Nos tomamos un momento para descansar. El eco de nuestros jadeos aún flotaba en la habitación, pero el ambiente no se había enfriado. No le contesté de inmediato; no por temor, sino todo lo contrario: quería comprobar si, una vez pasada la oleada de adrenalina del orgasmo, Elena seguía enganchada con el tema. Permaneció de lado, observándome, como esperando una respuesta que validara el cortocircuito que acababa de sufrir su mente. Volteé la cara hacia el techo para evitar su mirada, pero ella no desistió. Tenía un interés genuino, casi obsesivo, por saber quién era realmente el señor Carlos.
Así que, atrapado por su curiosidad y mi propia excitación, decidí contarle la historia.
—Carlos es hermano de una tía política mía —empecé a explicarle, mientras acariciaba su cabello—. Ella se casó con un hermano de mi padre cuando eran jóvenes. En este barrio, las familias llegaron desde que la colonia se empezó a habitar; eran pocos, así que inevitablemente terminaban emparentando entre sí. Mi tía Lupe me contó hace años que, en esa época, Carlos salía con otra de las hermanas de mi padre, Carmela. Su relación no duró mucho, sobre todo porque ya eran demasiados lazos familiares cruzados y se veía raro.
Elena escuchaba sin pestañear, asimilando cada palabra.
—Pero eso no era impedimento para el sexo sin compromiso —continué, bajando la voz—. Sé perfectamente que Carlos y mi tía Carmela siguieron teniendo sus encuentros a escondidas durante mucho tiempo, sin que a nadie le importara demasiado. El verdadero problema estalló cuando Carlos quiso competir con mi propio padre por el amor de mi madre.
Elena abrió un poco los ojos, sorprendida.
—Mi padre ya la había cortejado antes. Fueron novios, terminaron, pero lógicamente se seguían viendo por la cercanía del barrio. Cuando Carlos se acercó a ella con intenciones más serias, mi padre no lo soportó. Puso sus cartas sobre la mesa y, de la nada, le dio un ultimátum a mi madre: "Quiero que te cases conmigo, hoy mismo en la noche voy a ir a pedir tu mano". Y cumplió. Entró a la casa de mis abuelos, habló como se hacía antes y ella aceptó. Esa es la versión oficial que se cuenta en las cenas familiares.
—¿Y cuál es la versión no oficial? —susurró Elena, visiblemente intrigada.
—La que me contó mi tía Lupe, que siempre ha sido una buscona de pleitos. Ella asegura que Carlos ya estaba saliendo formalmente con mi madre. Para él fue un golpe tremendo que ella le dijera, de la noche a la mañana, que lo dejaba para casarse con mi padre. Carlos reaccionó como el hombre impulsivo que es: fue a la casa de mis abuelos a armar un escándalo monumental. Eso terminó en un pleito a golpes entre las familias y en una enemistad que dura hasta el día de hoy.
Hice una pausa, recordando el ambiente de mi infancia.
—La familia de Carlos no es precisamente una pera en dulce, Elena. Son cerca de doce hermanos. Históricamente han sido los buscapleitos del barrio, de los que toman en la calle, molestan a los vecinos y, en sus peores épocas, algunos se dedicaron al robo de transporte público. Son lo que en el barrio llaman "chacales". Aunque mi padre y mis tíos no eran ningunos santos, tuvieron serios problemas con la calaña de esa familia. Desde niño recuerdo la mala vibra al pasar frente a su casa. De hecho, cada vez que yo traía a una novia nueva a la cuadra, sus hijos me gritaban burlas desde la esquina para provocar malentendidos.
Elena procesó la información en silencio. El relato justificaba perfectamente por qué el tema jamás había salido a la luz en nuestro matrimonio. Me acomodé en la almohada, pensando que con esto las interrogantes habrían terminado y que el juego con el vecino moriría ahí mismo, sepultado por el peso del pasado familiar.
Pero me equivoqué de forma increíble.
—Y Carlos... ¿cómo fue contigo? —preguntó Elena, con una mirada fija, expectante, que reflejaba un brillo especial y peligroso.
Me quedé incrédulo. ¿En serio quería saber los detalles de mi relación con él? Sus ojos me convencieron de seguir hablando.
