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El loco fanatismo de mi novia 5

Capítulo 9: La degradación compartida
Jacob no le dio tiempo a recuperar el aliento. Apenas había salido de su culo, todavía goteando, cuando la giró de nuevo boca arriba con un movimiento brusco. Daniela jadeaba, el cuerpo tembloroso, las piernas abiertas y flojas como si no le pertenecieran. Él se arrodilló entre ellas, la erección todavía dura, brillante de fluidos mixtos, y la miró con esa expresión que ya no tenía nada de tierno: puro dominio animal.
—Levanta las rodillas —ordenó, agarrándola por los tobillos y doblándoselas contra el pecho—. Quiero verte toda abierta. Quiero ver cómo te follo hasta que no quede nada de la niña tímida que entró aquí.
Daniela obedeció al instante. Las rodillas contra los pechos pequeños, los brazos rodeándolos para mantener la posición. Su coño y su culo quedaban completamente expuestos, rojos, hinchados, goteando una mezcla de semen, saliva y su propia humedad. Jacob escupió directamente sobre su entrada trasera, frotó la saliva con dos dedos y los metió sin aviso, abriéndola de nuevo.
—Mírate —dijo, la voz baja y cruel—. Tan mojada que chorreas como una puta barata. ¿Esto es lo que hacías con tu noviecito? ¿Abrirte así de fácil?
Daniela negó con la cabeza, las lágrimas ya asomando por las comisuras de los ojos, no de dolor, sino de una vergüenza deliciosa que la quemaba por dentro.
—No… —susurró—. Con Israel nunca… nunca fui así. Él es… dulce. Me trata como si fuera de cristal.
Jacob soltó una risa oscura. Sacó los dedos del culo y los metió de golpe en su coño, tres a la vez, estirándola sin piedad.
—Pobre Israel —se burló, moviendo los dedos con rudeza—. Se gastó una fortuna en boletos para que su novia pudiera venir a que la rompieran como se debe. ¿Sabes qué? Dile que gracias. Porque sin él nunca habrías terminado aquí, con mi polla en todos tus agujeros.
Daniela gimió alto cuando Jacob sacó los dedos y los reemplazó con su miembro, entrando en su coño de una sola embestida brutal. La llenó hasta el fondo, golpeando contra el cérvix con fuerza. Ella gritó, las lágrimas rodando por fin por sus mejillas.
—Dime —exigió él, follándola con golpes cortos y profundos—. Dime que Israel es un perdedor. Dime que nunca te folló como mereces.
Daniela sollozaba entre gemidos, el cuerpo rebotando contra el colchón con cada embestida.
—Es… es un perdedor… —jadeó—. Nunca… nunca me hizo sentir así… nunca me rompió… solo me besaba suave… como si tuviera miedo de hacerme daño…
Jacob salió de su coño de golpe y empujó directo en su culo, sin aviso. Daniela gritó más fuerte, las piernas temblando en el aire, las lágrimas cayendo sin control.
—Exacto —gruñó él, agarrándola por el cuello con una mano, apretando lo justo para que sintiera el control—. Porque él no sabe follar. Solo sabe querer. Yo te uso. Te lleno. Te marco. Y tú lo agradeces, ¿verdad, perra?
—Sí… —sollozó ella, las caderas empujando hacia arriba por instinto—. Gracias… gracias por follarme como una puta… Israel nunca… nunca podría… él es débil… tú eres… tú eres real…
Jacob alternaba ahora sin piedad. Salía del culo, entraba en el coño. Salía del coño, entraba en el culo. Cada cambio era un golpe seco, sucio, acompañado de sonidos húmedos y obscenos. El semen que había dejado antes goteaba por sus muslos, mezclándose con nueva saliva que él escupía directamente sobre sus agujeros cada vez que cambiaba.
—Mírate —le decía, inclinándose para escupirle en la cara, la saliva cayéndole por la mejilla—. Llorando como una perra en celo. ¿Esto es lo que querías cuando te pusiste ese encaje negro? ¿Que te trataran como el agujero que eres?
