
El domingo amaneció tranquilo. Andrea se levantó tarde, todavía con ese aire relajado pero picante que le había quedado de la noche anterior. Mientras preparaba café, la vi moverse por la cocina con el short de algodón gris y una musculosa blanca que dejaba asomar los tirantes negros de la tanga que le había regalado Ricardo.
— ¿Pensaste qué vas a hacer con ese regalo? —le pregunté, intentando sonar casual y señanandole los hilos de la tanga.
Ella me miró con una media sonrisa, como si supiera a dónde apuntaba mi pregunta.
— Estaba pensando… —dijo mientras revolvía el café—, que podríamos pasar un rato por lo de Ricardo. Así ve que me la probé.
Ricky era unos de los muchachos de fútbol. Nuestros hijos entraban juntos y a veces jugábamos algún picado. Cincuentón solo picaron y mujeriego. Siempre mirando l cola de Andrea. Por una situación picante y el al ser distribuidor de lencería, me había regalado una tanga negra
No pude disimular mi sorpresa.
— ¿En serio?
— Sí. Pero vamos juntos —aclaró, sin perder esa media sonrisa que me estaba matando.
No quise apurarla. Terminamos el desayuno y pasamos la mañana sin mencionar más el tema. Fue cerca del mediodía cuando Andrea desapareció en el dormitorio. Al rato salió vestida con un pantalón negro ajustado, de tela fina, que dibujaba su figura como si estuviese pintado sobre la piel. Arriba, una blusa suelta color crema. Sabía perfectamente que esa tanga mínima estaba debajo, invisible para cualquiera… salvo que ella quisiera lo contrario.
— ¿Listo? —preguntó, con ese tono de “ya decidí”.
Cruzamos el pasillo y tocamos el timbre del séptimo piso. Ricardo abrió la puerta en segundos, impecablemente vestido con un pantalón beige y camisa celeste. Nos saludó con esa cortesía suya que no oculta nada.
— ¡Qué alegría verlos! Pasen, por favor.
Nos hizo pasar al living, amplio y prolijamente ordenado. Cerró la puerta y nos ofreció algo para beber. Andrea pidió agua, yo acepté un café. Ricardo sirvió todo y se sentó frente a nosotros. No tardó en entrar en el terreno que imaginaba.
— Señora, no sabe la curiosidad que me quedó desde anoche. No he podido dejar de pensar en cómo le quedará esa prenda que tuve el atrevimiento de regalarle.
Andrea lo miró por encima del vaso y sonrió apenas, como disfrutando la incomodidad que me provocaba escucharlo tan directo.
— La traje puesta —dijo, como quien comenta el clima.
Ricardo sostuvo su mirada unos segundos y luego me miró a mí.
— Jorge, si me permite la osadía… —hizo una pausa—. ¿Sería capaz de ser usted mismo quien le baje el pantalón para que podamos verla?
Sentí que el ambiente se espesaba. Andrea, en silencio, cruzó las piernas y dejó que el dobladillo del pantalón se estirara un poco sobre sus muslos.
— No quisiera incomodarlos —continuó Ricardo, su voz grave, lenta—, pero creo que no hay mejor manera de lucir un regalo que delante de quien lo dio… y, claro, con su esposo presente.
La miré. No bajó la vista. Sus labios se curvaron apenas, lo suficiente para entender que estaba dispuesta, que habia venido a eso.
Me levanté despacio. Caminé hasta quedar de pie detrás de ella, mis manos sobre sus caderas. Sentí su respiración más rápida. Bajé el cierre con calma, dejando que el sonido llenara el silencio del living. Ricardo observaba sin pestañear. Tiré suavemente del pantalón, apenas lo suficiente para que apareciera la línea negra del encaje sobre su piel bronceada.
— Dios mío… —susurró Ricardo—. Como me gusta ese culo.
Anndrea no dijo nada. Se quedó quieta, con la vista clavada en mí, como si todo el control estuviera en mis manos… y a la vez, como si me retara a seguir.
Me incliné un poco y bajé un poco más el pantalón, dejando al descubierto toda la tanga. La tela negra, mínima, dibujaba la curva perfecta de su cola. No pude evitar pasar mis dedos por el encaje, como para “acomodarla”.
Ricardo, que hasta ese momento no se había movido de su sillón, se levantó despacio y sacó su celular del bolsillo.
