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07: Perras en celo (Parte I)




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Compendio III


07: PERRAS EN CELO (Parte I)

(Nota de Marco: Una vez más, el relato se alargó más de lo que esperaba, por lo que tuve que cortarlo en 2. Lamento las molestias. Subiré la 2nda parte más tarde. )

La cuna chirrió cuando Jacinto se dio vuelta en su sueño. Los dedos de Marisol se clavaron en mi muslo bajo las sábanas: no una petición, sino una exigencia.

07: Perras en celo (Parte I)

Por la noche, después de que nuestros hijos se durmieran, mi esposa me pidió que la masturbara igual que lo había hecho con Katherine ese mismo día. Intenté describirle con todo detalle el jardín trasero de Kat, cubierto de setos, y cómo Titán aulló al percibir el aroma del deseo de su dueña. Le conté la frescura del césped al tumbarnos en el suelo y lo apretada que estaba la vagina de Kat mientras la frotaba y lamía. Para entonces, mi pene ya empujaba contra los pechos de Marisol y, al igual que Kat, ella también quiso probarla.

Marisol se inclinó sobre mí, su lengua enroscándose alrededor de mi miembro mientras yo seguía estimulando su clítoris con los dedos. La forma en que me mamaba era distinta a la de Katherine, más experta, más exigente. Gemía con mi verga en la boca cuando le conté cómo Clarissa me había agarrado de la cintura y me había engullido entero, cómo arqueó la espalda en el momento exacto en que la empujé dentro de su boca por primera vez. Fue entonces cuando Marisol nos giró en un 69, su humedad goteando sobre mi barbilla mientras me llevaba más adentro.

Estábamos hambrientos el uno del otro. El sabor ácido de su rosado sexo me volvía loco, igual que los jugos de Kat lo habían hecho horas antes con Titán, que intentó por todos los medios escapar de su corral. Marisol me tomó entero, su boca amorosa no acostumbrada a tragar mi pene de ese modo.

Mi esposa gimió y se estremeció, sus caderas empujando contra mi boca mientras lamía su clítoris con furia, sincronizando el ritmo de su mamada. Su humedad cubría mi barbilla, escurriendo sobre las sábanas, prueba de cuánto la excitaban mis relatos. Atragantó ligeramente cuando empujé más adentro, su garganta apretándose alrededor de mí de una manera que hizo arder mis testículos.

+ ¡Por favor, Marco! - jadeó, separándose apenas lo suficiente para susurrar… - ¡Cuéntame otra vez cómo Clarissa lo suplicó!

Accedí, diciéndole que, como la mayoría de las australianas que había conocido, nunca le habían comido el sexo, algo que hizo que mi esposa se corriera en mi boca, pero yo no había terminado. Marisol se estremeció cuando introduje mi dedo en su colita, igual que había hecho con Kat ese día. Le conté que, a diferencia de ella, el ano de Kat era virgen, mi dedo apenas podía penetrarla más allá. Esto enloqueció a mi mujer.

Se apretó alrededor de mí, sus caderas arqueándose violentamente mientras mi pulgar circulaba su clítoris y mi dedo medio trabajaba su ano en empujones superficiales.

+ ¡Ay, sí!… ¡Sí!... ¡Así! - gimió, su voz quebrándose mientras el orgasmo la atravesaba.

Sus paredes se contraían alrededor de mi pene en pulsos erráticos, sus jugos derramándose sobre mis muslos. Gemí, sintiendo su garganta convulsionar alrededor de mí mientras me tragaba más hondo, su nariz presionada contra mi pelvis.

No pude aguantar más y tuve que correrme en la boca de mi esposa. Ella, emocionada, tragó y saboreó mi semen mientras me vaciaba en ella. Al liberarme, le conté que con Kat tuve que moderarme, porque mis eyaculaciones eran demasiado para ella. Esto hizo que el sexo de mi esposa se humedeciera otra vez de excitación, la idea de una novata dándome oral la llevó al límite. Así que, después de dejar a Kat destrozada y satisfecha, una vez más me excusé para limpiarme y fui al cuarto de Ethan para tirarme a Clarissa.

Le conté que en esta oportunidad, la esposa frustrada de Ethan me estaba esperando despierta, en cuatro patas, lista para la acción. Que el aire almizclado me avisaba que estuvo esperándome despierta, caliente y tocándose, lo que a su vez, encendió a mi esposa como un incendio.

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Marisol jadeó cuando deslicé mi verga dentro de ella sin avisar. La estiré como de costumbre, pero se sintió diferente, más rudo. Mi esposa empezó a gemir mientras le agarraba las caderas, embistiéndola, mordiendo su hombro mientras susurraba cómo el culo de Clarissa se apretaba alrededor de mis dedos cuando los introduje. Le conté cómo gimió cuando empujé mi dedo más adentro en su agujero más estrecho: cómo me rogó que parara, pero movía las caderas contra mi mano. Marisol se estremeció bajo mí, sus paredes palpitando mientras la follaba más fuerte, mis bolas golpeando sus pliegues empapados.

