
Estoy tumbado en la cama, pegado a la espalda de Marta, escuchando su respiración profunda y regular. El frío del ático sigue colándose por las rendijas, pero dentro de la tienda de campaña estamos secos y calientes, casi sofocados. Tengo la polla dura como una piedra, latiendo contra su culo, pero sé que no va a pasar nada. Le ha venido la regla y cuando le viene no quiere ni que la roce. Le duelen las tetas y no soporta que se las toque. Lo respeto.
No consigo dormir. La cabeza no me deja. Sigo pensando en el segundo día de trabajo… y en cómo terminó esa tarde.
Salimos del bar de carretera. El sirimiri había parado, pero el aire seguía húmedo y frío. Nekane —por fin me enteré de como se llamaba— caminaba delante de mí hacia el Prado, con esa postura de “yo mando aquí” que ponía cuando estábamos en público. Pero yo ya sabía lo que había debajo.
En el aparcamiento, un señor mayor con pinta de casero de pueblo —chaqueta de pana, boina, cara curtida por el sol y el txakoli— se acercó a ella y la abrazó fuerte. Hablaron en euskera, rápido y cariñoso. De pronto Nekane se giró hacia mí y cambió al castellano:
—Carlos, te presento a mi marido, Kepa.
Kepa me dio la mano con fuerza, de esas que aprietan para medir. Sonrió con picardía:
—Te compadezco, chaval. Ahora vas a tener que soportar de vez en cuando a mi Nekane. Es un poco tocapelotas, pero buena gente.
Se rio con ganas. Yo forcé una sonrisa.
—Encantado.
Kepa miró el reloj y luego a mí:—Venga, un pacharán para que te sea más leve el día. Invito yo.
Quise negarme, volver directo a San Sebastián, pero Kepa insistió y Nekane también, con un tono mucho más suave que el que usaba conmigo a solas. Delante de su marido era otra: dulce, casi tímida.
Entramos de nuevo al bar. Kepa pidió dos chupitos de pacharán de la casa. Nekane se excusó y se apartó para hablar por teléfono, apoyada en la barra del fondo.
Kepa me miró, dio un sorbo y dijo bajito, con media sonrisa:
—Así que ya te has follado a mi Nekane. Por mi te la puedes follar cuando quieras.
Me quedé helado. Intenté disimular.
—¿Cómo…?
—No estaba seguro, pero la he visto demasiado relajada al lado tuyo. —Se rio por lo bajo—. Lo dicho: follátela todos los días. Menos el sábado, que es el día que me toca a mí.
Se rio con ganas, como si contara un chiste de bar. Yo también me reí, nervioso, pero aliviado. No había reproche. Solo complicidad.
—¿Y cómo lo sabes? —pregunté, bajando la voz—. Si no te importa decírmelo.
Kepa dio otro sorbo y se encogió de hombros.
—Un hombre sabe cuándo su mujer ha echado un polvo bueno. Se le nota en la cara, en cómo camina, en cómo habla. Y tú… —me miró de arriba abajo— tienes pinta de saber usarla.
Los dos nos reímos, mirando a Nekane, que seguía al teléfono y ponía cara de circunstancias, como si supiera que hablábamos de ella.
Kepa levantó el chupito.—Salud. Y gracias por el favor.
Brindamos. El pacharán quemaba dulce en la garganta.
Nekane volvió, nos miró a los dos y supo que algo había pasado. Pero no dijo nada. Solo sonrió, tensa.
Salimos del bar. Kepa me dio otra palmada en la espalda.—Cuídala, eh.
Se rio otra vez y se fue hacia su furgoneta.
Nekane y yo nos quedamos solos en el aparcamiento. Ella me miró, los ojos brillantes.
—¿Qué te ha dicho?
—Que te folle bien. Y que los sábados se los reserva.
Ella se mordió el labio, excitada y avergonzada a partes iguales.
Subimos al Prado. Arrancó en silencio.