— Jorge… ¿le parece si inmortalizamos este momento? —preguntó, levantando el teléfono—. Para que quede como un recuerdo… entre nosotros.
Mira a Andrea. Sus labios se apretaron apenas, en esa expresión suya de nervios mezclados con excitación.
— No sé… —murmuró ella.
— No te preocupes, amor, es solo una foto —dije yo, queriendo mantener la calma, aunque por dentro sentía que el pulso se me aceleraba.
Ricardo se acercó un paso, enfocando.
— Un poco más abajo, Jorge… que se vea entero el papo a que tiene —me indicó.
Le obedecí, bajando el pantalón hasta las rodillas. Ahora Andrea estaba de pie, con el pantalón caído y esa tanga diminuta que dejaba ver más piel que tela.
— Perfecto… —dijo Ricardo mientras hacía un par de tomas.
De repente, guardó silencio, con una media sonrisa.
— ¿Saben qué? —dijo mirando la pantalla—. Esto es demasiado bueno para guardármelo solo yo.
— ¿Cómo? —pregunté.
— Estaba pensando… —continuó él—, que tengo un grupo en WhatsApp… amigos muy cercanos, de mi confianza absoluta. Si hacemos una videollamada, podrían verla… en vivo.
Andrea giró la cabeza hacia mí de golpe.
— No… Ricardo, eso ya es demasiado —dijo.
— Dale nena, no me malinterpretes… —dijo él con voz calma—. No le estoy pidiendo que haga nada indecente. Solo… que se pare como está, que gire un poquito, y que ellos puedan admirar cómo le queda lo que yo mismo le regalé.
— Igual es fuerte —dije yo, más por el protocolo que por convicción.
Ricardo bajó un poco el teléfono y se nos acercó, apoyando la mano en mi hombro.
— usted sabe que esto no va a salir de ese grupo. Son hombres de mundo, saben apreciar la belleza. Y créame… van a hablar de esta tanga durante meses.
Andrea tragó saliva.
— No sé si me siento cómoda… —repitió, pero sin dar un “no” definitivo.
— Mira —insistió Ricardo, bajando la voz como si confiara un secreto—. No hay nada más poderoso que ver cómo su propio marido es quien la ofrece. Usted se la regala al mundo,… aunque sea por un minuto.
Yo la miré. Sentí cómo ese planteo me atravesaba. Andrea bajó la vista, pero la respiración le temblaba.
— Solo un minuto… —dijo Ricardo—. Vos cornudo la acomodas, la acomoda, la gira, se la muestra… y yo manejo la cámara. Nada más.
— ¿Y si alguno graba? —preguntó Andy
— Le juro que no lo harían. Y aunque lo hicieran… —sonrió—, ¿no te excita un poco que alguien, en algún lugar, tenga esta imagen suya?
El silencio que siguió fue pesado. Andrea y yo nos miramos. No hizo falta decir nada: los dos estábamos pensando lo mismo.
— Un minuto —dije finalmente—. Y solo la tanga.
Ricardo sonrió satisfecho y comenzó a preparar la videollamada.
— Les prometo… va a ser inolvidable.
Ella estaba todavía de pie, mirando a Ricardo con esa mezcla de nervios y picardía. Se mordió el labio, respiró hondo y, como si quisiera recuperar algo de control, se subió el pantalón negro hasta la cintura.
— Listo —dijo, acomodándose la blusa como si nada.
Ricardo sonrió, sin perder la calma.
— Está bien… —murmuró—, así será más interesante.
Ricardo no esperó más. Pulsó en la pantalla y, en segundos, aparecieron varios rostros en recuadros: hombres de distintas edades, saludando entre risas y comentarios curiosos.
— Chicos… —anunció Ricardo—, les presento a una buena amiga Andrea, esposa de mi buen vecino Jorge
Ella se quedó quieta, el pantalón perfectamente en su sitio, sonriendo con un poco de timidez. En la pantalla se escucharon murmullos:
— Encantados…
— Ricardo, ya sabes que me encantan tus sorpresas.
Ricardo me miró de reojo y, sin bajar la voz, dijo:
— Cornudo muéstrenos lo que nos quiere mostrar.
Yo asentí y me acerqué a mi esposq por detrás, poniendo mis manos en su cintura. Ella me miró por encima del hombro, con esa respiración que yo conocía bien.