Daniela asentía frenéticamente, las lágrimas mezclándose con el sudor, el rímel corrido por las mejillas.
—Sí… sí… quería esto… quería que me usaran… que me humillaran… Israel nunca… nunca me haría llorar así… él me quiere… pero tú… tú me necesitas…
Jacob la volteó de nuevo, poniéndola a cuatro patas. Le agarró el pelo como riendas, tirando fuerte para arquearle la espalda. Entró en su coño primero, follándola con saña, las bolas golpeando contra su clítoris hinchado. Luego salió y empujó en el culo, profundo, sin parar. Daniela ladraba casi, gemidos animales, guturales, el cuerpo temblando como si estuviera en plena ovulación, desesperada por más.
—Pide más —ordenó él, dándole una palmada fuerte en cada nalga—. Pide que te llene los dos agujeros hasta que no puedas caminar.
—Más… —sollozó ella—. Por favor… lléname… lléname el culo y el coño… haz que Israel huela a ti cuando vuelva… que sepa que ya no soy suya… que soy tu perra…
Jacob gruñó, el ritmo volviéndose salvaje. La follaba alternando agujeros sin descanso, cada entrada más brutal que la anterior. Daniela ya no era humana; era puro instinto, puro celo. Las lágrimas caían sin parar, el cuerpo convulsionando en orgasmos continuos que ya no podía distinguir uno del otro. Se corría una y otra vez, apretándolo con fuerza, chorros de humedad salpicando las sábanas cada vez que él cambiaba de agujero.
Finalmente, Jacob se enterró en su culo hasta la base y se corrió con un rugido. El semen caliente la llenó de nuevo, desbordándose, goteando por sus muslos mientras él seguía empujando despacio, prolongando el placer hasta que ella colapsó boca abajo, temblando, sollozando, exhausta.
Se quedó encima de ella un momento, respirando pesado, el peso de su cuerpo aplastándola contra el colchón.
—Buena perra —murmuró, besándole la nuca con una ternura repentina que contrastaba con todo—. Buena perra mía.
Daniela solo pudo asentir, la cara hundida en la almohada empapada de lágrimas y saliva. El cuerpo le dolía en todos los lugares correctos. La mente estaba en blanco, satisfecha, destruida.
Y en algún rincón lejano, muy lejano, pensó en Israel.
Pero ya no sentía culpa.
Solo sentía que había encontrado su lugar.
Y que no quería salir de él.
Capítulo 10: El instinto y la cámara
Jacob se apartó despacio, el cuerpo todavía caliente y brillante de sudor. Se levantó de la cama sin decir nada, caminó desnudo hasta la mesita donde había dejado su teléfono y lo tomó. Daniela apenas lo registró. Estaba boca abajo, las piernas abiertas, el culo todavía alzado en el aire como si su cuerpo no hubiera recibido la orden de bajar. El semen de él goteaba lento por la raja de sus nalgas, espeso y blanco, mezclándose con su propia humedad y con los restos de saliva que habían quedado en su piel.
Sin pensarlo, por puro instinto animal, Daniela llevó una mano hacia atrás. Dos dedos se deslizaron entre sus nalgas, recogiendo el semen que salía de su coño y de su culo. Lo juntó en la yema de los dedos, lo miró un segundo —blanco, pegajoso, abundante— y luego se lo llevó a la boca. Chupó. Lamió. Tragó con un gemidito bajo, casi un ronroneo. Volvió a meter los dedos, esta vez más profundo en su coño, sacando más. Lo repitió. Una y otra vez. Como si no pudiera desperdiciar ni una gota.
Jacob no dijo nada al principio. Solo encendió la cámara del teléfono. La luz de la pantalla iluminó su cara mientras enfocaba: el cuerpo pequeño de Daniela temblando, las piernas abiertas, la mano moviéndose entre sus nalgas, los dedos entrando y saliendo, llevándose el semen a la boca con avidez. Ella no se dio cuenta. Estaba perdida en su propio mundo, obsesionada con el sabor salado, con la sensación de llenarse la boca con lo que él había dejado dentro.
