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Lección final: Macho Alfa (Parte I)




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Compendio III


LECCIÓN FINAL: MACHO ALFA (Parte I)

+ ¿Estás siquiera intentándolo? —La voz de Marisol cortó el silencio pesado del dormitorio, lo suficientemente aguda como para hacerme detenerme a mitad de la embestida.

Lección final: Macho Alfa (Parte I)

Su espalda estaba arqueada, el pelo castaño dorado pegado a su cuello sudoroso mientras me miraba por encima del hombro. El golpeteo de la cabecera se había ralentizado: ya no era un estruendo estrepitoso, solo un metrónomo lento de esfuerzo. Las sábanas olían a sudor y sexo, el tipo de olor que persiste cuando llevas demasiado tiempo sin llegar a ninguna parte.

Sus burlas juguetonas me dieron un nuevo impulso de energía. Le estaba dando a mi esposa lo mejor de mí, aunque haber sido vaciado antes por dos mujeres seguidas literalmente dificultaba las cosas. Llevábamos follando en nuestra cama casi media hora y, a pesar de estar duro como una roca, tenía dificultades para alcanzar el orgasmo. No es que mi esposa se quejara, claro, ya que había estado montando una montaña rusa de orgasmos por todas partes. Pero estaba más cachonda que nunca. Saber que había follado antes a Clarissa y Katherine la había convertido en una bestia, sus caderas empujando contra mí

Estaba tan agotado mientras la embestía desde atrás que apenas hablamos. Solo fue una secuencia de gruñidos y gemidos que flotaban en la noche mientras, una vez más, nuestro pequeño Jacinto dormía plácidamente a unos pasos de sus padres lujuriosos. El cuerpo sudoroso y despeinado de Marisol brillaba bajo la tenue luz del dormitorio mientras yo continuaba con mis embestidas mecánicas, casi sintiéndome entumecido entre las piernas. Mis manos agarraban sus caderas delgadas, tirando de ella contra mí con una fuerza que hacía crujir el marco de la cama rítmicamente, cada empujón un poco más lento que el anterior. Su trasero redondo se sacudía con cada impacto, el sonido de piel golpeando piel llenando la habitación, mezclado con sus jadeos ahogados en la almohada.

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+ ¡Golpéame más fuerte, ahh! ¡Como lo hiciste con ellas! - rogó mi esposa, a pesar de que había follado a Katherine y Melissa en posición misionera.

Sin embargo, Marisol se excitaba más pensando que Titán quería montar a sus dueñas. No podía quejarme, claro, porque el trasero de Marisol era tan seductor como su delantera y su pequeño ano parecía demandar cierta exploración anal. Sentí que por fin llegaba mi orgasmo y gruñí mientras agarraba su cintura con más fuerza, clavándome dentro de ella mientras ella arqueaba más la espalda y gritaba en la almohada.

Logré venirme dentro de mi esposa con tres chorros, hasta el punto de que mi vista se nublaba al correrme en lo más profundo de su interior. Marisol, por otro lado, seguía insatisfecha, montando mi verga flácida con sus caderas retorciéndose como una mujer poseída.

+ ¡Todavía no me canso! - jadeó, sus manos apoyadas en las sábanas, sus pechos de copa C rebotando con cada movimiento desesperado. - No después de saber que convertiste a esas dos en tus putas personales.

Colapsamos en la cama, nuestros cuerpos cubiertos de sudor, riéndonos entre nosotros. Como de costumbre, mi verga seguía cómodamente atascada dentro de mi esposa y agarraba sus pechos desde atrás. Marisol se rió mientras sostenía mis manos sobre ellas, sus pequeñas nalgas presionando mi entrepierna. Tomó mi mano y la colocó en su muslo, sonriendo seductoramente.

+ ¡Aún no has terminado! - susurró, deslizando mis dedos por su pierna hacia su húmeda hendidura.

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Gemí. No de placer, sino del dolor por el uso excesivo. Pero sus dedos apretaron los míos como una pinza, recordándome: Este era el precio de poseer a tres mujeres.

- ¡Ruiseñor, dame un respiro! - supliqué con una risa. - No es tan fácil para mí estar con tres mujeres en el mismo día.

