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El loco fanatismo de mi novia 3

Capítulo 5: La suite y el silencio que pesa
La limusina se detuvo frente a un hotel que Daniela solo había visto en revistas y en películas: fachada de mármol blanco, palmeras iluminadas, valet parking con hombres de traje impecable. Jacob salió primero, le tendió la mano con naturalidad y la ayudó a bajar. Ella pisó la acera con tacones que de pronto le parecieron demasiado altos, demasiado ruidosos. El vestido negro de terciopelo se le pegaba a la piel por el calor de la noche y por el sudor nervioso que le cubría la espalda descubierta.
Subieron en ascensor privado. Jacob pulsó el botón del piso 32 sin decir nada. Solo la miró de reojo una vez, con esa media sonrisa que hacía que sus ojos se arrugaran un poco en las esquinas. Daniela mantuvo la vista fija en el suelo, contando las luces del panel como si fueran a salvarla de lo que estaba pasando.
La suite era inmensa. Techos altos, ventanales del piso al techo con vistas a la ciudad que brillaba como un mar de estrellas caídas. Sofás de cuero crema, una chimenea eléctrica que no necesitaba encenderse, una barra de mármol con botellas alineadas como soldados. Olía a limpio, a dinero, a él.
—Ponte cómoda —dijo Jacob mientras se quitaba la chaqueta y la colgaba en el respaldo de una silla—. Voy a cambiarme. Este traje me está matando.
Entró al baño sin cerrar del todo la puerta. Daniela oyó el agua correr un segundo, luego el sonido de ropa cayendo al suelo. Se quedó parada en medio de la sala, con los brazos cruzados sobre el pecho como si quisiera protegerse de algo invisible. No sabía qué hacer con las manos. Se quitó los tacones despacio, sintiendo el alivio en los pies pero también la vulnerabilidad de estar descalza en un lugar que no era suyo.
Se sentó en el borde del sofá más grande. Las piernas juntas, la espalda recta. Miró alrededor. Todo era demasiado perfecto. Demasiado irreal. Se pellizcó el muslo por debajo del vestido, fuerte, para comprobar que no estaba soñando.
Jacob salió del baño.
Solo llevaba un short gris de algodón que le llegaba a medio muslo. Sin camisa. El torso definido pero no exagerado, piel ligeramente bronceada, vello oscuro que bajaba en una línea fina desde el ombligo hasta perderse bajo la tela. Los hombros anchos, los brazos largos y fuertes. Caminaba descalzo, con una naturalidad que hacía que el espacio entero pareciera más pequeño.
Daniela sintió que se le secaba la boca.
Él se acercó a la barra, sacó dos vasos bajos y una botella de whisky con etiqueta dorada.
—¿Quieres uno? —preguntó, girándose hacia ella.
—No… no bebo mucho —admitió ella, con voz pequeña—. Casi nada, en realidad.
Jacob sonrió, sin burla.
—Entonces te hago uno suave. Solo un dedo. Para que brindemos.
Sirvió dos vasos. En el de ella puso hielo y muy poco whisky; en el suyo, más generoso. Se acercó y le tendió el vaso. Sus dedos se rozaron. Ella sintió el calor subirle por el brazo hasta la nuca.
Se sentó a su lado, no pegado, pero lo suficientemente cerca para que ella oliera su piel recién duchada: jabón limpio, un toque de colonia fresca, nada abrumador. Tomó un sorbo y la miró.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, como si acabaran de conocerse en una fiesta normal.
—Daniela —susurró ella.
—Daniela… —repitió él, saboreando el nombre—. Me gusta. Suena suave. Como tú.
Ella se sonrojó hasta las orejas. Bajó la vista al vaso. Dio un sorbito diminuto. El whisky le quemó la garganta, pero no tanto como la mirada de él.
—¿Y tú… cómo supiste que era yo? —preguntó, sin atreverse a mirarlo directamente—. En la alfombra. Dijiste que era la afortunada.