—Joder… —murmuró él, la voz baja, casi reverente—. Mírate. Ni siquiera te das cuenta de que te estoy grabando.
Daniela no respondió. Solo metió tres dedos ahora, estirando su coño hinchado para sacar más. Lo sacó en un chorro pequeño que le corrió por la palma. Se lo lamió entero, la lengua plana, los ojos cerrados, la cara hundida a medias en la almohada empapada de lágrimas secas. Gemía bajito entre lamidas, como una perra lamiendo su cuenco después de haber sido alimentada.
Jacob se acercó un poco más, la cámara capturando cada detalle: el ano todavía rojo e hinchado, que no cerraba del todo. Cada vez que Daniela metía los dedos en el coño, el agujero trasero se contraía débilmente, intentando cerrarse, pero no podía. Quedaba abierto, un pequeño círculo oscuro y húmedo que dejaba ver el interior rosado, todavía dilatado por las embestidas brutales. El semen seguía saliendo en hilos lentos, goteando sobre las sábanas.
—Intenta cerrarlo —dijo él, la voz ronca, divertida y excitada al mismo tiempo—. Vamos, aprieta.
Daniela obedeció sin pensar. Contrajo los músculos, pero el ano solo se apretó un segundo y volvió a abrirse, como si ya no recordara cómo cerrarse por completo. Un poco más de semen salió entonces, espeso y caliente. Ella lo recogió con los dedos y se lo metió en la boca otra vez, chupándolos hasta que quedaron limpios.
Jacob acercó la cámara más. El zoom capturó el ano abierto, el coño hinchado y brillante, la mano temblorosa que seguía buscando restos.
—Estás obsesionada —dijo él, casi riendo—. No paras. Te encanta comerte lo que te dejo dentro, ¿verdad?
Daniela asintió contra la almohada, la voz rota y pequeña.
—Sí… me encanta… quiero todo… no quiero que se pierda nada…
Jacob dejó el teléfono grabando sobre la mesita, apoyado contra una botella de whisky vacía para que siguiera enfocado. Se arrodilló detrás de ella otra vez, pero no la tocó. Solo observó. Daniela seguía metiendo dedos, lamiendo, tragando. El ano seguía abierto, incapaz de cerrarse, como una boca hambrienta que no podía saciarse.
Finalmente, exhausta, Daniela dejó caer la mano. Se quedó ahí, temblando, el culo alzado, el ano dilatado y expuesto, goteando los últimos restos. No intentó bajarse. No intentó cubrirse. Solo respiraba agitada, la cara contra la almohada, los ojos vidriosos.
Jacob tomó el teléfono de nuevo, detuvo la grabación. Se acercó y le dio una palmada suave en una nalga.
—Buena perra —murmuró—. Mira cómo te quedaste. Abierta. Marcada. Llena de mí.
Daniela giró la cabeza apenas, lo miró con ojos nublados.
—No puedo… cerrarlo… —susurró, casi avergonzada, pero con un brillo de orgullo sucio en la mirada.
Jacob sonrió, lento y posesivo.
—No tienes que cerrarlo. Mañana vas a sentirlo todo el día. Cada vez que camines, cada vez que te sientes, vas a recordar que te abrí y que no puedo cerrarse. Y vas a mojarte otra vez pensando en mí.
Daniela cerró los ojos. Una última lágrima rodó por su mejilla. No de tristeza. De rendición absoluta.
Jacob se tumbó a su lado, la atrajo contra su pecho. Le besó la frente, pero no con ternura esta vez. Con propiedad.
—Duerme —le dijo—. Mañana seguimos.
Y Daniela, con el ano todavía abierto, el sabor de su semen en la boca y el cuerpo roto de placer, se durmió pegada a él.
Sabiendo que, cuando despertara, nada volvería a ser como antes.
Y que no quería que lo fuera.
Continua...


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