Capítulo 7: La entrega
Jacob seguía moviéndose dentro de ella con esa lentitud deliberada que al principio la había vuelto loca de deseo. Cada embestida era profunda, medida, como si quisiera que Daniela sintiera cada centímetro, cada vena, cada latido de su sexo enterrado en el suyo. Ella tenía las piernas abiertas alrededor de sus caderas, las manos aferradas a las sábanas blancas, los ojos cerrados mientras gemía bajito con cada roce perfecto contra ese punto que la hacía temblar.
Pero algo cambió.
Fue sutil al principio.
Jacob se detuvo un segundo, completamente dentro, inmóvil. Daniela abrió los ojos, confundida, jadeante. Él la miraba desde arriba, el pelo cayéndole sobre la frente, los músculos de los brazos tensos por sostenerse sobre ella. La expresión ya no era solo tierna; había un brillo nuevo en sus ojos, más oscuro, más hambriento.
—Date la vuelta —dijo, la voz baja pero firme. No era una pregunta.
Daniela parpadeó, todavía flotando en la bruma del placer. Su cuerpo obedeció antes que su mente. Se giró despacio, poniéndose boca abajo. Sintió el colchón hundirse cuando él se movió detrás de ella. Jacob le levantó las caderas con ambas manos, colocándola en cuatro, las rodillas abiertas, el trasero alzado. El vestido negro seguía arrugado alrededor de su cintura como una segunda piel rota.
Le recorrió la espalda con una mano abierta, desde la nuca hasta la curva de las nalgas. Presionó ligeramente entre sus omóplatos, obligándola a bajar el pecho contra las sábanas. La postura la dejó expuesta, vulnerable: la cara hundida en la almohada, los brazos extendidos hacia adelante, el culo en alto ofreciéndose sin palabras.
—Así —murmuró él, y esta vez la voz tenía un filo—. Quédate quieta.
Daniela sintió un escalofrío recorrerle la columna. No era miedo. Era rendición pura. Toda su vida había sido tímida, pequeña, cuidadosa. Pero ahí, con él, su cuerpo sabía exactamente qué hacer: entregarse. Completamente. Sin reservas.
Jacob se posicionó detrás. Rozó la cabeza de su miembro contra sus labios hinchados, empapados, sin entrar todavía. Solo jugaba, deslizándose arriba y abajo, untándose con su humedad. Daniela gimió contra la almohada, las caderas moviéndose por instinto hacia atrás, buscando más.
—No —dijo él, y le dio una palmada firme en una nalga. No fuerte, pero sí lo suficiente para que el sonido resonara en la habitación y el calor se extendiera como fuego líquido—. Te mueves cuando yo te diga.
Daniela se quedó quieta al instante. El corazón le latía en la garganta. El ardor en la piel era delicioso. Nunca había sentido algo así: esa mezcla de vergüenza y excitación absoluta.
Jacob entró de golpe esta vez. Sin preámbulos. Hasta el fondo en una sola embestida. Daniela soltó un grito ahogado, las manos aferrándose a las sábanas. Él no le dio tiempo a adaptarse. Empezó a moverse con fuerza, ritmo constante y profundo, cada golpe haciendo que sus pechos pequeños rebotaran contra el colchón, que su cuerpo se deslizara un poco hacia adelante con el impacto.
—Así… —gruñó él, una mano en su cadera, la otra enredada en su pelo castaño—. Toma todo. Todo lo que te doy.
Daniela no podía hablar. Solo gemía, gemía y gemía, cada embestida arrancándole sonidos que nunca había hecho antes. Su postura sumisa era natural, instintiva: la espalda arqueada, el culo alzado, las piernas temblando por el esfuerzo de mantenerse en posición. Cada vez que él se enterraba hasta el fondo, sentía cómo la llenaba por completo, cómo su cuerpo se abría para él sin resistencia.
Jacob le soltó el pelo y le rodeó el cuello con una mano, no apretando, solo sujetando. La levantó un poco, obligándola a arquear más la espalda.
—Mírame —ordenó.
Ella giró la cabeza como pudo, los ojos vidriosos, las mejillas encendidas. Jacob se inclinó sobre ella, todavía moviéndose sin piedad, y la besó en la boca con rudeza. Mordió su labio inferior, tiró de él, luego lamió el dolor.
