Hola soy yo otra vez, solo quería decir que por el momento este es el último capítulo de esta, va a continuar pero para el próximo capítulo va tarda un poco más, pero voy a publicar otra historia que escribí espero que la disfrutes y me gustaría saber su opinión, idea y recomendaciones para la historia y por último si puedes seguir en X/Twitter se lo agradecería.
2- la cita
El brazo de Fernando seguía sobre sus hombros, pesado como una losa. Lucas esperaba un golpe, una burla, el habitual pedido de tarea con amenazas. Pero nada de eso llegó.
-Tranquilo, nerd -dijo Fernando con una sonrisa que no llegaba a sus ojos-. Hoy no vengo por la tarea.
Lucas, confundido, farfulló:
-Ya...ya la tengo lista -intentó alcanzar su mochila, pero el brazo de Fernando le impidió el movimiento.
-Te dije que solo quiero hablar.
Lucas se quedó quieto, el corazón latiéndole desbocado. ¿De qué podía querer hablar Fernando con él?
-¿De... de qué?
La sonrisa de Fernando se amplió, mostrando demasiados dientes.
-De la mujer que vi salir de tu casa ayer.
El mundo se detuvo para Lucas. El aire le faltó. ¿Me vio? ¿Sabe que era yo? El pánico lo inundó, helándole la sangre. Trató de mantener el rostro impasible, de que sus manos no temblaran.
-No... no sé de qué mujer me hablas -logró decir, forzando un tono de confusión.
-No te hagas el tonto -la voz de Fernando perdió su falsa amabilidad por un segundo-. La vi claramente. De cabello corto, buenísima, con una chaqueta. Salió de TU casa. ¿Es tu prima o qué?
El alivio fue momentáneo. No sabe que soy yo. Solo la vio salir. Pero ahora quería conocerla.
-Solo preséntamela -insistió Fernando, y entonces lanzó el cebo-. Hazlo, y te juro que te dejo de molestar. Para siempre.
Las palabras resonaron en la mente de Lucas como un eco celestial. Que te dejo de molestar. Para siempre. Era todo lo que había querido durante años. Paz. Que lo dejaran en paz. Su imaginación voló por un instante, visualizando un futuro sin miedo, sin humillaciones.
Pero la realidad volvió con un golpe seco. Esa mujer era él. ¿Cómo iba a presentársela?
-A-ver qu-é puedo hacer -tartamudeó, nervioso-. No te prometo nada.
Para su sorpresa, Fernando asintió, satisfecho. La falsa amabilidad regresó a su rostro.
-Con eso me basta.Pero, oye -agregó, señalándolo con un dedo-, si puedes, que sea en el café del centro comercial. Solo me confirmas por mensaje a qué hora puede.
Antes de que Lucas pudiera responder, Fernando se alejó, dejándolo paralizado en el pasillo.
El resto del día transcurrió en un torbellino de ansiedad. Lucas no podía concentrarse en las clases. Su mente era un campo de batalla. Por un lado, la promesa de una vida sin acoso. Por el otro, la terrorífica idea de tener que transformarse en Lucía y enfrentar a Fernando.
Podría volver a transformarme -pensaba-. Sería solo un café. Fingir que soy una mujer, hablar con él un rato, y listo. Es un precio pequeño a cambio de que me deje en paz. Solo será eso.
Se repetía la frase una y otra vez, como un mantra, tratando de convencerse a sí mismo, de ahogar el grito de alarma que le decía que era una idea terrible.
Cuando sonó el timbre final, Lucas salió de la escuela con una determinación temblorosa. Camino a su casa, ya no pensaba en los riesgos, solo en la recompensa. Solo será un café. Solo será un café.
La casa estaba sumida en su silencio habitual, ese silencio denso y cargado de ausencias que solía oprimir a Lucas. Pero hoy, por primera vez, esa misma soledad se sentía como un espacio de libertad, un vacío necesario que le otorgaba la privacidad que su plan demencial requería. Cruzó la puerta con una calma extraña, dejó su mochila pesada sobre la silla de su escritorio y se dejó caer de espaldas en la cama.
El techo blanco fue testigo de su lucha interna. ¿En qué me he metido?, se preguntó, sintiendo el nudo de ansiedad apretarse en su estómago. Sabía lo que tenía que hacer. Lo sabía con una claridad aterradora. Tenía que volver a tomar la pastilla, transformarse en ella, y presentarse a esa cita absurda en el café. Pero admitirlo ante sí mismo era como firmar su propia sentencia de locura.
Sin embargo, dos pensamientos se abrieron paso, venciendo su resistencia. Primero, la promesa de Fernando: "Te dejo de molestar para siempre." Esas palabras eran un hechizo, un futuro posible donde no tendría que esquivar miradas ni soportar empujones ni golpes. Un futuro en paz.
Y luego, el recuerdo más personal: la sensación de las miradas en el centro comercial. La atención, pura y no buscada, que se posó sobre él cuando era mujer. No era el odioso escrutinio de Fernando, sino una admiración caliente que le había hecho sentir... poderoso. Visto. Ese recuerdo, mezcla de vergüenza y un placer culpable, fue lo que finalmente inclinó la balanza.
Con un suspiro resignado, se levantó y fue al especondite donde guardaba el frasco. Lo sostuvo frente a sus ojos. La pastilla blanca y rosa que parecía una simple pastilla, pero encerraba una revolución corporal. Aún dudaba cuando la sacó, pero un recuerdo práctico lo detuvo: la imagen de sus ropas desgarrados, las costuras reventando por la presión de sus nuevas curvas. No podía permitir que eso pasara de nuevo, no con la ropa limitada que tenía.
