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Aposté y perdí a mi chica

Aposté y perdí a mi chica

La apuesta había sido semanas atrás, una noche de risas y copas de vino en nuestra casa. Niko y yo jugábamos a un juego tonto de cartas con reglas que inventábamos sobre la marcha.
La apuesta final fue clara: quien perdiera tendría que cumplir la fantasía más oscura y prohibida del otro, sin límites ni preguntas.
Yo gané. Y mi premio fue exactamente esto: una velada donde Niko organizaría todo para que otro hombre me follara salvajemente delante de él, mientras mi marido miraba, controlaba cada segundo y disfrutaba de verme convertida en su vixen más entregada y empoderada.
Niko perdió con una sonrisa… Sabía lo que eso significaba.
Durante días lo vi planear en secreto: llamadas, reservas, mensajes discretos.
Me dijo que sería “una cena especial” para celebrar que había ganado la apuesta. Yo fingí creerle, pero en el fondo mi cuerpo ya vibraba de anticipación y nervios deliciosos. La traición consentida que tanto me mojaba.
Esa tarde en nuestro apartamento en el norte de Bogotá, Niko me preparó con calma.
Me duché despacio bajo el agua caliente, aplicándome el aceite corporal con aroma a vainilla y jazmín que él adoraba.
Luego me puse exactamente la lencería que había elegido para mí: un body negro de encaje transparente que apenas contenía mis tetas grandes y paraditas, con copas que dejaban los pezones visibles y duros, una tanga fina que se perdía entre mis nalgas redondas, ligueros que sujetaban unas medias negras semitransparentes hasta medio muslo y unos tacones negros de aguja de doce centímetros que me hacían sentir alta, poderosa y completamente expuesta.
Me maquillé con labios rojos intensos, eyeliner marcado y sombra oscura que acentuaba mi mirada felina.
Cuando me miré al espejo del baño, sentí un nudo en el estómago: nervios, deseo prohibido y una excitación que ya me tenía empapada entre las piernas.
Niko entró, me observó en silencio durante casi un minuto entero, sus ojos recorriendo cada curva de mi cuerpo como si me viera por primera vez.
—Estás absolutamente perfecta, mi Secret Wife —murmuró con esa voz que siempre me desarma—.
Esta noche, porque perdí la apuesta, voy a cumplirte la fantasía que tanto te humedece. Otro hombre te va a comer muy rico y como te gusta delante de mí.
Yo solo voy a mirar y a dirigir. ¿Estás lista para transformarte de la forma más deliciosa y entregarte completamente?
Asentí, la garganta seca por la anticipación.
Él sonrió con orgullo posesivo, me besó suavemente en la frente y me puso una venda de seda negra en los ojos durante unos minutos, solo para aumentar la tensión. Me tomó de la mano y me llevó hasta la suite que había reservado en un hotel exclusivo del norte de la ciudad.
Cuando me quitó la venda en la puerta de la habitación, entendí que había transformado el espacio en una velada íntima y cargada de erotismo puro. Me encantó de inmediato. Una mezcla sensual y de cosquilleo en la piel.
La suite era amplia y lujosa. La iluminación era tenue y cálida: luces doradas suaves combinadas con velas aromáticas de sándalo colocadas estratégicamente sobre las mesas laterales, el cabezal de la cama king size y algunas repisas.
El sofá negro estaba perfectamente posicionado frente a un sillón individual de cuero oscuro, ideal para que Niko se sentara a mirar sin perder detalle. En una mesita auxiliar había una botella de champán francés en hielo, tres copas de cristal, lubricante de sabor neutro, un vibrador pequeño discreto y unas esposas de cuero suaves que brillaban bajo la luz.
La música era un ritmo lento, sensual y profundo que se sentía en el pecho y entre las piernas. Las cortinas estaban entreabiertas, dejando ver las luces de la ciudad brillando como testigos mudos de lo que iba a suceder.