—Eres mía esta noche —susurró contra su boca—. Di que sí.
—S-sí… —jadeó ella, la voz rota—. Soy tuya.
Él aceleró. Las embestidas se volvieron más cortas, más duras. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con los gemidos de Daniela y los gruñidos bajos de Jacob. Le soltó el cuello y bajó la mano hasta su clítoris, frotándolo con dos dedos en círculos rápidos mientras seguía follándola sin parar.
Daniela sintió el orgasmo llegar como una avalancha. No pudo contenerlo. Se tensó entera, las paredes internas apretándolo con fuerza, un grito largo y agudo escapando de su garganta. Jacob no se detuvo. Siguió empujando a través de sus contracciones, prolongando el placer hasta que ella empezó a temblar incontrolablemente.
—Buena chica —murmuró él, la voz ronca de deseo—. Así… córrete para mí otra vez.
Y lo hizo. Otro orgasmo la atravesó casi de inmediato, más intenso, más violento. Las piernas le fallaron, pero Jacob la sostuvo por las caderas, manteniéndola en posición mientras seguía moviéndose dentro de ella, implacable.
Cuando por fin se detuvo, fue solo para girarla de nuevo. La puso boca arriba, le abrió las piernas con las rodillas y entró otra vez. Esta vez la miró a los ojos mientras la follaba, lento al principio, luego más rápido. Sus manos sujetaban las muñecas de Daniela por encima de su cabeza, clavándola contra el colchón.
—Dime que lo quieres —exigió.
—Lo quiero… lo quiero todo… —gimió ella, entregada por completo, las lágrimas de placer rodando por sus sienes—. Por favor… no pares…
Jacob gruñó, el ritmo volviéndose errático. Se inclinó y mordió su cuello, dejando una marca roja. Daniela se arqueó contra él, ofreciéndole más piel, más de todo.
Cuando él llegó al límite, se enterró hasta el fondo y se quedó ahí, palpitando dentro de ella mientras se corría con un gemido grave y largo. Daniela sintió cada chorro caliente llenándola, el calor extendiéndose por su interior, y eso la llevó a un último orgasmo suave, tembloroso, casi doloroso de tan intenso.
Se quedaron así un rato, respirando agitados, sudorosos, unidos. Jacob salió despacio, dejando un rastro de semen que goteó entre sus muslos. Se tumbó a su lado, la atrajo contra su pecho y le besó la frente con una ternura repentina que contrastaba con todo lo anterior.
Daniela se acurrucó contra él, el cuerpo exhausto, la mente en blanco. No pensaba en nada. Ni en Israel, ni en la culpa, ni en el mañana.
Solo sentía el latido de Jacob bajo su mejilla.
Solo sentía que, por primera vez, se había entregado por completo.
Y que le había gustado demasiado.
Capítulo 8: La confesión y el territorio nuevo
Estaban tendidos en la cama deshecha, las sábanas revueltas y húmedas. El aire de la suite olía a sexo, a sudor limpio y a whisky derramado en algún vaso olvidado sobre la mesita. Daniela tenía la cabeza apoyada en el pecho de Jacob, escuchando cómo su respiración iba volviendo a la normalidad. Él le acariciaba el pelo con dedos perezosos, trazando círculos lentos en su cuero cabelludo. El silencio era cómodo, pero cargado. Ninguno de los dos quería romperlo todavía.
Fue Jacob quien habló primero, la voz ronca y baja, como si estuviera pensando en voz alta.
—¿Cuántas veces has hecho esto antes? —preguntó, sin juzgar, solo curioso—. No pareces… inexperta, pero tampoco tienes esa seguridad de quien lo hace todos los días.
Daniela se sonrojó, aunque él no podía verla. Se mordió el labio inferior y respondió con honestidad, porque ya no quedaba espacio para mentiras.
—Unas pocas… con mi novio. Nada como esto. Nada tan… intenso.
Jacob se quedó quieto un segundo. Luego, con calma, preguntó lo obvio:
—¿Tienes novio?
Ella asintió contra su pecho. El corazón le dio un vuelco, pero no era de culpa esta vez. Era de algo más oscuro, más liberador.
—Sí. Se llama Israel. Es… bueno conmigo. Muy bueno.
Jacob no se movió, no se tensó. Solo siguió acariciándole el pelo.
—¿Y él sabe que estás aquí?