A pesar de no haber follado la colita de mi esposa demasiado en esos días, Marisol seguía rogándome que la tomara en cuatro, pues así había estado empotrando a Clarissa en la cama de Ethan y así planeaba tomar a Kat por primera vez. Sin embargo, el sexo de mi esposa se apretaba de la manera perfecta que me hacía sentir en el nirvana. Azoté mis huevos contra su melena desbordante, haciendo que mi mujer gemiera más fuerte que nunca, excitada por la idea de que follara el culo de Clarissa (algo que ansíaba probar) y el sexo casi virgen de su hija.

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Marisol gimió cuando le inmovilicé los brazos tras la espalda, igual que había hecho con Clarissa ese día, mi verga clavándose hondo en sus pliegues empapados mientras susurraba obscenidades en su oído.

- ¡Imagina la conchita apretada de Kat agarrándome así! - gruñí, mis caderas embistiendo su trasero. - ¡Imagina cómo gritará Clarissa cuando por fin le meta la verga en el culo!

Mi esposa se estremeció, sus paredes palpitaron alrededor de mí de forma errática mientras volvía a correrse, sus jugos chorreando por mis muslos.

- ¡Imagíname pervirtiendo a la esposa y la hija de Ethan en su propia cama, convirtiéndolas en mis putas personales! - Provoqué a Marisol aún más, ahogando sus gemidos en la almohada.

primera vez

Mantuve la voz baja, sin querer despertar a Jacinto con nuestra depravación. Pero el cuerpo de mi esposa reaccionaba con demasiada fuerza: su sexo se apretó más que nunca mientras mi verga se hundía en su calor húmedo, su culo temblando bajo mi agarre.

No pude resistirme. El culo de mi esposa exigía atención, y su gemido de gratitud sonó dulce mientras empezaba a deslizar mis dedos dentro y fuera de ella. Todo su cuerpo tembló, la cama se sacudió como en un terremoto, mientras le recordaba que tanto la madre como la hija eran vírgenes por el culo. Que ambas iban a perder sus virginidades anales conmigo (Clarissa primero, pues Kat no estaba lista) y lo apretados que estarían sus agujeros. Marisol se estremeció otra vez, su sexo chorreando alrededor de mi verga mientras la follaba con furia renovada, mis dedos trabajando su ano al ritmo de mis embestidas.

Su respiración se cortó cuando estimulé su clítoris con mi pulgar, mi verga enterrada hasta el fondo.

- Vas a mirar, ¿Verdad? - gruñí en su oído, mi voz áspera de lujuria. - ¿Vas a verme arruinarlas a las dos? ¿Abrirlas, hacerlas gritar?

El gemido de Marisol quedó ahogado por la almohada, sus caderas arqueándose descontroladamente mientras mis palabras la llevaban al límite.

+ ¡Uy, sí! … ¡Sí! … ¡Cuéntame más! - suplicó, su voz quebrada por la desesperación.

- ¡Voy a arruinarlas a las dos! - continué, empotrando a mi esposa hasta el fondo. - ¡Las voy a follar a ambas en la cama de Ethan, convirtiéndolas en mis putas! ¿Quieres eso, verdad, Ruiseñor?

Le pregunté a mi esposa usando su apodo cariñoso. Ella dejó escapar un gemido suave, asintiendo con furia, su pelo café acaramelado pegado a su frente sudorosa mientras se apoyaba contra el cabecero. El aroma a sexo impregnaba las sábanas, mezclándose con el leve olor a lavanda del suavizante, igual que olía el cuarto de Clarissa horas antes, cuando había hundido su cara en el colchón. Mi pene palpitó dentro de Marisol al recordarlo, mis dedos clavándose en sus caderas con fuerza suficiente para dejar marcas.

+ ¡Dime! - jadeó, arqueando la espalda. - ¡Dime cómo lo harás!

- Mañana, voy a tomar a Katherine. - compartí mi plan. - Ella ya no puede resistirse a mi verga y la quiere. (Gruñí, embistiendo más fuerte y haciendo gemir a mi esposa.) Luego, cuando termine con ella, follaré a su madre y le avisaré que pronto iré por su culo.

Esto enloqueció a Marisol, sus movimientos se volvieron desesperados y necesitados bajo mí.

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Su cálido y húmedo sexo se apretó, suplicando mi liberación. Mis párpados temblaron brevemente, su contracción volviéndome loco. Embestí más y más fuerte, sin poder aguantar, y con toda mi fuerza, por fin me dejé ir, llenándola de mi semen. Las piernas de mi esposa temblaron mientras me vaciaba dentro de ella, su cuerpo respondiendo con réplicas de placer. Sus dedos se clavaron en las sábanas, agarrándolas con fuerza mientras jadeaba por aire, su pecho subiendo y bajando rápidamente.