Decidido, tomó la pastilla y una botella de agua, y se dirigió al santuario de su transformación: la habitación de su hermana. El aire polvoriento y quieto. Con movimientos rituales, se desvistió por completo, sintiendo el aire frío en su piel masculina por última vez en varias horas. Con un último latido de temor, se llevó la pastilla a la boca y la tragó con un sorbo de agua.
Se sentó en el borde de la cama, esperando. Los minutos pasaron, lentos. Luego, llegó. Un calor familiar brotó de su centro, pero esta vez el fuego era más sordo, menos desgarrador. Una pesadez inmensa, como de plomo fundido, empezó a invadir sus huesos, concentrándose especialmente en su pecho y caderas. Su visión se nubló, los sonidos se apagaron, y antes de que pudiera reaccionar, la oscuridad lo envolvió. Cayó hacia atrás, desmayado sobre la colcha de su hermana.
No supo cuánto tiempo estuvo inconsciente. Volvió en sí con un jadeo, sintiendo de inmediato la diferencia. Una pesadez nueva y familiar a la vez. Lo primero que vio al abrir los ojos fue el techo, y luego, al incorporarse, el espectáculo de sus propios pechos, grandes y redondos, oscureciendo su vista. Se levantó tambaleante, dirigido por un imán hacia el espejo de cuerpo completo.
La mujer que lo miró de vuelta le quitó el aliento. Era real. Aún le costaba creer que una pastilla pudiera esculpir algo así: curvas exageradas, una cintura de avispa, una piel que parecía más suave. Se tocó la cara, los labios. Era ella.
Un reloj interno de pánico sonó en su cabeza. ¡El café! No tenía tiempo para admirarse. La sola idea de tener una "cita" con Fernando le revolvía el estómago, un asco profundo que nublaba el atractivo del plan. Pero se había metido él solo. La recompensa-la paz y ese destello de poder-valía la pena el riesgo. O eso se repetía.
Dejó de lado sus pensamientos y se puso a trabajar. Buscó en el cajón una braga. Al ponérsela, dio un pequeño salto para acomodar la tela, sintiendo cómo se ajustaba y ceñía a sus nuevas nalgas voluminosas. Era incómodo, pero era el precio de tener ese trasero. ¿Un sostén? Sacó uno, pero al sostenerlo contra su pecho, fue obvio: las copas parecían juguetes frente a sus pechos. No había chance. Lo guardó, frustrado.
Al hacerlo, algo llamó su atención en el fondo del cajón: un destello negro y texturizado. Eran unas medias de red de una sola pieza. Una sorpresa. Nunca imaginó a su hermana con algo así. La curiosidad pudo más. Se la puso con cierta dificultad, sintiendo la red estirarse y ajustarse a cada curva de sus muslos, caderas y trasero. Se modeló frente al espejo, y una sonrisa involuntaria asomó en sus labios. Le gustaba. Le gustaba mucho.
Necesitaba algo que no cubriera las piernas para mostrar las medias. Encontró unos shorts de mezclilla, cortos y ajustados. Otro salto para acomodarlos, y ya tenía listo el atuendo de abajo.
Arriba, eligió una camiseta negra sin mangas. Al ponérsela, la tela se tensó inmediatamente sobre sus pechos, delineándolos de manera obscena. Se miró al espejo y se ruborizó. Demasiado, pensó. Aún no se acostumbraba a ser el centro de atención de esa manera. Buscó algo para cubrirse y encontró un suerte oversize negra. Al ponérsela, se sintió instantáneamente más seguro, más oculto.
Ya casi listo, recordó la parte más crucial tenía que enviarle mensaje a Fernando. Fue a su habitación, a su celular. Buscó el contacto de Fernando-guardado solo para enviar tareas-y, con dedos que apenas temblaban, tecleó un mensaje: " Ella va está en el café del centro comercial a la 5:00 pm.
La respuesta fue casi instantánea. "Excelente."
Miró la hora. Faltaban unos veinte minutos. Tenía tiempo. Iba a guardar su celular en el bolsillo del shorts cuando un escalofrío de puro terror lo detuvo. ¿Y si Fernando reconoce mi celular? Su paranoia, alimentada por años de miedo, pintó escenarios catastróficos. No podía arriesgarse. Pero tampoco podía salir sin un celular.
Entonces recordó: cuando su hermana empezó la universidad, se compró uno nuevo. Quizás el viejo... Corrió de vuelta a su habitación y rebuscó en la cómoda. Allí estaba, un modelo un poco pasado de moda, con una funda rosada que le resultó curiosa. Lo encendió: tenía batería y estaba formateado, limpio. Era perfecto. Anónimo y femenino.
Calzó unas botas negras bajas, dio una última mirada al espejo-una extraña mezcla de él mismo y de una desconocida segura-, y salió de la casa. El aire de la tarde la golpeó, mezclándose con la adrenalina que ya le corría por las venas.

Caminar hacia el centro comercial era como avanzar por un campo minado de nervios. Cada paso era medido, consciente del nuevo balanceo de sus caderas y del peso que se movía en su pechos con cada movimiento. Intentaba mentalizarse: Es solo una cita. Un café. Luego, libertad. Pero la palabra "cita" con Fernando le producía un rechazo visceral que se mezclaba con el miedo. Aun así, la promesa de paz y el recuerdo fugaz de sentirse deseado lo mantenían en marcha.
Al cruzar las puertas del centro comercial, el ambiente cambió de inmediato. El aire pareció espesarse, cargado de miradas. Sintió cómo decenas de ojos se posaban en ella: hombres que disimulaban su interés, mujeres que la escaneaban de arriba abajo. No sabía si era por las medias de red que asomaban bajo el short, por la silueta exagerada que le daba el suéter oversize solo insinuaba, o por la combinación letal de ambas. Mientras caminaba, una sensación peculiar, casi física, le quemó la piel en la zona del trasero. Eran las miradas fijándose allí, en la curva prominente que los short ajustados delineaban sin piedad. Para su propia sorpresa, en lugar de incomodidad, una oleada de poder, cálida y embriagadora, la recorrió. Por un instante, el nerviosismo se disipó, reemplazado por una confianza extraña y audaz.