Yo ya sabía que Euskadi no iba a ser aburrido. Para nada.
Nekane me llevó de vuelta al Gobierno Civil. El trayecto fue en silencio absoluto. Ella conducía con la vista fija en la carretera, yo miraba por la ventana los montes empapados y pensaba en lo que acababa de pasar en el aseo del bar.
La sensación de poder —de haberla tenido completamente sometida— me mantenía en una especie de euforia fría.
Llegamos cuando la hora de salir del trabajo ya había pasado. El edificio estaba casi vacío, luces apagadas en la mayoría de las plantas. Pero no podía ignorar la “orden” de la Guardia Civil. Subí directamente al puesto de seguridad como me habían dicho. El guardia de la puerta, un chaval joven con chaleco antibalas y fusil colgado al hombro, me miró de arriba abajo, comprobó mi DNI y me hizo pasar sin decir palabra.

Me metieron en una sala que parecía un armero improvisado: fusiles de asalto colgados en la pared, cajas de munición 5.56 y 7.62, cascos balísticos, un par de lanzacohetes C-90 apoyados en una esquina, hasta dos ametralladoras pesadas (MG3 o similares). El olor a aceite de armas y a metal frío me golpeó de golpe. Yo estaba más que nervioso. Las manos me temblaban.
Dentro me esperaban el comandante del otro día —el mismo que me había dado la tarjeta “Marcos”— y dos sargentos con cara de pocos amigos. El comandante me señaló una silla metálica.
—Ha hecho usted bien en aceptar ese pacharán —dijo, con media sonrisa—. Pero a todos se nos hace tarde, así que vayamos al grano. Siéntese, por favor.
Me senté al punto de la histeria. Empecé a balbucear algo incoherente sobre que no había hecho nada malo, que solo había ido a ver un desprendimiento. El comandante levantó la mano.
—No se ponga así, hombre. No tenemos ningún reproche que hacerle. Al contrario: le felicitamos.
Me quedé mirándolo como un idiota.
—¿Perdón?
—Nekane nos interesa —siguió, sin rodeos—. Queremos que establezca una relación de amistad con ella.
Se mantuvo unos segundos en silencio, mirándome fijamente.
—Y una cosa es lo que nosotros queramos, y otra lo que usted quiera. Esta entrevista es para pedirle que colabore con nosotros. Solo eso. Puede negarse. E incluso puede empezar a colaborar y luego negarse a seguir colaborando.
Yo abrí la boca para contestar, pero me interrumpió.
—Lo que yo puedo hacer por usted es darle algo de dinero. Sé que anda muy mal de dinero. Y si colabora con nosotros, puedo limpiar su historial crediticio. Así volverá a poder tener una cuenta corriente, pedir préstamos, etc.
Ante mi cara de extrañeza, prosiguió:
—Se dice que a los confidentes les damos drogas, pero eso no es cierto. Le puedo dar algo de dinero y alguna ayuda más. Piénselo. Y si decide colaborar con nosotros, mañana cuando venga a trabajar venga aquí. El sargento Montero le atenderá y será su contacto.
Señaló a uno de los sargentos, un tipo alto y seco con bigote recortado.
—¿Tiene alguna pregunta?
Tragué saliva.
—Es… peligroso.
Los tres se rieron. El comandante se inclinó hacia mí.
—En tiempos le hubiera dicho que sí, que son asesinos sin piedad. Pero hoy día la cosa se ha civilizado mucho. Si descubren que colabora con nosotros, simplemente impedirán que se vean y poco más.
“Poco más”. Esa frase me puso los nervios de punta. Sabía que ese “poco más” podía ser cualquier cosa.
—¿Cómo saben que me he follado a esa tía? —pregunté, casi sin voz.
El comandante sonrió.—Porque de vez en cuando la seguimos. Y vimos lo que hicieron en el coche.
Me quedé helado.