—Tampoco es que fuera especialmente malo conmigo. Más bien indiferente. Cuando los demás primos o hermanos me gritaban cosas, él casi nunca participaba; a veces se reía, pero él mismo les ponía un alto. Les imponía mucho respeto, es el mayor de la familia que aún queda en el barrio. Una vez me peleé a golpes con uno de sus hijos y Carlos salió a separarnos. Yo me llevé la peor parte, claro. No teníamos trato, pero si me lo cruzo, lo saludo y él me corresponde de manera fría pero formal. Lo que sí es un hecho...
Me quedé con la palabra en la boca. Elena ya había vuelto a la carga. Sus manos se deslizaron por debajo de las sábanas, comenzando a acariciar mi miembro con lentitud, mientras con la otra mano jugaba sutilmente con su propio clítoris. Estaba buscando las palabras correctas para terminar la frase, pero su ritmo me estaba nublando el juicio.
—¿Qué? No lo pienses, solo dilo —me incitó, con la respiración entrecortada.
—La vibra que sienten los demás en el barrio... también la siento yo.
—¿Qué vibra, mi amor?
—Una vibra como de... respeto. De autoridad.
—¿De respeto... o de dominación? —preguntó ella, agudizando la caricia.
—Cuando él da una orden en la calle, los demás obedecen sin dudar.
—¿Como si se tratara del líder de la manada?
—Sí, algo así.
En ese momento, Elena rompió toda distancia. Se subió encima de mí en un movimiento rápido, guiando mi miembro hacia su interior. Soltó un suspiro largo y comenzó a moverse con giros abruptos, de adelante hacia atrás, devorándome. Una vez que encontró su ritmo, volvió a la conversación sin detener su vaivén.
—La verdad es que... lo entiendo perfectamente —dijo, jadeando.
—¿Qué entiendes?
—Eso que mencionas de su autoridad. En realidad... yo lo siento dentro de mí cada mañana.
—¿Te refieres a su presencia física?
—No solo a eso... siento su dominación —confesó, acelerando el movimiento de sus caderas—. Cuando Carlos me habla, es como si solo existiera él en el mundo. No puedo pensar en nada más. Todas las mañanas salgo con la firme idea de negarme a subir a su camioneta, pero cuando se detiene, baja la ventanilla y me dice "Súbete", siento un vértigo terrible en el estómago... y mi cuerpo se mueve solo, obedeciéndole.
El corazón me dio un vuelco. La combinación de sus movimientos y sus palabras me estaba llevando al límite.
—¿Y cuándo te pidió que se fueran a ese motel... qué sentiste?
—Sentí que no me estaba preguntando, sino que me estaba dando una orden. Como si yo no tuviera el derecho de desobedecerlo.
—¿Entonces por qué no te fuiste con él en ese momento?
—Ya te lo dije... —Elena soltó un gemido agudo, apretando sus músculos internos alrededor de mí—. Pensé en que te enojarías conmigo. Me costó muchísimo trabajo decirle que no.
—Y ahora que sabes quién es... ¿te irías con él?
—La verdad... sí. Antes no entendía por qué me afectaba tanto, solo sentía la tentación. Pero ahora que me contaste su pasado, lo entiendo todo.
—¿De qué hablas? —pregunté, sosteniéndola firmemente por la cintura.
—Su presencia me hace sentir un respeto primitivo... sumisión.
—¿Como si fuera un macho alfa?
—¡Sí, eso, exactamente eso! —gritó, clavando sus uñas en mis hombros—. Lo sentí como un macho alfa. Sentí la necesidad biológica de estar con él.
—¿Pero no te da miedo? Te acabo de decir la clase de familia que tiene.
—Sí me da miedo, pero la atracción es mil veces más fuerte.
—¿Aún sabiendo que se acostaba con mi tía?
—¡Sí! Porque sé que se cogía a tu tía... y mucho más aún porque, como mujer, te lo puedo asegurar... —Elena se inclinó hacia mi oído, rozando sus labios con los míos con una malicia pura—. Te aseguro que también se cogía a tu mamá.
Esa frase me hizo estallar por dentro. El tabú, la humillación fantaseada y la crudeza de sus palabras me nublaron la vista. Sosteniendo sus caderas con fuerza salvaje, aumenté la velocidad de las embestidas, llevándola al límite del delirio.
—¿Y por eso... quieres acostarte con él? —le exigí saber, rozando el clímax.
—No... con un hombre así una no se acuesta ni hace el amor —gimió ella, con la mirada perdida en el placer
—. Mi cuerpo no me pide eso... mi cuerpo me pide que... que me aparee con él.
—¿Entonces?...
—Entonces, solo dilo... Quiero escucharlo de tu boca. Dímelo.
