
Estoy tumbado en la cama, pegado a la espalda de Marta, escuchando su respiración profunda y regular. El frío se cuela por la ventana mal cerrada y me eriza la piel, pero su cuerpo me da un calor que me mantiene vivo. Intento no moverme mucho para no despertarla, pero la cabeza no me deja en paz. No puedo dejar de pensar en el primer día de trabajo… y en cómo terminó.
Llegamos calados. El sirimiri ese que parece poco pero te empapa hasta los huesos. Habíamos decidido volver andando al ático porque “parecía que llovía poco”, y al final llegamos hechos una sopa, el traje pegado al cuerpo, los zapatos chapoteando. Subimos las escaleras estrechas, abrí la puerta con la llave que aún olía a cerveza de la cervecería de abajo, y el desastre nos cayó encima como un mazazo.

La trampilla del techo —esa ventana de madera vieja que da al tejado inclinado— no estaba bien cerrada. No sé si fue el viento, si la dejamos entreabierta por despiste o si nunca cerró del todo, pero el agua había entrado a chorros. Caía directamente sobre la cama grande, formando charcos en el colchón, empapando las sábanas que aún olían a nuevo. Las maletas abiertas en el suelo eran un lago: la ropa de Marta chorreando, los zapatos nadando, el neceser volcado con el maquillaje diluido.
Revisamos todo desesperados. Lo único seco era un viejo chándal mío de algodón gris, olvidado en una bolsa de plástico dentro de la maleta. Marta lo miró, luego me miró a mí.—No, Caco, quédatelo tú —dijo, con esa voz que intenta ser fuerte pero se nota que está al borde.
Señalé su traje: chorreaba agua por las mangas. El mío, por algún milagro, solo tenía manchas oscuras en los hombros y la espalda. La camisa blanca de ella estaba transparente, pegada al cuerpo, y se le marcaban los pezones y el tatuaje del pecho. El mío había aguantado mejor.
—Tú estás peor —le dije—. Ponte el chándal. Yo me quedo en camisa y pantalón.
Se resistió un segundo, pero cuando vio que su ropa interior también estaba empapada y que mi camisa blanca aún estaba decente, cedió. Se dio la vuelta, se quitó la chaqueta y la falda con movimientos rápidos, y por un momento me quedé mirándola. Desnuda de espaldas, el culo firme, la espalda musculada del gym, el tatuaje de la serpiente en el muslo que se enroscaba hacia arriba. Luego se giró un poco para ponerse el chándal y vi el de adelante: las tetas operadas pero naturales, el piercing en los pezones que brillaba bajo la luz tenue, el tatuaje floral-geométrico que le cruza el pecho como una corona. Estaba buenísima. Siempre lo ha estado.
Me di cuenta entonces: llevaba bragas. Unas de encaje negro, húmedas pero puestas. En los aseos del Gobierno Civil, cuando me había hecho la mamada y luego yo a ella, iba sin nada debajo de la falda.
No pude aguantarme.—¿Y eso? —le pregunté, señalando con la barbilla—. ¿Cómo es que ahora sí llevas bragas?
Marta se rio, esa risa ronca y traviesa que me pone a mil incluso en un momento como este.
—Antes de que llegaras al baño me las quité —dijo mientras se subía el pantalón del chándal—. Pensé que con lo nervioso que estabas igual me las rompías de un tirón, y no estamos para gastar dinero en ropa interior a lo tonto. Pero luego, antes de salir, me las puse otra vez. No iba a volver a casa con el coño al aire por la Parte Vieja.
Los dos nos reímos, un poco histéricos, esa risa nerviosa que sale cuando todo es un desastre pero estás vivo y juntos. La tensión del día se rompió un segundo.
Nos pusimos manos a la obra. Cogimos la fregona vieja que había en el armario de la cocina, bayetas, trapos, cubos. El agua seguía goteando de la trampilla, así que primero intentamos taparla con una bolsa de basura y cinta americana, el agua ya no entraba pero tenía que hacer un arreglo mejor. Secamos el suelo, la cama, las maletas. Todo olía a humedad y a moho viejo multiplicado.
