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Compendio III
07: PERRAS EN CELO (Parte II)

La estaba reclamando, haciendo de Kat mía mientras apretaba su cintura y le daba todo lo que tenía. A ella le encantó. Como Marisol y la propia madre de Kat, yo era demasiado para ella, así que agradeció nuestro abrazo orgásmico. El aire entre nosotros era turbulento, nuestra respiración agotada y desigual mientras nos aferrábamos el uno al otro. La presión dentro de mi verga había sido abrumadora, y ahora estallaba en chorros espesos y ardientes que pintaban su matriz de blanco. Los gritos de placer absoluto de Kat (entre sollozos y gemidos) se ahogaban contra mis labios mientras los tragaba con avidez. Cada pulso de mi liberación estiraba su matriz aún más, su cuerpo contorsionándose violentamente bajo mí como un cable electrificado. Sus dedos se clavaron en mis hombros, sus uñas marcándose en mi piel mientras sus caderas se levantaban instintivamente, ávidas de recibir hasta la última gota.
Nos quedamos ahí, pegados, el sudor enfriándose en nuestros cuerpos mientras la hierba bajo nosotros cosquilleaba nuestra piel enrojecida. La respiración de Kat era agitada contra mis labios, su pecho subiendo y bajando en jadeos temblorosos. Sus dedos trazaban círculos perezosos en mis hombros, como mapeando el terreno de su conquista. Podía sentir su latido (salvaje y errático) contra el mío, sus muslos aun temblando ocasionalmente alrededor de mis caderas, su cuerpo negándose a soltarme. El olor a sexo y hierba pisada se aferraba a nosotros, espeso y primitivo, mezclándose con los gemidos frustrados de Titán desde el corral. Las pestañas de Kat aletearon cuando finalmente se separó, sus labios hinchados y brillantes.

• ¡No mentías… sobre lo de estirarme! - susurró ronca y jadeante, su voz rasposa.
Mientras envolvía sus manos alrededor de mi hombro, apreté sus tetas. Por fin eran mías.
- ¡Quería apretarlas desde la primera vez que te vi! - admití, hundiendo mis manos en ellas, amasando la carne suave hasta que sus pezones se endurecieron contra mis palmas.
• ¡Deberías habérmelo dicho antes!- jadeó ella, arqueándose bajo mi toque, su respiración cortándose cuando mis pulgares rodearon las puntas rígidas. Una risa brotó de su garganta (entre incrédula y delirante)- ¡Te habría dejado agarrarlas desde la segunda vez que viniste a visitarnos!
Sus mejillas se sonrojaron, la confesión flotando entre nosotros como un desafío.
Y tomé una decisión. No pude evitarlo: las tetas de Kat podían ser más pequeñas que las de Clarissa, pero encajaban perfectamente en mis palmas, su peso cálido y dócil mientras amasaba su carne suave. Su jadeo se convirtió en un gemido cuando rozaba sus pezones, ya erectos y duros desde nuestro primer round.
• ¡No puedes…! - empezó a decir, pero las palabras se disolvieron en un gemido cuando moví mis caderas, aún enterrado dentro de ella.
La sensación de sus paredes palpitar alrededor de mi verga semidura envió una descarga eléctrica por mi espina dorsal, y así, sin más, estaba listo de nuevo.
Sabía que su madre lasciva probablemente ya estaba despierta, tocándose mientras esperaba mi llegada. Pero ver a Kat morderse el labio, leyendo mis intenciones, hizo que me hundiera de nuevo en ella antes de que su cuerpo pudiera recuperarse. Su jadeo se convirtió en un gemido tembloroso (mitad protesta, mitad invitación) mientras sus paredes húmedas se apretaban a mi alrededor, aun palpitando por nuestro primer round.

