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El loco fanatismo de mi novia 2

Capítulo 3: La alfombra roja
El aeropuerto de la Ciudad de México había sido un torbellino de nervios y risas nerviosas. Daniela apenas había dormido las últimas dos noches; cada vez que cerraba los ojos, veía flashes, oía murmullos, sentía el terciopelo del vestido rozándole los muslos. Israel, en cambio, había estado tranquilo, casi divertido por verla tan alterada. Le había tomado la mano durante todo el vuelo, le había susurrado “vas a brillar” cuando aterrizaron en LAX, y ahora, en el taxi rumbo al hotel, la miraba con esa sonrisa suya que siempre lograba calmarla un poco.
Pero cuando llegó el día de la premiere, todo cambió.
El tráfico en Hollywood Boulevard estaba paralizado. La alfombra roja ya estaba desplegada bajo el sol de la tarde, un río escarlata flanqueado por vallas metálicas y cientos —quizá miles— de personas apiñadas detrás. Daniela se aferraba al brazo de Israel mientras avanzaban entre la multitud hacia la zona VIP que los boletos les habían garantizado. Llevaba el vestido negro de terciopelo que había elegido con tanto cuidado: se ceñía a su cuerpo delgado como una segunda piel, la abertura lateral dejaba ver una pierna pálida y fina cada vez que daba un paso, y la espalda descubierta bajaba hasta casi la curva de su trasero. Los tacones la hacían sentirse más alta, más segura. Debajo, el conjunto negro de encaje la abrazaba como un secreto ardiente.
Israel iba guapo con un traje gris oscuro, camisa blanca sin corbata, pelo peinado hacia atrás. Le había dicho mil veces que estaba preciosa. Ella le había sonreído, le había besado la mejilla, pero su mente ya estaba en otro lugar.
Y entonces lo vieron.
Jacob Elordi salió del coche negro que acababa de detenerse frente a la entrada principal. Alto, imponente, con un traje negro impecable, camisa abierta en los primeros botones, pelo ligeramente despeinado como si acabara de pasar los dedos por él. Sonrió a la cámara con esa media sonrisa ladeada que Daniela había visto en fotos miles de veces, y el mundo estalló.
Gritos. Chillidos agudos, casi animales. Mujeres —jóvenes, adultas, de todas las edades— gritando su nombre como si les fuera la vida en ello.
“¡Jacob! ¡Jacob, aquí! ¡Te amo!”
“¡Mírame, por favor!”
“¡Jacob, eres perfecto!”
El sonido era ensordecedor, una ola de euforia colectiva que hacía vibrar el aire. Algunas chicas saltaban, otras lloraban, varias sostenían carteles con corazones y fotos impresas de él. Daniela sintió que le fallaban las rodillas. Se aferró más fuerte al brazo de Israel, que la miró confundido.
—¿Qué les pasa? —preguntó él en voz baja, medio riendo—. Parece que van a desmayarse.
Daniela no respondió. No podía. Tenía la boca seca, el corazón latiéndole en los oídos. Verlo en persona era diferente. Mucho diferente. En las pantallas era guapo; ahí, a menos de veinte metros, era magnético. Cada movimiento suyo parecía calculado y natural al mismo tiempo: la forma en que se giraba hacia un lado para saludar a más fans, cómo se pasaba la mano por la nuca, cómo su risa grave se oía incluso por encima del ruido.
Margot Robbie apareció poco después, deslumbrante en un vestido plateado que reflejaba la luz como un espejo. La multitud también enloqueció con ella, pero no al mismo nivel. Israel sonrió al verla.
—Mira, ahí está Margot —dijo, emocionado de verdad—. Es increíble lo guapa que es en persona. Entiendo un poco la locura ahora.
Se giró hacia Daniela, esperando que ella asintiera o dijera algo. Pero Daniela apenas lo escuchaba. Sus ojos seguían fijos en Jacob. Él estaba posando para las fotos, un brazo alrededor de Margot en un gesto amistoso, profesional. Reía por algo que ella le decía. Y entonces, como si el universo se hubiera confabulado, giró la cabeza hacia el lado donde estaban ellos.
