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: El secreto compartido

Doña Carmen tenía 68 años, pero su cuerpo aún conservaba esa suavidad madura que el tiempo no había logrado endurecer del todo. Sus pechos pesados colgaban con naturalidad bajo las blusas flojas, sus caderas anchas se movían con un vaivén lento cuando subía las escaleras para atender a su esposo, don Raúl, postrado en la silla de ruedas desde hacía cuatro años. La pensión apenas alcanzaba para las medicinas y la comida. El préstamo que había pedido en la financiera del barrio ya llevaba tres meses de atraso. Los intereses se comían lo poco que entraba.
Esa tarde de viernes, mientras limpiaba el pasillo, escuchó las voces que salían del cuarto de su nieto Daniel. El chico de 19 años había llegado de la universidad con dos amigos. Hablaban en voz baja, pero no lo suficiente.
—…ya junté los 8 mil, wey. Con eso me alcanza para una de las caras de la lista esa de Telegram. Me va a dejar correrme en la cara, me va a dejar metérsela por atrás… nunca he hecho nada de eso, cabrones. Quiero que sea de una vez todo lo que tengo guardado en la cabeza desde los 15.
Carmen se quedó paralizada con el trapo en la mano. Sintió un calor extraño subirle por el cuello. No era solo vergüenza. Era también… curiosidad. Y miedo. Mucho miedo.
Esa noche, acostada junto a su esposo que roncaba suavemente, no pudo dormir. Pensaba en Daniel. En cómo de pequeño se le subía a las piernas para que le contara cuentos. En cómo ahora era casi tan alto como su abuelo, con esos hombros anchos que empezaban a definirse. Pensaba en los 8 mil pesos que él había juntado con tanto esfuerzo. Y en los 22 mil que ella debía.
“No puedo. Sería una traición horrible a Raúl. Él no se merece esto.”
Pero otra voz, más baja, más necesitada, le susurraba:
“¿Y si solo es una vez? Nadie se enteraría. El muchacho se quita esa espina… y yo pago lo que debo. Sería como… ayudarlo a crecer. Como siempre lo he hecho.”
Pasaron cuatro días de silencio incómodo. Daniel apenas la miraba a los ojos en la mesa. Carmen tampoco sabía cómo empezar.
Hasta que el quinto día, por WhatsApp, llegó el primer mensaje inocente.
Daniel
8:17 pm
Abue, ¿me prestas 200 para el pasaje? se me olvidó la cartera en el salón
Carmen
8:19 pm
Claro mi amor Te los dejo en la mesita de la entrada. Cuídate mucho, ¿sí? Te quiero
Daniel
8:21 pm
Gracias abue, eres la mejor del mundo
Y así empezaron. Mensajes diarios. Buenos días con emojis de sol. Buenas noches con corazoncitos. Fotos de la comida que ella le guardaba en tuppers. Fotos de él en la universidad, sudado después de fútbol.
Hasta que una noche, pasadas las once, llegó el mensaje que cambió todo.
Daniel
11:34 pm
Abue… ¿puedo preguntarte algo medio personal?
Carmen
11:36 pm
Tú pregúntame lo que sea, mi vida. Sabes que contigo no tengo secretos.
Daniel
11:38 pm
Es que… el otro día estabas cerca de mi cuarto cuando hablaba con los weyes. ¿Escuchaste algo?
Carmen sintió que el corazón se le salía por la boca. Sus dedos temblaron sobre el teclado.
Carmen
11:40 pm
Sí, mi amor. Escuché. No fue mi intención… pero escuché.
Daniel
11:41 pm

Perdón abue, qué vergüenza. No quería que supieras esas cosas.
Carmen
11:43 pm
No tienes que pedirme perdón por tener deseos, Daniel. Eres joven. Es normal. Solo me dolió un poquito pensar que ibas a pagar por algo tan… íntimo. Con una desconocida.
Daniel
11:45 pm
No sé qué hacer. Quiero, pero me da miedo. Y a la vez… no quiero que sea con cualquiera.
Silencio. Tres minutos eternos.
Carmen
11:49 pm
Y si no fuera con cualquiera… ¿te gustaría?
Daniel
11:50 pm
¿Cómo?
Carmen
11:52 pm
Si alguien que te quiere mucho… alguien que te conoce desde siempre… estuviera dispuesta a ayudarte. A darte eso que tanto deseas. Sin que tengas que pagar una desconocida.
Daniel
11:54 pm
Abue… ¿estás hablando de ti?
Carmen
11:56 pm
Sí, mi vida. Estoy hablando de mí.
Sé que está mal. Sé que tu abuelo…
Pero también sé que debo mucho dinero. Y tú tienes esos 8 mil juntados.
Podríamos ayudarnos mutuamente. Solo una vez. Nadie tendría que saberlo.