• ¡No puedes hablar en serio! - jadeó, sus dedos apretando mis hombros mientras me movía más profundo, su clítoris hinchado rozando mi pelvis con cada embestida superficial. La incredulidad en su voz era deliciosa.
No había forma de que un hombre tan mayor como su padre quisiera un segundo round de inmediato. Pero yo empujaba dentro y fuera, demostrándole lo contrario. La respiración de Kat se cortó (áspera, incrédula), mientras me hundía de nuevo en ella, su calor húmedo aun latiendo por nuestro primer encuentro. Sus muslos temblaron contra mis caderas, sus dedos buscando desesperadamente agarre en mi espalda cubierta de sudor.
• ¿Tú... tú no has terminado? -jadeó, su voz quebrándose a medias, sus ojos verdes abiertos por una mezcla de shock y excitación aturdida.
Respondí moviendo mis caderas más hondo, saboreando cómo su sexo se apretaba alrededor de mí, aún sensible pero dócil. Su gemido quedó ahogado contra mi clavícula, sus dientes clavándose en mi piel como un ancla.
- ¡Ni siquiera cerca! - gruñí, sintiendo mi propio semen aún cubriendo mi verga mientras la arrastraba por sus pliegues hinchados.

La sensación era obscena (cálida, húmeda, de posesión) y todo el cuerpo de Kat se estremeció cuando llegué al fondo de nuevo, mi pelvis frotando su clítoris hipersensible. Su grito fue mitad sollozo, mitad risa, sus uñas arañando mi espalda mientras sus caderas se sacudían involuntariamente.
• ¡Mierda! ¡Mierda! - cantó, su voz rasposa, sus piernas encerrándome como si temiera que desapareciera si me soltaba.
Podía sentir su orgasmo construyéndose de nuevo, sus paredes palpitaron en espasmos frenéticos alrededor de mí, su respiración en jadeos desiguales contra mi garganta.
Sus gritos eran extáticos, los ojos de Kat cerrados, montando la ola otra vez. Quería hacerla mía. Arruinarla. Plantar semillas de perversión para que se entregara y cumpliera mis deseos.

- ¿Sabes? ¡Eres tan ardiente como tu madre! - comencé, empujando más hondo. - ¡Apuesto a que tu padre apenas la folla!
• No... ahh... papá... - compartió, su mente abrumada por la verdad y el sexo.
- Apuesto a que está tan apretada como tú. - continué, hundiéndome más. - Probablemente tocándose para dormir... como tú lo haces... cuando piensas en mí.
Ella dejó escapar un jadeo y un gemido felino al alcanzar otro orgasmo.
- Dime algo: ¿Te gustaría que la follara? - la provoqué.
• ¡Dios mío! ¡Te estás poniendo más grande y duro! - gritó, todo su cuerpo temblando, sus piernas enredándose en mi cintura, sin querer soltarme.

- Podría follarlas a las dos. Hacerlas mías.
Otro orgasmo para ella, los gritos de Kat desesperados.
- Podrían ser mis putas, ¿Sabes? Mis putas en celo. - Otro orgasmo.- Sería su perro alfa, marcándolas como mías. Te gustaría, ¿Verdad, Gatita? ¡Te gustaría mucho!
Para entonces, estaba pistoneando su matriz como si no hubiera un mañana.
• ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! - respondió, más por el placer orgásmico que por estar de acuerdo.
El cuerpo de Kat la traicionaba, sus caderas levantándose para encontrarse con mis embestidas, sus paredes húmedas palpitaron como suplicando más. Podía sentir su orgasmo construyéndose de nuevo, sus músculos apretándose alrededor de mí en espasmos frenéticos. Su respiración golpeaba mi garganta en ráfagas desiguales, sus uñas arañando mi espalda con fuerza suficiente para sacar sangre.