Quedamos pegados, mi hambrienta virilidad formando un puente entre nosotros. Me desplomé a su lado y apreté sus tetas. Marisol rió suavemente, cansada y divertida.

+ Todavía te gustan mis pechos, ¿Verdad, amor? - preguntó con esa voz dulce e inocente que me excita.

07: Perras en celo (Parte I)

- ¡Siempre! - respondí mientras las masajeaba y besaba su hombro.

Mis dedos se demoraron en sus pezones, provocándolos hasta endurecerlos de nuevo: pequeños piquitos rosados en forma de fresa contra su piel blanca como leche. Se estremeció, arqueándose hacia mi contacto incluso cuando el agotamiento pesaba en sus miembros.

Nos acurrucamos juntos, nuestro sudor mutuo uniéndonos en una niebla refrescante, y nos dormimos, nuestras manos explorando los cuerpos del otro incluso en el subconsciente. Mis sueños se llenaron del aroma de Katherine, sus dedos titubeantes trazando el contorno de mi verga a través de mi pantalón mientras Titán gemía en su corral. Me desperté justo antes del amanecer, mi erección presionando el muslo de Marisol, ya imaginando la boca de Kat envolviéndome mientras su madre miraba con ojos verdes hambrientos.

Al sentir movimiento, Marisol no perdió tiempo en su rutina matutina de atender mi virilidad. La chupó y besó con dedicación, deseando ya que estuviera manchada con los jugos del sexo de Kat y los de Clarissa. Solo sonreí y disfruté la atención de mi esposa. Su lengua recorrió la vena de mi verga con movimientos lentos y deliberados, como si memorizara mi sabor antes de que otra mujer pudiera reclamarlo. El calor húmedo de su boca contrastaba con el aire fresco de la mañana que se filtraba por la ventana entreabierta, y cuando sus labios se cerraron alrededor del glande, gemí, enredando mis dedos en su pelo revuelto por el sueño.

+ Ya estás pensando en ellas, ¿Verdad? - preguntó, haciéndome arquear las caderas. Mi respuesta, un zumbido, vibró contra mi verga, sus esmeraldas verdes mirándome: despiertas, posesivas y ansiosas.

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- ¡Sí! - admití con honestidad, soltando una risa contenida mientras acariciaba su cabeza y ella me tomaba más hondo. - ¿Eso me hace un mal esposo y papá?

Los ojos de Marisol brillaron con juego, sus labios estirándose en una sonrisa alrededor de mi verga.

+ No creo. – me calmó, separándose lo justo para que su lengua girara bajo el glande. - Este juguete es demasiado grande para que lo maneje solita.

Luego me tragó entero otra vez, chupando como si fuera la zanahoria más afortunada del mundo: sus mejillas hundidas, su garganta trabajando alrededor de mí en tragos lentos y calculados. Gemí, viendo su pelo castaño derramarse sobre mis muslos, la luz matutina atrapando los reflejos dorados entremezclados.

Tuve que vaciarme. Aunque Kat y Clarissa me excitaban, la boca de Marisol quería su desayuno diario. Once años de experiencia oral me dejaron indefenso y tuve que ceder al deseo de mi esposa, con Marisol tragando cada chorro como si fuera un sorbo de café caliente. Su garganta trabajó alrededor de mí con facilidad practicada, extrayéndome hasta la última gota mientras sus dedos trazaban círculos perezosos en mis muslos internos, como siempre hacía cuando quería prolongar el efecto. Me arqueé hacia su boca, gimiendo mientras los últimos espasmos me hicieron retorcerme contra su lengua, sus labios sellados firmemente hasta que estuve completamente vacío. Solo entonces se apartó, limpiándose la boca con el dorso de la mano, sus esmeraldas verdes brillando de satisfacción.

+ ¿Mejor? – preguntó coqueta, su voz ronca de sueño y arrogancia.

- Sí, más manejable por ahora.

La besé en los labios, sin entender realmente por qué le gustaba tanto que me acostara con otras mujeres. Su lengua rozó la mía, probando los restos de nuestra mañana. Salados, posesivos. Sin embargo, mientras me duchaba, mi verga se puso más dura bajo el agua hirviendo: ese día sería el día en que follaría a Kat por primera vez. El vapor se enroscaba alrededor de mí mientras me enjuagaba y enjabonaba anticipándolo, mis dedos recorriendo el contorno de mi erección como una promesa. Los gemidos imaginados de Kat resonaban en mi cráneo: cómo agarraría las sábanas, cómo su sexo apretado lucharía por aceptarme.

Al volver al dormitorio, con gotas aun resbalando por mi pecho, Marisol hizo un puchero al verme sacar una tira de condones del cajón. Su labio inferior sobresalía, sus dedos retorciendo la sábana.

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+ ¿De verdad vas a usar esos? - preguntó, su voz cargada de algo entre celos y frustración.