Sus ojos barrieron la multitud.
Y por un segundo —un segundo eterno— parecieron detenerse en Daniela.
No fue su imaginación. Lo sintió en la piel. Jacob la miró directamente. No sonrió más de lo que ya estaba sonriendo, no hizo ningún gesto obvio, pero sus ojos se quedaron ahí, en ella, durante dos, tres latidos. Luego siguió moviéndose, saludando a otra sección de fans.
Daniela se quedó sin aire.
—¿Viste eso? —susurró, más para sí misma que para Israel.
—¿Qué cosa? —preguntó él, todavía mirando hacia Margot, que ahora firmaba autógrafos.
—Nada… nada —mintió ella, y se obligó a sonreír—. Solo… es increíble verlo en persona.
Israel la abrazó por la cintura, ajeno a todo.
—Estoy muy feliz de que estés aquí. De que estés viviendo esto. Te lo mereces.
Daniela se apoyó en él, pero su mente estaba a kilómetros. Ese vistazo. Ese segundo. Había sido real. O al menos lo suficientemente real como para que su cuerpo reaccionara: los pezones se le endurecieron contra el encaje, un calor líquido se instaló entre sus piernas. Tuvo que apretar los muslos para disimular el temblor.
El resto de la alfombra roja pasó en una neblina. Jacob y Margot entraron al teatro. La multitud empezó a dispersarse lentamente. Israel y Daniela también entraron, tomados de la mano. Él no paraba de hablar de lo genial que era Margot, de cómo le gustaba su forma de actuar, de lo normal que era emocionarse por un ídolo. No había ni un ápice de celos en su voz. Estaba genuinamente feliz por ella, por el regalo que le había dado.
Y Daniela lo quería tanto por eso.
Pero cuando se sentaron en sus asientos —primera fila, tan cerca de la pantalla que casi podía tocarla—, no podía concentrarse en nada más que en el hombre que acababa de pasar a unos metros de ella. El hombre que, en su cabeza, la había mirado como si la conociera. Como si supiera exactamente lo que llevaba debajo del vestido.
La película empezó. Luces bajas. Música épica. Pero Daniela apenas veía la pantalla.
Cerró los ojos un momento y se permitió imaginarlo de nuevo: Jacob saliendo del teatro después de la proyección, caminando hacia ella en medio del caos, tomándola de la mano y llevándola a un pasillo oscuro. Besándola despacio, como en sus fantasías. Susurrándole al oído que la había visto entre la multitud y que no había podido dejar de pensar en ella.
Abrió los ojos de golpe.
Israel le apretó la mano.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
—Sí —mintió ella, y le devolvió el apretón—. Estoy… muy feliz.
Y lo estaba. De una forma retorcida, culpable, contradictoria.
Porque mientras la película seguía, mientras Jacob aparecía en pantalla besando a Margot en una escena cargada de tensión, Daniela sintió que el encaje de su ropa interior se humedecía más.
Y supo que, esa noche, cuando volvieran al hotel, cuando Israel la besara con esa dulzura suya de siempre, ella cerraría los ojos y, aunque no quisiera, pensaría en otro par de labios.
En otra voz grave.
En otra mirada que, por un segundo, había sido solo para ella.
Y se odiaría un poco por eso.
Pero no lo suficiente como para parar.
Capítulo 4: El caos que lo cambia todo
La proyección terminó entre aplausos interminables. Las luces volvieron poco a poco y el teatro se convirtió en un mar de gente elegante que se movía hacia las salidas laterales y la puerta principal. Daniela sentía las piernas flojas, como si hubiera corrido una maratón. La película había sido intensa —Jacob en pantalla, con esa mirada oscura y esa forma de moverse que hacía que cada escena pareciera cargada de electricidad—, pero su mente había estado en otro lado todo el tiempo. En ese vistazo fugaz de la alfombra roja. En el calor que todavía le quemaba entre las piernas cada vez que recordaba cómo sus ojos se habían detenido en ella.
