Me llamo David. Soy un tipo normal. No soy un dios griego. Ni siquiera mido un metro ochenta. Soy un don nadie. Trabajo en una oficina y soy muy promedio. Siempre lo he sido, sobre todo cuando se trata de mi hija de dieciocho años. La mayoría de los padres lo son. Miro los preciosos ojos claros de mi hija y le doy lo que quiera: un teléfono nuevo, una laptop nueva, un coche nuevo, dinero para ir de compras con sus amigas.
Da igual. Es la maldición de un padre viudo. Pero no me importaba ayudar a mi niña, porque esa preciosa sonrisa siempre lo compensa. Todo iba bien, hasta que Montse me pidió algo que nunca podría darle: mi verga.
Todo empezó un domingo por la noche durante la cena. Montse llevaba cocinando desde que falleció su madre. Se encarga de todo en casa. Así es como lo hicimos. Yo estaba agotado en ese momento. Era la misma mierda de siempre en el trabajo. Odiaba trabajar los fines de semana y el domingo era el peor. Creo que mi hija se dio cuenta porque se ofreció a darme un masaje en los hombros.
—¿Papá? —dijo—. ¿Quieres que te dé un masaje en los hombros?
—Estoy bien, cariño.
—De acuerdo —dijo con su dulce vocecita.
Sonaba igual que su madre; también se parecía mucho a ella. Preciosa, con el pelo largo y castaño, unos pechos preciosos de copa C, firmes aunque yo intentaba no fijarme, y medía uno sesenta y cinco. Le gustaba lucir sus piernas. Siempre iba en pantalones cortos y descalza. Hoy llevaba las uñas de los pies pintadas de naranja. Combinaban con las de las manos. La camiseta que llevaba le quedaba pequeña, dejando al descubierto su ombligo. Así es como se visten los jóvenes hoy en día.

—Tengo un favor que pedirte —dijo ella.
Dinero, pensé. Ahí viene. Siempre es dinero. Pero se lo ha ganado. Ella me cuida y a mí me gusta cuidarla.
—Claro, cariño. ¿Cuánto dinero necesitas?
Negó con la cabeza, su cabello cayendo sobre sus hombros, su labio inferior entre los dientes. Esos labios, los labios de su madre: rosados y carnosos. Quizás me gusta decir que se parece a su madre para no sentirme demasiado culpable al mirarla con deseo.
—¿Qué es entonces? —dije.
—Necesito que hagas algo por mí. Algo importante.
—Estoy escuchando.
—Quiero que veas algunos vídeos.
¿Vídeos? Claro. Veré una película contigo.
—No, no es una película. Y el vídeo no es el favor. Necesito que veas el vídeo para poder pedírtelo. —Sacó su iPhone y pulsó algunos botones en la pantalla—. Es un vídeo de mi amiga Kim. Tiene dieciocho años.
Claro que me acordaba de Kim. Dieciocho años. Prácticamente se crió en mi casa con mi hija. Últimamente no venía tanto. Normalmente, ella y Montse siempre iban al centro comercial o a algún otro sitio.
—En el vídeo, ella hace algo un poco impactante, y bueno, solo míralo, ¿de acuerdo? Después hay dos vídeos más: uno con mi amiga Jenna, de dieciocho años, y otro con mi amiga Lorena, también de dieciocho.
En ese momento estaba confundido, pero dije:
—Claro.
Mi hija me pasó el teléfono. Mientras tanto, llevó los platos a la cocina. Oí que se encendía el grifo del fregadero justo cuando le di a reproducir.
—Me llamo Kim —dijo Kim en el vídeo—, y así es como se chupa una polla.
Mis ojos se abrieron de par en par cuando el vídeo se alejó, revelando a Kim desnuda, con sus pechos de dieciocho años al descubierto y unas bragas que le tapaban la vagina. Entonces, ella le agarró los vaqueros al camarógrafo, se los bajó y sacó una polla joven y dura como una roca. No era nada impresionante.. Pero Kim abrió la boca y se la tragó entera.
—¿Qué carajo?