Me detuve, arqueando una ceja mientras ella se arrastraba hacia mí, sus pechos balanceándose.

+ Quiero sentirla después. - admitió, sus dedos rozando mi cadera. - Quiero saborearte dentro de ella.

La confesión me sacudió, mi verga palpitando contra mi muslo.

- ¡Sí, lo sé! - respondí, tenso y excitado, apretando el envoltorio. - Pero Marisol, entiende que Kat apenas supera los veinte. Yo soy el adulto aquí y debo actuar con responsabilidad.

El condón crujió en mi mano cuando sus pezones rozaron mi cadera, aún húmedos por la ducha. Soltó un suspiro al ver cómo mi verga reaccionaba a su cercanía: ya medio erecta de nuevo, traicionando mis palabras.

Sin embargo, Marisol sonrió con complicidad, sus dedos siguiendo el rastro de agua por mi abdomen.

+ ¡No eres tú quien entiende la situación, amor! - declaró en un tono dulce como la miel, acercándose hasta que sus muslos desnudos enmarcaron los míos. El calor de su piel se filtró en mí mientras susurraba contra mi clavícula. - Esa chica nunca ha visto una verga tan grande como la tuya... nunca ha sentido una carga tan enorme como la tuya... (Su lengua asomó para lamer una gota de mi pecho.) Y si es como yo a su edad, está muriendo por sentirte dentro, llenándola de semen.

Tragué saliva, sintiendo un frío hilo de sudor recorriendo mi espalda. Marisol lo notó y continuó:

+ Así que sí, puedes ser el adulto responsable. Pero apuesto a que ella querrá sentirte sin condón. -Lo predijo con una sonrisa pícara, apretándome contra su cuerpo cálido, seductor y desnudo en un abrazo.

Reí nervioso: la idea de Kat rogando por sentirme al natural era suficiente para que mi verga palpitara contra el muslo de mi esposa.

Manejé mi camioneta hacia la casa de Kat, mi verga ya sobresaliendo como una antena de radio, mis hombros rígidos como si me hubiera golpeado un rayo. Todavía me cuesta procesar que dos australianas me quieran de esa manera. En mi juventud, las mujeres apenas me notaban, excepto Marisol, claro. Sin embargo, no solo he estado follando sin parar con las mujeres de la junta directiva de mi empresa, sino que ahora, aparentemente, también con las esposas e hijas de los hombres. La ironía no se me escapaba: cómo pasé mis veintes invisible, solo para llegar a los cuarenta y de repente recibir susurros de invitación en salas de juntas y reuniones por igual. Mis nudillos se blanquearon en el volante al pensar que una chica la mitad de mi edad me quería dentro de ella.

Cuando llegué a casa de Kat, mi único pensamiento era que ella quería que la mirara. Kat esperaba en el porche, recostada contra la barandilla con una cadera ladeada, sus shorts desgastados subidos lo suficiente para revelar los hoyuelos sobre su culo. La tela fina de su camiseta se pegaba a sus pechos, el contorno de sus pezones visible incluso desde lejos. Su atuendo resaltaba sus tetas firmes, una versión más nueva y más tensa comparada con las de su madre. De la cintura para abajo, su trasero tonificado y sus piernas largas me hicieron salivar. Sin embargo, su mirada firme, mordiendo su labio y el rubor en sus mejillas lo decían todo: He estado en sequía de verga y quiero que tú la rompas.

primera vez

Ella no esperó a que dijera una palabra. Kat se abalanzó sobre mí en cuanto mis zapatillas pisaron los escalones del porche, sus dedos enredándose en mi camisa mientras aplastaba su boca contra la mía. El sabor a labial de cereza y chicle de menta inundó mi lengua: se había preparado para esto, sus manos guiándome hacia su culo redondo y firme. Sus caderas se frotaron contra el contorno palpitante de mi verga a través del jean, y cuando sus dedos bajaron para agarrarme el trasero, soltó un pequeño gemido de victoria contra mis labios. Como si hubiera ganado un maldito premio solo por sentir lo duro que estaba por ella.

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La seguí de nuevo a su jardín trasero, su culo moviéndose burlonamente al caminar. En el corral de Titán, estaba casi tan furioso como un oso: probablemente había olido el aroma entre las piernas de Kat y lo estaba volviendo loco. Sin embargo, la pequeña provocadora solo tenía ojos para mí, sin siquiera intentar entrar al corral para saludar a Titán. Una vez que logré ponerle el arnés, nuestro paseo al parque fue difícil. Titán estaba casi salvaje, intentando con todas sus fuerzas deslizar su hocico entre las piernas de Kat, así que tuve que sostenerlo con una correa ajustada. Pero Kat estaba tan cerca de mí que mi mano descansaba a unos centímetros de su sexo, sus tetas regordetas casi envolviendo mi brazo.