Para calentar la casa solo había un calefactor eléctrico de los años 80, de esos con resistencias al aire libre. Lo enchufamos a toda potencia. A los cinco minutos saltó el automático. La luz se fue, el frigorífico se paró, todo en silencio.
Buscamos el cuadro eléctrico detrás de una puerta camuflada en la pared. El automático general había saltado. Lo subimos, pero vimos la pegatina: potencia contratada 3,45 kW. Mínima para un ático de 45 m². Con el calefactor, la nevera y una bombilla ya íbamos justos. Si poníamos la vitrocerámica o el microondas, volvía a saltar.
Llamamos al dueño. Contestó con voz de funcionario cansado.
—Lo siento mucho —dijo—. Las normas municipales para viviendas de este tamaño no permiten más potencia. Si quieren más, tienen que cambiar la instalación y pagar la acometida nueva, que son meses.
Discutimos. Yo saqué mis conocimientos técnicos: “Con 3,45 kW no se puede ni cocinar ni calentar decentemente, esto es una estafa”. Marta aportó lo legal: “En el contrato de alquiler dice que la vivienda debe ser habitable, y con esta potencia no lo es en invierno”. El dueño no cedió. Nos sugirió contratar bombonas de butano y comprar una estufa catalítica.
Llamamos a Repsol, Cepsa, varias empresas de butano. Todas nos dijeron lo mismo: “En San Sebastián hay lista de espera por alta demanda. Le damos cita en 5-7 días para la primera bombona”. No teníamos días. Teníamos frío ya.
Y hambre. Habíamos ido a trabajar sin desayunar, el día había sido eterno, y entre el papeleo, el vídeo del subdelegado, la mamada en los aseos y ahora esto, no habíamos comido nada. El estómago me rugía.
—Vamos a por pinchos —dijo Marta, poniéndose una sudadera mía encima del chándal—. Necesitamos comer algo caliente y un vino para entrar en calor.
Elegimos el Bar Zeruko, uno de los más famosos de la Parte Vieja por sus pinchos creativos y su ambiente. Estaba a diez minutos andando, pero con el sirimiri y el frío ya se hacía eterno. Salimos del ático, cerramos la puerta con dos vueltas (aunque ya daba igual), y bajamos las escaleras empapadas.
Al llegar a la calle, el olor a mar nos dio en la cara. Empujamos la puerta del Zeruko. El calor del local, las voces, el ruido de platos y el olor a cocina nos envolvieron como un abrazo.Y ahí nos quedamos, en la entrada, mirando la barra llena de pinchos que brillaban bajo las luces.
La puerta del Zeruko se cerró detrás de nosotros con un tintineo suave. El calor del local nos pega en la cara como una bofetada amable después del sirimiri frío de la calle. Dentro huele a aceite caliente, a pimientos asados, a txistorra y a ese olor indefinible que tienen los bares de pintxos cuando están llenos: mezcla de mar, vino y sudor de cocineros.
Hacemos una pareja extraña, la verdad. Yo con el traje gris arrugado, la corbata floja, la camisa blanca con manchas oscuras de lluvia en los hombros. Marta con mi chándal viejo de algodón gris: el pantalón le queda ancho en las caderas y largo en los tobillos, la sudadera le cae por los hombros y le tapa medio culo. Parece una niña que se ha puesto la ropa del hermano mayor. Pero aun así, se mueve con esa seguridad que siempre ha tenido, y más de un cliente gira la cabeza al verla pasar. Que coño, vestida con un saco de basura seguiría estando buena.
Nos acercamos a la barra. Un camarero joven, con barba recortada y camiseta negra del bar, nos saluda en euskera:
—Kaixo, ongi etorri!
Marta y yo nos miramos. Yo levanto las manos en señal de rendición.
—Lo siento, no entendemos euskera —digo.
El camarero se ríe, cambia a castellano sin esfuerzo.—No pasa nada, bienvenidos. ¿Qué os pongo?
Marta pide una cerveza. Yo, un vino. El camarero asiente y le pregunta a ella:
—¿Zurito?
Marta pone cara de póker absoluto.—¿Cómo?
—Zurito. Cerveza pequeña. ¿O prefieres caña normal?
Marta se ríe.—Zurito entonces.