Marisol hizo un puchero mientras se recostaba, buscando un abrazo.

+ ¡No es justo! ¡Te las follaste a ambas sin problema! - protestó.

- Sí... pero me chupaste temprano en la mañana, así que ya estaba corto de carga. -argumenté.

Marisol se tensó y sonrojó.

+ ¿Y? ¡Te la chupo todas las mañanas! - se quejó con orgullo.

La abracé fuerte por detrás.

- ¡Lo sé! Y te lo agradezco... - respondí, besando su hombro—. Pero estar con dos mujeres además de ti ya es agotador.

Finalmente logré sacarla y Marisol me miró. Sabía que no le mentía. No le había mentido demasiado en nuestros doce años de matrimonio. Pero podía ver el cansancio en mis ojos.

+ ¡Tu mañanera es sabrosa! — confesó suavemente. - ¡Sabe a nosotros!

- ¡Lo sé! ¡Y eres bastante hábil en eso! ...- respondí, acariciando su mejilla. - Pero tanto Kat como Clarissa están demasiado apretadas y es un desafío follarlas.

+ ¡Cuéntame todo! - ordenó mi esposa, mirándome como si me estudiara.

Le conté que Kat no había salido con nadie en casi tres meses y que Ethan elegía palos de golf en lugar de follar a su esposa tres fines de semana al mes. Le conté que había follado a Kat en el patio trasero, en un rincón apartado a pocos pasos del corral de Titán, entre setos. Sus ojos se oscurecieron: no de celos, sino por la emoción de escuchar a su esposo corromper a una chica la mitad de su edad. Le dije a mi esposa que antes había hecho el amor con Kat por primera vez y que el perro se excitaba con la calentura de ella. Le conté a Marisol cómo rodé a Kat sobre el césped, haciéndole el amor encima. La forma en que Kat me rogó que no usara condón. Cómo se aferró a mis hombros, sus uñas clavándose en mi espalda mientras lloraba y me suplicaba que me corriera dentro, deseando sentir mi semen y mi tamaño.

Esto hizo reír a Marisol mientras me miraba. Pero entonces, le conté cómo reaccionó Kat cuando le dije que planeaba follarme a su madre también. Que las quería a ambas. Que las convertiría en mis putas. Le dije a Kat que no habría más lecciones sobre cómo domar a Titán. Que, de ahora en adelante, iría a visitarla solo para follarla. Mi esposa abrió las piernas y dejó que empujara la punta dentro de ella una vez más, mientras le contaba cómo Clarissa me esperaba en su cama. Al comenzar a penetrarla, compartí con mi esposa que besé a Clarissa suavemente en los labios. Que era la primera vez que hacíamos eso.

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Le describí a mi esposa cómo las piernas de la esposa de mi rival laboral se enroscaron alrededor de mis muslos, atrayéndome dentro de ella. Cómo sus tetas masivas se aplastaron contra mi pecho. Cómo sus manos se aferraron a mis hombros. Mientras empujaba más y más dentro de mi esposa, mi ritmo acelerándose con cada embestida, Marisol jadeó y arqueó la espalda, animándome con pequeños murmullos.

+ ¿Ella...? —mi esposa hizo una pausa, mordiendo su labio inferior con ojos entrecerrados. - ... ¿Te chupó la verga después?

Le dije que sí, haciéndola llegar al clímax sutilmente mientras seguía empujando dentro de ella. Sus caderas se estremecieron: no por placer, sino por la emoción de escuchar a su rival degradada a una boca. Le dije a Marisol que, como Clarissa ahora era mi puta, tenía que limpiarme la verga. Me reí, porque Clarissa estaba ansiosa por limpiarme, probablemente más dispuesta que con su propio marido. Los ojos de Marisol se cerraron, imaginándolo. Una vez más, nuestra cama comenzó a sacudirse, y gruñí mientras agarraba su cintura con más fuerza, clavándome más adentro.

