslo, mezclándose con la humedad seca de la noche anterior. Olía a él. A sexo crudo. A rendición absoluta.
Oyó el sonido de una cremallera. Abrió los ojos.
Jacob estaba de pie junto a la cama, ya vestido: jeans oscuros, camiseta negra sencilla, chaqueta de cuero colgada del brazo. El pelo todavía revuelto, pero ya no de pasión; solo de quien ha dormido poco y se va sin mirar atrás. Estaba guardando el teléfono en el bolsillo —el mismo que la había grabado mientras ella se comía su semen como si fuera lo único que importaba en el mundo.
Daniela se incorporó despacio, las sábanas cayendo hasta su cintura. Los pechos pequeños expuestos, las marcas rojas en el cuello y los muslos, el rímel corrido que aún le manchaba las mejillas. Se sentía pequeña otra vez. Más pequeña que nunca.
—¿Te vas? —preguntó, la voz ronca, casi rota.
Jacob se giró. La miró un segundo, sin emoción especial. No había ternura, no había posesión. Solo indiferencia educada.
—Sí. Tengo un vuelo temprano.
Daniela sintió un nudo en la garganta.
—¿Por qué no me despertaste? Podríamos… desayunar, o…
Él suspiró, como si la pregunta le resultara cansada.
—No te avisé porque no hay nada que decir, Daniela. —Se acercó un paso, pero no para tocarla. Solo para mirarla mejor—. Lo de anoche fue sexo. Buen sexo. El mejor que he tenido en meses, para ser honesto. Pero eso es todo. No te quiero. No te amo. No te quiero para nada más. Nunca lo quise.
Las palabras cayeron como piedras frías.
Daniela parpadeó, esperando que fueran una broma cruel. Que él se riera y dijera “era mentira, quédate”. Pero no.
—Siempre hago lo mismo —continuó él, con la misma calma que usaba para pedir un café—. Me llevo a una mujer a la habitación después de una premiere. La follo como se me antoja. La marco, la rompo, la hago suplicar. Y al día siguiente me voy. No es nada personal. Eres preciosa, eres caliente, te entregaste como pocas. Pero no eres diferente a las demás. Nadie lo es.
Daniela sintió que el aire se le acababa. El mundo se le derrumbaba en cámara lenta: la suite lujosa, las sábanas manchadas, el ano que no cerraba, el semen que seguía goteando como una burla. Todo lo que había sentido la noche anterior —la entrega, el fuego, la pertenencia— se convertía en ceniza.
—¿Y la grabación? —susurró, la voz temblando—. ¿El video?
Jacob se encogió de hombros.
—Lo tengo. Lo miro cuando quiera recordar una noche buena. Pero no lo voy a usar. No soy de esos. Solo es para mí.
Se dio la vuelta hacia la puerta.
—Espera… —dijo ella, casi gritando—. ¿Y yo? ¿Qué hago yo ahora?
Jacob se detuvo con la mano en el pomo. No se giró del todo.
—Vuelve con tu novio. Dile que te emborrachaste, que te perdiste en la multitud, que alguien te ayudó. O dile la verdad, si quieres destrozarlo. Tú decides. Pero no me busques. No me escribas. No me llames. Esto termina aquí.
Abrió la puerta.
—Cuídate, Daniela.
Y se fue.
La puerta se cerró con un clic suave. El silencio fue ensordecedor.
Daniela se quedó mirando la puerta cerrada durante minutos eternos. Luego bajó la vista a su cuerpo. Las piernas abiertas todavía, el semen seco en los muslos, el ano que intentaba cerrarse pero solo conseguía contraerse débilmente antes de abrirse de nuevo. Un poco más de semen salió entonces, goteando sobre la sábana. Se llevó una mano ahí atrás, tocó el agujero dilatado. Sintió el vacío. Sintió la vergüenza absoluta.
Y entonces pensó en Israel.
En cómo la había buscado entre la multitud, desesperado. En cómo le había regalado el viaje de su vida solo para verla feliz. En cómo la abrazaba suave, la besaba en la frente, le preparaba café justo como le gustaba. En cómo nunca la había hecho llorar de placer ni de dolor. En cómo la quería de verdad.
Y ella lo había traicionado. Lo había cambiado todo por una noche de sexo salvaje con un hombre que ni siquiera la recordaría mañana.
Las lágrimas volvieron, esta vez de verdad. No de placer. De arrepentimiento puro, aplastante.