— Despacio… —indicó Ricardo, apuntando el teléfono—, que ellos lo disfruten como lo disfruté yo.
Bajé el cierre con calma, el sonido llenó el silencio del living y de la llamada. La tela negra del pantalón comenzó a ceder, dejando asomar primero sus caderas, luego la curva de su glúteo, y finalmente la tanga negra que mordía su piel.
— Dios… —susurró uno de los hombres—.
— Qué delicia… —añadió otro.
— Más despacio, … más —ordenó Ricardo, como si estuviera dirigiendo una escena.
Seguí bajando el pantalón centímetro a centímetro, hasta que quedó a media pierna. La giré suavemente para mostrar la otra vista, exactamente como había hecho con Ricardo antes.
— Señores —dije—, mi esposa.
En la pantalla, las voces se mezclaron:
— Que pedazo de orto.
— Terrible.
— Dios, que culo…la puta
Andrea cerró los ojos un instante, mordiéndose el labio, mientras yo la giraba despacio y Ricardo acercaba el teléfono para captarlo todo.
— Señor… —dijo una de las voces graves desde la pantalla—, ¿podría girarla un poco más? Quiero ver esa curva completa.
Yo la tomé suavemente de los hombros y la hice girar, mientras Ricardo seguía cada movimiento con el teléfono.
— Ahí está… —comentó otro—. Esa tanga es una tentación.
— Y esa cola… —agregó una voz más joven—. Dale un paso hacia atrás, que se vea de lejos y de cerca.
Obedecí, guiándola con las manos en su cintura, como si la estuviera moldeando para el encuadre perfecto. Andrea respiraba agitada, con los ojos entrecerrados, consciente de que varios hombres la observaban al detalle.
— Jorge —intervino Ricardo con su tono pausado pero firme—, inclina un poco su torso hacia adelante… eso es… así se arquea mejor la espalda.
Cuando lo hice, un murmullo de aprobación cruzó la pantalla.
— Perfecta… —susurró uno—. No toques nada, Ricardo, no muevas la cámara.
Ricardo sonrió, disfrutando de su rol.
— Señores, no es solo belleza… es la forma en que su propio marido nos la está ofreciendo. Eso no se ve todos los días.
— Jefe… —dijo otra voz—, subale un poco la blusa, quiero ver dónde empieza esa espalda.
Me agaché a su lado, deslicé mis manos por su blusa y la levanté despacio hasta dejar sus omóplatos al descubierto. Sentí su piel tibia, tensa.
— Dios… —dijo uno, con un tono casi devoto—.
— Increíble… —añadió otro—. Dele un giro más.
La giré, volviendo a mostrar la parte trasera, y en ese momento Ricardo hizo un movimiento calculado: acercó el teléfono a unos centímetros, encuadrando la tanga como si fuera una joya.
— Amigos… —dijo—, ¿no creen que esta obra maestra merece verse sin envoltorio?
En la pantalla se escuchó un coro de síes y risas nerviosas.
Yo miré a Andrea, que me sostuvo la mirada unos segundos… y no dijo que no.
Ricardo, sin apartar la cámara—, despacio… bajele la tanga a su esposa por favor.
Dude un momento, pero mis dedos se movieron solos. Se deslizaron hasta los costados del encaje. Los amigos guardaron silencio, expectantes.
Atrapé el borde del encaje y lo tensé apenas. Andrea tragó saliva, con los ojos cerrados, pero sin moverse. Ricardo acercó más el teléfono, captando cada gesto.
— Despacio, … —murmuró—. Que ellos lo sientan como si fueran sus propias manos.
Comencé a deslizar la tanga hacia abajo, milímetro a milímetro. Primero se liberó un costado de la cadera, luego el otro, y finalmente la tela negra empezó a bajar por la curva de su cola.
En la pantalla, se escucharon murmullos contenidos:
— Que hija de puta…
— Un culo perfecto…
— Más, más, señor, no pare…
Yo seguí bajando, con calma cruel, hasta que la prenda quedó a mitad de los muslos. La dejé colgando, apenas sostenida, como si todavía tuviera oportunidad de salvarse.
— Hágala girar… —pidió una voz ronca desde el teléfono—. Quiero verla de perfil.
La tomé de la mano y la giré lentamente. El grupo enmudeció un segundo al verla casi desnuda, ofrecida sin resistencia.
— Santo cielo… —dijo uno, exhalando.