—No —susurró ella—. Se quedó buscándome en la multitud. No sabe nada.
Hubo un silencio más largo. Jacob deslizó la mano por su espalda, bajando hasta la curva de su trasero, donde todavía sentía el calor de las palmadas anteriores.
—¿Y ahora? —preguntó, la voz más grave—. ¿Qué pasa con él?
Daniela levantó la cabeza por fin. Lo miró a los ojos. Los suyos estaban brillantes, casi febriles.
—Ahora le pertenezco a usted —dijo, y la frase salió natural, sin titubear—. Esta noche… y quizás más. No sé. Pero en este momento, solo existes tú.
Jacob la observó un rato largo, como si midiera el peso de esas palabras. Luego sonrió, lento, peligroso.
—Buena respuesta —murmuró.
La giró con facilidad, poniéndola boca abajo otra vez. Daniela se dejó hacer, las rodillas abriéndose por instinto, el trasero alzado. Jacob se colocó detrás, las manos grandes abriéndole las nalgas con firmeza pero sin prisa. Daniela sintió el aire fresco contra su piel expuesta, la humedad que todavía goteaba de su sexo, el rastro de semen que él había dejado dentro.
Jacob se inclinó. Primero besó la curva de una nalga, luego la otra. Mordió suavemente, dejando marcas rojas que se desvanecían casi al instante. Luego bajó la lengua, lamiendo despacio la línea entre sus nalgas, deteniéndose justo en el pequeño anillo apretado que nadie había tocado nunca.
Daniela se tensó, un gemido sorprendido escapando de su garganta.
—¿Qué…?
—Shh —la calmó él, la voz vibrando contra su piel—. Relájate.
La lengua volvió, plana y caliente, rodeando el agujero virgen con movimientos circulares lentos. Daniela cerró los ojos, las manos aferradas a las sábanas. Era una sensación nueva, extraña, prohibida. Pero el calor que le subía por la columna era innegable. Jacob lamía con paciencia, humedeciéndolo todo, presionando la punta de la lengua contra el centro apretado hasta que sintió cómo cedía un poco, cómo se abría apenas.
Daniela jadeaba contra la almohada, las caderas moviéndose por instinto hacia atrás.
Jacob levantó la cabeza un segundo, la voz ronca contra su piel.
—¿Eres virgen aquí?
—Sí… —susurró ella, la voz temblorosa—. Nunca… nadie.
Jacob gruñó de satisfacción, un sonido profundo y animal.
—¿Quieres que sea yo quien te quite eso?
Daniela no dudó. El deseo la había consumido por completo. La timidez se había evaporado en algún momento entre la alfombra roja y esta cama.
—Sí —dijo, casi suplicando—. Quiero que seas tú. Por favor.
Jacob no respondió con palabras. Volvió a bajar la boca, esta vez más insistente. Lamía, succionaba suavemente el anillo, introduciendo la punta de la lengua un poco más profundo cada vez. Daniela gemía sin control, las piernas temblando. Una de las manos de él bajó hasta su clítoris, frotándolo en círculos lentos para mantenerla al borde mientras la preparaba.
Cuando sintió que estaba lo suficientemente húmeda y relajada, Jacob se incorporó. Se inclinó sobre ella, el pecho contra su espalda, la erección dura rozando entre sus nalgas.
—Voy despacio al principio —le advirtió, la voz baja en su oído—. Respira. Dime si duele demasiado.
Daniela asintió, la cara hundida en la almohada.
Jacob escupió en su mano, se lubricó bien y colocó la cabeza contra el pequeño agujero. Presionó despacio. Daniela se tensó al principio, un gemido de incomodidad mezclada con placer. Él no forzó. Solo esperó, besándole la nuca, murmurándole palabras suaves.
—Relájate… así… buena chica… déjame entrar.
Poco a poco, centímetro a centímetro, la cabeza pasó. Daniela soltó un grito ahogado, las lágrimas asomando por las comisuras de los ojos. Dolor, sí, pero también una plenitud extraña, abrumadora. Jacob se quedó quieto, dándole tiempo, acariciándole la espalda, el pelo, los costados.
—¿Estás bien? —preguntó, la voz tensa por el esfuerzo de contenerse.
—Sí… —jadeó ella—. Sigue… por favor.