Israel la tomó de la mano mientras salían.
—Fue increíble, ¿verdad? —dijo él, todavía emocionado—. Margot estuvo espectacular, pero Jacob… wow, el tipo tiene presencia.
Daniela asintió, distraída, murmurando un “sí, increíble” que sonó automático. Su mirada ya buscaba entre la multitud. No sabía qué esperaba encontrar. Quizás nada. Quizás solo quería verlo una vez más antes de que todo terminara y volvieran a la realidad.
Salieron al exterior. La noche había caído sobre Hollywood Boulevard, pero las luces de la premiere seguían encendiendo todo como si fuera de día. La alfombra roja estaba casi vacía ahora, solo quedaban algunos rezagados, fotógrafos recogiendo equipo y fans que se negaban a irse. El aire olía a perfume caro, humo de cigarrillos electrónicos y asfalto caliente.
Y entonces lo vieron de nuevo.
Jacob salió por una puerta lateral, flanqueado por dos guardaespaldas y un asistente con walkie-talkie. Iba con la chaqueta del traje colgando del hombro, la camisa un poco más abierta que antes, el pelo revuelto por el viento. Caminaba rápido, con la cabeza baja, intentando pasar desapercibido entre la gente que aún quedaba. Pero no lo consiguió.
Alguien gritó su nombre.
Y el dique se rompió.
La multitud que quedaba —unas cien, quizás doscientas personas— se lanzó hacia él como una ola. Gritos, empujones, teléfonos en alto grabando, manos extendidas tratando de tocarlo. Los guardaespaldas intentaban abrir paso hacia la limusina negra que esperaba a unos metros, con las puertas abiertas y el motor encendido. Pero la gente era demasiada, y el caos se volvió instantáneo.
Daniela sintió el tirón de la mano de Israel.
—Vamos por el otro lado —dijo él, intentando guiarla hacia una salida menos congestionada.
Pero ella no se movió.
Sus ojos estaban fijos en Jacob. Él estaba a quince metros, quizás diez. Rodeado. Agobiado. Pero todavía sonriendo, todavía diciendo “gracias, chicos, gracias” con esa voz grave que se oía incluso por encima del ruido.
Sin pensarlo, Daniela soltó la mano de Israel.
Solo un paso. Luego otro. La multitud la arrastró como una corriente. Empujones por todos lados. Codos en las costillas. Alguien le pisó el pie y ella apenas lo sintió. Su cuerpo actuaba solo. Quería verlo de cerca. Solo una vez más. Solo tocar el borde de su chaqueta, oler su colonia, confirmar que era real.
Israel gritó su nombre detrás de ella.
—¿Daniela? ¡Daniela, espera!
Pero el sonido se perdió en el griterío.
Ella avanzó. Tropezó. Alguien la empujó hacia adelante con fuerza. De pronto estaba más cerca. Mucho más cerca. Jacob ya estaba a un metro de la puerta abierta de la limusina. Uno de los guardaespaldas lo empujaba suavemente hacia adentro mientras intentaba mantener a la gente a raya.
Y entonces pasó.
Un empujón particularmente fuerte desde atrás la lanzó hacia adelante. Tropezó con el borde de la alfombra, perdió el equilibrio y cayó… directo contra el pecho de Jacob.
El mundo se detuvo.
Sintió el calor de su cuerpo, el olor a madera y cítricos de su perfume, el latido acelerado bajo la camisa. Sus manos grandes la sujetaron por instinto por los brazos para que no se cayera del todo. Ella levantó la vista, jadeante, con el corazón en la garganta.
Jacob la miró. De cerca. Muy de cerca.
Y sonrió. No la sonrisa de foto. Una sonrisa pequeña, casi íntima, como si la conociera de toda la vida.
—Así que tú eras la afortunada —dijo en voz baja, solo para ella.