—Quieres ponerme los cuernos con Carlos —solté, rindiéndome por completo a la fantasía.
—¡Sí! ¡Quiero ponerte los cuernos con Carlos! Quiero que me entregues a él... para que me aparee con ese macho.
—Sí, mi amor... Te voy a entregar a él para que te coja como una puta.
—Gracias, mi vida. Te amo.
—Yo también te amo.
La segunda entrega de esa noche fue destructiva, mucho más intensa que la primera. Ambos terminamos exhaustos, con la respiración entrecortada y la piel pegajosa de sudor. Nos dejamos caer de lado, frente a frente, mirándonos a los ojos con una intensidad casi aterradora antes de fundirnos en un beso largo y profundo.
Al separarnos, nos recostamos mirando al techo en un silencio prolongado. En mi mente empezó a operar el mecanismo de siempre: la fantasía es un catalizador increíble en la cama, pero una vez que el orgasmo pasa, la mente se enfría y todo vuelve a su sitio, quedando archivado solo como un juego mental. El calor del momento se estaba apagando.
Hice un esfuerzo para levantarme e ir al baño, pero Elena me detuvo firmemente del brazo. Me jaló de vuelta a la cama y me abrazó, acomodando mi cabeza contra su pecho mientras me acariciaba el cabello con una ternura desconcertante.
—Te amo, soy tan feliz de estar contigo —me susurró dulcemente.
—Yo también te amo, eres lo mejor de mi vida.
—Y me encanta que tengas una mente tan perversa... Adoro que me sigas el juego.
—Para eso estamos, mi amor.
—Solo espero que estés realmente preparado —añadió, y su tono de voz cambió por completo, perdiendo la dulzura y volviéndose extrañamente seria.
Me incorporé un poco sobre el codo para mirarla.
—¿Preparado para qué?
—Para pasar de la fantasía a la realidad.
La miré a los ojos buscando cualquier rastro de broma, pero no lo encontré. El corazón me dio un vuelco, esta vez no por excitación, sino por la repentina lucidez del peligro.
—Entonces... ¿de verdad quieres hacerlo?
Elena asintió lentamente, con una chispa de determinación en la mirada.
—Sí... Déjame hacerlo. Deseo acostarme con Carlos.
La adrenalina volvió a correr por mis venas, pero esta vez con un tinte completamente distinto. Habíamos cruzado el punto de no retorno.
—Ok, mi amor —respondí, sintiendo un escalofrío en la espina dorsal—. Si eso es lo que quieres... se hará como tú digas.
Así que, atrapado por su curiosidad y mi propia excitación, decidí contarle la historia.
—Carlos es hermano de una tía política mía —empecé a explicarle, mientras acariciaba su cabello—. Ella se casó con un hermano de mi padre cuando eran jóvenes. En este barrio, las familias llegaron desde que la colonia se empezó a habitar; eran pocos, así que inevitablemente terminaban emparentando entre sí. Mi tía Lupe me contó hace años que, en esa época, Carlos salía con otra de las hermanas de mi padre, Carmela. Su relación no duró mucho, sobre todo porque ya eran demasiados lazos familiares cruzados y se veía raro.
Elena escuchaba sin pestañear, asimilando cada palabra.
—Pero eso no era impedimento para el sexo sin compromiso —continué, bajando la voz—. Sé perfectamente que Carlos y mi tía Carmela siguieron teniendo sus encuentros a escondidas durante mucho tiempo, sin que a nadie le importara demasiado. El verdadero problema estalló cuando Carlos quiso competir con mi propio padre por el amor de mi madre.
Elena abrió un poco los ojos, sorprendida.
—Mi padre ya la había cortejado antes. Fueron novios, terminaron, pero lógicamente se seguían viendo por la cercanía del barrio. Cuando Carlos se acercó a ella con intenciones más serias, mi padre no lo soportó. Puso sus cartas sobre la mesa y, de la nada, le dio un ultimátum a mi madre: "Quiero que te cases conmigo, hoy mismo en la noche voy a ir a pedir tu mano". Y cumplió. Entró a la casa de mis abuelos, habló como se hacía antes y ella aceptó. Esa es la versión oficial que se cuenta en las cenas familiares.
—¿Y cuál es la versión no oficial? —susurró Elena, visiblemente intrigada.