Miré por encima del hombro, buscando a Montse. Todavía podía oír el grifo. Volví a mirar el vídeo. Kim se estaba entregando por completo, tragándose el pene hasta el fondo; su pelo negro ondeaba mientras sus labios se deslizaban sobre la verga. El tipo que sostenía la cámara gemía y, con la mano libre, agarraba la cabeza de Kim, atrayéndola hacia su miembro.
No podía creerlo. ¿Por qué mi hija me obligaba a ver a su amiga chupándole la polla a un tipo? No sabía qué hacer. ¿Debía pulsar el botón de parar? ¿Ir a decir algo? Me quedé mirando la pantalla. Mi polla se puso dura dentro de mis jeans mientras Kim se atragantaba, haciendo una pausa para recuperar el aliento.
—¿Estás bien, cariño? —preguntó el camarógrafo.
—Sí —respondió Kim.
Agarró el pene, acariciándolo de un lado a otro mientras bajaba para más. Este tipo no podía aguantar. El vídeo duraba solo cuatro minutos y estaba a punto de correrse. Se corrió en la boca de Kim. Su semen corrió por su barbilla, goteando sobre sus pechos firmes. Ella sonrió a la cámara.
—¡Así es como se chupa una polla!
El vídeo terminó, solo para que empezara otro en la lista de reproducción. La siguiente fue otra de sus amigas: Jenna, a quien había visto muchas veces en bikini junto a mi piscina. Ahora estaba en topless. Se bajó la cremallera de unos pantalones cargo y sacó el pene de un tipo.
—Soy Jenna, y así es como se chupa una polla.
Aquí vamos de nuevo, pensé. Jenna no tenía tanta experiencia como Kim, pero cuando apareció la verga de quince centímetros, empezó a lamerla. Era tímida, pero al camarógrafo que por lo que parecía era un chico joven, no pareció importarle. Quería más y se la metió en la boca. Este vídeo duró solo tres minutos. Se corrió por toda su cara.
Aún no había terminado. Empezó el siguiente. Le tocaba el turno a Lorena, a quien recordaba jugando al con Montse.
—Soy Lorena, y te voy a enseñar cómo chupar una polla.
—¡Mierda! —dije en voz alta.
Lori se abalanzó sobre el pene, sus mechones rubios balanceándose sobre una verga promedio.
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No pude soportarlo más. Apagué el teléfono y lo dejé a un lado. Yo crecí viendo cosas con sentido. Ahora mi hija, mi pequeña, me acababa de enseñar una película porno protagonizada por sus amigas. Me dieron ganas de castigarla, pero nunca la había castigado antes. Siempre hay una primera vez para todo. Me levanté de un salto y entré en la cocina dando pisotones.
—Montse, ¿qué demonios fue eso?
Cerró el grifo y se dio la vuelta. El agua había salpicado su pequeña camiseta de tirantes, dejando ver su piel debajo.
—Supongo que lo viste todo.
—¿Por qué me enseñaste eso? Ni siquiera sé qué decirte.
—Necesito hablar contigo sobre eso.
¿Hablar conmigo? Estoy a punto de castigarte, ¿sabes? Soy tu padre. No me muestras ese tipo de cosas. Tendrás dieciocho años, jovencita, pero sigues siendo mi hija, y mientras vivas aquí, no deberías estar viendo películas porno. O al menos, no deberías dármelas a mí para que las vea.
—Papá, no era porno —dijo frunciendo el ceño.
—¿Cómo demonios se llama eso?
—Un reto.
—¿Un qué?
Salió de la cocina. Tuve que seguirla. Se sentó en el sofá de la sala.
—Bueno, ¿te acuerdas cuando me vino la regla por primera vez?
Seguía de pie. No podía sentarme.
—¿Qué tiene que ver eso con algo?
—Recuerdo que estaba llorando y te dije que estaba sangrando, y tú me explicaste que las chicas tienen la regla. Me llevaste a la tienda, me compraste compresas y me dijiste que estaría bien en unos días. Y me dijiste que si alguna vez necesitaba hablar contigo de algo, podía hacerlo. Y luego, cuando di mi primer beso, también te lo conté todo.
—¿A qué viene todo esto?
—Ahora voy a contarte algunas cosas. Cosas que he estado haciendo.
—Montse, no quiero oír hablar de tu vida sexual. Tienes dieciocho años. Lo que hagas fuera de esta casa es asunto tuyo.
—Pero dijiste que podía contarte cualquier cosa.
Me senté. Esto se estaba saliendo de control.
—Sí, pero no esperaba que un día me entregaras un vídeo sexual.
—Escúchame, por favor. Verás, mis amigos hicieron un reto. Todos se jactaban, decían que podían chupar pollas mejor que los demás, y para demostrarlo, grabaron vídeos. Y bueno, yo también hice el reto.
—¿De eso se trata? ¿Por qué querrías mostrarme eso?
—Ya voy a eso. Verás, les he estado mintiendo a mis amigos. Todos creen que estoy saliendo con un chico de la universidad. Les dije que estaba con alguien porque, bueno, porque le tengo un poco de miedo al sexo.
—¿Qué?
—Soy virgen.
Me sorprendió.
—¿Eres virgen? Pero has tenido muchas citas.
—¿Me has visto en alguna cita en los últimos seis meses?
—Simplemente supuse que cuando salías, ibas a eso.
—Bueno, te equivocaste al suponer. De todas formas, no quería que supieran que era virgen, así que simplemente les dije que estaba con un chico de la universidad y que tenía relaciones sexuales todo el tiempo.
—¿Por qué mentiste?
—Papá, es el último año de la preparatoria. No puedes decirles a tus amigos que eres virgen. Se reirán de ti.
—¿Qué tiene que ver esto conmigo?
—Como decía, todos presumían de que eran buenos chupando pollas. Así que dije que yo era la mejor.
—Dios Mio—murmuré.
—¿Qué se suponía que debía decir? ¿Admitir que nunca he tocado uno?
Me froté la frente.
—No estoy seguro de adónde quieres llegar con esto, Montse.
—Mis tres amigas ya grabaron sus vídeos. Ahora me toca a mí. Es domingo. Mañana hay clases. Tengo hasta entonces para grabar el mío.
—¿Vas a grabar un vídeo sexual? ¿Hablas en serio?
—Tengo que hacerlo. Me toca a mí cumplir el reto.
—Montse, simplemente diles la verdad a tus amigas.
—No puedo. Si lo hiciera, sería el hazmerreír. Se lo contarían a todo el mundo en la escuela y sería la mayor perdedora de la historia.
—¿A quién le importa lo que piensen esos chicos? Tú irás a la universidad el año que viene.
—Universidad estatal. Muchos estarán allí. Yo seré la perdedora virgen.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Ir a buscar a algún tipo que ni siquiera conoces esta noche y preguntarle si puedes… puedes…? —Ni siquiera pude decirlo—. Te educaron mejor que eso. Una cosa es salir con alguien, pero no así.
—Bueno, no estoy saliendo con ningún chico, así que tengo que encontrar a alguien más que me ayude. Por eso te enseñé los vídeos.
No lo entendía. Mirando hacia atrás, me sorprende no haberlo comprendido antes. ¿Pero qué padre lo haría?
—¿De qué estás hablando?
Contuvo la respiración antes de hablar.
—Te dije que necesitaba un favor. Me preguntaba si… si fingirías ser mi novio frente a la cámara y si me dejarías chuparte la polla.
Salté de mi asiento. Juro que me quedé suspendido en el aire durante unos diez segundos.
—¿Qué demonios? ¡Soy tu padre!
La cabeza de Montse estaba hecha un lío.
—Lo sé. Me da tanta vergüenza preguntar. Pero no tengo a nadie más a quien recurrir. ¿Puedo chuparte la polla, por favor?
—Yo… yo ni siquiera sé qué decirte. ¡Claro que no puedes! ¿Estás loca? Dios mío, Montse, no puedo creer que me lo preguntes. Esto es una locura.
—Papá, por favor —dijo, poniéndose de pie y apoyando las manos en mis hombros. Ni siquiera quería que me tocara—. Por favor —repitió—. Necesito tu ayuda. Solo te pido que me dejes hacerlo esta vez, solo frente a la cámara.
—Montse, ¿te das cuenta de lo que estás pidiendo? Lo mío estaría en tu boca.
—Es solo una mamada, y solo hasta que te corras.
—No uses esa palabra. No puedo creer que esté teniendo esta conversación.—Me quede analizando—Montse, no puedo hacer eso. Ni siquiera debería estar hablando contigo sobre esto.
—Sé cómo suena —dijo con tristeza, haciendo un puchero—. Pero si no lo hago, seré el hazmerreír del colegio. Por favor, déjame chuparte la polla unos minutos. Lo suficiente para demostrarles que lo hice.
—La respuesta es un rotundo no. No quiero hablar más de esto. Estoy muy decepcionado contigo.
Odio ver llorar a mi hija. La vi llorar cuando murió su madre, y juré que sería la última vez. Pero cuando esas lágrimas corrieron por su rostro, sentí como si me hubiera dado un puñetazo en el estómago. Salió corriendo, con su cabello castaño ondeando al viento. Su puerta se cerró de golpe a lo lejos. Me dejé caer en la silla, dándole vueltas a lo que mi hija había dicho.
Te diré una cosa: cuando tu hija te pide que le chupes la polla, te pones a pensar. A pensar en cómo se sentiría. Intenté no imaginarlo: ver sus labios rosados envueltos alrededor de mi pene, escuchar su garganta ahogándose. Pero me estaba poniendo duro. Crucé las piernas mientras estaba sentado allí, aplastando mi polla entre mis muslos, castigándola por ponerse dura pensando en mi hija. Pensando en agarrar su hermoso pelo y tirar de él hacia mi pene.
Y, joder, era virgen. Ni siquiera había chupado una polla antes. No hay duda de que una experta en mamadas es la mejor, pero una novata es inolvidable. Yo había iniciado a unas cuantas en mis tiempos de instituto. Pero mi mujer era una zorra. Chupaba pollas como una campeona. Por eso me casé con ella.
Dios, y ahora nuestra hija, que se parecía tanto a ella, quería chuparme la polla. No había tenido sexo en años. No quería exponer a mi hija a eso, llevando mujeres a casa y follándolas mientras ella estaba en la habitación de al lado. Jesús, jamás pensé que mi hija sería mi próxima conquista.
—Solo una mamada —murmuré—. Solo hasta que te corras. Está loca.
Joder, ahora tenía la polla dura. Encendí la tele y puse ESPN. Me daba igual quién jugaba o qué deporte era. Necesitaba algo para distraerme.
Mierda. Era el especial de trajes de baño. Las chicas corrían por la playa mientras los fotógrafos les tomaban fotos. Dios me odiaba.
—Mierda.
Apagué la televisión y me dirigí al baño. Me paré frente al inodoro, me bajé la cremallera del pantalón, metí la mano y saqué mi pene grueso. Estaba completamente erecto, el glande rojo y furioso por el maltrato que le había dado. Pasé la mano por el tronco. Me sentí culpable incluso al hacer esto, pensando en la boca de mi hija deslizándose sobre mi pene. ¿Cómo diablos había pasado esto? Llegué a casa esta noche del trabajo para relajarme. Ahora estaba en el baño, masturbándome después de que mi hija me pidiera que le chupara.
De todas formas, ella ni siquiera sabría qué hacer con semejante polla, la pequeña virgen, intentando lamerla, preguntándose cómo iba a caber en su boca. Empecé a pensar en su coño. No pude evitarlo, lo juro. Debe de ser muy estrecho. Probablemente nos dolería a los dos al entrar.
Recordé que hace un año llegó a casa a las cinco de la mañana, apestando a alcohol. Estaba borracha como una cuba cuando la metí en la cama, todavía vestida. Llevaba falda y alcancé a ver sus bragas. Tenían sangre en la entrepierna. Pensé que esa noche había perdido la virginidad. Supongo que simplemente tenía la regla.
Incluso ahora, podía ver mi pene deslizándose entre esos labios apretados y rosados, estrangulándolo, observando cómo sus grandes ojos azules se abrían y cerraban mientras era penetrada.
—Mierda —susurré—. Reacciona. Es tu hija.
Dejé de masturbarme. No iba a eyacular pensando en mi hija. Me negué. Soy más fuerte que eso. Me di una ducha fría. Y funcionó. Si necesitas dejar de fantasear con follarte a tu hija de dieciocho años, date una ducha fría. El agua fría te desinflará el pene como si estuvieras en un monasterio.
En mi habitación, me cambié de ropa: unos pantalones y una camiseta blanca, mirándome en el espejo. Tenía que hablar con mi hija, aclarar esto. Tenía que saber que no estaba enfadado con ella, solo preocupado. Estaba entre la espada y la pared, pero no iba a ser mi pene el que lo solucionara.
—¿Pastelito? —dije mientras abría su puerta.
Estaba en su cama, con la cara hundida en la almohada.
—Déjame en paz.
—Cariño, ¿puedo hablar contigo un segundo?
—¿Por qué? —dijo—. ¿Para que me digas lo decepcionado que estás y lo asquerosa que soy?
Entré, me senté en el borde de la cama y le puse la mano en el hombro, pero ella la apartó encogiéndose de hombros.
—Cariño, tienes que entender que me golpeaste como un ladrillo. Siento haber dicho que estaba decepcionado contigo.
—Pero lo estás.
—Mira, cuando era adolescente, para serte sincero, mis amigos y yo también hacíamos competiciones así. Elegíamos chicas y veíamos quién se acostaba con ella primero. Entiendo perfectamente lo que dices.
Montse se dio la vuelta.
—¿En serio?
—Sí —dije.
No era fácil hablar de sexo con mi hija, pero lo intenté.
—Una vez me acosté con una chica y ella se acostó con todos mis amigos… en días diferentes, claro. Y lo hizo porque quería decirnos cuál de nosotros era el mejor. Entiendo que este reto entre tú y tus amigas…
—¿Quién ganó la competición?
—¿Eh?
—¿Quién dijo la chica que era el mejor?
—Cariño, eso no es importante. La cuestión es que…
—Solo dímelo —dijo—. Si entiendes por lo que estoy pasando, dímelo.
—Gané, pero ese no es el punto.
—¿Por qué?
—¿Qué?
—¿Por qué ganaste?
Negué con la cabeza. Mi hija era demasiado curiosa.
—Supongo que le gustó mi… tamaño.
—Oh.
—De todas formas, yo…
—¿Qué tiene que ver el tamaño con eso? —preguntó Montse.
—Montse, ¿podemos hablar de ti, no de mí?
—Solo tengo curiosidad.
—Mira, los hombres vienen en diferentes tallas. Incluso los chicos de tus vídeos eran de diferentes tallas.
—¿El tuyo es diferente al de ellos?
—Cada persona es diferente. Lo que pasa es que entiendo la presión que sientes. Y entiendo que sentías que no tenías a nadie más a quien recurrir que a mí, así que no estoy enfadado contigo, ¿de acuerdo?
—¿De verdad? —dijo, con los ojos muy abiertos y los labios fruncidos.
—Sí, de verdad.
—¿Eso significa que me ayudarás?
—No —dije rápidamente—. Solo te digo que no estoy enfadado.
—¿Pero por qué no me ayudas? —dijo, volviendo a su puchero.
—Cariño, tienes que darte cuenta de lo que me estás pidiendo. Los padres y las hijas no hacen eso. Es inmoral.
—No pido hacerlo muchas veces, solo esta vez —dijo—. Y solo por unos minutos. Lo haré como lo hacían mis amigas: me lo meteré en la boca, lo chuparé y luego terminaremos.
—Cariño…
—Dame la mano —dijo ella.
—¿Qué?
—Dámela —dijo, tomándola. Se la llevó a la boca y, antes de que pudiera protestar, empezó a chuparme el dedo índice.
—¡Cariño! —Intenté apartarme, pero me sujetó con fuerza, lamiendo mi uña, rozándola con los dientes y apretándola con los labios. Se la arranqué de la boca—. Nena, basta.
—¿Ves? —dijo—. ¿Qué diferencia hay entre que te chupe el dedo o que te chupe la verga? Es solo una parte de tu cuerpo, ¿no?
—Hay una gran diferencia, y no quiero que me chupes el dedo ni la verga… eh, el pene… esa cosa. No quiero que me chupes nada.
—¿Por qué no? —dijo—. ¿Qué tiene de malo?
—Es incesto.
—No es sexo, papi. No es en mi coño.
—Por favor, cariño, no uses esas palabras.
—¿Por qué? ¿Cómo quieres que lo llame?
—No me importa cómo lo llames. Eso no importa. Simplemente no puedo hacerlo. No puedo meterlo en tu boca. Los padres no tienen permitido hacer eso.
—Pero te necesito, papi. Solo te pido unos minutos. ¿Qué tiene de malo? ¿Por qué no puedo meterme la polla de mi padre en la boca durante tres minutos y grabarlo? Nadie sabrá que eres tú. Tú estarás sujetando la cámara, así que nadie verá tu cara. Solo te verán de la cintura para abajo y les diré que eres mi novio de la universidad. Y entonces habremos terminado.
—Cariño, tengo una idea mejor.
—¿Qué? —dijo ella.
—¿Por qué no les dices a tus amigas el lunes que tuviste una gran pelea con tu novio y que te dejó? Así no esperarán el vídeo.
—No puedo decirles eso. Ayer les dije por teléfono que ya lo había grabado.
—Diles que lo perdiste.
—Sabrán que miento. Papá, por favor. Te lo ruego. Solo déjame meter tu polla en mi boca durante tres minutos. Solo tres. Puedes sacarla después. Ni siquiera tienes que correrte si no quieres. Diré que me lo tragué o algo así.
—Jesús, Montse, no puedo creer que siquiera quieras hacer esto. ¿No te da asco la idea de chuparme la polla?
—En realidad no. Me daría más asco chuparle la polla a un tipo cualquiera que la tuya. Y te quiero, papi. Siempre me has cuidado. De verdad pensé que incluso te gustaría la idea. Creía que a los chicos les gustaba que les hicieran sexo oral. Pensé que sería bonito que fueras el primero.
—¡Dios mío! —dije—. Mira, la cuestión es la siguiente: no puedo permitir que lo hagas. Está mal.
Su ceño se frunció profundamente y sus ojos se humedecieron. Las lágrimas comenzaron a brotar.
—¿Pero por qué?
—Porque soy tu padre.
—¿Por qué otra razón? Si no fueras mi padre, sino solo mi amigo, ¿me dejarías hacerlo?
—No lo sé, cariño.
—No, sé sincero. Si fueras mi vecino, no mi padre, y te lo pidiera, ¿me dejarías chupártela?
—Creo que si le preguntaras a cualquier hombre si puedes chuparle la polla, te diría que sí.
—Entonces eso es lo que haré.
Se levantó de la cama y se puso los zapatos.
—¿Adónde vas?
—A casa del señor Jones. Necesito grabar un vídeo, y él tendrá que servir.
—¡Cariño! —Me paré frente a la puerta—. Para. No vas a salir.
—Quítate de mi camino.
—No.
—¿Por qué? Si no puedo chuparte la polla a ti, déjame chupársela a otro.
—¡Es un desconocido!
—No, no lo es. Me saluda todos los días cuando llego a casa del colegio.
—Entonces es un pervertido, no un desconocido. Eso es aún peor. ¿Y si te viola?
—Al menos lo tendré grabado. Muévete.
—¡Maldita sea, Montse! ¿Por qué haces esto? ¿Acaso tus amigas son tan importantes?
—¿Por qué haces esto, papá? ¿Por qué dices que no? Esto es importante para mí, ¡pero no me ayudas!
—¡Porque no puedo! ¡Porque eres mi hija!
—¡Ya te dije que no importa! ¡Necesito ayuda! ¿Por qué no estás ahí para mí?
—¡Porque te arrepentirás! —grité, intentando hacerla entender—. Aunque te deje chuparla, puede que no te arrepientas hoy, ¡pero sí mañana o dentro de diez años! Tus amigas no tienen que vivir contigo para siempre. ¡Yo sí! ¿Cómo te sentirás en tu noche de bodas al recordar que le chupaste la polla a tu padre? ¡Me odiarías por haberte dejado hacerlo!
—¡No lo haría! ¡Lo prometo! —sus lágrimas caían sin control—. Por favor, tengo que hacerlo. Si alguna vez te digo que te odio, recuérdame que te lo rogué y que no tuviste otra opción. Así que, por favor, papi, por favor, déjame chuparte la polla. Solo por una noche, y nunca más te lo pediré. Y recordaré que cuando más te necesitaba, más que nunca, estuviste ahí para mí. Eso es lo que recordaré cuando le chupe la polla a mi marido dentro de diez años: que mi papi estuvo ahí para mí. ¿O quieres que recuerde cómo me fallaste? ¿Cómo tuve que ir a la casa del vecino a chuparle la polla al señor Jones porque mi padre no me ayudó? ¿Qué quieres que recuerde?
—De acuerdo —dije.
Montse sonrió.
—¿En serio?
—Sí, está bien. Ve a chuparle la polla al señor Jones.
Me aparté. Sus ojos ardían. Pasó corriendo a mi lado, bajó por el pasillo, golpeó la puerta principal y desapareció afuera.
—No lo va a hacer —dije, apoyándome en la pared—. No puede. Dios mío.
Salí de su habitación y me apresuré a la sala, mirando por la ventana. La vi en la puerta del señor Jones, llamando. Recé para que no estuviera en casa, pero entonces la puerta se abrió. Montse estaba diciendo algo. Luego entró y la puerta se cerró.
—De verdad que lo va a hacer. No puedo creerlo.
Me di la vuelta, me senté en la silla, enterré la cara entre las manos, imaginando a mi pequeña, pura e inocente niña chupándole la polla al señor Jones. ¡De ninguna manera! Salté, salí corriendo por la puerta, crucé el césped. Golpeé la puerta con el puño.
—¡Abre! —grité—. Jones, si no abres, voy a derribar esta maldita puerta.
Se abrió.
—¿David?
Tenía el cinturón suelto, pero seguía con los pantalones puestos. Lo aparté de un empujón mientras entraba corriendo. Mi hijita estaba sentada en su sofá, con el móvil en la mano, lista para grabar. Me miraba con furia. La agarré del brazo y la levanté.
—David —dijo Jones—, ella me pidió que…
—Cállate la puta boca.
Saqué a mi hija a rastras de su casa y crucé mi jardín. La empujé hacia adentro, cerrando la puerta de golpe tras de mí.
—¡Has perdido la cabeza!
—¡Que te jodan! —gritó—. ¡Al menos él dijo que sí! Seguro que él no le fallaría a su hija. ¡Creí que me querías! ¡Creí que…
—¡Bien! —grité—. ¡Bien, chúpame la polla! Ya no me importa una mierda. Y cuando me odies dentro de diez años, será culpa tuya.
—¿En serio? —dijo Montse, sonriendo al instante—. ¿En serio puedo chupártela?
—Esto es jodidamente increíble.
Montse me abrazó.
—¡Gracias, papá! Te prometo que nunca te odiaré.
—Dios mío, no puedo creer que esto me esté pasando a mí.
—Papá, ¿podemos hacerlo ya? Tengo que grabar el vídeo esta noche.
—¿Ahora mismo? —pregunté.
—Sí. Tenemos que darnos prisa. Mañana tengo clase.
—Vale, mierda, ahora mismo —dije, sacudiendo la cabeza—. Pero solo tres minutos. Y no voy a correrme. Puedes decirles a tus amigas que te lo tragaste o lo que sea.
—Vale, no pasa nada. Vamos. Tenemos que hacerlo en mi habitación.
Me tomó de la mano, me arrastró con ella y cerró la puerta tras nosotros. No podía creer que fuera a dejarla hacer esto. Me repetía a mí mismo que lo hacía para protegerla de sí misma, de la vergüenza de chuparle la polla a un desconocido. Al menos sabría quién era. Quizás no era lo mejor, pero tampoco lo peor.
—Tengo que quitarme la ropa —dijo.
—¿Qué? —respondí.
—Bueno, al menos tengo que estar en topless.
—Cariño, ¿no podemos saltarnos eso?
—No puedo. Tienen que pensar que lo hice durante el sexo normal. Pero me quedaré con las bragas puestas.
—Bien.
Se desabrochó los pantalones cortos y empezó a bajárselos. Aparecieron unas bragas blancas de algodón. Al instante aparté la mirada.
—Papá —dijo—, tienes que ver esto.
Miré hacia atrás. Empecé a sentir náuseas al pensar en ver a mi niña chupándome la polla, pero le dije que la dejaría hacerlo y ahora estaba atrapado. Observé sus bragas blancas, la forma en que formaban una V donde se juntaban sus piernas. No tenía vello alrededor de la línea del bikini, pero ya lo sabía por haberla visto en la piscina. Luego tomó la parte inferior de su camiseta de tirantes y se la subió. Su pelo café se levantó y se extendió antes de volver a caer sobre sus hombros. El sujetador era blanco, sus pechos lechosos lo llenaban. Sentí cómo se me llenaba la polla en los pantalones. No podía creer que estuviera viendo esto. Mi hija tampoco disminuía la velocidad. Metió la mano detrás de la espalda, desabrochó el sujetador y luego extendió los brazos hacia adelante, dejando al descubierto sus pechos.