El aire olía a sándalo, a deseo y a mi propio perfume mezclado con la anticipación.
Frank ya estaba allí. Niko lo había elegido con mucho cuidado después de semanas de búsqueda discreta: un hombre alto, de unos treinta y cinco años, piel morena, cuerpo atlético y definido por horas de gimnasio, y una mirada oscura que transmitía confianza, hambre y control.
Vestía una camisa negra ajustada que marcaba sus hombros anchos y pantalones oscuros. Cuando entré en la suite, se levantó del sofá con una sonrisa lenta y me recorrió con la mirada sin disimulo, deteniéndose en mis tetas, en mis caderas y en mis tacones altos.
Niko cerró la puerta con llave, se sentó en el sillón de cuero, cruzó las piernas con calma y tomó una copa de champán. Su voz sonó firme y cargada de excitación contenida:
—Mi esposa ganó una apuesta y este es su premio. Frank, puedes empezar cuando quieras. Quiero verla disfrutar, gemir y venirse como nunca.
Ella es fantástica esposa, mi Secret Wife… y esta noche es tuya para follártela delante de mí.
Frank se acercó despacio, sin prisa. Sus manos grandes fueron directo a mis tetas, apretándolas por encima del encaje transparente del body.
Sentí sus pulgares rozar mis pezones ya duros y sensibles, provocándome un suspiro tembloroso que escapó de mis labios. Me besó el cuello con labios calientes, bajando lentamente mientras mi esposo nos observaba en silencio desde su sillón, la respiración ya más pesada. Los labios de Frank llegaron a mis pechos; apartó el encaje con los dientes y chupó un pezón con suavidad, luego el otro, mordisqueando justo lo suficiente para hacerme arquear la espalda y gemir bajito.
Mis rodillas flaquearon. Frank me llevó hasta el sofá de terciopelo y me sentó a horcajadas sobre él, exactamente de espaldas a su pecho —la posición que Niko había especificado que fuera la primera para que pudiera ver mi cara y mi cuerpo completo—.
Sentí su verga ya dura y gruesa presionando contra mi tanga. Con manos firmes me separó las nalgas, apartó la tanga a un lado y, sin preámbulos ni palabras innecesarias, me penetró de un solo empujón profundo y certero. Gemí fuerte, un sonido largo y ronco que llenó la suite.
Su verga era gruesa, venosa y larga; me abrió y me llenó por completo en esa primera embestida, rozando lugares que me hicieron temblar.
Empecé a cabalgarlo en vaquera invertida. Mis caderas subían y bajaban con un ritmo cada vez más intenso, mis tetas grandes rebotando dentro del body transparente, el culo moviéndose en círculos amplios y provocativos mientras él me agarraba fuerte de la cintura y empujaba hacia arriba para encontrarse conmigo. Cada descenso hacía que su verga me rozara el punto más sensible, enviando ondas de placer que me recorrían la columna.
Niko, desde su sillón, se ajustaba la erección por encima del pantalón y murmuraba con voz ronca:
—Más rápido, mi amor. Quiero oír cómo te moja su verga dentro de ti. Muéstrame lo putita que te pones cuando ganas una apuesta.
Frank metió dos dedos en mi coño junto a su verga, estirándome deliciosamente, digitándome con movimientos expertos mientras yo cabalgaba cada vez más salvaje.
El placer era abrumador, casi insoportable. Me corrí la primera vez así, temblando violentamente sobre él, contrayéndome fuerte alrededor de su verga y sus dedos, gritando el nombre de Niko mientras otro hombre me follaba delante de mi marido. Mis jugos calientes chorrearon por sus muslos y empaparon el sofá de terciopelo.
Sin darme tiempo a recuperarme, Frank me giró sin salir de mí. Ahora estaba a cuatro patas sobre el sofá, en perrito salvaje y profundo.
