
Estoy tumbado en la cama, pegado a la espalda de Marta, escuchando su respiración profunda y regular. El frío del ático sigue colándose por las rendijas, pero ahora no nos toca directamente. Encima del colchón húmedo hemos montado una tienda de campaña para dos que compramos en el Decathlon de la zona comercial. Fue idea mía, desesperado por encontrar una forma de aislarnos del frío y la humedad sin gastar una fortuna. Marta se rio tanto cuando la saqué de la bolsa que casi se cae al suelo.
—Joder, Caco, ¿vamos a hacer glamping en nuestra propia buhardilla? —dijo entre carcajadas.
Pero funcionó. La tela impermeable y el forro térmico nos aíslan de la humedad y del aire helado que baja del techo inclinado. Dentro de la tienda hace calor, casi demasiado. Nuestros cuerpos juntos, el saco de dormir compartido, el aliento condensándose en la tela. Estamos secos por primera vez desde que llegamos. Y calientes. Muy calientes.
Tengo una erección de campeonato. Dura, dolorosa, latiendo contra la espalda de Marta. El roce de su culo contra mí, el olor de su pelo, el calor que desprende su piel desnuda… todo me pone al límite. Pero sé que no va a pasar nada. Le ha venido la regla esta mañana. Cuando le viene, no quiere sexo. Le duelen mucho las tetas, dice que son como piedras calientes y que no soporta ni que las roce la sábana. Mucho menos que se las toque. Lo respeto.
Me muevo un poco para apartarme, para que no sienta mi polla dura presionando contra ella. Ella suspira en sueños, se gira un poco y me pasa una pierna por encima. Ahora estoy atrapado entre sus muslos, la humedad de su regla rozándome la piel. Me muerdo el labio para no gemir. Quiero follarla. Quiero metérsela hasta el fondo y sentir cómo me aprieta, pero sé que no es el momento. No hoy.
Cierro los ojos y pienso en ayer. El segundo día de trabajo.
Nos informamos mejor. Nada de andar bajo el sirimiri con tacones y traje. El bus urbano es caro —2,40 euros por trayecto, casi 5 euros ida y vuelta—, pero es mejor que llegar empapados otra vez. Subimos al 16, que nos dejó cerca del Gobierno Civil. Marta iba con su traje azul y camisa blanca, yo con el traje gris que por fin habíamos secado con el calefactor a baja potencia. Llegamos a tiempo. Cada uno a su puesto.
Yo en la sección de inspección de vías y carreteras, revisando expedientes y planificando salidas de campo. Me dieron el casco y las botas de seguridad que usaré cuando toque ir a obra.
Marta en administración, con su traje azul ajustado que sigue pareciendo un poco fuera de lugar (los compañeros le dijeron que la ropa formal era solo para la presentación, que luego se puede ir más cómoda). Pero no va a ir con mi chándal. Esperamos que para mañana ya haya más ropa seca y pueda elegir. Y yo también.
El día pasó lento, burocrático, pero sin dramas. Sin subdelegados con vídeos chantajeables. Sin mamadas en los aseos. Solo trabajo.
Estaba en mi mesa repasando informes técnicos, de vez en cuando pedía consejo y mis compañeros me lo daban sin mayor problema. Por ahora me dan cosas muy sencillas de revisar. Hasta que de repente se presentó ante mí una señora de unos 40 años vestida como si fuera una montañera: botas de monte, pantalón cargo, chaqueta de forro polar, mochila pequeña al hombro. Destacaba por su peinado —estilo Nekane, o corte a hacha—, que ninguna mujer de Madrid se haría. Pelo corto, flequillo recto y duro, como si se lo hubiera cortado ella misma con unas tijeras de podar.
Empezó a hablarme en euskera, rápido y alto, sin darme tiempo a reaccionar. Le dije que no lo hablaba, que por favor en castellano. No hizo ni caso y siguió hablando en euskera, gesticulando y señalando unos papeles que llevaba en la mano. Mis compañeros en las mesas de al lado de repente tenían mucho trabajo: miraban fijamente sus ordenadores, tecleaban con furia, fingían llamadas urgentes. Nadie me echaba un cable.

Menos mal que apareció mi jefa, una señora que debe llevar allí desde que se construyó el edificio. Se acercó a paso firme, le habló también en euskera a gritos, con tono de “aquí mando yo”. Eso por fin amilanó a la del flequillo. Pasó a hablarme en castellano, aunque con acento fuerte y mala leche.
En definitiva: ella es funcionaria en la Diputación Foral de Gipuzkoa y encargada más o menos de lo mismo que yo. Ha venido a buscarme para ir a revisar unos desprendimientos en una carretera. Por uno de esos líos competenciales tan españoles, la carretera es suya, pero el monte es nuestro y tenemos que hacer un informe conjunto.