Ahí estaban: ambas esferas perfectas, sus pezones pequeños y rosados, apuntando hacia mí. Mi pene estaba ahora erecto, tensándose contra mis jeans. Ella debió de notarlo, porque se quedó mirando mi entrepierna.
—Lo siento —dije.
—Está bien. De todas formas, tiene que estar duro, ¿no?
—Supongo. Es que hace mucho tiempo que no veo a una mujer desnuda.
Me dedicó una sonrisa, se acercó y se puso de puntillas para besarme la mejilla.
—Gracias por estar ahí para mí, papá.
Cogió el móvil y empezó a pulsar botones.
—Pulsa aquí para grabar, ¿vale?
—De acuerdo —dije.
Se subió a la cama, arrodillándose, con las bragas pegadas a su coño. Pude ver el pliegue donde se unían sus labios. Me acerqué, con las piernas pegadas al colchón.
—¿Lista? —preguntó.
—Sí —dije.
Pulsé el botón de grabar y ella levantó la vista hacia mí.
—Soy Montse, y así es como se chupa una verga.
Sus manitas se acercaron y sus dedos temblaron al llegar a la cremallera. Se mordisqueaba el labio mientras la bajaba. Abrió la solapa y sus dedos desaparecieron dentro. Cuando sentí su mano en mi pene, casi exploté. Hacía tanto tiempo que una mujer no me tocaba; yo mismo era casi virgen.
Y entonces empezó a tirar de él, intentando sacarlo. Era claramente más grande de lo que esperaba. Frunció el ceño con concentración mientras intentaba agarrarlo, sujetando el eje y tirando. Jadeó, apartando la mano, con los ojos muy abiertos. Era largo y grueso, con una fea vena que le recorría el costado, la cabeza roja y brillante, a centímetros de su bonito rostro. Me miró.

—Papá, es enorme.
—Cariño, no puedes decir "papá" delante de la cámara.
—Oh —dijo, volviendo a bajar la mirada—. ¿Por qué es tan grande?
—Los hombres vienen en diferentes tamaños.
—Pero el tuyo no es como el de los chicos de los otros vídeos.
Pulsé el botón de detener. El vídeo ya estaba arruinado.
—Cariño, cada persona es diferente.
—Es tan grande —dijo, volviendo a alzar la vista—. No creo que me quepa en la boca.
—¿Quieres parar?
—No —dijo, volviendo a mirar mi pene—. Simplemente no estoy segura. No sabía que sería tan grande.
Extendió la mano hacia adelante, rodeándolo lentamente. Sus dedos no pudieron tocarse alrededor del grueso eje. Retiró la mano de nuevo.
—Guau.
—Cariño, no te preocupes por el tamaño. Solo necesitamos unos minutos de ti frente a la cámara con él. Quizás puedas lamerlo un poquito.
—No, papi, tengo que chuparlo bien.
Lo agarró de nuevo, apretando la cabeza.
—Quizás pueda meter esta parte en mi boca.
Que me manoseara el pene me estaba excitando. No podía evitarlo. Estaba palpitando.
—¡Oh! Se movió.
—Sí, hace eso.
Ella soltó una risita.
—Me asusté un poco. No sabía que se movían.
Lo flexioné para ella y la hizo reír de nuevo.
—¿Estás haciendo eso? —preguntó.
—Sí.
—Eso es genial.
—Vale, cariño, hagamos este vídeo, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —dijo ella—. ¿Quieres que te vuelva a meter la polla en los pantalones para poder sacarla otra vez?
—Simplemente empieza desde aquí, con esto ya fuera.
—Vale —dijo—. De todas formas, no creo que te vuelva a caber dentro de los vaqueros.
Pulsé el botón de grabar, señalándola para que empezara.
—Soy Montse, y así es como se chupa una polla realmente grande.
Respiró hondo, avanzó, lo agarró de nuevo por el eje para controlarlo y luego abrió la boca todo lo que pudo. Pero entonces la cerró.
—Un momento, me duele la mandíbula —dijo.
Detuve la cámara.
—Cariño, por favor.
—Lo siento, no estoy acostumbrada a esto.
Todavía lo sostenía y luego tiró de él. Me hizo gemir. Ella levantó la vista al oír el sonido.
—¿Te gusta?
—Me estás tirando del pene, por supuesto que se siente bien.
—¿Quieres que lo haga de nuevo?
—Claro —dije, cediendo.
Ella tiró del eje, recorriendo su longitud con la mano.
—Joder…
Ella soltó una risita.
—Te gusta. ¿Qué es esto?
Con la otra mano tocó la punta de mi pene, y de ella salió un poco de líquido transparente.
—Es líquido preseminal —dije.
—¿Pre-eyaculación?
—Es algo que se filtra cuando se mantiene duro durante un tiempo.
—Oh. No sabía que los penes goteaban.
Tiró del pene otra vez y salió un poco más.
—Hice que saliera más.
—Me di cuenta. Cariño, por favor, tenemos que hacer este vídeo. Vas a hacerme correr si sigues tirando de mi polla.
—Disculpa. Antes de grabar el vídeo, ¿puedo acostumbrarme un minuto?
—¿Qué quieres decir?
—¿Puedo intentar lamerlo y esas cosas? Solo necesito practicar un segundo, ¿sabes? Calentar.
—De acuerdo, solo por un minuto.
—Vale. ¿Cómo empiezo?
—Haz lo que quieras —dije, sin querer darle lecciones a mi propia hija sobre cómo chupar una polla.
—Tengo que hacer que se vea bien. ¿Qué haría mamá?
—No lo sé.
—Vamos, papá, ayúdame.
—Muy bien. Dale un beso. Acarícialo. Usa la lengua. Recorre el eje con los labios.
Se inclinó hacia adelante, frunciendo los labios. Me dio un beso justo en la punta. Exhalé. Se sentía bien.
—¿Así? —dijo, sin soltar mi pene. Lo apretó varias veces.
—Sí —dije.
—Siento que tu pene es raro —dijo ella.
—¿En serio?
—Es duro y blando a la vez. Ahí dentro solo hay sangre, ¿eh?
—Cariño, ahora no es el momento para una lección de anatomía.
—Esto me está poniendo cachonda de verdad.
¿Qué dijo? Bajé la mirada y la vi besarlo de nuevo. Y entonces sacó la lengua, lamiendo el costado.
—Cariño, lame por debajo, desde abajo hacia arriba.
—¿Por qué? ¿Eso te hará sentir bien?
—Haz lo que te digo.
—De acuerdo —dijo ella—. No pasa nada si te gusta, papi.
—Solo lamelo, pastelito.
Ella levantó mi pene para tener una mejor vista, y luego se inclinó, su lengua tocando la base del tronco, recorriendo todo el camino por debajo hasta la punta, lamiendo a lo largo de la abertura.
—Oh, joder.
—Mmm —dijo—. Puedo saborear ese líquido preseminal. Es raro.
Comenzó a lamer más rápido, lamiendo la punta de mi pene.
—¿Lo estoy haciendo bien?
—Sí —dije, bajando la mano y acariciándole la mejilla.
Ella apartó un momento mi pene para besarme la palma de la mano.
—Te quiero, papá.
—Yo también te quiero, pastelito. ¿Puedes lamer un poco más alrededor de la punta?
—¡Claro! —dijo con entusiasmo.
Su lengua comenzó a lamerlo, y entonces sentí sus labios rodeando solo la punta, mientras su lengua se movía de un lado a otro.
—Cariño, eso es genial —dije.
—Voy a intentar meter un poco más en mi boca ahora —dijo.
—Bueno.
Agarró mi pene con ambas manos, apretándolo como un bate de béisbol, y luego bajó la cabeza, abrió la mandíbula y sacó la lengua. Los lados de mi glande rozaban sus labios, pero se lo metió entero en la boca, cerrándolos. Joder, qué bien se sentía. Podía sentir su lengua presionando contra él. La miraba desde arriba. Murmuró algo con mi pene en la boca y me hizo un gesto de aprobación con el pulgar. Le devolví el gesto. Entonces empezó a chupármelo.

