Dulce sentía que el corazón le iba a explotar. El stripper más alto seguía inclinado sobre ella, su miembro enorme y erecto balanceándose peligrosamente cerca de su rostro. El calor entre sus piernas era insoportable; el tanga negro de encaje estaba completamente empapado y cada pequeño movimiento hacía que la tela rozara su clítoris hinchado, enviándole descargas de placer que le nublaban la mente.
—No… yo no… —balbuceó, pero su voz salió entrecortada y débil.
El stripper sonrió con picardía y señaló el sticker verde en su brazo.
—Tranquila, cumpleañera. Ese sticker solo permite charlas y bailes. No podemos tocarte… ni tú a nosotros. Solo disfruta el show.
Empezaron a bailar alrededor de la mesa, moviéndose con una sensualidad descarada. Uno de ellos se colocó de espaldas a Dulce y movió las caderas en círculos lentos, haciendo que su culo firme y aceitado quedara a pocos centímetros de su cara. Otro se arrodilló frente a ella y pasó las manos por su propio cuerpo, acariciándose el pecho y bajando lentamente hasta rodear su pene grueso con los dedos, masturbándose lentamente solo para que ella lo viera. Dulce no podía apartar la mirada. Comparados con Héctor, estos hombres parecían de otro mundo: venosos, pesados, con cabezas grandes y brillantes. Sentía la boca seca y, al mismo tiempo, un impulso casi irresistible de estirar la mano.

Tania, sentada a su lado, observaba todo con una sonrisa satisfecha. De pronto, sacó algo de debajo de la manga de su vestido: dos stickers negros que había pedido a escondidas a la recepcionista.
—Vamos, Dulce… —susurró, acercándose a su oído—. Quítate ese verde tan aburrido y ponte uno de estos.
Te prometo que te va a encantar.
Dulce miró el sticker negro como si fuera veneno. El pánico la invadió.
—¡No! ¡De ninguna manera! —exclamó, levantándose de golpe del sillón.
Sin esperar respuesta, se abrió paso entre los strippers y corrió hacia el fondo del local, buscando desesperadamente el baño. El corazón le latía con fuerza y las piernas le temblaban por la mezcla de excitación y miedo. Empujó la puerta del baño de mujeres y entró casi sin aliento.
El lugar no era un baño común. Era amplio, con luces tenues y tres cubículos abiertos en forma de U. En una esquina, casi oculta en la penumbra, Dulce vio a la misma chica joven y tímida que había notado antes del show: estaba sentada sola en una mesa apartada, con cara de inocencia y mirada baja. Ahora esa misma chica estaba de rodillas en el centro del cubículo, completamente desnuda excepto por unos tacones altos.
Tres agujeros grandes en las tres paredes del cubículo dejaban salir tres miembros enormes y erectos, gruesos y venosos, idénticos a los que había visto en la pista.

La chica no perdió tiempo. Se acercó al primer pene y sacó la lengua, lamiendo lentamente desde la base hasta la cabeza hinchada, saboreándolo con devoción. Luego abrió la boca y lo introdujo poco a poco, sus labios estirándose al máximo alrededor de ese grosor. Chupaba con fuerza, moviendo la cabeza adelante y atrás, mientras su mano derecha rodeaba el segundo miembro y lo masturbaba con movimientos firmes y rítmicos. El tercer pene esperaba su turno, goteando una gota transparente.
Pero no se quedó solo en eso.

La chica se levantó, se dio la vuelta y, apoyando las manos en la pared, empujó su propio culo hacia uno de los agujeros. El pene grueso entró lentamente en su ano, abriéndola centímetro a centímetro. Soltó un gemido largo y profundo cuando lo sintió completo dentro. Empezó a moverse hacia atrás, follándose a sí misma contra la pared con movimientos cada vez más rápidos y desesperados. Al mismo tiempo, tomó otro de los penes con la mano y se lo metió en la boca, chupándolo con hambre mientras su ano era penetrado sin piedad.

Cambió de posición. Se colocó de espaldas contra otra pared y guio el segundo pene enorme hacia su vagina. Estaba tan mojada que entró de un solo empujón, estirándola al límite. La chica gritó de placer y comenzó a cabalgarlo con fuerza, sus tetas rebotando mientras el pene entraba y salía de su coño empapado. El tercer pene seguía en su mano, masturbándolo al ritmo de sus embestidas.
Uno tras otro, los penes empezaron a correrse.
El primero eyaculó profundo en su ano, llenándola con chorros calientes y espesos que pronto comenzaron a escurrir por sus muslos. El segundo se corrió dentro de su vagina, tanto que cuando sacó el pene, un torrente de semen blanco y espeso salió de su interior, cayendo al suelo con un sonido húmedo. El tercero explotó en su boca abierta; la chica tragó lo que pudo, pero gran parte le chorreó por la barbilla, el cuello y los pechos, cubriéndola casi por completo.