• ¡Mierda!... ¡Mierda! - gemía, su voz ronca, sus piernas encerrándome como si temiera que desapareciera si me soltaba.
Sentí su clímax acercarse, su cuerpo arqueándose sobre la hierba cuando llegué al fondo otra vez, mi pelvis frotando su clítoris hipersensible. Su grito fue mitad sollozo, mitad risa, sus dedos retorciéndose en el pasto, arrancando trozos de tierra mientras sus caderas se sacudían sin control.
- ¿Quieres que folle a tu madre, Gatita loca? ¿Lo quieres? - la provoqué, presionándola aún más contra el suelo, mis caderas empujando hondo con cada palabra.
Su respiración se rompió (áspera, quebrada) mientras mi verga estiraba su sexo hinchado de nuevo, los restos de nuestro primer round haciendo cada embestida obscenamente resbaladiza.
- ¡Dilo, Kat! - exigí, agarrando sus caderas con fuerza suficiente para dejar moretones, mis pulgares clavándose en los hoyuelos sobre su culo. -¡Di que quieres que folle a tu madre y a ti!
Sus ojos se voltearon, sus labios abriéndose en un grito silencioso cuando otro orgasmo la atravesó, su cuerpo convulsionando bajo mí como un cable electrificado.
• ¡S-sí!... quiero que... folles a mi mamá... también... - jadeó, la confesión arrancada de su garganta entre gemidos temblorosos.
- ¡Buena chica!- gruñí, estrellando mis labios contra los suyos en un beso abrasador que sabía a sudor y rendición.

Sus uñas arañaron mi espalda mientras tragaba sus gemidos, nuestras lenguas enredándose en un ritmo desesperado y caótico. Las piernas de Kat se engancharon alrededor de mi cintura, sus talones clavándose en mi trasero como para atraerme más hondo, su cuerpo arqueándose sobre la hierba con cada embestida. Los ladridos frenéticos de Titán se desvanecieron en ruido blanco, sus garras arañando inútilmente el corral mientras los gemidos de Kat alcanzaban un crescendo: agudos, quebrados y completamente descarados. El aroma de hierba aplastada y sexo se espesaba en el aire, mezclándose con la sal de su sudor mientras inmovilizaba sus muñecas sobre su cabeza, mi ritmo volviéndose implacable.
Sus ojos se abrieron de golpe cuando mordí su clavícula, sus irises verdes oscurecidas por el deseo.
- Me darías ese culito apretado también, ¿Verdad? - susurré contra su piel, moviendo mis caderas para enfatizar la promesa.
La respiración de Kat se cortó, sus muslos temblando alrededor de mí, no en protesta, sino en anticipación. La forma en que su sexo se apretó alrededor de mí traicionó su respuesta antes de que la jadease:
• ¡S-sí!... ¡Lo que sea! - Su voz se quebró mientras la follaba sin piedad, el sonido húmedo de nuestros cuerpos ahogando sus gemidos rotos.

Sonreí contra su garganta, saboreando su pulso.
- ¡Lo sabía!
Sus piernas enredadas alrededor de mis muslos, sus brazos abrazándome como una cadena eterna, sus labios sellados a los míos. Mis manos agarraban su culo, poseyéndola. Sus tetas, esos magníficos globos cálidos, aplastadas contra mi pecho, sacudiéndose con cada embestida.
• ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! ¡Amo esto! ¡Amo esto! - gritó Kat, sintiendo otro orgasmo.
Kat era finalmente mía. De hecho, no me sorprendería si se alegraba más de verme llegar a su casa que a su papá, Ethan. Simplemente no tenía rival en su corazón. Yo era el líder de la manada y ella, mi putita adolescente cachonda.

Su sexo se apretaba, intentando exprimirme de nuevo. Sus piernas se enroscaban alrededor de mis muslos, negándose a dejarme salir. Sus pechos se aplanaban contra mi pecho con fuerza, dejándome sentir los latidos salvajes de su corazón. Sus brazos me abrazaban más fuerte que cadenas de hierro. Sus ojos cerrados con fuerza, su beso pegado a mis labios como si fuera su equipo de buceo. Mis manos en su trasero eran la nueva normalidad. Kat era completamente mía, y cuando me vine dentro de ella otra vez, ella lanzó un grito agradecido y orgásmico al cielo, por cada uno de mis tres chorros inundando su interior. Su cuerpo se arqueó violentamente, sus dedos de los pies enterrándose en el pasto mientras el calor abrasador de mi semen pintaba su interior de blanco una vez más. Su sexo palpitó alrededor de mí en aleteos frenéticos, como si su cuerpo intentara memorizar mi forma, reclamándome incluso mientras yo la reclamaba a ella.
Quedamos allí, desnudos y devastados el uno por el otro, mi verga aún dentro de ella, soltando ocasionalmente un último hilo de semen sobrante. Kat se veía increíble. Una mujer satisfecha, adulta, con su piercing en la nariz. Una princesa rubia dorada recién follada hasta el olvido.
- ¿Fue tan bueno como para mí? - le pregunté, sabiendo ya la respuesta.
Sus labios se curvaron en una sonrisa aturdida y saciada, sus ojos verdes entrecerrados mientras trazaba dibujos o caricias en mi espalda sudorosa.