— Es un afortunado … —añadió otro.
Ricardo aprovechó y habló con su voz pausada, como si estuviera narrando un ritual:
— Señores, disfruten. Jorge no solo comparte… le complace compartir el culo de su esposa, no es cierto, pregunto.
Solo asenti con un movimiento de cabeza mientras solte la tanga y la dejé caer al suelo. Andrea quedó completamente desnuda de cintura para abajo. La giré otra vez y la acerqué a la cámara, ofreciéndola descaradamente.
— cornudo —dijo alguien, ya sin pudor—, abra un poco sus piernas, muestrenos más.
La sujeté suavemente de la cadera y la obligué a separar apenas las piernas. Ella gimió bajito, pero no protestó.
— Ahí está… —suspiró otro—. Que pedazo de trola.
— Me lo comería todo ese orto… —dijo otro, sin filtro.
— Qué señora más puta y hermosa… —se animó uno, con voz entrecortada.
Andrea abrió los ojos, miró la cámara directo, y esa simple mirada provocó un murmullo excitado entre los hombres conectados.
Yo acaricié su cintura, orgulloso, y murmuré frente a todos:
— Señores, no todos pueden ver esta maravilla… mírenla bien.
El murmullo excitado de los hombres en la pantalla llenaba el living. Andres estaba de pie, el pantalón en el suelo, la tanga a un costado, su piel expuesta como nunca. Yo la sostenía de la cintura, ofreciéndola a la cámara.
—jirge… —dijo Ricardo con una calma calculada—, tome el teléfono un momento.
Extendi la mano para agarrarlo, el casi me lo empujó suavemente hacia el pecho.
—Quiero… ocuparme de lo que su mujer necesita, continuó.
Me quedé un instante en silencio, con el celular en la mano, sintiendo el peso de la mirada de todos los hombres del grupo. Andrealo entendió antes que yo: se estremeció, cerró los ojos y apretó los labios.
Ricardo dio un paso al frente, se colocó detrás de ella y la rodeó con sus manos grandes. Acarició primero sus caderas, luego subió lentamente hasta su vientre y la atrajo hacia sí. La besó en el cuello con un gesto lento, cargado de deseo y luego le metio la lengua en su boca.
— Dios mío… —susurró uno desde la pantalla—, se lo está comiendo en vivo.
— Abra más el plano, que quiero verlo bien… —pidió otro.
Obedecí, alejando un poco el teléfono y encuadrando el cuerpo de Andrea entre los brazos de Ricardo. Él se inclinó sobre su hombro y dejó que su boca recorriera su piel hasta el lóbulo de la oreja. Ella gimió suavemente, audible para todos.
— Qué puta más deliciosa… —dijo uno, sin disimulo.
— acerca más la cámara a su cara… quiero verla cuando la besa —ordenó otro.
Moví el teléfono y enfoqué de cerca: los ojos de Andrea entrecerrados, el rubor en sus mejillas, los labios entreabiertos mientras Ricardo la devoraba a besos. Sus manos seguían explorando: apretaban su vientre, acariciaban sus muslos, subían otra vez hasta cubrir sus pechos por encima de la blusa.
— Eso… eso es lo que quería ver —murmuró uno de los conectados—. Cómo se derrite en brazos de otro, y el marido grabando.
Ricardo levantó la vista hacia la cámara, con una sonrisa casi insolente.
Entonces bajó las manos a su cola desnuda y la apretó con fuerza, abriéndole las piernas sin pedir permiso. Andrea soltó un gemido más fuerte, y en la videollamada se escucharon aplausos, risas nerviosas y frases morbosas al mismo tiempo:
— ¡Así, Ricardo!
— Su mujer es una diosa…
Yo grababa cada segundo, con la respiración entrecortada, sintiendo que la estaba entregando de verdad, ya no solo con palabras.
Ricardo me miró un segundo, con esa calma de quien dirige una función, y señaló con la cabeza.
Yo obedecí, bajando la cámara hacia su cuerpo. Ricardo se arrodilló detrás de Andrea y le separó las piernas con firmeza. Con las dos manos abrió sus nalgas, dejando su intimidad completamente expuesta al lente.
— Santo cielo… —se escuchó en la videollamada.
— Más cerca, no sea cruel… —pidió otro.