Se levantó despacio. Las piernas le temblaban. Caminó al baño, se miró al espejo. La chica del reflejo era un desastre: pelo revuelto, maquillaje corrido, marcas por todo el cuerpo, ojos hinchados. Intentó limpiarse con una toalla húmeda, pero cada roce le recordaba lo que había pasado. El ano dolía al caminar, un ardor constante que le hacía apretar los dientes.
Se vistió con el vestido negro de terciopelo, que ahora olía a sexo y a whisky. No se puso ropa interior; las braguitas negras estaban rotas en algún rincón de la habitación. Cada paso que daba sentía el semen goteando un poco más, el ano abierto recordándole que ya no era la misma.
Bajó en el ascensor sola. El lobby estaba vacío a esa hora. Nadie la miró raro; en ese hotel, seguramente veían cosas peores todos los días.
Salió a la calle. El sol de Los Ángeles ya calentaba el asfalto. Pidió un Uber con el teléfono que temblaba en su mano. Se sentó en el asiento trasero, las piernas juntas, intentando no manchar el tapizado.
Durante el trayecto al aeropuerto pensó en todo.
En cómo volvería a México City.
En cómo miraría a Israel a los ojos.
En si le diría la verdad.
En si podría volver a cerrar las piernas sin sentir ese vacío.
En si alguna vez volvería a ser la Daniela tímida y delgada que solo fantaseaba con Jacob Elordi desde la seguridad de su cama.
El Uber llegó al aeropuerto. Daniela bajó, pagó, entró al terminal.
Y mientras esperaba su vuelo, sentada en una silla incómoda, con el ano todavía abierto y el semen secándose en sus muslos, entendió una cosa con claridad absoluta:
Había cruzado una línea que no se podía borrar.
Y aunque doliera como el infierno, una parte muy oscura de ella —la misma que se había comido el semen de Jacob como si fuera ambrosía— no quería volver atrás.
Pero ahora tenía que enfrentar lo que quedaba.
Israel.
La realidad.
Y el silencio que le esperaba en casa.
Capítulo 12: La verdad que no se puede cerrar
El vuelo de regreso fue un infierno silencioso. Daniela se pasó las nueve horas sentada con las piernas muy juntas, sintiendo cada movimiento del avión como una punzada en el culo dilatado. El semen de Jacob se había secado en parte, pero todavía había restos húmedos que le recordaban, con cada bache de turbulencia, lo que había hecho. El ano no cerraba del todo; cuando apretaba los músculos, solo conseguía un espasmo débil que hacía que más fluido se escapara. Se había puesto una compresa sanitaria improvisada con papel higiénico en el baño del avión, pero la vergüenza la quemaba más que el dolor.
Llegó a Ciudad de México pasadas las diez de la noche. Tomó un taxi directo a su departamento. Cuando abrió la puerta, Israel estaba ahí, sentado en el sofá con la luz tenue del televisor encendido. Tenía ojeras profundas, el pelo revuelto, el teléfono en la mano como si lo hubiera estado mirando cada cinco minutos durante días. Al verla, se levantó de un salto.
—Daniela… Dios mío.
La abrazó fuerte, sin preguntas al principio. Solo la apretó contra su pecho como si temiera que desapareciera otra vez. Olía a café frío y a ansiedad.
—Estaba tan preocupado… pensé que te había pasado algo. Llamé a la policía, a los hoteles, a todos los números que pude conseguir. Nadie sabía nada.
Daniela se dejó abrazar, pero su cuerpo estaba rígido. El ano le ardía al estar de pie. Sintió un hilo tibio bajar por el muslo interno y se tensó más.
—Lo siento… me perdí en la multitud. Todo era un caos. Me empujaron y terminé lejos de ti. Luego… conocí a una chica mexicana que también estaba sola, me invitó a su casa porque no tenía dónde quedarme y mi teléfono se quedó sin batería. No pude llamarte. Lo siento tanto.
Las palabras salieron automáticas, ensayadas en su cabeza durante el vuelo. Mentiras suaves, creíbles. Israel la miró a los ojos, buscando cualquier grieta. Pero lo que vio fue a la Daniela de siempre: pequeña, tímida, con los ojos grandes y culpables. Estaba más preocupado que enojado. La abrazó de nuevo.
—No importa. Estás aquí. Eso es lo que importa. Ven, siéntate. Te preparo algo de comer.