Esa audacia se desvaneció en cuanto vio la entrada del café. El letrero neón le recordó bruscamente la realidad. Respiró hondo, un intento vano de calmar los latidos desbocados de su corazón, y entró.
Un rápido vistazo confirmó que Fernando aún no estaba. Un alivio fugaz la inundó. Se sentó en una mesa apartada, sacó el celular de su hermana y comprobó la hora: 5:05 pm. En su interior, una parte pequeña y cobarde rogaba que Fernando no apareciera.
Distraída, comenzó a captar fragmentos de una conversación de la mesa vecina. Voces masculinas, bajas pero claras:
"-¿Viste a esa chica que acaba de entrar?"
"-Sí, está hermosa. Y bien sexy, con esas medias..."
"-¿Y si le hablamos?"
"-No, tú háblale."
"-Nel, de seguro tiene novio. Con ese cuerpo..."
Lucas se sintió atrapado entre la vergüenza y ese mismo destello de poder. Estaba tan concentrado en escuchar, en procesar que hablaban de ella, que no notó la entrada de Fernando.
No fue hasta que la sombra cayó sobre la mesa y un cuerpo se sentó frente a ella que volvió a la realidad. Alzó la vista y ahí estaba él, con una sonrisa que pretendía ser encantadora pero que a Lucas le heló la sangre.
"O-oh," tartamudeó ella, forzando una sonrisa tensa. "Tú debes ser... el amigo de Lucas. Él me dijo que vendrías."
"Sí, exacto," dijo Fernando, acomodándose en la silla. Su mirada la recorrió de manera descarada, deteniéndose en los lugares que ya Lucía sentía sobreexpuestos. "Muchas gracias por aceptar venir."
"Entonces, ¿cómo te llamas? Lucas nunca me dijo tu nombre."
La pregunta la tomó por sorpresa. ¡Un nombre! No había pensado en eso. Su mente en blanco solo arrojó la primera opción que se le había ocurrido. "Lucía," dijo rápidamente. "Me llamo Lucía."
"Lucía," repitió Fernando, como saboreando la palabra. "Un nombre bonito. Yo soy Fernando. Un gusto."
El "gusto" sonó falso, pero su actitud era inquietantemente amable. Lucía se sentía como si estuviera en una obra de teatro mal ensayada, interpretando un papel para el público más peligroso.
Fernando no tardó en ir al grano. "¿Y qué relación tiene con Lucas?"
"Ah, somos... hermanos, pero él es un poco reservado," inventó Lucía, sintiendo cómo la mentira se enredaba en su lengua.
Fernando se sorprendió un poco. "La verdad, no sabía que Lucas tuviera una... hermana tan hermosa."
El comentario la hizo querer encogerse. "Gracias," murmuró.
La conversación derivó hacia temas triviales-el centro comercial, el café-pero Fernando siempre la guiaba de vuelta a Lucas, haciendo preguntas indirectas que Lucía esquivaba con nerviosismo creciente. Cada risa suya sonaba falsa y forzada en sus propios oídos.
Al cabo de un rato, Lucía miró disimuladamente el celular. Había pasado más tiempo del que creía. "Fernando, ha sido un gusto, pero ya me tengo que ir," dijo, levantándose con urgencia.
La desilusión cruzó el rostro de Fernando, pero la ocultó rápido con otra sonrisa. "Claro, claro. ¿Podemos volver a vernos? Me caíste muy bien."
Lucía sintió un pinchazo de pánico. "Sí, quizás..." dijo, esperando que el "quizás" sonara a despedida definitiva.
Pero Fernando no se dio por vencido. "Me pasas tu número, para seguir hablando."
Era la pregunta que más temía. Su mente, nublada por los nervios y la prisa por escapar, no encontró excusa alguna. Paralizada, tomó el celular y, con dedos torpes, intercambió números con él. Cada dígito que le daba sentía como un eslabón más en una cadena.
"Perfecto," dijo Fernando, guardando su teléfono con una satisfacción que a Lucía la llenó de terror. "Hablamos pronto, Lucía."
Ella solo asintió y salió del café casi a la carrera, sin mirar atrás. El aire exterior ya no sentía libre sino cargado de amenaza. Mientras se alejaba del centro comercial, un escalofrío intenso le recorrió la espalda.
No era solo miedo a que Fernando descubriera la verdad. Era la certeza oscura de que, al darle su número, había firmado algo mucho más peligroso que un simple café.
El camino a casa fue una neblina. No era el agotamiento físico, sino una pesadez mental, una niebla densa de consecuencias que Lucas no había anticipado. Cada paso, cada balanceo de cadera, le recordaba el hoyo más profundo en el que se había metido. Al llegar, fue directo a la habitación de su hermana y se dejó caer de espaldas en la cama.
El colchón cedió, y con él, una ola de movimiento sacudió su torso. Sus pechos, grandes y pesados, se balancearon con el impacto, un recordatorio físico y grotesco de lo lejos que estaba de su vida anterior. "Todo se salió de control," susurró para sí, su voz aún le sonaba extraña en sus propios oídos. Solo era un café. Solo un intercambio por paz. Pero había dicho "sí" a otra cita. Y le había dado su número. ¿Por qué? ¿Por qué lo hice?
La frustración y el enojo consigo mismo eran un nudo en la garganta. Se dio un golpe suave en la frente con la palma de la mano. Idiota. Sin embargo, tras el arrepentimiento inicial, un pensamiento más frío y calculador emergió. Rechazar a Fernando de plano podía ser peor. Podía enfurecerse y desquitarse conmigo con el doble de saña. Y además, todavía no había prueba de que cumpliera su palabra. Tal vez, jugando este juego un poco más, podría asegurarse de que la tregua fuera real.