• ¡Mejor! - susurró, su voz ronca de tanto gritar.- ¡Mierda, mucho mejor!
Sus muslos temblaban alrededor de mis caderas, aún apretándose de vez en cuando, como si su cuerpo no aceptara que habíamos terminado.
- Entonces... ¿No te importaría si lo hiciéramos otra vez... mañana... y pasado... y al día siguiente? - pregunté en tono juguetón.
Kat me lanzó una sonrisa traviesa: esa que decía que sabía exactamente lo que hacía.
• ¡Oh, me importaría! - exclamó, arqueándose contra mí lo suficiente para hacer que mi verga agotada se estremeciera dentro de su sexo hipersensible. - ¡Me importaría si pararas!
Sus uñas deslizaron por mi espalda, un desafío silencioso. Titán gimió desde su corral, rascando la cerca como un espectador celoso. Kat ni siquiera lo miró. Su mundo se había reducido al peso de mi cuerpo sobre ella, al calor de mi aliento en su cuello, a la promesa en mi sonrisa.
Recogí mis pantalones, tirados tan lejos de nosotros como si estuviéramos en la luna. La tela había aterrizado en medio del jardín, enredada en las hortensias como un adorno perverso. La respiración de Kat se cortó cuando me moví dentro de ella, mi verga, aún medio erecta y resbaladiza por nuestros fluidos mezclados, rozando sus paredes hipersensibles. Un escalofrío la recorrió, sus muslos apretándose reflejamente alrededor de mis caderas.
- ¡Toma! – le ofrecí, sacando una pastilla de mi billetera tirada y poniéndola en su palma. Sus dedos temblaron contra los míos. - ¡Tómala luego! Evitará que te embarace.
Kat se paralizó. La pastilla reposaba en su mano abierta como una condena, su rostro enrojeciendo intensamente. La realidad se estrelló contra ella: la humedad entre sus muslos, el dolor en sus caderas, cómo su cuerpo aún palpitaba alrededor mío.
Tragó saliva, su voz apenas un susurro:
• ¡Te... te viniste dentro de mí! ¡Dos veces!

Observé su garganta moverse mientras lo procesaba, sus ojos verdes oscilando entre incredulidad y algo más oscuro, más hambriento. El pasto bajo nosotros estaba aplastado y húmedo, el aire cargado del aroma a sexo y menta pisoteada donde nos habíamos revolcado. Titán finalmente dejó de ladrar, jadeando en su corral con la lengua colgando, observándonos con una concentración inquietante.
- Sí... no quería parar. - respondí, sintiendo vergüenza de adulto. - Y tú tampoco querías que la sacara.
Kat rió, sus dedos trazando círculos en mi pecho sudoroso. El sol de la tarde pintaba rayos dorados sobre su piel sonrojada, resaltando las marcas de mordiscos que había dejado en su clavícula. Su risa se cortó abruptamente cuando agarré un puñado de su cabello platino, inclinando su cabeza hacia atrás hasta que sus ojos verdes se dilataron. El cambio de juguetón a depredador ocurrió en un instante.
Pero mientras la sostenía por el cabello en un abrazo cálido y amoroso, los ojos verdes de Kat se abrieron aún más, su respiración agitándose cuando mi agarre se tensó, no lo suficiente para doler, pero sí para hacer palpitar su pulso bajo mi pulgar.
- Kat, ya no hay nada más que enseñarte sobre Titán. – me sinceré, observando cómo sus pupilas se dilataban.