Jacob se recostó contra el respaldo, estirando un brazo sobre el sofá. Sus dedos quedaron a centímetros del hombro desnudo de ella.
—Te vi desde el coche antes de salir. Estabas ahí, quieta entre todo el caos. No gritabas, no empujabas. Solo mirabas. Con una cara… no sé. Como si estuvieras conteniendo el mundo entero dentro de ti. Me llamó la atención. Y luego, cuando te caíste encima mío… —rió bajito—. Pensé: “esta es la que quería conocer”.
Daniela levantó la vista por fin. Sus ojos avellana encontraron los de él, oscuros, tranquilos.
—No entiendo por qué yo —dijo, casi en un hilo—. Hay miles de chicas ahí afuera que…
—No quiero miles de chicas —la interrumpió él, suave pero firme—. Quiero hablar con alguien que no me trate como si fuera un trofeo. Y tú no lo hiciste. Ni siquiera cuando te sujeté.
Ella sintió que el corazón le iba a estallar. Tomó otro sorbito. El alcohol le calentó el estómago, le aflojó un poco los nervios.
—¿Y ahora qué? —preguntó, con una risa nerviosa—. ¿Qué hacemos?
Jacob se inclinó un poco hacia ella. No la tocó, pero el espacio entre ellos se hizo más pequeño.
—Hablamos. Nos conocemos. Si quieres irte en cualquier momento, te llevo de vuelta o llamo un coche. Sin presiones. —Hizo una pausa—. Pero si quieres quedarte… me gustaría conocerte de verdad, Daniela.
Ella asintió despacio. No sabía qué decir. Solo sabía que estar ahí, con él, medio desnudo, hablando como si fueran dos personas normales, era más erótico que cualquier fantasía que hubiera tenido.
Empezaron a hablar.
De películas. De libros. De cómo odiaba las multitudes pero amaba el cine. De cómo él a veces se sentía atrapado en el personaje que la gente esperaba que fuera. Daniela se sorprendió escuchándose: hablaba más de lo normal, las palabras le salían atropelladas por la emoción. Cada vez que él sonreía o asentía, ella sentía un cosquilleo en el pecho.
El whisky se acabó. Jacob sirvió otro poco. Esta vez ella no protestó. El calor del alcohol se mezclaba con el calor de su cuerpo, con el calor que le subía por dentro cada vez que él se movía y los músculos de su abdomen se marcaban ligeramente.
En un momento, él se giró más hacia ella.
—¿Sabes? —dijo, bajando la voz—. Cuando te vi caer en mis brazos… pensé que eras frágil. Pero ahora que te veo de cerca… no lo eres. Tienes fuego dentro.
Daniela se mordió el labio. El encaje negro debajo del vestido estaba húmedo otra vez. Los pezones le rozaban el terciopelo con cada respiración.
—No sé qué hacer con tanto fuego —confesó, casi sin voz.
Jacob la miró largo rato. Luego, despacio, levantó una mano y le apartó un mechón de pelo que le caía sobre la cara. El roce de sus dedos en su mejilla fue como electricidad.
—Puedes dejar que salga —murmuró—. O puedes guardarlo. Tú decides.
Ella no respondió con palabras.
En cambio, se inclinó hacia adelante, solo un poco. Lo suficiente para que sus narices casi se tocaran.
Y Jacob entendió.
Cerró la distancia. La besó despacio, como en sus fantasías. Labios suaves al principio, explorando. Luego más profundos, más seguros. Una mano en su nuca, la otra en su cintura, atrayéndola hacia él.
Daniela se derritió.
El beso sabía a whisky y a promesas que no debería cumplir.
Y por primera vez en toda la noche, dejó de pensar en Israel.
Solo existía Jacob.
Solo existía ese momento.
Solo existía el fuego que él acababa de encender.