Se sentó en la cama, sintiendo un calor sofocante acumulado en su pechos. Nunca imaginó que las tetas grandes generaran tanto calor propio. Se quitó el suéter oversize con alivio, dejando solo la ajustada camiseta negra.
En ese momento, el celular vibró en el bolsillo del short. Un frío instantáneo reemplazó el calor. Ya sabía quién era.
El mensaje de Fernando decía: "Hola, ¿si pudiste llegar a casa? La verdad hoy me la pasé muy bien contigo. Espero que pronto se vuelva a repetir."
Lucas leyó y releyó las palabras. La amabilidad falsa, la posesividad sutil... todo era tan ajeno al Fernando que conocía. Respiró hondo y decidió seguir la corriente. Escribió, tratando de imitar como respondería una mujer: "¡Síí, llegué muy bien! Muchas gracias, yo también me la pasé muy bien."
La respuesta de Fernando fue casi inmediata. "Sii que bien Jaja, casi olvido preguntarte: ¿tienes alguna selfie por ahí o tengo que imaginarte hasta la próxima?
El corazón de Lucas dio un vuelco. Una foto. Lo había temido. La parálisis lo invadió. ¿Qué hacía? Negarse podía levantar sospechas, enfurecerlo. Pero enviar una foto... era demasiado. En su mente, la balanza se inclinó otra vez hacia el miedo. Mantenerlo feliz. Por ahora.
Con manos que temblaban levemente, se levantó y se acercó al espejo de cuerpo completo. No estaba acostumbrado a tomarse fotos, mucho menos en este cuerpo. Se tomó varias, torpemente, tratando de encontrar un ángulo que no revelara demasiado pero que mantuviera el interés.con una sonrisa tímida forzada, el cabello ligeramente desordenado y algo avergonzada. La envió con un mensaje simple: "No hay problema, aquí tiene."

Fernando estaba recostado en su cama cuando llegó la notificación. Al abrir la foto, sus ojos se abrieron como platos. ¡Wow!, pensó. "Está buenísima... Qué par de tetas tiene la hermana del perdedor." La imagen lo hipnotizaba. No podía conciliar la idea de que una mujer con un cuerpo tan explícitamente sexy, con una cara tan atractiva, pudiera estar relacionada con el insignificante de Lucas. Era como encontrar un diamante en un basurero. Su mente empezó a divagar, a planear. Va a ser muy divertido divertirme con ella.
Antes de que pudiera escribir algo más, llegó otro mensaje de "Lucía". "Lo siento, me tengo que ocupar con algo de la universidad. ¡Hablamos otro día!"
Una leve frustración, pero no desilusión. Le gustaba un poco el juego de "difícil". Contestó rápido: "No hay problema, preciosa. Descansa." Bajó el celular y una sonrisa lenta, cargada de intención, se dibujó en su rostro. Esto iba a ser mucho mejor de lo que imaginaba
De vuelta con Lucas:
Después de enviar el mensaje de excusa, Lucas soltó el aire que no sabía que retenía. "Ay, se la creyó," murmuró, aliviado. Ya no quería seguir esa conversación ni un segundo más.
Se dejó caer de nuevo en la cama, exhausto mentalmente. El estrés de la doble vida empezaba a pesar. Para distraerse, abrió la galería del celular y miró las fotos que acababa de tomar. La que le había enviado a Fernando y otras que había descartado. Se quedó mirando una en particular, dónde se veía muy sexy. Una idea absurda cruzó su mente: Estoy demasiado sexy. Yo pagaría por unas fotos así.
Y entonces, como un rayo, la idea pasó de absurda a brillante. Si iba a seguir transformándose en Lucía, si ya estaba arriesgándose tanto... ¿por qué no sacarle provecho? Dinero. Dinero que podría usar para cosas que Lucas nunca tuvo, o quizás, para comprar ropa que le quedara bien a Lucía sin tener que usar la de su hermana. La lógica era retorcida, pero seductora.
Recordó vagamente una página popular, un sitio de internet donde personas vendían fotos y videos "exclusivos". Su corazón empezó a latir con una emoción diferente, no solo miedo, sino anticipación.
Se levantó con energía renovada, fue a su habitación y tomó la computadora. Navegó hasta el sitio web. Para crear una cuenta pedían un alias. "Lucía" era demasiado obvio; si Fernando alguna vez husmeaba, podría hacer la conexión. Necesitaba algo nuevo. Algo simple. "Lulú", pensó. Sonaba inocente, juguetón, fácil de recordar.
Quería que fuera completamente anónima. Fue a su clóset y sacó un cubrebocas negro que había guardado desde la pandemia. De vuelta en la habitación de su hermana, frente al espejo, se lo puso, ocultando la mitad inferior de su rostro. Se tomó una foto, suficiente para despertar interés. Esa sería la foto de perfil de "Lulú".
Con la cuenta creada y la foto de perfil subida, solo necesitaba el producto. Respiró hondo, se quitó todo excepto la braga negra, y posó frente al espejo con el celular. Esta vez no era una foto torpe. Era un producto. Calculó el ángulo, la luz. Tomó varias. No describiría la foto, pero era la clase de imagen por la que la gente pagaba.

La subió a la recién creada cuenta de "Lulú", con un precio moderado, como primer anzuelo. Después, cerró el celular y lo dejó sobre la cómoda.
Se quedó mirando al techo, la adrenalina de su nuevo plan mezclándose con el residuo del miedo. Había cruzado otra línea, quizás más peligrosa que la anterior. Ya no solo era un chico escondiéndose en el cuerpo de una mujer para escapar de un matón. Ahora era un creador de contenido anónimo, un vendedor de una fantasía que era, a medias, él mismo.