Yo también me río por dentro. Descubrimos que en San Sebastián “zurito” es el tamaño más pequeño de cerveza: menos que una caña de Madrid, un vasito de 150-200 ml, perfecto para acompañar un pintxo sin emborracharte de golpe.
La barra es un escaparate: pintxos de txangurro, de foie con manzana, de bacalao al pil-pil, de jamón con tomate, de tortilla de patata que parece recién hecha. Todos tienen pinta de obra de arte pequeña. Pedimos un par para probar: uno de txistorra con pimientos, otro de pulpo a la gallega, otro de anchoas con pimiento verde. Cada uno con su palillo y su nombre escrito en la pizarra.
Comemos. Bebemos. Pedimos más: otro zurito para Marta, otro vino para mí. El camarero nos sonríe cada vez que pedimos. La gente alrededor habla en euskera y castellano, ríe, brinda. Todos parecen guapos, sanos, con buena ropa. Nosotros dos, con mi chándal en Marta y mi traje arrugado, parecemos los nuevos del pueblo.
El calor del local, el alcohol y la comida nos van subiendo la temperatura corporal. Nos miramos y nos damos cuenta: tenemos la cara colorada, los ojos brillantes. Nos reímos como idiotas.
—Parecemos dos adolescentes después de la primera borrachera —dice Marta.
—Pues sí. Y encima sin un duro.
Pedimos la cuenta. El susto nos llega cuando el camarero nos dice el total: 28 euros. Por cinco pintxos, cuatro zuritos y dos copas de vino. San Sebastián es caro, sí, pero no esperábamos tanto. Marta se palpa los bolsillos del chándal.
—Mierda. Me he dejado la cartera en casa.
Yo saco el último billete de 50 que me dio el abuelo de Blanca antes de irnos. Lo pongo en la barra con vergüenza. El camarero me da cambio y una sonrisa comprensiva.
Salimos a la calle. El sirimiri ha parado, pero el frío cala igual. Caminamos en silencio un rato.
—Todo estaba buenísimo —dice Marta—. Pero no podemos permitirnos comer así todos los días.
—No. Ni de coña.
Preguntamos a un par de paseantes por el super más cercano. Nos indican el Eroski City de la calle San Jerónimo, a cinco minutos. Entramos. Compramos lo básico: leche, café soluble, pan de molde, mantequilla, huevos, pasta, tomate frito, latas de atún, yogures, papel higiénico, jabón. Literalmente me quedo con un euro en la cartera después de pagar.
En la cola de la caja, Marta me mira.
—Los gastos los vamos a gestionar a medias, ¿vale? No te preocupes. Ya te daré para que tengas algo de dinero de bolsillo.
Me hierve la sangre. Me humilla. Pero sé que no puedo quejarme. Ella es la que tiene la cuenta corriente. Asiento sin decir nada.

Salimos del super con las bolsas. Al volver al ático, en un portal hay dos tipos apoyados en la pared, hablando bajito con un chaval que les pasa algo pequeño. Camellos. Venden con toda tranquilidad, como si fuera lo más normal del mundo. Hachís, pastillas, quizás coca.
Me alegro de tener solo un euro en el bolsillo. Porque me está apeteciendo mucho. Muchísimo. Un tirito. Solo uno. Para quitarme este frío de dentro, esta humillación, esta sensación de que todo lo que toco se va a la mierda.
Miro a Marta. Ella también los ha visto, pero no dice nada. Solo aprieta mi mano un segundo.
Subimos las escaleras en silencio. La puerta del ático sigue oliendo a humedad. Entramos. El calefactor está apagado. La cama sigue mojada en una esquina. Nos miramos. Y no sé si reír o llorar.
Sigo en la cama, pegado a la espalda de Marta, escuchando su respiración profunda y regular. El frío se cuela por la ventana mal cerrada y me eriza la piel, pero su cuerpo me da un calor que me mantiene vivo. Intento no moverme mucho para no despertarla, pero la cabeza no me deja en paz. No puedo dejar de pensar en el primer día de trabajo… y en cómo terminó esa noche.