Luego, le conté a Marisol lo que descubrí después: que, al recoger mi ropa esparcida en el dormitorio de Clarissa, encontré su puerta entreabierta y un charco frío de jugos. Marisol alcanzó otro orgasmo al darse cuenta de que Kat había visto cómo me follaba a su madre. Seguí empujando más fuerte, más profundo, diciéndole a mi esposa que al día siguiente planeaba follarlas a ambas: madre e hija en la misma cama. Marisol jadeó y tembló bajo mí, ya visualizando la escena en su imaginación: la imagen de mí follando a rubias australianas elegantes, madre e hija, en la cama matrimonial de mi rival laboral. Continué clavándome dentro de mi esposa, diciéndole que planeaba follar a Clarissa en posición de vaquera, mientras Kat montaría mi cara. Mi esposa jadeó, arqueó la espalda y explotó en otro clímax.

Que les mostraría a ambas cómo es un verdadero trío con un hombre de verdad. Luego cambiaríamos de lugar, con Kat como vaquera y Clarissa montando mi cara. Y luego, mi gran final: romper el culo de Clarissa. Esto hizo que Marisol alcanzara un orgasmo enorme, uno que tuvo que ahogar gritando contra mis labios. Nos movíamos salvajes, nuestra habitación crujía. Sostuve a mi esposa por la cintura, estirando su culo mientras la apretaba contra mí. Marisol me miró con hambre, mordiendo su labio inferior.

+ ¡Estoy tan celosa! —susurró, sus uñas arañando mi pecho.

- ¿Por qué? ¡Te lo contaré todo! —pregunté, empujándola como un tren de carga.

+ Porque... estarás... con otras dos mujeres... - respondió a medio gemir.

El cuerpo de mi esposa estaba cubierto de sudor, su pelo color miel pegado a los hombros mientras se arqueaba hacia adelante, presionando su cintura contra mis caderas. La cama crujió violentamente bajo nosotros, el sonido de piel golpeando piel llenando la habitación mientras la embestía con determinación agotada. Mis muslos ardían, mi pene entumecido por el exceso, pero los gemidos hambrientos de Marisol me impulsaban: su sexo apretándome como un guante, negándose a dejarme frenar incluso cuando mi visión se nublaba por el cansancio.

Tenía que correrme. Tenía que correrme. El sexo cálido y pegajoso de mi esposa era un refugio. La punta de mi pene ardía como una picadura de abeja. Pero mi esposa me extraía hasta la última gota de esencia. Nuestros cuerpos se enredaron, librando una batalla cataclísmica. El cuerpo de Marisol se apretó más. Más caliente. Su abrazo quería fusionarse conmigo. Estaba indefenso. Sus movimientos eran lentos y deliberados. Sabía que estaba débil. Sabía que estaba cansado. Y disfrutaba cada segundo.

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Sentí el ardor. Mi pene estaba en llamas. Mis huevos tensos e hinchados. Mis muslos temblaban de agotamiento mientras agarraba las caderas de Marisol con fuerza, empujándola con embestidas lentas y profundas. La cama crujió bajo nosotros, el colchón protestando contra nuestro ritmo implacable, pero Marisol solo se arqueó más, presionando su cuerpo contra mi pelvis mientras gemía en mi boca.

+ ¡Más! - susurró, sin aliento, sus dedos clavándose en mis hombros. - ¡Fóllame como lo hiciste con ellas!

Sentí mi cintura temblar como una ametralladora. Los resortes del colchón gimiendo bajo nuestro peso como un animal herido. Esa necesidad desesperada de correrte, pero tu verga se niega a obedecer. El calor entre nosotros crecía hasta convertirse en una nova. Marisol me molía tan rápido. Su sexo goteaba y me apretaba fuerte. Mi pene estaba entumecido, pero los gemidos de mi esposa me impulsaban.

+ ¡Fóllame más fuerte! - suplicó, mordiendo su labio inferior. - ¡Como lo hiciste con ellas!

Y finalmente, lo sentí. Me corrí dentro de mi esposa con toda mi fuerza. Dos, tres, cuatro, cinco chorros de mi semen sobrante dentro de ella. Sé que lo sintió: un gemido silencioso hacia el techo con cada detonación. El cuerpo de Marisol tembló bajo mí, sus dedos se enroscaron en las sábanas mientras murmuraba:

+ ¡Dios!... ¡Sí!...