2- la cita
El brazo de Fernando seguía sobre sus hombros, pesado como una losa. Lucas esperaba un golpe, una burla, el habitual pedido de tarea con amenazas. Pero nada de eso llegó.
-Tranquilo, nerd -dijo Fernando con una sonrisa que no llegaba a sus ojos-. Hoy no vengo por la tarea.
Lucas, confundido, farfulló:
-Ya...ya la tengo lista -intentó alcanzar su mochila, pero el brazo de Fernando le impidió el movimiento.
-Te dije que solo quiero hablar.
Lucas se quedó quieto, el corazón latiéndole desbocado. ¿De qué podía querer hablar Fernando con él?
-¿De... de qué?
La sonrisa de Fernando se amplió, mostrando demasiados dientes.
-De la mujer que vi salir de tu casa ayer.
El mundo se detuvo para Lucas. El aire le faltó. ¿Me vio? ¿Sabe que era yo? El pánico lo inundó, helándole la sangre. Trató de mantener el rostro impasible, de que sus manos no temblaran.
-No... no sé de qué mujer me hablas -logró decir, forzando un tono de confusión.
-No te hagas el tonto -la voz de Fernando perdió su falsa amabilidad por un segundo-. La vi claramente. De cabello corto, buenísima, con una chaqueta. Salió de TU casa. ¿Es tu prima o qué?
El alivio fue momentáneo. No sabe que soy yo. Solo la vio salir. Pero ahora quería conocerla.
-Solo preséntamela -insistió Fernando, y entonces lanzó el cebo-. Hazlo, y te juro que te dejo de molestar. Para siempre.
Las palabras resonaron en la mente de Lucas como un eco celestial. Que te dejo de molestar. Para siempre. Era todo lo que había querido durante años. Paz. Que lo dejaran en paz. Su imaginación voló por un instante, visualizando un futuro sin miedo, sin humillaciones.
Pero la realidad volvió con un golpe seco. Esa mujer era él. ¿Cómo iba a presentársela?
-A-ver qu-é puedo hacer -tartamudeó, nervioso-. No te prometo nada.
Para su sorpresa, Fernando asintió, satisfecho. La falsa amabilidad regresó a su rostro.
-Con eso me basta.Pero, oye -agregó, señalándolo con un dedo-, si puedes, que sea en el café del centro comercial. Solo me confirmas por mensaje a qué hora puede.
Antes de que Lucas pudiera responder, Fernando se alejó, dejándolo paralizado en el pasillo.
El resto del día transcurrió en un torbellino de ansiedad. Lucas no podía concentrarse en las clases. Su mente era un campo de batalla. Por un lado, la promesa de una vida sin acoso. Por el otro, la terrorífica idea de tener que transformarse en Lucía y enfrentar a Fernando.
Podría volver a transformarme -pensaba-. Sería solo un café. Fingir que soy una mujer, hablar con él un rato, y listo. Es un precio pequeño a cambio de que me deje en paz. Solo será eso.
Se repetía la frase una y otra vez, como un mantra, tratando de convencerse a sí mismo, de ahogar el grito de alarma que le decía que era una idea terrible.
Cuando sonó el timbre final, Lucas salió de la escuela con una determinación temblorosa. Camino a su casa, ya no pensaba en los riesgos, solo en la recompensa. Solo será un café. Solo será un café.
La casa estaba sumida en su silencio habitual, ese silencio denso y cargado de ausencias que solía oprimir a Lucas. Pero hoy, por primera vez, esa misma soledad se sentía como un espacio de libertad, un vacío necesario que le otorgaba la privacidad que su plan demencial requería. Cruzó la puerta con una calma extraña, dejó su mochila pesada sobre la silla de su escritorio y se dejó caer de espaldas en la cama.
El techo blanco fue testigo de su lucha interna. ¿En qué me he metido?, se preguntó, sintiendo el nudo de ansiedad apretarse en su estómago. Sabía lo que tenía que hacer. Lo sabía con una claridad aterradora. Tenía que volver a tomar la pastilla, transformarse en ella, y presentarse a esa cita absurda en el café. Pero admitirlo ante sí mismo era como firmar su propia sentencia de locura.
Sin embargo, dos pensamientos se abrieron paso, venciendo su resistencia. Primero, la promesa de Fernando: "Te dejo de molestar para siempre." Esas palabras eran un hechizo, un futuro posible donde no tendría que esquivar miradas ni soportar empujones ni golpes. Un futuro en paz.
Y luego, el recuerdo más personal: la sensación de las miradas en el centro comercial. La atención, pura y no buscada, que se posó sobre él cuando era mujer. No era el odioso escrutinio de Fernando, sino una admiración caliente que le había hecho sentir... poderoso. Visto. Ese recuerdo, mezcla de vergüenza y un placer culpable, fue lo que finalmente inclinó la balanza.
Con un suspiro resignado, se levantó y fue al especondite donde guardaba el frasco. Lo sostuvo frente a sus ojos. La pastilla blanca y rosa que parecía una simple pastilla, pero encerraba una revolución corporal. Aún dudaba cuando la sacó, pero un recuerdo práctico lo detuvo: la imagen de sus ropas desgarrados, las costuras reventando por la presión de sus nuevas curvas. No podía permitir que eso pasara de nuevo, no con la ropa limitada que tenía.
Decidido, tomó la pastilla y una botella de agua, y se dirigió al santuario de su transformación: la habitación de su hermana. El aire polvoriento y quieto. Con movimientos rituales, se desvistió por completo, sintiendo el aire frío en su piel masculina por última vez en varias horas. Con un último latido de temor, se llevó la pastilla a la boca y la tragó con un sorbo de agua.