Capítulo 6: El borde del incendio
El beso se prolongó más de lo que Daniela esperaba. No era apresurado ni voraz; era como si Jacob tuviera todo el tiempo del mundo para aprenderse la forma de su boca, el sabor de su lengua, el leve temblor de sus labios cuando él los mordía con suavidad. Daniela se sentía flotar y hundirse al mismo tiempo. El whisky le había soltado los nudos del estómago, le había calentado la sangre hasta que cada roce se convertía en chispa.
Sus manos, que hasta entonces habían estado quietas sobre el sofá, empezaron a moverse por instinto. Primero una en el pecho de él, sintiendo el latido firme debajo de la piel caliente. Luego la otra, más audaz, bajó despacio por su abdomen, siguiendo la línea de vello oscuro que desaparecía bajo el short gris.
Jacob no se movió para detenerla. Solo soltó un suspiro bajo contra su boca cuando los dedos de Daniela rozaron la tela sobre su entrepierna. Ahí estaba: duro, caliente, hinchado bajo el algodón delgado. Daniela contuvo la respiración. Nunca había sentido algo así con tanta claridad, tan cerca. Sus dedos se curvaron apenas, presionando con suavidad, explorando la forma larga y gruesa que se marcaba contra su palma.
—Joder… —murmuró él, la voz ronca por primera vez esa noche. No era un gemido, sino un sonido grave, casi reverente.
Daniela levantó la vista. Los ojos de Jacob estaban oscuros, las pupilas dilatadas. La miraba como si ella fuera lo único que existía en esa suite inmensa.
—¿Quieres parar? —preguntó él, aunque su mano ya había bajado por la espalda descubierta de Daniela, rozando la piel expuesta hasta detenerse justo donde el vestido terminaba, en la curva superior de su trasero.
Ella negó con la cabeza, despacio. El whisky le daba valor, o quizás era él. O quizás era que, por primera vez, se sentía deseada de una forma que no necesitaba palabras bonitas ni promesas. Solo tacto. Solo calor.
—No —susurró—. Quiero… seguir.
Jacob sonrió, esa sonrisa lenta que le arrugaba los ojos. La besó de nuevo, esta vez más profundo, mientras su mano se colaba por debajo del terciopelo. Encontró el encaje negro de las braguitas, la piel caliente y húmeda que había estado esperando desde la alfombra roja. Rozó con los dedos la tela empapada, sin presionar, solo trazando la línea de sus labios mayores por encima del encaje. Daniela se arqueó contra su mano, un gemidito pequeño escapando de su garganta.
A cambio, ella apretó un poco más la palma contra la erección de él. Sintió cómo latía bajo su toque, cómo se endurecía aún más. Con dedos temblorosos, deslizó la mano por dentro del short. La piel era suave, caliente, venosa. Lo rodeó con suavidad, apenas un puño flojo al principio, subiendo y bajando despacio. Jacob soltó el aire entre los dientes, la frente apoyada contra la de ella.
—Así… despacio —murmuró—. Me estás volviendo loco, Daniela.
Ella no respondió. Solo siguió moviendo la mano, aprendiendo el grosor, la longitud, la forma en que la cabeza se hinchaba cuando pasaba el pulgar por encima. Cada caricia hacía que él se tensara, que su respiración se volviera más pesada.
Mientras tanto, los dedos de Jacob se volvieron más atrevidos. Apartó el encaje a un lado con delicadeza, exponiendo la humedad que goteaba ya entre sus pliegues. Rozó el clítoris con la yema del dedo medio, círculos lentos, casi tortuosos. Daniela se estremeció entera, las caderas moviéndose por instinto hacia su mano. Él introdujo un dedo despacio, solo la primera falange, sintiendo cómo sus paredes internas lo apretaban, calientes y resbaladizas.
—Estás tan mojada… —susurró contra su cuello, besándola ahí, lamiendo la piel sensible—. ¿Todo esto por mí?