—Buena chica —dije—. Acaricia el pene mientras chupas.
Sus manos se pusieron manos a la obra, bombeando arriba y abajo sobre el eje, tirando de él. Era evidente que no tenía experiencia en esto de las felaciones, pero yo estaba tan fuera de práctica que me pareció una delicia. Luego apartó la boca, dejando escapar un chasquido húmedo de sus labios.
—Ah —dijo—. Me duele la mandíbula después de un rato.
Asentí con la cabeza, mirándola fijamente, con mi pene apuntando directamente a su cara, la punta brillando con su saliva. Ella se frotaba la boca, limpiándose la saliva de los labios.
—Vale, creo que estoy lista —dijo.
El vídeo. Lo había olvidado. Levanté la cámara. Pero entonces vi una de sus manos deslizarse dentro de sus bragas, sus dedos moviéndose bajo la tela antes de que esta volviera a su sitio. Ella levantó la vista con una sonrisa culpable.

—Mi coño está empapado haciendo esto.
No iba a gritarle ni a decirle que estaba mal mojarse chupándole la polla a un tipo. Estaba durísimo y era mi hija.
—Está bien, cariño. Es natural.
—¿En serio?
—Sí.
—Normalmente me froto el coño por la noche pensando en pollas, en sexo y en esas cosas.
Extendí la mano y le acaricié la mejilla.
—Vale, vamos a grabar el vídeo.
—¿Papá? —dijo ella—. ¿Me acariciarías los pechos?
—¿Qué? —dije.
—En los otros vídeos, los chicos les tocaban los pechos a las chicas y luego les sujetaban la cabeza y cosas así. ¿Harías eso por mí para que parezca real?
—No estoy seguro de si debería tocarte, cariño.
—¿Por favor? —se quejó—. Ya te estoy chupando la polla. No es peor si me tocas.
—Muy bien. Vamos a grabar.
—De acuerdo —dijo ella.
Pulsé el botón y ella sonrió mirando a la cámara.
—Me llamo Montse, y así es como se chupa una polla que es demasiado grande para ti.
Volvió a agarrar el pene, apretándolo entre sus manos, tirando de la piel hacia sí. Sus labios húmedos se acercaron y luego los abrió, sacando la lengua hacia la punta. Yo la miraba fijamente. Quería tocarla. Bajé la mano y ella apartó el brazo al instante para que pudiera alcanzarla. Entonces mis dedos rozaron sus pequeños pezones. Estaban completamente erectos. Los recibí en mi palma, mis dedos acariciando su carne.
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Montse gimió sobre mi pene mientras lo besaba. Luego abrió la boca y dejó entrar la punta. Sus dientes rozaron tanto la parte superior como la inferior, pero se sintió bien. Cuando le pellizqué los pezones, casi me mordió, chillando de placer.
Ahora me estaba chupando, solo la punta, con una mano masajeando el pene. Busqué la otra, sorprendido al encontrarla dentro de sus pequeñas bragas blancas, frotándose el coño. Pude distinguir su entrepierna mientras movía la mano. No tenía vello púbico. Debía de habérselo afeitado todo. Tenía muchísimas ganas de ver su coño, pero me recordé a mí mismo que esto era algo de una sola vez, que solo estábamos grabando un vídeo de sexo oral, nada más.
Le acaricié el pezón con los dedos y volvió a gemir, la vibración recorriendo sus labios hasta mi pene. Hizo una pausa, apartando los labios.
—Joder, es enorme. —Me miró a los ojos, luego a la cámara—. Chicas, tengan cuidado con los chicos con pollas gigantes. Dan mucho trabajo.
Entonces su boca se hundió de nuevo sobre mi glande, pero para mi sorpresa, hizo un pequeño esfuerzo por bajar por el pene, sus labios rozándolo. No pude evitar gemir. Se puso de rodillas, abriendo más las piernas para poder penetrarse con los dedos. Gemía constantemente. Quería más. Quería correrme. Ya no me importaba nada. Solo quería follarme su boca hasta terminar.
Aparté mi mano de sus pechos y la subí hacia la nuca. La agarré del pelo, lo que la hizo chillar de sorpresa, y la atraje hacia mí. Se atragantó, sacó la otra mano de sus bragas y me agarró el muslo para detener su descenso. Tenía apenas unos centímetros de mi pene en la boca, pero yo quería más. Aflojé el agarre en su cabeza y se deslizó hacia atrás, tosiendo, sorbiendo por la nariz, mirándome con los ojos llorosos.
—Ten cuidado —susurró.
Guié su cabeza hacia abajo, y sus labios calientes se abrieron de nuevo para recibir mi pene. Sentí su lengua recorrerlo y la atraje hacia mí para más, lentamente esta vez, solo un par de centímetros. Joder, cómo deseaba metérselo hasta el fondo de la garganta. Murmuró de nuevo, y supe que esa era la señal para bajar el ritmo.
Comencé a meter y sacar la punta de mi pene de su boca. Ella gemía. Le gustaba. Una de sus manos volvió a sus bragas empapadas, deslizándose bajo ellas y frotándose el clítoris. La otra mano dejó mi pene y empezó a jugar con sus pechos, haciéndola gemir aún más.
Empujaba con más fuerza, y mi pene desaparecía cada vez más en su boca. Empezó a atragantarse de nuevo, mirándome con sus grandes ojos azules suplicándome que bajara el ritmo. Extendió la mano y volvió a agarrar el tronco, esta vez cerca de la punta, como para impedir que mi pene penetrara en su garganta.
Necesitaba más. Había perdido el control. La agarré de la muñeca y la aparté bruscamente. Ella empezó a apartar la boca, pero la sujeté de la cabeza y la empujé hacia adelante. Seis pulgadas desaparecieron en su boca, su garganta se contrajo alrededor de mi glande, su mandíbula se estiró al máximo mientras ese trozo gigante de carne la invadía. Sentí cómo apretaba los dientes mientras forcejeaba, su cabeza intentando echarse hacia atrás. La solté y se apartó, tosiendo y jadeando.
Me miró de nuevo con esos ojos grandes.
—No puedo soportar tanto. Es demasiado grande. Tienes que ir despacio.
Se acercó de nuevo, pero esta vez no me metió en la boca. Agarró el pene, acariciándolo de arriba abajo mientras besaba el costado, lamiéndolo. Pero yo quería volver a su garganta. Puse mi mano en su mejilla, girando su cabeza.
—No —susurró, intentando que la cámara no la viera hablar.
Mi pulgar recorrió sus labios. Estaban cerrados. Agarré mi pene, tomando el control. Ella me miró con ojos tristes, y le di una suave bofetada en la cara con él. Su labio inferior tembló y froté la punta de mi pene contra su boca, golpeando sus labios como si estuviera llamando a la puerta.
Le susurré en silencio:
—Abre. Quiero entrar.
Ella negó con la cabeza.
—Ábrelo ya —dije en un susurro.
Se quedó boquiabierta y sacó la lengua.
Deslicé la parte inferior de mi pene a lo largo de su lengua, girándolo para rozar el interior de su mejilla. Se abultó. Ella comenzó a lamer de nuevo. Sus manos volvieron a sus pechos y a su coño. Pude ver su dedo medio entrando y saliendo de su vulva. Mientras tanto, su otra mano tiraba de sus pezones con desenfreno.

Iba despacio, solo con la punta en su boca. Ella lo disfrutaba de nuevo, lamiéndome y chupándome. Pero yo quería volver a su garganta. Gemía y supe que estaba a punto de correrse. Su respiración se escapaba entre jadeos. Cuando soltó un largo chillido y se apretó el pecho con toda la mano, supe que se había corrido.
Ahora era mi turno.
Agarré su cabeza, cambié el ángulo de mi polla y empujé. Sentí cómo su garganta se contraía alrededor de mi pene mientras desaparecía. Sus manos subieron para agarrarme, pero era demasiado tarde. La mitad de mi polla estaba en su boca, y era todo lo que podía soportar. Exploté, derramando mi semen lechoso por su garganta. Ella se apartó, tosiendo y ahogándose, pero yo seguía corriendo. Se me salpicó toda la cara. Pero a mí me gusta que me chupen la polla mientras me corro.
Volví a tirar de su cabeza, metiéndomela en la boca y dejándola allí mientras eyaculaba. Sus ojos se fijaron en mí mientras terminaba de correrme. Se tragó un poco, pero la mayor parte se le escurrió por la boca, por los labios y por los pechos.
Al terminar, dejé escapar un gemido cansado. Ella intentó apartar la boca, pero le agarré la cabeza, manteniéndola pegada a mi pene.
—Todavía no —susurré—. Sigue chupando.
Sus cejas se fruncieron, pero mantuvo la punta de mi pene en su boca, succionándola, mordisqueándola, moviendo la lengua. Me estaba ablandando. Hacía mucho tiempo que no me corría tanto. Casi temblaba; mi pene estaba muy sensible. Pronto, no pude más y aparté mi pene de ella. Me miró de nuevo, pasando la lengua por sus labios, limpiando parte de mi semen. Había bastante en su barbilla y sus pechos que necesitaba atención. Algo incluso le había corrido por el ombligo, atrapado por sus bragas.
Señalé la cámara. Parecía haber olvidado que tenía que hablar.
—Oh. Así es como se chupa una polla.

Apagué la cámara, dejé su teléfono y suspiré. Me sentía fatal. Había planeado que me chupara la polla un par de minutos, pero había perdido el control.
—¿Estás bien, pastelito?
Asintió con el labio inferior entre los dientes. Se limpió el semen de la barbilla con el dorso de la mano.
—Había mucho de eso.
Me senté en la cama, metí mi pene dentro de mis vaqueros y me los subí.
—Lo siento mucho.
—No pasa nada —dijo—. Gracias por hacer el vídeo.
—Claro —dije—. No quise ser brusco contigo.
—Está bien. Estabas cachondo, ¿eh?
—Sí, creo que sí.
—Fue divertido. Aunque me lastimaste un poco la garganta. Tu pene es tan grande, papi. ¿Cómo lo hacía mamá?
—Requiere práctica. Llevabas un rato con algo atascado en la garganta.
—Lo sé. Casi vomito. Ojalá me hubieras avisado. No me gustó nada.
—Lo siento, cariño.
—Si a ti te gustó, me alegro.
—No fui el único que se sintió bien. Vi lo que estabas haciendo.
Montse cubrió tímidamente sus pechos desnudos con una mano, mientras la otra descansaba sobre su vagina.
—No pude evitarlo, papi. Tu polla me puso muy cachonda.
Me puse de pie, riendo suavemente, y luego le di un beso en la frente.
—Está bien. Al menos ya terminamos. No volvamos a hablar de esto, ¿de acuerdo? Hagamos como si nunca hubiera pasado.
—De acuerdo —dijo, asintiendo.
—Me voy a la cama —dije, dirigiéndome a la puerta y haciendo una pausa—. ¿No estás enfadada conmigo, verdad?
—¿Estás bromeando? ¡De ninguna manera! Te debo una.
—Cariño, no me debes nada. Simplemente no quiero que me odies.
—Ay, papá, nunca.
—Vale, buenas noches, pastelito.
—Buenas noches, papá.
Me fui a la cama con la conciencia tranquila. Sí, le había hecho sexo oral a mi hija, pero prácticamente me había obligado. Me arrepentí, pero fue inolvidable. Realmente esperaba que nunca volviéramos a hablar de ello, aunque debo admitir que creo que lo volvería a hacer.
Da igual. Es la maldición de un padre viudo. Pero no me importaba ayudar a mi niña, porque esa preciosa sonrisa siempre lo compensa. Todo iba bien, hasta que Montse me pidió algo que nunca podría darle: mi verga.
Todo empezó un domingo por la noche durante la cena. Montse llevaba cocinando desde que falleció su madre. Se encarga de todo en casa. Así es como lo hicimos. Yo estaba agotado en ese momento. Era la misma mierda de siempre en el trabajo. Odiaba trabajar los fines de semana y el domingo era el peor. Creo que mi hija se dio cuenta porque se ofreció a darme un masaje en los hombros.
—¿Papá? —dijo—. ¿Quieres que te dé un masaje en los hombros?
—Estoy bien, cariño.
—De acuerdo —dijo con su dulce vocecita.
Sonaba igual que su madre; también se parecía mucho a ella. Preciosa, con el pelo largo y castaño, unos pechos preciosos de copa C, firmes aunque yo intentaba no fijarme, y medía uno sesenta y cinco. Le gustaba lucir sus piernas. Siempre iba en pantalones cortos y descalza. Hoy llevaba las uñas de los pies pintadas de naranja. Combinaban con las de las manos. La camiseta que llevaba le quedaba pequeña, dejando al descubierto su ombligo. Así es como se visten los jóvenes hoy en día.