07: Perras en celo (Parte I)

En el parque para perros, los tirones frenéticos de Titán llamaron la atención: no solo por su tamaño, sino por la manera en que su hocico se lanzaba hacia los muslos de Kat con obsesión singular. Una mujer de cabello plateado que sujetaba un Pomeranio jadeó cuando casi me desequilibró, su correa tensándose mientras Kat reía y se apretaba más contra mí. Sus dedos se deslizaron en el bolsillo trasero de mi pantalón como si reclamara posesión, su cadera chocando contra la mía con cada paso. Los tipos lanzando frisbees se congelaron a mitad del tiro, sus ojos siguiendo el balanceo del culo de Kat en esos shorts de mezclilla. Uno murmuró algo a su amigo que los hizo sonreír: probablemente adivinando que era un bastardo rico pagando por un bomboncito joven. Qué más daba. Nunca sabrían cómo su respiración se aceleró cuando mi pulgar rozó accidentalmente la parte interna de su muñeca.

El gruñido de Titán resonó en su pecho cuando un corgi se acercó demasiado, sus pelos erizándose mientras se interponía entre Kat y los otros perros. El coro habitual de ladridos del parque se apagó a nuestro alrededor, reemplazado por un silencio cauteloso. Incluso el Doberman dos bancas más allá le dio espacio. Las uñas de Kat se clavaron en mi antebrazo cuando Titán se alzó de repente, sus patas golpeándole la cintura.

• ¡Jesús! - rió, tambaleándose cuando su lengua lamió el sudor brillante en su vientre. Apenas logré sujetarlo a tiempo, los músculos de mis hombros ardiendo.

- ¡Maldición, está peor que un universitario cachondo!- gruñí, enrollando la correa alrededor de mi puño dos veces.

La sonrisa de Kat era puro desafío, su mirada bajando intencionalmente al bulto que tensaba mi cremallera.

infidelidad consentida

• Supongo que no es el único.

Como era imposible soltar a Titán de la correa, tuvimos que llevarlo de vuelta a casa. El paseo fue una batalla: Titán lanzándose hacia adelante con cada paso, su nariz palpando mientras el aroma de Kat permeando en el aire húmedo entre nosotros. Los tipos del frisbee se detuvieron de nuevo, uno silbando bajito mientras los dedos de Kat se deslizaban posesivamente por mi brazo.

> ¡Bastardo afortunado! - gritó el otro, sonriendo como si supiera exactamente lo que pasaría después.

A Titán no le importaban sus comentarios ni la correa clavándose en su pelaje. Su enfoque era único, primario: el olor del deseo de Kat pegándose a sus muslos, volviéndolo loco.

De vuelta en el corral, las patas de Titán arañaron el enrejado mientras luchaba por soltar su arnés. Su respiración era caliente y desbocada contra mi muñeca, sus ojos albos fijos en las caderas de Kat mientras ella cambiaba su pose de un pie a otro a mi lado.

• Alguien está ansioso… - comentó ella, mordiendo su labio mientras Titán emitía un gemido que sonaba más a gruñido.

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Finalmente el arnés se soltó, pero Titán apenas lo notó: estaba demasiado ocupado presionando su hocico contra la cerca, su lengua colgando como si pudiera saborearla a través del metal. En cuanto la puerta del corral se cerró, se lanzó contra ella con un golpe sordo, sus garras dejando arañazos frescos en la tierra.

Kat no esperó a que me recuperara. Caminó con descaro hacia el rincón sombreado del jardín donde las hortensias crecidas nos ocultaban de las ventanas de los vecinos, sus caderas balanceándose con intención exagerada.

• Así que… dijiste que las perras en celo menean el culo a los machos que quieren. - exclamó por encima del hombro, su voz goteando falsa inocencia. Sus dedos se engancharon en la cintura de sus shorts mientras me miraba: ojos verdes brillando bajo sus pestañas. - ¿Lo estoy haciendo bien?

primera vez

Los shorts cayeron al césped con un susurro, revelando una tanga tan transparente que bien podría haber sido seda de araña. Mi garganta se secó cuando se puso a cuatro patas, su culo arqueado hacia arriba, la tela desapareciendo entre sus labios hinchados como si hubiera sido tragada entera. Los ladridos frenéticos de Titán desde el corral sonaban distantes comparados con el rugido de sangre en mis oídos. Sus dedos se extendieron en la tierra, nudillos blancos, mientras se balanceaba hacia atrás lo suficiente para dejarme ver el brillo húmedo entre sus muslos.

Tuve que recuperar el sentido. Yo era el adulto. Kat bien podría ser mi hija.

- Kat, ¿Eres virgen? - pregunté, mientras sacaba un condón.

Se sonrojó ante la pregunta. Finalmente iba a suceder.

• ¡No, no lo soy!- respondió su voz, tímida pero decidida. - Pero el tuyo parece más grande que los de los chicos con los que he estado.