Daniela parpadeó. No entendió nada. La emoción le nublaba el cerebro. ¿Afortunada? ¿De qué hablaba?
Antes de que pudiera responder, uno de los guardaespaldas la empujó suavemente hacia el interior de la limusina para despejar el camino.
—Adentro, rápido —gruñó el hombre.
Jacob no la soltó. En cambio, la guio con una mano en la parte baja de su espalda —justo donde el vestido dejaba la piel al descubierto— y la hizo entrar primero. Ella se dejó llevar, aturdida. La puerta se cerró detrás de ellos con un clic suave.
El ruido del exterior se apagó de golpe. Solo quedaba el ronroneo del motor y su respiración agitada.
Jacob se sentó a su lado. No muy cerca, pero lo suficiente para que sus rodillas casi se tocaran. Se pasó una mano por el pelo y soltó una risa baja, casi cansada.
—Perdón por el caos. A veces se pone… intenso.
Daniela no podía hablar. Solo lo miraba. El interior de la limusina era oscuro, iluminado solo por luces tenues azuladas. Él se veía aún más grande ahí dentro. Las mangas de la camisa arremangadas dejaban ver los antebrazos fuertes. El cuello abierto mostraba la clavícula y un poco de vello oscuro. Olía increíble.
—¿Estás bien? —preguntó él, girándose un poco hacia ella—. Te vi caer. No quería que te lastimaras.
Ella tragó saliva. Su voz salió en un hilo.
—Estoy… bien. Yo… lo siento. No sé cómo terminé aquí.
Jacob ladeó la cabeza, estudiándola con curiosidad.
—No te disculpes. —Hizo una pausa, y entonces sonrió de nuevo, más amplio—. Te vi en la alfombra roja. Entre toda esa gente. Llevabas un vestido negro. Te quedaste grabada.
Daniela sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
—¿Me… viste?
—Claro que sí. —Se inclinó un poco hacia ella, bajando la voz—. Eras la única que no gritaba. Solo mirabas. Con esos ojos grandes. Me gustó.
El corazón de Daniela latía tan fuerte que pensó que él podría oírlo. El encaje de su ropa interior estaba empapado. Los pezones le dolían de lo duros que estaban contra el terciopelo. Todo su cuerpo gritaba.
—¿A dónde vamos? —logró preguntar, casi en un susurro.
Jacob se encogió de hombros, relajado.
—Al hotel. Tengo una suite. Pensé que podrías… acompañarme un rato. Tomar algo. Hablar. —La miró directo a los ojos—. Si quieres, claro.
Daniela abrió la boca. Cerró la boca. Pensó en Israel. En algún lugar allá afuera, buscándola entre la multitud. Preocupado. Confundido. Sin entender dónde se había metido.
Pero Jacob estaba ahí. Real. Tocándola apenas con la mirada. Diciéndole exactamente las palabras que ella había imaginado miles de veces en sus fantasías.
Y su cuerpo decidió antes que su cabeza.
—Quiero —susurró.
Jacob sonrió despacio. Se inclinó hacia adelante y le rozó la mejilla con el dorso de los dedos. El contacto fue eléctrico.
—Entonces nos vamos.
La limusina arrancó suavemente, alejándose del caos.
Daniela miró por la ventana tintada. Vio luces pasar. Vio gente todavía gritando. Vio, por un segundo, a Israel de pie en medio de la calle, mirando alrededor con el teléfono en la mano, buscándola.
Y sintió una punzada de culpa tan afilada que casi lloró.
Pero entonces Jacob le tomó la mano. Entrelazó sus dedos con los de ella. Le apretó suavemente.
Y la culpa se diluyó en un mar de calor.
Porque por primera vez en su vida, Daniela no era la chica tímida, pequeña y olvidable.
Era la afortunada.
Y la limusina se perdía en la noche de Los Ángeles, llevándola directo al borde de todo lo que había soñado… y de todo lo que nunca debería haber querido.
Continua...


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