La honestidad en mi voz la hizo tragar saliva, su lengua rosada humedeciendo sus labios hinchados.
- ¿La única razón por la que volvería ahora? - me incliné, mi aliento caliente contra su oído. - Sería para follarte.
Kat se paralizó y enrojeció ante mis palabras…
- Y tal vez, follarme a tu mamá también. ¡No sé! La verdad, me gustaría follarme a las dos. - añadí para aliviar la tensión, pero Kat estalló en risas, girando los ojos como si hubiera dicho un chiste.
Sin embargo, bajo su diversión, lo vi: el destello en sus pupilas dilatadas, cómo su garganta se movió al tragar. La semilla había sido plantada. Ahora lo sabía.
• A mí también me gustaría volver a follar contigo...- confesó Kat con timidez, sus dedos todavía dibujando círculos en mi pecho donde el sudor aún brillaba. - Y... no sé... si quieres follarte a mi mamá...
Su voz tembló, no exactamente una pregunta, no exactamente una confesión: solo palabras suspendidas entre nosotros como el aroma a sexo pegado a nuestra piel. La besé suavemente, sabiendo a sal y rendición, antes de finalmente sacarme con un sonido húmedo que hizo temblar sus muslos.
- ¡Bien! - sonreí, viendo cómo su respiración se cortaba cuando mi semen goteaba por su muslo interno. - ¡Porque tu mamá ya me está esperando en su habitación!
El jadeo de Kat fue audible, sus ojos verdes dilatándose hasta que pude ver los anillos negros alrededor de sus irises. Titán gimió desde su corral, rascando la cerca como si sintiera el cambio sísmico en el aire.

- ¡Hemos estado follando por un tiempo! - continué, limpiando mi verga húmeda con su tanga tirada antes de lanzarla cerca del corral del aullante Titán. - Cada vez que voy a limpiarme al baño después de nuestros paseos. Y me muero por probar a las dos en la cama de Ethan.
Su boca se abrió (labios hinchados, mejillas sonrojadas), su expresión atrapada entre el shock y un despertar de excitación. Los ojos desorbitados de Kat no podían decidir si bromeaba o no, así que sonrió con expresión de incredulidad.
- Entonces, si te escabulles de vuelta a la casa en unos minutos, quizás escuches a tu mamá gimiendo por mí. - dije con una sonrisa arrogante, ajustando el cinturón lo suficientemente lento para que Kat viera la mancha húmeda donde su excitación había empapado mi pantalón.
Su respiración se cortó (aguda, audible) mientras yo añadía:
- ¡Y no sé!... si quieres, tal vez mañana podemos probar algo los tres juntos.
El pasto crujió bajo mis zapatillas al girarme, dejándola tendida allí, piernas aún abiertas, mi semen brillando entre sus muslos. Titán gimió, presionando su hocico contra la cerca como si estuviera celoso de la atención que le había dado a su dueña.
Me subí los calzoncillos y el pantalón, me puse la camisa desabotonada y caminé hacia la casa. Sabía que mi ropa estaría en el piso de la habitación de Clarissa en menos de cinco minutos, así que realmente no me importó. Kat me miró alejarme, su rostro sonrojado y ojos desorbitados, admirándome fijamente. Al entrar a los aposentos de Ethan, Clarissa ya me esperaba, su camisón revelando su sexo húmedo y una de sus tirantes rosadas ya suelta, mostrando un pecho.
o ¡Te he estado esperando! - exclamó Clarissa en tono burlón.
- Sí... follar con Kat me tomó un rato. - respondí con un suspiro, empezando a desvestirme.
Clarissa me miró atónita.
o ¿Tú... te follaste a mi hija? – preguntó impactada.
- Sí. Estilo misionero. De hecho, quería probarlo contigo también. - respondí, quitándome los calzoncillos y subiéndome encima de ella.