De alguna manera, sus palabras me pusieron aún más duro. Kat era feminista, pero con un lado travieso. Podía imaginarla en bares, abriendo las piernas mientras algún tipo la follaba por atrás en un baño. O aplastada contra la pared, montando al tipo. O incluso yendo a glory holes donde la pequeña perra mamaba vergas a su antojo.

• ¡Oh, por favor, no!- suplicó cuando comencé a envolver mi verga con el condón.

La predicción de Marisol se cumplía por completo. Kat prácticamente se abalanzó sobre mí, sus dedos rodeando mi muñeca: suaves al principio, luego apretando con insistencia desesperada.

• ¡No lo uses! - El condón crujió entre nosotros, su respiración descompasada mientras apoyaba la frente contra mi hombro. - ¡Has sido tan bueno conmigo! (suplicó, sus labios rozando mi clavícula.) ¡Me enseñaste tanto!

Su mano libre deslizó por mi pecho, las yemas de los dedos recorriendo mis abdominales antes de cerrarse alrededor de mi miembro. Un gemido escapó de su garganta al sentir el latido de mi corazón allí.

• ¡Y he soñado con tu verga estirándome! - Su agarre se tensó, su pulgar pasando por la punta rezumante. - Así que por favor… no lo uses.

Nos besamos suavemente. En cierto modo, me hizo sentir como un adolescente otra vez: la anticipación nerviosa, cómo su respiración se cortaba cuando mis dedos seguían su espalda…

- Lo pregunté porque podría lastimarte. - logré decir, mi voz más ronca de lo que pretendía. El recuerdo de Marisol haciendo una mueca la primera vez relampagueó en mi mente: cómo había cojeado durante días después, cómo le temblaban los muslos al sentarse. - Mi esposa dijo que la dejé adolorida, así que quería asegurarme. Si eres virgen, está bien. Podemos hacerlo y seré cuidadoso. Pero si no lo eres, puedo soltarme.

Los labios de Kat se curvaron en una sonrisa contra los míos, sus dientes mordisqueando juguetonamente mi labio inferior.

• ¡No lo soy! - prometió, su voz firme a pesar del temblor en sus manos mientras agarraba mis hombros. - ¿Pero si lo fuera? (Sus ojos verdes brillaron con algo temerario.) Aun así querría que fueras el primero.

Se recostó boca arriba, las hojas de hortensias rozando sus muslos desnudos mientras levantaba su falda. La vista de ella: la delgada tanguita ya apartada, su ranura brillante e hinchada, hizo que mi verga se estremeciera contra su cadera. Empujé lentamente, apretando los dientes ante la resistencia. Estaba tan apretada que Kat bien podría haber sido virgen; sus paredes se cerraron alrededor de mí como un guante, su jadeo tan agudo que asustó a un gorrión en los arbustos.

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• ¡Dios mío, tu cabeza es enorme! - gimió, sus dedos arañando la tierra.

(Oh my gosh! Your head is huge!)

Los ladridos frenéticos de Titán aumentaron mientras me hundía más profundo, su cuerpo estirándose para acomodarme entre respiraciones cortas y jadeantes.

Empujé lentamente, con dificultad. Titán ladraba como loco en su corral, mientras los jugos de excitación de su dueña goteaban de su sexo. Cuando finalmente me detuve, aún quedaba un cuarto de mi verga fuera de Kat. Ella jadeaba, agotada. No tenía duda de que era el más grande que había tenido.

- ¿Sabes? Deberías montarme primero, así podrás manejar mejor mi tamaño. - propuse.

Para Kat, la idea sonaba extraña, pero no protestó cuando rodamos por la hierba y la dejé encima de mí. Bajo la luz de la mañana, su figura se veía imponente, sus tetas magníficas bajo la camiseta. Rió ebria por mi tamaño.

07: Perras en celo (Parte I)

- ¡Se está poniendo caliente! ¡Deberías quitarte esa camiseta! - sugerí.

Kat siguió mis instrucciones y sus pechos eran impresionantes para una mujer de su edad: rosados con pezones pequeños y erectos, listos para ser probados y mordisqueados. Comencé a apretar su muslo suavemente, animando su movimiento. Le gustó. Su sexo estaba tan apretado que apenas podía moverse.

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Sus tetas se sacudían con cada embestida sutil. Su culo y abdomen temblaban de una manera que me recordaba a las abejas polinizando flores: frenéticos, rítmicos, completamente consumidos por el instinto. La luz del sol capturaba el sudor entre sus pechos mientras se balanceaba hacia adelante, sus muslos temblando al intentar tomarme más adentro. Sus manos en mi pecho me apretaban fuerte, cálidas y sudorosas, como si rogaran tragármelo entero.

• ¡Mierda! ¡Eres tan grueso!- jadeó, sus dedos clavándose en mis pectorales mientras ajustaba el ángulo.

(Fuck! You’re so thick!)