Jacob empujó más. Despacio. Hasta que estuvo completamente dentro, enterrado hasta la base en ese lugar virgen que ahora era suyo. Daniela temblaba entera, el cuerpo adaptándose al grosor, al calor, a la invasión completa.
Jacob empezó a moverse. Muy lento al principio. Solo salía un poco y volvía a entrar, dejando que ella se acostumbrara. Cada embestida era más profunda, más segura. Daniela gemía sin parar, las caderas empujando hacia atrás por instinto, buscando más.
—Joder… estás tan apretada… —gruñó él, una mano en su cadera, la otra bajando de nuevo a su clítoris—. Te sientes increíble.
Daniela se entregó por completo. La postura sumisa era absoluta: pecho contra el colchón, culo alzado, manos extendidas, ofreciéndose sin reservas. Cada embestida la llevaba más lejos, el placer creciendo desde ese lugar nuevo hasta invadir todo su cuerpo.
Jacob aceleró. Las embestidas se volvieron más fuertes, más profundas. Le sujetó las caderas con ambas manos, follándola con ritmo constante, gruñendo contra su oído.
—Dime a quién perteneces.
—A ti… —gimió ella—. A ti… solo a ti…
Él la recompensó frotando su clítoris más rápido. Daniela sintió el orgasmo llegar desde lo más profundo, diferente esta vez: más intenso, más crudo. Se corrió gritando su nombre, las paredes traseras contrayéndose alrededor de él, apretándolo con fuerza.
Jacob no aguantó más. Se enterró hasta el fondo una última vez y se corrió dentro, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar de nuevo.
Se quedaron así, unidos, jadeantes. Jacob salió despacio, dejando que el semen gotee por sus muslos. La giró con cuidado, la abrazó contra su pecho.
Daniela lloraba bajito. No de dolor. De liberación. De placer. De todo.
Jacob le besó las lágrimas.
—Eres mía ahora —susurró—. De verdad.
Y Daniela, exhausta, rota y completa al mismo tiempo, solo pudo asentir.
—Sí… soy tuya.
Fuera, en algún lugar de la ciudad, Israel seguía buscándola.
Pero dentro de esa suite, en esa cama, Daniela ya no era la misma.
Y no quería volver a serlo.
Continua...
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Jacob seguía moviéndose dentro de ella con esa lentitud deliberada que al principio la había vuelto loca de deseo. Cada embestida era profunda, medida, como si quisiera que Daniela sintiera cada centímetro, cada vena, cada latido de su sexo enterrado en el suyo. Ella tenía las piernas abiertas alrededor de sus caderas, las manos aferradas a las sábanas blancas, los ojos cerrados mientras gemía bajito con cada roce perfecto contra ese punto que la hacía temblar.
Pero algo cambió.
Fue sutil al principio.
Jacob se detuvo un segundo, completamente dentro, inmóvil. Daniela abrió los ojos, confundida, jadeante. Él la miraba desde arriba, el pelo cayéndole sobre la frente, los músculos de los brazos tensos por sostenerse sobre ella. La expresión ya no era solo tierna; había un brillo nuevo en sus ojos, más oscuro, más hambriento.
—Date la vuelta —dijo, la voz baja pero firme. No era una pregunta.
Daniela parpadeó, todavía flotando en la bruma del placer. Su cuerpo obedeció antes que su mente. Se giró despacio, poniéndose boca abajo. Sintió el colchón hundirse cuando él se movió detrás de ella. Jacob le levantó las caderas con ambas manos, colocándola en cuatro, las rodillas abiertas, el trasero alzado. El vestido negro seguía arrugado alrededor de su cintura como una segunda piel rota.
Le recorrió la espalda con una mano abierta, desde la nuca hasta la curva de las nalgas. Presionó ligeramente entre sus omóplatos, obligándola a bajar el pecho contra las sábanas. La postura la dejó expuesta, vulnerable: la cara hundida en la almohada, los brazos extendidos hacia adelante, el culo en alto ofreciéndose sin palabras.
—Así —murmuró él, y esta vez la voz tenía un filo—. Quédate quieta.
Daniela sintió un escalofrío recorrerle la columna. No era miedo. Era rendición pura. Toda su vida había sido tímida, pequeña, cuidadosa. Pero ahí, con él, su cuerpo sabía exactamente qué hacer: entregarse. Completamente. Sin reservas.