Daniela asintió, jadeante. No podía mentir. No quería. El calor del whisky se había convertido en fuego líquido que le recorría las venas. Cada roce de él la hacía arquearse más, cada movimiento de su mano sobre su sexo la llevaba más cerca del borde.
Jacob añadió un segundo dedo, curvándolos ligeramente hacia arriba, buscando ese punto que la hizo soltar un gemido más alto. Lo encontró rápido. Daniela se aferró a su hombro con la mano libre, las uñas clavándose un poco en su piel.
—Ahí… justo ahí —gimió ella, la voz quebrada.
Él obedeció. Mantuvo el ritmo constante, profundo, pero sin prisa, mientras su pulgar seguía dibujando círculos sobre su clítoris hinchado. Con la otra mano le bajó un tirante del vestido, exponiendo un pecho pequeño. Se inclinó y tomó el pezón en su boca, succionando suave al principio, luego más fuerte, lamiendo con la lengua plana.
Daniela sentía que se deshacía. La mano que tenía dentro del short de él se movía más rápido ahora, apretando un poco más, sintiendo cómo él palpitaba contra su palma. Jacob gruñó contra su pecho, el sonido vibrando en su piel.
—No voy a durar mucho si sigues así —admitió, la voz ronca, casi avergonzada.
—Entonces no pares —respondió ella, sorprendiéndose de su propia audacia—. Quiero sentirte… todo.
Jacob levantó la cabeza. La miró fijamente, como si quisiera grabarse cada detalle de su cara en ese momento: mejillas sonrojadas, labios hinchados por los besos, ojos brillantes de deseo.
Se inclinó y la besó de nuevo, esta vez con más urgencia. Sus dedos se movían más rápido dentro de ella, el pulgar presionando justo donde más lo necesitaba. Daniela sintió el orgasmo acercarse como una ola inevitable. Se tensó entera, las piernas temblando, la mano apretando con fuerza alrededor de él.
—Jacob… —gimió su nombre por primera vez en voz alta, como una súplica.
—Déjate ir —le susurró él al oído—. Quiero verte correrme en mis dedos.
Y ella lo hizo.
El clímax la atravesó como un relámpago silencioso. Se arqueó contra su mano, los músculos internos contrayéndose alrededor de sus dedos, un gemido largo y roto escapando de su garganta. Jacob no dejó de moverse hasta que las últimas oleadas pasaron, hasta que ella se quedó temblando, apoyada contra su pecho, respirando con dificultad.
Cuando abrió los ojos, él la miraba con una mezcla de ternura y hambre.
—Eres hermosa cuando te corres —dijo en voz baja.
Daniela se sonrojó, pero no apartó la mirada. Su mano todavía lo rodeaba, todavía sentía cómo latía, cómo necesitaba liberación.
—Y tú… todavía no has terminado —susurró ella, apretándolo suavemente.
Jacob soltó una risa baja, casi dolorida.
—No. Todavía no.
La levantó del sofá sin esfuerzo, como si pesara nada. La llevó hasta el dormitorio de la suite, la dejó sobre la cama enorme con sábanas blancas. Se quitó el short despacio, dejándola ver todo: la erección larga, gruesa, la cabeza brillante de líquido preseminal.
Daniela se mordió el labio. El vestido seguía puesto, arrugado, un tirante caído. Jacob se arrodilló entre sus piernas, le subió la falda del vestido hasta la cintura y bajó las braguitas negras empapadas por sus muslos.
—Ahora sí —murmuró, posicionándose sobre ella—. Ahora sí te voy a hacer el amor como lo mereces.
Y cuando entró en ella, despacio, centímetro a centímetro, Daniela cerró los ojos y pensó, por un segundo fugaz, en Israel.
Pero el pensamiento se desvaneció bajo el peso del cuerpo de Jacob, bajo el calor de su piel, bajo el ritmo lento y profundo con el que empezó a moverse.
Porque en ese momento, solo existía él.
Solo existía esto.
Y el incendio que habían encendido ya no tenía vuelta atrás.
Continua...


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