Daniel
11:59 pm
Dios… no sé qué decir. Me tiemblan las manos.
Carmen
12:01 am
No tienes que decir nada ahorita. Solo piénsalo.
Pero si decides que sí… yo estaría dispuesta a ser tu putita por una noche.
A dejar que te corras en mi cara como tanto sueñas…
A abrirme para ti atrás también, despacito, con calma…
A enseñarte todo lo que quieras aprender.
Daniel
12:04 am
Abue… estoy muy duro solo de leerte.
Carmen
12:06 am
¿Te gusta imaginarme arrodillada delante de ti? ¿Con la boca abierta esperando?
Daniel
12:07 am
Sí… mucho.
Y también quiero verte de espaldas… con las nalgas abiertas para mí.
Carmen
12:09 am
Entonces ven a mi cuarto el sábado por la noche.
Tu abuelo toma su medicina a las 9 y se duerme hasta la mañana.
Trae el dinero… pero no porque te lo cobre.
Tráelo porque así los dos quedamos en paz con nuestras deudas.
Y después… me vas a hacer todo lo que has soñado.
Voy a ser tu abuelita cariñosa… y también tu putita sucia.
¿Te gusta cómo suena?
Daniel
12:12 am
Me encanta.
Te amo, abue.
Y quiero hacerlo todo contigo.
Carmen
12:14 am
Entonces descansa, mi amor.
Guárdate toda esa leche para mí.
El sábado voy a tragarme cada gota… y después voy a pedirte que me llenes por atrás hasta que no pueda más.
Buenas noches, mi niño grande
Carmen apagó el celular y se quedó mirando el techo oscuro. Una lágrima le rodó por la mejilla. No sabía si era de culpa… o de una anticipación prohibida que ya le humedecía entre las piernas.
Solo sabía que el sábado, cuando el reloj marcara las 9:15, abriría la puerta de su habitación… y dejaría entrar al nieto que tanto amaba, dispuesto a convertirse, por una noche, en el hombre que la haría suya de todas las formas que él había soñado.

El sábado llegó con una lentitud que parecía torturarla y excitarla al mismo tiempo. Doña Carmen pasó el día en una especie de trance: limpió la casa dos veces, preparó la cena para don Raúl como si fuera cualquier otro sábado, le dio sus pastillas a las 8:45, lo ayudó a acostarse en la cama médica que ocupaba la mitad del dormitorio principal. A las 9:03 él ya roncaba profundamente, con esa respiración pesada y monótona que Carmen conocía de memoria.
A las 9:15 exactas, Daniel tocó suavemente con los nudillos en la puerta de la habitación de huéspedes que ella había preparado. No era la habitación matrimonial; Carmen había decidido que aquello no debía manchar el lecho que compartía con su esposo desde hacía 45 años. Había puesto sábanas limpias en la cama individual, una lámpara tenue de luz ámbar, y sobre la mesita una botella pequeña de aceite de almendras que había comprado esa misma tarde en la farmacia, diciendo que era “para los dolores de las articulaciones”.
Daniel entró descalzo, con el pantalón de deporte y una playera vieja. Llevaba un sobre blanco en la mano. Lo dejó sobre la cómoda sin decir nada.
Carmen estaba de pie junto a la ventana, con una bata de satén azul oscuro que apenas le llegaba a medio muslo. Debajo no llevaba nada. Sus pechos se marcaban pesados contra la tela fina, los pezones ya endurecidos por la anticipación y el fresco de la noche.
—Aquí está… los 8 mil —murmuró él, con la voz ronca—. Pero… no es por eso que vine.
Ella se giró despacio. Sonrió con esa ternura de siempre, pero había algo nuevo en sus ojos: una mezcla de vergüenza, cariño y deseo crudo.
—Lo sé, mi amor. Ven… acércate.
Daniel dio dos pasos. Se detuvo a un metro. Podía oler el perfume suave que ella usaba desde que él tenía memoria, mezclado ahora con un aroma más íntimo, más húmedo.
Carmen se acercó ella. Le tomó las manos y las puso sobre sus caderas.
—¿Estás seguro? —preguntó en voz baja, casi como una madre que confirma que su hijo quiere ir al parque—. Una vez que empecemos… no hay vuelta atrás esta noche.
Daniel tragó saliva.
—Quiero que seas tú, abue. Nadie más. Te deseo desde hace años… y ahora que sé que tú también… no puedo pensar en otra cosa.
Ella asintió. Se puso de puntillas y le dio un beso suave en los labios, el primero de verdad entre ellos. No fue maternal. Fue lento, húmedo, con lengua. Daniel gimió contra su boca.
Carmen se separó un poco, respirando agitada.
—Entonces… siéntate en la orilla de la cama.