Jacob se posicionó detrás. Rozó la cabeza de su miembro contra sus labios hinchados, empapados, sin entrar todavía. Solo jugaba, deslizándose arriba y abajo, untándose con su humedad. Daniela gimió contra la almohada, las caderas moviéndose por instinto hacia atrás, buscando más.
—No —dijo él, y le dio una palmada firme en una nalga. No fuerte, pero sí lo suficiente para que el sonido resonara en la habitación y el calor se extendiera como fuego líquido—. Te mueves cuando yo te diga.
Daniela se quedó quieta al instante. El corazón le latía en la garganta. El ardor en la piel era delicioso. Nunca había sentido algo así: esa mezcla de vergüenza y excitación absoluta.
Jacob entró de golpe esta vez. Sin preámbulos. Hasta el fondo en una sola embestida. Daniela soltó un grito ahogado, las manos aferrándose a las sábanas. Él no le dio tiempo a adaptarse. Empezó a moverse con fuerza, ritmo constante y profundo, cada golpe haciendo que sus pechos pequeños rebotaran contra el colchón, que su cuerpo se deslizara un poco hacia adelante con el impacto.
—Así… —gruñó él, una mano en su cadera, la otra enredada en su pelo castaño—. Toma todo. Todo lo que te doy.
Daniela no podía hablar. Solo gemía, gemía y gemía, cada embestida arrancándole sonidos que nunca había hecho antes. Su postura sumisa era natural, instintiva: la espalda arqueada, el culo alzado, las piernas temblando por el esfuerzo de mantenerse en posición. Cada vez que él se enterraba hasta el fondo, sentía cómo la llenaba por completo, cómo su cuerpo se abría para él sin resistencia.
Jacob le soltó el pelo y le rodeó el cuello con una mano, no apretando, solo sujetando. La levantó un poco, obligándola a arquear más la espalda.
—Mírame —ordenó.
Ella giró la cabeza como pudo, los ojos vidriosos, las mejillas encendidas. Jacob se inclinó sobre ella, todavía moviéndose sin piedad, y la besó en la boca con rudeza. Mordió su labio inferior, tiró de él, luego lamió el dolor.
—Eres mía esta noche —susurró contra su boca—. Di que sí.
—S-sí… —jadeó ella, la voz rota—. Soy tuya.
Él aceleró. Las embestidas se volvieron más cortas, más duras. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con los gemidos de Daniela y los gruñidos bajos de Jacob. Le soltó el cuello y bajó la mano hasta su clítoris, frotándolo con dos dedos en círculos rápidos mientras seguía follándola sin parar.
Daniela sintió el orgasmo llegar como una avalancha. No pudo contenerlo. Se tensó entera, las paredes internas apretándolo con fuerza, un grito largo y agudo escapando de su garganta. Jacob no se detuvo. Siguió empujando a través de sus contracciones, prolongando el placer hasta que ella empezó a temblar incontrolablemente.
—Buena chica —murmuró él, la voz ronca de deseo—. Así… córrete para mí otra vez.
Y lo hizo. Otro orgasmo la atravesó casi de inmediato, más intenso, más violento. Las piernas le fallaron, pero Jacob la sostuvo por las caderas, manteniéndola en posición mientras seguía moviéndose dentro de ella, implacable.
Cuando por fin se detuvo, fue solo para girarla de nuevo. La puso boca arriba, le abrió las piernas con las rodillas y entró otra vez. Esta vez la miró a los ojos mientras la follaba, lento al principio, luego más rápido. Sus manos sujetaban las muñecas de Daniela por encima de su cabeza, clavándola contra el colchón.
—Dime que lo quieres —exigió.
—Lo quiero… lo quiero todo… —gimió ella, entregada por completo, las lágrimas de placer rodando por sus sienes—. Por favor… no pares…
Jacob gruñó, el ritmo volviéndose errático. Se inclinó y mordió su cuello, dejando una marca roja. Daniela se arqueó contra él, ofreciéndole más piel, más de todo.
Cuando él llegó al límite, se enterró hasta el fondo y se quedó ahí, palpitando dentro de ella mientras se corría con un gemido grave y largo. Daniela sintió cada chorro caliente llenándola, el calor extendiéndose por su interior, y eso la llevó a un último orgasmo suave, tembloroso, casi doloroso de tan intenso.