Mi jefa se disculpa conmigo y me dice que me ponga las botas que me dieron y que vaya con ella, que siga el protocolo y que no deje que me domine. Me pongo el casco y las botas, voy un tanto ridículo así pero es lo que hay. Cuando nos montamos en su coche, un Toyota Land Cruiser Prado de hace unos años (más todocamino que todoterreno de verdad), vuelve a hablarme en euskera. Le pido que me hable en castellano. Ella se queja y dice que cualquier funcionario destinado en Euskal Herria debería hablar euskera y me da una chapa política que me pone de los nervios: que si la inmersión lingüística, que si el respeto a la identidad, que si los madrileños venís aquí a imponer… Yo solo asiento, miro por la ventana y pienso en lo caro que es el bus, en lo húmedo que está el ático, en lo mucho que echo de menos un sitio donde no tenga que justificar mi existencia cada cinco minutos.
Llegamos al punto del desprendimiento. Un tramo de carretera provincial cortado por tierra y piedras. Ella aparcó, bajó y empezó a dar órdenes como si yo fuera su mozo de carga. “Tú, el de Madrid, coge el metro y mide el talud. No, así no, así. ¿No sabes ni medir un ángulo? Joder, qué inútil”. Cada frase era un latigazo. Me hablaba como si fuera basura, como si mi presencia allí fuera un insulto personal. Me iba enfadando por momentos, pero aguantaba. Me recordaba a mis peores días en Barcelona, cuando me humillaban en los clubes, cuando me trataban como un juguete roto. Y entonces lo vi.
Mientras ella se agachaba a mirar una grieta en el talud, el cuello de la chaqueta se abrió y vi marcas. Dos moretones en forma de dedos en el lado izquierdo del cuello, frescos, morados con borde amarillo. Y cuando levantó los brazos para señalar algo, las mangas se subieron y aparecieron marcas en las muñecas: círculos rojos, como de esposas o cuerdas. No eran accidentes. Eran marcas de sumisión. Esa tía tan tocapelotas, tan mandona, en la intimidad era una sumisa. Las señales lo indicaban sin lugar a dudas.
El enfado se me mezcló con otra cosa. Algo oscuro que llevaba tiempo dormido. Subimos al coche para volver. Ella arrancó y volvió a la chapa política: que si el euskera es el futuro, que si los de fuera no entendemos nada, que si… Me hinché los cojones. Sin pensarlo dos veces, agarré el volante con fuerza y tiré hacia la derecha. El coche salió del asfalto, rodó unos metros por el arcén y quedó oculto entre unos árboles altos y densos. El motor se caló. Silencio.
Ella abrió la boca para protestar. No le di tiempo. Le di una torta seca en la mejilla izquierda, no muy fuerte, pero sí sonora. Agarré su cuello con la mano derecha, apretando justo donde estaban las marcas, y con la izquierda le retorcí el pezón izquierdo a través de la camiseta térmica. Ella soltó un gemido que no era de dolor. Bajé la mano a su entrepierna y apreté fuerte el monte de Venus por encima del pantalón cargo. Sentí la humedad traspasar la tela.
Me paré. La miré a los ojos. Estaba sorprendida, pero no de miedo. Estaba caliente. La tenía dominada.
—¿Por qué paras ahora? —dijo con voz temblorosa—. ¿Es que no tienes huevos para seguir?
La miré fijamente, muy calmado.—Tengo bastantes huevos —respondí—. Pero he parado para que me pidas que te folle y te domine. Si no me lo pides, no te lo hago.
Ella tragó saliva. Respiró hondo. Y dijo, casi en un susurro:—Sí. Quiero que me folles duro. Quiero que me domines.
La saqué del asiento del conductor y la tiré en el asiento trasero. Le arranqué la chaqueta de forro polar y la camiseta térmica. Debajo llevaba ropa interior de encaje negro recargado, corpiño con ballenas, liguero, medias de rejilla. Incoherente con la ropa de montaña, pero coherente con lo que acababa de descubrir. Era una sumisa total.
Le bajé los pantalones cargo de un tirón. El culo era redondo, firme, con un tatuaje de as de picas en la nalga derecha. Le sobra un poco de grasa en el abdomen, pero estaba buena: tetas grandes y pesadas, pezones oscuros y duros, culo para agarrar. Muy follable.
Le abrí las piernas y le metí la polla de una embestida. Ella gritó, pero no de dolor. La follé duro, profundo, agarrándole el cuello con una mano mientras con la otra le retorcía los pezones. Ella gemía alto, pidiendo más. Le di la vuelta, la puse a cuatro patas en el asiento trasero y le metí la polla en la boca. Chupaba como desesperada, garganta profunda, saliva cayendo por la barbilla. Le follé la boca hasta que se atragantó, luego le di la vuelta otra vez y la penetré anal. Entró apretado, pero ella empujó hacia atrás, pidiendo más. La follé el culo con fuerza, agarrándole las caderas, mientras le daba palmadas en las nalgas hasta dejarlas rojas.
Cuando estuve a punto, salí y me corrí en sus manos abiertas. Chorros espesos que le llenaron las palmas. Le ordené:—Trágatelo.
Ella se llevó las manos a la boca y lo lamió todo, tragando sin dejar ni una gota. Me miró con ojos vidriosos, sumisa total.