—Le reitero lo que dijo el subdelegado del Gobierno: no nos importa su sexualidad. Nos importa Nekane.
No se me ocurrían más preguntas. Pero algo de pasta más y poder limpiar mi historial crediticio me seducía. Mucho.
Salí de allí con la cabeza dando vueltas. El sargento Montero me dio una palmada en el hombro al despedirme.—Mañana hablamos, Carlos. Piénselo bien.
Bajé las escaleras del Gobierno Civil con las piernas flojas. El sirimiri había vuelto. Caminé hacia la parada del bus pensando en Nekane, en Kepa, en el tatuaje de as de picas, en la llamada de “Contacto GC”, en el dinero que necesitaba desesperadamente.
Y en que, de repente, San Sebastián se había vuelto mucho más interesante… y mucho más peligroso.
Salí con la cabeza dando vueltas. Pero antes de irme a casa, me di cuenta de que aún llevaba el casco puesto y las botas en la mano. Ridículo. Decidí volver a la oficina a dejarlas.
Subí a mi planta. Las luces estaban apagadas en casi todo el pasillo, pero vi luz bajo la puerta del despacho de mi jefa. Salió y se acercó.
Ella aún no se había ido. Señora mayor, bajita, poca cosa, pero con unos ojos azules bonitos que parecían hacer radiografías más que mirar. Me miró de arriba abajo.
—Carlos. Acompáñeme a mi despacho.
Entramos. Cerró la puerta con pestillo. El clic me puso los nervios de punta.
—Sé que te has follado a Nekane —dijo sin preámbulos.
—¿Cómo lo sabe?
—Tengo mis contactos. Y ahora yo quiero mi parte.
Se acercó al armario, sacó una fusta de cuero y golpeó la mesa con ella. Se rio.
—Qué cara has puesto, jajaja. No hombre, a mí no me va la sumisión como a esa burra de Nekane. Más bien lo contrario.
Volvió a reír. Luego abrió un cajón y sacó un sobre con polvo blanco. Lo extendió por la mesa, con una tarjeta de crédito preparó varias rayas. Cogió un trozo de bolígrafo Bic y esnifó un par.
—Esnifamos y follamos. Pero nada de golpes. A mí me follas con cariño.
Intenté resistirme. Pero el craving que llevaba días royéndome por dentro, el estrés del día, la promesa de pasta… Me acerqué a la mesa. Cogí el trozo de Bic que me ofrecía y esnifé dos rayas. La coca mediocre entró como un rayo: quemazón en las fosas nasales, un sabor amargo en la garganta, y luego el rush. El mundo se enfocó de golpe, los colores más vivos, el corazón latiendo fuerte en el pecho, una euforia química que me borraba el cansancio y me ponía cachondo al instante. Sentí cómo la sangre corría más rápido por mis venas, cómo mi polla empezaba a endurecerse solo con el subidón. Era cutre, cortada con mierda, pero suficiente para que el despacho pareciera un paraíso y la jefa una diosa en miniatura.
Ella se rio.—Parece que estás acostumbrado a mejor calidad. Para la próxima buscaré mejor.
Al esnifar, había sellado el pacto.

Nos desnudamos. Ella era pequeña, pero tenía un buen par de tetas muy tiesas para su edad, pezones grandes y oscuros que se erguían como invitándome a morderlos. Nos tumbamos en la alfombra mullida que cubría el suelo del despacho. Empezamos con besos profundos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a café y coca residual, mientras sus manos bajaban por mi pecho, arañando suave. Le metí dos dedos en el coño húmedo, sintiendo cómo se contraía alrededor de ellos, caliente y resbaladizo, mientras le chupaba los pezones, succionando fuerte hasta que gemía. Ella me masturbaba la polla con movimientos expertos, apretando la base y retorciendo el glande, haciendo que el subidón de la coca me pusiera aún más duro.