La siguiente embestida arrancó un gemido de su garganta (mitad dolor, mitad asombro) mientras su cuerpo cedía otra pulgada. Los ladridos de Titán se volvieron febriles, sus patas arañando la malla metálica del corral como si pudiera oler su desesperación.

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Las caderas de Kat se estremecieron cuando pellizqué sus pezones, su espalda arqueándose bruscamente mientras el placer la sacudía. Su respiración se volvió acelerada, sus ojos verdes abriéndose apenas lo suficiente para clavarse en los míos: desorbitados y aturdidos, como si hubiera olvidado parpadear. Bajo nosotros, la hierba estaba aplastada en una huella húmeda de nuestros cuerpos, la tierra fresca contra mis hombros.

• ¡Dios! - su voz quebró cuando sus paredes se estremecieron alrededor de mí, sus muslos apretándose contra mis caderas.

Por un segundo, pensé que dejaría de moverse por completo, pero entonces se hundió con más fuerza, sus uñas arañando mi pecho.

• ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!

Su canturreo se disolvió en un gemido mientras el orgasmo la recorría, su sexo palpitando como si intentara exprimirme hasta la última gota. Sonreí hacia ella, mis pulgares circulando sus pezones endurecidos.

- ¿Ya? - me burlé, empujando hacia arriba solo para verla estremecerse. Su quejido fue una mezcla de frustración y asombro.

La locura de Titán alcanzó su punto álgido detrás de nosotros: garras arañando el metal, sus gruñidos interrumpidos por ladridos agudos y frustrados. Kat apenas lo notó. Estaba demasiado ocupada mirando mi verga, aún enterrada en ella, aun palpitando.

primera vez

• ¿No te...? - dejó la frase a medias, sus dedos flotando cerca de su clítoris hinchado como si no pudiera creerlo.

Reí, apartando su mano antes de que pudiera sobre estimularse.

- Los adolescentes acaban rápido porque piensan con la cabeza equivocada. - expliqué, balanceando mis caderas para enfatizar el punto. Su respiración se cortó, sus muslos temblando mientras se adaptaba al lento y profundo roce dentro de ella. - Los adultos saborean la comida.

La analogía la hizo reír (un sonido alegre y sin aliento) antes de que la volteara, inmovilizándola bajo mí en un movimiento fluido.

Sus piernas se engancharon instintivamente alrededor de mi cintura, los talones clavándose en mi espalda mientras embestía con determinación. El ángulo era más profundo ahora, la cabeza de mi verga rozando algo que hizo que sus ojos se volvieran hacia atrás.

• ¡Oh, mierda! - Sus manos volaron a su boca, mordiendo sus propios dedos para ahogar el sonido.

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Los ladridos de Titán se volvieron frenéticos, sus patas golpeando la cerca en un ritmo desquiciado que coincidía con nuestro ritmo. Me pregunté si podía olfatearla: el almizcle de su excitación, la sal de su sudor, la forma en que su cuerpo se apretaba alrededor de mí como si intentara memorizar mi forma. Las uñas de Kat arañaron mis hombros cuando me incliné para chupar un moretón en su cuello, sus caderas empujando al encuentro de cada embestida.

- ¿Sientes eso? - gruñí contra su piel. - ¡Así es como un verdadero macho te hace suya!

Su gemido de respuesta fue mitad sollozo, mitad quejido.

Para entonces, ya no nos importaban los ladridos y quejidos de Titán. Golpeaba la cerca, la mordía, la combatía, pero el alambre de acero era inmune a su rabieta. Por un minuto, la idea de un trío con el husky pasó por mi mente, pero probablemente lucharía contra él con dientes y uñas, porque el culito apretado de Kat era mío para ser estrenado.

07: Perras en celo (Parte I)

Cuando la volteé de nuevo, los ojos de Kat se abrieron como los de un ciervo asustado bajo los faros. No tenía idea de que esto fuera posible. Sus labios se separaron en un jadeo silencioso cuando mis caderas empujaron hacia adelante, enterrándome más hondo de lo que jamás había sentido. La diferencia fue inmediata: su cuerpo se arqueó sobre la hierba, los dedos arañando mis antebrazos como buscando un ancla.

• ¡Dios mío! … ¿Qué? – se ahogó, su voz quebrándose a medias cuando llegué hasta el fondo con una embestida implacable.

Su sexo se contrajo alrededor de mí en espasmos, sus paredes interiores palpitando como un latido frenético.

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Mi ritmo se mantuvo constante, mis movimientos seguían lentos, duros y rígidos. Pero la única diferencia fue que empujé más profundo, estirando su sexo incluso más de lo que ella creía posible. Y me tomó cuatro o cinco embestidas alcanzar el cuello de su matriz. La boca de Kat se abrió en un grito silencioso, sus dedos arañando mis bíceps mientras su cuerpo se curvaba sobre la hierba. Sus ojos se volvieron hacia atrás, mostrando los blancos mientras jadeaba como si le hubieran dado un puñetazo: no de dolor, sino de pura sensación abrumadora.