Clarissa no protestó "mucho". Sus pechos se veían increíbles al balancearse. Despejé el camino hacia sus regiones íntimas y finalmente se quedó callada cuando empecé a empujar dentro. No había amor entre nosotros. Para mí, era una merecida revancha por Ethan siendo un idiota. Pero para ella, yo era su salvavidas: la estaba follando, excitándola, validando su feminidad de una manera que su esposo no hacía. El beso que siguió después de que mi cabeza comenzara a estirarla de nuevo fue para calmarla. Para silenciarla. Para ella, fue como una enorme burbuja de aire después de ahogarse bajo el agua. Era un territorio prohibido. Algo que no sabía que deseaba. Comencé a empujar dentro y fuera lentamente, disfrutando cómo mi verga se abría paso entre sus pliegues. Clarissa lo amaba. Entre nuestros besos y mis empujones, comenzó a sentirse más y más como una verdadera mujer y no la esposa trofeo descuidada que Ethan había hecho de ella. Sabía que era sexy e inalcanzable. Pero conmigo estirándola, se sentía más viva y en mi posesión.
Y sin embargo, todo no era una ilusión. En el momento en que me hundí completamente, Clarissa se descontroló. Se arqueó violentamente, sus ojos girando hacia atrás mientras su orgasmo la atravesaba: no por placer, sino por el puro shock de ser llenada por completo sin previo aviso.
o ¡Dios!... ¡Dios!... - sollozó, sus dedos arañando mis hombros, sus muslos temblando alrededor de mis caderas.
Sonreí contra su garganta, sabiendo a sal y perfume mientras movía mis caderas, saboreando cómo su sexo palpitaba a mi alrededor en pequeños espasmos frenéticos.

- ¡Tu hija estaba más apretada! - susurré en su oído, mi voz ronca por diversión. - ¡Le tomó más tiempo meterla entera!
La respiración de Clarissa se cortó, su cuerpo sacudiéndose bajo mí mientras otro orgasmo la destrozaba, esta vez nacido de algo más oscuro, más primario. Orgullo. Posesión. Competencia.
- No era como tú. - continué, empujando más profundo, saboreando cómo sus uñas se clavaban en mi espalda. - No pude meterla entera al principio.
El gemido de Clarissa se quebró, sus caderas levantándose instintivamente al ritmo de mis embestidas, su cuerpo traicionándola incluso mientras su mente giraba. Un pequeño y estremecedor orgasmo la atravesó (rápido y agudo), su sexo apretándose a mi alrededor en pulsos reflejos.
- Tu perro, Titán, ladraba como loco. Podía oler su aroma excitado entre sus piernas. - murmuré, mordiendo su lóbulo.
Otro orgasmo (este más húmedo, más desordenado), sus muslos temblando alrededor de mi cintura mientras su humedad goteaba sobre las sábanas bajo nosotros.
o ¡Lo escuché!... ahhh... - jadeó, su voz quebrándose, sus ojos verdes vidriosos por la excitación abrumadora. -Me preguntaba... qué le estabas enseñando...
Nuestras miradas se encontraron. Un entendimiento silencioso pasó entre nosotros: Titán ya no sería solo una mascota, sino un participante en esta dinámica retorcida. Su hocico se enterraría bajo faldas, su lengua lamería humedad derramada, su presencia permanecería donde maridos y padres nunca se aventurarían. La respiración de Clarissa se cortó, sus labios abriéndose en un gemido silencioso mientras me clavaba en ella, cada embestida subrayando la verdad no dicha: a partir de ahora, Titán se portaría mal. Se frotaría contra muslos aún temblorosos por mi tacto, olfatearía braguitas dejadas húmedas en los cestos de ropa, presionaría su fría nariz contra la carne que yo había reclamado. Y ninguna de las dos lo detendría.