Se quedaron así un rato, respirando agitados, sudorosos, unidos. Jacob salió despacio, dejando un rastro de semen que goteó entre sus muslos. Se tumbó a su lado, la atrajo contra su pecho y le besó la frente con una ternura repentina que contrastaba con todo lo anterior.
Daniela se acurrucó contra él, el cuerpo exhausto, la mente en blanco. No pensaba en nada. Ni en Israel, ni en la culpa, ni en el mañana.
Solo sentía el latido de Jacob bajo su mejilla.
Solo sentía que, por primera vez, se había entregado por completo.
Y que le había gustado demasiado.
Capítulo 8: La confesión y el territorio nuevo
Estaban tendidos en la cama deshecha, las sábanas revueltas y húmedas. El aire de la suite olía a sexo, a sudor limpio y a whisky derramado en algún vaso olvidado sobre la mesita. Daniela tenía la cabeza apoyada en el pecho de Jacob, escuchando cómo su respiración iba volviendo a la normalidad. Él le acariciaba el pelo con dedos perezosos, trazando círculos lentos en su cuero cabelludo. El silencio era cómodo, pero cargado. Ninguno de los dos quería romperlo todavía.
Fue Jacob quien habló primero, la voz ronca y baja, como si estuviera pensando en voz alta.
—¿Cuántas veces has hecho esto antes? —preguntó, sin juzgar, solo curioso—. No pareces… inexperta, pero tampoco tienes esa seguridad de quien lo hace todos los días.
Daniela se sonrojó, aunque él no podía verla. Se mordió el labio inferior y respondió con honestidad, porque ya no quedaba espacio para mentiras.
—Unas pocas… con mi novio. Nada como esto. Nada tan… intenso.
Jacob se quedó quieto un segundo. Luego, con calma, preguntó lo obvio:
—¿Tienes novio?
Ella asintió contra su pecho. El corazón le dio un vuelco, pero no era de culpa esta vez. Era de algo más oscuro, más liberador.
—Sí. Se llama Israel. Es… bueno conmigo. Muy bueno.
Jacob no se movió, no se tensó. Solo siguió acariciándole el pelo.
—¿Y él sabe que estás aquí?
—No —susurró ella—. Se quedó buscándome en la multitud. No sabe nada.
Hubo un silencio más largo. Jacob deslizó la mano por su espalda, bajando hasta la curva de su trasero, donde todavía sentía el calor de las palmadas anteriores.
—¿Y ahora? —preguntó, la voz más grave—. ¿Qué pasa con él?
Daniela levantó la cabeza por fin. Lo miró a los ojos. Los suyos estaban brillantes, casi febriles.
—Ahora le pertenezco a usted —dijo, y la frase salió natural, sin titubear—. Esta noche… y quizás más. No sé. Pero en este momento, solo existes tú.
Jacob la observó un rato largo, como si midiera el peso de esas palabras. Luego sonrió, lento, peligroso.
—Buena respuesta —murmuró.
La giró con facilidad, poniéndola boca abajo otra vez. Daniela se dejó hacer, las rodillas abriéndose por instinto, el trasero alzado. Jacob se colocó detrás, las manos grandes abriéndole las nalgas con firmeza pero sin prisa. Daniela sintió el aire fresco contra su piel expuesta, la humedad que todavía goteaba de su sexo, el rastro de semen que él había dejado dentro.
Jacob se inclinó. Primero besó la curva de una nalga, luego la otra. Mordió suavemente, dejando marcas rojas que se desvanecían casi al instante. Luego bajó la lengua, lamiendo despacio la línea entre sus nalgas, deteniéndose justo en el pequeño anillo apretado que nadie había tocado nunca.
Daniela se tensó, un gemido sorprendido escapando de su garganta.
—¿Qué…?
—Shh —la calmó él, la voz vibrando contra su piel—. Relájate.
La lengua volvió, plana y caliente, rodeando el agujero virgen con movimientos circulares lentos. Daniela cerró los ojos, las manos aferradas a las sábanas. Era una sensación nueva, extraña, prohibida. Pero el calor que le subía por la columna era innegable. Jacob lamía con paciencia, humedeciéndolo todo, presionando la punta de la lengua contra el centro apretado hasta que sintió cómo cedía un poco, cómo se abría apenas.
Daniela jadeaba contra la almohada, las caderas moviéndose por instinto hacia atrás.