Sonreí y seguí empujando, confiado a pesar de sus temblorosas protestas. El cuerpo de Kat traicionó sus palabras: sus caderas levantándose hambrientas para encontrarse con las mías, sus paredes resbaladizas palpitan como rogando más.

- ¡Shh! – susurré contra su garganta, sintiendo su pulso acelerarse bajo mis labios. - ¡Solo déjalo pasar!

Su jadeo se convirtió en un gemido cuando llegué hasta el fondo otra vez, mi pelvis presionando su clítoris con firmeza deliberada. La sensación debió ser abrumadora; sus dedos se enredaron en mi pelo, tirando bruscamente mientras sus muslos me agarraban como un tornillo.

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Cada nueva embestida significaba un nuevo jadeo y orgasmo para ella, su cuerpo temblando como una hoja en una tormenta. Los ojos de Kat se volvieron hacia atrás, sus labios abiertos en un grito silencioso mientras mi verga presionaba sin piedad contra su matriz. Era demasiado: sus manos aleteaban débilmente contra mi pecho, sin empujarme, sino aferrándose, como si no supiera si rogar por más o por piedad. Sus muslos temblaban alrededor de mis caderas, sus dedos enroscándose en la hierba mientras otro clímax la atravesaba, su sexo apretándose tan fuerte que sentí cada latido, cada pulso de su rendición.

Una cascada de placer interminable golpeó a Kat una y otra vez mientras mi ritmo se volvía frenético, mis movimientos más profundos. Sus ojos, antes abiertos por incredulidad, ahora se volvían hacia atrás, sus labios separados en un jadeo silencioso de shock. La forma en que su sexo se estiraba alrededor de mí (apretado pero dócil) era obscena, sus paredes internas palpitando como un latido descontrolado. Cada embestida presionaba sin piedad contra su matriz, remodelándola desde adentro. Sus dedos arañaban mis hombros, sus uñas marcando medias lunas en mi piel como si no supiera si empujarme o atraerme.

• ¡Dios mío! ¿Qué? – exclamó de nuevo, su voz quebrándose a medias, su cuerpo arqueándose sobre la hierba como una cuerda tensa ante la nueva y desconocida sensación.

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Estaba presionando su matriz. Apretándola. Moldeándola a mi voluntad. Todo el cuerpo de Kat se tensó cuando llegué hasta el fondo: sus muslos apretándose alrededor de mis caderas como si intentara fusionarnos, sus uñas grabando medias lunas en mis bíceps. Los blancos de sus ojos brillaron cuando su boca se abrió en un grito mudo, su respiración entrecortándose en jadeos.

•¡E-estás… adentro! - balbuceó, su voz hecha añicos.

Su sexo palpitó alrededor de mí en contracciones frenéticas, como si su cuerpo no supiera si expulsarme o atraerme más profundo. Me quedé quieto, dejándola adaptarse, observando cómo la conmoción se expandía por su rostro como una piedra cayendo al agua.

Y cuando estaba hasta los huevos dentro de ella, sus gemidos se volvieron rítmicos, sin importarle ya si sus vecinos elegantes escuchaban cómo la empotraba el rival laboral de su padre. El sonido de piel golpeando piel rebotaba en las hortensias, interrumpido por los ladridos frenéticos de Titán y el distante zumbido de una podadora: algún padre suburbano ajeno a la depravación ocurriendo a tres casas de distancia. Los dedos de Kat se retorcieron en la hierba, arrancando mechones de tierra mientras sus caderas se sacudían sin control.

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• ¡Es… es demasiado! - intentó jadear, pero las palabras se desintegraron cuando mi siguiente embestida golpeó su cuello uterino, su cuerpo arqueándose del suelo como un cable electrificado.

Su sexo se apretó alrededor de mí en pulsos rápidos e involuntarios, como si su cuerpo intentara ordeñarme hasta secarme mientras suplicaba piedad.

El momento en que nuestras bocas chocaron, su grito vibró contra mi lengua: caliente, dulce y ahogado. Sus muslos temblaron violentamente alrededor de mi cintura cuando el primer chorro grueso de semen pintó su matriz de blanco, sus paredes internas palpitando como alas de colibrí. Pude sentir el instante exacto en que su cuerpo registró el calor abrasador; sus uñas arañaron mi espalda con fuerza suficiente para sacar sangre, sus dientes clavándose en mi labio inferior para sofocar otro grito quebrado. El segundo chorro hizo que sus dedos se enroscaran en la tierra, sus caderas levantándose ávidamente para recibir cada gota como si su cuerpo hubiera olvidado sus propios límites. Para el tercer pulso, sus ojos se volvieron hacia atrás, su gemido ahogado contra mi clavícula donde había enterrado su rostro: mitad en éxtasis, mitad en incredulidad por la extraña plenitud que estiraba su interior.

07: Perras en celo (Parte I)


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