Clarissa se arqueó violentamente cuando de repente la giré encima de mí, su cabello platino extendiéndose sobre sus hombros mientras ella me montaba. El sonido de carne contra carne resonó en el dormitorio: un ritmo rápido y brutal que hacía chocar el cabecero contra la pared al compás de sus jadeos ahogados. No necesitaba caricias suaves o dulces palabras susurradas. Lo que anhelaba era esto: mis dedos dejando moretones en sus caderas, mi verga golpeando su cuello uterino, sus propios gritos amortiguados vibrando a través de la habitación mientras la reducía a un tembloroso y sudoroso desastre. Cada embestida de mis caderas era un recordatorio: de su feminidad, su deseabilidad, el poder que aún ejercía entre sus muslos incluso mientras las patas de gallo se asomaban en las esquinas de sus ojos.
No necesitaba hacer el amor conmigo. Tal vez aún no. Tal vez ni siquiera con Ethan. Necesitaba sexo salvaje. Sentirse exquisita como una vaquera desbocada. Que todo su cuerpo temblara con cada embestida pélvica. Algo que le diera propósito. Que la hiciera sentir sexy de nuevo. Que todos sus sacrificios valieran la pena para alguien, incluso si ese alguien era el rival laboral de su marido. Toda la cama se sacudió. Su mesita de noche tintineó. Estaba follando un tren de carga. Un terremoto. Y amaba ser destrozada por ello.
Clarissa arqueó la espalda, sus brazos aferrando las sábanas como si estuviera a punto de ser arrastrada por la fuerza de mis embestidas.
o ¡Dios!...¡Sí!...¡Justo así! - gritó, su voz quebrándose en un sollozo mientras ella galopaba con brutal precisión.

Sus muslos temblaban, sus dedos de los pies se enroscaban en el colchón cuando otro orgasmo la atravesó, su sexo apretándose alrededor mío en pulsos frenéticos. A diferencia de Kat, Clarissa no lo resistió: abrazó el placer crudo y sin filtros, sus gemidos eran fuertes y sin vergüenza, resonando en las paredes de su dormitorio conyugal.
Con ella, no me importaba el control de natalidad. No por un retorcido orgullo de saber que Ethan criaría a mi hijo, sino porque Clarissa tenía una vida sexual activa fuera de su matrimonio. Era una esposa infiel con una vida sexual salvaje, después de todo. Y la única diferencia era que ahora yo era su juguete sexual más reciente.
Para este punto, su sexo empapado me envolvía por completo, reconociéndome como su dueño.
- ¿Lo sientes? ¿Sientes los jugos de tu hija mientras te los empujo?- me burlé mientras presionaba su útero de nuevo.
Clarissa gimió intensamente, su espalda arqueándose mientras sus caderas se sacudían en pequeños círculos impotentes. Sus ojos verdes vidriosos me miraban, pupilas dilatadas por la lujuria, sin rastro de culpa en ellas. La forma en que su sexo palpitaba alrededor mío me lo decía todo: estaba más que corrompida. Estaba arruinada para cualquier otro.

Sus ojos verdes vidriosos me miraron, embelesados por la lujuria. No necesitaba decírmelo. Era mi perra. Mi esclava sexual. Mi juguete.
- Quieres que te folle el culo, ¿Verdad? - mantuve mi mirada fija.
Ella tuvo otro orgasmo, su cuerpo estremeciéndose. El último bastión de su virginidad. Un tesoro que ni siquiera Ethan había reclamado. Y, sin embargo, estaba dispuesta a dármelo. Sus muslos temblaban violentamente, resbaladizos de sudor y excitación, mientras mi pulgar trazaba el estrecho anillo de su ano. Intacto, prohibido. Su respiración se cortó, sus caderas levantándose instintivamente, ofreciéndose sin palabras.