Dulce estaba paralizada contra la pared, respirando agitada, el tanga empapado y las piernas temblando. Nunca había visto algo tan crudo y lascivo.
Entonces la chica, chorreando semen por todas partes, con la voz ronca y satisfecha, miró hacia los agujeros y dijo claramente:
—Ahora… méenme encima. Quiero sentirlo todo.

Dulce sintió una mezcla brutal de asco, excitación y curiosidad morbosa. No pudo seguir mirando. Se dio la vuelta rápidamente y entró en uno de los cubículos individuales, cerrando la puerta con manos temblorosas.
Tenía unas ganas casi incontrolables de orinar. Se levantó el vestido corto, bajó el tanga empapado y se sentó en el inodoro. El alivio fue inmediato cuando empezó a mear. Al terminar, miró hacia abajo por costumbre… y se dio cuenta de que su orina tenía un ligero tono rosado, casi imperceptible. Frunció el ceño un segundo, confundida, pero el calor que seguía ardiendo en su cuerpo le impidió pensar demasiado en ello. Se limpió, se subió el tanga y salió del baño rápidamente, todavía temblando.

Mientras tanto, en el departamento, Héctor seguía revisando las stories de Steph. Otro video apareció: la cámara enfocaba la mesa VIP. Allí estaban Tania y Brenda. De pronto, Tania se inclinó sobre Brenda, le quitó el sticker verde del brazo y lo reemplazó por uno negro con una sonrisa maliciosa. Brenda rio, claramente excitada.
Inmediatamente, tres meseros sin playera se acercaron a la mesa. Uno se colocó detrás de Brenda y empezó a frotar su miembro erecto contra su espalda mientras le susurraba algo al oído. Otro se arrodilló frente a ella y le separó las piernas con suavidad, pasando las manos por sus muslos. El tercero le acarició los pechos por encima del vestido, pellizcando los pezones visibles a través de la tela. Brenda echó la cabeza hacia atrás, gimiendo, mientras los tres hombres la tocaban y rozaban sin ningún límite.

Héctor sintió que el estómago se le revolvía. Amplió la imagen. No había duda: era Brenda. Y Tania estaba grabando todo con el teléfono, riendo.
—¿Dónde está Dulce? —murmuró Héctor, el corazón latiéndole con fuerza. La preocupación empezaba a convertirse en algo mucho más oscuro.
—No… yo no… —balbuceó, pero su voz salió entrecortada y débil.
El stripper sonrió con picardía y señaló el sticker verde en su brazo.
—Tranquila, cumpleañera. Ese sticker solo permite charlas y bailes. No podemos tocarte… ni tú a nosotros. Solo disfruta el show.
Empezaron a bailar alrededor de la mesa, moviéndose con una sensualidad descarada. Uno de ellos se colocó de espaldas a Dulce y movió las caderas en círculos lentos, haciendo que su culo firme y aceitado quedara a pocos centímetros de su cara. Otro se arrodilló frente a ella y pasó las manos por su propio cuerpo, acariciándose el pecho y bajando lentamente hasta rodear su pene grueso con los dedos, masturbándose lentamente solo para que ella lo viera. Dulce no podía apartar la mirada. Comparados con Héctor, estos hombres parecían de otro mundo: venosos, pesados, con cabezas grandes y brillantes. Sentía la boca seca y, al mismo tiempo, un impulso casi irresistible de estirar la mano.

Tania, sentada a su lado, observaba todo con una sonrisa satisfecha. De pronto, sacó algo de debajo de la manga de su vestido: dos stickers negros que había pedido a escondidas a la recepcionista.
—Vamos, Dulce… —susurró, acercándose a su oído—. Quítate ese verde tan aburrido y ponte uno de estos.
Te prometo que te va a encantar.
Dulce miró el sticker negro como si fuera veneno. El pánico la invadió.
—¡No! ¡De ninguna manera! —exclamó, levantándose de golpe del sillón.
Sin esperar respuesta, se abrió paso entre los strippers y corrió hacia el fondo del local, buscando desesperadamente el baño. El corazón le latía con fuerza y las piernas le temblaban por la mezcla de excitación y miedo. Empujó la puerta del baño de mujeres y entró casi sin aliento.
El lugar no era un baño común. Era amplio, con luces tenues y tres cubículos abiertos en forma de U. En una esquina, casi oculta en la penumbra, Dulce vio a la misma chica joven y tímida que había notado antes del show: estaba sentada sola en una mesa apartada, con cara de inocencia y mirada baja. Ahora esa misma chica estaba de rodillas en el centro del cubículo, completamente desnuda excepto por unos tacones altos.
Tres agujeros grandes en las tres paredes del cubículo dejaban salir tres miembros enormes y erectos, gruesos y venosos, idénticos a los que había visto en la pista.