—La que me contó mi tía Lupe, que siempre ha sido una buscona de pleitos. Ella asegura que Carlos ya estaba saliendo formalmente con mi madre. Para él fue un golpe tremendo que ella le dijera, de la noche a la mañana, que lo dejaba para casarse con mi padre. Carlos reaccionó como el hombre impulsivo que es: fue a la casa de mis abuelos a armar un escándalo monumental. Eso terminó en un pleito a golpes entre las familias y en una enemistad que dura hasta el día de hoy.
Hice una pausa, recordando el ambiente de mi infancia.
—La familia de Carlos no es precisamente una pera en dulce, Elena. Son cerca de doce hermanos. Históricamente han sido los buscapleitos del barrio, de los que toman en la calle, molestan a los vecinos y, en sus peores épocas, algunos se dedicaron al robo de transporte público. Son lo que en el barrio llaman "chacales". Aunque mi padre y mis tíos no eran ningunos santos, tuvieron serios problemas con la calaña de esa familia. Desde niño recuerdo la mala vibra al pasar frente a su casa. De hecho, cada vez que yo traía a una novia nueva a la cuadra, sus hijos me gritaban burlas desde la esquina para provocar malentendidos.
Elena procesó la información en silencio. El relato justificaba perfectamente por qué el tema jamás había salido a la luz en nuestro matrimonio. Me acomodé en la almohada, pensando que con esto las interrogantes habrían terminado y que el juego con el vecino moriría ahí mismo, sepultado por el peso del pasado familiar.
Pero me equivoqué de forma increíble.
—Y Carlos... ¿cómo fue contigo? —preguntó Elena, con una mirada fija, expectante, que reflejaba un brillo especial y peligroso.
Me quedé incrédulo. ¿En serio quería saber los detalles de mi relación con él? Sus ojos me convencieron de seguir hablando.
—Tampoco es que fuera especialmente malo conmigo. Más bien indiferente. Cuando los demás primos o hermanos me gritaban cosas, él casi nunca participaba; a veces se reía, pero él mismo les ponía un alto. Les imponía mucho respeto, es el mayor de la familia que aún queda en el barrio. Una vez me peleé a golpes con uno de sus hijos y Carlos salió a separarnos. Yo me llevé la peor parte, claro. No teníamos trato, pero si me lo cruzo, lo saludo y él me corresponde de manera fría pero formal. Lo que sí es un hecho...
Me quedé con la palabra en la boca. Elena ya había vuelto a la carga. Sus manos se deslizaron por debajo de las sábanas, comenzando a acariciar mi miembro con lentitud, mientras con la otra mano jugaba sutilmente con su propio clítoris. Estaba buscando las palabras correctas para terminar la frase, pero su ritmo me estaba nublando el juicio.
—¿Qué? No lo pienses, solo dilo —me incitó, con la respiración entrecortada.
—La vibra que sienten los demás en el barrio... también la siento yo.
—¿Qué vibra, mi amor?
—Una vibra como de... respeto. De autoridad.
—¿De respeto... o de dominación? —preguntó ella, agudizando la caricia.
—Cuando él da una orden en la calle, los demás obedecen sin dudar.
—¿Como si se tratara del líder de la manada?
—Sí, algo así.
En ese momento, Elena rompió toda distancia. Se subió encima de mí en un movimiento rápido, guiando mi miembro hacia su interior. Soltó un suspiro largo y comenzó a moverse con giros abruptos, de adelante hacia atrás, devorándome. Una vez que encontró su ritmo, volvió a la conversación sin detener su vaivén.
—La verdad es que... lo entiendo perfectamente —dijo, jadeando.
—¿Qué entiendes?
—Eso que mencionas de su autoridad. En realidad... yo lo siento dentro de mí cada mañana.
—¿Te refieres a su presencia física?
—No solo a eso... siento su dominación —confesó, acelerando el movimiento de sus caderas—. Cuando Carlos me habla, es como si solo existiera él en el mundo. No puedo pensar en nada más. Todas las mañanas salgo con la firme idea de negarme a subir a su camioneta, pero cuando se detiene, baja la ventanilla y me dice "Súbete", siento un vértigo terrible en el estómago... y mi cuerpo se mueve solo, obedeciéndole.
El corazón me dio un vuelco. La combinación de sus movimientos y sus palabras me estaba llevando al límite.
—¿Y cuándo te pidió que se fueran a ese motel... qué sentiste?
—Sentí que no me estaba preguntando, sino que me estaba dando una orden. Como si yo no tuviera el derecho de desobedecerlo.
—¿Entonces por qué no te fuiste con él en ese momento?