Volvimos del Eroski con las bolsas pesando como plomo. El ático seguía oliendo a humedad, el charco bajo la trampilla se había extendido un poco más, como si la casa llorara por su propia miseria. Dejamos las compras en la cocina minúscula y nos pusimos a hacer una rebusca de ropa seca. Revisamos las maletas otra vez: todo empapado, las camisas, los pantalones, hasta los calcetines. El colchón de la cama estaba húmedo, pero al menos no chorreaba.
Encendimos el calefactor viejo a potencia baja, para no saltar el automático. Lo pusimos cerca de la percha donde colgamos los trajes: el mío gris y el suyo azul. Girábamos la ropa cada diez minutos, como si fuéramos lavanderos medievales. El resto tendría que esperar; no había sitio para secar todo.
Descubrimos que no hay lavadora. Ni siquiera un hueco para ella. Con la potencia mínima contratada, ni de coña daría para enchufarla. “Esto es una trampa”, dije. Marta se rió amarga.
Hicimos una lista de tareas en un papel que encontramos en un cajón. Lo principal: conseguir algo que caliente esta casa. El dueño nos había sugerido butano; llamamos otra vez a Repsol y nos confirmaron la cita en cinco días. Mientras, me comprometí a impermeabilizarlo todo. Con lo que he aprendido con mi padre en chapuzas —pintura impermeabilizante para techos, sellador para ventanas— sé que puedo hacerlo. No es caro: pintura, brochas, masilla. Anotamos: comprar en un Brico Depot o similar.
Luego, buscar una lavandería barata. “En San Sebastián todo es caro”, dijo Marta, y nos reímos los dos, un poco histéricos. “Sí, hasta el aire que respiramos”.
En el trabajo nos habían dicho que no hace falta ir tan elegantes, que eso era solo para la presentación: “Ha habido casos de gente que venía como pordioseros”. A mí me dieron unas botas de trabajo y un casco amarillo para cuando tenga que salir a inspeccionar carreteras o vías. El segundo día iremos elegantes de nuevo, porque no tenemos otra ropa que ponernos. Anotamos: paraguas. Nos reímos otra vez. “Paraguas, el lujo supremo”.
Por fin nos fuimos a la cama. Desnudos. No había pijamas secos, ni sábanas extras. Nos abrazamos bajo la manta fina que encontramos en el armario, para darnos calor. Su piel contra la mía, el olor a ella mezclado con el mío del chándal que llevaba puesto hasta hace un momento. El alcohol del Zeruko nos corría por las venas, un Rioja joven que nos había subido el color a la cara. Ese abrazo, ese calor humano en medio del frío, nos puso cachondos. A los dos.
Marta se giró hacia mí, sus tetas presionadas contra mi pecho, sus pezones duros rozándome. Me besó con urgencia, la lengua invadiendo mi boca, mordisqueándome el labio inferior hasta que dolía justo lo suficiente. Yo le agarré el culo firme, apretándolo duro, las uñas clavándose en la carne. Ella gimió contra mi boca.
—No me arranques los pezones, Caco —susurró, riendo ronca—. No quiero sangrar. Pero si te excita pegarme, hazlo.
No le pegué. No quise. Pero todo lo demás sí. Le bajé la mano por el vientre, los dedos resbalando por su coño depilado, ya húmedo. Metí dos de golpe, follándola con ellos rápido, girándolos dentro mientras le chupaba el cuello, mordiendo la piel hasta dejar marcas rojas. Ella se arqueó, jadeando, las piernas temblando. Le pellizqué los labios mayores, tirando fuerte, retorciéndolos hasta que gritó de placer-dolor.
Yo le abrí la camisa imaginaria —estábamos desnudos ya— y le agarré las tetas, apretándolas salvaje, los pezones entre mis dedos, me tentó retorcerlos pero me contuve. Ella me arañó la espalda, las uñas dejando surcos que ardían. Me bajó la mano a la polla, apretándola fuerte, masturbándome con movimientos bruscos mientras me mordía el hombro.
Le di la vuelta de un empujón. De espaldas, le abrí las nalgas y le metí la lengua en el culo, lamiendo profundo, follándola con ella mientras le metía tres dedos en el coño. Ella gemía alto, el cuerpo convulsionando. Le pellizqué el clítoris, retorciéndolo, y le di palmadas en el monte de Venus que resonaban en el ático. Se corrió gritando, chorros calientes en mi mano, el ano contrayéndose alrededor de mi lengua.