—Tengo un favor que pedirte —dijo ella.
Dinero, pensé. Ahí viene. Siempre es dinero. Pero se lo ha ganado. Ella me cuida y a mí me gusta cuidarla.
—Claro, cariño. ¿Cuánto dinero necesitas?
Negó con la cabeza, su cabello cayendo sobre sus hombros, su labio inferior entre los dientes. Esos labios, los labios de su madre: rosados y carnosos. Quizás me gusta decir que se parece a su madre para no sentirme demasiado culpable al mirarla con deseo.
—¿Qué es entonces? —dije.
—Necesito que hagas algo por mí. Algo importante.
—Estoy escuchando.
—Quiero que veas algunos vídeos.
¿Vídeos? Claro. Veré una película contigo.
—No, no es una película. Y el vídeo no es el favor. Necesito que veas el vídeo para poder pedírtelo. —Sacó su iPhone y pulsó algunos botones en la pantalla—. Es un vídeo de mi amiga Kim. Tiene dieciocho años.
Claro que me acordaba de Kim. Dieciocho años. Prácticamente se crió en mi casa con mi hija. Últimamente no venía tanto. Normalmente, ella y Montse siempre iban al centro comercial o a algún otro sitio.
—En el vídeo, ella hace algo un poco impactante, y bueno, solo míralo, ¿de acuerdo? Después hay dos vídeos más: uno con mi amiga Jenna, de dieciocho años, y otro con mi amiga Lorena, también de dieciocho.
En ese momento estaba confundido, pero dije:
—Claro.
Mi hija me pasó el teléfono. Mientras tanto, llevó los platos a la cocina. Oí que se encendía el grifo del fregadero justo cuando le di a reproducir.
—Me llamo Kim —dijo Kim en el vídeo—, y así es como se chupa una polla.
Mis ojos se abrieron de par en par cuando el vídeo se alejó, revelando a Kim desnuda, con sus pechos de dieciocho años al descubierto y unas bragas que le tapaban la vagina. Entonces, ella le agarró los vaqueros al camarógrafo, se los bajó y sacó una polla joven y dura como una roca. No era nada impresionante.. Pero Kim abrió la boca y se la tragó entera.
—¿Qué carajo?