Hicimos un 69: yo debajo, lamiéndole el coño y el culo, metiendo la lengua profundo en su ano arrugado y salado, sintiendo cómo temblaba cada vez que la penetraba con ella. Ella encima, chupándome la polla hasta la garganta, gimiendo con la boca llena, mientras me metía dos dedos en el culo y masajeaba mi próstata, enviando oleadas de placer eléctrico por mi espina dorsal. La coca amplificaba todo: cada lamida era un fuego, cada succión una explosión.
La puse sobre la mesa del despacho. Le abrí las piernas y la penetré vaginalmente, profundo y lento al principio, sintiendo cómo su coño me envolvía como un guante caliente y apretado, cada centímetro resbalando con fricción perfecta. Luego más rápido, embistiéndola fuerte, sus tetas botando con cada golpe, sus gemidos subiendo de volumen. Paramos para esnifar más coca: el rush renovado me hacía sentir invencible, la polla latiendo como un corazón independiente.
Volvimos. La puse a cuatro patas sobre la alfombra, la follé por detrás agarrándole las caderas, dándole palmadas suaves en el culo que resonaban en el despacho vacío. Intenté sodomizarla, pero se negó.
—Otro día. Hoy no.
La puse en el sillón de ella, sentada encima mío, cabalgándome. Le chupé las tetas mientras subía y bajaba, sintiendo cómo su coño se contraía rítmicamente alrededor de mi polla, masajeándome con cada movimiento. Paramos otra vez para más coca, el polvo blanco quemando las narices pero avivando el fuego dentro. Ella se corrió gritando, el coño contrayéndose como un puño alrededor de mí, ondas de placer que me llevaban al borde. Le dije que iba a correrme. Me pidió que lo hiciera en su boca. Me la chupó hasta que me corrí, tragando todo mientras me metía dos dedos en el culo y me masajeaba la próstata, prolongando el orgasmo hasta que vi estrellas.
Nos tumbamos un rato en la alfombra, jadeando, el sudor pegándonos la piel. De repente se levantó, fue al armario y sacó unas esposas. Me las puso en la espalda. Cogió la fusta y empezó a pegarme: en el culo, en la espalda, en los huevos. Dolor agudo, pero mezclado con placer residual de la coca. Cada golpe era un latigazo eléctrico que me ponía duro otra vez.
Luego sacó un arnés del armario, le puso lubricante y se echó encima de mí.

Me sodomizó con fuerza, el dildo entrando grueso y frío al principio, abriéndome el culo con un dolor que se convertía en placer puro según empujaba. Sentí cómo me llenaba por completo, cada centímetro estirándome, la próstata presionada con cada movimiento arriba y abajo. Al mismo tiempo, sus tetas se aplastaban contra mi espalda, suaves y calientes, pezones duros rozándome la piel mientras se movía, follándome el culo mientras me insultaba bajito: “cerdito mío”, “te gusta que te den por el culo, ¿verdad?”. Ese contraste —el dildo follándome profundo, sus tetas presionando calientes contra mi espalda— me ponía cachondo a niveles locos, el placer subiendo como una ola imparable. Me corrí otra vez sin tocarme, semen salpicando la alfombra. Ella también se corrió, temblando encima de mí.
Se levantó, me quitó las esposas. Vio el semen en la alfombra y me pegó con la fusta en las pelotas.
—¡Cerdo! ¡Has ensuciado mi alfombra!
Me cabreé. Le di una bofetada seca y le quité la fusta de un tirón.
Nos miramos enfadados.
Ella bajó la mirada primero.—Vale, vale… me he pasado. Establezcamos límites. Pero otro día, se me ha hecho tarde.
Recogió la coca que quedaba y se la guardó.
—Te daré coca cuando follemos y nada más. Ya lo organizaremos.
Nos vestimos en silencio. Salimos del despacho. Ella cerró con llave.
Bajé las escaleras con las piernas flojas, la coca todavía en las venas, el culo dolorido, la cabeza dando vueltas.
San Sebastián empezaba a gustarme demasiado.
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