Nos vestimos en silencio. Antes de montar en el coche, le dije:—No vuelvas a tratarme mal.
Ella intentó recuperar su posición, con voz temblorosa:—¿Y qué vas a hacer si no te hago caso? ¿Vas a volver a hacerme esto?
La miré fijo.—Si no me tratas bien, no volveré a tocarte.
Se quedó callada. Sorprendida. Humillada. Y excitada. El informe conjunto ya no importaba tanto.
Nos volvimos a montar en el coche. El Prado arrancó con un ronroneo suave y ella puso primera sin mirarme. El silencio era denso, cargado. Yo ya había decidido hasta dónde quería llevar esto. Quería probar hasta qué punto la tenía dominada.
—Para en el primer bar decente que veas —le ordené, con voz tranquila pero firme—. Tengo hambre. Me invitas a almorzar.
Ella giró la cabeza un segundo, los ojos entrecerrados, como si fuera a protestar. Pero no dijo nada. Solo asintió y siguió conduciendo. Al cabo de diez minutos apareció un bar de carretera típico: fachada de piedra, cartel de “jatetxea” y “restaurante”, ikurriñas colgadas en las ventanas, lauburus tallados en la puerta, un cartel de “Euskal Herria” en la entrada.
Aparcó al lado de dos furgonetas de reparto. Entramos. El local olía a txuleta a la brasa, a pimientos de Gernika fritos y a café de cafetera antigua. Todos hablaban en euskera: el dueño, los dos clientes en la barra, la camarera joven que nos miró de arriba abajo. Ella pidió mesa en euskera, con voz alta y segura, recuperando esa pose dominante que había mostrado desde el principio. Se sentó frente a mí, cruzó los brazos y me miró como si volviera a ser la jefa.
—Aquí mando yo —dijo en castellano, con media sonrisa—. Pide lo que quieras, pero rápido que tengo trabajo.
Me hizo gracia. Ahí estaba otra vez, la funcionaria mandona, la que da órdenes y pone multas. Pero yo ya sabía lo que había debajo: la sumisa de manual, la que se moja con una torta y un apretón en el cuello. Y el tatuaje de as de picas en el hombro izquierdo me lo confirmaba: su marido pasaba de ella, la dejaba que se la follaran otros. Euskadi no iba a ser tan aburrido como pensaba.

Pedí un menú del día: txuleta poco hecha, pimientos, patatas fritas, vino tinto de Rioja Alavesa. Ella pidió lo mismo, pero sin vino. Pagó sin rechistar.
Cuando se levantó para ir al aseo, me vibró el móvil. Miré la pantalla: Contacto GC. El corazón me dio un vuelco. Descolgué. Una voz distorsionada, grave, metálica:—Cuando vuelvas al Gobierno Civil, ve directo al puesto de seguridad. Tenemos que hablar.
Colgaron. Me puse de los nervios. ¿Quién coño era? ¿El subdelegado? ¿Alguien que había visto el vídeo? Me levanté para ir a mear, a ver si me aclaraba la cabeza.
Al pasar por el pasillo de los aseos vi que ella salía del de señoras. La agarré del brazo, la empujé de vuelta al interior y cerré la puerta con pestillo. La senté en el inodoro de un empujón.
—Chupa, puta —le dije, sacándome la polla ya dura.
Ella abrió los ojos como platos.—Aquí me conocen… —susurró, mirando hacia la puerta.
—Pues no hagas ruido.
Se arrodilló en el suelo sucio del aseo. Se la metió en la boca sin dudar, succionando fuerte, la lengua girando alrededor del glande. La agarré del pelo corto y le follé la garganta profundo, hasta que se atragantó y le cayeron lágrimas. Le di palmadas suaves en la mejilla para que siguiera. Chupaba como si su vida dependiera de ello, babeando, gimiendo bajito.
La puse de pie, la giré contra la pared de azulejos fríos. Le bajé los pantalones cargo y las bragas de encaje negro recargadas hasta los tobillos. Le separé las nalgas y le metí la polla en el culo de una embestida. Entró apretado, caliente. Ella soltó un gemido ahogado. Le tapé la boca con la mano izquierda mientras la follaba duro, profundo, sintiendo cómo su ano se contraía alrededor de mí pija. Con la derecha le retorcía los pezones por encima de la camiseta. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más, las piernas temblando.
Me corrí dentro de su culo, chorros calientes que la llenaron. Sin sacarla, relajé la vejiga y oriné dentro de ella. El líquido caliente se mezcló con mi semen y empezó a gotear por sus muslos.
—¿Qué me haces? —susurró cuando le solté la boca, voz entrecortada.
—Lo que me da la gana, cerda. Que bien que te has corrido.
Y era verdad: sus piernas chorreaban, el suelo del aseo tenía un charco pequeño debajo de ella. Se había corrido sin que la tocara el clítoris.
Nos vestimos rápido, con cuidado. Salimos del aseo como si nada. Nadie pareció notar nada. Volvimos al coche en silencio.
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