No me respondió. Al menos, no con palabras. Todo su cuerpo tembló, sus ojos entrecerrándose cuando presioné su útero con mi punta palpitante, sabiendo que iba a reventar dentro de ella. Por eso jadeó de sorpresa tres veces, sintiendo mis chorros calientes profundamente en su interior. Quizás Ethan la hacía llegar al clímax. Pero yo corriéndome dentro de ella garantizaba al menos un orgasmo. Sus brazos me rodeaban los hombros. Su agarre, firme. No quería soltarme.
- A partir de ahora, vendré aquí a follarte a ti y a tu hija hasta fin de mes. - dije mientras su sexo aún intentaba exprimir mi verga hinchada atrapada dentro de ella. - Así que más te vale estar preparada.
Sellamos nuestra promesa con un beso en los labios. Uno que revelaba su desesperación sexual. Ella sabía que era su macho alfa. El que la marcó. Ethan ahora era solo un perrito faldero llorón para ella. Toqué sus muslos, sus pechos, y su cálido abrazo lo permitió. Temblé cuando me puse involuntariamente duro dentro de ella, pensando que mientras Ethan seguía atrapado en aburridas reuniones de directorio, su esposa e hija estaban siendo folladas por mí.
Los labios de Clarissa se abrieron en un jadeo tembloroso cuando finalmente me retiré: mi verga brillando con su excitación mezclada, la cabeza enrojecida y palpitante. Sus ojos verdes se clavaron en ella con un hambre rayando en la desesperación, su lengua saliendo inconscientemente para humedecer sus labios. El gemido distante de Titán en el jardín pareció amplificar la obscenidad del momento, los pasos inquietos del perro contrastando con la sumisión temblorosa de Clarissa.
- ¡Límpiala! - repetí, mis dedos apretándose en su cabello.
Su respiración se cortó, pero no vaciló: su boca me envolvió con un gemido, su lengua lamiendo las hebras de semen y su propia humedad con urgencia frenética. Los sonidos húmedos y babosos de su chupada llenaron la habitación, sus mejillas hundiéndose al tragarme más profundo, sus uñas clavándose en mis muslos.

- ¡Prueba los jugos de tu hija y los tuyos en ella!
Clarissa no dudó. La chupó como si fuera el suministro de aire de su equipo de buceo. Como el último helado congelado en medio de un desierto abrasador. Sus labios se estiraron obscenamente alrededor de mi grosor, su garganta trabajando en traguitos frenéticos mientras perseguía cada gota de nuestra esencia mezclada. Los sonidos húmedos y rítmicos de su adoración: cada sorbo y jadeo amplificando la depravación. Sus ojos verdes, vidriosos por la sumisión, parpadearon hacia mí a través de sus pestañas platinas, sus mejillas hundiéndose mientras me tragaba más profundo, más profundo, hasta que su nariz presionó contra mi pelvis.
Entonces lo sentí: el inconfundible espasmo de mi erección palpitando contra su lengua. Clarissa gimió alrededor de mí, su sexo visiblemente apretándose alrededor de la nada mientras su propia excitación goteaba por sus musos temblorosos. Sabía exactamente lo que significaba: podía voltearla a cuatro patas y hundirme de nuevo en su sexo aún palpitante en ese instante. Sus dedos se clavaron en mis caderas, sus labios estirándose en una súplica silenciosa… pero me liberé con un pop húmedo que la dejó jadeando.
- ¡Hoy no! - gruñí, observando un hilo grueso de saliva y semen estirarse entre sus labios hinchados y mi verga brillante.
Su pecho se elevó, sus pezones endurecidos por la frustración.
Clarissa se quedó allí sentada, en su cama, su rostro confundido, su cuerpo desnudo apenas cubierto, un hilo de semen colgando de sus labios hambrientos, lista para seguir chupando. Di un paso atrás, tomando mi ropa, sintiendo que necesitaba una ducha. Mientras salía con la ropa en las manos, noté un charco frío y húmedo junto al marco de la puerta. Aunque al principio me desconcertó, no tardé en entender que quizás Clarissa y yo no estábamos solos...
El charco no era agua: demasiado espeso, demasiado acre cuando me agaché a inspeccionarlo. Mi sonrisa se ensanchó al seguir con la mirada el rastro brillante, que conducía directamente a la tanga abandonada de Kat arrugada contra el zócalo. La pequeña bribona había estado escuchando todo el tiempo…
Lo que significaba que tal vez, solo tal vez, teníamos una audiencia adolescente... y bastante excitada.

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