Me penetró de nuevo con fuerza renovada, embistiendo con embestidas largas, rápidas y poderosas. Sus caderas golpeaban contra mi culo con un sonido húmedo y rítmico que llenaba toda la suite. Me tiraba del pelo con una mano, me daba palmadas firmes en las nalgas que me dejaban la piel roja y caliente. Mis tetas grandes se balanceaban colgando pesadamente, los tacones altos todavía puestos clavándose en el sofá.
Otro orgasmo me atravesó, más intenso que el anterior, haciendo que mis brazos temblaran y que mi voz se quebrara en gemidos continuos…
Niko se levantó entonces y se acercó al sofá. No me tocó sexualmente. Solo se quedó de pie a un lado, muy cerca, mirándome directamente a los ojos mientras Frank me follaba sin piedad desde atrás.
—Dile cuánto te gusta que te clave delante de mí —ordenó Niko con voz cargada de amor y dominio absoluto—. Dile que eres mi premio esta noche.
—Me encanta… —jadeé, la voz rota de placer—. Me encanta que otro hombre me culee tan duro mientras tú miras… soy tu puta, mi amor, tu perrita… tu vixen secreta que ganó la apuesta…
Frank aceleró el ritmo. Me clavó con embestidas brutales, profundas, con cada golpe haciendo que mi cuerpo se sacudiera. Me corrí otra vez, y otra, chorros de placer empapando el sofá y mis medias.
Luego me puso boca arriba en el sofá, me abrió las piernas al máximo y entró en misionero salvaje. Su cuerpo atlético cubría el mío, su verga entrando y saliendo a toda velocidad mientras me besaba, mordiéndome el labio inferior y apretándome las tetas con fuerza. Niko se sentó en el borde del sofá, muy cerca de mi cara, acariciándome el pelo con ternura posesiva mientras yo gemía sin control y lo miraba a los ojos.
—Pídele que te llene —susurró Niko en mi oído, su aliento caliente contra mi piel—. Pídele su corrida dentro de mi esposa.
—Por favor… córrete dentro… clávamela toda… quiero sentirte correrte profundo —supliqué, mirando a mi esposo con los ojos vidriosos de placer.
Frank gruñó como un animal y empujó hasta el fondo una última vez.
Sentí sus chorros calientes, abundantes y espesos inundándome el coño, pulsando dentro de mí mientras se vaciaba por completo.
Me quedé allí, tendida en el sofá, temblando, exhausta, con el body empapado de sudor y la tanga destrozada colgando de un liguer. El cuerpo me palpitaba de placer.
Niko me levantó en brazos con delicadeza sorprendente después de todo lo que acababa de ver, me llevó hasta la cama y me abrazó fuerte contra su pecho. Frank se vistió en silencio, nos dio las gracias con una inclinación respetuosa y se marchó, cerrando la puerta suavemente. Mi marido me besó la frente, los labios, el cuello y el pecho, mientras me acariciaba el pelo con infinita ternura.
—Eres increíble, mi Secret Wife —me dijo con voz cargada de amor, orgullo y todavía excitación—.
Perdí la apuesta y cumplí tu fantasía exactamente como querías. Te vi disfrutar, correrte y entregarte como nunca. Descansa un rato… porque esta velada no ha terminado. En una hora Frank volverá para la segunda ronda, y yo seguiré mirando cómo mi esposa disfruta follar con él toda la noche.
Me dormí un rato entre sus brazos, el cuerpo todavía vibrando, y la mente flotando en esa deliciosa mezcla de complicidad, empoderamiento y deseo prohibido.
Cuando desperté, la suite seguía perfumada de sándalo y sexo, las velas todavía encendidas y Niko sentado a mi lado, sonriendo con esa mirada que prometía más.
La segunda ronda empezó cuando Frank regresó a la suite, tal como Niko había prometido.
Yo todavía estaba recuperándome en la cama, el cuerpo laxo y sensible.