Acerqué el teléfono, enfocando directo en la cola de mi mujer, brillando bajo la luz. Ricardo bajó la cabeza sin aviso y le metió la lengua de lleno. Andrea arqueó la espalda, soltando un gemido largo y quebrado.
— ¡Dios! —exclamó uno—. Chupala toda.
— Qué orto más hermoso… —dijo otro, con voz temblorosa.
— Abrase más, señora que la veamos bien —añadió alguien, ya totalmente excitado.
Yo temblaba grabando, y Ricardo no aflojaba: hundía la lengua en su agujero, la sacaba, lamía alrededor con movimientos lentos y luego volvía a penetrarla con violencia. Ellagemía cada vez más fuerte, con la cara apoyada en el respaldo del sillón.Me miraba con cara de puta y excitada
De pronto Ricardo se incorporó, la tomó del cabello y le dio vuelta la cara hacia él. La besó en la boca con brutal pasión, metiéndole la lengua hasta el fondo, mezclando su saliva con el gusto que acababa de sacarle de la cola. Ella se dejó, gimiendo contra su boca, tragando sin resistencia.
— ¡Eso es! —gritó uno desde la llamada—. ¡Que la bese con la lengua sucia!
— Qué puta más divina… —añadió otro, entre risas nerviosas.
— baja un poco el ángulo, que quiero ver la cara que pone mientras le chupa el culo —ordenó uno.
Moví el teléfono, enfocando su rostro: los ojos semicerrados, el maquillaje corriéndose por las lágrimas de placer, la boca devorando la de Ricardo como si no existiera el mundo.
Él volvió a agacharse y repitió la secuencia: lengua profunda en la cola, luego directo a la boca. Una y otra vez, mientras yo grababa y los amigos deliraban en la pantalla, cada uno lanzando frases más morbosas:
— Ricardo, no pares, hacela acabar así.
—
Andrea estaba en cuatro, apoyada en el sillón, con la cola ofrecida a la cámara. Yo sostenía el teléfono con las dos manos, encuadrando cada detalle, mientras Ricardo le abría las nalgas con calma, mostrándola como si fuera suya.
— Señores… —dijo con voz grave—, aquí está, la mujer de Jorge. Lista para todos ustedes.
La pantalla se llenó de murmullos excitados:
— ¡Qué orto, por Dios!
— Mirá cómo tiembla…
— Eso pide pija ya mismo.
Ricardo me miró de reojo, con esa sonrisa de viejo zorro.
— Jorge… acerque un poco más la cámara. Quiero que todos vean cómo entra.
Andrea gimió bajito al escucharlo, pero no se movió. Yo me agaché un poco, llevando el teléfono casi a la altura de su cola. Ricardo escupió en su mano, se engrasó el miembro y lo acomodó en la entrada. La punta buscó el hueco, rozando la piel sensible.
— Santo cielo… —susurró uno desde la videollamada.
— Hacelo despacio, que lo veamos todo —pidió otro.
Ricardo empujó, y el primer tramo de su verga gruesa se hundió en la cola. Ella arqueó la espalda, soltando un grito ahogado que todos escucharon.
— ¡Ahí va! —exclamó uno.
— Se la tragó entera… mirá cómo se abre —añadió otro, casi jadeando.
Yo seguía grabando, con el pulso acelerado, mientras veía cómo Ricardo la penetraba lento, entrando cada vez más profundo. Su verga desaparecía entre sus nalgas, y luego volvía a salir brillante.
— cuerno… —dijo Ricardo, sin dejar de bombearla—, muéstreles bien cómo su esposa sabe recibir.
Yo obedecí, acercando la cámara al punto exacto donde entraba y salía, captando el brillo y el vaivén.
Andrea gemía descontrolada, y uno de los amigos en la pantalla le habló directamente:
— Señora Andrea… qué puta más hermosa es.
- Te gusta contesto ella con la voz entrecortada
— Dale más fuerte, que quiero oírla acabar —pidió otro.
Ricardo aumentó el ritmo, sujetando sus caderas con fuerza.
— Vamos, señora, regalele sus gritos a todos —le susurró al oído, pero lo suficiente alto para que se escuchara en la llamada.
Ella se quebró, gimiendo con cada embestida, hasta que su cuerpo tembló y tuvo un orgasmo diciéndome mi amor me están cogiendo. Te gusta.
Estaba descontrolada y caliente.
( Continúa)
1 comentarios - Andrea le muestra la tanga a los pibes de fútbol