La chica no perdió tiempo. Se acercó al primer pene y sacó la lengua, lamiendo lentamente desde la base hasta la cabeza hinchada, saboreándolo con devoción. Luego abrió la boca y lo introdujo poco a poco, sus labios estirándose al máximo alrededor de ese grosor. Chupaba con fuerza, moviendo la cabeza adelante y atrás, mientras su mano derecha rodeaba el segundo miembro y lo masturbaba con movimientos firmes y rítmicos. El tercer pene esperaba su turno, goteando una gota transparente.
Pero no se quedó solo en eso.

La chica se levantó, se dio la vuelta y, apoyando las manos en la pared, empujó su propio culo hacia uno de los agujeros. El pene grueso entró lentamente en su ano, abriéndola centímetro a centímetro. Soltó un gemido largo y profundo cuando lo sintió completo dentro. Empezó a moverse hacia atrás, follándose a sí misma contra la pared con movimientos cada vez más rápidos y desesperados. Al mismo tiempo, tomó otro de los penes con la mano y se lo metió en la boca, chupándolo con hambre mientras su ano era penetrado sin piedad.

Cambió de posición. Se colocó de espaldas contra otra pared y guio el segundo pene enorme hacia su vagina. Estaba tan mojada que entró de un solo empujón, estirándola al límite. La chica gritó de placer y comenzó a cabalgarlo con fuerza, sus tetas rebotando mientras el pene entraba y salía de su coño empapado. El tercer pene seguía en su mano, masturbándolo al ritmo de sus embestidas.
Uno tras otro, los penes empezaron a correrse.
El primero eyaculó profundo en su ano, llenándola con chorros calientes y espesos que pronto comenzaron a escurrir por sus muslos. El segundo se corrió dentro de su vagina, tanto que cuando sacó el pene, un torrente de semen blanco y espeso salió de su interior, cayendo al suelo con un sonido húmedo. El tercero explotó en su boca abierta; la chica tragó lo que pudo, pero gran parte le chorreó por la barbilla, el cuello y los pechos, cubriéndola casi por completo.

Dulce estaba paralizada contra la pared, respirando agitada, el tanga empapado y las piernas temblando. Nunca había visto algo tan crudo y lascivo.
Entonces la chica, chorreando semen por todas partes, con la voz ronca y satisfecha, miró hacia los agujeros y dijo claramente:
—Ahora… méenme encima. Quiero sentirlo todo.

Dulce sintió una mezcla brutal de asco, excitación y curiosidad morbosa. No pudo seguir mirando. Se dio la vuelta rápidamente y entró en uno de los cubículos individuales, cerrando la puerta con manos temblorosas.
Tenía unas ganas casi incontrolables de orinar. Se levantó el vestido corto, bajó el tanga empapado y se sentó en el inodoro. El alivio fue inmediato cuando empezó a mear. Al terminar, miró hacia abajo por costumbre… y se dio cuenta de que su orina tenía un ligero tono rosado, casi imperceptible. Frunció el ceño un segundo, confundida, pero el calor que seguía ardiendo en su cuerpo le impidió pensar demasiado en ello. Se limpió, se subió el tanga y salió del baño rápidamente, todavía temblando.

Mientras tanto, en el departamento, Héctor seguía revisando las stories de Steph. Otro video apareció: la cámara enfocaba la mesa VIP. Allí estaban Tania y Brenda. De pronto, Tania se inclinó sobre Brenda, le quitó el sticker verde del brazo y lo reemplazó por uno negro con una sonrisa maliciosa. Brenda rio, claramente excitada.
Inmediatamente, tres meseros sin playera se acercaron a la mesa. Uno se colocó detrás de Brenda y empezó a frotar su miembro erecto contra su espalda mientras le susurraba algo al oído. Otro se arrodilló frente a ella y le separó las piernas con suavidad, pasando las manos por sus muslos. El tercero le acarició los pechos por encima del vestido, pellizcando los pezones visibles a través de la tela. Brenda echó la cabeza hacia atrás, gimiendo, mientras los tres hombres la tocaban y rozaban sin ningún límite.

Héctor sintió que el estómago se le revolvía. Amplió la imagen. No había duda: era Brenda. Y Tania estaba grabando todo con el teléfono, riendo.
—¿Dónde está Dulce? —murmuró Héctor, el corazón latiéndole con fuerza. La preocupación empezaba a convertirse en algo mucho más oscuro.
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