Daniela negó con la cabeza.
—Solo quiero bañarme. Estoy… sucia del viaje.
Israel asintió, besándole la frente.
—Claro. Ve. Yo caliento algo mientras.
Ella entró al baño, cerró la puerta con llave por instinto. Se quitó el vestido negro de terciopelo —que ahora olía a sexo rancio y a perfume caro de hotel— y lo dejó caer al suelo. Se miró al espejo: las marcas en el cuello todavía rojas, moretones leves en las caderas donde Jacob la había sujetado, el ano hinchado y rosado, incapaz de cerrarse del todo. Abrió la regadera, dejó que el agua caliente cayera sobre su cuerpo. Se lavó despacio, intentando borrar todo: el olor, el tacto, el recuerdo. Pero cada vez que pasaba la mano por atrás, sentía el agujero abierto, el vacío que ya no se llenaba solo con agua.
No oyó la puerta abrirse. Israel entró sin hacer ruido, preocupado porque tardaba mucho y no respondía cuando la llamó. La cortina de la regadera era translúcida. La vio de espaldas: el cuerpo delgado bajo el chorro de agua, las manos apoyadas en la pared, la cabeza baja. Y entonces lo vio.
El culo de Daniela. Abierto. Dilatado. El anillo rosado no se contraía del todo; quedaba un pequeño hueco oscuro que dejaba ver el interior húmedo. Cuando ella se movió para enjuagarse, el agujero se contrajo débilmente y volvió a abrirse, como si su cuerpo ya no recordara cómo ser virgen ahí.
Israel se quedó helado. El corazón le dio un vuelco tan fuerte que pensó que se desmayaría. Dio un paso atrás, sin hacer ruido. Vio el vestido tirado en el suelo, olió el rastro lejano de colonia masculina que todavía impregnaba la tela. Sintió náuseas.
Sin pensar, tomó el teléfono de Daniela que había dejado sobre el lavabo. La pantalla se encendió con su huella (ella nunca la había cambiado). Abrió la galería. No había nada nuevo. Pero en la carpeta de descargas había varios videos y fotos que no reconocía. Los abrió.
El primero era de Jacob. La cámara enfocaba a Daniela a cuatro patas, el culo alzado, los dedos metiéndose en su coño y en su culo para sacar semen y llevárselo a la boca. Se oía su gemido obsesionado, su lengua lamiendo. Luego otro: Jacob follándola alternando agujeros, su voz diciendo cosas sucias, ella contestando, humillando a Israel sin saber que alguien más lo oiría algún día. “Israel es un perdedor… nunca me folló como tú… él es débil…”. Otro video: ella llorando de placer mientras Jacob le llenaba el culo, el semen desbordándose. El último: ella sola en la cama, metiendo dedos, comiéndose todo, el ano abierto y goteando.
Israel vio todo. Cada segundo. Cada gemido. Cada palabra. Cada lágrima de placer que Daniela había derramado por otro hombre.
Cuando terminó el último video, dejó el teléfono sobre el lavabo, la pantalla todavía reproduciendo el loop del último clip: Daniela a cuatro patas, lamiendo semen de sus dedos, el ano abierto como una herida que no cerraba.
No dijo nada. No gritó. Solo salió del baño en silencio, tomó su chamarra y las llaves, y cerró la puerta del departamento con cuidado.
Daniela salió de la regadera diez minutos después, envuelta en una toalla. Vio el teléfono encendido sobre el lavabo. Vio el video reproduciéndose en silencio. Vio su propia cara en la pantalla: perdida, obsesionada, humillada y feliz al mismo tiempo.
Entendió todo.
Se dejó caer al suelo, la toalla resbalando. Se abrazó las rodillas, el agua goteando de su pelo. El ano seguía abierto, un recordatorio físico de lo que había perdido. Las lágrimas salieron sin control, sollozos fuertes que le sacudían el cuerpo pequeño.
Israel se había ido.
Jacob la había usado y olvidado.
Y ella se había entregado por completo a un hombre que no la quería.
Se quedó ahí, sola en el baño, llorando hasta que no le quedaron lágrimas. El agua de la regadera seguía corriendo, fría ahora. El video seguía en loop, su propia voz gimiendo en la pantalla.
Y el ano, arrepentido y abierto, no cerraba.
No cerraría nunca más.
Como su corazón.
FIN...
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