Lección final: Macho Alfa (Parte I)

Estaba exhausto, vacío, perdido en el abrazo de la mujer que elegí para esposa. Y Marisol, ella se sentía eufórica. Una vez más, obtuvo lo que quería: yo, agotado después de hacer el amor con ella. Nos quedamos allí, recuperando el aliento.

+ ¿Ves? Sabía que podías...- jadeó con una sonrisa traviesa y provocadora.

La besé, todavía dentro de ella. Nuestros cuerpos estaban pegajosos, aferrados el uno al otro. No quería sacarlo todavía. Pero al final, lo hice. Con un suave pop, salí de ella, aún semiduro.

+ ¡Siempre dejas tanto jugo dentro de mí! —comentó con frustración burlona.

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Luego se inclinó y limpió mi pene con su boca cálida y húmeda.

+ ¿Así lo hizo Clarissa? —preguntó, hundiendo sus mejillas mientras me limpiaba.

Me reí, pasando los dedos por su cabello húmedo.

- Lo haces mejor. – respondí.

Aunque la desesperación de Clarissa había sido un espectáculo, el entusiasmo de Marisol era insuperable. Sin embargo, la forma en que su garganta se convulsionaba alrededor de mí, sus gemidos ahogados vibrando contra mi vara… eso no era algo que olvidaría pronto.

Una vez que terminó de jugar con mi pene, Marisol se acurrucó de nuevo conmigo.

+ ¡Descansa! - me ordenó. - ¡Así me tendrás un desayuno calientito por la mañana!

Me reí y nos abrazamos para dormir. Luego, cumpliendo su promesa, desperté con la cabeza de mi esposa ya moviéndose arriba y abajo sobre mi hombría algo adolorida.

+ ¡Buenos días, dormilón! - saludó con tono jovial. - ¡Tienes trabajo que hacer!

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Volvió a chuparme como si mi pene estuviera hecho de helado. Su cabeza se movía como un pistón, sus labios delgados estirándose alrededor de mi grosor, su lengua girando bajo la punta. Mi mano encontró naturalmente su cabello, agarrando un puñado de sus mechones color miel mientras me chupaba con entusiasmo renovado. Sabía que hoy tendría que follar a Katherine y Clarissa otra vez… pero ahora mismo, quería que me corriera en su boca.

Fue una experiencia refrescante y dolorosa. Como siempre, Marisol tragó mi carga sin problemas, limpiándome con su lengua y labios. Su saliva se extendía entre mi punta y su labio inferior: una pegajosa reclamación de propiedad. No quiso desperdiciar ni una gota, chupándome hasta dejarme seco con un hambre que me hizo crispar los dedos de los pies.

+ ¡Hoy sabes diferente! - murmuró, sus labios brillantes de saliva al separarse, lamiéndolos. -Como... a victoria.

Besé sus labios. Si solo me lo pidiera, sería solo suyo. Aun así, me empujó fuera de la cama. Una vez más, nuestras hijas no compartirían su mañana con su papi porque estaba follando a otra mujer que no era su mamá... y a la hija de esa mujer. Pero me prometí compensarlas por la tarde. Me duché, mi pene semiduro y algo adolorido, pero me sentía genial. Subí a mi camioneta y mi pene se puso rígido: iba a follar a Kat otra vez.

Es curioso cómo funciona el cuerpo humano. Mi esposa ya me había dejado seco, su boca y sexo drenándome hasta que juré que no podría volver a endurecerme. Pero ahí estaba, conduciendo por las calles suburbanas con una mano, la otra ajustando la presión creciente en mis jeans. El perfume de Marisol aún se aferraba a mi piel, mezclado con el almizcle del sexo, pero solo podía pensar en los gemidos sin aliento de Katherine el día anterior: cómo temblaban sus muslos cuando la inmovilicé contra el seto, sus uñas arañando mi espalda mientras suplicaba que la arruinara.

Simplemente me desconcierta cómo un tipo promedio como yo (en mi país, yo era uno más del montón) puede estar con dos bellezas como Kat y Clarissa. Después de todo, solo soy un hombre común de cuarenta y tres años. Mientras tanto, madre e hija son australianas, rubias, curvilíneas, inmensamente ricas y deslumbrantes. Hasta a mi esposa Marisol (que también es un bombón) le cuesta creerlo. Y, sin embargo, ahí estaba, conduciendo hacia la casa de Kat con mi verga endureciéndose en anticipación, mi pulso acelerándose con cada kilómetro que me acercaba a su puerta.