Miré por encima del hombro, buscando a Montse. Todavía podía oír el grifo. Volví a mirar el vídeo. Kim se estaba entregando por completo, tragándose el pene hasta el fondo; su pelo negro ondeaba mientras sus labios se deslizaban sobre la verga. El tipo que sostenía la cámara gemía y, con la mano libre, agarraba la cabeza de Kim, atrayéndola hacia su miembro.
No podía creerlo. ¿Por qué mi hija me obligaba a ver a su amiga chupándole la polla a un tipo? No sabía qué hacer. ¿Debía pulsar el botón de parar? ¿Ir a decir algo? Me quedé mirando la pantalla. Mi polla se puso dura dentro de mis jeans mientras Kim se atragantaba, haciendo una pausa para recuperar el aliento.
—¿Estás bien, cariño? —preguntó el camarógrafo.
—Sí —respondió Kim.
Agarró el pene, acariciándolo de un lado a otro mientras bajaba para más. Este tipo no podía aguantar. El vídeo duraba solo cuatro minutos y estaba a punto de correrse. Se corrió en la boca de Kim. Su semen corrió por su barbilla, goteando sobre sus pechos firmes. Ella sonrió a la cámara.
—¡Así es como se chupa una polla!
El vídeo terminó, solo para que empezara otro en la lista de reproducción. La siguiente fue otra de sus amigas: Jenna, a quien había visto muchas veces en bikini junto a mi piscina. Ahora estaba en topless. Se bajó la cremallera de unos pantalones cargo y sacó el pene de un tipo.
—Soy Jenna, y así es como se chupa una polla.
Aquí vamos de nuevo, pensé. Jenna no tenía tanta experiencia como Kim, pero cuando apareció la verga de quince centímetros, empezó a lamerla. Era tímida, pero al camarógrafo que por lo que parecía era un chico joven, no pareció importarle. Quería más y se la metió en la boca. Este vídeo duró solo tres minutos. Se corrió por toda su cara.
Aún no había terminado. Empezó el siguiente. Le tocaba el turno a Lorena, a quien recordaba jugando al con Montse.
—Soy Lorena, y te voy a enseñar cómo chupar una polla.
—¡Mierda! —dije en voz alta.
Lori se abalanzó sobre el pene, sus mechones rubios balanceándose sobre una verga promedio.
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No pude soportarlo más. Apagué el teléfono y lo dejé a un lado. Yo crecí viendo cosas con sentido. Ahora mi hija, mi pequeña, me acababa de enseñar una película porno protagonizada por sus amigas. Me dieron ganas de castigarla, pero nunca la había castigado antes. Siempre hay una primera vez para todo. Me levanté de un salto y entré en la cocina dando pisotones.
—Montse, ¿qué demonios fue eso?
Cerró el grifo y se dio la vuelta. El agua había salpicado su pequeña camiseta de tirantes, dejando ver su piel debajo.
—Supongo que lo viste todo.
—¿Por qué me enseñaste eso? Ni siquiera sé qué decirte.
—Necesito hablar contigo sobre eso.
¿Hablar conmigo? Estoy a punto de castigarte, ¿sabes? Soy tu padre. No me muestras ese tipo de cosas. Tendrás dieciocho años, jovencita, pero sigues siendo mi hija, y mientras vivas aquí, no deberías estar viendo películas porno. O al menos, no deberías dármelas a mí para que las vea.
—Papá, no era porno —dijo frunciendo el ceño.
—¿Cómo demonios se llama eso?
—Un reto.
—¿Un qué?
Salió de la cocina. Tuve que seguirla. Se sentó en el sofá de la sala.
—Bueno, ¿te acuerdas cuando me vino la regla por primera vez?
Seguía de pie. No podía sentarme.
—¿Qué tiene que ver eso con algo?
—Recuerdo que estaba llorando y te dije que estaba sangrando, y tú me explicaste que las chicas tienen la regla. Me llevaste a la tienda, me compraste compresas y me dijiste que estaría bien en unos días. Y me dijiste que si alguna vez necesitaba hablar contigo de algo, podía hacerlo. Y luego, cuando di mi primer beso, también te lo conté todo.
—¿A qué viene todo esto?
—Ahora voy a contarte algunas cosas. Cosas que he estado haciendo.
—Montse, no quiero oír hablar de tu vida sexual. Tienes dieciocho años. Lo que hagas fuera de esta casa es asunto tuyo.
—Pero dijiste que podía contarte cualquier cosa.
Me senté. Esto se estaba saliendo de control.
—Sí, pero no esperaba que un día me entregaras un vídeo sexual.
—Escúchame, por favor. Verás, mis amigos hicieron un reto. Todos se jactaban, decían que podían chupar pollas mejor que los demás, y para demostrarlo, grabaron vídeos. Y bueno, yo también hice el reto.
—¿De eso se trata? ¿Por qué querrías mostrarme eso?
—Ya voy a eso. Verás, les he estado mintiendo a mis amigos. Todos creen que estoy saliendo con un chico de la universidad. Les dije que estaba con alguien porque, bueno, porque le tengo un poco de miedo al sexo.
—¿Qué?
—Soy virgen.
Me sorprendió.
—¿Eres virgen? Pero has tenido muchas citas.
—¿Me has visto en alguna cita en los últimos seis meses?
—Simplemente supuse que cuando salías, ibas a eso.
—Bueno, te equivocaste al suponer. De todas formas, no quería que supieran que era virgen, así que simplemente les dije que estaba con un chico de la universidad y que tenía relaciones sexuales todo el tiempo.
—¿Por qué mentiste?
—Papá, es el último año de la preparatoria. No puedes decirles a tus amigos que eres virgen. Se reirán de ti.
—¿Qué tiene que ver esto conmigo?
—Como decía, todos presumían de que eran buenos chupando pollas. Así que dije que yo era la mejor.
—Dios Mio—murmuré.
—¿Qué se suponía que debía decir? ¿Admitir que nunca he tocado uno?
Me froté la frente.
—No estoy seguro de adónde quieres llegar con esto, Montse.
—Mis tres amigas ya grabaron sus vídeos. Ahora me toca a mí. Es domingo. Mañana hay clases. Tengo hasta entonces para grabar el mío.
—¿Vas a grabar un vídeo sexual? ¿Hablas en serio?
—Tengo que hacerlo. Me toca a mí cumplir el reto.
—Montse, simplemente diles la verdad a tus amigas.
—No puedo. Si lo hiciera, sería el hazmerreír. Se lo contarían a todo el mundo en la escuela y sería la mayor perdedora de la historia.
—¿A quién le importa lo que piensen esos chicos? Tú irás a la universidad el año que viene.
—Universidad estatal. Muchos estarán allí. Yo seré la perdedora virgen.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Ir a buscar a algún tipo que ni siquiera conoces esta noche y preguntarle si puedes… puedes…? —Ni siquiera pude decirlo—. Te educaron mejor que eso. Una cosa es salir con alguien, pero no así.
—Bueno, no estoy saliendo con ningún chico, así que tengo que encontrar a alguien más que me ayude. Por eso te enseñé los vídeos.
No lo entendía. Mirando hacia atrás, me sorprende no haberlo comprendido antes. ¿Pero qué padre lo haría?
—¿De qué estás hablando?
Contuvo la respiración antes de hablar.
—Te dije que necesitaba un favor. Me preguntaba si… si fingirías ser mi novio frente a la cámara y si me dejarías chuparte la polla.
Salté de mi asiento. Juro que me quedé suspendido en el aire durante unos diez segundos.
—¿Qué demonios? ¡Soy tu padre!
La cabeza de Montse estaba hecha un lío.
—Lo sé. Me da tanta vergüenza preguntar. Pero no tengo a nadie más a quien recurrir. ¿Puedo chuparte la polla, por favor?
—Yo… yo ni siquiera sé qué decirte. ¡Claro que no puedes! ¿Estás loca? Dios mío, Montse, no puedo creer que me lo preguntes. Esto es una locura.
—Papá, por favor —dijo, poniéndose de pie y apoyando las manos en mis hombros. Ni siquiera quería que me tocara—. Por favor —repitió—. Necesito tu ayuda. Solo te pido que me dejes hacerlo esta vez, solo frente a la cámara.
—Montse, ¿te das cuenta de lo que estás pidiendo? Lo mío estaría en tu boca.
—Es solo una mamada, y solo hasta que te corras.
—No uses esa palabra. No puedo creer que esté teniendo esta conversación.—Me quede analizando—Montse, no puedo hacer eso. Ni siquiera debería estar hablando contigo sobre esto.
—Sé cómo suena —dijo con tristeza, haciendo un puchero—. Pero si no lo hago, seré el hazmerreír del colegio. Por favor, déjame chuparte la polla unos minutos. Lo suficiente para demostrarles que lo hice.
—La respuesta es un rotundo no. No quiero hablar más de esto. Estoy muy decepcionado contigo.
Odio ver llorar a mi hija. La vi llorar cuando murió su madre, y juré que sería la última vez. Pero cuando esas lágrimas corrieron por su rostro, sentí como si me hubiera dado un puñetazo en el estómago. Salió corriendo, con su cabello castaño ondeando al viento. Su puerta se cerró de golpe a lo lejos. Me dejé caer en la silla, dándole vueltas a lo que mi hija había dicho.
Te diré una cosa: cuando tu hija te pide que le chupes la polla, te pones a pensar. A pensar en cómo se sentiría. Intenté no imaginarlo: ver sus labios rosados envueltos alrededor de mi pene, escuchar su garganta ahogándose. Pero me estaba poniendo duro. Crucé las piernas mientras estaba sentado allí, aplastando mi polla entre mis muslos, castigándola por ponerse dura pensando en mi hija. Pensando en agarrar su hermoso pelo y tirar de él hacia mi pene.
Y, joder, era virgen. Ni siquiera había chupado una polla antes. No hay duda de que una experta en mamadas es la mejor, pero una novata es inolvidable. Yo había iniciado a unas cuantas en mis tiempos de instituto. Pero mi mujer era una zorra. Chupaba pollas como una campeona. Por eso me casé con ella.
Dios, y ahora nuestra hija, que se parecía tanto a ella, quería chuparme la polla. No había tenido sexo en años. No quería exponer a mi hija a eso, llevando mujeres a casa y follándolas mientras ella estaba en la habitación de al lado. Jesús, jamás pensé que mi hija sería mi próxima conquista.
—Solo una mamada —murmuré—. Solo hasta que te corras. Está loca.
Joder, ahora tenía la polla dura. Encendí la tele y puse ESPN. Me daba igual quién jugaba o qué deporte era. Necesitaba algo para distraerme.
Mierda. Era el especial de trajes de baño. Las chicas corrían por la playa mientras los fotógrafos les tomaban fotos. Dios me odiaba.
—Mierda.
Apagué la televisión y me dirigí al baño. Me paré frente al inodoro, me bajé la cremallera del pantalón, metí la mano y saqué mi pene grueso. Estaba completamente erecto, el glande rojo y furioso por el maltrato que le había dado. Pasé la mano por el tronco. Me sentí culpable incluso al hacer esto, pensando en la boca de mi hija deslizándose sobre mi pene. ¿Cómo diablos había pasado esto? Llegué a casa esta noche del trabajo para relajarme. Ahora estaba en el baño, masturbándome después de que mi hija me pidiera que le chupara.
De todas formas, ella ni siquiera sabría qué hacer con semejante polla, la pequeña virgen, intentando lamerla, preguntándose cómo iba a caber en su boca. Empecé a pensar en su coño. No pude evitarlo, lo juro. Debe de ser muy estrecho. Probablemente nos dolería a los dos al entrar.
Recordé que hace un año llegó a casa a las cinco de la mañana, apestando a alcohol. Estaba borracha como una cuba cuando la metí en la cama, todavía vestida. Llevaba falda y alcancé a ver sus bragas. Tenían sangre en la entrepierna. Pensé que esa noche había perdido la virginidad. Supongo que simplemente tenía la regla.
Incluso ahora, podía ver mi pene deslizándose entre esos labios apretados y rosados, estrangulándolo, observando cómo sus grandes ojos azules se abrían y cerraban mientras era penetrada.
—Mierda —susurré—. Reacciona. Es tu hija.
Dejé de masturbarme. No iba a eyacular pensando en mi hija. Me negué. Soy más fuerte que eso. Me di una ducha fría. Y funcionó. Si necesitas dejar de fantasear con follarte a tu hija de dieciocho años, date una ducha fría. El agua fría te desinflará el pene como si estuvieras en un monasterio.
En mi habitación, me cambié de ropa: unos pantalones y una camiseta blanca, mirándome en el espejo. Tenía que hablar con mi hija, aclarar esto. Tenía que saber que no estaba enfadado con ella, solo preocupado. Estaba entre la espada y la pared, pero no iba a ser mi pene el que lo solucionara.
—¿Pastelito? —dije mientras abría su puerta.
Estaba en su cama, con la cara hundida en la almohada.
—Déjame en paz.
—Cariño, ¿puedo hablar contigo un segundo?
—¿Por qué? —dijo—. ¿Para que me digas lo decepcionado que estás y lo asquerosa que soy?
Entré, me senté en el borde de la cama y le puse la mano en el hombro, pero ella la apartó encogiéndose de hombros.
—Cariño, tienes que entender que me golpeaste como un ladrillo. Siento haber dicho que estaba decepcionado contigo.
—Pero lo estás.
—Mira, cuando era adolescente, para serte sincero, mis amigos y yo también hacíamos competiciones así. Elegíamos chicas y veíamos quién se acostaba con ella primero. Entiendo perfectamente lo que dices.
Montse se dio la vuelta.
—¿En serio?
—Sí —dije.
No era fácil hablar de sexo con mi hija, pero lo intenté.
—Una vez me acosté con una chica y ella se acostó con todos mis amigos… en días diferentes, claro. Y lo hizo porque quería decirnos cuál de nosotros era el mejor. Entiendo que este reto entre tú y tus amigas…
—¿Quién ganó la competición?
—¿Eh?
—¿Quién dijo la chica que era el mejor?
—Cariño, eso no es importante. La cuestión es que…
—Solo dímelo —dijo—. Si entiendes por lo que estoy pasando, dímelo.
—Gané, pero ese no es el punto.
—¿Por qué?
—¿Qué?
—¿Por qué ganaste?
Negué con la cabeza. Mi hija era demasiado curiosa.
—Supongo que le gustó mi… tamaño.
—Oh.
—De todas formas, yo…
—¿Qué tiene que ver el tamaño con eso? —preguntó Montse.
—Montse, ¿podemos hablar de ti, no de mí?
—Solo tengo curiosidad.
—Mira, los hombres vienen en diferentes tallas. Incluso los chicos de tus vídeos eran de diferentes tallas.
—¿El tuyo es diferente al de ellos?
—Cada persona es diferente. Lo que pasa es que entiendo la presión que sientes. Y entiendo que sentías que no tenías a nadie más a quien recurrir que a mí, así que no estoy enfadado contigo, ¿de acuerdo?
—¿De verdad? —dijo, con los ojos muy abiertos y los labios fruncidos.
—Sí, de verdad.
—¿Eso significa que me ayudarás?
—No —dije rápidamente—. Solo te digo que no estoy enfadado.
—¿Pero por qué no me ayudas? —dijo, volviendo a su puchero.
—Cariño, tienes que darte cuenta de lo que me estás pidiendo. Los padres y las hijas no hacen eso. Es inmoral.
—No pido hacerlo muchas veces, solo esta vez —dijo—. Y solo por unos minutos. Lo haré como lo hacían mis amigas: me lo meteré en la boca, lo chuparé y luego terminaremos.
—Cariño…
—Dame la mano —dijo ella.
—¿Qué?
—Dámela —dijo, tomándola. Se la llevó a la boca y, antes de que pudiera protestar, empezó a chuparme el dedo índice.
—¡Cariño! —Intenté apartarme, pero me sujetó con fuerza, lamiendo mi uña, rozándola con los dientes y apretándola con los labios. Se la arranqué de la boca—. Nena, basta.
—¿Ves? —dijo—. ¿Qué diferencia hay entre que te chupe el dedo o que te chupe la verga? Es solo una parte de tu cuerpo, ¿no?
—Hay una gran diferencia, y no quiero que me chupes el dedo ni la verga… eh, el pene… esa cosa. No quiero que me chupes nada.
—¿Por qué no? —dijo—. ¿Qué tiene de malo?
—Es incesto.
—No es sexo, papi. No es en mi coño.
—Por favor, cariño, no uses esas palabras.
—¿Por qué? ¿Cómo quieres que lo llame?
—No me importa cómo lo llames. Eso no importa. Simplemente no puedo hacerlo. No puedo meterlo en tu boca. Los padres no tienen permitido hacer eso.
—Pero te necesito, papi. Solo te pido unos minutos. ¿Qué tiene de malo? ¿Por qué no puedo meterme la polla de mi padre en la boca durante tres minutos y grabarlo? Nadie sabrá que eres tú. Tú estarás sujetando la cámara, así que nadie verá tu cara. Solo te verán de la cintura para abajo y les diré que eres mi novio de la universidad. Y entonces habremos terminado.
—Cariño, tengo una idea mejor.
—¿Qué? —dijo ella.
—¿Por qué no les dices a tus amigas el lunes que tuviste una gran pelea con tu novio y que te dejó? Así no esperarán el vídeo.
—No puedo decirles eso. Ayer les dije por teléfono que ya lo había grabado.
—Diles que lo perdiste.
—Sabrán que miento. Papá, por favor. Te lo ruego. Solo déjame meter tu polla en mi boca durante tres minutos. Solo tres. Puedes sacarla después. Ni siquiera tienes que correrte si no quieres. Diré que me lo tragué o algo así.
—Jesús, Montse, no puedo creer que siquiera quieras hacer esto. ¿No te da asco la idea de chuparme la polla?
—En realidad no. Me daría más asco chuparle la polla a un tipo cualquiera que la tuya. Y te quiero, papi. Siempre me has cuidado. De verdad pensé que incluso te gustaría la idea. Creía que a los chicos les gustaba que les hicieran sexo oral. Pensé que sería bonito que fueras el primero.
—¡Dios mío! —dije—. Mira, la cuestión es la siguiente: no puedo permitir que lo hagas. Está mal.
Su ceño se frunció profundamente y sus ojos se humedecieron. Las lágrimas comenzaron a brotar.
—¿Pero por qué?
—Porque soy tu padre.
—¿Por qué otra razón? Si no fueras mi padre, sino solo mi amigo, ¿me dejarías hacerlo?
—No lo sé, cariño.
—No, sé sincero. Si fueras mi vecino, no mi padre, y te lo pidiera, ¿me dejarías chupártela?
—Creo que si le preguntaras a cualquier hombre si puedes chuparle la polla, te diría que sí.
—Entonces eso es lo que haré.
Se levantó de la cama y se puso los zapatos.
—¿Adónde vas?
—A casa del señor Jones. Necesito grabar un vídeo, y él tendrá que servir.
—¡Cariño! —Me paré frente a la puerta—. Para. No vas a salir.
—Quítate de mi camino.
—No.
—¿Por qué? Si no puedo chuparte la polla a ti, déjame chupársela a otro.
—¡Es un desconocido!
—No, no lo es. Me saluda todos los días cuando llego a casa del colegio.
—Entonces es un pervertido, no un desconocido. Eso es aún peor. ¿Y si te viola?
—Al menos lo tendré grabado. Muévete.
—¡Maldita sea, Montse! ¿Por qué haces esto? ¿Acaso tus amigas son tan importantes?
—¿Por qué haces esto, papá? ¿Por qué dices que no? Esto es importante para mí, ¡pero no me ayudas!
—¡Porque no puedo! ¡Porque eres mi hija!
—¡Ya te dije que no importa! ¡Necesito ayuda! ¿Por qué no estás ahí para mí?
—¡Porque te arrepentirás! —grité, intentando hacerla entender—. Aunque te deje chuparla, puede que no te arrepientas hoy, ¡pero sí mañana o dentro de diez años! Tus amigas no tienen que vivir contigo para siempre. ¡Yo sí! ¿Cómo te sentirás en tu noche de bodas al recordar que le chupaste la polla a tu padre? ¡Me odiarías por haberte dejado hacerlo!
—¡No lo haría! ¡Lo prometo! —sus lágrimas caían sin control—. Por favor, tengo que hacerlo. Si alguna vez te digo que te odio, recuérdame que te lo rogué y que no tuviste otra opción. Así que, por favor, papi, por favor, déjame chuparte la polla. Solo por una noche, y nunca más te lo pediré. Y recordaré que cuando más te necesitaba, más que nunca, estuviste ahí para mí. Eso es lo que recordaré cuando le chupe la polla a mi marido dentro de diez años: que mi papi estuvo ahí para mí. ¿O quieres que recuerde cómo me fallaste? ¿Cómo tuve que ir a la casa del vecino a chuparle la polla al señor Jones porque mi padre no me ayudó? ¿Qué quieres que recuerde?
—De acuerdo —dije.
Montse sonrió.
—¿En serio?
—Sí, está bien. Ve a chuparle la polla al señor Jones.
Me aparté. Sus ojos ardían. Pasó corriendo a mi lado, bajó por el pasillo, golpeó la puerta principal y desapareció afuera.
—No lo va a hacer —dije, apoyándome en la pared—. No puede. Dios mío.
Salí de su habitación y me apresuré a la sala, mirando por la ventana. La vi en la puerta del señor Jones, llamando. Recé para que no estuviera en casa, pero entonces la puerta se abrió. Montse estaba diciendo algo. Luego entró y la puerta se cerró.
—De verdad que lo va a hacer. No puedo creerlo.
Me di la vuelta, me senté en la silla, enterré la cara entre las manos, imaginando a mi pequeña, pura e inocente niña chupándole la polla al señor Jones. ¡De ninguna manera! Salté, salí corriendo por la puerta, crucé el césped. Golpeé la puerta con el puño.
—¡Abre! —grité—. Jones, si no abres, voy a derribar esta maldita puerta.
Se abrió.
—¿David?
Tenía el cinturón suelto, pero seguía con los pantalones puestos. Lo aparté de un empujón mientras entraba corriendo. Mi hijita estaba sentada en su sofá, con el móvil en la mano, lista para grabar. Me miraba con furia. La agarré del brazo y la levanté.
—David —dijo Jones—, ella me pidió que…
—Cállate la puta boca.
Saqué a mi hija a rastras de su casa y crucé mi jardín. La empujé hacia adentro, cerrando la puerta de golpe tras de mí.
—¡Has perdido la cabeza!
—¡Que te jodan! —gritó—. ¡Al menos él dijo que sí! Seguro que él no le fallaría a su hija. ¡Creí que me querías! ¡Creí que…
—¡Bien! —grité—. ¡Bien, chúpame la polla! Ya no me importa una mierda. Y cuando me odies dentro de diez años, será culpa tuya.
—¿En serio? —dijo Montse, sonriendo al instante—. ¿En serio puedo chupártela?
—Esto es jodidamente increíble.
Montse me abrazó.
—¡Gracias, papá! Te prometo que nunca te odiaré.
—Dios mío, no puedo creer que esto me esté pasando a mí.
—Papá, ¿podemos hacerlo ya? Tengo que grabar el vídeo esta noche.
—¿Ahora mismo? —pregunté.
—Sí. Tenemos que darnos prisa. Mañana tengo clase.
—Vale, mierda, ahora mismo —dije, sacudiendo la cabeza—. Pero solo tres minutos. Y no voy a correrme. Puedes decirles a tus amigas que te lo tragaste o lo que sea.
—Vale, no pasa nada. Vamos. Tenemos que hacerlo en mi habitación.
Me tomó de la mano, me arrastró con ella y cerró la puerta tras nosotros. No podía creer que fuera a dejarla hacer esto. Me repetía a mí mismo que lo hacía para protegerla de sí misma, de la vergüenza de chuparle la polla a un desconocido. Al menos sabría quién era. Quizás no era lo mejor, pero tampoco lo peor.
—Tengo que quitarme la ropa —dijo.
—¿Qué? —respondí.
—Bueno, al menos tengo que estar en topless.
—Cariño, ¿no podemos saltarnos eso?
—No puedo. Tienen que pensar que lo hice durante el sexo normal. Pero me quedaré con las bragas puestas.
—Bien.
Se desabrochó los pantalones cortos y empezó a bajárselos. Aparecieron unas bragas blancas de algodón. Al instante aparté la mirada.
—Papá —dijo—, tienes que ver esto.
Miré hacia atrás. Empecé a sentir náuseas al pensar en ver a mi niña chupándome la polla, pero le dije que la dejaría hacerlo y ahora estaba atrapado. Observé sus bragas blancas, la forma en que formaban una V donde se juntaban sus piernas. No tenía vello alrededor de la línea del bikini, pero ya lo sabía por haberla visto en la piscina. Luego tomó la parte inferior de su camiseta de tirantes y se la subió. Su pelo café se levantó y se extendió antes de volver a caer sobre sus hombros. El sujetador era blanco, sus pechos lechosos lo llenaban. Sentí cómo se me llenaba la polla en los pantalones. No podía creer que estuviera viendo esto. Mi hija tampoco disminuía la velocidad. Metió la mano detrás de la espalda, desabrochó el sujetador y luego extendió los brazos hacia adelante, dejando al descubierto sus pechos.