Se sentó en el borde de la cama, esperando. Los minutos pasaron, lentos. Luego, llegó. Un calor familiar brotó de su centro, pero esta vez el fuego era más sordo, menos desgarrador. Una pesadez inmensa, como de plomo fundido, empezó a invadir sus huesos, concentrándose especialmente en su pecho y caderas. Su visión se nubló, los sonidos se apagaron, y antes de que pudiera reaccionar, la oscuridad lo envolvió. Cayó hacia atrás, desmayado sobre la colcha de su hermana.
No supo cuánto tiempo estuvo inconsciente. Volvió en sí con un jadeo, sintiendo de inmediato la diferencia. Una pesadez nueva y familiar a la vez. Lo primero que vio al abrir los ojos fue el techo, y luego, al incorporarse, el espectáculo de sus propios pechos, grandes y redondos, oscureciendo su vista. Se levantó tambaleante, dirigido por un imán hacia el espejo de cuerpo completo.
La mujer que lo miró de vuelta le quitó el aliento. Era real. Aún le costaba creer que una pastilla pudiera esculpir algo así: curvas exageradas, una cintura de avispa, una piel que parecía más suave. Se tocó la cara, los labios. Era ella.
Un reloj interno de pánico sonó en su cabeza. ¡El café! No tenía tiempo para admirarse. La sola idea de tener una "cita" con Fernando le revolvía el estómago, un asco profundo que nublaba el atractivo del plan. Pero se había metido él solo. La recompensa-la paz y ese destello de poder-valía la pena el riesgo. O eso se repetía.
Dejó de lado sus pensamientos y se puso a trabajar. Buscó en el cajón una braga. Al ponérsela, dio un pequeño salto para acomodar la tela, sintiendo cómo se ajustaba y ceñía a sus nuevas nalgas voluminosas. Era incómodo, pero era el precio de tener ese trasero. ¿Un sostén? Sacó uno, pero al sostenerlo contra su pecho, fue obvio: las copas parecían juguetes frente a sus pechos. No había chance. Lo guardó, frustrado.
Al hacerlo, algo llamó su atención en el fondo del cajón: un destello negro y texturizado. Eran unas medias de red de una sola pieza. Una sorpresa. Nunca imaginó a su hermana con algo así. La curiosidad pudo más. Se la puso con cierta dificultad, sintiendo la red estirarse y ajustarse a cada curva de sus muslos, caderas y trasero. Se modeló frente al espejo, y una sonrisa involuntaria asomó en sus labios. Le gustaba. Le gustaba mucho.
Necesitaba algo que no cubriera las piernas para mostrar las medias. Encontró unos shorts de mezclilla, cortos y ajustados. Otro salto para acomodarlos, y ya tenía listo el atuendo de abajo.
Arriba, eligió una camiseta negra sin mangas. Al ponérsela, la tela se tensó inmediatamente sobre sus pechos, delineándolos de manera obscena. Se miró al espejo y se ruborizó. Demasiado, pensó. Aún no se acostumbraba a ser el centro de atención de esa manera. Buscó algo para cubrirse y encontró un suerte oversize negra. Al ponérsela, se sintió instantáneamente más seguro, más oculto.
Ya casi listo, recordó la parte más crucial tenía que enviarle mensaje a Fernando. Fue a su habitación, a su celular. Buscó el contacto de Fernando-guardado solo para enviar tareas-y, con dedos que apenas temblaban, tecleó un mensaje: " Ella va está en el café del centro comercial a la 5:00 pm.
La respuesta fue casi instantánea. "Excelente."
Miró la hora. Faltaban unos veinte minutos. Tenía tiempo. Iba a guardar su celular en el bolsillo del shorts cuando un escalofrío de puro terror lo detuvo. ¿Y si Fernando reconoce mi celular? Su paranoia, alimentada por años de miedo, pintó escenarios catastróficos. No podía arriesgarse. Pero tampoco podía salir sin un celular.
Entonces recordó: cuando su hermana empezó la universidad, se compró uno nuevo. Quizás el viejo... Corrió de vuelta a su habitación y rebuscó en la cómoda. Allí estaba, un modelo un poco pasado de moda, con una funda rosada que le resultó curiosa. Lo encendió: tenía batería y estaba formateado, limpio. Era perfecto. Anónimo y femenino.
Calzó unas botas negras bajas, dio una última mirada al espejo-una extraña mezcla de él mismo y de una desconocida segura-, y salió de la casa. El aire de la tarde la golpeó, mezclándose con la adrenalina que ya le corría por las venas.

Caminar hacia el centro comercial era como avanzar por un campo minado de nervios. Cada paso era medido, consciente del nuevo balanceo de sus caderas y del peso que se movía en su pechos con cada movimiento. Intentaba mentalizarse: Es solo una cita. Un café. Luego, libertad. Pero la palabra "cita" con Fernando le producía un rechazo visceral que se mezclaba con el miedo. Aun así, la promesa de paz y el recuerdo fugaz de sentirse deseado lo mantenían en marcha.
Al cruzar las puertas del centro comercial, el ambiente cambió de inmediato. El aire pareció espesarse, cargado de miradas. Sintió cómo decenas de ojos se posaban en ella: hombres que disimulaban su interés, mujeres que la escaneaban de arriba abajo. No sabía si era por las medias de red que asomaban bajo el short, por la silueta exagerada que le daba el suéter oversize solo insinuaba, o por la combinación letal de ambas. Mientras caminaba, una sensación peculiar, casi física, le quemó la piel en la zona del trasero. Eran las miradas fijándose allí, en la curva prominente que los short ajustados delineaban sin piedad. Para su propia sorpresa, en lugar de incomodidad, una oleada de poder, cálida y embriagadora, la recorrió. Por un instante, el nerviosismo se disipó, reemplazado por una confianza extraña y audaz.