Esta vez, Kat me recibió en la entrada, abandonando por fin el acto de que venía a ayudarla con su perro. Se asomaba medio cuerpo, su pelo platino cayendo sobre un hombro, sus ojos verdes brillando con picardía.

• ¡Ya era hora! - se quejó juguetonamente, enroscando un dedo para invitarme a entrar.

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En el momento que crucé el umbral, sus brazos rodearon mi cuello, su cuerpo pegándose contra el mío: suave, cálido, oliendo ligeramente a vainilla y algo más oscuro, más salvaje. Mis manos deslizaron por su espalda, dedos hundiéndose en la curva de su trasero bajo esa falda criminalmente corta. Apenas cubría algo; un movimiento en falso y la tendría desnuda bajo mis palmas. Incluso admito que parte de mí quería que tropezara, solo para ver qué tan rápido se enrojecería al verse expuesta.

Sus tetas, por otro lado, estaban para comérselas. Ese sujetador deportivo no ocultaba nada: sus pezones ya erectos bajo la tela fina mientras se arqueaba contra mí. Mis dedos se deslizaron bajo el dobladillo de su falda... sin bragas. Solo piel cálida y húmeda. Kat jadeó contra mi boca, sus caderas sacudiéndose cuando mi pulgar rozó su clítoris hinchado.

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- ¡Carajos, ya estás mojada! ¿Te estuviste tocando en mi ausencia? - gruñí contra sus labios.

Ella mordió mi labio inferior en respuesta, su respiración acelerada.

• ¡Me hiciste esperar! - protestó, frotándose contra mi mano.

El aroma de su excitación impregnaba el aire, espeso y embriagador, mezclándose con su perfume de vainilla.

Lección final: Macho Alfa (Parte I)

Luego se arrodilló allí mismo en el vestíbulo al ver su premio bajo mi pantalón, sus dedos torpes con el cinturón como si muriera por él. La puerta no estaba completamente cerrada: un rayo de luz exterior cortando sus rodillas desnudas. En cuanto mi verga saltó libre, no dudó: sus labios envolviéndome en un movimiento fluido, su lengua girando bajo el glande como si quisiera memorizar mi forma. El líquido preseminal brotó en mi punta, y ella gimió alrededor de mi longitud, la vibración yendo directo a mis huevos. Sus manos agarraban mis muslos, uñas clavándose mientras chupaba con más fuerza, sus mejillas hundiéndose con cada succionar. Me apoyé contra la pared, mis caderas empujando involuntariamente. Ella no se detuvo: solo me tomó más hondo, su garganta convulsionándose alrededor de mí mientras tragaba el glande.

Estuve tentado de sujetar su cabeza, pero Kat lo hacía tan bien que no quise interrumpir su ritmo. Sus labios se estiraban alrededor de mí con facilidad, su lengua lamiendo la parte inferior de mi vara en rápidas caricias. El líquido preseminal goteó sobre su lengua, y ella gimió alrededor de mí como si hubiera esperado esto toda la mañana, como si muriera por ello. El sonido vibró a través de mi verga, enviando chispas por mi espina. Sus manos amasaban mis muslos, uñas mordiendo mi piel lo suficiente para recordarme que ella tenía el control. Por ahora.

Finalmente, tras recuperar el aliento y limpiarse mi fluido de la boca, dijo:

• ¡Vamos! ¡Aún no te he mostrado mi habitación! - arrastrándome de la mano.

Sus dedos se clavaron en mi muñeca como una cadena, su agarre urgente y posesivo, como si temiera que yo desaparecería si me soltaba un segundo. El pasillo se difuminó mientras me llevaba, sus pies descalzos golpeando el suelo, su respiración en ráfagas cortas y ansiosas. Parte de mí se preguntó si Clarissa nos había escuchado... si estaría abierta de piernas en la cama esperando. En el patio, Titán ladró una vez, confundido, pero Kat ni siquiera miró atrás.