Luego me tocó a mí. Me sentó en el borde de la cama y me la chupó intensa, succionando la polla entera, la garganta apretándome hasta que babeaba. Me mordisqueaba los huevos, apretándolos fuerte, placer-dolor que me hacía jadear. Me pellizcaba los pezones, retorciéndolos mientras me follaba la boca con la polla. Me corrí en su garganta, chorros calientes que ella tragó sin parar, succionando hasta la última gota.
Nos desplomamos en la cama, temblando, el sudor mezclado con el frío del ático. Nos abrazamos otra vez, desnudos, calientes por dentro aunque la casa siguiera helada.
Nos echamos las sábanas y una mantita que estaba seca. El calor del sexo se esfumó rápido así que nos pegamos el uno al otro. Se me volvió a poner dura. Estábamos abrazados y nuestros genitales encontraron el camino para unirse. La penetré pero me quedé quieto. Tampoco Marta se movió. La volteé y quedamos en misionero. Fue un polvo muy distinto. No dijimos nada, justo unos besos pero en esa misma posición empecé a entrar y salir de ella. Cada vez más rápido. Supongo que así lo hacen los matrimonios que llevan años casados y de repente un día aleatorio tienen ganas y lo hacen. Sentía sus duras teas en mi pecho. Sentía sus pirsing rozando mis pezones. Sentía su humedad.
Pero no pude aguantarme en el sexo vainilla. Llevé mi mano derecha a su cuello y le hice una muda pregunta con mis ojos. Marta asintió.
Según apreté su garganta sentí un apretón sutil en la entrada, como si la boca de su coño se cerrara alrededor de la base de mi polla y tirara hacia dentro. Sentí cómo el anillo muscular se contraía justo donde más sensible estoy, atrapándome, y luego se relajó de golpe, dejándome deslizarme un poco más profundo antes de volver a apretar. Era como si su vagina tuviera dedos invisibles que me masajeaban el tronco de abajo hacia arriba.
—Joder… —se me escapó sin querer.
Marta se rió bajito y seguí apretando y soltando, pero ahora, apretaba fuerte con todo el canal. Sentí cómo la pared vaginal se cerraba alrededor de mí como un puño caliente y húmedo, estrujándome desde la raíz hasta la punta. El glande quedó atrapado en una presión perfecta, como si me estuviera ordeñando. Luego soltó, solo un instante, y volvió a contraer, esta vez en oleadas: entrada, medio, fondo. Era una caricia interna ondulante que subía y bajaba por mi polla al mismo ritmo que se la metía y la sacaba.
Cada contracción me hacía gemir. Era intenso, casi demasiado. Sentía la sangre latiendo más fuerte dentro de mí, el orgasmo acumulándose en la base como una bomba a punto de estallar. Cuando apretaba y se quedaba así un segundo, inmovilizándome dentro, el placer era tan agudo que casi dolía. Luego aflojaba y me dejaba deslizarme hasta el fondo, solo para volver a cerrar con fuerza y tirar de mí hacia arriba, como si quisiera tragarme entero.
Apreté más fuerte ahogándola y contrajo todo a la vez, un apretón brutal que me envolvió como un guante de terciopelo caliente y me apretó tan fuerte que casi no podía respirar. Sentí cada vena de mi polla palpitar contra sus paredes, cada contracción suya respondiendo a la mía. Era como follar dentro de una boca que sabía exactamente dónde apretar, cuándo soltar, cómo torturarme de placer.
Me corrí sin aviso, gruñendo como un animal, eyaculaba dentro, cada chorro saliendo más fuerte porque su coño lo exprimía, lo ordeñaba hasta la última gota. Sentí cómo me vaciaba, cómo mi semen se mezclaba con su humedad y cómo su vagina seguía palpitando alrededor de mí, prolongando el orgasmo hasta que me temblaban las piernas. Y solté su cuello, Marta tosió y sonrió, ella también se había corrido. Quise salirme, pero me dijo: Ya se saldrá ella sola, quiero sentirte dentro un poco más.
Cuando se salió me bajé y nos pusimos en cucharita, Marta se durmió enseguida, yo tengo que intentar dormir un poco.
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