Esa audacia se desvaneció en cuanto vio la entrada del café. El letrero neón le recordó bruscamente la realidad. Respiró hondo, un intento vano de calmar los latidos desbocados de su corazón, y entró.
Un rápido vistazo confirmó que Fernando aún no estaba. Un alivio fugaz la inundó. Se sentó en una mesa apartada, sacó el celular de su hermana y comprobó la hora: 5:05 pm. En su interior, una parte pequeña y cobarde rogaba que Fernando no apareciera.
Distraída, comenzó a captar fragmentos de una conversación de la mesa vecina. Voces masculinas, bajas pero claras:
"-¿Viste a esa chica que acaba de entrar?"
"-Sí, está hermosa. Y bien sexy, con esas medias..."
"-¿Y si le hablamos?"
"-No, tú háblale."
"-Nel, de seguro tiene novio. Con ese cuerpo..."
Lucas se sintió atrapado entre la vergüenza y ese mismo destello de poder. Estaba tan concentrado en escuchar, en procesar que hablaban de ella, que no notó la entrada de Fernando.
No fue hasta que la sombra cayó sobre la mesa y un cuerpo se sentó frente a ella que volvió a la realidad. Alzó la vista y ahí estaba él, con una sonrisa que pretendía ser encantadora pero que a Lucas le heló la sangre.
"O-oh," tartamudeó ella, forzando una sonrisa tensa. "Tú debes ser... el amigo de Lucas. Él me dijo que vendrías."
"Sí, exacto," dijo Fernando, acomodándose en la silla. Su mirada la recorrió de manera descarada, deteniéndose en los lugares que ya Lucía sentía sobreexpuestos. "Muchas gracias por aceptar venir."
"Entonces, ¿cómo te llamas? Lucas nunca me dijo tu nombre."
La pregunta la tomó por sorpresa. ¡Un nombre! No había pensado en eso. Su mente en blanco solo arrojó la primera opción que se le había ocurrido. "Lucía," dijo rápidamente. "Me llamo Lucía."
"Lucía," repitió Fernando, como saboreando la palabra. "Un nombre bonito. Yo soy Fernando. Un gusto."
El "gusto" sonó falso, pero su actitud era inquietantemente amable. Lucía se sentía como si estuviera en una obra de teatro mal ensayada, interpretando un papel para el público más peligroso.
Fernando no tardó en ir al grano. "¿Y qué relación tiene con Lucas?"
"Ah, somos... hermanos, pero él es un poco reservado," inventó Lucía, sintiendo cómo la mentira se enredaba en su lengua.
Fernando se sorprendió un poco. "La verdad, no sabía que Lucas tuviera una... hermana tan hermosa."
El comentario la hizo querer encogerse. "Gracias," murmuró.
La conversación derivó hacia temas triviales-el centro comercial, el café-pero Fernando siempre la guiaba de vuelta a Lucas, haciendo preguntas indirectas que Lucía esquivaba con nerviosismo creciente. Cada risa suya sonaba falsa y forzada en sus propios oídos.
Al cabo de un rato, Lucía miró disimuladamente el celular. Había pasado más tiempo del que creía. "Fernando, ha sido un gusto, pero ya me tengo que ir," dijo, levantándose con urgencia.
La desilusión cruzó el rostro de Fernando, pero la ocultó rápido con otra sonrisa. "Claro, claro. ¿Podemos volver a vernos? Me caíste muy bien."
Lucía sintió un pinchazo de pánico. "Sí, quizás..." dijo, esperando que el "quizás" sonara a despedida definitiva.
Pero Fernando no se dio por vencido. "Me pasas tu número, para seguir hablando."
Era la pregunta que más temía. Su mente, nublada por los nervios y la prisa por escapar, no encontró excusa alguna. Paralizada, tomó el celular y, con dedos torpes, intercambió números con él. Cada dígito que le daba sentía como un eslabón más en una cadena.
"Perfecto," dijo Fernando, guardando su teléfono con una satisfacción que a Lucía la llenó de terror. "Hablamos pronto, Lucía."
Ella solo asintió y salió del café casi a la carrera, sin mirar atrás. El aire exterior ya no sentía libre sino cargado de amenaza. Mientras se alejaba del centro comercial, un escalofrío intenso le recorrió la espalda.
No era solo miedo a que Fernando descubriera la verdad. Era la certeza oscura de que, al darle su número, había firmado algo mucho más peligroso que un simple café.
El camino a casa fue una neblina. No era el agotamiento físico, sino una pesadez mental, una niebla densa de consecuencias que Lucas no había anticipado. Cada paso, cada balanceo de cadera, le recordaba el hoyo más profundo en el que se había metido. Al llegar, fue directo a la habitación de su hermana y se dejó caer de espaldas en la cama.
El colchón cedió, y con él, una ola de movimiento sacudió su torso. Sus pechos, grandes y pesados, se balancearon con el impacto, un recordatorio físico y grotesco de lo lejos que estaba de su vida anterior. "Todo se salió de control," susurró para sí, su voz aún le sonaba extraña en sus propios oídos. Solo era un café. Solo un intercambio por paz. Pero había dicho "sí" a otra cita. Y le había dado su número. ¿Por qué? ¿Por qué lo hice?
La frustración y el enojo consigo mismo eran un nudo en la garganta. Se dio un golpe suave en la frente con la palma de la mano. Idiota. Sin embargo, tras el arrepentimiento inicial, un pensamiento más frío y calculador emergió. Rechazar a Fernando de plano podía ser peor. Podía enfurecerse y desquitarse conmigo con el doble de saña. Y además, todavía no había prueba de que cumpliera su palabra. Tal vez, jugando este juego un poco más, podría asegurarse de que la tregua fuera real.