—Levántate amor mio, mi Secret Wife —me pidió Niko con esa voz grave y controladora que me hace enloquecer al instante—.
La apuesta no ha terminado. Frank está aquí para que disfrutes tu premio al máximo.
Me puse de pie sobre los tacones. Frank se desnudó sin prisa, su verga ya medio dura otra vez. Niko señaló el ventanal enorme con vista a las luces de Bogotá.
—Primero, contra el vidrio. Quiero verte presionada como te encanta, contra la ciudad mientras te come rico.
Frank me empujó suavemente hasta el ventanal. Ufff que excitada me puse.
Mis tetas grandes se pegaron al cristal frío, los pezones duros rozando la superficie.
Sentí sus manos separándome las nalgas y, sin aviso, su verga gruesa entró de nuevo en mí desde atrás —¡Waw, amor, otra vez me la está clavando tan profundo!— gemí, la voz rota.
Empezó a fculearme con embestidas lentas pero poderosas, cada una presionándome más contra el vidrio. Mis manos abiertas dejaban huellas en el cristal empañado.
Bogotá brillaba abajo, ajena a cómo me estaban comiendo.
—Más fuerte —ordenó mi esposo, sentado en el sillón a solo dos metros—. Quiero oír cómo choca contra tus nalgas.
Frank obedeció. Sus caderas golpeaban contra mí con fuerza, el sonido húmedo y seco llenando la suite —¡Sí… así… culeame más duro delante de él!— jadeé, arqueando la espalda.
Mis tetas rebotaban contra el vidrio, dejando marcas de sudor. Otro orgasmo me atravesó rápido, las piernas temblando, chorros de placer mezclados corriéndome por los muslos —¡Me corro… esposo mío, me corro viéndote mirar!—
Niko sonrió satisfecho.
—Ahora, sobre la mesa del centro. Boca arriba, piernas abiertas.
Frank me levantó como si no pesara nada y me tumbó sobre la mesa de madera pulida. Mis tacones colgaban en el aire.
Me abrió las piernas al máximo y entró en misionero salvaje, su cuerpo atlético cubriendo el mío. Cada embestida hacía que la mesa crujiera y que mis tetas saltaran violentamente —¡Ufff, Frank, así… rómpeme para mi esposo!— grité, clavándole las uñas en la espalda.
Niko se acercó, se sentó al borde de la mesa y me sostuvo la cara con una mano, obligándome a mirarlo a los ojos mientras Frank me follaba sin piedad.
—Mírame —susurró Niko—. Quiero verte la cara cuando te corras otra vez.
Y lo hice. El orgasmo me golpeó mirando a mi marido, contrayéndome alrededor de la verga de Frank —¡Amor… es tuyo… todo esto es tuyo aunque me esté culeando otro!— gemí contra su boca cuando me besó profundo.
Frank me giró sobre la mesa, poniéndome de lado con una pierna levantada en alto. La penetración en ese ángulo era brutal, rozándome el punto G con cada golpe —¡Más… no pares… quiero sentirte hasta el fondo!— supliqué, la voz entrecortada… clávame así, así asiiiiii! Niko me acariciaba el pelo con ternura mientras mi cuerpo se sacudía.
—Ahora en la cama, en cuatro otra vez —dirigió Niko—. Pero esta vez quiero que me mires todo el tiempo.
Me arrastré hasta la cama, me puse en cuatro patas y Frank me penetró desde atrás con un gruñido Aghhh!. Mis tetas colgaban pesadas, balanceándose con cada embestida. Mantuve los ojos fijos en Niko, que se había sentado frente a mí en el borde de la cama.
—Dime qué sientes —me exigió mi marido.