Una vez dentro, me empujó sobre la cama con fuerza, haciendo chirriar los resortes del colchón en protesta. La habitación olía a rebeldía: perfume barato, vodka derramado y el acre olor a quitaesmalte. Posters de Taylor Swift me miraban desde las paredes, su sonrisa de estrella pop contrastando con un cartel escrito a mano que decía '¡Que muera el patriarcado!' pegado torpemente sobre la cama. Kat no me dio tiempo a procesar la ironía antes de que sus manos volaran al borde de su sujetador deportivo. En un movimiento fluido, se lo arrancó, sus tetas liberándose con un peso que me secó la boca. Estaban más llenas de lo que recordaba, los pezones ya erectos y rosados contra su piel bronceada.

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Luego, la falda cayó: un rápido meneo de caderas, y quedó en sus tobillos, dejándola desnuda. La pateó con una sonrisa, su culo balanceándose al inclinarse, dedos enganchándose en la cintura de mis boxers.

• ¡Quédate ahí! —bromeó, su aliento caliente en mi muslo mientras los bajaba, mi verga saltando libre contra mi estómago.

Su aroma (vainilla, sudor, algo inconfundiblemente ella) me golpeó al montar mis piernas, sus dedos trazando mi longitud con una reverencia que contradecía su impaciencia.

• …Como si fueras un maldito rey. - continuó deliciosa, pasando su pulgar por mi punta, esparciendo líquido preseminal por mi vara.

El reloj del velador marcaba ruidosamente las 9:17am. La hora del primer café de Ethan. Mi camisa voló y Kat miró mi pecho desnudo con hambre. Hago ejercicio, pero, aun así, tengo veinte años más que ella. No soy un atleta ni un prodigio del fútbol, pero Kat observó mis pectorales como si estuvieran cubiertos de miel.

• ¡Esto sí es un verdadero hombre! - murmuró, sus dedos trazando mis abdominales extraños, a medio camino entre panza blanda y abdominales musculosos.

Su tacto ardía más que cualquier vergüenza.

Quería estar arriba. Al menos, era la energía que sentía: sus caderas rodando contra mí con urgencia inquieta, sus dedos clavándose en mi pecho como si temiera que desaparecería si aflojaba el agarre. Su sexo rosado y húmedo frotaba mi verga, dejando un rastro caliente a lo largo de mi vara, todo su cuerpo temblando de excitación mientras sus besos devoraban los míos, ahogados en las sábanas arrugadas. Sus tetas (cálidas, mullidas e increíblemente suaves) rebotaban cerca de mi cara, atrapándome como un gato jugando con un ovillo: juguetona, depredadora, completamente consumida por el juego. Y cuando mi punta finalmente rozó su entrada, rió (un sonido sin aliento, eufórico) como una niña robando una galleta del frasco, a punto de dar ese primer bocado prohibido.

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Era increíble. Kat era diez años más joven que mi esposa Marisol, pero me volvía loco cómo una chica así deseaba a un tipo viejo como yo. Me tomó como una campeona, mi verga estirándola lentamente mientras descendía, sus muslos temblando con cada centímetro hasta que su respiración se volvió entrecortada. Sus tetas (esos melones exuberantes) se sacudían con cada jadeo superficial, luciendo absurdamente grandes mientras recuperaba el aliento, sus pezones erectos contra el aire fresco del cuarto. La forma en que su sexo se cerraba alrededor de mí, caliente y apretado como un horno, hacía que mi visión se nublara.

La ventana estaba entreabierta, lo suficiente para que los gemidos de Titán se filtraran, ignorados. El concepto de condón ni siquiera cruzó por la mente de Kat: había descartado la idea como una moda pasada en cuanto la penetré sin protección. Ahora, mientras se mecía sobre mí, sus caderas girando en círculos lentos y suaves, sus dedos extendidos sobre mi pecho, se mordió el labio y susurró:

• ¡Quiero sentirte! -como un voto sagrado.

Su sexo palpitaba alrededor de mí, contrayéndose rítmicamente como si intentara extraerme más hondo, su cuerpo rechazando cualquier barrera entre nosotros. El sonido húmedo de sus paredes internas era obscenamente audible, un contrapunto resbaladizo a sus respiraciones agitadas.