—Ya te lo dije... —Elena soltó un gemido agudo, apretando sus músculos internos alrededor de mí—. Pensé en que te enojarías conmigo. Me costó muchísimo trabajo decirle que no.
—Y ahora que sabes quién es... ¿te irías con él?
—La verdad... sí. Antes no entendía por qué me afectaba tanto, solo sentía la tentación. Pero ahora que me contaste su pasado, lo entiendo todo.
—¿De qué hablas? —pregunté, sosteniéndola firmemente por la cintura.
—Su presencia me hace sentir un respeto primitivo... sumisión.
—¿Como si fuera un macho alfa?
—¡Sí, eso, exactamente eso! —gritó, clavando sus uñas en mis hombros—. Lo sentí como un macho alfa. Sentí la necesidad biológica de estar con él.
—¿Pero no te da miedo? Te acabo de decir la clase de familia que tiene.
—Sí me da miedo, pero la atracción es mil veces más fuerte.
—¿Aún sabiendo que se acostaba con mi tía?
—¡Sí! Porque sé que se cogía a tu tía... y mucho más aún porque, como mujer, te lo puedo asegurar... —Elena se inclinó hacia mi oído, rozando sus labios con los míos con una malicia pura—. Te aseguro que también se cogía a tu mamá.
Esa frase me hizo estallar por dentro. El tabú, la humillación fantaseada y la crudeza de sus palabras me nublaron la vista. Sosteniendo sus caderas con fuerza salvaje, aumenté la velocidad de las embestidas, llevándola al límite del delirio.
—¿Y por eso... quieres acostarte con él? —le exigí saber, rozando el clímax.
—No... con un hombre así una no se acuesta ni hace el amor —gimió ella, con la mirada perdida en el placer
—. Mi cuerpo no me pide eso... mi cuerpo me pide que... que me aparee con él.
—¿Entonces?...
—Entonces, solo dilo... Quiero escucharlo de tu boca. Dímelo.
—Quieres ponerme los cuernos con Carlos —solté, rindiéndome por completo a la fantasía.
—¡Sí! ¡Quiero ponerte los cuernos con Carlos! Quiero que me entregues a él... para que me aparee con ese macho.
—Sí, mi amor... Te voy a entregar a él para que te coja como una puta.
—Gracias, mi vida. Te amo.
—Yo también te amo.
La segunda entrega de esa noche fue destructiva, mucho más intensa que la primera. Ambos terminamos exhaustos, con la respiración entrecortada y la piel pegajosa de sudor. Nos dejamos caer de lado, frente a frente, mirándonos a los ojos con una intensidad casi aterradora antes de fundirnos en un beso largo y profundo.
Al separarnos, nos recostamos mirando al techo en un silencio prolongado. En mi mente empezó a operar el mecanismo de siempre: la fantasía es un catalizador increíble en la cama, pero una vez que el orgasmo pasa, la mente se enfría y todo vuelve a su sitio, quedando archivado solo como un juego mental. El calor del momento se estaba apagando.
Hice un esfuerzo para levantarme e ir al baño, pero Elena me detuvo firmemente del brazo. Me jaló de vuelta a la cama y me abrazó, acomodando mi cabeza contra su pecho mientras me acariciaba el cabello con una ternura desconcertante.
—Te amo, soy tan feliz de estar contigo —me susurró dulcemente.
—Yo también te amo, eres lo mejor de mi vida.
—Y me encanta que tengas una mente tan perversa... Adoro que me sigas el juego.
—Para eso estamos, mi amor.
—Solo espero que estés realmente preparado —añadió, y su tono de voz cambió por completo, perdiendo la dulzura y volviéndose extrañamente seria.
Me incorporé un poco sobre el codo para mirarla.
—¿Preparado para qué?
—Para pasar de la fantasía a la realidad.
La miré a los ojos buscando cualquier rastro de broma, pero no lo encontré. El corazón me dio un vuelco, esta vez no por excitación, sino por la repentina lucidez del peligro.
—Entonces... ¿de verdad quieres hacerlo?
Elena asintió lentamente, con una chispa de determinación en la mirada.
—Sí... Déjame hacerlo. Deseo acostarme con Carlos.
La adrenalina volvió a correr por mis venas, pero esta vez con un tinte completamente distinto. Habíamos cruzado el punto de no retorno.
—Ok, mi amor —respondí, sintiendo un escalofrío en la espina dorsal—. Si eso es lo que quieres... se hará como tú digas.
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