—Siento su verga abriéndome… siento que me está culeando como tu perrita… y me encanta… —jadeé entre golpe y golpe —¡Sí… mírame, esposo… mírame cómo me clava frente a ti! Me encanta—
Frank aceleró, tirándome del pelo, dándome palmadas fuertes en el culo que resonaban en la suite. Me corrí otra vez, gritando, el cuerpo convulsionando —¡Me voy, si , si me voy me voy… otra vez… yaaa yaaahhh, córrete conmigo, por favor!—
Niko asintió y Frank obedeció. Se corrió dentro de mí por segunda vez esa noche: chorros calientes y abundantes que me llenaron hasta rebosar, mezclándose con todo lo anterior.
Pero Niko no había terminado de dirigir.
—Una más. Siéntate sobre él en la silla, de frente. Quiero verte cabalgarlo mientras yo te miro de cerca. Sentí la emoción indescriptible de mi esposo… me encanta llevarlo al límite.
Frank se sentó en el sillón de cuero. Yo me subí a horcajadas, de frente, y me dejé caer sobre su verga todavía dura. Empecé a cabalgarlo despacio al principio, luego más salvaje, mis tetas rebotando contra su pecho, mis caderas moviéndose en círculos amplios —¡Uffff… se siente tan llena… tan caliente… tan perfecta!— gemí, echando la cabeza hacia atrás.
Niko se arrodilló al lado de la silla, muy cerca, acariciándome el clítoris con dos dedos mientras yo cabalgaba.
—Así, mi amor… córrete una última vez para cerrar tu premio. Me encanta verte disfrutar tanto.
El orgasmo final fue el más intenso de la noche. Me contraje violentamente alrededor de Frank, gritando el nombre de Niko, el cuerpo entero temblando como si me hubiera partido en dos —¡Niko… te amo… esto es tuyo… soy tuya aunque me folle otro! Que premio me has dado!— Siiii me corrooo me corroooo! Yaaahhhhhhhh…..
Frank también se corrió una tercera vez dentro de mí, llenándome aún más.
Me derrumbé contra su pecho, exhausta, sudada, completamente destruida de placer.
Caí rendida a los brazos de mi esposo… él me levantó con una suavidad y una admiración infinita por su esposa amada. Me llevó de nuevo a la cama.
Cuando Frank se marchó por segunda y definitiva vez, Niko me llevó a la ducha. Nos duchamos con cuidado, besándome cada marca que había dejado el placer. Mientras el agua caía, me susurró:
—Perdí la apuesta… pero gané viéndote así. Eres mi Secret Wife perfecta, cada día te amo más, Eres la hotwife más sexy y elegante del mundo, y me encantas en todos los sentidos.
Esa noche, mientras me dormía entre sus brazos en la cama, mi mente flotaba en fantasías alternativas de apuestas eróticas que podríamos hacer la próxima vez.
Imaginé una apuesta donde perdiera yo y el premio fuera que Niko me compartiera con dos extraños a la vez en el balcón de este mismo hotel, follándome mientras la ciudad de Bogotá nos observaba. O una donde la apuesta fuera en un auto en movimiento por las calles del norte: yo en el asiento de atrás con un desconocido, Niko manejando y mirando por el retrovisor mientras me hacían correrme antes de llegar a casa.
Otra fantasía: una apuesta en un cine casi vacío, yo sentada entre Niko y otro hombre, con manos debajo de la falda durante toda la película hasta que tuviera que morderme el labio para no gritar. O incluso una apuesta más arriesgada: perder y tener que ir a una fiesta swinger con máscara, donde Niko me compartiera a otras parejas mientras él grababa discretamente cada momento para verlo después juntos.
Todas esas posibilidades me mojaban de nuevo solo de pensarlas.
Porque con mi esposo, cada apuesta era un juego que terminaba conmigo sintiéndome más deseada, más empoderada y más suya que nunca.
—Gracias por perder —le susurré antes de dormirme.
Él rio bajito y me besó la frente.
— Fuiste perfecta esta noche. La próxima vez gano yo… y el premio será aún más excitante.
 Y yo sonreí en la oscuridad, sabiendo que siempre ganaríamos los dos.
Continuará…

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