Él obedeció. Ella se arrodilló entre sus piernas sin prisa. Le bajó el pantalón de deporte junto con el bóxer. La erección saltó, gruesa, venosa, ya brillante en la punta.
—Dios mío… —susurró Carmen, admirándola con ojos brillantes—. Mi niño ya es todo un hombre.
Tomó el miembro con ambas manos, acariciándolo despacio, de arriba abajo. Luego se inclinó y pasó la lengua por toda la longitud, desde los testículos hasta el glande. Daniel se estremeció entero.
—¿Quieres que te la chupe hasta que te corras en mi cara, verdad? —preguntó mirándolo desde abajo, con voz ronca y traviesa—. Como me contaste que soñabas.
—Sí… por favor, abue…
Carmen sonrió con picardía. Abrió la boca y lo tragó entero de una sola vez. No era experta en garganta profunda, pero lo intentó con ganas, gimiendo alrededor de él, dejando que la saliva le corriera por la barbilla. Daniel le agarró el pelo con cuidado, sin jalar, solo sosteniéndola mientras ella subía y bajaba la cabeza con ritmo creciente.
—No aguanto… abue… me voy a…
Ella se sacó el miembro de la boca un segundo, jadeando.
—Hazlo. Córrete en mi cara, mi amor. Píntame toda.
Volvió a chuparlo con fuerza, moviendo la mano al mismo tiempo. Daniel se tensó, gruñó bajito y explotó. El primer chorro le cayó en la mejilla izquierda, el segundo en la nariz, el tercero directo en los labios abiertos. Carmen cerró los ojos y dejó que le resbalara por la cara, caliente y espeso. Cuando terminó, ella se lamió los labios y sonrió con cara de niña traviesa cubierta de semen.
—Qué rico sabe mi nieto… —susurró—. Pero esto apenas empieza.
Se levantó, se quitó la bata y quedó completamente desnuda. Sus pechos grandes y caídos, el vientre suave con estrías plateadas del tiempo, el pubis con vello grisáceo pero bien recortado. Se giró, se puso a cuatro patas sobre la cama y miró hacia atrás.
—Ahora… lo que más quieres. Mi culito virgen para ti. Nunca se lo di a nadie más que a tu abuelo… y hace muchos años que no me toca así.
Daniel se acercó temblando. Tomó el aceite de la mesita, se echó en los dedos y empezó a masajearle el ano con suavidad. Carmen gimió bajito.
—Despacito, mi vida… ve abriéndome… con los dedos primero.
Él metió un dedo, luego dos. Ella empujaba hacia atrás, pidiéndole más. Cuando sintió que estaba lista, Daniel se colocó detrás, la punta contra el anillo apretado.
—¿Lista, abue?
—Dámela toda… hazme tuya por detrás.
Empujó despacio. La cabeza entró con un “pop” suave. Carmen soltó un gemido largo, mezcla de dolor y placer. Daniel se quedó quieto un momento, acariciándole la espalda.
—Estás tan apretada… abue…
—Muévete… despacito… sí… así…
Empezó a bombear con cuidado. Cada embestida un poco más profunda. Carmen se agarraba de las sábanas, jadeando.
—Más fuerte… mi amor… no tengas miedo… rómpeme el culo si quieres…
Daniel perdió el control poco a poco. Las caderas chocaban contra las nalgas grandes y blandas de su abuela. El sonido húmedo llenaba la habitación. Carmen se tocaba el clítoris con una mano, gimiendo sin parar.
—Voy a correrme otra vez… abue…
—Adentro… lléname el culo… quiero sentir cómo palpitas dentro de mí…
Daniel se hundió hasta el fondo y se vació por segunda vez, gruñendo su nombre. Carmen tembló debajo de él, alcanzando su propio orgasmo casi al mismo tiempo, con un grito ahogado que tuvo que morder la almohada para no despertar a nadie.
Se quedaron así un rato, él aún dentro, ella jadeando. Luego Daniel salió despacio, viendo cómo su semen blanco empezaba a gotear del ano abierto.
Carmen se giró, lo abrazó y lo besó en la boca, todavía con restos de su primera corrida en la cara.
—Mi niño grande… —susurró—. Gracias por dejar que tu abuelita te ayudara con tus fantasías.
—Y gracias a ti… por ser mi putita esta noche —respondió él, sonriendo con timidez.
Ella le acarició la mejilla.
—Solo esta noche… ¿verdad?
Daniel la miró a los ojos.
—No lo sé, abue… creo que ya no voy a poder olvidarme de esto.
Carmen suspiró, mitad culpable, mitad satisfecha.
—Ni yo, mi amor… ni yo.
Se acurrucaron juntos en la cama estrecha, desnudos, sudorosos, oliendo a sexo y a cariño prohibido. Afuera, la noche seguía su curso. Adentro, algo había cambiado para siempre.

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