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Su ritmo se tambaleó, luego arremetió: salvaje, errático, desesperado. Kat me montó como si intentara escapar de su propio clímax, sus caderas bombeando en embestidas irregulares que hacían crujir la cama bajo nosotros. Sus tetas (esas copas C hinchadas y mullidas) se balanceaban con cada empuje, los pezones erectos y rosados, rebotando con un ritmo hipnótico que sí se parecía extrañamente a las ubres de una vaca al ordeñar. La comparación debería haber matado el ambiente, pero la ferocidad de sus movimientos, cómo sus muslos temblaban al estrellarse contra mí, sus ojos girando de placer, quemó cualquier pensamiento coherente más allá de “¡Carajos, ella es perfecta!”. La acababa de arruinar para cualquier chico de su edad… igual que a su madre.

No aguanté más. Mis dedos se clavaron en la carne suave de su cintura (sin delicadeza, sin juegos), solo posesión. Con un gruñido, la giré, clavándola bajo mí en un movimiento fluido. Kat jadeó, su espalda arqueándose del colchón, sus piernas envolviendo mis caderas instintivamente como si temiera que me retirara. En cuanto mi verga se enterró de nuevo en ella, todo su cuerpo se sacudió, su sexo palpitando alrededor de mí en una contracción rápida e involuntaria. Dos embestidas. Eso bastó. La primera me hundió hasta el fondo, sus paredes internas cediendo con un sonido húmedo y obsceno. ¿La segunda? Mi pelvis chocó contra la suya con un golpe seco, la cabeza de mi verga rozando su cuello uterino hasta hacerla gritar: mitad dolor, mitad éxtasis delirante.

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Sus tetas se sacudían de manera hipnótica, rebotando de forma impredecible: no los movimientos calculados de una bailarina, sino la física cruda de la carne llevada al límite. Cada embestida las hacía ondular violentamente, como globos de agua a punto de reventar. Las uñas de Kat arañaron mi espalda, su respiración descontrolándose cuando penetré más hondo, mi verga frotando ese punto dulce que le hizo rodar los ojos.

• ¡Mierda! - arrastró las palabras, sus muslos apretando mis caderas, todo su cuerpo tensándose como un arco a punto de romperse.

La cama chirrió en protesta, la cabecera golpeando la pared al compás de nuestros jadeos.

Sus gemidos se volvieron aniñados: agudos y desesperados, como si rogara y se disculpara a la vez. Sabía a sal y rebeldía cuando aplasté mi boca contra la suya: sus dientes chocando con los míos, nuestras lenguas enredándose en un baile caótico. Bajo el perfume de vainilla, su piel olía a excitación pura, el aroma espesándose con cada roce húmedo de nuestros cuerpos. Su sexo palpitaba alrededor de mí, espasmos erráticos mientras balanceaba al borde del orgasmo, sus gemidos volviéndose más agudos con cada embestida brutal. Sentí su clímax acumularse como una tormenta, sus músculos internos contrayéndose en ráfagas, sus talones clavándose en mi culo como si intentara fusionarnos.

No tenía dudas: ningún tipo antes que yo había follado a Kat así. Sus gemidos no eran solo sonidos: eran confesiones crudas, cada una más aguda mientras mi verga martillaba ese punto esponjoso y oculto dentro de ella. Gritó como si le estuviera reconfigurando el sistema nervioso, su espalda arqueándose del colchón, dedos arañando las sábanas como si fueran lo único que la ataba a la realidad. Sus piernas se cerraron alrededor de mis muslos como un torno, talones clavándose en mi culo, exigiendo en silencio que nunca parara, nunca la sacara, nunca la dejara bajar de este vértigo. La forma en que su sexo se apretaba (rítmica, posesiva) sentía que intentaba marcarme, reclamarme como suyo incluso mientras yo la reclamaba.