Ahí estaban: ambas esferas perfectas, sus pezones pequeños y rosados, apuntando hacia mí. Mi pene estaba ahora erecto, tensándose contra mis jeans. Ella debió de notarlo, porque se quedó mirando mi entrepierna.
—Lo siento —dije.
—Está bien. De todas formas, tiene que estar duro, ¿no?
—Supongo. Es que hace mucho tiempo que no veo a una mujer desnuda.
Me dedicó una sonrisa, se acercó y se puso de puntillas para besarme la mejilla.
—Gracias por estar ahí para mí, papá.
Cogió el móvil y empezó a pulsar botones.
—Pulsa aquí para grabar, ¿vale?
—De acuerdo —dije.
Se subió a la cama, arrodillándose, con las bragas pegadas a su coño. Pude ver el pliegue donde se unían sus labios. Me acerqué, con las piernas pegadas al colchón.
—¿Lista? —preguntó.
—Sí —dije.
Pulsé el botón de grabar y ella levantó la vista hacia mí.
—Soy Montse, y así es como se chupa una verga.
Sus manitas se acercaron y sus dedos temblaron al llegar a la cremallera. Se mordisqueaba el labio mientras la bajaba. Abrió la solapa y sus dedos desaparecieron dentro. Cuando sentí su mano en mi pene, casi exploté. Hacía tanto tiempo que una mujer no me tocaba; yo mismo era casi virgen.
Y entonces empezó a tirar de él, intentando sacarlo. Era claramente más grande de lo que esperaba. Frunció el ceño con concentración mientras intentaba agarrarlo, sujetando el eje y tirando. Jadeó, apartando la mano, con los ojos muy abiertos. Era largo y grueso, con una fea vena que le recorría el costado, la cabeza roja y brillante, a centímetros de su bonito rostro. Me miró.

—Papá, es enorme.
—Cariño, no puedes decir "papá" delante de la cámara.
—Oh —dijo, volviendo a bajar la mirada—. ¿Por qué es tan grande?
—Los hombres vienen en diferentes tamaños.
—Pero el tuyo no es como el de los chicos de los otros vídeos.
Pulsé el botón de detener. El vídeo ya estaba arruinado.
—Cariño, cada persona es diferente.
—Es tan grande —dijo, volviendo a alzar la vista—. No creo que me quepa en la boca.
—¿Quieres parar?
—No —dijo, volviendo a mirar mi pene—. Simplemente no estoy segura. No sabía que sería tan grande.
Extendió la mano hacia adelante, rodeándolo lentamente. Sus dedos no pudieron tocarse alrededor del grueso eje. Retiró la mano de nuevo.
—Guau.
—Cariño, no te preocupes por el tamaño. Solo necesitamos unos minutos de ti frente a la cámara con él. Quizás puedas lamerlo un poquito.
—No, papi, tengo que chuparlo bien.
Lo agarró de nuevo, apretando la cabeza.
—Quizás pueda meter esta parte en mi boca.
Que me manoseara el pene me estaba excitando. No podía evitarlo. Estaba palpitando.
—¡Oh! Se movió.
—Sí, hace eso.
Ella soltó una risita.
—Me asusté un poco. No sabía que se movían.
Lo flexioné para ella y la hizo reír de nuevo.
—¿Estás haciendo eso? —preguntó.
—Sí.
—Eso es genial.
—Vale, cariño, hagamos este vídeo, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —dijo ella—. ¿Quieres que te vuelva a meter la polla en los pantalones para poder sacarla otra vez?
—Simplemente empieza desde aquí, con esto ya fuera.
—Vale —dijo—. De todas formas, no creo que te vuelva a caber dentro de los vaqueros.
Pulsé el botón de grabar, señalándola para que empezara.
—Soy Montse, y así es como se chupa una polla realmente grande.
Respiró hondo, avanzó, lo agarró de nuevo por el eje para controlarlo y luego abrió la boca todo lo que pudo. Pero entonces la cerró.
—Un momento, me duele la mandíbula —dijo.
Detuve la cámara.
—Cariño, por favor.
—Lo siento, no estoy acostumbrada a esto.
Todavía lo sostenía y luego tiró de él. Me hizo gemir. Ella levantó la vista al oír el sonido.
—¿Te gusta?
—Me estás tirando del pene, por supuesto que se siente bien.
—¿Quieres que lo haga de nuevo?
—Claro —dije, cediendo.
Ella tiró del eje, recorriendo su longitud con la mano.
—Joder…
Ella soltó una risita.
—Te gusta. ¿Qué es esto?
Con la otra mano tocó la punta de mi pene, y de ella salió un poco de líquido transparente.
—Es líquido preseminal —dije.
—¿Pre-eyaculación?
—Es algo que se filtra cuando se mantiene duro durante un tiempo.
—Oh. No sabía que los penes goteaban.
Tiró del pene otra vez y salió un poco más.
—Hice que saliera más.
—Me di cuenta. Cariño, por favor, tenemos que hacer este vídeo. Vas a hacerme correr si sigues tirando de mi polla.
—Disculpa. Antes de grabar el vídeo, ¿puedo acostumbrarme un minuto?
—¿Qué quieres decir?
—¿Puedo intentar lamerlo y esas cosas? Solo necesito practicar un segundo, ¿sabes? Calentar.
—De acuerdo, solo por un minuto.
—Vale. ¿Cómo empiezo?
—Haz lo que quieras —dije, sin querer darle lecciones a mi propia hija sobre cómo chupar una polla.
—Tengo que hacer que se vea bien. ¿Qué haría mamá?
—No lo sé.
—Vamos, papá, ayúdame.
—Muy bien. Dale un beso. Acarícialo. Usa la lengua. Recorre el eje con los labios.
Se inclinó hacia adelante, frunciendo los labios. Me dio un beso justo en la punta. Exhalé. Se sentía bien.
—¿Así? —dijo, sin soltar mi pene. Lo apretó varias veces.
—Sí —dije.
—Siento que tu pene es raro —dijo ella.
—¿En serio?
—Es duro y blando a la vez. Ahí dentro solo hay sangre, ¿eh?
—Cariño, ahora no es el momento para una lección de anatomía.
—Esto me está poniendo cachonda de verdad.
¿Qué dijo? Bajé la mirada y la vi besarlo de nuevo. Y entonces sacó la lengua, lamiendo el costado.
—Cariño, lame por debajo, desde abajo hacia arriba.
—¿Por qué? ¿Eso te hará sentir bien?
—Haz lo que te digo.
—De acuerdo —dijo ella—. No pasa nada si te gusta, papi.
—Solo lamelo, pastelito.
Ella levantó mi pene para tener una mejor vista, y luego se inclinó, su lengua tocando la base del tronco, recorriendo todo el camino por debajo hasta la punta, lamiendo a lo largo de la abertura.
—Oh, joder.
—Mmm —dijo—. Puedo saborear ese líquido preseminal. Es raro.
Comenzó a lamer más rápido, lamiendo la punta de mi pene.
—¿Lo estoy haciendo bien?
—Sí —dije, bajando la mano y acariciándole la mejilla.
Ella apartó un momento mi pene para besarme la palma de la mano.
—Te quiero, papá.
—Yo también te quiero, pastelito. ¿Puedes lamer un poco más alrededor de la punta?
—¡Claro! —dijo con entusiasmo.
Su lengua comenzó a lamerlo, y entonces sentí sus labios rodeando solo la punta, mientras su lengua se movía de un lado a otro.
—Cariño, eso es genial —dije.
—Voy a intentar meter un poco más en mi boca ahora —dijo.
—Bueno.
Agarró mi pene con ambas manos, apretándolo como un bate de béisbol, y luego bajó la cabeza, abrió la mandíbula y sacó la lengua. Los lados de mi glande rozaban sus labios, pero se lo metió entero en la boca, cerrándolos. Joder, qué bien se sentía. Podía sentir su lengua presionando contra él. La miraba desde arriba. Murmuró algo con mi pene en la boca y me hizo un gesto de aprobación con el pulgar. Le devolví el gesto. Entonces empezó a chupármelo.