Jacob levantó la cabeza un segundo, la voz ronca contra su piel.
—¿Eres virgen aquí?
—Sí… —susurró ella, la voz temblorosa—. Nunca… nadie.
Jacob gruñó de satisfacción, un sonido profundo y animal.
—¿Quieres que sea yo quien te quite eso?
Daniela no dudó. El deseo la había consumido por completo. La timidez se había evaporado en algún momento entre la alfombra roja y esta cama.
—Sí —dijo, casi suplicando—. Quiero que seas tú. Por favor.
Jacob no respondió con palabras. Volvió a bajar la boca, esta vez más insistente. Lamía, succionaba suavemente el anillo, introduciendo la punta de la lengua un poco más profundo cada vez. Daniela gemía sin control, las piernas temblando. Una de las manos de él bajó hasta su clítoris, frotándolo en círculos lentos para mantenerla al borde mientras la preparaba.
Cuando sintió que estaba lo suficientemente húmeda y relajada, Jacob se incorporó. Se inclinó sobre ella, el pecho contra su espalda, la erección dura rozando entre sus nalgas.
—Voy despacio al principio —le advirtió, la voz baja en su oído—. Respira. Dime si duele demasiado.
Daniela asintió, la cara hundida en la almohada.
Jacob escupió en su mano, se lubricó bien y colocó la cabeza contra el pequeño agujero. Presionó despacio. Daniela se tensó al principio, un gemido de incomodidad mezclada con placer. Él no forzó. Solo esperó, besándole la nuca, murmurándole palabras suaves.
—Relájate… así… buena chica… déjame entrar.
Poco a poco, centímetro a centímetro, la cabeza pasó. Daniela soltó un grito ahogado, las lágrimas asomando por las comisuras de los ojos. Dolor, sí, pero también una plenitud extraña, abrumadora. Jacob se quedó quieto, dándole tiempo, acariciándole la espalda, el pelo, los costados.
—¿Estás bien? —preguntó, la voz tensa por el esfuerzo de contenerse.
—Sí… —jadeó ella—. Sigue… por favor.
Jacob empujó más. Despacio. Hasta que estuvo completamente dentro, enterrado hasta la base en ese lugar virgen que ahora era suyo. Daniela temblaba entera, el cuerpo adaptándose al grosor, al calor, a la invasión completa.
Jacob empezó a moverse. Muy lento al principio. Solo salía un poco y volvía a entrar, dejando que ella se acostumbrara. Cada embestida era más profunda, más segura. Daniela gemía sin parar, las caderas empujando hacia atrás por instinto, buscando más.
—Joder… estás tan apretada… —gruñó él, una mano en su cadera, la otra bajando de nuevo a su clítoris—. Te sientes increíble.
Daniela se entregó por completo. La postura sumisa era absoluta: pecho contra el colchón, culo alzado, manos extendidas, ofreciéndose sin reservas. Cada embestida la llevaba más lejos, el placer creciendo desde ese lugar nuevo hasta invadir todo su cuerpo.
Jacob aceleró. Las embestidas se volvieron más fuertes, más profundas. Le sujetó las caderas con ambas manos, follándola con ritmo constante, gruñendo contra su oído.
—Dime a quién perteneces.
—A ti… —gimió ella—. A ti… solo a ti…
Él la recompensó frotando su clítoris más rápido. Daniela sintió el orgasmo llegar desde lo más profundo, diferente esta vez: más intenso, más crudo. Se corrió gritando su nombre, las paredes traseras contrayéndose alrededor de él, apretándolo con fuerza.
Jacob no aguantó más. Se enterró hasta el fondo una última vez y se corrió dentro, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar de nuevo.
Se quedaron así, unidos, jadeantes. Jacob salió despacio, dejando que el semen gotee por sus muslos. La giró con cuidado, la abrazó contra su pecho.
Daniela lloraba bajito. No de dolor. De liberación. De placer. De todo.
Jacob le besó las lágrimas.
—Eres mía ahora —susurró—. De verdad.
Y Daniela, exhausta, rota y completa al mismo tiempo, solo pudo asentir.
—Sí… soy tuya.
Fuera, en algún lugar de la ciudad, Israel seguía buscándola.
Pero dentro de esa suite, en esa cama, Daniela ya no era la misma.
Y no quería volver a serlo.
Continua...
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