Se sentó en la cama, sintiendo un calor sofocante acumulado en su pechos. Nunca imaginó que las tetas grandes generaran tanto calor propio. Se quitó el suéter oversize con alivio, dejando solo la ajustada camiseta negra.
En ese momento, el celular vibró en el bolsillo del short. Un frío instantáneo reemplazó el calor. Ya sabía quién era.
El mensaje de Fernando decía: "Hola, ¿si pudiste llegar a casa? La verdad hoy me la pasé muy bien contigo. Espero que pronto se vuelva a repetir."
Lucas leyó y releyó las palabras. La amabilidad falsa, la posesividad sutil... todo era tan ajeno al Fernando que conocía. Respiró hondo y decidió seguir la corriente. Escribió, tratando de imitar como respondería una mujer: "¡Síí, llegué muy bien! Muchas gracias, yo también me la pasé muy bien."
La respuesta de Fernando fue casi inmediata. "Sii que bien Jaja, casi olvido preguntarte: ¿tienes alguna selfie por ahí o tengo que imaginarte hasta la próxima?
El corazón de Lucas dio un vuelco. Una foto. Lo había temido. La parálisis lo invadió. ¿Qué hacía? Negarse podía levantar sospechas, enfurecerlo. Pero enviar una foto... era demasiado. En su mente, la balanza se inclinó otra vez hacia el miedo. Mantenerlo feliz. Por ahora.
Con manos que temblaban levemente, se levantó y se acercó al espejo de cuerpo completo. No estaba acostumbrado a tomarse fotos, mucho menos en este cuerpo. Se tomó varias, torpemente, tratando de encontrar un ángulo que no revelara demasiado pero que mantuviera el interés.con una sonrisa tímida forzada, el cabello ligeramente desordenado y algo avergonzada. La envió con un mensaje simple: "No hay problema, aquí tiene."

Fernando estaba recostado en su cama cuando llegó la notificación. Al abrir la foto, sus ojos se abrieron como platos. ¡Wow!, pensó. "Está buenísima... Qué par de tetas tiene la hermana del perdedor." La imagen lo hipnotizaba. No podía conciliar la idea de que una mujer con un cuerpo tan explícitamente sexy, con una cara tan atractiva, pudiera estar relacionada con el insignificante de Lucas. Era como encontrar un diamante en un basurero. Su mente empezó a divagar, a planear. Va a ser muy divertido divertirme con ella.
Antes de que pudiera escribir algo más, llegó otro mensaje de "Lucía". "Lo siento, me tengo que ocupar con algo de la universidad. ¡Hablamos otro día!"
Una leve frustración, pero no desilusión. Le gustaba un poco el juego de "difícil". Contestó rápido: "No hay problema, preciosa. Descansa." Bajó el celular y una sonrisa lenta, cargada de intención, se dibujó en su rostro. Esto iba a ser mucho mejor de lo que imaginaba
De vuelta con Lucas:
Después de enviar el mensaje de excusa, Lucas soltó el aire que no sabía que retenía. "Ay, se la creyó," murmuró, aliviado. Ya no quería seguir esa conversación ni un segundo más.
Se dejó caer de nuevo en la cama, exhausto mentalmente. El estrés de la doble vida empezaba a pesar. Para distraerse, abrió la galería del celular y miró las fotos que acababa de tomar. La que le había enviado a Fernando y otras que había descartado. Se quedó mirando una en particular, dónde se veía muy sexy. Una idea absurda cruzó su mente: Estoy demasiado sexy. Yo pagaría por unas fotos así.
Y entonces, como un rayo, la idea pasó de absurda a brillante. Si iba a seguir transformándose en Lucía, si ya estaba arriesgándose tanto... ¿por qué no sacarle provecho? Dinero. Dinero que podría usar para cosas que Lucas nunca tuvo, o quizás, para comprar ropa que le quedara bien a Lucía sin tener que usar la de su hermana. La lógica era retorcida, pero seductora.
Recordó vagamente una página popular, un sitio de internet donde personas vendían fotos y videos "exclusivos". Su corazón empezó a latir con una emoción diferente, no solo miedo, sino anticipación.
Se levantó con energía renovada, fue a su habitación y tomó la computadora. Navegó hasta el sitio web. Para crear una cuenta pedían un alias. "Lucía" era demasiado obvio; si Fernando alguna vez husmeaba, podría hacer la conexión. Necesitaba algo nuevo. Algo simple. "Lulú", pensó. Sonaba inocente, juguetón, fácil de recordar.
Quería que fuera completamente anónima. Fue a su clóset y sacó un cubrebocas negro que había guardado desde la pandemia. De vuelta en la habitación de su hermana, frente al espejo, se lo puso, ocultando la mitad inferior de su rostro. Se tomó una foto, suficiente para despertar interés. Esa sería la foto de perfil de "Lulú".
Con la cuenta creada y la foto de perfil subida, solo necesitaba el producto. Respiró hondo, se quitó todo excepto la braga negra, y posó frente al espejo con el celular. Esta vez no era una foto torpe. Era un producto. Calculó el ángulo, la luz. Tomó varias. No describiría la foto, pero era la clase de imagen por la que la gente pagaba.

La subió a la recién creada cuenta de "Lulú", con un precio moderado, como primer anzuelo. Después, cerró el celular y lo dejó sobre la cómoda.
Se quedó mirando al techo, la adrenalina de su nuevo plan mezclándose con el residuo del miedo. Había cruzado otra línea, quizás más peligrosa que la anterior. Ya no solo era un chico escondiéndose en el cuerpo de una mujer para escapar de un matón. Ahora era un creador de contenido anónimo, un vendedor de una fantasía que era, a medias, él mismo.
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