Lección final: Macho Alfa (Parte I)

Mientras su sexo me apretaba más y más, mi mente repetía que Kat bien podría ser mi hija, y gemía tan intensamente como si literalmente me hubiera convertido en su sugar daddy. La disonancia debería haberme perturbado: sus dedos arañando mis hombros, sus risitas sin aliento disolviéndose en jadeos mientras la follaba con la precisión de un hombre el doble de su edad. Pero solo podía enfocarme en el sonido húmedo y obsceno de nuestras caderas chocando, el chirrido rítmico del colchón marcando el ritmo como un metrónomo del pecado. Su pelo rubio platino se esparcía sobre la almohada, sus ojos verdes vidriosos de placer, su boca abierta en gritos silenciosos mientras arrastraba la cabeza de mi verga por esa cresta esponjosa dentro de ella: esa que hacía que sus dedos de los pies se encogieran y sus muslos temblaran.

¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! -gritaba como si una ola gigante estuviera a punto de ahogarla, su voz quebrándose con cada embestida.

Sus brazos se enroscaron alrededor de mi cuello como cables de acero, sus tetas (esas copas C hinchadas y potencialmente pesadas, rellenables con leche) aplastándose contra mi pecho con cada sacudida errática de su torso. Sentía el calor irradiando de su piel, el roce húmedo de sus pezones arrastrándose por mi torso mientras se aferraba a mí, sus piernas temblando como las de un cervatillo. Cuando finalmente me corrí, no fue una liberación controlada: fue una erupción volcánica, tres pulsaciones espesas que la dejaron jadeando contra mi boca mientras aplastaba mis labios contra los suyos, nuestras lenguas enredándose en un beso torpe y hambriento de aire. La habitación giraba, el aire espeso con el almizcle del sexo y el sabor metálico de su excitación, su sexo aún palpitando alrededor de mí en espasmos mientras mi semen se acumulaba caliente dentro.

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Hundí mis labios en los suyos. Ambos nos sentíamos mareados después de vaciarme dentro de ella, mis tres descargas robándonos el aliento. Las piernas de Kat alrededor de mis muslos estaban flojas. Tenía lo que quería: mi semen desbordando su fuente.

• ¡Nunca... nunca... me habían llenado tanto! - logró decir con una sonrisa perversa, sin saber si se refería al tamaño de mi verga, a mi semen llenando su matriz, o a ambos.

Su pecho se agitó al colapsar sobre la cama, su pelo rubio platino esparcido como un halo sobre las sábanas arrugadas. Una fina capa de sudor cubría su piel, atrapando la luz matutina que filtraba por las cortinas, transformándola en algo casi etéreo… si no fuera por el temblor de sus muslos, aún abiertos, mi semen escurriendo de ella en regueros perezosos.

Y entonces llegó la risita más suave…

• ¡Todavía te siento! - informó, mordiendo mi labio en agradecimiento. Sus dientes rozaron mi piel justo al borde del dolor: una amenaza juguetona cargada de afecto.

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- Sí... suelo quedarme atascado unos minutos así. -admití, dejando que cambiara a mi lóbulo de la oreja, su lengua trazando el contorno antes de morder lo suficientemente fuerte como para hacerme gemir.

Volvió a reír, su aliento cálido contra mi cuello, sus dedos recorriendo perezosamente los planos sudorosos de mi espalda.

• ¡Como un maldito corcho! - se burló, moviendo las caderas experimentalmente, y en realidad no se equivocaba.

(Like a fucking cork!)

Mi verga se agitó dentro de ella, aún medio dura, aún atascada donde su cuerpo se negaba a soltarla.

Nos sobamos con pereza, dedos trazando piel caliente como si estuviéramos cartografiando territorio nuevo. Mi verga seguía alojada dentro de ella, demasiado gruesa para salir fácilmente, así que me conformé con amasar las nalgas regordetas de Kat, abriéndolas lo suficiente para oír cómo su respiración se cortaba. Ella respondió clavándome las uñas en los bíceps, su otra mano recorriendo mi cintura como si estuviera memorizando mi forma. Sus tetas (¡Dios, esas tetas!) llenaban mis palmas perfectamente, los pezones endureciéndose bajo mis pulgares mientras los hacía rodar en círculos lentos. Kat gimió, sus caderas sacudiéndose hacia arriba, su sexo apretándose alrededor de mí de una manera que me nubló la visión.

- ¡Deja de moverte o nunca la podré sacar! – le gruñí.

Se rió, sin aliento, pero obedeció, dejándome finalmente liberarme con un pop húmedo que nos dejó a ambos estremeciéndonos.


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