—Buena chica —dije—. Acaricia el pene mientras chupas.
Sus manos se pusieron manos a la obra, bombeando arriba y abajo sobre el eje, tirando de él. Era evidente que no tenía experiencia en esto de las felaciones, pero yo estaba tan fuera de práctica que me pareció una delicia. Luego apartó la boca, dejando escapar un chasquido húmedo de sus labios.
—Ah —dijo—. Me duele la mandíbula después de un rato.
Asentí con la cabeza, mirándola fijamente, con mi pene apuntando directamente a su cara, la punta brillando con su saliva. Ella se frotaba la boca, limpiándose la saliva de los labios.
—Vale, creo que estoy lista —dijo.
El vídeo. Lo había olvidado. Levanté la cámara. Pero entonces vi una de sus manos deslizarse dentro de sus bragas, sus dedos moviéndose bajo la tela antes de que esta volviera a su sitio. Ella levantó la vista con una sonrisa culpable.

—Mi coño está empapado haciendo esto.
No iba a gritarle ni a decirle que estaba mal mojarse chupándole la polla a un tipo. Estaba durísimo y era mi hija.
—Está bien, cariño. Es natural.
—¿En serio?
—Sí.
—Normalmente me froto el coño por la noche pensando en pollas, en sexo y en esas cosas.
Extendí la mano y le acaricié la mejilla.
—Vale, vamos a grabar el vídeo.
—¿Papá? —dijo ella—. ¿Me acariciarías los pechos?
—¿Qué? —dije.
—En los otros vídeos, los chicos les tocaban los pechos a las chicas y luego les sujetaban la cabeza y cosas así. ¿Harías eso por mí para que parezca real?
—No estoy seguro de si debería tocarte, cariño.
—¿Por favor? —se quejó—. Ya te estoy chupando la polla. No es peor si me tocas.
—Muy bien. Vamos a grabar.
—De acuerdo —dijo ella.
Pulsé el botón y ella sonrió mirando a la cámara.
—Me llamo Montse, y así es como se chupa una polla que es demasiado grande para ti.
Volvió a agarrar el pene, apretándolo entre sus manos, tirando de la piel hacia sí. Sus labios húmedos se acercaron y luego los abrió, sacando la lengua hacia la punta. Yo la miraba fijamente. Quería tocarla. Bajé la mano y ella apartó el brazo al instante para que pudiera alcanzarla. Entonces mis dedos rozaron sus pequeños pezones. Estaban completamente erectos. Los recibí en mi palma, mis dedos acariciando su carne.
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Montse gimió sobre mi pene mientras lo besaba. Luego abrió la boca y dejó entrar la punta. Sus dientes rozaron tanto la parte superior como la inferior, pero se sintió bien. Cuando le pellizqué los pezones, casi me mordió, chillando de placer.
Ahora me estaba chupando, solo la punta, con una mano masajeando el pene. Busqué la otra, sorprendido al encontrarla dentro de sus pequeñas bragas blancas, frotándose el coño. Pude distinguir su entrepierna mientras movía la mano. No tenía vello púbico. Debía de habérselo afeitado todo. Tenía muchísimas ganas de ver su coño, pero me recordé a mí mismo que esto era algo de una sola vez, que solo estábamos grabando un vídeo de sexo oral, nada más.
Le acaricié el pezón con los dedos y volvió a gemir, la vibración recorriendo sus labios hasta mi pene. Hizo una pausa, apartando los labios.
—Joder, es enorme. —Me miró a los ojos, luego a la cámara—. Chicas, tengan cuidado con los chicos con pollas gigantes. Dan mucho trabajo.
Entonces su boca se hundió de nuevo sobre mi glande, pero para mi sorpresa, hizo un pequeño esfuerzo por bajar por el pene, sus labios rozándolo. No pude evitar gemir. Se puso de rodillas, abriendo más las piernas para poder penetrarse con los dedos. Gemía constantemente. Quería más. Quería correrme. Ya no me importaba nada. Solo quería follarme su boca hasta terminar.
Aparté mi mano de sus pechos y la subí hacia la nuca. La agarré del pelo, lo que la hizo chillar de sorpresa, y la atraje hacia mí. Se atragantó, sacó la otra mano de sus bragas y me agarró el muslo para detener su descenso. Tenía apenas unos centímetros de mi pene en la boca, pero yo quería más. Aflojé el agarre en su cabeza y se deslizó hacia atrás, tosiendo, sorbiendo por la nariz, mirándome con los ojos llorosos.
—Ten cuidado —susurró.
Guié su cabeza hacia abajo, y sus labios calientes se abrieron de nuevo para recibir mi pene. Sentí su lengua recorrerlo y la atraje hacia mí para más, lentamente esta vez, solo un par de centímetros. Joder, cómo deseaba metérselo hasta el fondo de la garganta. Murmuró de nuevo, y supe que esa era la señal para bajar el ritmo.
Comencé a meter y sacar la punta de mi pene de su boca. Ella gemía. Le gustaba. Una de sus manos volvió a sus bragas empapadas, deslizándose bajo ellas y frotándose el clítoris. La otra mano dejó mi pene y empezó a jugar con sus pechos, haciéndola gemir aún más.
Empujaba con más fuerza, y mi pene desaparecía cada vez más en su boca. Empezó a atragantarse de nuevo, mirándome con sus grandes ojos azules suplicándome que bajara el ritmo. Extendió la mano y volvió a agarrar el tronco, esta vez cerca de la punta, como para impedir que mi pene penetrara en su garganta.
Necesitaba más. Había perdido el control. La agarré de la muñeca y la aparté bruscamente. Ella empezó a apartar la boca, pero la sujeté de la cabeza y la empujé hacia adelante. Seis pulgadas desaparecieron en su boca, su garganta se contrajo alrededor de mi glande, su mandíbula se estiró al máximo mientras ese trozo gigante de carne la invadía. Sentí cómo apretaba los dientes mientras forcejeaba, su cabeza intentando echarse hacia atrás. La solté y se apartó, tosiendo y jadeando.
Me miró de nuevo con esos ojos grandes.
—No puedo soportar tanto. Es demasiado grande. Tienes que ir despacio.
Se acercó de nuevo, pero esta vez no me metió en la boca. Agarró el pene, acariciándolo de arriba abajo mientras besaba el costado, lamiéndolo. Pero yo quería volver a su garganta. Puse mi mano en su mejilla, girando su cabeza.
—No —susurró, intentando que la cámara no la viera hablar.
Mi pulgar recorrió sus labios. Estaban cerrados. Agarré mi pene, tomando el control. Ella me miró con ojos tristes, y le di una suave bofetada en la cara con él. Su labio inferior tembló y froté la punta de mi pene contra su boca, golpeando sus labios como si estuviera llamando a la puerta.
Le susurré en silencio:
—Abre. Quiero entrar.
Ella negó con la cabeza.
—Ábrelo ya —dije en un susurro.
Se quedó boquiabierta y sacó la lengua.
Deslicé la parte inferior de mi pene a lo largo de su lengua, girándolo para rozar el interior de su mejilla. Se abultó. Ella comenzó a lamer de nuevo. Sus manos volvieron a sus pechos y a su coño. Pude ver su dedo medio entrando y saliendo de su vulva. Mientras tanto, su otra mano tiraba de sus pezones con desenfreno.

Iba despacio, solo con la punta en su boca. Ella lo disfrutaba de nuevo, lamiéndome y chupándome. Pero yo quería volver a su garganta. Gemía y supe que estaba a punto de correrse. Su respiración se escapaba entre jadeos. Cuando soltó un largo chillido y se apretó el pecho con toda la mano, supe que se había corrido.
Ahora era mi turno.
Agarré su cabeza, cambié el ángulo de mi polla y empujé. Sentí cómo su garganta se contraía alrededor de mi pene mientras desaparecía. Sus manos subieron para agarrarme, pero era demasiado tarde. La mitad de mi polla estaba en su boca, y era todo lo que podía soportar. Exploté, derramando mi semen lechoso por su garganta. Ella se apartó, tosiendo y ahogándose, pero yo seguía corriendo. Se me salpicó toda la cara. Pero a mí me gusta que me chupen la polla mientras me corro.
Volví a tirar de su cabeza, metiéndomela en la boca y dejándola allí mientras eyaculaba. Sus ojos se fijaron en mí mientras terminaba de correrme. Se tragó un poco, pero la mayor parte se le escurrió por la boca, por los labios y por los pechos.
Al terminar, dejé escapar un gemido cansado. Ella intentó apartar la boca, pero le agarré la cabeza, manteniéndola pegada a mi pene.
—Todavía no —susurré—. Sigue chupando.
Sus cejas se fruncieron, pero mantuvo la punta de mi pene en su boca, succionándola, mordisqueándola, moviendo la lengua. Me estaba ablandando. Hacía mucho tiempo que no me corría tanto. Casi temblaba; mi pene estaba muy sensible. Pronto, no pude más y aparté mi pene de ella. Me miró de nuevo, pasando la lengua por sus labios, limpiando parte de mi semen. Había bastante en su barbilla y sus pechos que necesitaba atención. Algo incluso le había corrido por el ombligo, atrapado por sus bragas.
Señalé la cámara. Parecía haber olvidado que tenía que hablar.
—Oh. Así es como se chupa una polla.

Apagué la cámara, dejé su teléfono y suspiré. Me sentía fatal. Había planeado que me chupara la polla un par de minutos, pero había perdido el control.
—¿Estás bien, pastelito?
Asintió con el labio inferior entre los dientes. Se limpió el semen de la barbilla con el dorso de la mano.
—Había mucho de eso.
Me senté en la cama, metí mi pene dentro de mis vaqueros y me los subí.
—Lo siento mucho.
—No pasa nada —dijo—. Gracias por hacer el vídeo.
—Claro —dije—. No quise ser brusco contigo.
—Está bien. Estabas cachondo, ¿eh?
—Sí, creo que sí.
—Fue divertido. Aunque me lastimaste un poco la garganta. Tu pene es tan grande, papi. ¿Cómo lo hacía mamá?
—Requiere práctica. Llevabas un rato con algo atascado en la garganta.
—Lo sé. Casi vomito. Ojalá me hubieras avisado. No me gustó nada.
—Lo siento, cariño.
—Si a ti te gustó, me alegro.
—No fui el único que se sintió bien. Vi lo que estabas haciendo.
Montse cubrió tímidamente sus pechos desnudos con una mano, mientras la otra descansaba sobre su vagina.
—No pude evitarlo, papi. Tu polla me puso muy cachonda.
Me puse de pie, riendo suavemente, y luego le di un beso en la frente.
—Está bien. Al menos ya terminamos. No volvamos a hablar de esto, ¿de acuerdo? Hagamos como si nunca hubiera pasado.
—De acuerdo —dijo, asintiendo.
—Me voy a la cama —dije, dirigiéndome a la puerta y haciendo una pausa—. ¿No estás enfadada conmigo, verdad?
—¿Estás bromeando? ¡De ninguna manera! Te debo una.
—Cariño, no me debes nada. Simplemente no quiero que me odies.
—Ay, papá, nunca.
—Vale, buenas noches, pastelito.
—Buenas noches, papá.
Me fui a la cama con la conciencia tranquila. Sí, le había hecho sexo oral a mi hija, pero prácticamente me había obligado. Me arrepentí, pero fue inolvidable. Realmente esperaba que nunca volviéramos a hablar de ello, aunque debo admitir que creo que lo volvería a hacer.
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